1. El Ilmo. Sr. D. Fray Juan de Zumárraga, O.F.M.

(1527 – 1548)

Obispo de México
  • Presentado: 12 diciembre 1527
  • Confirmado: 2 septiembre 1530
  • Consagrado: 27 abril 15331
  • Posesión por poder: 28 diciembre 1533
Arzobispo de México
  • Palio: 15 junio 1547
  • Bulas: 8 julio 15472
  • Muerto: 3 junio 15483

1 En Valladolid de Castilla.
2 En México no tuvo funciones de arzobispo hasta febrero de 1548.
3 Aunque una nota en las Actas de cabildo hace suponer que murió el día del Corpus de ese año, es decir, el 31 de mayo, su muerte ocurrió el domingo de la infraoctava.

Natural de la Villa de Durango en Vizcaya; primer Obispo y Arzobispo de esta Santa Iglesia Catedral Metropolitana de México, llegó a ella Año de 1528 y por el de 1531 el 12 de diciembre, se le apareció la portentosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que veneramos en su templo, y dio principio a la ermita de la Gran Señora. Falleció domingo infraoctavo de Corpus a las 9 de la mañana, el año de 1548 de más de 80 años.

Es la infancia de las naciones trabajosa como la del hombre y ha menester de la dirección prudente y sabia de los que ya han recorrido el espinoso sendero que hay que atravesar antes de adquirir esa virilidad y grandeza a que los pueblos, como los individuos, aspiran siempre. Sobre las ruinas de la monarquía azteca, de sus mismos escombros, se iba alzando la nacionalidad mexicana, o para hablar con mayor propiedad, la Nueva España. Formar un pueblo enteramente nuevo con elementos traídos del otro lado de los mares, levantar tiendas en fértiles desiertos, habría sido tarea menos difícil que la de refundir una civilización en otra, subyugar a varias razas, y en breve espacio de tiempo implantar lenguaje, costumbres, religión, y mezclar razas que parecían oponerse a todo intento de fusión.

Tal fue sin embargo lo que se realizó en el imperio de Anáhuac en el primer tercio del siglo XVI; hecho memorable que eleva y engrandece a los que lo consumaron, y que solo puede explicarse atribuyéndolo a la ley indeclinable del progreso, por la cual extienden su dominio y llevan sus elementos a otros pueblos menos adelantados, los que han llegado a consolidarse y a hacerse grandes por medio de la civilización. Empero no era dado a los rudos conquistadores realizar por completo los grandes fines que, tal vez sin comprenderlo ellos mismos, envolvía su magna empresa. Antes, por el contrario, su indomable orgullo, su nunca saciada codicia, la crueldad de sus instintos guerreros, obstáculos eran y muy grandes, por cierto, que se oponían al rápido engrandecimiento de la nación que estaban fundando.

Aquellos aventureros, como es fácil comprender, no tenían, si se exceptúa a Cortés y a algún otro, las dotes necesarias para crear una nacionalidad, ni poseían los conocimientos que para ello son indispensables. Ya hemos visto cómo los misioneros suplieron satisfactoriamente lo que a los conquistadores faltaba, y aún más todavía; de manera que ellos, los humildes, los débiles, fueron los que llevaron a cabo la obra de Cortés, quien con la fuerza solo habría podido exterminar, pero nunca refundir, nunca amalgamarlos antiguos elementos que en el país existían, con los que él traía del viejo mundo.

Pero se necesitaba ensanchar la esfera de los propagadores del cristianismo; se tenía que imprimir una marcha regular a sus trabajos, era preciso revestir a los religiosos de mayores facultades, de más amplia autoridad, o por mejor decir, fundar debidamente la Iglesia mexicana. Para satisfacer tan legítimas exigencias, era indispensable la erección del Episcopado. Dicho queda anteriormente que Cortés había escrito a Carlos V que no convenía dar aquel paso aún. Sin embargo, el monarca, instruido acaso por ajenos conductos, de lo que aquí pasaba, obró en contra de las indicaciones del conquistador y presentó a la Silla apostólica para primer obispo de México al venerable franciscano objeto de la presente biografía.

Es una moda en nuestros días, por hacer eco al ilustre historiador Prescott, deturpar la memoria de FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, en razón de haber censurado aquel escritor americano de una manera sobradamente injusta2 la destrucción de los ídolos y manuscritos de los indios, llevada a cabo por el celo religioso del venerable franciscano. El lector desapasionado sabrá valuar las invectivas que se dirigen al fundador de la Iglesia mexicana, después de enterarse del carácter de este personaje, y poniendo de un lado, en la balanza de la razón, los males que causó destruyendo aquellos monumentos aztecas que hoy serian de inestimable precio para los arqueólogos e historiadores, y colocando de otro los bienes positivos que como protector celoso de la raza indígena, hizo FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA.

Nació este en la villa de Durango (Vizcaya), y tomó el hábito de la religión de San Francisco en el convento de Nuestra Señora de Aránzazu de la provincia de Cantabria, que en esa época se contaba entre las ramas de la de Burgos, y allí profesó y vivió algunos años, señalándose por sus virtudes y por la fiel observancia de las reglas de su instituto. Y como si esto no bastase, FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, imbuido en las ideas de los primeros siglos del cristianismo, deseando mayor aspereza y soledad pasó a la recoleta de la Concepción, de la que fue muchas veces guardián y definidor, y una, provincial, desempeñando aquellos oficios con prudencia, caridad y consagración evangélicas.

Electo guardián del convento del Abrojo, cerca de Valladolid, se encontraba llenándolas obligaciones anexas a su encargo, cuando el emperador Carlos V que gustaba del retiro, fue a buscarlo en el mencionado convento, para pasar en él una Semana Santa. El monarca mandó hacer espléndida limosna a la comunidad; pero el prelado de ella la mandó repartir entre los pobres; y los religiosos continuaron en su misma indigencia y austeridad. Carlos V quedó edificado de aquella conducta, así como de la manera con que se conducían los franciscanos del convento del Abrojo, lo mismo en el interior del claustro que en su templo.

Descubrió en FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA a un varón de excelentes virtudes y buenas letras y desde ese momento pensó elevarles a los puestos más distinguidos. Primero dispuso que se diese al venerable religioso una comisión para corregir ciertos abusos en Vizcaya, comisión que FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA desempeñó con no menos rectitud que suavidad3 y en seguida lo presentó a la Silla apostólica (1527) para primer obispo de México. Grande fue la resistencia que FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA opuso a que se le elevase a aquella dignidad. Era, como hemos dicho, humilde en grado sumo y amante del retiro. No se ocultaba tampoco a su clara inteligencia cuán grande y cuán pesada era la carga que llevaba en sí la fundación del Episcopado mexicano en los momentos mismos en que los conquistadores luchaban entre sí por hacerse grandes y poderosos y apelaban a todos los medios por explotar a los pueblos subyugados. La dignidad episcopal, el carácter de que ella le revestía, convirtiéndole en padre, no solo en pastor de su grey, envolvía indeclinablemente la tarea de defender a los indios, de ser su mejor escudo y amparo, y también de luchar brazo a brazo con los soldados dominadores de la tierra. Trocar la pacífica vida empleada sólo en la oración, por otra fecunda en contrariedades y disputas, era por cierto ajeno al carácter de FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA; pero la obediencia a que su religión le 'obligaba le hizo inclinarse ante la voluntad del soberano, mas no sin recabar de él grandes poderes para defender a los neófitos de los agravios, violencias y tiranía de los conquistadores. Así, al venir a México, antes de consagrarse, trajo con el título de obispo electo el de PROTECTORDE LOS INDIOS.4

Terminaba el año de 1528 cuando el Ilmo. y FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA llegó a la capital de la entonces Nueva España. El venerable obispo había venido en compañía de la primera Audiencia, que se componía de los Licenciados Juan Ortiz de Matienzo, Alonso de Parada, Diego Delgadillo y Francisco Maldonado, a los que debía unirse y presidir Ñuño de Guzmán que a la sazón tenía el gobierno del Pánuco.

Cuadro nada halagador por cierto era el que presentaba el país a la llegada del primer obispo y de la primera Audiencia. Ya no eran solamente los indios las víctimas, sino los mismos conquistadores, divididos en bandos y entregados a una espantosa guerra civil. Si los primeros sufrían porque cada uno de los españoles quería tener dominio absoluto sobre aquellos naturales, no de otra manera que, si fueran bestias,5 los conquistadores se disputaban el mando y tenían lugar los desmanes atroces, las luchas entre Estrada, Salazar y Chirino, Rodrigo de Paz y otros, con motivo de la ausencia de Cortés que había marchado a la funesta expedición de las Hibueras, ausencia que dio lugar a todo género de desórdenes.

Intrigas, violencias, robos, tumultos, perfidias, asesinatos, tales eran los sucesos que absorbían la atención pública en aquellos calamitosos tiempos, que si se hubiesen prolongado más habrían hecho desaparecer la población española en pos de la indígena cuya destrucción iba en aumento, cuyas desgracias se habían exacerbado, sin que bastase el incansable afán de los franciscanos que les defendían y amparaban, a evitar todos los males que, como torrente devastador, caían sobre ellos.

La llegada de los oidores y del Ilmo. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA hizo concebir a las gentes españolas honradas y buenas, una esperanza lisonjera de paz, é infundió a los naturales cierta confianza, cierta fe que no tardaron en desaparecer.

Confiada la presidencia de los oidores al feroz Ñuño de Guzmán, para quien no existía freno alguno tratándose de cometer crímenes por espantosos que fuesen, muy pronto se vio que la suerte de los españoles no había cambiado, ni mucho menos la de los infelices indios. El protector de estos, el Ilmo.FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, fiel a la misión que traía, obedeciendo a los generosos impulsos de su corazón y desafiando el poder de Guzmán, se puso frente a frente de aquel tirano.

Aquí comienza el periodo tanto más glorioso cuanto más difícil del primer prelado de la Iglesia mexicana. "El clero regular, dice uno de nuestros más ilustres escritores,6 refiriéndose a la época de que venimos hablando, el clero regular a quien estaba entonces especialmente confiada la administración espiritual de las colonias, era el único refugio donde los indígenas podían buscar simpatías, consuelo y protección, y todos los monumentos de la época confirman que jamás lo imploraron vanamente. Sin el caritativo celo de esos héroes del cristianismo y de la civilización que todo lo sacrificaban a su propaganda, favor, consideraciones, bienestar, y aun la vida, es casi seguro que los frutos de la conquista se habrían desmoronado en las manos de duros y ávidos aventureros, y que la España no habría adquirido en breve tiempo más que desiertos, que le sería necesario repoblar para hacerlos proficuos. Cerrados para los indígenas el corazón y los oídos de los gobernantes, acudían en tropel a sus padres espirituales, que siempre valientes y generosos les impartieron su caritativa protección, desafiando al poder sin más armas que su energía, su crucifijo y su breviario."—Pues bien, si aquellos religiosos inspirados nada más que en sus sentimientos humanitarios, y obedeciendo a su misión evangélica, defendían a los indios, fácil es comprender que el Ilmo. Zumárraga en su elevado carácter de obispo, al que se unía el cargo de protector de los naturales, no había de ser y no fue en verdad menos celoso en la ardua tarea de contener los desmanes de los encomenderos, de moderar las gabelas que pesaban sobre los indios, y de ampararlos cuando les perseguía la inicua saña de los dominadores.

Muy pronto quedó deslindada la posición del obispo y de los oidores; muy pronto el odio de Ñuño de Guzmán pesó sobre el venerable FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, y se entabló una lucha entre el poder civil y el eclesiástico. Ñuño de Guzmán para evitar el combate, no porque su temple fuese para esquivarlo, sino porque no se le ocultaban las consecuencias finales que había de acarrearle, prohibió a los indios quejosos que se dirigiesen al obispo y ni aun a los curas, y prohibió también al prelado y a sus subordinados que diesen acceso a aquellas quejas. El Ilmo. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA no se desalentó por esas disposiciones, a pesar de que sabía con certeza que Guzmán había de poner todos los medios para hacerlas cumplir; medios indudablemente crueles y desastrosos como todo lo que de Ñuño de Guzmán provenía.

Pero el obispo todavía anhelaba ejercer su ministerio de protección, haciendo cumplir las leyes expedidas en favor de los indios, pues ese era uno de los principales encargos que le había confiado el emperador; así es que intentó persuadir al presidente de la Audiencia poniéndole de relieve la desdichada condición de los indios, y solicitando por eso mismo la moderación de las insoportables gabelas y tributos que sobre ellos pesaban, que los oprimían  y que eran la violación más flagrante de las órdenes del soberano que con paternal solicitud miraba a la raza conquistada.

No era Ñuño de Guzmán el hombre que había de atender al venerable obispo cuyo generoso celo pastoral se ponía a tan duras pruebas. Así, el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA sólo cosechó reconvenciones y pesadumbres. Guzmán le respondió secamente, después de recordarle que n debía olvidar que hablaba con sus superiores; le respondió que las órdenes de la Audiencia debían ser ejecutadas, so pena de ser castigados los que las contravinieren, como lo había sido el obispo de Zamora a quien Carlos V había hecho ahorcar pocos años antes, de las rejas de la prisión.7

Para los que creen que los conquistadores de México vinieron animados del mas fervoroso celo cristiano, y están acostumbrados a verlos como a los héroes de las Cruzadas, será difícil dar crédito a estas aserciones por bien comprobadas que se hallen.

En efecto, parece increíble, atendiendo al carácter de aquella época, que hubiesen podido encontrarse en tan abierta pugna las dos potestades dominadoras del Anáhuac; mucho más cuando a una de ellas era debida en su mayor parte la conquista de este suelo, y por consiguiente a ella, a la potestad religiosa, se debían las dobles consideraciones que merecía por su carácter y por gratitud. Pero no fue así, y podríamos llenar páginas enteras con la relación histórica de los conflictos que entre una y otra potestad tuvieron lugar, en los tiempos mismos en que, por lo reciente de los sucesos, no debía haberse olvidado el poderoso concurso prestado por la Iglesia, ni debían tampoco despreciarse los servicios que en aquellos momentos seguía prestando; pues si los naturales, vueltos ya del estupor causado por la guerra de la conquista no hubiesen sido bien dirigidos por los misioneros, habrían llegado a reconquistar su libertad, levantándose en masa y exterminando a sus dominadores que solo pensaban en enriquecerse y en disputarse el mando de los pueblos Mas no debemos desviarnos de nuestro objeto, y tenemos que circunscribirnos a narrar los sucesos concernientes al periodo pastoral del Ilmo.. Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA.

Para que el lector pueda graduar las dificultades que este necesitaba vencer, es preciso recordar aquí el carácter de los antagonistas del primer obispo de México. Sin detallar los crímenes particulares de Ñuño de Guzmán, el personaje más odioso de cuantos se registran en la historia de nuestra patria, porque nos apartaríamos de nuestro fin principal, veamos de qué manera pinta un escritor a quien nadie puede tachar de ligero ni apasionado, lo que pasaba en México en los días a que venimos refiriéndonos. "La confianza de nulificar las quejas de los agraviados, dice el Sr. D. José Fernando Ramírez,8 y la imprudente codicia del Presidente y de los Oidores, los arrastró a tan abominables y vergonzosos excesos, que sería permitido dudarlos, por honor mismo de nuestra especie, a no verlos referidos en las historias más acreditadas. No solamente rehusaron decididamente poner en práctica las disposiciones humanas y tutelares dictadas por el monarca en favor de los infelices indígenas, sino que exacerbaron sus-antiguos padecimientos, tanto por el aumento de las gabelas y soltura concedida a los encomenderos, como porque Guzmán, continuando aquí el tráfico de esclavos que introdujo en Pánuco, suplía con los súbditos del Virreinato la despoblación que había causado en la Provincia de su gobernación. Subiendo, en fin, al pináculo del despotismo y de la tiranía, los magistrados vieron en las quejas un síntoma de rebelión o de desobediencia, que castigaban inexorables con palos, azotes, tormentos y confiscaciones. Vez hubo en que dejándose arrastrar Guzmán de su feroz carácter, quebrara los dientes con el puño de su bastón a una de las víctimas de su insolente tiranía."

Otro rasgo, tomado del mismo biógrafo de Guzmán, acabará de dar una idea aproximada de lo que era su administración. "Como un preludio de sus nuevos descarríos comenzó por sistemar la interceptación y apertura de la correspondencia que venía de España y salía de las colonias, llevando la precaución hasta el punto de costear agentes cuya única misión era sustraer, por astucia o por fuerza, la que se conducía fuera de estafeta, corriendo la misma suerte la que venía de la corte, sin respetar el sello real. El abuso llegó a términos de obligar al monarca a expedir una Real orden9 en que conminaba la pena de destierro perpetuo de todos sus dominios a los quebrantadores de la fe pública; orden a la cual, dice Herrera10 que la audiencia tuvo el arrojo de replicar que lo contrario era lo que convenía al mejor servicio de su majestad."

Después de esto ¿podrá sospechar nadie que intentamos presentar en toda su deformidad á Ñuño de Guzmán con el exclusivo objeto de enaltecer á FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, estableciendo entre ambos un paralelo? Lejos de nosotros tan mezquina idea. La virtud es hermosa y resplandece como tal, sin que haya menester del fondo sombrío del crimen para halagar a los corazones bien formados. Solo una indeclinable necesidad puede obligarnos en el curso de esta obra á ocupamos de ciertos horrores comunes en México en los siglos que tenemos que recorrer.

Reanudando ahora nuestra interrumpida narración, sigamos al prelado mexicano en sus desavenencias con Guzmán y los Oidores. Las hostilidades estaban rotas. La Audiencia, siguiendo los dictados de su interés, no cedía; el obispo, obedeciendo a su conciencia y deseando cumplir su ministerio pastoral, no podía cejar, y ambas potestades comprendían que aquella situación violenta forzosamente había de terminar de una manera escandalosa. Ya el desaliento comenzaba a debilitar al SR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, al punto de estar resuelto a permitir que los prelados y sacerdotes que quisieran abandonar el país lo hiciesen. Pero antes de adoptar medida tan extrema, todavía quiso intentar una conciliación, que, como vamos a ver, no produjo los resultados apetecidos.

