5. El Ilmo. Sr. D. Fray García de Santa María y Mendoza, O.S.H.

(1601 - 1606)

  • Presentado: 6 diciembre 1600
  • Consagración: 15 agosto 16011
  • Posesión por poder: 24 septiembre 16012
  • Llega a la Cd. de México: octubre 16023
  • Muerto: 5 octubre 1606

1 La consagración, que se efectuó en El Escorial, tuvo lugar tantos meses después debido a una aparente renuencia a aceptar el cargo; fray Agustín de Vetancurt, “Tratado de la ciudad de México y las grandezas que la ilustran después que la fundaron los españoles”, en La ciudad de México en el siglo XVIII (1690-1780), México, Conaculta, 1990, pp. 87-94.
2 Al arcediano Juan de Cervantes.
3 Entre el 12 y 14 de ese mes.

Natural de Alcalá de Henares, de la orden de San Jerónimo; fue General, Prior del Escorial y Testamentario del Sr. D. Felipe II. Presentado al Arzobispado de México, el año de 1600, acepto por obediencia compelido; le consagró el Eminentísimo Sr. Arzobispo de Toledo, don Bernardo de Rojas.

Fue muy religioso y limosnero, murió con fama de Barón Apostólico, Sabio y Santo, por octubre de 1606. Fue sepultado en esta Santa Iglesia.

Quince años habían transcurrido desde la partida para España del inolvidable Sr. Moya de Contreras, cuando llegó á México su verdadero sucesor en el arzobispado, pues como acabamos de ver, el Sr. Bonilla falleció antes de poder ocupar el puesto para que había sido designado.

No sabemos á qué atribuir la dilación sufrida en el nombramiento de los prelados de nuestra Iglesia, siendo así que los monarcas españoles acudían solícitos á las necesidades de ella. Como quiera que sea, es indudable que durante ese periodo nacieron nuevas dificultades sobre las que ya existían y hacían de suyo espinosa la gobernación espiritual de un pueblo que puede decirse que se hallaba en su infancia.

Al llegar á este punto de nuestro trabajo, tropezamos con la escasez de noticias que ya en otro lugar hemos lamentado. Es, en verdad, extraño que existiendo como existen datos acerca de la mayor parte de los sucesos posteriores á la conquista, sea tan difícil encontrar los que á la historia de los prelados de nuestra Iglesia se refieren; pero principalmente acerca del que es objeto de la presente biografía.

Torquemada mismo, llamado justamente padre de la historia de México; Torquemada que vivió en la época en que gobernó el SR. D. FR. GARCÍA DE SANTA MARÍA; que escribió en esa misma época y que alude á la muerte de aquel prelado, acaecida antes de que él terminara su célebre obra intitulada Monarquía indiana, habla del quinto arzobispo sino dos veces y esto para decir que mandó destruir ciertos recuerdos que de los tiempos idolátricos se conservaban, como veremos en su lugar. Así, tendremos hoy que conformarnos conseguir á Gil González Dávila, único autor que cuidó recoger las más indispensables noticias para dar una idea siquiera aproximada de los primeros jefes de nuestra Iglesia el Illmo. SR. D. FR. GARCÍA DE SANTA MARÍA, nació en la villa de Alcalá de Henares y fueron sus padres D. Lope de Mendoza y Doña Beatriz de Zúñiga. No consignamos la fecha, porque ninguno de sus biógrafos cuidó recogerla. Habiendo adoptado la carrera de la Iglesia, tomó el hábito de los religiosos de San Gerónimo en el convento real de San Bartolomé de Lupiana, el día 16 de Abril do 1658, de manos del R. P. Fr. Francisco de Pozuelo, general de aquel instituto.

Fue alumno y lector en el colegio de San Antonio de Porta Coeli de la ciudad de Sigüenza, y tales fueron sus méritos, que tres veces le eligieron prior del convento de San Miguel del Monte, una del de San Isidro del Campo, de Sevilla, visitador de los conventos de su religión en Andalucía, y por último fué electo general de su Orden el martes 7 de Mayo de 1591. Acrecentóse con el desempeño de aquellos cargos la reputación del SR. D. FR. GARCÍA DE SANTA MARÍA, y acabado que fue el tiempo para que fuera electo general, el rey Felipe II le nombró prior del convento de San Lorenzo el Real del Escorial, en el que permaneció seis años. Para cualquiera que hubiese tenido ocasión de leer lo que aquel célebre monasterio significaba en tiempo de Felipe II, será fácil graduar el alto concepto en que el monarca español tenía al respetable religioso de quien nos ocuparnos cuando le colocó en el priorato.

Llenando sus funciones estaba, cuando el mismo Felipe II donó dicho convento á la Orden de San Gerónimo, dotándolo de una manera espléndida. El prior fue testigo de aquella donación, y tal vez no estemos en un error al suponer que fue él quien indujo al soberano á hacerla; pues nada hay tan probable como que aquel religioso procurase dar lustre y esplendor al Orden á que pertenecía.

Que Felipe II hacia de él grandísimo aprecio, bien comprobado está con el solo hecho de haberle nombrado albacea, al dictar sus disposiciones testamentarias. Elevado al trono Felipe III, continuó el prior del Escorial gozando los favores de la corona, y el día 6 de Diciembre del año de 1600 fue presentado para arzobispo de México. Durante algunos meses se resistió á aceptar aquella elevada dignidad, que poco se avenía á la modestia que le caracterizaba y á su amor al retiro. Fue necesario que se le impusiese por sus superiores, y que se hiciesen grandes esfuerzos para lograrlo.

Una vez resuelto, consagróle en la capilla mayor del Escorial el Eminentísimo Sr. D. Bernardo de Rojas, arzobispo de Toledo, el día 15 de Agosto de 1601. Partió en seguida al convento de San Bartolomé de Lupiana, en donde había tomado el hábito de San Gerónimo, y allí celebró las primeras órdenes, poniéndose en camino después para su archidiócesis. Apenas llegó á México comenzó la visita por sus ministros. La falta de prelado en tantos años como hacía que la gobernación de la Iglesia se hallaba en manos de personas que aunque revestidas de autoridad no tenían, sin embargo, el carácter y la representación de aquel, había ocasionado no pocos perjuicios y había aumentado las dificultades que envuelve siempre un puesto de tan elevada jerarquía.

Recordará el lector que en los tres concilios provinciales de que hemos hablado ya, se prohibió solemnemente á los ministros del altar toda clase de negocios de comercio, usura arriendos y fianzas. Pues bien, aprovechando la ausencia del pastor, se habían entregado al comercio, impulsados por el deseo del lucro que proporcionaban los objetos que de Filipinas y de China llegaban en las naos.

El nuevo arzobispo, apenas se cercioró de aquellos abusos, se consagró á extirparlos en cumplimiento de su deber naciendo de aquí innumerables disgustos y pleitos promovidos, como dice el historiador citado, por los que no querían ser sanos.

Prudente y sabio el Illmo. SR. D. FR. GARCÍA DE SANTA MARÍA, no intentó por medios violentos, sino con paciencia y caridad, el fin que se había propuesto alcanzar y que en efecto alcanzó. Si se considera la dominadora influencia que en el hombre ha ejercido siempre la ambición de la riqueza; si se reflexiona en que esa pasión, tal vez más que ninguna otra, se arraiga profundamente en el corazón; y si al mismo tiempo y trasladándose á la época á que nos referimos y teniendo en cuenta las especiales circunstancias del carácter y costumbres de los que al Nuevo Mundo venían, se estudia el punto de que hablamos, se desprenderá de la manera más lógica y natural, la superioridad del Prelado que logró reducir á las prácticas de una virtud austera á aquellos sacerdotes que se habían acostumbrado ya á la agitada vida de los negocios mercantiles, y que volvieron al modesto y tranquilo ejercicio de su santo, ministerio y á la imitación de los primeros apóstoles del cristianismo en México; de aquellos varones para quienes los bienes de la tierra nada valían ni significaban, si no conducían á las regiones celestiales.

Ardua debió ser la empresa acometida por el SR. D. FR. GARCÍA DE SANTA MARÍA, y es verdaderamente lamentable para nosotros no contar con mayores datos para poder aducir aquí, como un testimonio de la verdad de lo que llevamos dicho, algunos detalles que realzarían sin duda el mérito del antiguo prior del Escorial.

Celoso de la inmunidad de su carácter de jefe de la Iglesia mexicana, tuvo el arzobispo algunas diferencias con el décimo virrey D. Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, y con el tribunal de la Inquisición. Cuáles hubiesen sido estas y cómo se resolvieron, es cosa que no sabemos, pues ni el historiador y biógrafo citado, ni los que de la misma época se han ocupado, tuvieron á bien detenerse á dar noticia de ellas, y se limitaron á indicar únicamente que hubo tales diferencias entre el arzobispo y el virrey. No serian de suma importancia, ni envolverían resultados trascendentales, cuando tan escasas noticias parecieron bastantes á nuestros antiguos cronistas.

Acerca del género de vida que tuvo en los cinco años que gobernó su Iglesia el Illmo. SR. D. FR. GARCÍA DE SANTA MARÍA, dice Gil González Dávila: "El estilo de su casa en la vida común y particular de su persona, era como de fraile gerónimo, y en la composición de su casa y multitud de limosnas, tuvo mucho que ver con el primer arzobispo; y en el amor con que trataba á los indios fue igual con los primeros padres y varones apostólicos que pasaron á aquel mundo."

El lector, que conoce ya la historia de los misioneros y la vida del Sr. Zumárraga, dará á las breves palabras que acabamos de citar, toda la significación que en sí tienen. Ellas solas hacen un elogio cumplido del quinto arzobispo de México, y llenan el vacío que se nota en la historia patria, cuando, como ahora, se intenta dar cabal idea de un personaje distinguido.

Cuando el SR. D. FR. GARCÍA DE SANTA MARÍA llegó á México, existían en algunas esquinas de la ciudad y sobre varias de las casas principales ciertas piedras esculturales de los indios, que se habían librado hasta entonces de la destrucción decretada contra todo aquello que pudiese recordar á los naturales su antigua religión ó sus antiguos reyes. El arzobispo, atento únicamente á las prescripciones de los concilios provinciales celebrados por sus antecesores, mandó picar y desfigurar aquellas piedras, á pesar de que, según Torquemada, era ya tan tarde esta diligencia que los indios que entonces vivían no solo no las estimaban, pero ni aun advertían si estaban allí, ó de qué hubiesen servido. Citamos este hecho no para acriminar al prelado que lo ejecutó, sino para que aquellos que con vehemencia acusa al Sr. Zumárraga por la destrucción de los ídolos aztecas, vean cómo un sacerdote que en la corte española había obtenido grandes distinciones por su saber y por su virtud, se condujo en México, y esto cerca de un siglo después de consumada la conquista, de la misma manera que el primer arzobispo en los años en que todavía se estaban dando los primeros pasos para el establecimiento del cristianismo en sustitución de la abominable idolatría de los mexicanos.

En el año anterior al en que ocurrió el fallecimiento del Illmo. SR. D. FR. GARCÍA DE SANTA MARÍA, es decir, en 1605, se fundó en las cercanías de México el célebre santuario del Desierto de Carmelitas descalzos. Puso la primera piedra de aquel edificio D. Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, décimo virrey, el 22 de Enero del año siguiente al de la fundación.

Melchor de Cuellar, que fue el mayor entre los bienhechores de aquel instituto, ofreció y dio para el mismo lo más lucido de su hacienda que era numerosa. En el mes de Octubre del propio año (1606) y después de haber gobernado su Iglesia con grande sabiduría y virtud, falleció el SR. D. FR. GARCÍA DE SANTA MARÍA. Luego que la triste nueva llegó á España, los hermanos gerónimos del convento de Lupiana, con gran solemnidad celebraron los oficios fúnebres del que tanto lustre había dado á su Orden.

Muy breve es por cierto la biografía que acabamos de trazar; pero forzosamente tenía que serlo, atendida la falta de noticias acerca del periodo que ella abraza. Nosotros, si quisiéramos seguir el ejemplo de algunos escritores, nos divagaríamos en largas consideraciones y dejaríamos correr la pluma, para llenar páginas enteras; mas no lo haremos. Aseveración que no pueda ser comprobada con el testimonio de respetable autoridad histórica;  que no nazca natural y espontáneamente del mismo relato, no tendrán cabida en esta obra, que debe ser el fruto de una investigación constante y una relación legendaria ó romanesca.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 43-46.


6. El Ilmo. Sr. D. Fray García Guerra, O.P.

(1608 - 1612)

  • Presentado: 29 octubre 1607
  • Confirmado: 3 diciembre 1607
  • Consagración: 5 abril 16082
  • Posesión por poder: 5 agosto 16083
  • Llega a San Juan de Ulúa: 19 agosto 16084
  • Entrada solemne: 29 septiembre 16085
  • Muerto: 22 febrero 16126

1 Fue Virrey de la Nueva España del 19 de junio de 1611 al 22 de febrero de 1612.
2 Sosa, op. cit.
3 Bravo Ugarte señala que fue el día anterior. En este caso, como en otros subsiguientes, he variado la fecha un día después, ya que el acto formal se realizaba un día después de la petición, exhibición y lectura de los documentos y fue la que consignó Bravo Ugarte. Actas de cabildo, vol. 
5, f. 88.
4 Sosa, op. cit.
5 Se mandó hacer un suntuoso arco en la puerta del perdón y un pórtico en la plaza de Santo Domingo. Ambos los hizo Arias de Villalobos y el arco lo realizó Balthasar de Chaves. A Arias de Villalobos también se le encargó un coloquio. Actas de cabildo, vol. 5, ff. 92-99.
6 Un miércoles a las 2 de la tarde, Actas de Cabildo, vol. 5, f. 267.

De la Orden de Nuestro Padre Santo Domingo. Natural de la Villa de Fromesta. Presentado para Arzobispo de México el 29 de octubre de 1607. Dotó la limosna mental, para Pobres Vergonzantes, anexa al Ermita de Nuestra Señora de Guadalupe.

Gobernó como Virrey de esta Nueva España desde el 12 de junio de 1611, hasta el 12 de febrero de 1612 en que falleció. Fue sepultado como Virrey y Arzobispo en esta Santa Iglesia, y gobernó ambos puestos tan admirablemente, que ninguno se quejó de cuanto mandó ejecutar por haber sido su gobierno muy acertado.

Nació en la villa de Fromista cerca de la ciudad de Falencia, en el año 1560, de padres nobles y honrados de la casa de Vega y Guerra. Desde muy niño dio singulares muestras de su amor al estudio y de su vocación religiosa. Apenas contaba quince años cuando pidió el hábito de la Orden de Santo Domingo en el convento de San Pablo de Valladolid, haciendo su profesión de fe el 26 de Mayo de 1578 en manos del prior Fr. Alonso de Tejeda. Una vez ordenado, se consagró con afán al estudio de las facultades mayores, debido á lo cual en breves años fue gran filósofo, metafísico, profundo teólogo, y perpetuo estudiante de las Sagradas Escrituras. Adquirió gran fama de arguyente, por la viveza con que proponía las cuestiones, y de orador sagrado por las brillantes dotes que para tal poseía.

Su ciencia le llevó á las cátedras, y en ellas estuvo ocupado por espacio de catorce años, leyendo así artes como teología en muchos conventos y universidades; especialmente en el monasterio de Santo Tomas, de Ávila; en San Pablo de Burgos; Santa Cruz, de Segovia, y San Pablo de Valladolid. Leyendo estaba el curso de teología en el último ele los conventos acabados de nombrar, cuando por sus buenas prendas personales y por sus letras fue electo prior de aquella casa, con gran beneplácito del rey Felipe III y de toda la Corte, que tenia asiento en aquellos días en la expresada ciudad de Valladolid.

En el desempeño del priorato SR. D. FR. GARCÍA GUERRA mostró tal discreción y cordura, que los cortesanos mismos, ajenos á las prácticas de los religiosos dominicos, reconocieron en él á uno de aquellos hombres que están llamados á ocupar los puestos más elevados á pesar de no tener la ambición del mando. SR. D. FR. GARCÍA GUERRA, dice uno de sus biógrafos, "era el primero en el coro; maestro con los estudiantes; con los enfermos, compasivo; con los huéspedes tratable; con los nobles, cortesano; con los pobres, amoroso; y con todos un ángel del cielo."

Fecunda en bienes para el convento de Valladolid fue la administración del prior, verificándose en ella tres sucesos que por ajenos de este lugar no describiremos extensamente, pero sí daremos breve noticia de ellos. Fue el primero, haber admitido por los buenos oficios de SR. D. FR. GARCÍA GUERRA el patronato de toda la provincia de Castilla con sus conventos y casas, el Excmo. Sr. duque de Lerma D. Francisco de Sandoval y Rojas, quien con su protección y amparo, enriqueció notablemente la provincia. El segundo suceso fue el capítulo general de la Orden celebrado en 1605, y al que concurrió notabilísimo número de huéspedes, como en otra ocasión no se había visto. Fue definidor del capítulo el SR. D. FR. GARCÍA GUERRA, á quien se dio un voto de gracias por sus importantes servicios, y el grado de Maestro de número. El último fue el bautizo solemne del príncipe que después gobernó, Felipe IV, nacido el 8 de Abril de 1605, con cuyo motivo se hicieron en Valladolid grandes fiestas y se repartieron gruesas sumas, que pasaron, algunas de ellas, por las manos del prior á quien nos estamos refiriendo, y quien manifestó tan gran pureza en su manejo que acabó por atraerse la voluntad del soberano y de su corte.

Después de tres años de un gobierno en que brillaron la prudencia y la virtud mas acrisoladas, SR. D. FR. GARCÍA GUERRA retiróse á su celda para consagrarse otra vez al estudio. En aquel retiro se encontraba ajeno á toda ambición, cuando llegó la noticia del fallecímiento del Illmo. Sr. García de Santa María Mendoza, de quien acabamos de hablar. Muchas personas abrigaban la risueña esperanza de suceder al difunto arzobispo de México; pero tan alta dignidad, como ya hemos tenido ocasión de ver, no era concedida por el soberano sino á varones verdaderamente esclarecidos.

Felipe III siguió en esta presentación á sus antecesores, y por eso, en vez de escoger entre los sacerdotes de la corte al nuevo arzobispo de México, fue á buscar al humilde dominico de quien tan gratos recuerdos conservaba. SR. D. FR. GARCÍA GUERRA, que fue el agraciado, rehusó el elevado cargo que se le confiaba; pero sus superiores le hicieron comprender que estaba obligado á aceptar, ya que no por voluntad sí por obediencia. Atendiendo á aquellas razones, admitió al fin el arzobispado de México, que Paulo V le concedió.