Reunió el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA una junta eclesiástica, que después de largas y serias deliberaciones, acordó hacer venir a México un religioso para que exhortase en un sermón a los Oidores a cumplir sus deberes y declarase que no era la potestad eclesiástica culpable de las infamias de que sus enemigos la acusaban.11 La primera exhortación pasó tranquilamente, más no así la segunda que agravó los disturbios que se pretendía cortar.

Fr. Julián Garcés, el venerable obispo de Tlaxcala cuyo nombre será inmortal en los anales de los defensores de la humanidad, como el de Fr. Bartolomé de las Casas; Fr. Julián Garcés, el mismo que obtuvo la declaración de Paulo III en favor de la racionalidad de los indios, fue el encargado de predicar en presencia de los Oidores y de repetir las declaraciones hechas anteriormente. Revestido de sus paramentos pontificales subió al púlpito en el día de la fiesta solemne de la Pascua de Pentecostés, y la energía de sus palabras y el efecto que ellas causaban en el auditorio, irritaron de tal manera a los Oidores, presentes a la sazón, que Ñuño de Guzmán le mandó muchas veces que callase ó se bajase del púlpito. El obispo no obedeció, y entonces el oidor Delgadillo envió un alguacil que acompañado de muchos de los suyos arrancó de la tribuna á Fr. Julián Garcés.

A este suceso, en el que, como dice muy bien un escritor, se traspasaron los límites de la decencia, siguieron otros no menos escandalosos en que una vez más se hizo patente la moderación y la  prudencia del Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA.

El obispo de Tlaxcala, haciendo uso de las únicas armas de que su carácter sacerdotal le permitía disponer, lanzó un terrible anatema sobre los que habían violado el templo y atropellándolo a él. La Audiencia por su parte, expidió un decreto inapelable de destierro de todos los dominios españoles, e intentó desde luego ponerlo en ejecución. Pero el obispo de Tlaxcala refugióse al pie de los altares, en el templo mismo en que se le había ultrajado, y Ñuño de Guzmán tuvo que limitarse a cercar con tropa la iglesia, prohibiendo bajo pena capital la introducción de víveres.

En tan graves circunstancias el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, con una calma, con un acierto, de que no todos habrían dado ejemplo, puestas las cosas en el punto a que habían llegado, logró serenar un tanto los ánimos, y las censuras fueron absueltas y se restableció la paz.

Empero no tardó mucho tiempo en volver a turbarse. Las contiendas sobre asilos se repetían a cada paso, y daban lugar a nuevas desavenencias. En una de ellas los sucesos tomaron un giro más grave aún que en los que llevamos referidos. Habían caído en manos de los Oidores dos perseguidos que reclamaban, además de la violación del asilo sagrado, el goce del fuero eclesiástico. Entonces el obispo de México se dirigió procesionalmente con su clero a la cárcel a demandar la entrega de los dos presos, creyendo que la pompa de aquel acto decidiría a los Oidores. Mas no fue así. El escándalo tomó proporciones colosales y el clero encabezado por el obispo solo concurrió a oír los gemidos de las víctimas atadas en aquellos momentos al potro. Ruegos, amenazas de excomunión, todo le inútil. El oidor Delgadillo, cuyos instintos belicosos no eran menores que los de Guzmán, lanza en ristre, se arrojó sobre los religiosos, y dispersó la procesión. Y como si esto no bastara hizo ahorcar a uno de los reos, y al otro le cortó un pie después de hacerle azotar públicamente.

Estos escándalos que acabamos de referir no solo agriaron más las disensiones entre la Audiencia y el clero, sino que suscitaron disturbios entre los miembros del primero de aquellos cuerpos; disturbios que dieron por resultado, poco tiempo después, la marcha de Ñuño de Guzmán a la conquista de Jalisco, en la que desplegó, como era de esperarse, mayor crueldad y cometió los más horrorosos atentados.12

Las precauciones de la Audiencia para evitar que llegasen a la corte los informes que necesariamente habían de suministrar al soberano el clero en particular y todos los quejosos en general, fueron vanas al fin, aunque al principio surtieron los efectos deseados. Un marinero vizcaíno se ofreció a llevar secretamente y poner en manos del emperador una carta del Ilmo. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, como en efecto 1o hizo, colocándola con otros documentos, entre una boya embreada, que echó al mar y no recogió hasta que pudo sacarla sin peligro, ya lejos de las playas de Veracruz.

Espléndido fue el resultado que aquella carta obtuvo, pues la emperatriz gobernadora ordenó la remoción de la Audiencia y el embarque de sus miembros, volviendo así la calma a la desdichada colonia cuyos primeros años no podían haber sido más fecundos en turbulencias, desórdenes y crímenes. También el FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA se dirigió a la península con el objeto de consagrarse (1532); pero antes de referir cuáles fueron sus trabajos en la corte en favor de los indios, conviene dar cuenta de sus apostólicas tareas en su diócesis.

Cualquiera creería que el prelado de la nueva Iglesia, ocupándose como se ocupaba en contrarrestar los desmanes del poder civil, no tuvo tiempo en los primeros años de su residencia en México, para ejercer las funciones de su ministerio pastoral. Pero no: con celo ejemplar y con una consagración asidua procuró no ya solo defender a los indios como hemos visto, sino doctrinarlos y dar los primeros pasos para hacerlos partícipes de los beneficios de la civilización, como consta en la curiosa e interesante carta que escribió el FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA al capítulo general de su Orden celebrado en Tolosa,13 carta fechada en México el 12 de junio de 1531.

Piedra de escándalo ha sido y, parece imposible, continúa siendo esta carta en que el Ilmo. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA confiesa, o más propiamente, refiere la destrucción de quinientos templos de ídolos derribados y más de veinte mil figuras hechas pedazos y quemadas; destrucción censurada con acritud por Prescott, como hemos dicho ya, y por cuantos han hecho referencia al mismo asunto y querido hacer alarde de fervientes cultivadores de la arqueología.

Es bien extraño que tan intransigentes se ostenten los censores del Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, cuando a la luz serena de la filosofía, por amante de las investigaciones arqueológicas que se suponga a un hombre, si está medianamente ilustrado, no puede ocultársele que el obispo de México nada hizo en este punto que no fuese natural, y conforme con las exigencias de su época y de las costumbres que en ella imperaban. Sorprende en verdad que aquellos mismos que por vanagloriarse de imparciales y justicieros atenúan los crímenes de los conquistadores, diciendo con Quintana: Su atroz codicia, su inclemente saña, crimen fueron del tiempo y no de España, tratándose del personaje de quien venimos hablando solo tengan amargos reproches y no frases de disculpa. Pues qué ¿un religioso español del siglo XVI estaba obligado a sentir y pensar como sienten y piensan los escritores de nuestro siglo? Si España en aquella época yacía en lamentable atraso con respecto a casi todos los ramos del saber humano, y si tan solo se distinguían sus poetas y sus teólogos, ¿cómo se pretende ahora que uno de sus más humildes sacerdotes diese a los monumentos aztecas la importancia que la ciencia moderna les concede hoy que se procura reconstruir la historia descifrando jeroglíficos y desenterrando piedras esculturales? Transpórtese por un momento a ese periodo histórico el censor más exigente; estudie las preocupaciones propias de los pueblos según el grado de su cultura; reflexione en la tenacidad de los idólatras y en el afán de los misioneros por desterrar hasta los últimos vestigios de la abominable religión azteca; piense en que para prestar servicios a la ciencia se necesita conocerla y más que conocerla cultivarla, y verá cómo el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA no hizo sino una cosa que cualquiera otro, en su caso, habría hecho, y tendrá que confesar con un escritor imparcial, que el obispo de México quiso remover un obstáculo, quitar un peligro, y eso es todo; que se hizo el instrumento de una necesidad que los demás comprendían como imperiosa, y la prueba de ello es, que nadie condenó aquella acción como un atentado, y antes bien parece haber sido reputada como muy natural y edificante; en una palabra, que se doblegó a la influencia del tiempo y de las circunstancias, y a la que es más poderosa todavía, a la de la opinión autorizada, y que nadie sino el genio tiene el privilegio de ser superior al siglo en que vive.14 ¡Cuán cierta es y cuán profunda la observación de un historiador distinguido, cuando exclama: "No hay error más común en la historia que el pretender calificar los sucesos de los siglos pasados, por las ideas del presente, como si fuera dado a un individuo cambiar de un golpe las opiniones, las preocupaciones, y las costumbres del suyo, lo cual nunca es obra de un hombre por superior que se le suponga, sino el resultado del transcurso del tiempo y el efecto de la sucesión de ideasen muchas generaciones!"

Era preciso, hoy que se debate, como si fuera suceso de actualidad,15 acerca de la destrucción de los ídolos y jeroglíficos aztecas, tocar este asunto, para procurar poner las cosas en su verdadero punto de vista, despojándose de toda pasión de partido, para no caer en dos errores que son bien comunes por cierto. Unos, celosos defensores de cuanto a la religión atañe, niegan el hecho que el mismo Sr. Fr. Juan de Zumárraga asienta en su citada carta, como si una negación fuese más útil que una confesión en que puede muy bien contenerse una disculpa satisfactoria en toda plenitud, y a más de negar, dicen que aun supuesto el hecho no envuelve consecuencias graves que impliquen un cargo a la memoria del primer obispo de México, afectando así mirar con el desdén más profundo, con el más refinado desprecio, la significación que a esos monumentos históricos dan los cultivadores de la ciencia moderna. Otros, y no son por cierto los que más se han distinguido por su afán investigador, sin sujetar el hecho al análisis o criterio de la razón filosófica, procuran presentar al prelado mexicano como el más bárbaro y fanático de los sacerdotes de los tiempos pasados.

Ambos extremos conducen al error, y es preciso colocarse en el justo medio por que debe optarse cuando acerca de un asunto existen opiniones divergentes. Dadas las circunstancias en que se encontró el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA; SU carácter sacerdotal, el objeto de su presencia en esta parte del Nuevo Mundo, que no era otro que el de extirpar la religión sangrienta y bárbara de los aztecas para sustituirla con la eminentemente civilizadora del cristianismo; se deduce de la manera más lógica que obró en su perfecto derecho, y todavía más, que al destruir los monumentos que recordaban la idolatría cumplió con un deber sagrado al que no habría podido faltar sin hacerse reo de un verdadero delito ante la Iglesia de que era sacerdote. Y si además de esto se reflexiona con la detención debida y se comparan los males que causó la desaparición de esos monumentos literarios, con los bienes que trajo a la raza indígena la religión cristiana, entonces, sobreponiéndose como debe sobreponerse a todo interés científico el interés de la humanidad, la conducta del primer obispo no solo no merece los ataques que se le prodigan, sino que puede cualquier hombre imparcial y justiciero tributarle los más cumplidos elogios.

No subalteremos a la curiosidad científica de algunos anticuarios, la conveniencia de todo un pueblo que con la luz del cristianismo pudo descubrir los horizontes que se le ocultaban en las tinieblas de la ignorancia en que yacía. ¡Cómo ha de ser mejor que se conserven los antiguos anales de una nación, aunque sus hijos continúen devorándose y ofreciéndose a los dioses en holocausto, que el que se pierdan aquellos anales y en cambio se inicie ese pueblo en los progresos de la civilización!

Mas, es preciso continuar nuestro relato. Llegado que hubo el Ilmo. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA a la corte de Madrid en 1532, se consagró, y dedicó en seguida a trabajar en favor de los indios, defendiendo con valor la libertad de aquellas desgraciadas víctimas de los encomenderos, empleando dos años en esa humanitaria tarea. Si las palabras de un religioso ejemplar cuyos asertos nadie podía poner en duda, influyeron en el ánimo de la emperatriz gobernadora, no menor sensación causó la pobreza y humildad de que daba muestras, contrastando así con la riqueza y el insolente orgullo que ostentaban cuantos del Nuevo Mundo regresaban a la corte.

Dos años antes, se había expedido la primera real provisión manumitiendo á los indios esclavos, gloriosa conquista de Fr. Bartolomé de las Casas, el inmortal defensor de los indios, y de otros preclaros religiosos. El Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, a quien cabía igualmente aquella gloria, no solo recabó la repetición de aquel real mandato hasta entonces desobedecido, sino que obtuvo otra nueva provisión con igual objeto y en la que se le comisionaba expresamente para que velase sobre su observancia, y se le renovó el honroso título de PROTECTOR DE LOS INDIOS.

En la misma cédula se le facultó para que representase ante el gobierno de la colonia, a fin de que se moderasen los tributos que así al rey como a los encomenderos pagaban los indios, en oro, plata, piedras preciosas, plumas y mantas ricas, y que no fuesen vejados con el trabajo de los suntuosos edificios que fabricaban para los españoles.

Nadie más a propósito para desempeñar aquella comisión. El Ilmo. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA no era el pastor sino el padre; no era el defensor de oficio, sino el voluntario generoso, el magnánimo sostenedor de la raza indígena. A él se debió la primera reducción de los onerosísimos tributos que sobre ella pesaban, así como se le debió también la exención del trabajo en las minas, en los cañaverales y en otras penosas labores con que los neófitos eran oprimidos por los encomenderos.16 Si dos siglos después fue cuando llegó a mejorarse verdaderamente la condición de los indios; si para lograrlo fue preciso dictar ese humanitario código conocido con el nombre de Leyes de Indias, no por eso debe considerarse menos grandiosa ni menos útil la poderosa influencia que en su época ejerció el primer obispo de la Iglesia mexicana.

Cumplidos sus propósitos en la corte, encaminóse nuevamente el Ilmo. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA a la entonces Nueva España, trayendo en su compañía una escogida y copiosa misión de religiosos de su Orden, según sus biógrafos; religiosos a quienes él había animado a venir al Nuevo Mundo. En aquel año, (1534) la situación había cambiado mucho; el país no se encontraba devorado por las civiles discordias, ni había vuelto a encenderse el fuego de la guerra entre las dos potestades reguladoras de los destinos del país. Ñuño de Guzmán había partido á conquista de Jalisco; la nueva Audiencia estaba presidida por el obispo Fuenleal, cuyo gobierno dejó tan gratos recuerdos por la sabiduría y prudencia con que aquel anciano supo entender en todos los negocios; las repetidas disposiciones del soberano en favor de los indios habían dulcificado la suerte de estos, y, en una palabra, no era entonces la Nueva España lo que a la partida del Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA era todavía. "Recibiósele con sumo honor de parte de los conquistadores, y con mucha alegría de la de los indios que lo amaban cordialmente," dice uno de sus biógrafos, y así consta en varias de las obras anteriormente citadas.

No podía ser más propicia aquella situación para que el venerable pastor desplegase todo su celo y todos sus recursos para la propagación completa del cristianismo, para establecer su Iglesia y para instruir a los naturales. Apenas hubo llegado comenzó a aliviar las penas que sufrían, y a hacer efectivas las reales provisiones cuya ejecución él y solo él debía cuidar. Comprendió también que era preciso, sacar a los indios de la ignorancia en que yacían, ilustrarlos para que por sí mismos abominasen los ídolos, y se dedicó personalmente tan laboriosa empresa. En la catedral, no la que existe, sino la primitiva, señaló un lugar donde predicaba y decía misa diariamente a los indios, a los negros y demás gente de servicio de los españoles, sin limitarse a una instrucción general, sino que a cada uno con cariño verdaderamente paternal le explicaba los misterios de la religión, y le hacía después las preguntas necesarias, como puede hacerlo un maestro de primeras letras en nuestros días.

Humilde en extremo, visitaba su diócesis a pie, o si sus enfermedades se lo impedían, en un asno, y no usaba sino el ropaje de su orden, cuyas reglas continuaba observando con la más religiosa exactitud. En su corazón no podían tener cabida las pasiones que ciegan casi siempre a los que llegan a ocupar puestos elevados, y principalmente a los que ejercen un mando. Para él el obispado no era sino una carga que solo por obediencia debía soportar, y varias veces lo renunció, porque más quería ser fraile que obispo, según su misma expresión.

Así, lejos de mirar con desdén a los religiosos misioneros y a los demás sacerdotes, les amaba tiernamente. "Era, dice Torquemada17 tan fraile de Santo Domingo y de San Agustín, en la afición, familiaridad y benevolencia, como de San Francisco; porque con una misma igualdad de amor y voluntad trataba con todos, así en obras como en palabras, con lo cual era a todos amabilísimo. Esforzábalos mucho y amonestábalos á que aprendiesen las lenguas de los indios, y a que trabajasen sin cansarse en la viña tan amplia del Señor donde estaban puestos por sus obreros. Defendíalos también de los que los perseguían y calumniaban oponiéndose a sus contrarios; hacia muy grandes y largas limosnas a los religiosos, dándoles en común y en particular lo que había menester de libros, vestuarios y otras cosas, y ofreciéndose a todo lo demás que quisiesen pedir. Proveía abundantemente lo necesario a las enfermerías de los tres conventos de México, que en aquel tiempo no había otros, y porque sabía que esta obligación de dar limosna es muy propia de los eclesiásticos, en especial de los obispos, por ser despenseros y mayordomos de los pobres, por esto en la misma ciudad hacia otras muchas limosnas a muchas viudas, huérfanos y pobres necesitados, y todos admiraban cómo con tan poca renta hacia tanta limosna. Una vez no teniendo que dar a un indio que le pedía limosna, le dio el pañuelo con que se limpiaba 'el rostro."

Mas no eran solo sus beneficios para los religiosos y para los indios; a todos se extendía su caritativo celo. Entre las enfermedades importadas por los conquistadores, las venéreas se habían propagado de una manera alarmante, haciendo en el país no menores estragos que los que, en esa misma época, hacían en Europa. El Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, atento a cuanto demandaba su paternal solicitud, edificó el hospital de San Cosme y San Damián, en el lugar en que hoy existe la Academia nacional de Bellas Artes, y no solamente hizo asistir 'con el mayor esmero a los enfermos, sino que personalmente y con frecuencia los visitaba, y curaba por sus propios manos. Además, en el puerto de Veracruz fundó otro Hospital, para cuyo gobierno y aumento dejó allí a su compañero Fr. Juan de Paredes, como consta de la Bula de Clemente VII Salvatoris nostri, etc. año de 1533.18 Y sin olvidar a su patria, en medio de las atenciones de que se hallaba Rodeado en México, de lo sobrante de sus rentas y de las limosnas que colectó en esta ciudad, entre sus paisanos, fincó una suma para el sostenimiento de un pobrísimo monasterio que en Durango de España había, y para que fuesen socorridos los religiosos que por allí pasasen.

Uno de los rasgos más hermosos del carácter verdaderamente evangélico del Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, es el que nos ofrece en la conducta que con sus parientes observó. Atraídos por la fama de la riqueza del obispado de México, se apresuraron a venir de España algunos de ellos, creyendo que a la sombra del prelado habrían de formar pingües fortunas. Empero el varón justo no puede prestarse nunca a favorecer a los hombres en razón de parentescos, sino en razón de sus necesidades y en razón también de sus merecimientos. Así el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA equiparó a los suyos con los extraños, si es que puede decirse así tratándose de un hombre para quien la caridad era la más hermosa de las virtudes, y les dio como a cualquier otro pobre, y para no dejarlos en la ociosidad, procuraba que aprendiesen un oficio los que no lo tenían, o proporcionaba los medios para que lo ejerciesen los que lo poseían ya. ¡Ejemplo es este que deberían imitar todos los hombres que alcanzan puestos principales y de quienes dependen los nombramientos para los secundarios, porque así se evitarían no solo los abusos que se originan del sistema contrario, sino que en vez del favoritismo imperaría solo el verdadero mérito!

Página gloriosa en la vida del ilustre FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA es aquella en que se refiere la fundación del colegio de Santiago Tlatelolco. ¿Cómo podía _ desatender la educación de los niños indígenas quien era para ellos un padre amoroso e ilustrado? En el año de 1541 fundóse el colegio á que nos referimos, inaugurándose con una fiesta solemne cuya descripción haríamos gustosos, si ya esta biografía no hubiese tomado mayores proporciones que las que al principio intentamos darle.

Si en nuestros días es motivo de justo alborozo la inauguración de un colegio, ¿que no lo seria en aquel tiempo en que el de Santiago Tlatelolco venía a satisfacer una necesidad urgente y a abrir una era nueva en los fastos de la civilización de este país? Bastaría la fundación de que hablamos para inmortalizar al primer obispo de México, si todas sus acciones en los diez y ocho años de su pontificado, no hubiesen sido una no interrumpida serie de beneficios para nuestro suelo.

Necesitaríamos continuar ocupando la atención del lector por mucho tiempo, si intentáramos referir circunstanciadamente las acciones del Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA en los años corridos desde 1544 hasta su muerte, acaecida cuatro años después. Daremos solo breve noticia de los sucesos principales ligados a él íntimamente, que no pueden omitirse sin defraudar al venerable obispo gran parte de la gloria que legítimamente le corresponde, y servirá esto también para revestir de cierto interés histórico esta biografía, en la que, como en las subsecuentes, procuraremos a toda costa evitar la monotonía propia de los estudios biográficos cuando se descuida en ellos la narración de algunos episodios que llevan en si la pintura de la época y que pueden servir para caracterizar mejor a los personajes Hemos visto en las páginas anteriores cómo al volver a México el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, encontró al país en mejores condiciones que las que guardaba al partir él para España; las benéficas concesiones alcanzadas con su presencia e informes en la corte; la misión que se le confió de velar el cumplimiento de leyes protectoras para los indios, y la manera digna con que aquí fue recibido.

Inestables como son las cosas humanas, en los diez años trascurridos desde su vuelta al obispado, los sucesos habían sufrido las fluctuaciones comunes en los pueblos que todavía no se consolidan, y al volver a seguir el curso de los acontecimientos tenemos que amentar otra vez nuevos disturbios, nuevos conflictos, y también nuevas desgracias para los pobres indios a quienes protegía el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA.

En esos diez años, entregado el venerable pastor a la formación de su Iglesia y á a instrucción de los neófitos, aunque hubiese hecho verdaderos prodigios de actividad no habría logrado neutralizar por completo las intrigas y maquinaciones de los encomenderos por medio de sus agentes y enviados a la corte; intrigas y maquinaciones encaminadas a dejar sin efecto las paternales disposiciones del soberano en favor de la raza conquistada.

Habían sido inútiles los esfuerzos del ilustre virrey D. Antonio de Mendoza para hacer cumplir las leyes de la corona, y fue necesario que esta enviase un visitador que lo fue el Lie Francisco Tello de Sandoval, inquisidor de Toledo, quien traía entre otras las instrucciones siguientes: convocar a los obispos para que determinaran lo que conviniera al bien espiritual ele los pueblos, presentarles el breve que llevaba del Papa, según el cual podía ampliar o restringir, conforme juzgara, los límites de los obispados; ver todo lo concerniente a la propagación del cristianismo y al fomento de la instrucción de la raza indígena, y en una palabra, hacer efectivas las leyes.

Fácil es presumir de qué manera recibirían los opresores de los indios la noticia de la venida del visitador que de tan amplias facultades venia revestido. Llegó a México el día 8 de marzo de 1544. Alojóse en el convento ele los dominicos, y desde luego los encomenderos cuya sórdida avaricia les conducía a todo género de torpezas y aun de inconveniencias, pusiéronse á estudiar la manera de evitar la publicación de los mandamientos del emperador, en lo que gastaron dos días. "Al cabo de ellos, dice el verídico P. Cavo19 á una voz se resolvieron a poner en forma una súplica, alegando los graves perjuicios que de aquellas leyes se les originarían. En efecto, a la madrugada del tercer día, acompañados del escribano, se encaminaron a Santo Domingo, y aunque á Tello lo enfadó la desvergüenza de aquellos hombres, los salió a recibir cortésmente, y preguntándoles la causa de aquel concurso en hora tan inoportuna, le respondieron que iban a presentar una súplica que habían extendido para su majestad, e impedir con ella la publicación de las leyes que se le habían encomendado. Sobrecogido el visitador con tal respuesta, los despidió con estas palabras: "No habiendo aún presentado los despachos que traigo, ¿cómo podéis vosotros saber cuál es mi comisión y así ¿de qué suplicáis? Idos, y no os acontezca proceder con modo tan irregular con los ministros del rey. Si tenéis algo que tratar conmigo, diputad dos de vosotros." Con este expediente se desembarazó Tello, por entonces, de los encomenderos, que después de la siesta volvieron solos, dos, con el procurador mayor de la ciudad Antonio Carbajal, y el escribano de cabildo Miguel López de Legaspi. Después de que Tello por largo tiempo les dio audiencia, volvió a desaprobarles el atentado de aquella madrugada, y les protestó que no había venido a México para destruirlos sino para favorecerlos, como lo verían en lo sucesivo. Con estas promesas quedaron los encomenderos algún tanto sosegados; pero después de quince días, de improviso, presente el virrey y tribunales, se pregonaron por la ciudad las leyes controvertidas, lo que alteró tanto a los encomenderos, que poco faltó para que Carbajal no rompiera por en medio de la o-ente y protestara contra aquellos mandamientos. Movido Tello de estas alteraciones, consoló a los encomenderos, asegurándoles que todo lo que cediera en su perjuicio no se ejecutaría y para el día siguiente los citó a ocurrir a catedral, donde habiendo él cantado una solemne misa, el obispo FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA hizo a los encomenderos un discurso análogo a las circunstancias, dejándolos esperanzados de lo que el visitador les había prometido."

Hemos trascrito lo anterior, porque provoca deducciones muy importantes. En primer lugar, se ve allí hasta dónde llegaba la prudencia del prelado de la Iglesia mexicana quien para evitar los funestos resultados que podía traer el rompimiento de los encomenderos con el visitador, se prestó a interpretar a este, a pesar de que bien comprendía el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA que cuantas concesiones se hiciesen a los encomenderos habían de redundar en perjuicio de los indios de que él era protector. En segundo lugar, se palpa la manera con que se hacían ilusorias las leyes, toda vez que encontraban resistencia tenaz y poderosa de parte de los españoles. Ilusorias fueron en verdad casi todas las que se citan en comprobación de que los indios no solo no sufrieron yugo alguno, sino que por el contrario, gozaban de grandes privilegios. ¡Cuán poco han estudiado la historia de la dominación española los que se atreven a asegurar que aquellos tiempos fueron propicios para la raza indígena o cuán ignorantes suponen a los que leen tales aseveraciones!

El visitador Tello se doblegó a las exigencias de los encomenderos; pero qué mucho cuando del mismo emperador habían logrado ya los procuradores de aquellos, la revocación de las órdenes dictadas bajo la influencia de Fr. Bartolomé de las Casas de Fr Julián Garcés y del Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, los Juegos de cañas, corridas de toros, grandes fiestas anunciaron a los indios que su esclavitud iba a continuar, y los encomenderos con razón podían decirles con el Dante: Lasciate ogni esperanza. Aquel era el refinamiento de la crueldad, el abuso más horrendo de la fuerza: celebrar la esclavitud de un pueblo, sin dolerse de sus lágrimas y de su miseria; era obligar al vencido a tomar parte en el festín preparado para solemnizar su derrota.

El abatimiento y la desesperación en que los descendientes de Moctezuma y Cuauhtémoc cayeron al ver revocadas aquellas leyes que eran su consuelo único después del hundimiento de la monarquía azteca, son fáciles de graduar. Y como rara vez dejan de venir una en pos de otra las calamidades que afligen a los hombres, cuando no unas engendran a las otras, sobrevino una peste horrible a poco de haber triunfado los encomenderos; peste que duró seis meses y que causó la muerte de ochocientos mil indios, según Torquemada,20 llevando sus estragos a muchos lugares de la entonces Nueva España.

Esta peste proporcionó al pastor de la Iglesia mexicana una oportunidad más para ejercitarlas generosas virtudes de su alma, distinguiéndose por los actos heroicos de su caridad sin límites, y, justo y debido es confesarlo, encontró en esta ocasión eficaz auxilio en  los españoles ricos, y en el virrey Mendoza que tanto empeño puso en aliviar las desgracias de los indios, fundando hospitales y dictando cuantas providencias estuvieron a su alcance, que le conquistaron el renombre de padre de los mexicanos.21

No bien habían calmado las aflicciones del pueblo, cuando una rebelión, la conocida en nuestra historia por la "Conjuración de los negros," vino a conmover otra vez a la sociedad.22 Mientras tanto el visitador Tello, acaso condolido de la infausta suerte de la raza indígena, proseguía en el desempeño de la ardua comisión que la corte le confiara, y como uno de los puntos capitales fuera la convocación de una junta eclesiástica para arreglar lo que convenía al bien espiritual de los indios, y en este año (1546) renumiéronse los obispos,23 los superiores de los conventos de San Francisco, Santo Domingo y San Agustín, así como otros eclesiásticos de probada virtud y ciencia.

La primera determinación de la junta fue la de "tratar de poner reparos en la intolerable licencia de los españoles de hacer esclavos a los indios, porque este bárbaro modo de proceder era uno de los mayores impedimentos para su reducción.24" Pero el virrey apenas supo la resolución de los obispos, le suplicó que de aquel punto no trataran, de lo que habría resultado la inutilidad de su reunión, si a poco la elocuente palabra del obispo de Chiapas, Fr. Bartolomé de las Casas, no le hubiese convencido de la imperiosa necesidad y aun obligación que tenían la Iglesia y el Estado de fijar para siempre la suerte de la raza indígena.25 Empero el virrey, hombre prudente y muy conocedor de la irascibilidad de los encomenderos, no quiso que a la junta que de tan graves asuntos debía ocuparse, asistiesen los prelados, porque, protectores como eran de los indios, había de decirse que lo resolvían todo a favor de éstos. Obsequióse la indicación de la autoridad civil y celebróse en el convento de Santo Domingo26 según unos o de San Francisco, según otros, la anhelada reunión, sucediendo lo que no podía menos de suceder. Unánimes los sacerdotes declararon que por ningún título era lícita la esclavitud de los indios, y que los que hasta entonces habían sido esclavos se ahorraran; triunfo espléndido de la humanidad á que no poco había contribuido el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, que en casi idénticas palabras tenía hecha de antemano aquella solemne declaración.

Esta fue publicada con gran contentamiento de los naturales, en toda la Nueva España

y aun en las islas, para que constara que cuanto en aquella materia habían ejecutado los españoles era contrario al derecho divino y humano.

Una vez que el punto más grave, en cuanto que afectaba intereses poderosos, fue tratado, volvieron a ocupar sus puestos en la asamblea eclesiástica los cinco obispos excluidos temporalmente, y unidos a los prelados de los conventos tomaron varias resoluciones importantes, entre otras la de que cumplieran los encomenderos la obligación que su carácter les imponía de instruir a los indios en la religión cristiana, y que los negligentes fuesen privados de sus encomiendas y compelidos a restituir todo lo que de los indios hubiesen percibido. También fue en esta ocasión cuando se declaró que los naturales debían recibir los sacramentos. De admirable para aquellos tiempos, calificó el Sr. Lorenzana27 esta junta eclesiástica en que el Ilmo. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA desempeñó tan importante papel.

En el año anterior a aquel en que tuvieron lugar los sucesos que acabamos de referir, el

Papa Paulo III elevó a la categoría de arzobispado el que hasta entonces había sido obispado de México, o valiéndonos de los términos empleados por la Iglesia, envió al Ilmo. Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA el sagrado palio para sí y sus sucesores; tanto por la fama de sus virtudes, como por qué establecidos ya las diócesis de Tlaxcala, Antequera (Oaxaca), Guatemala, Michoacán y Yucatán, era llegada la ocasión de constituir en la capital de la Nueva España una autoridad superior como la de los arzobispos.

La profunda humildad que caracterizaba al venerable franciscano, le inclinaba a renunciar aquella nueva dignidad, y fue preciso que los religiosos se afanasen en convencerlo, y sobre todo el célebre misionero Fr. Domingo de Betanzos, íntimo amigo y familiar suyo, para que el Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA se decidiese a aceptarla, con suma repugnancia, y solo porque creía que aquel nuevo sacrificio le era impuesto por Dios. Mas como para huir de los ruegos con que lo importunaban a fin de que aceptase el arzobispado, se hubiese dirigido al pueblo de Tepetlaxtoc, residencia del P. Betanzos, la fatiga del camino a la avanzada edad del Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA y el cansancio producido por haber confirmado en aquel pueblo a catorce mil quinientos indios en solos cuatro días, debilitaron tanto sus fuerzas y recrudecieron de tal suerte la enfermedad de que adolecía, que vio próximo el fin de su carrera por el mundo y ya no pensó sino en disponerse para la muerte. Los religiosos en cuyo convento se hospedaba, trajéronle á México, donde creían que por haber mayores recursos, habrían de aliviarse las dolencias que le aquejaban.

Todo fue inútil; el anciano pastor de la Iglesia mexicana, en cuya larga vida, que a grandes trazos acabamos de bosquejar, no hubo acciones sino para el bien, sucumbió el domingo después de la fiesta de Corpus del año de 1548, de más de ochenta de edad.

El Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA que, como hemos visto, jamás abandonó las reglas de su Orden, había dejado dispuesto que su cadáver fuese sepultado en el convento de San Francisco, y así se hubiera hecho si el virrey Mendoza, para dar una prueba del respeto que profesaba á tan insigne prelado, no hubiese acordado hacer los funerales á que por sus méritos y alta categoría era acreedor. En efecto, el virrey, la audiencia, el clero, y todas las demás autoridades, en hábito de duelo, asistieron a la catedral en donde fue inhumado el cadáver.28

No sería fácil describir la pesadumbre de los indios con motivo de la muerte del Sr.FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA. Lo lloraron por muchos días, pues perdían un protector que tantas veces los había defendido del furor de los conquistadores, dice lacónica pero elocuentemente un historiador de aquella época.29

Resumamos. Bajo cualquier punto de vista que se considere al Ilmo. Y FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA, hay que reconocer en él a uno de esos varones esclarecidos que marcan su huella sobre la tierra, y a quienes lo mismo los contemporáneos que los que llegan siglos después, tienen que admirar y enaltecer al pronunciar su nombre. Si la ligereza con que muchas veces se juzga a los hombres del pasado, ha podido alguna vez cubrir de sombras la historia del primer prelado de la Iglesia mexicana, en cambio los pensadores de hoy, los que han empleado los mejores años de su vida en el estudio de la historia patria, presentan siempre rodeado de esplendente aureola el nombre del virtuoso, del humilde franciscano, del ardoroso e incansable protector de los indios. Arrastrados por el torrente de las preocupaciones actuales, que toda época tiene las suyas, caen algunos en el error de atribuir un carácter intransigente y feroz al que poseyó una prudencia suma; y otros, temiendo acaso la burla de los que creen que no debe un escritor liberal rendir homenaje a los que no profesan sus ideas, callan cuando menos, y dejan que sigan perpetuándose, sin contradicción, tales absurdos.

Tiempo es ya de que la verdad se abra paso y de que haga desaparecer las necias vulgaridades que, con mengua de la justicia, han dominado hasta nuestros días en lo que respecta al fundador de la Iglesia mexicana. El Sr. FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA es uno de aquellos personajes que sirven en la historia para caracterizar una época o periodo. El representa en la de nuestra patria al sacerdote del siglo XVI; es decir, al varón humanitario y justo, al apóstol ferviente, al heroico misionero de la cruz, para quien no había dificultades que no pudiesen vencer la fe y la constancia; en cuyo corazón cabía todo lo grande, todo lo generoso y sublime; para quien la igualdad humana era un dogma y no una frase destituida de sentido. Por su nueva patria no hubo sacrificio que no hiciese; por los descendientes de Moctezuma se atrajo la animosidad de los españoles.

Registrad cuantos documentos existen para formar la historia de los primeros tiempos de la dominación ibérica; seguid paso a paso los progresos del cristianismo en México; recorred las páginas que guardan la sangrienta narración de la conquista, y veréis resplandecer al sacerdote cristiano cuya personificación se halla en FR. JUAN DE ZUMÁRRAGA mejor que en ninguno otro, y entonces comprenderéis por qué nosotros, sin temer que nuestras palabras reciban torcida interpretación, solo hemos tenido frases de elogio, himnos de gratitud para los agentes de la civilización en nuestra patria.