Consagróse el día 5 de Abril de 1608, y envió su poder al Dr. D. Luis de Robles, Deán que era entonces de esta Catedral, para que tomase posesión del gobierno de ella, en su nombre. El día 12 de Junio del mismo año, se embarcó en la bahía de Cádiz, para venir á la Nueva España, en la flota del general D. Lope Díaz de Armendáriz; llegando á San Juan de Ulúa el 19 de Agosto, después de una navegación feliz. Aposentado en Veracruz por los religiosos de su Orden, dispuso en seguida su viaje para la capital del virreinato, y lo emprendió en compañía de los dominicos que le recibieron, tardando más de un mes en el camino, á causa de las detenciones que sufría. Afanábanse los pueblos en demostrar al nuevo prelado el gozo que les causaba su presencia: los indios ponían arcos de juncias y flores, y le llevaban las músicas que usaban.

No menos solemne fue su entrada á México el día 29 de Septiembre del repetido año de 1608. Extraordinario fue el concurso de aquel día, y en él la ciudad ostentó su riqueza y sus galas. Los regidores salieron en hermosos caballos ricamente enjaezados á recibir al arzobispo en la entrada de la ciudad, por Santa Ana. Era de tarde cuando tuvo lugar esta recepción. Una vez que hubieron besado la mano al Illmo. SR. D. FR. GARCÍA GUERRA, se dirigieron con él por las calles de Santo Domingo.

En la plaza de este nombre había un tablado, puesto al efecto. Llegaron entonces en procesión desde la catedral, el Deán y cabildo de la metropolitana, y la clerecía y religiones con cruz alta. Subió el arzobispo al tablado en que estaba el altar con la mitra. Desgraciadamente fue tan excesivo el número de personas que pretendieron ocupar un puesto en el tablado, que éste se hundió, lastimando á algunas personas de las que se encontraban cerca de él. Los regidores tomaron las varas del palio para conducir bajo de él al arzobispo á la Catedral. Resistióse el prelado, manifestando su deseo de entrar á pié y descalzo como correspondía á su condición de religioso de Santo Domingo; pero los regidores le suplicaron que admitiese aquel servicio que le hacia la ciudad, y no le quedó otro arbitrio que condescender con ellos.

Después de haber hecho oración en la Catedral, dirigióse á las casas arzobispales en medio de un gentío inmenso que apenas podía caber en las calles, balcones, azoteas y plazas. La relación de las virtudes cristianas que ejercitó el SR. D. FR. GARCÍA GUERRA llenaría muchas páginas de esta obra. En cada una de sus acciones resplandecía su alma generosa y noble, su modestia sin límites, su caridad ardentísima. Practicaba las reglas de su Orden como si aun fuese el humilde dominico del monasterio de Valladolid y no el prelado de la primera de las iglesias del Nuevo Mundo; gustaba del trato de los pobres, oía sus penas para aliviarlas, y más bien que pastor fue amoroso padre del pueblo mexicano.

¡Hay algo más hermoso que las grandezas de la tierra; hay algo más duradero que los aplausos de los hombres; hay algo más sublime que las elucubraciones del genio, y todo eso más hermoso, más duradero y más sublime, se condensa en esta sola palabra: Caridad! Pálido seria el cuadro que trazáramos, si pretendiésemos describir la manera con que el SR. D. FR. GARCÍA GUERRA cumplía con el mas santo y más dulce de los deberes: amar á nuestros semejantes y hacerles todo el bien posible!

Después de lo que dijimos acerca del bondadoso carácter del Sr. Moya de Contreras, parecía como que no era posible encontrar en alguno de sus sucesores quien pudiese equipararse á él en virtud y en caridad; y sin embargo, al llegar al periodo pastoral del sexto arzobispo de México, encontramos tal identidad de sentimientos entre aquel inmortal prelado y este, que no podemos menos de admirar una vez más el acierto, la sabiduría, con que los monarcas españoles procedieron en la elección de los jefes de la Iglesia mexicana. De ello da irrecusable testimonio lo que llevamos dicho, y lo dará también lo que aún nos resta referir.

Tenía el SR. D. FR. GARCÍA GUERRA la costumbre de repartir entre los pobres, cada sábado, limosnas que personalmente les entregaba y en las que invertía más de cuatro mil ducados anuales. Muchas veces, ocupado en aquella tarea, pasaba horas enteras, olvidándose de que aún no había comido. Y sucedió en cierta ocasión, que habiendo él tenido un sábado mayores ocupaciones que de ordinario en el gobierno del arzobispado, hubo de encomendar el reparto á su limosnero. Aquel día dióse la casualidad de que acudiese mucho mayor número de menesterosos que otras veces, y el limosnero se vio en el caso de despedir á una parte de ellos, sin haberlos socorrido, porque los fondos se habían agotado. "Cuando el arzobispo lo supo, dice el historiador de quien tomamos esta noticia, recibió notable pena y mandó expresamente que para lo de adelante se tuviese más cuidado en dar la limosna, y si faltase se vendiese la plata y alhajas de su casa, sin perdonar al báculo ni á la mitra, porque la hacienda que tenia era de los pobres y no suya."

Amante del estudio, impartía decidida protección á la juventud que cursaba en las aulas; asistía á los actos públicos, arguyendo con maestría, y deleitándose con los rasgos de ingenio que demostraban los mexicanos en aquellas funciones literarias. Orador sagrado, con palabra fácil y elocuente, y demostrando inteligencia y erudición no comunes, ocupaba con frecuencia la cátedra no solo en las grandes solemnidades de la metropolitana, sino también en las fiestas que había en el convento de Santo Domingo.

Respecto á la humildad de su traje, no tenemos que decir más, sino que nunca trocó el hábito burdo de los dominicos por el que requería la elevada dignidad que representaba; y en cuanto á sus piadosos ejercicios, ocioso sería encarecer la práctica constante de ellos, en un religioso tan ejemplar como él.

Así vivía reputado como el fraile mas observante, como el más profundo letrado y como el predicador mas distinguido, amado y bendecido de todos, cuando llegó á México, el día 31 de Marzo de 1811, un correo de Veracruz, con cartas y cédulas del rey Felipe III en que hacía merced al virrey D. Luis de Velasco, marqués de Salinas, de la presidencia del Consejo real de Indias, y nombraba al Illmo. SR. D. FR. GARCÍA GUERRA para sucederle en el gobierno del virreinato. Ajeno como estaba el arzobispo de recibir tan singular demostración del rey, quedó confuso y triste, considerando la gravedad de las obligaciones que le imponía aquel nuevo cargo.

  1. Luis de Velasco, después de haber entregado el gobierno de la Nueva España, dirigióse á Veracruz. Luego que llegó á México la noticia de su embarque, el arzobispo-virrey que se había retirado á Tacubaya, se encaminó al convento de Santiago Tlatelolco, en donde se le había prevenido un gran recibimiento como Lugarteniente que era de S.M. Creemos que no desagradará al lector, conocer la manera con que se verificaba en aquella época la recepción de los virreyes, y por lo mismo, describiremos aquí la que se hizo al SR. D. FR. GARCÍA GUERRA, valiéndonos al efecto de los apuntamientos del P. Alonso Franco.

Las calles de la ciudad estaban aquel día (19 de Junio de 1611) curiosamente aderezadas el gentío que en ellas había era innumerable, y vistosas por demás las galas, libreas, armas, jaeces que salieron á relucir. Los nobles, los tribunales, la real Audiencia, y los regidores formaban la procesión, trayendo estos últimos las varas del palio y revestidos con ropones de terciopelo carmesí. En la plaza de Santiago habían puesto los indios un elevado volador, según su antigua usanza, ocasionándose de aquí una lamentable desgracia en los momentos en que pasaba el arzobispo-virrey, y fue la caída y muerte de uno de los indios que se empleaban en aquel peligroso ejercicio.

En la entrada de la calle de Santo Domingo, estaba, conforme á la costumbre, el arco triunfal que la ciudad ponía en la recepción de los virreyes, y que en esta ocasión fue suntuoso más que nunca y contenía inscripciones alusivas al acto, puestas en latín y en castellano. Fingíase en esos arcos la entrada de la ciudad, y sus puertas aparecían cerradas al presentarse frente á ellas el virrey. Entonces el corregidor de México, en unión del regimiento y el escribano del cabildo, recibía el juramento del virrey, de fidelidad y de hacer guardar los privilegios de la capital, y una vez hecho, se le entregaban las llaves y abríanse las puertas del arco para dar libre paso al nuevo gobernante.

Cabalgaba el Illmo. y Exmo. SR. D. FR. GARCÍA GUERRA en gallardo corcel, y los regidores iban á pié, vestidos como queda dicho y llevando las varas del palio. Al llegar á la catedral, apeóse el arzobispo, y entró al templo á hacer oración. Concluida esta, dirigióse con su acompañamiento al palacio virreinal y tomó posesión del mando en los términos acostumbrados. Muy breve fue el tiempo que el SR. D. FR. GARCÍA GUERRA ejerció el mando civil de la Nueva España, y muy escasas de interés son, por lo mismo, las noticias que de su gobernación habremos de dar.

Terminaba el año de 1611 cuando se recibió en México una real orden, fechada el 19 de Mayo, en que mandaba el rey se le diese cuenta de los tres puntos siguientes: 1ro. Cuánto se había gastado hasta aquella fecha en el desagüe. 2do. Si había esperanza de que con aquella obra quedase la ciudad exenta de las inundaciones, y 3ro. A cuánto ascendería el gasto que para terminar el desagüe se necesitaba hacer.

La resolución fue la siguiente: El arzobispo-virrey dijo que Ildefonso Arias, célebre matemático, así como otros inteligentes en hidrografía, eran de parecer que, el desagüe ni preservaría á México de inundaciones, ni tampoco se podría conservar, atendiendo á que el conducto subterráneo por donde pasaba el agua del rio de Acolhuacan, debía tener de profundidad cuarenta varas, y setenta mil de longitud hasta México, y ambas cosas se habían omitido.

El Ayuntamiento informó en los mismos términos, añadiendo que la causa del yerro cometido nacía de no haber adoptado desde el principio el plan trazado por el P. Jesuita Juan Sánchez; que el gasto de aquella obra ascendía ya á cuatrocientos trece mil trescientos veinticuatro reales de á ocho, por haber trabajado en ella un millón, ciento veinte mil seiscientos cincuenta peones. El historiador Cavo refiere que el maestro mayor Enrico Martínez, al saber que se habían enviado al soberano tales informes, escribió á la corte dando sus descargos.

Durante el mismo año á que nos referimos, tuvieron lugar en México dos sucesos dignos de recordación por lo mucho que afectaron los ánimos. El 10 de Junio se observó un eclipse total de sol, que habiendo comenzado al medio día terminó á las seis de la tarde. "Este fenómeno, dice el P. Cavo, que como todos saben es natural, y que habían anunciado los astrónomos, hizo tal impresión en los ánimos de los españoles é indios del Nuevo Mundo, que á porfía corrían á las iglesias á implorar la misericordia de Dios; ni de ellas salieron hasta que anocheció."

Acerca del segundo suceso, que fue un terremoto, creemos oportuno copiar la relación que de él hace el P. Franco: "Viernes 26 de Agosto de este año de 1611, dice, cerca de las tres de la mañana hubo en México y su comarca el mas recio temblor de tierra que se acordaron los más antiguos haber sentido ni haber oído decir. Cayeron edificios religiosos y murieron muchas personas cogiéndolas debajo; y lo que causó más espanto fue que dentro de treinta horas tembló la tierra más de cuarenta veces, cosa nunca vista ni antes ni después." "Por fin de este mismo año, continúa el mismo escritor, á 25 de Diciembre, tercer día de Pascua de Navidad llovió ceniza en México y en algunas partes de su comarca, habiéndose mostrado la región del aire de un color negro azafranado, desde las dos y media de la tarde hasta que se puso el sol, que se acabó con un espantable aguacero."

Estos fenómenos coincidían con los achaques del arzobispo-virrey, y el pueblo que le amaba, veía en ellos los funestos presagios de su próxima muerte; ¡que siempre los hombres han querido explicarse los trastornos naturales relacionándolos de alguna manera con sus propias afecciones! Dos años antes había caído de su coche el SR. D. FR. GARCÍA GUERRA, dándose tan fuerte golpe que ya no volvió á disfrutar un día verdaderamente ajeno al dolor. Sin embargo, pudo verificar la visita de su diócesis, y sus males no se agravaron hasta fines del año de 1611, pocos meses después de haberse encargado de la Capitanía General de la Nueva España.

La Iglesia y el pueblo hicieron preces al Altísimo por la salud de aquel sabio y prudente mandatario; la ciencia, por su parte, agotó cuantos recursos estaban á su alcance, pero todo fue inútil. La muerte debía destruir las esperanzas de la colonia fundadas en la rectitud del prelado; parecía que el destino se había propuesto alejar de México á los hombres bajo cuyo gobierno marchaba el país á su engrandecimiento.

El día 22 de Febrero de 1612, cuando aun no cumplía cincuenta y dos años de edad, falleció el Illmo. y Excmo. SR. D. FR. GARCÍA GUERRA, después de haber demostrado en su penosa enfermedad la resignación más completa, y después de haber dado pruebas de que en su corazón tenían morada virtudes imperecederas. En la noche se hizo la autopsia del cadáver, y en seguida fue embalsamado.

No llevará á mal el lector que ocupemos todavía su atención, refiriéndole circunstanciadamente los funerales del SR. D. FR. GARCÍA GUERRA. Estas ceremonias no han sido descritas hasta hoy en obra alguna de las publicadas, y encierran, por lo mismo, no escaso interés histórico. Una vez embalsamado el cuerpo, y vestido de pontifical, fue llevado a la capilla real de Palacio, y puesto sobre un bufete de terciopelo negro bordado de oro, y en cuyos ángulos había otros tantos candeleras de plata con velas encendidas. En el suelo, cuatro blandones también de plata, con sus respectivas hachas.

Toda la capilla, que entonces era como la del Palacio real de Madrid, estaba colgada hasta el suelo con paños negros. La cabeza del difunto prelado descansaba sobre un almohadón de terciopelo negro, con caireles de oro y seda negra y borlas de lo mismo. Sobre el hombro del lado izquierdo tenía el báculo pastoral. La casulla y todo el pontifical era de tafetán morado, guarnecido de oro y seda morada, y los guantes de oro y seda.

Una mitra de gran precio cubríale la frente, y sobre los hombros tenía el palio, y aquel pectoral no menos valioso. A su cabeza estaba el guión de Capitán general, y la cruz de Arzobispo en la mano derecha. A los pies del féretro, dos mazas reales de plata sobredorada, una de cada lado, y en medio el capelo arzobispal. Durante tres días, permaneció asila capilla ardiente, acudiendo en ellos un concurso innumerable compuesto de los caballeros y damas nobles de la corte virreinal, y de todas las clases de la sociedad que acudían á besar por la última vez la mano del pastor que tanto habían amado. Los patios y corredores del palacio estuvieron siempre henchidos de gente durante aquellos tres días, y se hacía imposible transitar por ellos.

Las religiones, con cruz alta, los ministros, las parroquias y colegios, asistieron á la capilla, á cantar responsos, después de las vigilias y misas que se decían en Catedral en los altares que fueron señalados al efecto á cada Orden, para evitar la confusión. El cabildo eclesiástico fue el último que llegó con sus capellanes y músicos á cantar la vigilia y misa en la capilla real en que estaba el cuerpo del SR. D. FR. GARCÍA GUERRA. Mientras tanto, las campanas todas de la ciudad no cesaban de doblar, ni había cesado de decirse misas fúnebres en los templos.

La Audiencia abrió los pliegos dejados por el arzobispo-virrey, y vióse por ellos que instituyó sus albaceas testamentarios, al Lic. Diego Núñez de Morquecho, oidor de la real Audiencia; al Dr. D. Juan de Salcedo, arcediano de la catedral, al Mtro. Fr. Luis Vallejo, calificador del Santo Oficio y Provincial de Santo Domingo; y al Dr. Luis de Villanueva Zapata; personas todas de prudencia y de importancia entre las del reino. Los oidores, á pesar de las humildes prescripciones del difunto prelado, acordaron hacerle los funerales que le correspondían, por reunir en su persona el doble carácter de Lugarteniente del Soberano, y jefe de la Iglesia mexicana; por lo que, de acuerdo con los albaceas nombrados ya, dispusieron y ejecutaron el entierro con la mayor grandeza que hasta entonces se había visto en estas regiones.

A pesar de que un gentío innumerable llenaba las calles de México, reinaba en ellas tanto silencio y tristeza, que el mas indiferente habría tomado parte en el duelo de los habitantes de la capital. Cubriéronse de luto los oidores, los regidores, y oficiales del regimiento de ciudad, la Universidad, los contadores de la Real Hacienda, el Consulado, los inquisidores, todos los tribunales, y los caballeros todos.

La real Audiencia dio orden al Secretario del Gobierno de la Nueva España, Pedro de la Torre, de que mandase hacer en las calles por donde debía pasar el entierro, cinco posas, á regular distancia unas de otras, y cubiertas de terciopelo negro. En la primera, frente al palacio virreinal, fue puesto el féretro al bajarlo de la capilla en hombros de los oidores. Allí lo recibieron el Deán y cabildo eclesiástico y lo condujeron á la segunda posa situada en la esquina de las casas arzobispales, también en hombros. En esta lo esperaba el cabildo seglar, y los regidores llevaron el cadáver por las calles del Reloj, hacia la de Santa Catalina de Sena hasta dar vuelta á la calle de Donceles. En la encrucijada que forma esta calle con las de Cordobanes y Santo Domingo se hallaba colocada la tercera posa en que la Real Universidad recibió el cuerpo del difunto virrey-arzobispo. Los doctores de la misma corporación lo condujeron á la cuarta que había sido puesta en la plazuela del Marqués del Valle. En este lugar aguardaban el Prior y cónsules que debían conducir el féretro hasta la última posa colocada en la real plaza, Trente á las puertas de la iglesia mayor, donde volvieron los oidores á recibirlo, y entrando al templo, á depositarlo en un túmulo lleno de magestad y grandeza, resplandeciente con centenares de luces.

Servían el túmulo pajes con hachas encendidas, y un rey de armas al pié, con dos maceras á los lados. El servicio fúnebre comenzó en la tarde del 25 de Febrero. Reuniéronse en palacio, la real Audiencia. Contaduría, Ciudad, ó Ayuntamiento como hoy decimos, Universidad, Consulado, los oficiales de caballería, los clérigos, todas las Órdenes, conventos, parroquias y cofradías.

El entierro salió de esta manera: Iban en primer término los Niños de la Doctrinal con hachas de cera blanca, encendidas; luego 38 cofradías con sus estandartes, campanillas, cruces y ciriales; en seguida los hermanos de San Hipólito, los de San Juan de Dios, los PP. de la Compañía de Jesús, los religiosos Mercedarios, los Carmelitas descalzos, los Agustinos, los Franciscanos, y por último los de la Orden de predicadores á que perteneció el SR. D. FR. GARCÍA GUERRA.

Cada convento llevaba su cruz alta y ciriales de plata y remataba su comunidad con Preste y Diáconos, revestidos. Las cofradías y comunidades nombradas, iban por orden de su antigüedad, y en pos la clerecía con la cruz alta de catedral. Eran más de cuatrocientos clérigos con sus sobrepellices. Detrás de la clerecía iba la Capilla de la Iglesia mayor, y por último los prebendados del cabildo eclesiástico, cubiertos con sus capas de coro.

Iba el cuerpo del difunto arzobispo-virrey, vestido de pontifical morado; á sus pies el capelo, y un bonete con borla blanca, insignia de Maestro de Teología; después, el crucero y el guión del arzobispo cubiertos de luto, en medio de dos reyes de armas, con sobrecotas de raso negro, y en ellas doradas las armas reales, y mazas de plata en los hombros. A los lados del féretro iban cincuenta soldados de la guardia ordinaria del virrey, al mando de un teniente. D. Andrés Guerra, sobrino del difunto, que era capitán de aquella guardia, no pudo desempeñar su oficio porque estaba entre los oidores con otros dos primos suyos.

Para hacer plaza, venían los alabarderos con las alabardas en las manos, y arrastrando las cuchillas por el suelo, vestidos de bayeta y descubiertos. Detrás del cadáver, iba el arcediano de México D. Juan Salcedo, y los diáconos que debían oficiar con él. A estos seguían el tribunal del Consulado vestido de luto; la real Universidad con sus bedeles y maceras, representándola sesenta y cuatro doctores graduados en ella y que llevaban las insignias de su facultad, en la forma en que concurrían á los grados. Después el regimiento y cabildo seglar de México, llevando por delante á sus porteros y maceras con mazas de plata al hombro; en seguida la Real Audiencia y los tres sobrinos del virrey difunto; luego un oficial de S. M. que portaba un estandarte de raso negro con las armas reales de León y de Castilla, doradas por ambas caras; tres compañías de infantería de que se había hecho leva para Filipinas; los arcabuceros en hileras de á siete, con las armas á la funerala; dos cajas destempladas y un pífano ronco; los soldados de batalla llevando los hierros de las picas en las manos, y arrastrando las banderas; otras dos cajas roncas y un pífano.

La retaguardia era también de arcabuceros con cajas y pífanos, á las órdenes del sargento mayor que llevaba sus ayudantes. A estos seguía el maestre sala del virrey, con loba larga y una media pica negra, cruzada por lo alto, y en ella una sobrecota de armas, de raso negro, en que por ambas partes estaban doradas las del virrey difunto, las cuales pueden verse en la lámina puesta al frente de esta biografía. A los lados del maestre-sala iban dos reyes de armas con las de Castilla y León; luego venían el caballerizo del SR. D. FR. GARCÍA GUERRA y el gentilhombre de su cámara con lobas largas, y que traían del diestro sujeto con unas bandas de tafetán negro un hermosísimo caballo despalmado y encubertado de luto, sin que de todo él se descubriese más que los cascos, y arrastrando una falda de más de ocho varas de largo, de que cuidaban los lacayos con lobas. Otro gentilhombre del virrey, armado y de luto desde las escarcelas hasta la celada, caballero en hermoso alazán encubertado de luto, llevaba el guión de capitán general, que era de terciopelo carmesí con las armas reales de oro, bordadas en él.

Remataban el acompañamiento todos los criados de palacio con lobas negras y capirotes de bayeta sobre las cabezas, guiados por el mayordomo con un bastón en la mano. En el orden que acabamos de describir entró la fúnebre comitiva á la catedral, en cuyas puertas se había colocado una guardia para impedir que el pueblo invadiese los lugares señalados á las Órdenes, tribunales y demás acompañantes. Los alféreces abatieron las banderas delante del túmulo y las depositaron á los pies del cadáver; á la izquierda de éste se puso la cota de las armas del SR. D. FR. GARCÍA GUERRA y á la derecha la cruz arzobispal. El guión fue colocado en lo alto.

Terminados los oficios, ya muy entrada la noche, bajaron el cuerpo, del túmulo, y puesto en un ataúd, fue sepultado en el altar mayor, del lado del Evangelio. Durante el novenario, cada religión iba á cantar una misa, con asistencia de los oidores, Ayuntamiento, Universidad y consulado, y otra el cabildo eclesiástico. El miércoles de Ceniza, 7 de Marzo de 1612, por la tarde, se reunieron en palacio las mismas personas que formaron el cortejo fúnebre, y en el mismo orden descrito, fueron á la catedral. Cantóse solemnemente la vigilia, y D. Pedro Martínez, mexicano, catedrático de Prima en la facultad de Cánones, maestro en Artes y Doctor en ambos derechos, pronunció una elegantísima oración fúnebre en latín. Al día siguiente volvieron á la Catedral los que á la vigilia habían concurrido y predicó un notabilísimo sermón que después se imprimió, el Mtro. Fr. Luis Vallejo, provincial de Santo Domingo y albacea del difunto. ¡Era este sermón el elogio postrero que se hacía del virtuoso prelado, de quien nadie tuvo motivo de queja sino antes al contrario de gratitud; á quien todos amaron y cuya muerte que llorada por todos!

Fue sin duda una pérdida lamentable para nuestra patria, la ocasionada por la muerte del Illmo. y Excmo. SR. D. FR. GARCÍA GUERRA. Su ilustración y su virtud hacían que se reuniesen en él las buenas cualidades de que debe estar adornado un funcionario. En su doble carácter de jefe de la Iglesia y del Estado habría podido hacer grandes beneficios á nuestra patria; pues contando como contaba con el amor del pueblo, habría gobernado sabia  y pacíficamente la Nueva España,  y esta habría adelantado en el camino de la ilustración y de la prosperidad. Desgraciadamente, desde su recepción tuvo que sufrir, por el suceso referido en su lugar y después sus enfermedades le inutilizaron por completo, hasta conducirlo al sepulcro.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 47-54.


7. El Ilmo. Sr. D. Juan Pérez de la Serna

(1613 - 1625)

  • Presentado: 18 enero 1613
  • Confirmado: 13 mayo 16131
  • Llega a San Juan de Ulúa: 28 agosto 1613
  • Entrada solemne: 29 septiembre 1613
  • Volvió a España: 16252

1 Bravo Ugarte consigna el palio en la misma fecha de confirmación, por lo que parece fue consagrado en España.
2 Fue presentado para obispo de Zamora, donde murió en 1631. Bravo Ugarte, op. cit.

Natural de Cervera, Obispado de Cuenca. Colegial de Sigüenza, y Santa Cruz de Valladolid de Durango, Canónigo Magistral de Zamora y Arzobispo de México. Presentado el 18 de enero de 1613. Bendijo y dedicó la segunda Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, por el mes de noviembre del año de 1622, y colocó a la Soberana Imagen en su tabernáculo de plata.

Visitó su Arzobispado, fue muy limosnero. Trasladó el cuerpo del venerable Siervo de Dios, Gregorio López, de Santa Fe al convento de Carmelitas Descalzos (están sus huesos en la Santa Iglesia) fue llamado España y bien recibido; fue promovido a Obispo de Zamora, y electo Abad de la muy Ilustre y Venerable Congregación, de nuestro Padre San Pedro, siendo arzobispo de esta Santa Iglesia.

Difícil es por cierto la tarea del historiador que obedeciendo á los impulsos de su conciencia se propone aquilatar la verdad cuando entre los documentos de que puede disponer no encuentra sino opiniones contradictorias, diametralmente opuestas. Hallar un justo medio, apreciar de una manera fría y desapasionada, sucesos acaecidos en una época remota en que escritores parciales se encargaron de explicar según sus personales afecciones, aquellos sucesos, es una empresa ardua que no puede menos de infundir cierto temor al que la acomete. Poseído el ánimo de una idea, hace el hombre causa propia de aquella que más interés le inspira y que guarda mayor consonancia con su modo particular de apreciar los hechos. Además, hay cierta elocuencia persuasiva en el lenguaje de la pasión; porque esta procura revestir de un colorido brillante sus palabras, y muchas veces seduce más el engaño presentado con talento, que la verdad despojada de atavíos, severa y lacónica en sus manifestaciones. Acrecen las dificultades con que tropieza el historiador, cuando de una y otra parte, los defensores de un punto dado, ó por mejor decir, los adeptos de causas opuestas, imbuidos en las ideas de su época, ponen por base de sus razonamientos, unos las religiosas, y los contrarios, la inapelable voluntad del soberano ó de su representante.

Hé aquí el escollo con que tropezamos al llegar á este lugar en el curso de nuestros estudios biográficos, acerca de los prelados de la Iglesia mexicana; escollo que intentarnos vencer, después del detenido estudio de los ruidosos acontecimientos habidos en el periodo pastoral del Illmo. SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA. ¡Ojalá nuestro deseo de cumplir fielmente con la misión de escritores que solo aman la verdad y la justicia, logre imprimir á esta biografía el carácter de imparcialidad que ambicionamos darle para que el lector no vea defraudadas sus esperanzas!

Los acontecimientos hasta aquí referidos, aunque de gran significación muchos de ellos, en cuanto que marcan los progresos sociales y religiosos de nuestra patria, no ofrecen al lector una oportunidad para saber si sus ideas están ó no conformes con las del autor, ni mucho menos para apreciar su espíritu imparcial y justiciero. ¿Quién puede disentir de la opinión que hemos manifestado acerca de los trabajos apostólicos de los misioneros cristianos? ¿Quién que esté medianamente ilustrado, dejará de admirar el celo de los Illmos. Sres. Zumárraga y Montúfar? ¿Quién no elogiará la sabiduría y la caridad sublime del Sr. Moya de Contreras?

No sucederá lo mismo, ahora que vamos á tratar de los disturbios que hicieron tristemente célebre el periodo pastoral del SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA. Para unos el virrey marqués de Gelves, será el responsable ante la historia de los sucesos que vamos a referir; para otros el arzobispo de México. Aquellos dirán que la potestad civil debe subalternarse a la religiosa; éstos que la humildad y la virtud cristiana exigían que el prelado evitase todo conflicto,  aún haciendo el sacrificó de sus prerrogativas. Nosotros procuraremos demostrar, apoyados en documentos auténticos, que ambos funcionarios, el virrey y el arzobispo, cegados por las pasiones inherentes al corazón humano, dieron lugar á que la paz pública se perturbase, con grave peligro del poder español en la nueva España. Hemos querido prevenir el ánimo del lector, porque así consagrará á esta biografía mayor atención desde el principio, y tal vez así sea reconocida mejoría rectitud de nuestras miras.

El Illmo. SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, tercero de este nombre, nació en Cervera en el obispado de Cuenca, y tuvo por padres á Juan de la Serna y a Catalina Pérez. Hizo sus estudios primero en el colegio de Sigüenza, y después en el de Santa Cruz de Valladolid. Inclinado á la carrera de la Iglesia, visitó el hábito el 25 de Abril del año 1595 y obtuvo una cátedra en la Universidad de Durango. Dos años después ganó por oposición el canonicato magistral de la Iglesia de Zamora, en competencia con nueve individuos.

El rey Felipe III le presentó para el arzobispado de México el día 18 de enero de 1613. Encaminóse en seguida al lugar de su destino, y se consagró al ejercicio de su ministerio pastoral, distinguiéndose desde luego por sus sentimientos caritativos. Personalmente repartía las limosnas á los pobres, porque según él, es mucha la diferencia que hay de oír la miseria del pobre en relación, á verla por vista de ojos. Cumpliendo con sus deberes de jefe de la Iglesia mexicana, hizo la visita de su arzobispado, llegando hasta los confines de él y procurando solo el buen servicio de los templos y la moralidad de los sacerdotes, sino también la reforma de las costumbres sociales.

Durante su periodo pastoral, se fundaron en México y sus cercanías quince conventos, iglesias, hospitales y ermitas, poniendo él la primera piedra de la mayor parte de esos edificios, en que se emplearon dos millones doscientos veinte y siete mil ducados. Obedeciendo á un mandato real de 18 de Febrero de 1020, procedió el Illmo. SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, el día 8 de Julio del mismo año, á practicar informaciones acerca de la vida del V. Gregorio López, que había fallecido en el pueblo de Santa Fe á 20 de Julio de 1590, con fama de santo. Ya antes de recibir la real cédula, el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA había hecho trasladar á 1ro de Marzo de 1616 el cuerpo del A. Gregorio López, á la catedral de México, y lo había hecho colocar cerca del altar mayor, del lado de la epístola, en un cofre forrado de terciopelo carmesí, con una reja delante.

“Gobernando el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, á 14 de Febrero de 1019 á las once y media de la mañana, tembló la tierra, en un radio de 500 leguas de Norte á Sur y más de 60 de Este á Oeste. Demolió edificios, abrió sierras y montañas, descubrió profundas cuevas; los ríos corrieron con agua negra, en la mar se vieron espantosos prodigios, perecieron muchas naves con tormentas; los peces se venían á favorecer de la tierra dejando su natural elemento. La ciudad más lastimada en templos y edificios fue Trujillo”, dice el historiador citado refiriéndose al terremoto en cuestión.

Hemos dicho hace poco, que al visitar su diócesis el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA procuró no solamente el buen servicio de la Iglesia, sino también la reforma de las costumbres sociales, y como esto último fue uno de los motivos de que se originaron las desavenencias entre él y la potestad civil, creemos que, aunque sea á grandes rasgos, debemos dar á conocer el estado que las costumbres guardaban en aquella época.

Cerca de un siglo hacia que la conquista se había consumado. En la capital de la Nueva España, .se contaba una población numerosísima, entre la cual figuraba gran número de criollos, y entre estos y los españoles de quienes descendían, habían comenzado ya á resentirse las diferencias que dos siglos más tarde produjeron la emancipación de la colonia de su antigua metrópoli.

Triste es decirlo, pero el deber lo ordena: los religiosos mismos no eran ya aquellos varones esclarecidos, modelos de piedad y desinterés, de abnegación sublime, de caridad evangélica. Comprendían el poderoso ascendiente que sobre la raza indígena tenían, y que esta raza formaba la gran mayoría del país; se consideraban, por eso mismo, superiores á todos y creían que debía rendírseles cumplidos homenajes; en una palabra, que debían ser ellos los árbitros de la suerte del país y debían ser consultados en todo y respetada su voluntad. Por otra parte, el clero secular se había aumentado considerablemente, y aparecía, de una manera más ó menos ostensible, como rival del clero regular.

En tales circunstancias, como es fácil comprender, la sociedad iba perdiendo, aunque lentamente, aquel respeto profundo, aquella veneración que en otros días profesara á los ministros del altar; iban entibiándose sus sentimientos religiosos, y en sus prácticas no resplandecían por cierto aquella unción, aquella piedad de los primitivos tiempos del cristianismo en el Nuevo Mundo.

Las bellas artes reflejan siempre la cultura y la piedad de los pueblos; pues bien, en comprobación de lo que acabamos de asentar, diremos lo que pasaba en la pintura. La disolución y la licencia de los pintores habían llegado á tal extremo, que hacían retratos de personas de malas costumbres, disimulándolos con insignias de santas y santos para que los conservasen en sus aposentos los que habían encargado aquellos cuadros. Pintor hubo que se distinguiese por las ridículas figuras con que representaba los pasos sagrados. En cuanto á la moral pública, personajes distinguidos no tenían embarazo en llevar una vida de disolución y libertinaje, de que es en este lugar en donde puede darse cabal idea.

Más no eran solamente los artistas y los magnates, quienes incurrían en aquellas faltas. En los viernes de Cuaresma había la costumbre de hacer una estación desde la puerta del convento de San Francisco hasta un lugar llamado el Humilladero. Llegó en 1617 á tal grado el desorden, que desde el jueves á las doce de la noche hasta el viernes á la misma hora, iban al Humilladero, situado ya en el campo, hombres y mujeres con embozos, en grupos, ó bien de dos en dos, librando muchos para aquella hora y día aplazadas las ferias de sus torpezas, como dijo el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA en el escrito citado; y los viernes por las tardes los que más compuestamente iban á la estación lo hacían en carrozas y caballos con gran ruido y chacota, como si de la fiesta de Carnestolendas se tratara.

Los excesos de los indios, en materia de embriaguez, eran no menores que los de las clases altas en los puntos indicados. Mezclábase el pulque con una raíz que aumentaba las propiedades alcohólicas de esa bebida; las tabernas se habían multiplicado, y por consiguiente los desórdenes y riñas eran innumerables.

Celoso de su ministerio pastoral el arzobispo, quiso reformar aquellos abusos. Ordenó que se observasen las prescripciones del Concilio III provincial, sobre pinturas; que ninguna persona pudiese ir al Humilladero sino á pié, en silencio y guardando la compostura debida, pena de excomunión; puso los medios para reducir a las buenas costumbres a los que de ellas se habían apartado, e intentó moderar el uso del pulque, y sobre toso, evitar la mezcal que de él se hacía. La actitud del prelado provocó el disgusto de la potestad civil, que creyó invadidas sus atribuciones. La Audiencia sabía que las excomuniones eras las únicas armas de que ponía disponer el arzobispo para hacer acatar sus mandatos, y le prohibió que las fulminase, citando en su apoyo que no debía excomulgarse por causas ligeras. No lo eran, por cierto en concepto del SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, las que van referidas, y entró en contestaciones con los oidores y representó á la corte, e hizo cuanto creyó oportuno para obtener el triunfo en aquella controversia; pero todo fue inútil. Entonces, como ahora y siempre, el poder civil se sobrepuso á la autoridad eclesiástica, que no contaba con el apoyo de la fuerza.

Tal fue el origen de los disturbios que, como negra nube que comienza por un punto un perceptible y acaba por entoldar el cielo, hasta que se deshace en tempestad violenta, produjeron el motín ó tumulto que arrojó del poder al decimocuarto virrey de México, D.  Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves y conde de Priego, y separó de la diócesis mexicana al sétimo arzobispo SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA.

Antes de pasar adelante, conviene hacer notar que si en nuestros días aparece exagerado é imprudente en sus pretensiones el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, queriendo reformar las costumbres de un corte y en virtud de su autoridad únicamente, es porque no se reflexiona en el ilimitado poder de que la Iglesia había dispuesto en años no remotos á aquellos en que se verificaron los sucesos á que nos referimos. Ciertamente el prelado pudo, sin hacerse reo de tolerancia de abusos que estaba en el deber de extirpar, haber puesto de su parte cuanto pudiese influir para la pacífica solución de las cuestiones provocadas por la Audiencia, y así lo hizo á pesar de la gravedad que para él tenía la actitud de sus contrarios, desde el momento en que nulificaban todas sus armas. Más tarde fue cuando, ya indispuesto su ánimo por las contradicciones que había sufrido, orilló los sucesos á un punto cuyas consecuencias solo podían ocultarse á la ceguedad que de las pasiones se origina.