Si con tantos materiales dispersos como existen, se formará una historia eclesiástica completa, fundada, verídica e imparcial, no hay duda que se prestaría un servicio importantísimo a las letras nacionales, y más todavía, a la memoria de los ilustres misioneros y de los primeros prelados de la Iglesia mexicana. Ciertamente que para llenar el vacío que se nota, habría que emprender investigaciones laboriosas; pero una vez superadas las dificultades de la empresa, lograría quien la acometiese salvar de una pérdida irreparable muchos documentos que con el transcurso del tiempo van desapareciendo, ora por la incuría con que los más ven esa clase de escritos, ora porque el ruin espíritu de especulación conduce a otros a remitirlos al extranjero, donde son no solo mejor apreciados sino también mejor pagados que en medio de la nación cuya historia encierran. Tal vez no esté lejana una época en que para encontrar datos acerca de nuestras cosas, sea preciso recurrir a las bibliotecas europeas, donde se han ido acumulando los tesoros robados a los escritores del país, por la torpeza de los gobernantes, por la falta de patriotismo de muchos mexicanos y por los continuos trastornos que ha sufrido nuestro suelo.

El clero, directamente interesado en la publicación de la historia eclesiástica, debería haber mirado este asunto con positivo interés desde hace mucho tiempo. Menguados como se encuentran los recursos de que antes podía disponer, no será hoy tan fácil la realización de una obra tan importante como esa; pero todavía es tiempo de hacerlo, y ojalá nosotros, con la publicación de esta galería biográfica, lográramos despertar en otro la idea, ya que no nos es dado ponerla en ejecución. Afectando, como afectaría sin duda, las creencias de una porción considerable de la sociedad, ella tendría un éxito seguro, si su desempeño llegaba a corresponder a la magnitud e importancia de la obra.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 1-16.

2 Prescott, Conquista de México, tom. 1. cap. IV.

3 Dávila. Artículo Zumárraga, en el Diccionario de historia y geografía, tom. III del Apéndice v 10 de la obra México, 1856.

4 Torquemada, Monarquía indiana.

5 Cavo, Los tres siglos de México, lib. 2o

6 José Fernando Ramírez, Biografía de Ñuño de Guzmán, en el tom. 9o del Diccionario de historia y geografía. MEX.co 1856.

7 Zumárraga, Cartas a Felipe II. Están insertas en el volumen X de la colección de Ternaux. La primera traducida del francés, se halla en el tomo I del  “Museo mexicano”.

8 Biografía de Ñuño de Guzmán, en el lugar ya citado.

9 Real orden fcelia en Toledo á 31 de Julio de 1529.

10 Herrera, Historia de las Indias, Década IV.

11 Zumárraga. Carta citada.

12 Herrera en su obra citada, Torquemada, Betancourt en su Teatro mexicano, otros varios escritores, y por último el P. Cavo en el lib. II de sus Tres siglos en México, traen cuantos pormenores pueden apetecer quien desee conocer a fondo la época aciaga de las luchas entre la 1ra. Audiencia y el primer Obispo de México. El plan de nuestra obra nos impide hacer otra cosa más sino apuntar  los principales sucesos ligados a la historia del Episcopado mexicano. A esas fuentes o autoridades remitimos al lector, ya que no nos es dado detallar más cumplidamente ciertos caracteres históricos que despiertan grande interés en el ánimo aún con simples bosquejos como el que acabamos de trazar. 

13 Esta carta, así como otros documentos importantes, necesarios para la mejor inteligencia de esta obra, figurarán en el Apéndice de que haremos seguir esta galería. Muévenos á no insertarla aquí el deseo de no distraer al lector con piezas cuya lectura le apartaría del curso de los sucesos que referimos.

14 Ramírez Aparicio, Los conventos suprimidos, pág. 278.

15 Con motivo de un artículo inserto en uno de los periódicos que se publican en esta capital, y en que se hacía referencia al asunto de que tratamos, se suscitó últimamente una discusión entre varios literatos; pero el debate no se ha llevado al terreno de la prensa.

16 Dávila, en la biografía ya citada.

17 Torquemada, Monarquía Indiana.

18 Loreuzana, Concilios mexicanos, pág. 214.

19 Tres siglos de México, lib. 3o

20 Torquemada, Monarquía indiana, parte 1, lib. 5, cap. 22.

21 Cavo, op. cit, lib. 3o

22 Tres fueron las conjuraciones de los negros esclavos, durante la dominación española. La primera, que es á la que

aludimos, acaeció en 1546, la segunda en 1609, y la última en 1612. La cautela con que procedió el virrey Mendoza para destruir los planes de los conjurados en 1546, y la severidad con que castigó á los culpables, libraron á México, entonces, del peligro. De acuerdo los muchos negros esclavos, con los indios de los alrededores, intentaban asesinar á los españoles en un solo día. Don Manuel Orozco y Berra escribió un interesante artículo sobre las conjuraciones de los negros, y que se halla inserto en el tom. X del Diccionario de Historia y Geografía publicado por la casa de Andrade en 1856.

23 A las primeras juntas no pudo asistir Fr. Bartolomé de Las Casas, obispo á la sazón de Chiapas, á quien el virrey Mendoza tuvo detenido á dos jornadas de México, temiendo que la sola presencia del venerable y ardentísimo defensor de los indios provocase grandes alborotos. Así lo refiere Remesal en su Historia de ClUapa, citada por Cavo.

24 Cavo, op. cit. lib. 3o

25 El historiador acabado de citar, refiere que el venerable Las Casas, en una función que se celebraba en catedral, á laque asistió el virrey, predicó un sermón en que aludiendo, entre otras cosas, al capítulo 30 de Isaías, dijo cuán peligroso era atar las lenguas á los prelados sobre la ley de Dios, y que fue tal la eficacia de aquel sermón, que el virrey Mendoza permitió que se tratara el delicado punto á que en el texto hemos aludido.

26 El Sr. Lorenzana en la relación acerca de la primera junta eclesiástica, designa el convento de San Francisco y no el de Santo Domingo como el P. Cavo.

27 Concilios mexicanos, pág. 9.

28 Como en aquel año se estaba aún fabricando la primitiva catedral, fue inhumado el cadáver del primer arzobispo en el lugar más prominente que por entonces existía.

29 Gil González Dávila, en su Teatro eclesiástico, citado por Cavo y otros, y que nosotros no hemos podido consultar hasta el momento en que escribimos esta biografía. También Torquemada hace referencia á este triste suceso, en los términos siguientes: "Se hizo espantoso llanto en todas las ciudades y pueblos y todos se cubrieron de luto. Fue mucha la gente que concurrió á su sepultura, y con tantas lágrimas y sollozos de los religiosos y clérigos fue sepultado, que no se podían hacer los oficios acostumbrados. Jamás fue visto tan doloroso sentimiento por prelado. El virrey y oficiales de la Real Audiencia, estuvieron á su entierro, vestidos de lobas negras, dando muchos gemidos y suspiros, que no los podían disimular. El llanto y alarido del pueblo fue tan grande y espantoso que parecía ser llegado el día del juicio," Torquemada, Monarquía indiana, lib. 20 cap. 32.


2. El Ilmo. Sr. D. Fray Alonso de Montúfar, O.P.

(1551 -1572)

  • Presentado: 13 junio 1551
  • Confirmado: 5 octubre 1551
  • Posesión: 9 marzo 15541
  • Palio: 17 mayo 1553
  • Muerto: 7 marzo 1572

1 Bravo Ugarte señala el año de 1553 y me inclino por la arriba designada, ya que el primer acto de cabildo al que asiste Montúfar es en 1554.

Natural de la Rivera de Loja. Presentado en el año 1551. Perfeccionó con grande amor y esmero la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe. Falleció el 7 de marzo de 1572 a los 81 años de edad.

Está sepultado en el Real Convento de Nuestro Padre Santo Domingo de esta ciudad.

La Iglesia mexicana había entrado a un periodo en que no era ya la predicación o el catequismo la tarea única de su jefe y de sus sacerdotes, como no era tampoco la espada del conquistador sino el tacto del gobernante lo que el Estado había menester. Fundada como hemos visto, necesitaba una organización regular: era preciso señalar las atribuciones de cada uno, establecer un orden adecuado a las necesidades de aquellos tiempos, y asegurar sobre bases sólidas el edificio levantado a costa, de tan grandes esfuerzos y fatigas.

Para llevar a feliz término una obra de tal magnitud, se requería un hombre que uniendo a la bondad la energía y la fuerza de voluntad, no solo continuase por la misma senda que el prelado anterior había seguido, para completar, digámoslo así, lo que aquel, por multitud de circunstancias, no había podido terminar.

Esta fue la misión impuesta al SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR y a la cual supo corresponder dignamente, como va a ver el lector en estos apuntamientos á que no podemos dar el nombre de biografía, por las razones que expondremos en seguida.

Si tratándose del Sr. Zumárraga, se encuentran a cada paso noticias de sus trabajos apostólicos, en las crónicas de los tiempos en que floreció, y con ellas hemos podido presentarlo en esta galería con su carácter propio y sin dejar de consignar las principales acciones de su vida, no sucede lo mismo con el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR sucesor suyo, de quien solo hallamos ligeras referencias que no bastan en verdad para indicar el camino que debe seguirse en la investigación que hay que hacer para trazar su biografía.

Dos causas principales existen á que, tal vez sin equivocarse, puede atribuirse el mal que lamentamos. Es la primera la falta de método en nuestros antiguos cronistas, quienes casi siempre por referir circunstanciadamente sucesos de grande interés para sus Órdenes y para aquellos tiempos, se conformaban con hacer ligeras indicaciones acerca de otros puntos que son los que más interesarían en nuestra época.

En segundo lugar, no existe una verdadera historia eclesiástica general. Cada Orden religiosa tenía su cronista, y éste se limitaba a referir los sucesos ligados a su religión sin cuidarse de lo demás; de tal suerte que grandes dificultades tendría que vencer el escritor que quisiera ligar unos sucesos con otros para enlazar los períodos y formar la historia de que carecemos.

Además, hay todavía otra razón para demostrar que existe un vacío difícil de llenar en la vida del Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, y es que, habiendo gobernado su Iglesia sin contradicción por parte de la autoridad civil, no existen en la historia política los datos con que podrían suplirse los que la eclesiástica se abstuvo de consignar.

Sin embargo, si bajo el punto de vista de los episodios ruidosos no interesará nuestra narración, en cambio tendrá motivo el lector para reconocer en el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR al hábil organizador y al virtuoso prelado a quien se deben leyes sabias y humanitarias, que al establecer la norma de conducta así de religiosos como de seglares, destruyeron sinnúmero de abusos, moralizaron la sociedad, é impartieron eficaz protección a la raza indígena. Feliz continuador del Ilmo. Sr. Zumárraga en la tarea de velar por los indios y de nulificar los perversos designios de los encomenderos, el segundo arzobispo de México tiene sobrados títulos a la gratitud nacional.

El Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, nació en la ciudad de Loja, en el arzobispado de Granada. Recibió el hábito en el convento de Santa Cruz de la misma ciudad, siendo aún muy joven, pues al mismo tiempo que cumplió el año de noviciado, cumplió también la edad requerida para profesar. Leyó artes y teología alcanzando fama de eminente letrado y maestro. Por su saber y por su prudencia, mereció ser electo prior de su Orden, y reelecto un año después. Consultábanle en las cuestiones más arduas, personas de calidad, abogados, y litigantes, que en gran concepto le tenían, y era el confesor de la nobleza granadina. A esto último se debió su presentación al arzobispado de México.

Los marqueses de Mondéjar eran del número de las personas que se confesaban con el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, y por ellos supo el emperador Carlos V lo que aquel virtuoso y sabio dominico merecía. Vacante estaba la sede mexicana por la muerte del Sr. Zumárraga que, como liemos visto, no llegó a gobernar más que como obispo, y era preciso presentar a su sucesor, o más bien al que debía ser el primer arzobispo de la metropolitana. Aceptó el arzobispado el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR deseoso de favorecer a los indios y llevar adelante su enseñanza en la doctrina del Evangelio.

"Cuando llegó a México, dice el historiador acabado de citar, comenzó a mostrarse de veras padre. Corregía con piedad, castigaba con amor, era muy limosnero y cuidadoso en remediar las necesidades espirituales y corporales de su rebaño, visitaba personalmente todo su arzobispado, exhortando a los ministros al cuidado y fervor en su oficio; procuraba, mediante sus intérpretes enterarse de los aprovechamientos de los indios en la noticia de los principales misterios de nuestra fe, sin cuyo conocimiento especificado sabia el buen teólogo que era imposible salvarse. Al cura que hallaba descuidado en esto, reprendía y significaba la gravedad de su culpa, y al diligente premiaba. Amaba con ternura a los indios, y muchas veces los bautizaba él por su propia mano, con ejemplar humildad."

No solo no tuvo disputas ni cuestiones con los franciscanos, sino que mostró gran afición a ellos, haciéndoles donaciones de cuantía, y guardando las constituciones de la Orden. Tres años de orfandad había sobrellevado la Iglesia mexicana, y en ellos las costumbres habían sufrido mucho, introduciéndose abusos que debían extirparse con prudencia, pero no sin energía, como se deduce de los capítulos que forman el primer concilio provincial celebrado aquí, convocado y presidido por el nuevo arzobispo.

El SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR llegó en momentos propicios para poder libre y desembarazadamente impulsar su Iglesia e impedir que se arraigasen en nuestro suelo ciertos vicios que comenzaban a cundir aun en el mismo clero. No faltaban sacerdotes que directa o indirectamente ejerciesen el comercio y aun la usura. Algunos comenzaban a entregarse al abominable vicio del juego, y de España venían otros que, a título de parentesco más o menos cercano, traían mujeres en su compañía. También habían comenzado a tenerse para con los naturales, ciertas exigencias que no podían satisfacer sin grave daño en sus intereses, bien mezquinos, por cierto, olvidando así la solicitud con que en días no lejanos había aliviado su suerte el Sr. Zumárraga y los misioneros que trajeron el cristianismo a estas regiones.

Decimos que el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR llegó en momentos propicios para moralizar la administración religiosa, porque al pisar él nuestras playas, ocupaba el virreinato D. Luis de Velasco, benemérito gobernante cuya memoria será bendecida siempre por los mexicanos. El virrey, padre de los indios como justamente se le ha llamado por todos los historiadores, probo, integérrimo, no solo no había de entorpecer los trabajos del arzobispo, sino que había de prestarle eficaz y poderosísimo concurso, para hacer efectivas sus disposiciones.

Celoso como .el primero de la propagación del cristianismo, humanitario y benéfico, el virrey Velasco dio el golpe de gracia á los encomenderos, haciendo cumplir desde que se encargó del gobierno, las leyes del soberano en favor de los indios, porque para él más importaba la libertad de estos que las minas de todo el mundo, y porque las rentas que de ellos percibía la corona no eran de tal naturaleza que por ellas se hubieran de atropellar las leyes divinas y humanas; razones en que se fundó para ahorrar, como entonces se decía, tantos esclavos, que en solo ese año (1551) se vieron libres CIENTO CINCUENTA MIL, sin contar entre ellos á una multitud de niños que seguían la suerte de sus padres.

Quien tan inmensos beneficios hacia a la raza conquistada, mal podía ser un obstáculo para la empresa que el Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR deseaba acometer, de refrenar las costumbres y de mejorar cada día la condición de los naturales. Así lo comprendió el arzobispo y animado de este convencimiento se propuso convocar un concilio provincial para tratar en él todo aquello que más interesase al buen orden de la Iglesia y a la moralidad de sus fieles.

Las Juntas apostólicas celebradas, en 1524 por Fr. Martin Valencia y en 1540 por el Ilmo. Sr. Zumárraga, si bien es cierto que contribuyeron a la propagación del cristianismo y al arreglo conveniente de las misiones e iglesias, no puede llamárseles concilios, como erradamente han pretendido algunos escritores ó cronistas del siglo XVI, tanto porque a la primera no concurrió un solo obispo, cuanto porque la segunda fue reunida con el objeto casi exclusivo de tratar lo que a la libertad de los indios se refería, y en aquella época el Sr. Zumárraga no tenía obispos sufragáneos.

Así, el primer concilio celebrado en debida forma en México fue convocado y presidido por el Rmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR en 1555, y fue impreso el 10 de febrero de 1556 por el primer impresor de esta ciudad, Juan Pablo Lombardo.

En el prólogo de dicho concilio se contiene no solo el objeto para que fue convocado, sino también la relación de los obispos y demás sacerdotes que a él asistieron; por lo que juzgamos conveniente darlo a conocer, mucho más cuando su extensión no es tanta que pueda cansar al lector. Dice así: " SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, Maestro en Santa Teleología, por la Divina Miseración, y de la Santa Iglesia de Roma, Arzobispo de la insigne, y muy leal Ciudad de Tenuxtitlan, México de esta Nueva España de las Indias del Mar Océano, y del Consejo de S. Ma-. &c. A los Reverendísimos Señores D. Vasco de Quiroga, Obispo de Mechuacán y D Fr. Martin de Hoja Castro, Obispo de Tlaxcala, y D. Fr. Thomas Casillas, Obispo de Chiapa: Y a los demás Señores Obispos ausentes, nuestros Sufragáneos, y a los Reverendos, y Venerables, y Hermanos el Deán, y Cabildo de esta nuestra Santa Iglesia de México: Y a los demás Deanes, y Cabildos, Curas, y Rectores Parroquiales, y a todos los Católicos Cristianos, y Fieles de este nuestro Arzobispado, y Provincia, salud corporal, y espiritual en Jesucristo nuestro Redentor. Como sea tan natural al hombre vivir según, y conforme a la razón, que con esto se diferencia de los brutos animales, y con esto sea figurada á la Imagen de nuestro Señor, y por esto sea capaz de la Bienaventuranza, y criado para ella, como a fin sobrenatural: Así fue necesario, el hombre ser ayudado de Dios, para alcanzar, y merecer con favores sobrenaturales, y así en el estado de la inocencia, proveyó Dios nuestro Señor al hombre de la justicia original, gracia, y virtudes en que  fue criado, y ofreciéndose ocasión, y la persuasión de la mujer, quebrantó el Divino Precepto, y cayó de tan alto estado, y quedó privado de lo gratuito, en que Dios lo había criado, y también quedó lisiado en lo natural, como dice el Psalmista: Homo, c'um in honore esset, non intellexit: comparatu.s estjumenHs irmpientilm, & similis facius est illis; y como dice San Pablo, quedó en continua pelea de la sensualidad contra la razón, y así tuvo mayor necesidad que antes, para  facilitar al bien, y refrenar sus malas inclinaciones del socorro de las Virtudes Theologales, y Morales, para alcanzar, y merecer Ja vida eterna y de las Leyes divinas, y humanas; y así Dios nuestro Señor le dio por revelación la Divina Escritura, por los Patriarcas, y Prophetas, y por boca de su Unigénito Hijo, nuestro Redentor, y después por revelación del Espíritu Santo, y Predicación de los Santos Apóstoles, a cuya imitación la Santa Madre Iglesia regida por el mismo Espíritu Santo ha celebrado muchos, y diversos Generales Concilios, y Estatutos, y Sagrados Cánones, para bien, y salvación de las Animas de los Fieles, y buena reformación de sus costumbres: Y Nos deseando imitar a nuestros Predecesores, y en cumplimiento de lo que por los Sacados Cánones nos es mandado, en estas Partes Occidentales tantos siglos pasados sin conocimiento del Santo Evangelio, y agora llamados en la última edad al conocimiento de nuestra Santa Fe Católica tan innumerable gente bárbara, e idólatra: Puestos ya debajo de la obediencia de la Iglesia Católica, con la diligencia, y gastos, y gente, y celo christiamssimo del Emperador, y Rey de España nuestro Señor en esta dicha Ciudad de México, Metropolitana en esta Nueva España, y Mundo nuevo, celebramos este primer Concilio Provincial en este presente año con los dichos Reverendísimos Señores Obispos de Mechuacán, Tlaxcala, Chiapa, D. Juan de Zárate, Obispo de Oaxaca, el cual murió estando en el dicho Concilio, y en presencia de los muy magníficos Señores Presidente y Oidores, y Fiscal, y Alguacil Mayor de S. Mag. y de los muy Reverendos Deán, y Cabildo de nuestra Santa Iglesia, y de los Deanes de las Iglesias de Tlaxcala, y Jalisco, con Poder de las dichas Iglesias, y el Deán de Yucatán, y Diego de Carvajal, Clérigo Presbítero con Poder del Rmo. Sr. Obispo de Guathimála, y los Priores, y Guardianes de los Monasterios, y los magníficos Justicia, y Regidores, y Cabildo de esta Ciudad de México, y de otros muchos Caballeros, y Vecinos, así del Pueblo como Clero, para bien general de este nuestro Arzobispado, y Provincia, invocada la gracia del Espíritu Santo, hicimos, y ordenamos publicar, y fueron publicadas en nuestra Iglesia Mayor las Constituciones siguientes."