Otra de las causas determinantes del rompimiento entre la potestad civil y la eclesiástica, fue el haber querido aquella privar al arzobispo de la procuración, que era la cantidad que se había acostumbrado dar hasta entonces por los pueblos á los prelados que practicaban la visita de sus diócesis. Cuando el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA llevó á cabo la suya, encontró serias dificultades para percibirla, á pesar de que él procuraba hacer menores gastos que los que otros arzobispos habían hecho en iguales circunstancias; acumuláronsele obstáculos, y estos, agregados á los capítulos expuestos, fueron haciendo cada vez más difícil su posición en el país.

Así fueron pasando los años, y así fue tomando mayores proporciones la rivalidad de los dos poderes, y fue más inminente el peligro de la lucha que tenía que estallar, ó por mejor decir, puesto que la lucha ya existía, fue haciéndose inevitable el rompimiento de las hostilidades.

Mas no se crea que el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA desatendía el despacho de los negocios del arzobispado, y dejaba de promover todo aquello que en su concepto podía dar lustre y esplendor al cristianismo, por atender á las cuestiones que entre él y el gobierno civil se habían suscitado. Lejos de eso; procuraba por cuantos medios estaban á su alcance la edificación de nuevos templos, hacia reconstruir los que se habían arruinado, velaba por la pureza de las costumbres de su clero, levantaba informaciones acerca de los sucesos que preocupaban á los fieles, como aquellos que dieron origen á la traslación á México del Crucifijo que hasta el presente se venera en la iglesia de Santa Teresa; ponía todo su afán en que se aumentasen las parroquias, para mejorar así la administración de los sacramentos á los vecinos de la ciudad de México que cada día aumentaba en población, y en una palabra, cumplía fiel y acertadamente sus obligaciones de pastor de la Iglesia mexicana.

Desgraciadamente en Septiembre de 1621 tomó posesión del gobierno del virreinato el marqués de Gelves, hombre demasiado duro y arrebatado de carácter, y el menos á propósito, por lo mismo, para poner término á las desavenencias que entre el arzobispo y los oidores existían. Enteróse á su llegada de los puntos controvertidos, y queriendo ostentarse celoso defensor de la autoridad civil, muy pronto se encontró en abierta pugna con el arzobispo.

Largos de referir serian los pormenores de esa lucha. Basta decir que al hallarse frente á frente dos funcionarios que, aunque honrados y buenos bajo otros puntos de vista, desconocían u olvidaban la prudencia en tratándose de aquello que á su juicio atropellaba sus particulares derechos y coartaba su libertad, no tardaron en convertirse en irreconciliables enemigos dispuestos á su vez cada uno á atropellar toda conveniencia social antes que ceder en lo más mínimo de sus pretensiones.

Las competencias que hasta entonces se habían suscitado entre las dos potestades reguladoras de los destinos de la Nueva España, habían encontrado una solución más ó menos difícil pero siempre pacífica. Previendo las funestas consecuencias de un choque, habíase buscado un justo medio para dejar satisfechas en lo posible las exigencias ele los contendientes. El mismo Ñuño de Guzmán, feroz como era, había preferido, según consta en la biografía del primer prelado de la Iglesia mexicana, buscar en la conquista de la Nueva Galicia un campo ilimitado para dar rienda suelta á sus instintos guerreros, antes que empeñar una lucha con la autoridad eclesiástica.

El marqués de Gelves se mostró más intransigente, más rudo, que el odioso conquistador de Jalisco; y por su parte el arzobispo SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA llevó su celo mas allá de lo que la razón y el deber exigían; aunque es preciso tener en cuenta que ya su ánimo estaba predispuesto con motivo de los desmanes de la Audiencia. Al contrario de lo que sucede las mas de las veces cuando se pretende estudiar un punto histórico, esto es, que se echan de menos los documentos de la época, en el caso que nos ocupa hay tantos y tan abiertamente opuestos entre sí, que nos hallamos en un verdadero caos, al pretender esclarecer la verdad.

A pesar de todo, vamos con la posible concisión á referir la manera desastrosa con que terminaron las desavenencias entre el arzobispo y el virrey. Cerca de tres años hacía que el marqués de Gelves gobernaba la Nueva España, y si bien es cierto que en varios ramos de la administración había introducido positivas mejoras, principalmente en lo que respecta á la seguridad de los caminos, es preciso recordar que era por cierto la moderación y el tacto que para gobernar un pueblo se necesitan, las dotes que había revelado. Escudábase con el parecer de su asesor, y ordenaba cuanto le placía, por más que no fuese conforme á derecho. Desde su llegada en 1621 según hemos indicado ya, hubo de desavenirse con el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, arzobispo ele México en aquella época, y el ánimo de ambos funcionarios fue exacerbándose cada día, basta que en Enero de 1624 estallara el temido rompimiento. En aquellos días, un caballero del hábito de Santiago llamado Melchor Pérez de Varaiz, que había venido á México á resolver ciertos cargos que se le hacían por su manejo como alcalde del pueblo de Ametepec, y que se encontraba á punto de ser reducido á prisión, se retrajo al convento de Santo Domingo. Sus jueces no se conformaron con embargar los papeles y demás objetos de la propiedad de Varaiz, sino que con el pretexto de que intentaba huir para España, le pusieron seis guardias á la puerta de la celda y le tapiaron las ventanas. Estas precauciones no bastaron á impedir que Varaiz hiciese llegar al arzobispo un memorial, reclamando la inmunidad del asilo sagrado en que se encontraba.

De aquí se originaron los graves acontecimientos que turbaron la paz del reino. El arzobispo pidió á los jueces que retirasen las guardias introducidas al convento; mediaron varias contestaciones y la petición no fue obsequiada. El SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, previos los requerimientos del representante de Varaiz, excomulgó á los jueces, y éstos ocurrieron á la Audiencia y fueron absueltos por veinte días que después se ampliaron á otros quince. A la sazón se encontraba en Puebla un juez delegado del Papa y con quien el virrey llevaba grande amistad. A él ocurrieron los jueces excomulgados, y lograron que librase un mandamiento al arzobispo para que los absolviera, sin haberse tomado la molestia de leer los autos, y solo por complacer al marqués de Gelves, interesado ya muy vivamente en aquel negocio, no menos que el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA.

Mal podía éste, cuyo carácter no se prestaba dócil á cejar un punto en materia de su jurisdicción, á cumplir con el mandamiento del delegado, y en efecto no lo cumplió. Entonces el virrey despachó nuevo correo á Puebla para que el delegado agravara las penas al arzobispo, como lo hizo, librando compulsorias, inhibitoria, citatoria, y absolución á los excomulgados, comisionando para ello á los dominicos, quienes acompañados de un alcalde ordinario que el virrey señaló, ejecutaron aquella sentencia.

El SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, deseando poner término á aquellos escándalos, comisionó al deán y á otras varias dignidades de su cabildo, previo el parecer de éste, para que pasasen á suplicar al virrey que mandase quitar las guardias puestas á Varaiz; pero aquel funcionario despidió de una manera brusca y descortés á los comisionados. El arzobispo, al ver frustradas sus esperanzas, pidió al escribano Osorio el primer auto de la Audiencia, para instar á que se decidiera el artículo de fuerza; pero todo fue inútil. Entonces apeló al recurso único de que por sí mismo podía disponer: excomulgó á Osorio y á su primer oficial.

No pasaron muchos días sin que tomasen un carácter más grave aquellas desavenencias. El virrey pidió al arzobispo que le enviase á un clérigo, petición que fue obsequiada por el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, mas no sin hacer acompañar á aquel del secretario del arzobispado. El virrey retuvo al primero y despidió al segundo con palabras injuriosas. En seguida sujetó á un interrogatorio al clérigo, y pretendió que firmase las respuestas que había dado; pero como rehusara, alegando que mal podía hacerlo sin licencia de su prelado, fue reducido á prisión y llevado, en la noche, al castillo de San Juan de Ulúa.

El arzobispo reclamó al siguiente día, y mediaron agrias contestaciones. Por una parte el virrey apercibía al arzobispo con expulsarlo del reino; por otra el prelado declaraba que el virrey había incurrido en las censuras de la Iglesia. Una mediación prudente, de la Audiencia, habría tal vez hecho cesar aquellos escándalos; pero lejos de interponerla, parecía como que los oidores veían con agrado los disturbios que estamos refiriendo y no hacían más que fomentar la discordia. Y en verdad que no es difícil comprender cuál mira envolvía aquella conducta. El rompimiento entre el virrey y el arzobispo había de producir sin duda alguna la destitución del primero, y el mando del virreinato había de recaer en la Audiencia. ¿Podía esperarse que aquellos hombres interesados en regentear los destinos de la Nueva España, en medrar, y favorecer á los suyos, se condujesen de una manera distinta á la que acabamos de indicar? ¡Siempre la ambición de mando cegó á los hombres, y siempre fueron los pueblos víctimas de las pasiones de los ambiciosos!

Alentado el virrey con la opinión de los oidores y de los suyos, dio rienda suelta á su odio, y cegado por él, llevó los sucesos á un punto de que más tarde tuvo que lamentar las consecuencias. Era el 8 de Diciembre del año de 1623. Verificábase en la catedral una función solemne, propia de la fiesta del día, cuando se presentó en el templo el escribano del virrey á notificar un auto al arzobispo, en los momentos en que el orador sagrado comenzaba á dirigir la palabra al numeroso concurso que llenaba el templo, para explicarle el misterio que la Iglesia celebraba aquel día. El SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA se negó á dar oídos al escribano, y como era natural, grandísimo fue el escándalo que aquel suceso produjo.

Las disputas continuaron durante aquel mes, y ya cuando este llegaba á su término, los enemigos del arzobispo acudieron al juez delegado que residía en Puebla, para que agravara las penas y le obligara á absolverlos. Pudo el delegado, á no haber sido parcial del virrey, poner término á aquellas desagradables escenas; mas no lo hizo, sino que por el contrario, aprovechando el carruaje que el virrey le había enviado, comisionó á un pobre sacerdote mayordomo de monjas para que viniese á México á ejecutar cuanto el conde de Priego le ordenase, como lo verificó, poniendo en peor condición las cosas.

El SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA fulminó entredicho, que comenzó á tocarse el día 3 de Enero. Ocho días después, y con motivo de que el juez enviado de Puebla no se contenía, el arzobispo al ver que se pretendía embargarle sus bienes, se hizo llevar en silla de manos á la sala de la Audiencia para implorar la protección real. Los oidores, en vez de recibirle, pasaron á las habitaciones del virrey, y le hicieron notificar al SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA que "pena de cuatro mil ducados, temporalidades y destierro, se volviese á las casas arzobispales." Mediaron contestaciones mas ó menos violentas, hasta que un alguacil, tomando por un brazo al arzobispo le hizo bajar las escaleras y montar en un coche de camino, sin darle tiempo ni aun para desayunarse. Así, escoltado por diez arcabuceros al mando de D. Diego de Armenteros, fue sacado de la ciudad. Estos sucesos pasaban el día 11 de enero.

Antes de continuar nuestro relato, conviene hacer notar, cuál no sería la conmoción que en la ciudad causó la manera escandalosa con que se había tratado al prelado. Es preciso tener presente que aunque ya había transcurrido un siglo de consumada la conquista, merced más bien á la cruz del misionero que á la espada del conquistador, no se había minorado el respeto y el amor del pueblo á los ministros del altar, sino que por el contrario, había tomado creces. El pueblo veía que en sus aflicciones era el sacerdote quien le consolaba; veía que en las luchas con el gobierno por cuestiones de propiedades ó por su libertad personal, era el sacerdote su más firme sostén; veía que los prelados ejercían siempre una caridad sin límites, que eran modestos, que contrastaba su humildad con el insolente orgullo de los funcionarios civiles; veía todo esto, y como es natural, sin examen, se ponía del lado de la Iglesia y no del lado del Estado, en cualquiera de las controversias que entre ambas potestades se suscitaban. Había un gran fondo de gratitud en la conducta del pueblo, y si animado de tan noble sentimiento traspasó alguna vez los límites de lo justo, es preciso concederle que lo hacía porque los hombres obran según el medio en que viven, y según las inspiraciones del sentimiento y no de la razón. Mediana ó superior, la ilustración del pueblo la recibía del sacerdote; escasa ó completa su libertad, era debida al sacerdote. ¿Habrá quien se atreva en vista de estas consideraciones, á condenar al pueblo de

México, llamándole fanático porque al ver atropellar á su prelado se levantó en masa y logró derribar al que creía más culpable en las desavenencias entre la Iglesia y el Estado?

Volvamos á nuestra narración. Si los oidores se habían atrevido á firmar el auto de destierro contra el arzobispo, debióse esto más al temor que les inspiraba el virrey que á su propia voluntad… por esta razón y acaso también porque después de consumado el hecho, reflexionaron en las consecuencias que había de producir, los oidores pensaron en revocar el auto, y mientras lo hacían, uno de ellos, Ibarra, escribió al Lic. Terrones, alcalde del crimen y uno de los conductores del preso, diciendo que caminara muy despacio porque la Audiencia trataba de anular aquel auto como en efecto lo hizo aquel mismo día (12 de Enero), en que los oidores la de Vallecillo, Avendaño, é Ibarra, proveyeron un auto en que decían que vis a la tropelía usada con el arzobispo, y que la junta en que se decretó su destierro había sido extraordinaria y no haber asistido todos los oidores, ni tampoco el fiscal del rey como está prevenido en las cédulas reales, á mas de no haber sido conformes los votos, se hiciera saber a los que conducían al arzobispo lo volvieran á su casa."

Cuando el virrey tuvo noticia de aquella disposición, llegó al paroxismo de la cólera, y cegado por ella hizo prender á los oidores, incomunicándolos estrechamente; mandó poner en calabozos á cuantos relatores y demás empleados habían tenido que ver en el nuevo giro que la Audiencia daba á los sucesos, y, además, para prevenir cualquiera orden del arzobispo, hizo notificar á los canónigos y curas ele la catedral, que no obedeciesen á su prelado bajo las penas de temporalidades y extrañamiento del reino.

Este mandamiento fue leído en las gradas del altar mayor por el escribano Tovar. Los canónigos respondieron que obedecían, mas no así los curas, que  manifestaron no tener facultad para impedir ó suspender las determinaciones de su prelado. Este, mientras tanto, seguía su camino, con grave daño en su salud. Apenas lo supo el virrey, dio sus órdenes para, que la marcha fuese más violenta, pues quería que de una vez saliese del territorio del arzobispado, bien que envuelto en un colchón  en una estera.

Tarde llegaron, empero, las atrabiliarias órdenes del conde, porque el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA había provisto ya dos autos, uno en Guadalupe y otro en Teotihuacán, que provocaron la caída de aquel funcionario. Al amanecer el día 15, el provisor Portillo fijó al virrey en la tablilla y mandó que se cerraran las puertas de los templos y que cesase el toque de las campanas; mandato que fue obedecido por todas las religiones, menos por los padres mercenarios, cuyo templo estuvo abierto toda la mañana y en el que continuaron los oficios como de ordinario.

Exaltados los pueblos por donde pasaba el arzobispo, al ver la manera con que era conducido, intentaron libertarlo; mas él se opuso con energía y logró disuadirlos. Su resistencia se redujo en Teotihuacán, á tomar en las manos la Custodia y á permanecer así horas enteras, con el fin de impedir que se le condujese todavía más lejos ele la capital. México en aquellos momentos se encontraba en violenta conmoción. Jamás los disturbios ó desavenencias entre la Iglesia y el Estado habían tomado proporciones tan alarmantes; jamás el jefe de la primera había sido tratado de tan indigno modo, y es fácil comprender, si se traslada uno á la época en que estos sucesos tuvieron lugar, la honda sensación que ellos causaron en los pacíficos moradores de la ciudad.

El pueblo veía en el escribano Osorio á uno ele los principales autores de aquella situación. Osorio, no comprendiendo tal vez lo expuesto que era presentarse ante aquel pueblo prevenido en su contra, lo hizo, aunque yendo en coche, y su presencia bastó para desencadenar la furia hasta entonces contenida del populacho. Una lluvia de piedras y de denuestos saludó al escribano del virrey, y un cortejo de muchachos insolentes le siguió hasta que desapareció, entrando á palacio.

Informó al punto al marqués de Gelves de lo que pasaba, y dióle seguramente noticias exageradas, pues éste dio orden de que su guardia, con un sargento mayor y un alcalde, saliese á dispersar aquellas turbas de muchachos. Estos, como era de esperarse, corrieron al principio, mas á poco se encontraron reforzados por numeroso pueblo, y juntos emprendieron formal ataque. Se apoderaron de las piedras que la fábrica de la Catedral les ofrecía en esos momentos, y maltrataron con ellas á la guardia del virrey, que tuvo que abandonar el campo.

No era por cierto la prudencia dote característica del marqués de Gelves. Arrebatado por la cólera, empuña la espada y broquel y pretende salir en persona á disolver á los amotinados cuyo número crecía por instantes; pero logra disuadirle el almirante Cevallos, y se evita así algo más grave de lo que ya ocurría. Empero, sube con su servidumbre á las azoteas de palacio y manda tocar á rebato, y alborota así á la ciudad cuyos moradores ignoraban en su mayor parte aquellos escándalos. El tumulto, como se llamó entonces al suceso que referimos, tomó proporciones amenazantes. A las nueve de la mañana se manifestó el fuego en las puertas de palacio; la plebe estaba ya enfurecida; á gritos se pedía la vuelta del arzobispo y la libertad de los oidores, y á gritos también, se amenazaba con la muerte al virrey y á los que acudieron á darle auxilio.

Uno de los oidores, Cisneros, pidió de rodillas al virrey que hiciera volver al SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA para que terminasen los sucesos que tan hondamente conmovían á la sociedad entera. Accedió el conde, y el inquisidor más antiguo salió de palacio mostrando el decreto anhelado. Más, ni éste ni el perdón general que se ofrecía, satisfizo á los amotinados. No tenían fe en las promesas del virrey y exigían que en nombre de la Audiencia se hiciese todo; sin dejar, mientras tanto, de atizar el fuego y de ciar libertad á los presos de la cárcel.

Juntáronse los oidores, y mientras se extendía el auto diputaron á los marqueses del

Valle y Villa Mayor, para que partiesen á comunicar al arzobispo su próxima vuelta á la ciudad. La tranquilidad pública se habría restablecido al llegar á este punto los sucesos, si el arrogante virrey no hubiese vuelto á provocar la indignación popular con una nueva imprudencia. Cuando vio despejada la plaza, hizo salir con cautela á varios agentes para que trajesen algunos quintales de pólvora, y arcabuces, con los que armó y municionó á la servidumbre de palacio, y como en aquellos momentos había acudido á la plaza gran concurso á las compras cotidianas, los criados del virrey hicieron fuego sobre la muchedumbre.

Que con este atentado había de sublevarse la ira del pueblo, no puede ocultarse á nadie. Así sucedió, y entonces fue con piedras sino con arcabuces con lo que se armó la plebe para asediar el palacio, y pedir á gritos la cabeza del marqués de Gelves. Una fracción de los amotinados dirigióse á las casas arzobispales, forzó la entrada, y tomó posesión de las azoteas para hostilizar á los que desde las del palacio hacían fuego sobre el pueblo. Apagaron los tiros de aquellos, y cesó la carnicería. Más de cien personas fueron víctimas de las descargas dirigidas por los criados del virrey. En vano un oidor que logró penetrar á palacio, rogó al marqués que hiciera cesar el fuego; ciego, desatentado el virrey, no atendía al incendio de la cárcel y del palacio, sino que, por el contrario, para aumentar aquellos males, mandó soltar y armar á los presos, prometiéndoles el perdón de sus delitos si le ayudaban. Tan mal prevenidos estaban los mexicanos todos contra el virrey, que los presos al recobrar la libertad engrosaron las filas de los amotinados.

Eran ya las cuatro de la tarde, cuando los oidores, que habían empleado largas horas en calmar la excitación popular, supieron que los indios de Santiago Tlatelolco, en número de cinco mil, habían determinado, uniéndose á la plebe, dar aquella noche un asalto en forma al palacio virreinal, si no quedaba antes depuesto el marqués de Gelves. Los oidores formaron una junta compuesta de la ciudad (Ayuntamiento), caballeros principales y personas doctas, y en ella se resolvió que la Audiencia tomara en sí el gobierno, como se hizo y pregonó al punto. Esta noticia que venía á satisfacer en gran parte las exigencias de los amotinados, túvolos entretenidos algún tiempo, y dio lugar al virrey para ponerse en salvo. Anochecía cuando el marqués de Gelves, sin los anteojos que usaba, envuelto en una mala capa, con un lienzo blanco en el sombrero y dando las mismas voces que la plebe en contra de él levantada, salió del palacio, acompañado de un caballero mexicano, y halló abrigo en el convento de San Francisco.

Si su evasión se hubiese retardado algunos minutos, habría caído seguramente en manos de sus enemigos y habría sido víctima de su saña, pagando con la vida su obstinación, pues casi al mismo tiempo que él huyó, la muchedumbre invadió el palacio y se entregó á los excesos que siempre tienen lugar en tales casos. Mientras esto pasaba en México, el arzobispo había ya recibido avisos de que la orden de destierro estaba revocada por el virrey y la Audiencia; mas no quiso tomar determinación ninguna personal, sino sujetarse á lo que el alcalde del crimen, Terrones, su conductor, dispusiese. A poco recibió este último el despacho del virrey y el auto de la Audiencia, y dio la orden de la vuelta á la ciudad.

Tal era el número de personas que de los pueblos y de la capital misma, salían á felicitar al SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA y á acompañarle, que la marcha fue lenta, y no pudo llegar á México sino después de la media noche. Multitud de documentos de aquella época contienen la descripción del recibimiento que la ciudad hizo á su prelado. Convirtióse la noche en día. Tan profusa así fue la iluminación que los vecinos pusieron: calles, ventanas y azoteas estaban cuajadas de luces. Además, millares de indios y de personas de todas las clases de la sociedad, con teas encendidas los primeros y con hachas los demás, formaban la espléndida comitiva del diocesano. Un repique á vuelo en todas las iglesias y conventos, anunció la llegada del SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, que fue conducido primero á la sala de la real Audiencia y después á las casas arzobispales. El pueblo, agolpado frente á ellas, permaneció allí toda la noche, y como pidiera á gritos la bendición del prelado, tuvo que salir este varias veces á dársela.

A la mañana siguiente, quedó alzado el entredicho y la cesatio á Divinis; el arzobispo acompañado de su cabildo cantó en Catedral un solemne Te Deum y la calma quedó restablecida del todo. Terminada aquí la relación de los episodios que hicieron célebre en nuestra historia el pontificado del SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, creemos oportuno, antes de pasar adelante para poner término á esta biografía, hacer algunas consideraciones, aunque breves, acerca de los sucesos referidos.

Si se examinan las causas que provocaron el tumulto del 15 de Enero de 1624, con la imparcialidad y rectitud debidas, se viene en conocimiento de que hubo, como indicamos al principio, de parte de las dos potestades, civil y religiosa, sobra de pasión y falta de prudencia.

Es cierto que atendidas las prerrogativas de la Iglesia en la época á que nos referimos, el arzobispo SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA estaba en su pleno derecho para exigir el respeto á la inmunidad que debía gozar Melchor Pérez de Varaiz al retraerse al convento de Santo Domingo, y es cierto también que el marqués de Gelves traspasó los límites de su poder en el asunto relativo; pero también es cierto que á un hombre de la penetración del SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, y mucho más en su posición de pastor de la Iglesia, no debían ocultársele las gravísimas consecuencias que á la sociedad entera habría de traer un rompimiento entre la potestad civil y la eclesiástica. Que él provocó, si se quiere, este rompimiento, se comprende al verle ir en persona al palacio, exponiéndose á sufrir los desaires y atropellamientos que sufrió. Misión de paz como era la suya, debió él limitarse á protestar en contra de los actos del marqués, sin dar lugar á que el pueblo perturbase la paz, con grave riesgo de la propiedad y aún de la vida de gran número de personas. El arzobispo conocía de antemano la irascibilidad del carácter del virrey; sabía lo exagerado que era en todas sus determinaciones; comprendía la pugna que existía, aunque secreta, entre la Audiencia y el virrey, porque siempre los oidores estaban en acecho de avocarse el gobierno del país con miras que no es preciso descubrir; y por último, debía tener presente que con el pretexto de acudir á la defensa de su prelado, el pueblo había de levantarse en masa, y de este levantamiento podrían surgir complicaciones muy graves. La prudencia, pues, debió tener cabida en el pastor antes que en el virrey. La humildad y la resignación propias del carácter sacerdotal, debieron resplandecer en el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA, y con ellas habría conquistado más duraderos triunfos. Su actitud, no debemos negarlo, enérgica y digna, fundada en las leyes y costumbres de la época, tiene justificación; pero como no se trataba de un atropellamiento á la Iglesia, de una violación del dogma, ni de nada que afectase las creencias de la sociedad con menoscabo de los intereses que representa un prelado, bien pudo limitarse el arzobispo a elevar sus quejas al soberano.

El virrey, a nuestro juicio, es menos disculpable. Su ruidosa caída fue el merecido castigo de su soberbia, que pudo haber causado grandes males, si afortunadamente los sucesos no se hubiesen desenvuelto de una manera tan rápida como la que acabamos de ver. El marqués por más esfuerzos que hizo no recobró su gobierno, y de su retraimiento de San Francisco no volvió á salir sino para embarcarse de vuelta á España. En la corte, como era natural, fueron comentados de mil modos los sucesos acaecidos en México. De esta ciudad se enviaron prolijas informaciones de parte del virrey y de la del arzobispo, y el resultado final fue el envió del sucesor del marqués de Gelves, que lo fue el de Cerralvo D. Rodrigo Pacheco Osorio, y la traslación del SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA al obispado de Zamora, como veremos en seguida.

Felipe IV, luego que supo los ruidosos acontecimientos producidos en México por el choque entre el virrey y el arzobispo, envió un visitador, que lo fue D. Martin Carrillo, inquisidor de Valladolid, que llegó en unión del nuevo virrey el día 3 de Noviembre de aquel mismo año (1524). Trajo el visitador órdenes para proceder á la averiguación de lo ocurrido y facultades para castigar á los culpables; pero la prudencia le aconsejó no remover un negocio de suyo tan delicado, y todo quedó concluido. En el año siguiente, el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA fue llamado á la Corte, y aunque el soberano le trató con la estimación de que era digno, sin embargo, creyó útil apartarle para siempre de la Nueva España, á cuyo efecto le presentó para el obispado de Zamora. Un escritor asegura, fundándose en otro autor, que el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA tuvo mucho que sufrir en la Corte á causa de la protección que en ella gozaba el marqués de Gelves; más esto no está de acuerdo con lo que otros biógrafos del mismo prelado han dicho, refiriéndose á la propia época. Veamos lo que asientan dos de esos biógrafos.

"La Magestad del Señor Rey D. Felipe Quarto le mandó venir á su Corte por convenir así á la grandeza de su servicio. Vino y fue recibido de su clemencia con palabras muy dignas de su piedad;" dice Gil González Dávila, y aún agrega que la venida á México del visitador Carrillo fue debida al SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA. El Sr. Lorenzana, después de enumerar los méritos del prelado en cuestión aunque con la brevedad que se nota en todas las biografías que él escribió, dice: "méritos que movieron los deseos del monarca á tener más cerca de su Real Persona, Prelado de tan activo celo, promoviéndole al Obispado de Zamora."

Como quiera que hubiese sido, el hecho fuera de toda duda es que el SR. D. JUAN PÉREZ DE LA SERNA fue llamado á España, y trasladado á Zamora, siendo cuerdo suponer que así se hizo para alejarlo del teatro de los sucesos que motivaron su partida. Cinco años después de su premoción á aquel obispado, falleció en él á 8 de Agosto de 1631.

Si el excesivo celo con qué quiso hacer valer sus derechos dio lugar á graves perturbaciones en México, en cambio nuestra sociedad recibió de él grandes beneficios. Llenó cumplidamente su ministerio pastoral visitando su archi-diócesis; repartió abundantísimas limosnas, moralizó al clero y á las clases altas de la sociedad, y gastando gruesas sumas, pues la imprenta era muy costosa en aquellos tiempos, imprimió las Constituciones del CONCILIO III MEXICANO que no habían visto la luz hasta entonces, salvando así tal vez de una irreparable pérdida uno de los más grandes monumentos de la Iglesia mexicana.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 55-66.


8. El Ilmo. Sr. D. Francisco Manso y Zúñiga

(1629 - 1637)

  • Presentado: 12 abril 1627
  • Confirmado: 9 agosto 1627
  • Posesión: 22 noviembre 16271
  • Posesión con bulas: 1 septiembre 1628
  • Consagración: enero 16292
  • Volvió a España: 16363
  • Renuncia: marzo 16374

1 Actas de Cabildo, vol. 9, 136.
2 Gómez Tort, op. cit.
3 El 27 de mayo de 1636 en cabildo (Actas de cabildo, vol. 9, f. 158) el deán Diego Guerra presentó un poder de Manso para que ejerciera el gobierno de arzobispado, fechado el Apan el 29 de abril de ese año (C.S.). Fue presentado para obispo de Cartagena. Bravo Ugarte, op. cit.
4 El 4 de julio de 1637 el cabildo recibió una carta de Manso, fechada en Madrid el 30 de marzo, diciendo que el Papa había aceptado su renuncia al arzobispado, por eso fue hasta el 9 de julio cuando se declaró la sede vacante

Natural de Cañas obispado de Calahorra. Colegial de Valladolid, Catedrático de Vísperas de Cánones; Rector Cancelario de la Santa Iglesia de Calahorra, Oidor de Granada, Consejero Real de las Indias, Abad de San Adrián en Logroño, Arcipreste de Arrioja, Camero Viejo y Ribera.

Presentado al Arzobispado de México el 12 de abril de 1627. En su tiempo restituyó a la S. Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe a su Ermita desde la Catedral, adonde se había estado con ocasión de la inundación de México. Pasó a España promovido Obispo de Cartagena y de ahí al Arzobispado de Burgos donde falleció.

Nunca mejor que en las grandes tribulaciones que sufren los pueblos, es cuando pueden resplandecer las virtudes de sus mandatarios, y hacerse estos dignos de la gratitud de aquellos. La práctica de la caridad siempre es hermosa; pero en épocas serenas pasa inadvertida si no es para los que alcanzan sus beneficios, y sólo en el hogar del indigente es en donde se eleva el himno del reconocimiento, porque ha enjugado allí las lágrimas y ha disipado las tinieblas del infortunio; mientras que la caridad ejercida en favor de todo un pueblo en los momentos en que parece inevitable su desaparición a causa de una de aquellas calamidades que pesan sobre las naciones, convierte a los apóstoles del bien en seres que se diferencian del común de los demás y labrase así un monumento a ellos en el corazón de los que han recibido sus beneficios.

La virtud apacible, oscura puede decirse, de los que en cualquiera época tienen fundada su más completa satisfacción en ser útiles a sus semejantes, es una virtud digna de la admiración de los que llegan a conocerla; pero fáltale, para ser más sublime, una condicioné la del ejemplo. Las bendiciones que se atrae un pastor al socorrer a su pueblo, excitan en los demás cierta nobilísima emulación de la que se originan incalculables bienes para toda la sociedad. Porque hay en el corazón del hombre un deseo innato, que crece, se vivifica y engrandece, al ver que otro ha logrado con el ejercicio del bien, su aspiración constante: ser amado.

En presencia de una sociedad que como si fuera un individuo alza un himno de gratitud al que ha calmado sus sinsabores, no hay quien no se sienta impulsado a derramar a manos llenas iguales consuelos, a no ser que sea un ser egoísta y despreciable. Por eso aunque el mejor complemento de la verdadera caridad sea la modestia, aunque el bien no se debe hacer por alcanzar aplausos, sino porque es el bien, practicarlo a la luz del día y a la faz del mundo entero, es inmensamente útil.

No fue, pues, una ostentación vana, inspirada por el deseo de recibir los homenajes de la sociedad agradecida, la caridad que ejercieron los prelados de la Iglesia mexicana de quienes nos hemos ocupado ya, ni mucho menos la del Illmo. SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA, en la gran inundación de la ciudad de México sufrida en los primeros años de su pontificado. Por el contrario, ella sirvió no solo para estrechar más los lazos de unión entre los mexicanos y los españoles pueriles que ofreció un saludable ejemplo al funcionario jefe del poder civil. Y a los poderosos todos.

La historia ha recogido en sus inmortales páginas   los hechos nobles y levantados que hasta aquí hemos referido  y los que  tenemos que narrar todavía, a nosotros son nos cabe otra gloria, si alguna hemos de alcanzar, sino la del investigador que se afana en revivir la memoria  de aquello hombres a quienes el tiempo inexorable  pretende sepultar para siempre en el olvido. Uno de ellos el venerable sacerdote objeto de esta biografía.

Nació el Illmo. SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA en cañas lugar del obispado Calahorra  en el año de 1587 teniendo por padres a D. Juan Manso de Zúñiga y a Doña Magdalena de Sola.  Hizo sus estudios en salamanca y Valladolid, y se hallaba en esta última ciudad  en el colegio de la Santa Cruz, cuando abrazo la carrera eclesiástica, t tomando el hábito el día 22 de Julio de 1608. Durante tres años fue catedrático  de víspera de cánones de la Universidad de Valladolid, obteniendo en seguida el rectorado de esa universidad  y después el cargo de cancelario de la iglesia de Calahorra, en donde fue ascendido a arcediano de Alva y a provisor  de aquel obispado.

En 1612 fue nombrado oidor de granada y dos años después lo promovieron al consejo de Contaduría y de este al supremo consejo de Indias. Los primitivos biógrafos del SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA no cuidaron sino de expresar lo que desempeñó, sin detenerse a marcar el tiempo que empleó en la mayor parte  de ellos ni mucho menos a indicar los méritos que tenía para ser llamado sucesivamente a las expresadas ya, así como a los demás puestos a que hemos hecho referencia. Empero ese sólo catálogo prueba que el agraciado era persona de gran valer en letras y en saber, otra manera no se concibe cómo fuera llevado a la cátedra, á las abadías y á los consejos quien para ello no tenía especiales merecimientos.

Confirma esta, el hecho de haber sido presentado el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA para arzobispo de México el día 12 de Abril de 1628 por el rey Felipe IV, soberano que, como todos los de la casa de Borbón, procedió con suma cordura en la elección de los funcionarios que debían venir a lo que entonces llamaban Indias Occidentales. No podemos precisar la fecha en que el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA tomo posesión de su archidiócesis; pero sí que fue en el año de 1629 en que vino y fue consagrado en la iglesia de las Remedios, a dos leguas de México, por el Illmo. Sr. D. Fr. Alonso Enanques Toledo y Armendáriz, obispo de Michoacán, con asistencia de D. Lope de Altamirano y Castilla, deán, y comisario general de la Cruzada, y D. Diego de Guevara que más tarde fue arzobispo de Santo Domingo.

Uno de los primeros actos del SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA en México fue el acuerdo que tomó en unión del virrey marqués de Cerralvo, con fecha 30 de Enero de 1629, de que se hiciese la traslación de los restos de Hernán Cortés al convento de San Francisco, en el que la capilla mayor era de la propiedad del valeroso conquistador, celebrándose al mismo tiempo el entierro de su nieto D. Pedro Cortés tuvo lugar la ceremonia el día 24 de Febrero del mismo año, saliendo el cortejo fúnebre de las casas del marqués del Valle. Iban delante los estandartes de todas las cofradías, concurrieron todas las Ordenes de religiosos, los tribunales, los oidores, el arzobispo y su cabildo, en pos el cuerpo del marqués D. Pedro Cortés en un ataúd descubierto, y detrás los restos de D. Hernán en un ataúd de terciopelo negro, cerrado. A un lado de este aparecía un guion de raso blanco bordado de oro con un Crucifijo, la Virgen y San Juan Evangelista, y del otro las armas del rey, también bordadas de oro. El guion del otro costado del ataúd, era de terciopelo negro con las armas del conquistador bordadas de oro. Los que llevaban los guiones iban armados, y detrás el arzobispo con todos los prebenda dos vestidos de luto. Después un caballo despalmado, también enlutado; en seguida la Audiencia y el virrey con gran acompañamiento de caballeros. A estos seguían cuatro capitanes armados, con sus plumeros y picas en los hombros; marchaban cuatro compañías de arcabuceros, y otros de picas y banderas arrastrando. Los tambores cubiertos de luto y a la sordina. En hombros de los oidores iba la caja de los restos, y en los de caballero del hábito de Santiago el cadáver de D. Pedro. La concurrencia era inmensa: hubo seis posas en donde se ponían los ataúdes, y en cada una de ellas todas las Órdenes de frailes decían un responso. A esta suntuosa ceremonia siguió el correspondiente novenario.2

Muy pronto se presentó una oportunidad para que el pueblo mexicano viese que su nuevo prelado era digno sucesor de los Zumárraga y la Moya de Contreras. Una grande inundación, la mayor que México había experimentado hasta entonces, vino a llenar en ese año (1629) de consternación a la sociedad entera, y a brindar una ocasión al SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA para prodigar los tesoros de bondad que guardaba en su corazón. El interés histórico de este suceso nos induce a narrarlo con alguna detención, y creemos que el lector no llevará a mal que así procedamos.