Noventa y tres son los capítulos que contienen esas constituciones, y en ellos se abrazan muchos puntos concernientes no solo a la disciplina eclesiástica, sino también otros relativos a la potestad civil. Aun sin detenerse a estudiar profundamente la intención que dictó cada uno de esos capítulos, aun sin fijarse en las prudentísimas reglas de conducta que encierran, considerándoos en general como el primer código o constitución de la Iglesia mexicana, basta su simple lectura para descubrir las dotes que poseían el Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR y sus compañeros, y sobre todo el celo infatigable con que los sacerdotes de aquella época procuraban el bien de los indios.

No intentaremos analizar aquí uno a uno los capítulos del primer concilio mexicano para hacer resplandecer su admirable doctrina, porque no es a nosotros, sino al que escriba la historia eclesiástica, a quien compete esa tarea. Citaremos solo aquellos que por su importancia social deben ser conocidos aun de las personas ajenas a las cuestiones religiosas. Prohibiese que los confesores se apropiasen las mandas de los penitentes para misas y obras de beneficencia, con el pretexto de aplicar personalmente las primeras y de hacer ejecutar las segundas.

Para evitar el menosprecio con que se iban mirando ya las excomuniones ó censuras eclesiásticas, a causa de imponerse sobre cosas livianas ó de poca cantidad, se mandó que ningún juez las diese sino en casos verdaderamente dignos de tales censuras. Habíase notado que los albaceas no cumplían oportunamente con los encargos testamentarios, bien por negligencia o bien por defraudar a los legítimos herederos, y el concilio fijó el término de un año para el cumplimiento de aquellas últimas disposiciones, bajo pena de excomunión y multa.

Prohibiéronse los pactos sobre los derechos que se cobraban por sepultura y demás oficios de la Iglesia, mandando que no se vendiesen, sino que se diese la limosna conforme a la costumbre, y también se prohibió enterrar en las paredes de los templos, levantar monumentos lujosos que gravaban los intereses de los deudos, y hacer funerales pomposos. Bajo severas penas quedó prohibido a los clérigos el juego a tablas, dados y naipes, así como el permitirlos en sus casas, y tampoco que fuesen arrendadores, ni fiadores.

Que a toda costa se quería procurar la moralidad más severa en la vida de los ministros del altar, que para la imposición de penas y castigos no se veía posición ni fortuna, se descubre leyendo un extenso capítulo que honra sobremanera á los virtuosos prelados que formaron las constituciones á que nos estamos refiriendo.

Algunos clérigos, como hemos indicado ya, se habían convertido en mercaderes unos y en usureros otros, movidos de la insaciable codicia que caracterizaba a los pobladores europeos, habiendo en esto grandes corrupción y abuso, por lo que el concilio decretó que ni directa ni indirectamente pudiesen comerciar ni dar dinero a usura, imponiéndoles multas considerables y hasta la pena, en caso de reincidir, de destierro perpetuo del arzobispado para España.

Continuando el rápido examen de los capítulos, encontramos varios, dirigidos a evitar que sobre los indios pesasen por parte de la Iglesia nuevos tributos a más de los que los encomenderos les exigían; que fuesen visitadas las cárceles para interponerse en favor de los que estuviesen sufriendo penas mayores que aquellas de que se habían hecho dignos; que se procurase establecer el mayor número de hospitales posibles para los indios, y junto a las iglesias de los pueblos con el fin de que fuesen bien atendidos; que no se estorbase a los naturales contraer matrimonio según su voluntad, y que se procurase por cuantos medios fuesen lícitos juntar á los indios en pueblos y hacerlos vivir socialmente.

A los obispos y prelados se les ordenó que tuviesen gran cuidado y solicitud en visitar personalmente, una vez en el año, sus diócesis, para mejor proveer a las necesidades de los pueblos, y en cuanto a la imposición de penas a los indios, complace recordar el espíritu de rectitud y justicia que animaba a aquellos varones apostólicos reunidos por el Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR. “Y porque en muchas partes ele estas nuestras constituciones, dice el penúltimo capítulo, se podría dudar si las penas así pecuniarias como de excomunión, en ellas señaladas, se extenderán a los indios así como a los españoles, someto aprobante Concilio declaramos que las dichas penas por Nos impuestas en estas Constituciones, no se entienden por los indios, si no es en donde en ellas señaladamente se les impone alguna pena, porque mirando su miseria y teniendo consideración que son nuevos en la Fe, y que como tiernos y flacos con benignidad han de ser tolerados, y corregidos, queremos obligarlos a otras penas más de aquellas que el Derecho Canónico por ser cristianos los obliga.” Además de lo que llevamos dicho, para dar sumaria idea de lo que se contiene en las primeras Constituciones de la Iglesia mexicana formadas bajo la dirección del Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, podemos agregar que, en el arancel u ordenanzas para el cobro de los derechos en el arzobispado, se ve patente el deseo de gravar a los fieles, y mucho menos a los indígenas. No corresponde a nosotros hacer el análisis del primer Concilio provincial celebrado en México, por los motivos ya expuestos; pero cuando se lleve a cabo un estudio detenido de él, se admirará en medio de los adelantos obtenidos en los siglos que han pasado, la ilustración, la prudencia y la virtud que presidieron aquellos trabajos.

El Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR en quien, como dice un escritor antiguo, animáronse las heroicas virtudes de su inmortal antecesor, después de celebrado el Concilio puso todo su afán en que las Constituciones que acababan de expedirse fuesen cumplidas fielmente, y se dedicó también á fomentar por todos los medios que estaban á su alcance, así las fábricas materiales que en aquellos años se habían emprendido, como la instrucción de los indígenas.

Carlos V había fundado por cédula de 21 de septiembre de 1551, la Universidad de México, asignándole para sus rentas mil pesos de oro de minas, anuales, y dándole las constituciones, fueros y privilegios de la de Salamanca, célebre en aquellos tiempos. Dos años después, el 25 de enero, se hizo la apertura del nuevo plantel con toda la pompa que requería aquel acto de aquella naturaleza, en cuya solemnidad tomó parte el Ilmo. Arzobispo; quien, más que ninguno otro, procuraba el adelantamiento de estas regiones.

Un escritor de aquella época4 hablando de la Universidad, dice: "SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, Arzobispo de México é insigne maestro en sagrada Teología, se cuenta el primero en el número de sus doctores; siendo tan aficionado á las letras y á los literatos, que nada procura con tanto empeño como excogitar medios para que sean siempre mayores los adelantos de la literatura."

Encontrando en el virrey Velasco un colaborador eficacísimo tratándose del adelanto y de la ilustración del país, el cristianismo hizo grandes progresos durante el gobierno pastoral del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, a quien Fr. Pedro de Gante servía de tan poderoso auxiliar, que a él y no a sí mismo atribuía el arzobispo cuanto en su nombre se hacía, diciendo: Yo no soy arzobispo de México sino Fr. Pedro de Gante lego de San Francisco.

Basta el solo hecho de haber tenido el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, al P. Gante á su lado, para asegurar que su administración fue fecunda en bienes para nuestra patria. Difícil, ya que no imposible, habría sido encontrar persona más apta, religioso de más esclarecido mérito que aquel modesto franciscano, para llevar á cabo cuanto pudiese redundar en provecho de los indígenas y de la sociedad entera.

Entre los documentos que existen para atestiguar el celo pastoral que desplegó el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR y que revelan lo que en otro lugar dijimos ya, y es que reunía las dotes y conocimientos que se necesitaban para organizar en toda forma la recién fundada Iglesia mexicana, merece citarse la carta pastoral que comienza: Qiium vehmmter exaptemus, y en la que estableció el orden que debía observarse en el coro de su catedral.

Al leer esa pastoral que contiene cuarenta y dos prevenciones, anotadas profusamente, se descubre desde luego vasta erudición en el prelado y no poco empeño en revestir de majestad y grandeza las funciones del sacerdote. Si en vez de noticias ligeras esparcidas aquí y allí, existieran fuentes históricas, una siquiera, en que metódicamente se hubiesen expuesto los principales sucesos ligados al archiepiscopado de México en los dos primeros siglos del gobierno colonial, no hay duda que podríamos presentar al SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, no solo como el feliz continuador de los trabajos apostólicos del Sr. Zumárraga, sino también como un literato distinguido que procuraba el adelantamiento intelectual en estas regiones. Desgraciadamente son brevísimas las referencias que de él se hallan en cuantas obras hemos podido consultar, y aunque indican con claridad las virtudes de que se hallaba adornado aquel arzobispo, no satisfacen el deseo que tenemos de ofrecer en esta galería un cuadro completo de aquella época por mil títulos digna de estudio.

Que el SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR comprendió toda la gravedad e importancia de su misión en un país que se estaba empezando a formar, es fácil graduarlo al ver que no se conformó con las reglas establecidas, provisionalmente puede decirse, sino que emprendió la difícil tarea de organizar su Iglesia, formando las Constituciones de que hemos hablado, y revistiéndolas de toda la autoridad necesaria, haciendo que ellas dimanasen de un Concilio; que conoció las necesidades de su diócesis y los elementos de la misma, estudiándolos con ahínco, se descubre al saber que envió á la Corte una Descripción del arzobispado de México f y, por último, que no era un sacerdote vulgar lo prueban las opiniones contestes de cientos escritores han hablado de él.

No fue ruidosa su administración, porque afortunadamente el virrey D. Luis de Velasco en vez de promover conflictos los evitaba a toda costa, y es esta la razón porque los cronistas no tuvieron ocasión de citar con frecuencia el nombre del prelado de México; ni hubo tampoco sucesos de grande trascendencia entre las órdenes religiosas que estaban ya establecidas. Así, a la sombra de la paz más completa, de la prosperidad hija del buen gobierno de los pueblos, el Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR iba desarrollando de una manera lenta pero segura, el plan que desde su llegada al país se trazó.

Diez años después de celebrado el primer Concilio provincial creyó necesario el Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR convocar otro para la admisión del concilio general de Trento, y para añadir otros Cánones concernientes a la disciplina eclesiástica. Las constituciones de este Concilio solo abrazan veintiocho capítulos; algunos de ellos renovando las declaraciones hechas en el de 1555. Merecen ser citados varios.

En uno de ellos se ordenó que por ningún motivo se cobrase estipendio alguno a los naturales por la administración de los sacramentos, sino que graciosamente debía servírseles, conminando a los contraventores con una multa de cincuenta pesos, y suspensión en caso de reincidencia. En otros se eximió a los indios del pago de los diezmos y se volvió a prohibir a los sacerdotes comerciar y dar dinero a usura, y ni aun contratar. Los demás afectan puntos ligados estrechamente a los cánones, y dirigidos a la disciplina eclesiástica más severa.

La publicación de las Constituciones de este segundo Concilio fue más solemne aún que la de las anteriores, pues concurrieron a ella además del arzobispo de México, los obispos de Chiapas, Fr. Tomás Casillas, de Tlaxcala I). Fernando de Villa Gómez, de Yucatán Fr. Francisco Toral, de Nueva Galicia (Jalisco) Fr. Pedro de Ayala, y de Oaxaca Fr. Bernardo de Antequera. También asistieron el Lic. Valderrama, visitador general de la Nueva España, los oidores Ceinos, Villalobos, Puso y Villaseñor, el deán y cabildo de la catedral de México, el procurador del obispo de Michoacán, los provinciales de las Órdenes religiosas, los regidores, los vicarios del arzobispado, y los personajes más notables del reino.

Un suceso de funestas consecuencias para la colonia, tuvo lugar en la capital del virreinato antes de que terminasen las sesiones del Concilio: la muerte de D. Luis de Velasco, el padre de la patria, como con justicia se le llamaba, acaecida el día 21 de Julio de 1563; suceso que llenó de consternación a toda la sociedad, no solo porque a nadie se ocultaban las relevantes virtudes de aquel funcionario, sino porque era difícil prever que mientras venia de la corte quien le sucediese en el mando, había de perturbarse el orden de que hasta aquel día se disfrutó en la Nueva España.

No tardaron en realizarse los temores concebidos á la muerte del virrey. La ciudad de México se vio anegada en un mar de lágrimas en 1564, por la violencia de los tres oidores que gobernaban. En este año tuvo lugar el drama horrible que llevó al cadalso a los hermanos Alonso y Gil González de Ávila y hundió en lóbregas prisiones a muchos de los principales personajes de la corte virreinal, con pretexto de la supuesta conjuración del Marqués del Valle, y a tan lamentables acontecimientos sucedieron otros de no menor importancia; aumentándose las desgracias con la llegada y gobierno del visitador Muñoz, de terrible memoria, en el siguiente año.

Hemos querido recordar aquí esos sucesos, no porque estén ligados á la vida del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, sino porque puede presentarse como un testimonio de su prudencia y consagración absoluta á sus tareas episcopales la ninguna participación suya en los disturbios que tuvieron lugar en aquellos años. En efecto, los historiadores para nada citan al arzobispo de México al referir las turbulencias sociales, y no se ocupan de él sino para referir que cantó la misa en la solemne proclamación de Felipe II y que cooperó al establecimiento del hospital de dementes, situado primero en la esquina de San Bernardo y Porta Coeli y trasladado después (1569) al sitio en que hoy se encuentra.

La avanzada edad del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, así como sus enfermedades le hicieron nombrar por gobernador de su diócesis a su compañero Fr. Bartolomé de Ledesma, maestro en teología, que la rigió loablemente durante doce años, de los que duró el primero a la cabeza de la Iglesia mexicana.  A este religioso encomendó el arzobispo la redacción de una suma de los sacramentos, en que quedasen decididos los casos con clara resolución de lo que debían hacer los ministros encargados de administrar aquellos sacramentos a los indios.

Hízola en efecto el P. Ledesma y fue impresa en México en 1560 y reimpresa con adiciones, en Salamanca, en 1585. El día 7 de marzo del año de 1572,6 y después de una enfermedad dilatada, falleció el Ilmo. SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR con gran sentimiento de los mexicanos, que no recibieron de él sino singulares muestras de paternal cariño y solicitud por su bien, durante los años que gobernó su Iglesia, Conforme a su última disposición, fue sepultado el cuerpo del limo, prelado en el real convento de Santo Domingo, a cuya Orden pertenecía.

Aquí deberíamos dar por terminada esta biografía; mas como podría suceder que el lector creyese llenada cumplidamente la obligación que contrajimos de darle á conocer con todos sus detalles, la vida del segundo arzobispo de México, séanos permitido agregar algunas palabras que esperamos se tengan presentes toda vez que, como ahora, nuestra narración deje defraudadas en parte las justas exigencias de los que esta obra leyeren.

El extravío que sufrieron, con motivo de la Reforma, los archivos del arzobispado y de los conventos, hace sumamente difícil la adquisición de muchas noticias que derramarían su luz sobre los acontecimientos del primer siglo de la dominación española en México, principalmente sobre los que a la historia eclesiástica atañen. En momentos de lucha y de efervescencia como fueron en los que se nacionalizaron las propiedades del clero, se tuvo presente el mal irreparable que se causaba a las letras encomendando a agentes poco ilustrados o a simples especuladores, la traslación de los archivos y bibliotecas de las Órdenes religiosas a los lugares que el gobierno designó; perdiéndose por consiguiente la mayor parte de las obras que más útiles hubieran sido para la formación de nuestra, historia.

Abandono de una parte, y mala fe de otra, han venido a reducir a mínima expresión el abundantísimo acopio que los religiosos habían hecho de documentos que con' nada y por nadie pueden ser repuestos. Sabido es de todo el mundo que eran los conventos el refugio o asilo de las ciencias y las letras, y por lo mismo nada hay más lógico que presumir cuán ricos é inapreciables tesoros encerrarían sus bibliotecas. Lo que de ellas existe en la Nacional, se reduce a obras teológicas que estando en boga aquí ni en Europa, nadie creyó útil apropiárselas y por eso no desaparecieron como las que á asuntos de historia del país se referían.