Desde fines de 1626 en que fueron copiosísimas las lluvias, puede decirse que comenzó la inundación ele México llamada grande y continuó en los años subsecuentes, a pesar de las medidas que se tomaron para evitarla.3 A ella contribuyó no poco la imprudente resolución del virrey marqués de Gelves, a que hicimos referencia en la biografía del Sr. Pérez de la Serna, y a evitarla se encaminaron los laudables esfuerzos de los religiosos de la Compañía de Jesús,4 quienes fueron empleados en los trabajos de esta clase desde mucho tiempo antes.

En el año de 1629, las lluvias comenzaron prematuramente, y con tal fuerza y continuación, que españoles e indios antiguos no se acordaban de haberlas visto semejantes. Además de lo mucho que llovía, desbordábamos las presas, y los barrios todos de la ciudad estaban anegados, de manera que no quedaban sino las calzadas para transitar, y como las casas de esos barrios eran en lo general de adobe, la mayor parte de ellas había sido destruida, sepultando sus ruinas a gran número de moradores. Aislados otros, perecían de hambre.

El día 5 de Setiembre, navegaban ya las canoas por los arrabales de Santiago y la Piedad y por las calles más bajas de la capital, y comenzaron entonces los religiosos a abandonar sus conventos, dejando en ellos únicamente a algunas personas para que guardasen los objetos que tenían que dejar allí.

La inundación iba creciendo y en pocos días habían emigrado ya veintisiete mil personas5 muchas de las cuales se dirigieron a la ciudad de Puebla, que con qué motivo llegó casi a competir con la de México a fines del siglo XVII, por el número de sus habitantes y por la riqueza de sus moradores. La consternación de los ánimos llegó al más alto grado el día 21 de Septiembre, a causa del copiosísimo aguacero que cayó, célebre en la historia de México. Desde la víspera hasta ese día llovió con asombrosa fuerza durante treinta y seis horas continuas.6 Al día siguiente, amaneció la ciudad toda llena de agua; subiendo está cerca de dos varas en la parte más alta de la población.

Conmovedor seria el cuadro que ofrecía la capital de la Nueva España en aquellos días. Encarecieron grandemente los alimentos, no se escuchaban sino los clamores del pueblo que se moría de hambre y que veía desaparecer sus hogares y cuanto poseía; las campanas tocaban rogaciones; los templos estaban cerrados y llenos de agua en su mayor parte; suspendiéronse los oficios religiosos, las tiendas estaban cerradas, suspenso todo trato social, y suspensos también los actos del poder civil.

El SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA, en tan horrendas tribulaciones, multiplicaba sus servicios a la sociedad entera. Todos los días salía en una canoa e iba a los barrios a visitar las casas de los pobres, llevando tras de sí algunas otras canoas cargadas de pan, carne y semillas, para repartir entre los menesterosos; y es preciso hacer notar que en tan humanitaria empresa fue secundado eficazmente por el virrey marqués de Cerralvo. Puestos ambos funcionarios de acuerdo, dividieron los cuarteles y barrios de la ciudad entre religiosos graves y otras personas de confianza para que formasen una lista de todos los pobres que hallasen. Estos debían concurrir a palacio cada tercer día por cuanto había menester para remediar sus necesidades. También se formó otra lista para que los que se encontrasen ya sin hogares ó próximos a verlos reducidos a escombros, fuesen a hospedarse en palacio.

No pararon allí los humanitarios servicios. El virrey aposentó y mantuvo a muchísimas personas durante más de seis meses, en un edificio amplio señalado al efecto, y otros fueron consignados a las casas de los ricos y a los conventos. Tan hermosos ejemplos produjeron una benéfica emulación entre las familias acomodadas. Estas socorrían con liberalidad a los necesitados y pagaban casas para alojarlos y mantenerlos. El arzobispo, cuya caridad evangélica nunca será elogiada tanto como merece, era, puede decirse, el que más se afanaba en aminorar las calamidades que pesaban sobre sus diocesanos.

A fin de que las prácticas religiosas no quedasen interrumpidas, dio el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA licencia para que en los balcones, en tablados que se formaban en las encrucijadas y aun en las azoteas, se pudiesen poner altares para decir en ellos misas. El pueblo las oía desde los terrados y ventanas vecinas, no con el respetuoso silencio que en los templos sino antes lágrimas, sollozos y clamores que a los ojos sacaba un tan nuevo y lastimoso  espectáculo. Comprendió el Arzobispo que en tan gran calamidad, había de ser muy agradable para el pueblo la presencia en la capital de la imagen de nuestra señora de Guadalupe, y resolvió ir en busca de ella. He aquí como refiere esa ceremonia, que debió ser realmente hermosa antiguo escritor.

“Salieron de la ciudad en una flota de canoas y góndolas bien aderezadas y esquizadas de remos, los dos Príncipes,7 oidores, capitulares  y otra innumerable comitiva de mexicanos provenidos de hachas  y velas navegando al santuario (porque no podía ya caminarse por tierra).  La sacaron de su altar después de casi ocho años  pocos días más o menos que había sido llevada a él y embarcándola en la barca del arzobispo, acompañada de los grandes personajes en que ella cupieron, bogaron hacia México con aparato grande de luces en las embarcaciones, de música, de clarines y chirimbas, cantando el coro de la catedral Himnos y Salmos , con más consonancia que alegría  porque a todos llevaba el común trabajo contritos, aunque confiados en la compañía de la Santa imagen de quien esperaban el remedio.8

Refiere después el escritor acabado de citar, que antes de que llegase aquella extraña procesión a la iglesia de Santa Catarina Mártir, sacaron del templo a la imagen de aquella santa, ricamente aderezada con joyas y piedras preciosas, a recibir a la Virgen Guadalupana. Detuviese un momento la comitiva en aquel lugar, tribútesele á la imagen adoración y continuó hasta las casas arzobispales, en donde pasó la noche. Al día siguiente fue conducida a la catedral y se dio principio a los oficios religiosos que estaban dispuestos.

Los estragos de la inundación continuaron, y también los inolvidables servicios del SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA. En carta que escribió este prelado a Felipe IV, con fecha 16 de Octubre del mismo año de 1629 a que nos estamos refiriendo, le hizo una relación circunstanciada de los grandes daños causados por la inundación, diciendo entre otras muchas cosas, que habían  muerto más de TREINTA MIL INDIOS; que de veinte mil familias españolas que había en la ciudad no habían quedado en ella más de cuatrocientos Vecinos; que México parecía un cadáver, que no se conoció hombre rico, que las comunidades, iglesias y obras pías perdieron grandes cantidades, que de limosna comían muchos religiosos y monjas, que el comercio estaba muerto, perdidos los tributos y en ruina los edificios.9

A la inundación siguió una terrible epidemia, originada sin duda por la aglomeración de los indígenas en determinados sitios, por la corrupción de las semillas a causa de la excesiva humedad, y por tantas otras consecuencias como el desbordamiento de las aguas produce en los lugares habitados. Refiriéndose á esta epidemia dice con elocuente concisión el historiador Cavo: “La mortandad habría sido mayor si el arzobispo no se hubiera portado como padre común” En efecto, el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA solícito estableció siete hospitales en los que fueron asistidos y curados millares de enfermos.10

Después de estos sucesos parece que el ejercicio del ministerio pastoral del SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA fue tranquilo, pues no hallamos en ninguno de los autores que hemos consultado nada que a sus actos públicos se refiera, si no es hasta el año de 1635, en que le vemos en pugna con el virrey marqués de Cerralvo por cuestiones de inmunidad que no expresan los historiadores de aquella época,11 pero que un autor moderno atribuye a la prohibición mandada por el arzobispo de que la virreina tuviese entrada a los conventos de monjas, y porque el mismo arzobispo se mezclaba en asuntos temporales.12

Estas cuestiones entre los prelados y los virreyes, fueron muy frecuentes en la época de la dominación española, como hemos tenido ocasión de manifestar en varios lugares de esta obra, y terminaban con la remoción de aquellos funcionarios, cuando se hacía imposible avenirlos. Tal debió ser la situación en 1635; pues vemos que en ese año fue llamado a la Corte el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA, y a poco llegó el marqués de Cadereyta a sustituir en el Gobierno al de Cerralvo.13

Al partir para España el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA dejó por gobernador del arzobispado al Dr. D. Andrés Fernández de Ipenza, que había venido con él en 1629 y había sido provisor de indios y juez de testamentos y capellanías.14

Una vez en la Corte, el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA fue presentado para obispo de Cartagena. Hizo el juramento de fe en manos del nuncio apostólico Illmo. Sr. D. Lorenzo Campeggi el día 20 de Abril de 1637. De esa iglesia fue promovido a la arzobispal de Burgos. Es muy sensible para nosotros no poder, por falta de datos, seguir paso a paso la vida del benemérito prelado de Burgos. Tan solo sabemos lo que vamos a referir. Con motivo de la llegada a esa ciudad, del cuerpo del Serenísimo infante Cardenal arzobispo de Toledo y gobernador de Flandes, el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA. Le acompañó hasta el Escorial mundo el gasto con grande abundancia a todos los que venían en su servicio, sin permitir que otro alguno gastase una sola blanca15 dijo la misa de réquiem por el alma del finado y volvió a Burgos.

En 1649 dio á su iglesia catedral diez mil ducados para acabar el trascoro de la misma, y en el año siguiente fue nombrado oidor de la cámara de Indias, con el título de Conde de Urnas y vizconde de Negueruela, acaso en premio de su esplendidez en la traslación de los restos del Infante, que unida a sus nobilísimas acciones en México, bien merecían aquellos honores.16

No volvió a tenerse noticia en México del antiguo prelado de esta Iglesia hasta el año de 1656, en que la flota que vino de España y llegó a mediados de Junio trajo entre otras la nueva de haber fallecido en la ciudad de Burgos, con muerte acelerada, el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA cuyos bienes todos, que montaron á ochocientos mil pesos en plata, oro y perlas, fueron embargados.17

Es de presumir que el embargo fue dispuesto no por otro motivo sino el de haber fallecido intestado el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA, y tal presunción puede fundarse en que la muerte del arzobispo, como acabamos de ver, fue acelerada y por lo mismo no le permitió hacer sus disposiciones testamentarias.

Once años hacía, nada más, que el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA se había separado del gobierno de la Iglesia mexicana, cuando ocurrió su sensible fallecimiento; y sin embargo de que en tan corto espacio de tiempo no podían haberse olvidado los eminentes servicios que aquel partir había prestado a la ciudad en la inundación de 1629 y en la peste que a ella siguió, no consta que su antigua iglesia hubiese celebrado honras fúnebres como por otros lo había hecho, ni que la ciudad hubiese demostrado ele alguna manera duelo por la muerte de su benefactor. ¡El olvido, hijo de la ingratitud, es la recompensa que las grandes acciones alcanzan sobre la tierra!

En los momentos en que llegó a México la noticia de la muerte del SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA hacía su entrada y tomaba posesión del arzobispado el decimocuarto prelado Sr. Sagade Bugueiro, y la sociedad y el clero mismo se ocupaban mejor de congratularse con el recién venido, que de honrar la memoria de aquel que en una de las más aflictivas circunstancias porque ha pasado la ciudad de México, alivió el hambre y la miseria de este pueblo y quien enjugó las lágrimas que en su angustia derramaba. ¡Tan grande así es el desengaño que ofrece el mundo a los que practican el bien por no morir en la memoria de los pueblos!

Afortunadamente hay seres superiores para quienes el ejercicio de la caridad no tiene mejor recompensa que la íntima satisfacción que produce ejercerla. A ese número pertenecía el SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA, a quien hoy tributa la historia justiciera el homenaje que le negó la generación que recibió sus beneficios. Pasarán los años y continuarán cubriendo de polvo, hasta borrarlos para siempre, los nombres de aquellos que, adoradores del presente, se olvidan del pasado porque de él nada pueden recibir; pero sobrevivirán las páginas de la historia y en ellas resplandecerá el nombre del Illmo. SR. D. FRANCISCO MANSO Y ZÚÑIGA.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 67-72.

2 D. Lucas Alamán en el segundo apéndice de sus Disertaciones sobre la historia de la República mexicana, tomo II, reunió gran número de documentos relativos al acto que acabamos de describir. Hay entre ellos noticias verdaderamente curiosas e interesantes que dan idea de la grandeza de la casa de Cortés en aquella época, del considerable número de religiosos que había entonces en México, de la esplendidez con que se celebró la traslación y entierro de aquellos personajes, y de otras muchas particularidades que merecen conocerse y que no sería oportuno decir aquí. El Sr. Alamán tomó dichos documentos del archivo del Hospital de Jesús, fundado como todos saben por Hernán Cortés. Al llegar al gobierno pastoral del Sr. Núñez de Haro y Peralta, 28° arzobispo de México, tendremos ocasión de ver cómo a principios del siglo actual, fueron trasladados de San Francisco al Hospital de Jesús en que yacen todavía, los restos del gran conquistador de Anáhuac.

3 El P. Alegre en su Historia de la Compañía de Jesús en la Nuera España, tom. 2o pág. 178 y siguientes, detalla estas medidas, y da cabal idea de los estragos que sufrió México en la inundación de 1629. A ese autor remitimos a aquellos que deseen más pormenores.

4 Alegre, o. cit

5 Ibíd. Ibíd.

6 Con el nombre de “aguacero de San Mateo” se conoce en la Historia, por haber caído en la víspera y fiesta de aquel santo.

7 El arzobispo y el Virrey 

8 Florencia, La Estrella del Norte de México, cap. XX pág. 130.

9 Gil González, que dice haber leído esta carta, la cita en su Teatro tom. 1. pág. 60

10 El plan de esta obra no nos permite detallar los trabajos de los religiosos y de cuantos secundaron al Sr. Manso y Zúñiga  en sus tareas apostólicas con motivo de la inundación y epidemia de que acabamos de hablar, ni mucho menos referir los actos del poder civil.

11 Gil González, que escribió en 1648, viviendo aún el Sr. MANSO Y ZÚSIGA, solo dice que tuvo encuentros con el virrey en defensa de la inmunidad de la Iglesia

12 Rivera Cambas. —Los gobernantes de México, tom. I pág. 123.

13 Cavo, en su Historia citada, fija en el año 1639 la partida del arzobispo a España, con error manifiesto, pues en otras distintas fuentes primitivas hallamos que fue cuatro años antes dicha partida.

14 El Sr. Ipenza fue, ocho años después, electo obispo de Yucatán, despachándosele sus bulas el día 6 de Octubre de 1643, pero falleció pocos días antes de consagrarse.

15 Gil González, o. cit.

16 Además de lo que ya en el texto dijimos, el Sr. MANSO Y ZÚÑIGA ayudó en México a la edificación del templo y convento de Balvanera, dando para ella crecidas limosnas; reparó a su costa la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe y fundó en la villa de ese nombre una casa para que se albergasen los que iban en romería.

17 Guijo. —Diario de sucesos notables desde 1648 hasta 1664.


Ilmo. Sr. Dr. D. Francisco Verdugo Cabrera1

(1636 Nombrado)

Nació en Carmona (España) el 25 de julio de 1561. Estudió en Granada y aprendió leyes en Sevilla. Se ordenó sacerdote aún siendo estudiante y poco tiempo después fue designado Fiscal de Murcia y, eventualmente, de Lima. En 1623, el Sr. Verdugo fue electo Obispo de Guamanga, Perú. Tan pronto tomó posesión de cargo se dedicó a reformar las costumbres de todas las clases, pero en especial las que tenían que ver con la Iglesia.

En Perú, fundó un colegio, celebró un sínodo y formó varias constituciones sinodales. Dedicó mucho tiempo al trabajo en el hospital de Guamanga velando que los indios fueran tratados con caridad. Poco antes de su muerte, en 1636, el rey Felipe IV lo presentó como arzobispo de México, electo para suceder a Manso y Zúñiga. El Sr. Arzobispo D. Francisco Verdugo, no llegó a tomar posesión de la Arquidiócesis de México.

Desde el Maestro Gil González Dávila, cronista mayor de las Indias y de las dos Castillas, que fue el primer biógrafo de los prelados de la Iglesia mexicana,2 hasta los más recientes compiladores de noticias cronológicas, no hay uno que no mencione al Illmo. SR. D. FRANCISCO VERDUGO, como arzobispo electo para suceder al Sr. Manso y Zúñiga, de quien acabamos de hablar, aunque no llegó a tomar posesión ele su elevado encargo. La falta del retrato del SR. D. FRANCISCO VERDUGO en la galería de la Catedral de México, no es, a nuestro juicio, una razón que pudiera justificarnos si fundándonos en ella quisiésemos omitir la biografía de aquel prelado, puesto que en su lugar ofrecimos la del Sr. Bonilla que no llegó a tomar posesión de su archí-diócesis y cuyo retrato existe, seguramente propia, como deán é inquisidor que fue en México, pudo su sucesor colocarlo en la galería citada, mientras que no fue dado hacer lo mismo tratándose del SR. D. FRANCISCO VERDUGO, que vivió y murió siempre distante de la Nueva España.

Nació en la ciudad de Carmona, el día 25 de Julio de 1561, de padres que lo fueron D. Alonso de Rueda Verdugo y Doña Juana de Cabrera Barba. En Granada aprendió gramática y buenas letras, y de allí pasó a Sevilla y fue alumno del colegio de Maese Rodrigo, cursando cánones y leyes. Obtuvo en la Universidad la cátedra de Prima de Cánones. Siendo colegial aún, se ordenó de sacerdote y fue en seguida abogado de la Inquisición de Sevilla, fiscal ele la de Murcia durante cinco años, y después, de la de Lima que entró a servir en 1601 y en la que permaneció hasta 1623 en que fue electo obispo de Guamanga (Perú).

Apenas se hizo cargo de su diócesis, emprendió con afán la reforma de las costumbres en todas las clases y estados, particularmente en el eclesiástico. Para lograr esa reforma, y considerando que la ilustración es la base principal de las buenas costumbres, fundó un colegio bajo la advocación de San Francisco; celebró un Sínodo y en él formó Constitución-mes sinodales, y por último dio los alumnos del colegio de San Francisco, la beca del de Maese Rodrigo e hizo las Constituciones del mismo plantel.

El hospital de Guamanga le debió particular consagración. El SR. D. FRANCISCO VERDUGO velaba por que los indios fuesen curados con caridad y diligencia. Humilde en extremo, el SR. D. FRANCISCO VERDUGO no aceptó ninguna de las mitras que en virtud de sus merecimientos se le ofrecieron en España, y admitió la de Guamanga porque juzgó poder en ella ser más útil que en cualquiera otra, procurando la instrucción de los indios del Nuevo Mundo. Y así fue en efecto. Cinco veces visitó su obispado repartiendo crecidas limosnas, confirmando a infinidad de indígenas y dejando en todas partes recuerdos gratos e imperecederos. Por súplica del obispo del Cuzco pasó a aquella diócesis y confirmó a gran número de indios aimaras.

Uno de sus biógrafos dice: "De sus muchas limosnas y modo de vida en lo espiritual y temporal se podría escribir, para ejemplo de los prelados, una historia muy cumplida;"y en otro lugar agrega: "Todo lo que valía su obispado, se ocupaba en beneficio y consuelo de sus indios, en el adorno y reparo de sus iglesias y en dar muy grandes limosnas; con que nunca hubo lugar para enviar o, España ninguna cosa de tanto precioso como en aquél Nuevo Mundo hay.

Visitaba por quinta vez su obispado el SR. D. FRANCISCO VERDUGO, electo ya arzobispo de México, más sin recibir sus bulas,4 cuando le atacó en el pueblo de Dulcamara (20 de Julio de 1636) la enfermedad que en breve le condujo al sepulcro. El día 6 de Agosto del año acabado de citar, falleció el Illmo. SR. D. FRANCISCO VERDUGO a los setenta y cinco de su edad,5 y en medio del pesar de sus diocesanos que miraban en él no sólo a su pastor sino a un maestro docto y a un padre bondadoso.

Al hacerse cargo del obispado de Guamanga, había repartido cincuenta mil pesos en limosnas; y cuando vio cercana la muerte, dividió en tres partes sus bienes: una para las Órdenes religiosas, otra para obtener una renta destinada a los predicadores dominicales de los indios, y otra para sus deudos pobres; reservando una pequeña cantidad para sufragios por su alma.

Tal es, brevemente relatada, la historia ele la vida del Illmo. SR. D. FRANCISCO VERDUGO, a quien el monarca español había presentado para noveno arzobispo de México En ella se ve que nuestra Iglesia perdió con la muerte de aquel virtuoso sacerdote, la oportunidad de ser gobernada una vez más con el acierto de que sus antecesores habían dado tan elocuentes pruebas.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 73-74.

2 La galería o serie de arzobispos de México por Gil González Dávila en su obra tantas veces citada, solo comprendo doce de aquellos personajes, pues fue publicada en 1649, en cuyo año gobernaba la Metropolitana el Illmo. Sr. Mañozca.

3 Ibíd. Teatro eclesiástico de México, pág. 62.

4 Según Beaumont el 18 de noviembre de 1632 fue electo arzobispo el Sr. Verdugo, pero hay un error manifiesto. En tal aseveración. Pues en ese año residía aun en México el Sr manso y Zúñiga.

5 Gil Gonzales es quien asienta esta edad, Betancourt dice que de ochenta años murió el Sr. Verdugo a pesar de que el primero de estos autores incurre muchas veces en errores y contradicciones, adoptamos su opinión en este caso. fundándonos en que debe suponérsele mejor informado pues en su obra citada en la nota 1ª señala hasta el día del nacimiento del arzobispo.


9. El Ilmo. Sr. D. Feliciano de Vega y Padilla

(1639 - 1639)

Antes que él fue electo Francisco Verdugo, que era obispo de Huamanga: murió antes de recibir cédulas y bulas.

  • Trasladado: 13 septiembre 16381
  • Palio: 11 octubre 1638
  • Posesión por poder: 5 enero 16392
  • Muerto: enero 16393

1 Era obispo de la Paz.
2 Al chantre Diego Guevara, al que le remitió reales cédulas y bulas.
3 Murió en el camino de Acapulco en un pueblo llamado Mazatlán. Sosa, op. cit. Se declaró sede vacante el 11 de enero. Bravo Ugarte, op. cit. En julio de 1642 se mandaron traer los restos que estaban sepultados en el pueblo de Tixtla, Acta de cabildo, vol. 10, f. 172.

Natural de la Ciudad de Lima en el Perú. Catedrático de Prima de Cánones, jubilado Canónigo y Chance de su Iglesia Provisor, Gobernador, Obispo de Popayán y Verapaz. Presentado para Arzobispo de México el 9 de marzo del año de 1638.

Murió en el camino de Acapulco a México, en Mazatlán, por fines de diciembre del año de 1640 y se depositó su cuerpo en Tixtla y después del segundo mes fue traído a México corrupto y en él está sepultado.

En la Santa Iglesia fue grande letrado, pronunció en su Provisorato más de 4,000 sentencias sin que ninguna se le revocase. Fue celebrado en sus facultades y llegaron a tiempo aún viviendo a sustituirlo en Estrados. Dejó en Lima memorias grandes que eternizan su nombre con campanas y obras pías.

OTRA vez la Iglesia mexicana vio desvanecerse las esperanzas que le hiciera concebir la acertada elección del soberano para llenar la vacante producida por la traslación del Sr  Manso y Zúñiga al arzobispado de Cartagena. Acabamos de ver cómo la muerte sorprendió al Sr. Verdugo antes de recibir sus bulas, y ahora tenemos que lamentar el fallecimiento de su sucesor, al pisar, puede decirse, las playas de nuestra patria; fallecimiento sensible porque el SR. D. FELICIANO DE LA VEGA reunía, como comprenderá cualquiera al leer su biografía, dotes que auguraban una era de paz, de ilustración y de moralidad en la arquídiócesis de México.

Tuvo por patria la ciudad de Lima, y por padres á D. Francisco Vega y a Doña Feliciano de Padilla. Fue el primer americano electo arzobispo de México. Aseguran sus biógrafos que el SR. D. FELICIANO DE LA VEGA fue uno ele los más felices ingenios que ha producido el Perú, y que su ciencia igualaba a su talento. A la edad de diez y ocho años, según su propio testimonio, entró a la Universidad de Lima, en la que llegó a ser, más tarde, catedrático de Prima de Cánones, jubilado; cuyo cargo volvió a desempeñar  a instancias del virrey y por petición del claustro de aquella Universidad, habiendo formado numerosos discípulos que fueron honra de ella y de su maestro, y que brillaron en su patria y también en la Nueva España algunos de ellos.

Sus virtudes y su ciencia le granjearon los puestos más honoríficos en su iglesia patria: fue en ella sucesivamente, canónigo, chantre, provisor del arzobispo Sr. Lobo Guerrero  gobernador del arzobispado por D. Fernando Arias Ugarte, comisario de la Santa Cruzada y consultor de la Inquisición y de los virreyes, en los negocios más arduos. Fue presentado en 1628 para obispo de Popayán, y antes de recibir sus bulas visitó su extensa diócesis, llegando a los lugares a que ninguno de sus antecesores alcanzó llegar por la aspereza del terreno. En esa visita convirtió y bautizó a gran número de indios, que yacían aún en la barbarie, repartió crecidas limosnas, donó ornamentos a las iglesias pobres, y Adornó la catedral de Popayán con altares y retablos, y fundó en ella memorias y festividades, empleando en esas obras cerca de treinta mil pesos de sus propias rentas. Una vez recibidas sus bulas, fue consagrado en la iglesia arzobispal de Lima, por el arzobispo D. Fernando Arias de Ugarte.

No fueron escasas las fundaciones que hizo: cítense entre ellas dos cátedras, una de Gramática y otra de Teología en la Universidad de Lima. Como escritor, débesela una obra intitulada Relaciones Canónicas, para cuya impresión obtuvo la licencia correspondiente el 25 de Noviembre de 1632; obra estimada de propios y extraños, por su mucha erudición. De la sede de Popayán fue promovido para el obispado de la Paz el 9 de Marzo de1639 por muerte de D. Pedro de Valencia, y pocos días después (29 del mismo mes y año) para el arzobispado de México.

Al venir a ocupar el puesto para el que había sido designado el SR. D. FELICIANO DE LA VEGA, trajo consigo una cuantiosa fortuna heredada y adquirida. Desembarcó en Acapulco el día 5 de Diciembre de 1640, y al punto hizo saber al Cabildo de México su llegada, enviando poder para que en su nombre tomase posesión de la Sede D. Diego de Guevara, arzobispo electo de Santo Domingo. El clima de Acapulco hirió mortalmente al ilustre prelado, que apenas pudo llegar al pueblecillo de Mazatlán,2 en donde sucumbió con tal prontitud que no pudo hacer disposición alguna espiritual, ni mucho menos ordenar la inversión que debía darse a los ochocientos mil pesos en oro que traía.3 Su cadáver fue conducido a Tixtla, en donde permaneció sepultado cerca de dos años, y de donde fue trasladado a la Catedral de México por el Sr. Palafox, quien dispuso suntuoso servicio fúnebre en honra de su antecesor.

Entre los muchos y muy cumplidos elogios que se han escrito del SR. D. FELICIANO DE LA VEGA, merece especial recordación el contenido en un memorial escrito por el Padre Fr. Buenaventura de Salinas, del Orden de San Francisco, en que dice que en el tiempo que fue provisor de Lima el SR. D. FELICIANO DE LA VEGA dio cuatro mil sentencias y ninguna se revocó. ¡Lástima grande que quien atesoraba tanta virtud y ciencia, y un caudal probablemente destinado a piadosos fines, hubiese muerto antes de ejercitar en nuestra patria el bien que de él se esperaba! derramó por todas partes beneficios sin cuento.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 75-76.

2 No debe confundirse este pueblo del Estado de Guerrero, con el puerto del mismo nombre en Sinaloa.

3 Es curiosa la frase de Gil González Dávila, al hablar de esta enorme suma. Dice: "800,000 pesos que murieron como su dueño, muy á prisa."—Esta gruesa suma suscitó una competencia entre el Sr. Palafox y el virrey marqués de Villena. Cada uno de ellos pretendía deber recogerla. Cedió el Sr. Palafox y no se sabe a pur.to fijo qué se hizo de ella, pues por más investigaciones que hemos hecho solo hemos podido hallar que el Dr. Melchor de Torreblanca, fiscal del crimen en aquella época, fue el comisionado por el marqués de Villena para recogerla. El Dr. Torreblanca debió conducirse mal, puesto que el Sr. Palafox le tuvo suspenso en su empleo durante cinco años y retirado en Tacuba, hasta que en Mayo de 1650 la flota que vino de España trajo noticia de que el consejo de Indias le había privado de su plaza por todos los días de su vida, le desterraba del Nuevo Mundo, y por diez años de la corte, condenándolo también al pago de quince mil ducados.


Beato D. Juan de Palafox y Mendoza

(1642 Nombrado - 1649)

Fue virrey de la Nueva España del 10 de junio al 23 de noviembre de 1642.

  • Posesión del gobierno: 9 junio 1642
  • Término del gobierno: 13 noviembre 16431

1 Palafox tomó posesión del gobierno del arzobispado de México como arzobispo electo y ése fue el trato que recibió siempre; sin embargo, éste escribió al rey para renunciar a dicho arzobispado, cosa de la que se enteró el cabildo por terceras personas hacia agosto de 1643. El 1 de septiembre el racionero Agustín Barona pidió se hiciera una “quexa amorosa” a Palafox por no haber aceptado la mitra de México, propuesta que se desechó. Sin embargo, el racionero Juan de la Porta Cortés sí estaba francamente ofendido y lo hizo saber al cabildo el 4 de septiembre y pidió se declarara la sede vacante en vista de haber cesado la voluntad de Palafox en el gobierno del arzobispado.  Las sesiones de cabildo de ese mes y del siguiente se tornaron candentes al grado de intervenir la Inquisición.  Finalmente, el 13 de octubre el cabildo decidió seguir obedeciendo a Palafox en virtud de que el rey no había determinado cosa contraria. El 6 de noviembre llegó nueva de haber renunciado Palafox y haber sido elegido Juan de Mañozca. El 13 de noviembre el cabildo recibió carta de Palafox, después de un largo silencio, donde declaró: “… y ahora se servirá de ver vuestra señoría quan effficaces fueron las razones que a su magestad propusse en mi renunciación por no atreverme a governar un cavildo donde concurren tantos y tan graves capitulares, llenos de virtudes, méritos, calidad y erudición que pueden y tienen derecho a governarme a mí”. Actas de cabildo, vol. 10, ff. 260-286 v.

Obispo de La Puebla, Méjico, nacido en Fitero, Navarra (España) el 24 de junio de 1600 y muerto en el pueblo soriano de Osma (España) el 1 de octubre de 1659. Hijo de Jaime Palafox y Mendoza, marqués de Ariza. Después de estudiar en la Universidad de Salamanca fue nombrado para el Consejo de Guerra y de la Indias en la corte de Madrid. En 1629 renunció a esta dignidad y fue ordenado sacerdote. Acompañó a la princesa María, como limosnero, a Alemania y al volver fue consagrado obispo de Puebla, el 27 de diciembre de 1839, y nombrado Visitador General de Méjico, a donde llegó en junio de 1640. Pronto entró en conflicto con los franciscanos, dominicos y agustinos cuyos grandes privilegios y exenciones le parecían usurpaciones de su jurisdicción episcopal.

En mayo de 1642 recibió un consejo secreto de Madrid para que se encargara temporalmente del gobierno en lugar del virrey Villena, acusado de corrupción y de tener simpatías secretas con los portugueses rebeldes de Nueva España. Al mismo tiempo fue nombrado arzobispo de Méjico. Desde el 10 de junio al 23 de noviembre de 1642 actuó como virrey, peor no aceptó la dignidad de arzobispo. 

Durante su virreinato de cinco meses, corrigió muchos abusos financieros, hizo nuevos estatutos para la universidad de Méjico y luchó contra la idolatría de los aborígenes, destruyendo muchos ídolos aztecas y otras antigüedades paganas coleccionadas por los virreyes anteriores.

En 1647 comenzó su conflicto con los jesuitas. Por las numerosas exenciones y privilegios que los misioneros jesuitas habían tenido en Méjico desde el principio del siglo diecisiete y que en opinión de Palafox, minaban la autoridad episcopal. En una carta a Inocencio X fechada el 25 de mayo de 1647, denunciaba el uso que los jesuitas hacían de los privilegios y pedía remedio al papa. El papa contestó con un breve datado el 18 de mayo de 1648 en el que apoya al obispo en todas los puntos de jurisdicción en disputa, pero le exhorta a se más amable y moderado hacia los jesuitas. Se le atribuye una segunda carta al papa Inocencio X, del 8 de enero de 1649, más amarga que la anterior, pero probablemente sea una falsificación hecho por enemigos de los jesuitas que es rechaza por Palafox en una defensa de sus actos que dirigió a Felipe IV de España en 1652. En mayo de 1649 Palafox salió rumbo a España. El 27 de mayo de 1653 Inocencio X emitió un nuevo Breve en le que confirmaba su decisión previa a favor de Palafox. El obispo fue transferido a la diócesis de Osma, en España el 24 de noviembre de 1652. El resto de su vida lo pasó trabajando con su acostumbrado celo por el bien espiritual de los suyos que le reverenciaban y honraban como un santo.

El proceso de canonización comenzó en 1726 bajo Benedicto XIII y siguió durante los pontificados de Benedicto XIV Clemente XIII, Clemente XIV y Pío VI. En la sesión del 28 de febrero de 1777, 26 votos contra uno estuvieron a favor de la beatificación, pero Pío VI suspendió la decisión final. En 2008 se vuelve a reactivar.

Su obra, que consiste principalmente en tratados ascéticos, pastorales e históricos en español, publicados en Madrid 1762 en quince volúmenes. 

Storia della vita del venerable monsignore Don Giovanni di Palafox e Mendoza, vescovo d'Angelopoli e poi d'Osma I, II (Florence, 1773); ROSENDE, Vida y virtudes de D. Juan de Palafox y Mendoza (Madrid, 1666); DINOUART, Vie de Juan de Palafox (Cologne, 1767), anti-jesuitical; BANCROFT, History of Mexico III (San Francisco, 1883), 98-134; Eguren, Palafox y los Jesuitas (Madrid, 1878). Ott, Michael. (1911). Traducido por Pedro Royo. Dedicado a Magdalena Zalamea (N del T:) Palafox, defendió a los aborígenes y tradujo el catecismo al nahuatl. Convirtió a Puebla en una importante referencia de la música ,que fomentó, y a donde acudió el compositor Juan Gutiérrez de Padilla. Construyó colegios para niños y niñas y reunió la extraordinaria y maravillosa biblioteca Palafoxiana, declarada memoria de la humanidad, que fue la primera biblioteca pública. Nada mejor que citar las palabras de Palafox: “Reservamos a honra y gloria de Dios nuestro señor muy útil y conveniente hubiese en esta ciudad y reino una biblioteca pública, en donde todo género de personas puedan estudiar como les convenga”.

El largo proceso de beatificación, que comenzó al descubrirse su cuerpo incorrupto,en 1726, ha sido reactivado por el vaticano en 2008 

Enciclopedia Católica


10. El Ilmo. Sr. D. Juan de Mañozca y Zamora

(1643 - 1650)

  • Presentado: 14 julio 1643
  • Confirmado: 16 noviembre 1643
  • Palio: 14 diciembre 1643
  • Posesión por poder: 23 enero 1645
  • Consagración: 24 febrero 1645
  • Muerto: 12 diciembre 1650

Natural de Marquina en Vizcaya. Se creó en México en casa de don Pedro de Mañozca, su tío. Pasó a España, estudió en Salamanca y en ella fue Colegial de San Bartolomé, y licenciado en Cánones. Primer Inquisidor de Cartagena, pasó a ser de Lima, y de allí, al Consejo Supremo de la Santa Inquisición; fue Presidente de la Real Cancillería de Granada, y el 14 de junio de 1643 presentado por Arzobispo de México.

Le consagró el Illmo. y Excmo. Sr. D. Juan de Palafox y Mendoza, Obispo de Puebla en esta Santa Iglesia. Salió luego a la visita y confirmo más de 320,000 personas. Fue pacífico y piadoso, prelado caritativo con sus ovejas, defensor de la Fe. Murió el año de 1650. Está sepultado en esta Santa Iglesia.

Promovido a Cartagena el Sr. Manso y Zúñiga en 1632, para poner término a las cuestiones suscitadas entre él y el marqués de Serrallo, la Iglesia mexicana estuvo durante once años en sede vacante puede decirse; pues aunque Felipe IV se apresuró a presentar al Sr. Verdugo para este arzobispado, no llegó a venir, según liemos visto. Al Sr. Verdugo sucedió el Sr. de la Vega, a quien la muerte sorprendió en el camino de Acapulco, y al Sr. de la Vega, el Sr. Palafox y Mendoza, que aunque gobernó la archí-diócesis no quiso abandonar la mitra de Puebla por la de México y renunció esta última. La renuncia del Sr. Palafox determinó al soberano a presentar para prelado de México

Al SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA, presidente de Chancillería de Granada y que había desempeñado con aplauso otros puestos de importancia Nació en la villa de Marquina de la provincia de Vizcaya, y fueron sus padres Domingo de Zamora y Catalina Mañozca.2 Ni Gil González de Ávila, ni Betancourt, ni la inscripción puesta al pie de su retrato señalan la fecha del nacimiento del SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA; pero es muy probable que hubiese sido por los años de 1580 a 1583, pues el primero de los autores acabados de citar, dice que SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA tomó el hábito el día 6 de Octubre de 1607, y este acto no pudo haberse verificado sino cuando contaba diez y siete o veinte años el personaje de quien nos ocupamos. Le trajo a México en su tierna edad su tío D. Pedro de Mañozca, secretario de la Inquisición, y le hizo emprender la carrera literaria en el real colegio de San Ildefonso. Habiendo recibido el grado de bachiller en Arte, regresó a España para estudiar jurisprudencia en la célebre Universidad de Salamanca. En ella fue colegial de San Bartolomé, y tomó el hábito en 1607 como ya queda dicho, graduándose después de licenciado en Cánones.