Sin embargo, con lo que llevamos dicho, fundados en noticias cuya veracidad nadie puede poner en duda, creemos que es bastante para que el lector juzgue llenados los vacíos que se notan en las brevísimas biografías que existen del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR en algunos libros que son hoy, por otra parte, de tan difícil adquisición que pueden llegar sino a manos de unos cuantos bibliógrafos diligentes; pero nunca al común de las gentes interesadas en conocer la vida de los hombres que han contribuido a colocar a nuestra patria en el lugar que ocupa entre los pueblos civilizados. Gil González Dávila, Betancourt, Villaseñor, Lorenzana y alguno otro historiador, al presentar la serie de los prelados de la Iglesia mexicana, no cuidaron de especificar sus hechos, sino que se limitaron, las más de las veces, a copiar las inscripciones puestas al pío de los retratos que se conservan en la Catedral.

Acabamos de ver cómo el artista incurrió en un error notable al señalar el año del fallecimiento del SR. D. FR. ALONSO DE MONTÚFAR, y ya tendremos ocasión de hacer rectificaciones de la misma especie al continuar nuestra serie. Pero aun suponiendo exactas aquellas noticias, ¿podría conformarse el lector con no tener otras? Es indudable que no. Por lo mismo, los apuntamientos biográficos á que nos hemos referido, solo nos han sido útiles para formar con ellos la base, por decirlo así, de la tarea que hemos emprendido.

Su continuación demandaba laboriosas investigaciones que habrían sido estériles si afortunadamente algunas personas ilustradas, como los Sres. D. José María Andrade y D. José María Agreda, se hubiesen prestado con una benevolencia que obliga nuestra gratitud, a facilitarnos varias obras raras que poseen y que de otra manera no habríamos logrado consultar. Ambos caballeros han creído que esta galería biográfica llena el objeto que nos propusimos al emprender su publicación, y han querido contribuir a ella con sus luces y con el caudal de sus escogidas bibliotecas. Ya que en la introducción no pudimos hacer ninguna de las manifestaciones anteriores, sea este el lugar en donde queden consignadas; para que conste siempre el valioso concurso que el autor ha contado al realizar esta publicación.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 17-26.


3. El Ilmo. Sr. D. Pedro Moya de Contreras

(1573 -1589)

  • Muerto: 15 enero 1591. Fue virrey de la Nueva España del 25 de septiembre de 1582 al 17 de octubre de 1585
  • Confirmado: 17 junio 157
  • Posesión: 30 octubre 15731
  • Recibió bulas: 22 noviembre 1573
  • Consagración: 8 diciembre 1573
  • Palio: 19 abril 1574
  • Posesión con bulas: 8 septiembre 1574
  • Volvió a España: 1589

1 En Actas de cabildo, vol. 2, f. 284. Le llegaron las cartas de presentación fechadas en Madrid el 22 de junio de 1573.

Natural de Córdoba. Doctor en Cánones de Salamanca, maestrescuela de la Iglesia de Canarias, Inquisidor de Murcia y el primero de México. Celebró el primer Auto de Fe, en ella. Electo arzobispo de México, el 15 de junio de 1573. Visitador General de este Reino, y Virrey por muerte del Conde de La Coruña.

Celebró el III Concilio Mexicano el año de 1585 y puso al corriente la Dotación de Huérfanas en la Ermita de Nuestra Señora de Guadalupe. Pasó a dar cuenta de su visita a España. Fue Presidente del Real Consejo de Indias y falleció el año de 1591. Está sepultado en la Parroquia de Santo Domingo de Madrid

El derecho de patronato concedido a los reyes de España por el Papa Julio II en su bula Universali Eclesiae Regindni, expedida en Roma a 28 de Julio de 1508, que trata del derecho de presentar personas idóneas para las iglesias del Nuevo Mundo de Indias como entonces se llamaba a estas regiones, derecho revalidado por el Papa Clemente VII á Carlos V, en bula de 9 de Setiembre de 1534, produjo los resultados más benéficos para nuestra patria, durante los dos primeros siglos de la dominación española.

La Silla apostólica no podía a tan enorme distancia, y mucho menos no existiendo como no existían comunicaciones fáciles y prontas entre Europa y el Nuevo Mundo, proveer a las necesidades de este con aquel acierto y presteza que habría deseado el jefe de la Iglesia católica. No sucedía lo mismo estando en las facultades del soberano comprendida la presentación a que nos referimos, y es preciso reconocer que presidió siempre a ella el tino más admirable, para bien de la colonia; como lo atestiguan cumplidamente las anteriores páginas en que se encierran las biografías de los dos primeros prelados de México.

El monarca recibía frecuentes informes que le hacían conocer las necesidades del país, los progresos de la religión, y cuanto era indispensable tener presente para encomendar los destinos de él a personas apropiadas a las circunstancias porque iba atravesando nuestro suelo Así el Sr. Zumárraga fue más bien que obispo apóstol o misionero, el Sr. Montúfar organizador de la nueva Iglesia, y el ilustre personaje de quien ahora vamos a ocuparnos el que perfeccionó los trabajos de su celoso antecesor; resultando del estudio de la vida de aquellos tres arzobispos, lo que acabamos de indicar, y es, que con raro acierto eligió la    corona a los prelados de nuestra Iglesia.

El Ilmo. y Excmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS nació en la villa de Pedroche en el obispado de Córdoba, de padres que lo fueron D. Rodrigo de Moya Moscoso y Doña Catalina de Contreras, ambos de casa solariega.

Era casi un niño, cuando sus padres le enviaron a la Corte para que entrase al servicio del Lic. Juan de Ovando que era presidente a la sazón del Consejo de indias, en calidad de paje. Ovando descubrió al punto que no era en aquel puesto en el que debía emplear sus años un joven que tan clara inteligencia manifestaba, y le encomendó su secretaría particular, quedando tan satisfecho de su cordura que, por su propia cuenta hizo entrar al joven Moya a la Universidad de Salamanca para que siguiese una carrera literaria. Las esperanzas del presidente del Consejo no quedaron defraudadas. No pasaron muchos años sin que su secretario terminase sus estudios con grande aplauso, y recibiese el grado de doctor en ambos derechos, volviendo en seguida a desempeñar sus interrumpidas funciones al lado de su mentor.

En breve tuvo que separarse de él, pues sus méritos le llamaban a más altos destinos. Vacó en aquellos días el puesto de maestre-escuelas de la Catedral de Canarias, y el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS fue designado para cubrir aquella vacante, obteniendo más tarde la propiedad de aquel empleo. Mas no duró mucho en él, a causa de habérsele nombrado inquisidor de Murcia a donde pasó inmediatamente; permaneciendo en ella hasta el año de 1570.

El rey Felipe II le comisionó en el mismo año para que viniese a México a establecer el tribunal de la Inquisición, trayendo por compañero a D. Cristóbal Cervantes, quien murió en la navegación. Llegó a la capital en el año siguiente, y habiendo nombrado los oficiales que debían componer aquel tribunal, instalóse éste solemnemente en la iglesia de Santo Domingo, el día 11 de noviembre, no celebrándose auto alguno sino tres años después.

Los nombramientos que hizo procuraron que recayeran en las personas más prudentes é ilustradas de la corte virreinal, prefiriendo a los criollos, siempre que reunían las cualidades dichas. Al llegar a este punto, creemos no deber omitir una noticia que no podrá menos de llamar la atención del lector.

En México fue en donde el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS se ordenó de presbítero y cantó su primera misa en el ano de 1571. Este dato hasta hoy ignorado, viene a demostrar cuánto no serían estimadas del soberano las virtudes y ciencia del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, cuando le elevó a tan altas dignidades en Canarias, Murcia y México, antes de que hubiese recibido en su carrera eclesiástica las órdenes sagradas. Al año siguiente, fue nombrado por real cédula, coadjutor del arzobispado con la futura de sucesión, sin dejar de ser inquisidor hasta haber fenecido las causas comenzadas en aquel tribunal.

No pasó mucho tiempo sin que tuviese que ocupar la silla archí episcopal en sede vacante. Muerto el Sr. Montúfar en marzo del año a que nos contraemos, en cabildo de 30 de octubre de 1573 dióse al SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS la administración y gobierno de la Iglesia y arzobispado para que estaba electo por el papa Gregorio XIII desde el 15 de junio; pero cuyas bulas no recibió hasta el 22 de noviembre del repetido año. No consta el motivo, pero es un hecho que el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS no se consagró inmediatamente, sino que lo hizo el día 8 de diciembre en la catedral de México y por manos del Ilmo. Sr. D. Antonio de Morales que a la sazón gobernaba la mitra de Puebla. Presumimos que aquella dilación fue motivada por hallarse el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS ocupado en fenecer las causas del tribunal que presidía, y en instruir al que debía sucederle; pues según los documentos que hemos consultado, corresponde la fecha de su consagración al tiempo que se necesitó para que llegase a México la orden de que continuase ejerciendo aquel encargo al mismo tiempo que gobernase su arzobispado.

Luego que hubo tomado posesión de éste en debida regla, trató de la reforma de su audiencia, proveyendo en personas doctas y de respetabilidad por sus años las prebendas; ordenó que se le diese cuenta diaria de los negocios y causas pendientes ante los provisores; que fuesen aquellas despachadas con brevedad y justicia, y que se observasen templanza y moderación en el cobro de los derechos.

Parece que en esa época el clero había descuidado mucho el aliño en el vestir, pues según el P. Cristóbal Gutiérrez de Luna ya citado, el Ilmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS dictó providencias encaminadas a introducir las reformas que en este respecto eran indispensables. Celoso como ninguno de la ilustración de los sacerdotes, procuró a toda costa que hiciesen una carrera literaria, para que pudiesen después ser proveídos en obispados y arzobispados; esforzándose en que de preferencia hiciesen esos estudios y alcanzasen esos honores los hijos del país.

En cuanto a los oficios religiosos, puso fuerte empeño en revestirlos de majestad y grandeza, verificándose las solemnidades de su Iglesia como no se habían visto hasta entonces en estas regiones. Y era porque el prelado fuese amigo del lujo y de la ostentación, sino porque juzgaba que, si bien él como pastor estaba obligado a enseñar con el ejemplo de su persona la modestia, tratándose del templo era menester que resplandeciesen ante los ojos del pueblo las augustas ceremonias de su nueva religión, para borrar así hasta los últimos vestigios y recuerdos de su idolatría.

Las costumbres que observaba en su casa arzobispal, eran verdaderamente edificantes. Entregado al despacho de los negocios durante la mayor parte del día, se separaba de él sino para acudir a las solicitudes de cuantos iban a demandar su protección y ayuda. Trataba a todos con exquisita bondad, y nadie ocurrió a él que quedase plenamente satisfecho. Sus ratos de ocio ocupábalos en el estudio de las artes y de la filosofía, teniendo por maestro al P. Pedro de Ortigosa, de la Compañía de Jesús; a pesar de que, como hemos dicho ya, era doctor en aquellos ramos; pero tenía la convicción de que nunca el hombre llega a adquirir toda la ciencia que necesita para llenar cumplidamente su misión sobre la tierra. Este afán por el estudio, le condujo a cursar la lengua mexicana, la que llegó a poseer, de tal suerte que en ella predicó y confesó a los indios, y sin necesidad de traductor o intérprete pudo siempre oír sus quejas, despachar los expedientes de sus negocios, y, lo que, es más, lograr de esa manera que los naturales le cobrasen mayor afición y mayor cariño cada día.

Refiere un historiador, que aquellos estudios los hacía con tan grande aplicación, diligencia y perseverancia, como pudiera cualquier discípulo principiante que tuviera más ocupación que estudiar esas facultades, y que, para dar buen ejemplo en esto, como lo daba en lo demás de su dignidad, tenía a menudo en su palacio conferencias, conclusiones y otros actos literarios, convidando á que le replicasen los doctores de la Universidad y los maestros de las religiones. Agrega el mismo historiador, que encargaba el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS al P. Ortigosa, cuando había de sustentar estos actos literarios, que a ciertas horas desocupadas de las tareas del arzobispado, le enviase los discípulos más provectos; con quienes confería con tanta llaneza como si fuera uno de ellos, los puntos más difíciles de los actos, y que concurría también en las vacaciones del Colegio de los jesuitas, por el mes de Setiembre, a repasar con algunos de los alumnos, lo que en el año escolar había aprendido.

Consagrado exclusivamente al ejercicio de sus funciones pastorales, llegó su celo al grado de que cuando se hacía seña de que se necesitaba un cura para administrar los sacramentos, salía el Ilmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS a gran prisa de su palacio con dos o tres de su servidumbre, iba al Sagrario y valiéndose de una llave que traía consigo constantemente, revestíase y se apresuraba a ejercer los oficios de cura cerca de los enfermos, sin reparar en la calidad de estos y sin que fuesen nunca un obstáculo ni lo ardiente del sol en las horas del mediodía, ni el frió de la noche, ni el estado de las calles que tenía que atravesar. Alguna vez al volver a su iglesia, el arzobispo encontraba a los sacerdotes cuyos oficios había suplido, y como ellos pretendieran excusarse aquel les respondía: Padres, no me maravillo; que la ciudad es grande, y por eso soy también cura y su compañero para ayudarlos.

Si de todos los hechos que acabamos de referir se deduce que el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS cumplía fielmente con su ministerio pastoral, lo que sigue demuestra que era no solo por llenar una obligación sino por obedecer a los naturales impulsos de su alma, en que tenían asiento las virtudes más relevantes, por lo que así se conducía.

Su trato bondadoso y amable, su modestia, eran cualidades que encontraban mayor realce con la caridad que ejercía. A propósito de este punto hallamos en la biografía inédita varias veces citada, el siguiente pasaje que por sí solo hace la apología del prelado de la Iglesia mexicana a quien nos estamos refiriendo. "Era tan gran limosnero, dice el P. Gutiérrez, y en tanto grado, que daba en limosnas la mayor parte de su prebenda a personas necesitadas, que apenas tomaba aun lo necesario de ella para su sustento y de su casa, y así andaba siempre empeñado, y aun en pleito ordinariamente con el mayordomo y repostero, porque cuando no tenía que darles cogía algunas piezas de plata y las daba secretamente a algunas personas pobres y menesterosas que acudían a él de los avergonzantes, y cuando las buscaban y había ruido con los pajes entendiendo que ellos las ocultaban, salía riéndose y les decía: Justo les echéis la culpa, que en verdad que no las han tomado, sino un ladrón secreto que Dios tiene en esta casa, que no es bien que sepáis quien es; baste decíroslo yo; sufriéndoles a las vueltas algunas libertades que le decían y con él usaban, como si no fuera aquella plata suya del santo varón." Además, anualmente, en el día de San Miguel a quien tenía particular devoción y cuya fiesta celebró siempre con gran pompa, daba a cada pobre una camisa, sombrero, zapatos, un peso en numerario, y pan, y a las mujeres saya, manto y toca y limosnas en dinero.

En aquella época la colonia estaba gobernada con gran prudencia y celo por su virrey D. Martin Enriquez de Almansa, que se había propuesto aumentar el reino enviando por diversas partes colonias, para poblar los inmensos desiertos que habían dejado los indomables chichimecas. Los mexicanos, sea por el influjo de los sacerdotes cristianos que les habían enseñado a perdonar las injurias y a resignarse a las desgracias de la tierra para merecer la vida futura, toleraban ya, mejor que antes, el yugo de los españoles y no daban señales de querer reivindicar sus derechos restableciendo a sus antiguos reyes.

Esta situación bonancible vino a interrumpirse con una calamidad que pesó exclusivamente sobre los indios. Desarrollóse entre ellos, en la primavera del año de 1576, una horrible peste que llevó sus estragos a un radio de más de seiscientas leguas, sin que bastasen los médicos que en el país había, para atender a los enfermos. El historiador Cavo1 siguiendo a Torquemada pinta los horrores en que se vio envuelta la desgraciada población indígena, y se llena de aflicción el ánimo al enterarse de los pormenores de aquella calamidad pública, en la que como en todo lo que a la suerte de los indios se refería, el Ilmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS dio inolvidables pruebas de su celo pastoral.

Como viese que eran inútiles cuantos esfuerzos hacia la ciencia para minorar los estragos del contagio, se ocupó, como el virrey Enriquez lo hacía por su parte, en establecer hospitales, y en poner a los apestados al cuidado de los superiores de las religiones, distribuyendo los barrios de la ciudad entre los franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas: unos llevaban alimentos y medicinas, otros prestaban el auxilio de los sacramentos, otros sacaban de las casas los cadáveres y les daban sepultura, primero, cuando la peste no había tomado las proporciones horrendas á que llegó, en las iglesias, y más tarde en las grandes fosas que hubo necesidad de abrir. ¡Hermosa página en la historia de la Iglesia mexicana, es esta en que se admira la sublime caridad evangélica de sus sacerdotes! Gran número de ellos sucumbió en aquella ocupación generosa, no por el contagio, pues este no se extendió a la raza blanca, sino por el cansancio producido por largas noches de vigilia a la cabecera de los moribundos.

Así que cesó en el siguiente año (1577) aquella peste, no sin haber diezmado la población del virreinato, el prelado, que deseaba proveer a las necesidades de todos los pueblos de su diócesis, se propuso visitarla, fijando especialmente su atención en los lugares a que habían podido llegar sus antecesores.

No son menos curiosas que las hasta aquí referidas, las noticias que existen sobre la manera con que llevó a cabo esa visita. Siendo la modestia una «le las principales virtudes de que se hallaba adornado el Ilmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, no llevaba consigo un acompañamiento que pudiese ser gravoso a los ministros de los pueblos en cuyas casas se hospedaba, ni permitía tampoco que los indios fuesen empleados en la conducción de los objetos que él necesitaba, sino que hacia llevarlos por otros medios. Una vez instalado en el lugar, procedía a la visita con escrupulosidad, y enterándose de todo lo que concierne a la buena administración parroquial, premiaba al que había cumplido y amonestaba al que fue omiso en algún punto importante, haciendo en público lo primero y con sigilo lo segundo para que los feligreses conservasen el respeto y la estimación que debían a sus ministros. Poseedor como era de la lengua mexicana, al recorrer las calles de los pueblos llamaba a los naturales, principalmente a los niños, los acariciaba y dávales algunas limosnas, dejando por donde quiera agradables recuerdos.

Como en aquel tiempo las funciones de los sacerdotes no se limitaban a los asuntos espirituales sino también a los temporales; estando encomendados a los ministros en los pueblos los ramos de que hoy se ocupa la policía, una de las cosas en que ponía más esmero el Ilmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS era en el aseo de las poblaciones y la conservación de los edificios, sobre lo cual dictó varias providencias, cuyo cumplimiento tuvo ocasión de observar en la visita de qué hablamos. Vuelto a México, tomó grande empeño en acelerar los trabajos emprendidos en 1573, es decir, al principio de su gobierno, en la fábrica de la Catedral.

La fama de que gozaba el arzobispo en la corte de Madrid, así como los informes del Conde de la Coruña que gobernaba entonces la Nueva España, movieron a Felipe II á nombrar visitador de los tribunales del reino a su ilustre prelado. Llegáronle sus despachos en el año de 1583, y tal nombramiento llenó de disgusto a los oidores, quienes conocían la rectitud y la energía del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS.

No era por cierto nada lisonjero el estado que guardaba la real Audiencia, cuyos miembros se encontraban divididos por mezquinas rencillas y entregados a sus cuestiones personales más bien que al servicio público. El íntegro virrey había contemplado sinnúmero de abusos que no pudo remediar, por carecer de la autoridad necesaria para remover a los ministros, oficiales reales, corregidores y otros jueces de la Nueva España. Solo un visitador revestido de amplísimas facultades, honrado y enérgico, era capaz de poner coto a la venalidad de aquellos funcionarios que estaban acabando con las rentas del virreinato y escandalizándolo por la manera cínica con que se las apropiaban.

Todos estos abusos habían tomado mayores proporciones en el año anterior, (1582) con la muerte del virrey Conde de la Coruña, y es fácil graduar cuál no sería la impresión que causó el nombramiento recaído en el justiciero arzobispo, para visitador de los tribunales del reino.

Presentó sus despachos al acuerdo, según costumbre, y admitidos, entró a practicar la visita. Apenas abierta, comenzó el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS a recibir denuncias contra los oidores, lo que le dio ocasión de hacer brillar su tacto y prudencia. No se le ocultaba que no era de un golpe como se debía y podía poner remedio al desenfreno de los magistrados sin exponerse a serios conflictos. Así, de una manera lenta para los (pie no se hallaban en su posición, fue corrigiendo abusos; mas no se atrevió a remover de sus puestos a los magistrados delincuentes, ni a premiar a los que habían cumplido con su deber, sino que dio cuenta al rey para obrar después según lo que él determinara. El prelado continuaba su visita, atrayéndose la animosidad de los culpables y las bendiciones de las gentes honradas, cuando llegaron a México los despachos del rey, para que se encargase del virreinato. Tomó posesión de él a 25 de Setiembre de 1584, viéndose, así, reunidos en una sola persona los tres mayores empleos de la Nueva España.

Tan altas dignidades influyeron en lo más mínimo para hacer variar al Ilmo. y Excmo. SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, en sus costumbres modestas y ejemplares. Huyendo de las lisonjas que se prodigan a los funcionarios de su rango, decía: "No hagáis ni me tratéis de otra manera sino con el término debido a mi dignidad eclesiástica," y solo no quiso usar de la guardia acostumbrada por sus antecesores, sino que al despedirla ordenó que los salarios de ella y de su capitán se distribuyesen entre aquellas personas a quienes se hacían quitas, o se hallaban sin colocación.

En la previsión de los empleos procedió con su acostumbrada rectitud, confiándolos no por las recomendaciones que partían de los que se interesaban en favorecer a los suyos, sino por el convencimiento que él había adquirido de su honradez y de sus luces; teniendo por principio que "los jueces virtuosos y de buena conciencia debían ser llamados y rogados," poniendo de esa manera coto a las ambiciones de aquellos que siempre rodean a los que mandan, para obtener por medio del favoritismo los puestos que al verdadero mérito deberían estar reservados.

Tan varias y tan multiplicadas como eran las atenciones consiguientes al desempeño de sus empleos de virrey, arzobispo y visitador presidente de la Audiencia, demandaban una consagración asidua al trabajo y sobre todo método tan bien combinado, que bastasen las horas del día para el despacho de negocios de tan disímbola naturaleza.

El SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS supo llenar cumplidamente los deseos del soberano, como vamos a ver en seguida. Como virrey y visitador a quien se había revestido de grande autoridad, con facultades hasta para remover y sustituir a los ministros, su gobierno forma época en nuestra historia, a pesar de haber sido corto el tiempo que en él estuvo. Refiriéndose a este asunto, dice un historiador: "Se vieron grandes novedades en la Nueva España: suspendió y privó a varios oidores de la garnacha; a algunos oficiales reales ahorcó, y arregló todos los tribunales de tal manera, que quedaron en ellos sino ministros de quienes él (el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS) y algunos otros sujetos de integridad tenían pruebas de que no prevaricarían."

Existía un mandamiento del rey para que los indios que no estuviesen encabezados por tener sus rancherías diseminadas en las sierras, se juntaran en los lugares más próximos a aquellos, o se formaran con ellos nuevas poblaciones. Intentó el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS ejecutarlo, y al efecto consultó a los religiosos que tenían a su cargo el cuidado espiritual de los pueblos, pues no quería, sin los informes de personas sensatas y conocedoras de las especiales circunstancias de cada localidad, tomar determinación alguna. Opusiéronse los religiosos, fundando su parecer, con gran cordura, en la razón evidente de ser perjudicial a los naturales la mutación de país, por la diversidad del clima, como ya se había observado otras veces.

Reconocida por el virrey-arzobispo la justicia de aquella observación, escribió a Felipe II dándole cuenta de los motivos que existían para no poner en observancia su real mandato. La visita de los tribunales continuaba; las rentas reales habían aumentado considerablemente, gracias a las sabias disposiciones del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, hasta el grado de que, en el año de 1585, segundo de su gobierno, se embarcaron en Veracruz tres millones y trescientos mil ducados en plata acuñada, y un mil cien marcos de oro en tejos, con otros muchos productos del país que eran de valor excesivo y que llegaron felizmente a Europa.

El año anterior, el Ilmo. Prelado de la Iglesia mexicana, infatigable en el cumplimiento de los deberes que le imponía su carácter arzobispal, en medio de las labores de la gobernación del virreinato y de la visita de la Audiencia, juzgó conveniente y aun de todo punto necesario convocar a nuevo Concilio, para introducir importantes reformas en la disciplina eclesiástica, favorecer a los indios, y, en una palabra, satisfacer por completo las necesidades de su Iglesia, el cual se reunió en 1585. Lo presidió el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, no solo en su calidad de metropolitano, sino como delegado de S. M., y asistieron los Ilmos. Sres. D. Fr. Gómez de Córdoba, obispo de Guatemala; D. Fr. Juan de Medina Hincón, obispo de Michoacán; D. Diego Romano, obispo de Tlaxcala; 1). Fr. Gregorio Montalvo, obispo de Yucatán; D. Fr. Domingo Arzola, obispo de la Nueva Galicia (hoy Guadalajara); D. Fr. Bartolomé de Ledesma, obispo de Antequera (hoy Oaxaca); y como Secretario del Concilio el Dr. D. Juan de Salcedo. También fueron convocados el Ilmo. Sr. D. Fr. Domingo de Salazar, primer obispo de Filipinas, que se excusó a venir por la distancia, y dio su poder a dos canónigos de la Catedral de México, y el Ilmo. Sr. D. Pedro de Feria, obispo de Chiapas, a quien se quebró una pierna en Oaxaca, viniendo a México, por cuyo lamentable suceso tuvo que participar al metropolitano que no podía concurrir al Concilio.1 Fue este el tercero, y el más célebre de los que se han reunido en México2 y asistieron a él, además de los obispos ya nombrados, varios doctores teólogos y juristas. Sus sesiones se verificaron en el palacio nacional en que habitaba el arzobispo-virrey, y los prelados asistentes estaban vestidos de pontifical, lo que fue un gran suceso en aquella época, y revistió de gran solemnidad los actos todos del Concilio.

Existen muchos documentos originales, en que constan las consultas que recibían los obispos, el parecer de los teólogos a cuyo estudio pasaban, y la resolución que acerca de cada punto se tomaba. Los decretos del Concilio abrazan quinientos setenta y seis párrafos divididos en cinco libros, y cada uno de estos en varios títulos, y seria tarea por demás dilatada la de pretender analizarlos. Bástenos, por lo mismo, indicar el fin con que fueron expedidos esos decretos, y citar la opinión de personas doctas, acerca de su importancia.

"La Iglesia crecía: se aumentaba el clero, se propagaban los conventos de religiosos, se fundaban obispados, se establecían parroquias, se multiplicaban los negocios, y era preciso atender a todo, poner regía, discernir juicios, marcar los límites de la jurisdicción, imponer los deberes, y asignar los fueros de los funcionarios, proveer a la moral; en una palabra, era preciso celebrar un nuevo Concilio. A esta necesidad se agregaba la de acabar de poner en práctica los cánones y decretos del sacrosanto concilio de Trento, terminado el año de 1563, pues aunque el sínodo diocesano de México celebrado en 1565, había tenido por objeto la recepción del concilio y dictado veintiocho constituciones para su mejor observancia, este sínodo no había sido confirmado por la silla apostólica, como tampoco el primero celebrado en 1555, en que se habían formado noventa y tres constituciones sobre disciplina eclesiástica, corrección de abusos, y acerca de la instrucción de los indios; tenidos uno y otro por el Arzobispo D. Alonso de Montúfar y obispos sufragáneos. Así es que de una parte la conveniencia de renovar y dar toda validez a aquellas constituciones, incluyéndolas entre los decretos de un concilio que hubiese de obtener la aprobación pontificia, y de otra, la necesidad de acomodar y proporcionar a las exigencias de esta Iglesia y al genio peculiar de los indígenas, las reglas generales o cánones de aquél concilio ecuménico, hacían necesarísima la celebración de otro concilio o sínodo provincial en México."

Así explica un escritor los móviles que tuvo el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, para convocar el Concilio á que venimos contrayéndonos, y cuyas palabras hemos creído oportuno reproducir, porque ellas satisfarán más al lector que las que pudiéramos decirle.

En cuanto a los decretos, agrega el autor citado: "Este concilio es una obra maestra que lejos de divagarse en sentencias y discursos que mirasen solamente a lo especulativo, se ordenó y dirigió a lo práctico, con tanto acierto que no solo proveyó a lo que por primeras bases y fundamentos pudiera necesitar una Iglesia de pocos años, sino que aún dio reglas de mucha perfección, cuales pudiera apetecer en su mayor aprovechamiento; de manera, que si fue útil y conveniente para su fundación, lo fue igualmente para su reforma. Sus cánones respiran la moral más pura, el celo más acendrado, la prudencia más circunspecta. ¿Pero quién es capaz de hacer ver todas las bellezas que resplandecen en este magnífico cuadro, todas las riquezas que se encierran en este tesoro de sabiduría, de prudencia y de santificación? Baste decir que es la regla de las costumbres del pueblo; la norma de los párrocos, de los ministros y de todo el clero; la antorcha luminosa de los mismos prelados, y el intérprete más seguro para nosotros de los decretos sagrados del Tridentino, y de muchas disposiciones pontificias. La de Sixto V que previene enérgicamente su observancia, después de haberlo confirmado en 1589, con autoridad apostólica, pone el sello de la más alta recomendación a este sagrado sínodo."

La autoridad del escritor que acabamos de citar, nos releva de aducir nuevas opiniones que comprueben la suya; sin embargo, eremos oportuno agregar lo que refiriéndose a esta parte dijo el Ilmo. Sr. D. Juan Pérez de la Serna, sétimo arzobispo de México, a cuya diligencia se debe la publicación que primero se hizo del CONCILIO III PROVINCIAL MEXICANO.

"Esta tan necesaria y grandiosa obra, dice, se debe a aquel Prelado de feliz memoria, Pedro, bajo cuya presidencia se ordenaron las utilísimas leyes con que en el régimen espiritual se gobierna el Nuevo Mundo; y tanto, que creo se debe no menos honor y celebridad a su nombre, que al del nunca bien ponderado Hernán Cortés, conquistador de esta Nueva España."

A primera vista parecen hiperbólicas las palabras acabadas de citar, mas no lo son en verdad. Para convencerse de ello no se necesita de grande esfuerzo; basta leer las Constituciones o decretos del CONCILIO III MEXICANO. Aparte de las reglas dictadas para moralizar al clero, y procurar el adelantamiento moral de los pueblos, hay algunas que son tan humanitarias y benéficas, que deben ser citadas como el mejor monumento de la ilustración y elevadas miras de los primeros prelados de la Iglesia mexicana. Para no ser prolijos, citaremos dos únicamente.

"Los obispos y gobernadores de estas provincias y reinos deberían pensar que ningún otro cuidado les está estrechamente encomendado, por Dios, que el proteger y defender con todo el afecto del alma y paternales entrañas a los indios recién convertidos a la fe, mirando por sus bienes espirituales y corporales. Porque la natural mansedumbre de los indios, sumisión y continuo trabajo con que sirven en provecho de los españoles, ablandarían los corazones más fieros y endurecidos, obligándolos a tomar su defensa y compadecerse de sus miserias, antes que causarles las molestias, injurias, violencias y extorsiones con que todos los dios en tanto tiempo, les están mortificando toda clase de hombres. Considerando todo esto el presente concilio, con harto dolor de no hallar piedad y humanidad en los mismos que debieran tenerla muy grande; con la posible eficacia exhorta en el Señor a los gobernadores y magistrados reales de esta provincia, que traten blanda y piadosamente a los infelices indios, y repriman la insolencia de sus ministros, y de los que molestan a los indios con vejaciones y gravámenes, de suerte que los tengan por gente libre y no por esclavos.

Mas porque á noticia del concilio han llegado varias especies de gravámenes que se les causan a los indios, tanto en los bienes como en sus propias personas; se declaran y exponen en el Directorio de confesores aprobado por este concilio, y se hacen notorios tanto a los magistrados, para que se enmienden en adelante y consultando a varones doctos, se informen de la restitución que están obligados a mandar hacer en el foro de su conciencia, satisfaciendo a los indios los daños y perjuicios que se les han causado y ocasionado; como a los confesores, para que a los que encontraren contumaces, y sin querer enmendarse, ni dar o cumplir la correspondiente satisfacción, no los absuelvan, observando lo que enseña el citado Directorio en punto a los daños y molestias hechas y causadas a los indios. Sobre cuya total ejecución y cumplimiento encarga el concilio las conciencias, y amenaza a semejantes prevaricadores con la ira del Omnipotente Dios, en el día tremendo del juicio."

“Las penas se establecieron en las leyes, dice en otro lugar, para corregir las culpas, y por lo mismo deben acomodarse a las personas de quienes hablan las leyes. Por tanto, atendiendo este concilio a la pobreza y pusilanimidad de los indios, con arreglo a lo dispuesto por S. M., manda que se impongan penas pecuniarias a los indios por ningún delito, ni se entiendan comprendidos los indios en las penas de esta clase contenidas en los presentes decretos. Y si en algún caso pareciere al juez que semejante pena es más conveniente que cualquiera otra para el remedio de los excesos de alguno, no la impondrá sin facultad del obispo y con grandísima moderación, aplicando la multa a la iglesia donde fuere parroquiano el indio, tan solamente, y a otra; y de lo contrario pagará el juez otro tanto para la fábrica de la iglesia a que se había de destinar la pena.”

También debemos llamar la atención acerca del libro III, cuyos títulos están consagrados al ministerio de los obispos, a la pureza de su vida, a los curas párrocos etc., resplandeciendo en todas esas disposiciones la previsión más notoria, la sabiduría más excelente, y la virtud más acrisolada.

Hoy que nos vanagloriamos de haber hecho admirables progresos en la esfera de la civilización, y proclamamos que en los años trascurridos desde que se consumó nuestra independencia hemos llevado a cabo en bien del pueblo una suma prodigiosa de conquistas, tenemos que confesar que esa igualdad humana de que hacemos alarde, fue proclamada desde hace tres siglos por los primeros prelados de la Iglesia mexicana. Allí están para convencernos de esta verdad, las constituciones dictadas en tiempo de los Ilmos. Sres. Montúfar y D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS.

Volvamos ahora a nuestra narración. Las sesiones del Concilio terminaron el 14 de Setiembre de 1585, y los estatutos, decretos y órdenes que contiene, fueron firmados el 16 de Octubre del mismo año, por los seis obispos ya nombrados y el Secretario Dr. D. Juan Salcedo, persona muy erudita que ordenó aquellos trabajos, y que era Deán de la metropolitana y catedrático de Cánones en la Universidad de quien hace grandes elogios el Sr. de la Serna en su pastoral citada, y dice que en aquel año (1622) estaba jubilado y que según sus méritos, ocuparía la silla pontifical de una de las mayores Iglesias del reino.

Hizo la versión latina de este Concilio el P. jesuita Pedro de Ortigosa por encargo de los obispos; pasóse en seguida a la censura del real consejo de Indias que lo aprobó4 y de este al Papa Sixto V, que lo confirmó en bula dada en Roma a 28 de octubre de 1589, que comienza Romanum Pontificem. Acababa de cerrarse el Concilio, cuando llegó el marqués de Villa Manrique D. Álvaro Manrique de Zúñiga, nombrado sucesor del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS en el gobierno del virreinato, haciendo su entrada solemne en México el día 18 de octubre de 1585. Entrególe el arzobispo la gobernación; mas como por mandamiento del rey se había prolongado el empleo de visitador hasta que terminara los negocios que estaban pendientes, continuó en él hasta el mes de abril del año siguiente, de que resulta haber empleado en la visita de los Tribunales cerca de tres años, pues la comenzó el 23 de Setiembre de 1583.

Fácil es presumir cuán crecido sería el número de émulos y enemigos que en ese periodo tuvo el justiciero v con motivo de la remoción de unos ministros, del severo y ejemplar castigo de otros, y ge la interrumpida serie de disposiciones que dictó para garantizar el fiel y honrado manejo de los caudales públicos. Sobráronle, en efecto; más ellos nunca pudieron entorpecer la marcha libre y majestuosa de la justicia, ni pudieron tampoco agriar el carácter apacible y dulce del tercer prelado de la Iglesia mexicana. El, en vez de ejercer venganzas o menospreciar, cuando menos, a sus detractores, procuraba visitarles, y con su trato les hacía comprender que acción ninguna suya tenía por objeto dañar a las personas, sino que miraba en todas y las encaminaba al mejor servicio del rey y de la sociedad, dejándoles muchas veces prendados de su carácter, y conocedores de la rectitud de su manejo.

Llenada su misión tan cumplidamente, comenzó a disponer su viaje para España, a donde tenía que ir a dar cuenta de sus actos como visitador y virrey. La catedral, en cuya obra, como dicho queda, había tomado tan vivo interés, fue objeto de su predilección en los últimos meses de su residencia en México. Hízole donaciones valiosísimas en cuadros que había traído de España, en cálices, y ornamentos costosos. Dejóla convertida en ascua de oro como dice el MS. tantas veces citado, puso a su costo el retablo del altar mayor, y dejóle á aquel templo sus mitras y báculo que estaban bordados de perlas y piedras preciosas.

Cedió también a la catedral una reliquia que había usado como pectoral el Papa San Pío V y que contenía un fragmento del Lignum crucis engastado en un marco de plata y piedras de gran valor. No se limitó a esto, sino que hizo lo mismo con los hospitales y parroquias pobres, a los que proveyó de cuanto había menester, y, sin olvidar a los pobres, repartió tantas caridades, que él quedó apenas con lo que llevaba en su persona, dejando "su casa tan vacía, que no se hallaba en ella más de sus libros y alguna poca plata de su servicio."

Antes de partir, dejó el gobierno del arzobispado al P. Maestro Fr. Pedro de Právia, excelente religioso de quien hacen los más cumplidos elogios los escritores de aquel tiempo, y que, según el testimonio de los mismos, estableció mucho orden en la administración de la Iglesia, cumpliendo así los deseos del prelado que tan señalada muestra de distinción había hecho en su persona. Desgraciadamente, la gobernación del P. Právia fue muy corta pues falleció a fines del año de 1589.

Llegado el mes de junio de ese año, en el día de la fiesta de San Bernabé, celebró la misa, y se despidió de los habitantes de México a quienes había convocado al efecto. Se hallaron presentes a esa tierna ceremonia todas las personas notables del reino, y un numeroso pueblo, y es en extremo patética la descripción que de ella hace el P. Gutiérrez de Luna, y que reproduciríamos gustosos si no temiésemos traspasar los límites que nos hemos impuesto. Nos limitaremos a copiar el siguiente pasaje. "Era cosa muy de ver, dice; en estos días de su partida no se vaciaba la casa de gente que se iba a despedir de él, de toda suerte de gente, llevándole presentes y regalos, y los indios que entraban a besarle la mano, y los negros ponían a sus pies un plato, y cada uno iba ofreciendo cuál dos reales, cuál cuatro, cuál un peso, que es a la usanza de ellos en este reino, diciendo era para que llevase de regalos para el camino. De día y de noche le tenían cercada la casa con fuegos y mucho gentío de españoles y de otra gente popular; hasta los negros y negras libres de la ciudad le llevaban cantidad de regalos, cajas de conserva, y colaciones para el camino, que en solo esto había harto que decir a honra y gloria de Dios nuestro Señor, dejando envidiosos a otros."

En vano pretendió el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS ocultar el día de su partida. El pueblo, que como acabamos de ver se hallaba rodeando las casas arzobispales, se apercibió de ella, y como fuera en las altas horas de la noche, con hachas de cera, formó un brillante acompañamiento al prelado, solo en las calles de la ciudad sino hasta dejarle en la villa de Guadalupe, en donde se había propuesto permanecer algunos días y de allí seguir para embarcarse en Veracruz.

Cuando llegó a este puerto, dióle cuenta su mayordomo de la carencia de recursos en que se encontraba, pues habiendo empleado en hacer obras de caridad cuanto poseía, no solo no existía en sus cajas numerario alguno, sino que adeudaba en México veinte mil pesos. No duró muchos días aquella alarma del mayordomo, pues antes de que llegase el día ele hacerse a la vela, recibió el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS una fuerte cantidad colectada en México en beneficio suyo, con la que pagó cumplidamente la deuda en cuestión, y pudo todavía hacer donaciones a los hospitales de Veracruz, y repartir muchas limosnas entre los pobres.

La navegación fue feliz, y al llegar a Sevilla el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS fue hospedado dignamente por el obispo de aquella ciudad. Desde esta participó al rey que estaba allí en espera de sus órdenes, y este le comunicó la ele que se dirigiese en seguida a Madrid. Mandóle recibir con pompa, y que desde luego le consultase cuanto a los negocios de la Nueva España correspondiese.

De esta manera, probó Felipe II que a más de no dar crédito a los apasionados informes que había recibido en contra del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, quería significar el elevado concepto en que le tenía. Y como si esto no bastase le encargó la visita del real consejo de Indias, haciéndole juez de sus jueces, como con elocuente laconismo se expresó un escritor de aquellos tiempos.

Practicada la visita a entera satisfacción del rey, éste, cuya estimación al SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS no tenía límites, le elevó a presidente de aquel cuerpo respetable, uno de los mayores que entonces existían en el mundo, y como tal nombramiento envolvía la separación absoluta del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS del arzobispado de México, solicitó el monarca que S. S. le diese otra dignidad eclesiástica para poder pedir él la pro visión de la sede vacante sin perjuicio del que acababa de gobernar esta diócesis. Tal fue el origen del título de Patriarca de las Indias con que fue honrado en sus últimos años el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS.

Todavía llegó a más alto grado el aprecio de Felipe II. Comprendiendo que los sueldos y emolumentos de que gozaba el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS por sus nuevas investiduras no bastaban a proporcionarle los recursos que eran necesarios para conservar el lustre de su posición y ejercitar al mismo tiempo su caridad siempre creciente, le asignó nuevas sumas.

Ni los favores del soberano, ni las infinitas consideraciones y respetos de que se hallaba rodeado en la corte el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, hicieron que se olvidase de los mexicanos que tanto le amaron y por quienes él tenía tan singular predilección; sino por el contrario, empleó su valimiento en favor de ellos. A él se debió que los criollos fuesen proveídos obispos, arzobispos, oidores, inquisidores, alcaldes de corte, dignidades y prebendados; a él que había tenido ocasión de conocer su aptitud para aquellos puestos, su inteligencia y la ciencia que atesoraban; a él para quien no existían las odiosas distinciones de peninsulares y mexicanos, y para quien la virtud y el saber eran los únicos títulos que enaltecen al hombre.

Hallábase así en la cumbre del poder, disfrutando de grandezas á que muy pocos han llegado, sin deberlas a la intriga ni a las malas artes de que otros se valen para alcanzarlas, y sin enorgullecerse de ellas, cuando a mediados del mes de octubre del año 1590 se sintió herido por la enfermedad que en breve había de conducirle al sepulcro. En efecto, el día 14 de enero de 1591 dejó de existir, con gran pesadumbre de cuantos le trataron o supieron las virtudes de que se hallaba adornado, y dejando un vacío difícil de llenar en la corte de Felipe II.

Son notables las frases que este monarca pronunció al recibir la infausta nueva del fallecimiento del Presidente del consejo de ludias. Hoy ha muerto la verdad en mi reino, dijo, y uno de los mejores vasallos de mi servicio, y que más lien lo hizo en él; palabras que por sí solas constituyen la mejor apología del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS. Enterrósele con magnificencia en la parroquia de Santiago de Madrid, asistiendo toda la corte por hacer gusto a S.M.

Al llegar al término de este estudio biográfico, en que hemos procurado presentar al tercer prelado de la Iglesia mexicana tal como debe aparecer en la historia de nuestra patria, en su doble carácter de arzobispo y virrey, no podemos resistir al deseo de recapitular en breves palabras las excelencias del personaje cuya vida acabamos de narrar; o lo que es lo mismo, presentar la síntesis de lo que llevamos dicho de él.

Sus antecesores, como no habrá olvidado el lector, prepararon sabiamente al pueblo y a los sacerdotes, para que el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS desenvolviese en su gobierno un plan cuyos resultados benéficos él y sus sucesores habían de palpar, y merced a los cuales la nación avanzaría en la esfera del progreso moral y del engrandecimiento material. Revestido de una suma de facultades amplísimas que pocos gobernantes han podido alcanzar; dotado de una inteligencia superior, de una virtud acrisolada y poseyendo el don de mando; teniendo la fortuna de no haber encontrado obstáculos de parte de la administración civil, cuando no la regenteaba aún, sino por el contrario viéndose secundado por ella; conservando el más perfecto acuerdo con las Órdenes religiosas, porque jamás intentó mezclarse en los asuntos que a ellas pertenecían; tan prudente cuanto enérgico, el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS aparece, bajo cualquier punto de vista que quiera considerársele, como uno de esos seres superiores, mensajeros del bien sobre la tierra, que marcan en la vida de los pueblos una era de ventura y prosperidad, a cuyo estudio profundo, y a cuya imitación deben consagrarse los que al ascender a puestos como los que él desempeñó, ambicionan hacerse acreedores a la gratitud de un país.

Verdadero discípulo de Jesucristo, le vemos practicar todas las virtudes evangélicas, distinguiéndose por su caridad sin límites, privándose de las comodidades de que pudo haberse rodeado, por acudir al alivio de los menesterosos, y le vemos enseñar con ejemplos mejor que con palabras. Jefe de la Iglesia en estas regiones, la organiza con sabiduría tal, que hoy mismo se observan las reglas por él dictadas hace más de tres siglos. Hombre ilustrado, acude solícito a la propagación de las letras en la Universidad, cuyos estatutos forma, y en los colegios, a que dispensa toda protección, y a algunos de los cuales honra inscribiéndose entre sus alumnos y cursando con ellos las materias superiores. Filántropo, hace por los indios y por los negros cuanto bien puede. Ministro del rey, sofoca los impulsos de su bondadoso carácter y moraliza a los funcionarios premiando la honradez y castigando el crimen, por encumbrado que sea el que lo comete, sin que les detenga el temor a las venganzas; hace prosperar la hacienda pública, y establece un orden tan regular que sus sucesores en el mando no tienen otra misión que la de continuar recogiendo los frutos de sus afanes y fatigas. Varón humilde y modesto, asciende a las mayores dignidades, recibe los honores de que otro no se ha visto rodeado, y conserva la misma afabilidad, la misma mansedumbre, que le caracterizaban cuando era simple pajecillo del Presidente del

Consejo de Indias a quien llega a reemplazar, y baja a la tumba tan menesteroso como el último de los indios mexicanos, sin legar nada a sus deudos y poniendo a sus albaceas en el caso de recurrir a la munificencia del soberano, para que este erogue los gastos de los funerales.

Hemos buscado, diligentes, en las páginas de las crónicas de aquellos tiempos, cuanto al SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS se refiere, y solo liemos encontrado frases de alabanza. ¡No hay una sombra que empañe su gloria! ¿Quién es el hombre que después de haber estado expuesto a los tiros de la calumnia y de la envidia que acosan siempre a los que mandan, cuyas acciones más indiferentes son fiscalizadas por sus émulos, ha podido descender al sepulcro sin siquiera la sospecha de que hubiese cometido una falta, como bajó a él SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS? Y, ¿quién como él pudo vanagloriarse, y lo hizo, de haber llegado a los mayores empleos que en su época existían, sin deberlos más que a sus personales merecimientos? Pues todavía hay una consideración de la que resulta, ante los hombres de nuestro siglo, un nuevo motivo para honrar su memoria.

Al leer en la inscripción grabada en la lámina con que acompañamos esta biografía, que el SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS fue el primer inquisidor de México, podría suponer cualquiera que esté versado en la historia de la dominación española, que al personaje de quien acabamos de hablar le caracterizaban la crueldad y todos esos sentimientos horribles que trae a la memoria el solo nombre del famoso tribunal. Pero no; en vez de ser así, consta por el testimonio de autoridades en materias históricas, que pasaron tres años del establecimiento del Santo Oficio en México a la celebración del primer auto, y que ni este, ni los otros que se verificaron en tiempo del SR. D. PEDRO MOYA DE CONTRERAS, fueron en verdad los que hicieron tristemente célebre aquella institución, lo cual es bastante para vindicarle de todas las inculpaciones que pudieran hacérsele, y esto dando por supuesto que sea lícito exigir a un hombre que sea superior a la época en que vive.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 27-40.

 


4. El Ilmo. Sr. D. Alonso Fernández de Bonilla

(1592 - 1596)

  • Presentado: 15 marzo 1592
  • Confirmado: 22 mayo 1592
  • Posesión por poder: 12 marzo 15941
  • Muerto en Lima: 15962

1 Tomó posesión del arzobispado el arcediano Juan de Cervantes, quien exhibió Reales Cédulas y bulas, Actas de cabildo, vol. 4, f. 101 v.
2 Bravo Ugarte señala que murió el año de 1600, aunque me inclino por la arriba consignada por ser ésta la que señalan la mayor parte de los autores y una cronología de arzobispos hecha en el siglo XVIII que consigna el archivo objeto de esta Guía en: Gobierno, vol. 1.

Natural de Córdoba. Fiscal Inquisidor de México, Deán de esta Santa Iglesia, Obispo de la Nueva Galicia, Visitador de la Real Hacienda de Lima en el Perú. Estando en ella fue presentado para Arzobispo de México el 15 de marzo de 1592.

Falleció y está sepultado en la Santa Iglesia Catedral de Lima, año de 1596.

Ocupa el cuarto lugar en la galería de retratos de los Ilmos. Sres. arzobispos de México existente en la catedral de esta ciudad, el del distinguido sacerdote cuyo nombre aparece al frente de estas líneas, aunque no llegó á gobernar la arquidiócesis mexicana para la que había sido electo. Suprimir su biografía en esta obra fundándonos en la circunstancia de no haber desempeñado un solo día la misión que se le impusiera, seria hasta cierto punto disculpable; mas no queremos interrumpir el orden establecido en cuántos libros se hallan consignados los nombres y apuntamientos biográficos de los jefes de la metropolitana, ni mucho menos ofrecer trunca la serie de láminas que embellecen estas páginas, y en cuyas láminas nos hemos propuesto seguir la colección de retratos á que hemos aludido antes.

El Ilmo. SR. D. ALONSO FERNÁNDEZ DE BONILLA, á quien cupo la honra de que se le nombrase sucesor del ilustre prelado de quien acabamos de hablar, nació en la ciudad de Córdoba. Ni la fecha de su nacimiento, ni los estudios que hizo, ni nada de lo que interesaría saber con respecto á la vida del SR. D. ALONSO FERNÁNDEZ DE BONILLA en los años que precedieron á su venida á México, se halla consignado en ninguna de las obras que hemos consultado al escribir la presente. La primera noticia que hayamos es la de que al venir el Sr. Moya de Contreras á establecer la Inquisición, le trajo en su compañía, y que tomó posesión del cargo de inquisidor el día 8 de Abril de 1583.

Más tarde, aparece que fue nombrado Deán de la catedral de México y que tal carácter tenía cuando fue nombrado para reemplazar al Sr. Moya1 en el tribunal del Santo Oficio. Acaso en virtud de los informes del mismo prelado que acabamos de nombrar, el rey Felipe II presentó al SR. D. ALONSO FERNÁNDEZ DE BONILLA para el obispado de la Nueva Galicia (Guadalajara) en sustitución del octavo prelado de aquella iglesia, el Illmo. Sr. Fr. Pedro Suarez de Escobar que murió t u el mismo año, antes de consagrarse.

Si llegó á tomar posesión del gobierno de aquella iglesia y en ella huso alguna obra digna de especial recuerdo, es cosa que no sabemos, pues ninguno de sus biógrafos, ni en crónica alguna liemos encontrado noticias, ó referencias sobre este punto. No tememos incurrir en un error, al creer que tuvo oportunidad de hacer patentes su ilustración y buenas dotes, fundándonos en lo que vamos á exponer.

Aunque el Sr. Lorenzana en la Serie de los lllmos. Sres. obispos de la Santa Iglesia de Guadalajara dice refiriéndose al SR. D. ALONSO FERNÁNDEZ DE BONILLA: "Obispo de la Nueva Galicia, de donde fue enviado por visitador etc." pudiendo deducirse que sí llegó á ocupar aquella silla episcopal, Gil González Dávila en su obra tantas veces citada dice: "Felipe II le presentó por obispo de la Nueva Galicia y visitador de la Real hacienda de Lima;" y como consta que este último empleo lo desempeñó con singular acierto, nos parece cuerdo suponer que por la urgencia y gravedad que envolvía el segundo, partió para España, en cumplimiento del real mandato, reservando para más tarde la toma de posesión de su obispado.

Además, el mismo Sr. Lorenzana, en la Serie de los Illmos. Sres. arzobispos de México, al llegar al cuarto, al SR. D. ALONSO FERNÁNDEZ DE BONILLA dice: "Fue nombrado por visitador general del reino del Perú, y concluida su comisión con singular acierto, le presentó el Sr. Felipe II para este arzobispado en 15 de Marzo de 1592." Si pues en 1583 tomó posesión de la plaza de inquisidor, y luego fue llamado á la corte, y de ella enviado al Perú, ¿podrá creerse que en tan breve espacio de tiempo hubiese tornado á México, ocupado la silla episcopal de Guadalajara, y vuelto nuevamente á España?

Como quiera que sea, debemos detenemos en este punto. En el mismo año de 1592, á 28 de Agosto, el monarca le mandó que pasase á la ciudad de Quito con el fin de sosegarla, pues se hallaba alterada por el tributo de las alcabalas que el rey les quería cargar. Cuatro años empleó en tan ardua comisión, y aunque se había ya consagrado, apenas fue electo con ánimo de venir á gobernar su arzobispado, sorprendióle la muelle en Lima en 1596, y fue sepultado en la metropolitana de aquella corte.

Según Torquemada, el SR. D. ALONSO FERNÁNDEZ DE BONILLA nombró gobernador de su arzobispado al arcediano de la catedral de México D. Juan Cervantes, quien desempeñó el empleo hasta que se declaró la sede vacante. Por este imperfectísimo bosquejo biográfico, podrá comprender el lector las dificultades con que el autor de esta obra tiene que luchar en la prosecución de sus trabajos. Cuando los sucesos de la vida de los prelados mexicanos no se encuentran ligados á la historia general del país, se hace verdaderamente imposible encontrar en las crónicas religiosas los datos que son indispensables para la formación de una biografía. Afortunadamente, en el caso que nos ocupa no hay que resentir perjuicios de consideración en lo que toca al plan de esta obra; pues no habiendo gobernado nuestra Iglesia el SR. D. ALONSO FERNÁNDEZ DE BONILLA, hay motivo para lamentar la falta de mejores y más completas noticias.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 41-42.