Felipe II le nombró para que pasase á establecer en Cartagena el Tribunal del Santo Oficio Como primer inquisidor, trasladándole después a Lima3 con igual carácter y de esta ciudad fue llamado en 1640 para ocupar el puesto en la suprema como se llamaba al tribunal de la corte. Dos años después fue presidente de la cancillería de Granada hasta que el monarca español le presentó para arzobispo de México el 14 de Junio de 1643. Haciendo el juramento de fe de manos de  D. Martin Carrillo, arzobispo de granada.

Acaso por la necesidad de dejar en perfecta o arreglo asuntos  de la cancillería de que era presidente e ir a otras causas que ignoramos, ello es que el SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA no vino inmediatamente era a tomar posesión de su arzobispado, sino dos años después de su elección. El día 24 de febrero de 1645 le consagró en la catedral de México el Sr Palafox con asistencia del obispo de la nueva Segovia. Desde los primeros días de su gobierno dio pruebas de su celo pastoral y puso vivísimo empeño  en la conclusión de la Catedral.

Comprendió el nuevo prelado que era necesaria una visita de su archidiócesis, no solo porque a todo pastor le encomendaba  esa tarea sino también porque habían transcurrido muchos a verificarla. Dio principio a ella el ya 24 de enero de 1646 y duro hasta el último día de mayo del mismo año. Sesenta y ocho fueron las poblaciones por el visitadas y en las que el repartió abundantes limosnas, pues virtud esclarecida entre las que le adornaban era la caridad. En memorial de esta visita dice el SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA que estando en pueblo de Malinalco (estado de México) el día 13 de abril hubo un temblor de tierra tan grande que solas se tocaron las campanas de la iglesia y convento que dar mucho repitiendo, dos veces en la noche aunque con menor fuerza, también consta en ese memorial que antes de salir de México el Sr. Mañoca de acabada la Catedral habiendo el contraído una deuda de doce mil pesos.

Tal era la consagración del SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA a ejercicio de su ministerio, que en periodo  corrido desde que romo posesión en 1645 hasta mayo de 1647, en solas treinta leguas confirmo a setenta y dos mil quinientas setenta y cinco personas, celo que Felipe IV elogio cumplidamente y por el cual le dio las gracias en carta fechada en Madrid, a 4 de octubre de 1648, Antes el 7 de marzo tuvo lugar la dedicación del hermoso templo de la encarnación fabricado por , Álvaro de lorenzana y cuya primera piedra se pido el 18 de diciembre de 1639.

Piadoso y pacífico de todos muy amado dice Betancourt que fue el SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA defensor de la de la fe y muy caritativa con sus ovejas.4 Incompletas y casi informes como son las motivos que existen de aquella época, pues no tan solo existe un diario de sucesos notables para saber lo que entonces ocurría en la Nueva España. No podemos seguir paso a paso al duodécimo prelado de esta Iglesia, sino que tenemos que reducirnos a apuntas por principales acontecimientos en que tomo participación, agitaban se entonces las cuestiones entre el obispo de Pueblas y los jesuitas de la ciudad. Ya hemos indicaren en otro lugar que le prestigio de los contenidos dio coalición a que se formasen dos partidos, afiliándose en cada uno de ellos las personas más prominentes del virreinato. El SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA figuraba en aquel que era contrario a Sr. Palafox, por cuyo motivo fue reprendido en cedula que llego a México el 30 de abril de 16485. Esta reprensión no hizo variar de conducta al arzobispo, sino que, por el contrario le indujo a tomar providencias más enérgicas que las había dictado hasta allí cerca de los sucesos que tenía lugar en Puebla y que afectaban también a la sociedad mexicana.

Así vemos que el 18 de mayo desterró para Orizaba al fiscal del a inquisición Dr. D. Antonio de Gaviola, por que pidió que aquel tribunal de que era visitador a la sazón el SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA, pusiese término a las cuestiones de que hemos hecho referencia y vemos que destituyo de su ollaza de abogado del santo oficio a Orejón  y suspendió al Lic. Nicolás de Escobar, abogado de la Real Audiencia y sustituto del Sr. Palafox en la visita de ella.

La actitud del SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA dio lugar a nuevos conflictos, habiendo venido a México el Sr. D. Bartolomé de la cerda y Benavides, obispo de Oaxaca, a ciertas averiguaciones contra uno de los inquisidores fue visitado por todo el reino  y también por el arzobispo y pidió el auxilio real contra él, el fiscal Gaviola vino de su destierro a conferenciar con tablilla de los excomulgados, por inobedientes a sus mandatos, retrajese Gaviola en el c invento de San Sebastián, en donde se entraban cuando se presentó a prenderle D. Fernando de Gaitán presbítero fiscal del arzobispo. Eran las once de la mañana  y armo la plebe un gran tumulto en defensa del fiscal que para prevenir estragos tuvo que presentar ese en el liar del desorden tropa y sargento mayor. La Real Audiencia mandó al fiscal que saliese para Tepotzotlán, hasta que el consejo supremo de la inquisición determinase y así dio fin al tumulto.

El 8 de diciembre de ese mismo año de 1648 se abrió culto en la catedral de plateros con una fiesta que duro ocho días, celoso el arzobispo de la instrucción religiosa del pueblo, dio orden el 26 de febrero de 1649 para que todos los padres de familia enviasen a sus criados y esclavos a las dos de la tarde, a la iglesia de la encarnación, para que el instruyese, les predicase el P. Andrés Pérez prepósito de la profesa, según la costumbre establecida por el Sr. Palafox.

La inquilino que hasta aquella época no había llamado frecuentemente la atención pública, desplego su poder con verdadero ardor y entonces se celebraron algunos de los autos más notables que se registraron en la historia de aquel tribunal de nuestra patria. Conocidas las ideas del autor de esta obra acerca de esa institución y buen determinado el carácter de sus estudios biográficos ñadi extrañara que omita aquí las reflexiones que podía a hacer al tratar este punto que por otra parte ha sido suficientemente discutido por personas de reconocida aptitud, Además acordes están los autores de la calificación del SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA a quien llaman piadoso y benigno para que juzguemos necesario defenderle de las inculpaciones que podrían hacérsele porque durante su gobierno pastoral se verificaron algunos autos de fe, que concurrió a ellos es un hecho fuera de toda duda, pero no es menos que esta fue la una participación que tomo en los mismos. Así pues nuestro ánimo al describir uno de esos autos no es otro sino l de recoger en este ligar un episodio histórico que servirá para imprimir cierto interés a esta obra como otros que hemos narrado ya.

Dejemos hacer a un testigo presencial, la descripción de aquellas ceremonias. Sábado 10 de abril , entre las cuatro y cinco de la tarde salió del convento de Santo Domingo, la procesión del auto de fe, acompañaron la, todas las religiones sin espetar alguna, todos en tropa, y saco el estandarte el conde de Calimaya, llevara las borlas un sobrino del Señor arzobispo, caballero de la orden de Calatrava y D. Cristóbal de Bonilla, alguacil mayor de la corte, acompañaron al dicho conde todos los caballeros de habito, de la nobleza del reino con toda gala bizarría y tras ellos iban los familiares, así eclesiásticos como seglar, y luego seguía la orden de santo domingo, a comer con luces en las manos y remataba el prior de esta casa d emético coque llevaba una cruz verde con su sabana  de tafetán negro y tras el venían todos los ministros de tribunal con yoda gala y bizarría, vinieron por la placeta de dicho convento y por la delantera de la iglesia nueva d ella encarnación a dar a la calle del reloj , vía recta por la delantera de palacio hasta llegar al tablado, que se hizo arrimado al colegio de Porta-Coeli; y llegados a él, puso la cruz sobre el altar que hacia rostro a la crujía, donde estaban encendidas seis velas de a libra y cuatro cirios de cera blanca, y plantaron el estandarte al lado de la Epístola: despidiéronse las religiones y caballeros, y quedose la religión de Santo Domingo velando la cruz por sus turnos, los cuales rezaron allí a la media noche sus maitines, y a las tres de la mañana empezaron a decir misa rezada en el dicho altar, y las fueron diciendo hasta romper el día y a su hora dijeron prima.

Domingo siguiente y toda la noche ocupó mucha gente el tablado y durmieron en él, y en los aposentos que cada uno de aquellos a quienes se repartió hicieron sus costa, con escaleras levadizas, puertas y llaves. Dicho día, antes de las seis de la mañana empezaron a salir los penitenciados de la casa de la inquisición, y vinieron por las calles que vino la procesión, por dentro de un palenque que estaba formado de morillos, desde dicha casa hasta llegar al tablado, y dentro de él estaban repartidas cinco compañías de soldados las cuatro del batallón y la una que estaba para hacer gente para la flota y presidio de la Veracruz; estaban con sus arcabuces, pólvora y mecha encendida y disparaban, a sus tiempos, con lo cual no ocupó gente alguna el hueco del palenque, sino tan solamente la infantería y penitenciados. Primeramente sesenta y seis estatuas de hombres y mujeres que habían muerto en la secta de Moisés, las cuales traían indios de los pueblos circunvecinos, y detrás  de algunas estatuas traían otros individuos cargados los huesos de algunos, en sus ataúdes, cerradas con llave, pintadas de color parda y negra, y con cada una estatua venían dos padrinos españoles republicanos; luego se siguieron trece personas vivas, que quemaron, las ocho mujeres y los cinco hombres: entre ellos fueron el capitán Antonio Vez Castelo blanco, hermano de Simón Vaez Sevilla, penitenciado en este auto; Duarte de León, mercader y vecino de esta ciudad; Tomas Temiño de Campo, asimismo mercader y vecino de esta ciudad en ella y con hijos que habían sido y eran al presente penitenciados; la mujer de Luis Fernández Tristán, hombre poderoso, vecino de esta ciudad, relajado en estatua y quemado entre las referidas, y otras deudas muy cercanas de la mujer de Simón Vaez. Luego se siguieron veintisiete personas entre hombres y mujeres entre ellos el dicho Simón Vaez y su mujer doña Juana Enríquez, Matías R. de Olivera, Sebastián Vaez de Acevedo, cuñado del Dr. D. Antonio de Esquivel Castañeda, racionero actual de santa iglesia catedral, y los demás eran conocidos en este reino, y asimismo entre ellos trajeron dos estatuas de hombre y mujer que murieron con arrepentimiento; tras de todos los referidos venían las tres cruces de las dos parroquias Santa Veracruz y Santa Catarina Mártir y Sagrario de la catedral, con toda la clerecía de ellas, y los curas y propietarios todos con  sobrepellices, y traían tres clérigos en las manos tres cruces pequeñas, y otros tres misales y tres ceremoniales, y tras ellos venían los. Familiares y seglares con sus varas negras á coros, y luego se seguía un caballo enjaezado, y sobre él un baulito, y dentro las causas de los referidos, cubierto con un lienzo de tafetán carmesí; y traían de diestro al caballo dos personas, y le guardaban por un lado y otro alabarderos, y luego se seguía el alguacil mayor. El tribunal y notario público dela caballo costosamente aderezados.

Subieron a los referidos por la escalera principal, que estaba hecha para el propósito, que miraba para la real Universidad, y los sentaron en la naranja que caía al Oriente, y se contiene de catorce gradas de alto y remataba con un chapitel costoso. Ínterin que venían los penitenciados, salieron del tribunal de la inquisición todos los tribunales, real Universidad con capirotes, y regidores, alcaldes ordinarios y D. Gerónimo de Bañuelos su corregidor, y luego se seguían el fiscal del tribunal D. Antonio de Gaviola con el estandarte de la fe, y a su lado el Lic. D. Bernabé de la Iguera y Amarilla, inquisidor más moderno, y luego el Ilmo. SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA, arzobispo de esta ciudad, como visitador general de dicho tribunal, y a su lado derecho el Dr. Francisco de Estrada y Escobedo, inquisidor más antiguo, y al izquierdo el Dr. D. Juan de Mañosea, segundo inquisidor, y luego se seguía la familia ele los unos y otros. Vinieron por vía recta por la calle de Santo Domingo, plaza de la ciudad, calle de San Agustín y volvieron por ella, por la que llaman de Millán hasta la puerta de los caballos del colegio de Porta-Coeli, donde se apearon, y subieron al convento y por las ventanas de una celda que miraba al tablado, y estaba hecho con tal disposición y en tal altura, que servían de puertas para salir y entrar: fue su llegada a tiempo que así el tribunal como los penitenciados se sentaron todos en su lugar a un tiempo.

Era el frontispicio del sitial del tribunal muy grande y capaz, y estaba de suerte que hacia rostro a las casas reales, y se sentaron debajo del dosel, con mesa delante, los dichos señores inquisidores y fiscal, presidiéndoles el señor arzobispo, y luego tomaron todas las religiones sus lugares y el suyo el corregidor, alcaldes ordinarios, regidores, consulado y Universidad, y a la mano derecha del tribunal el cabildo de la Iglesia: no asistió ningún  tribunal real ni audiencia por estar in articulo mortis el señor obispo gobernando, y aunque el dicho día sábado pretendió la real audiencia presidir en nombre de S. M. y despacharon carta a los inquisidores para ello, no tuvo efecto y así no asistieron. Acabado lo referido, promulgó el breve apostólico concedido a los circunstantes para que gozasen las gracias el secretario o notario público Eugenio de Saravia, y acabado de leer con el auto proveído por el tribunal, mandó que todos los circunstantes alzasen el dedo, y se ejecutó.

Y asimismo besasen la cruz, como se hizo, y pusieron la mano sobre los cuatro Evangelios, para cuyo efecto llevaban el Misal que refiero, y para ciar a besar las tres cruces pequeñas, y el primero que la besó fue el cabildo de la Iglesia, y luego todos los demás: acabado esto, tomaron lugar los curas y clérigos en las gradas que estaban en frente del tribunal, y luego tomó el suyo el alguacil mayor en el medio de la crujía, y el notario público en su mesa, desde donde iba repartiendo a los relatores las causas que leían en dos pulpitos que había en distancia igual: antes de empezar las causas predicó el Dr. Nicolás de la Torre, deán de la catedral, obispo electo de la Habana, y tomó por tema fac vobis, que es el Evangelio de dicha dominica in albis, y acabado, empezaron por Casteloblanco como maestro de su secta, y leída y notificada su causa, lo remitieron a la justicia ordinaria de la ciudad D. Gerónimo de Bañuelos corregidor de ella, y a su lugar teniente, para que usase de piedad y misericordia con él: declarároslo por excomulgado, sectita y anatematizado, y acabado este, recibieron en la crujía á Duarte de León, que asimismo remitieron a la justicia, y después de él a Tomas Temiño de Campos, que asimismo remitieron: estuvo muy rebelde y contumaz, y se puso a disputar con los religiosos de tocias órdenes, y no lo pudieran reducir, y cuando le daban a besar la santa Cruz, se enfurecía, de suerte que no parecía hombre, sino demonio, que obligó a echarle una mordaza.

"Luego se fueron siguiendo los demás, así mujeres como hombres, que remitieron al brazo seglar, y acabados los trece, se leyeron las causas de las sesenta y seis estatuas, breves y sumarias de dos en dos, que asimismo las remitieron al brazo seglar, y así acabadas las sentencias, que serían entre dos y tres de la tarde, los llevaron en procesión a la audiencia ordinaria del dicho corregidor, el cual tenía puesto su baldaquín, arrimado a los pilares de la ciudad, sobre un grande y alto tablado hecho en torno un palenque, y allí se hizo relación sumaria de las causas, y sentenció a muerte de fuego a las estatuas y demás personas vivas, y al dicho Tomas Temiño á que fuese quemado vivo por su rebeldía y contumacia y estar inconfeso y desatinado; y notificadas las sentencias, los subieron a caballo, y con una trompeta delante y guardas de soldados y justicia, y el alguacil mayor ele esta ciudad que era el ejecutor, llevaron las estatuas y justiciados por la calle de San Francisco hasta el tianguis de San Diego, y acompañaban a las personas que iban al suplicio los religiosos más graves y ‘doctos de todas las religiones, que con particulares lágrimas los exhortaban al arrepentimiento y morir conociendo a Dios, y donde trabajaron con todo fervor fue con el dicho Temiño: llegaron al brasero que tiene para este efecto el tribunal en el dicho tianguis, donde estaba cercado por las tres partes de Oriente, Poniente y Sur, de tablados hechos de madera de pie se alquilaron para verla ejecución de estos miserables: subiéronlos, y fuéronlos poniendo en sus maderos, donde les prendieron los brazos y garganta con sus argollas, y pusieron fuego a las estatuas, que por ser de caña prendieron con facilidad, y luego dieron garrote a los demás, y habiendo espirado, les arrimaron el fuego que prendió con facilidad, por ser vieja la ropa que llevaban vestida; y el Sambenito y corazón de cartón; y continuando en esta ejecución, tuvieron arrimado a su palo al dicho Tomas de Temiño, para ver si con el temor del fuego y ver abrasar a los demás, se reducía, a que le animaban los religiosos: estuvo mucho más rebelde que de antes, y considerándolo en tan miserable estado, se desarrimaron de él, y los indios y muchachos le pusieron fuego, que murió quemado vivo con ciertas primicias de su condenación, que dejó admirados a los presentes, y lo que más se pondera, es que los indios que le llevaban tirando la bestia en que iba a las ancas, le decían que creyese en Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, y otras exhortaciones tan ajustadas al servicio de su divina Majestad, que fue confusión de los españoles: dejó el corregidor guarda en el dicho brasero, y personas que cuidasen de revolver los huesos para que se consumiesen; duró toda la noche el fuego hasta el lunes a mediodía que llegó el corregidor, y con gente que llevó, juntando las cenizas, las hizo llevar en unos carretones y que se echasen en una acequia que pasa por detrás del convento de San Diego: remitidas las personas y estatuas al brazo seglar, continuaron con los que quedaron vivos, que fueron veintisiete, y aunque los quemados habían ele ser catorce, pidió la mujer de Duarte de León audiencia con misericordia estando en dicho tablado, y la retiraron de él para oiría; leyéronse las causas con toda brevedad, haciendo relación de ser bautizados y confirmados, sus nombres y oficios, sus padres y descendientes, su ley, ritos y ceremonias, y luego se pronunciaba la sentencia: con que a las ocho de la noche, poco antes, empezó la catedral a hacer señal de rogativa como lo había hecho el sábado a la hora de la procesión y mientras duró a las oraciones, el domingo a la hora que salieron de la catedral la cruz y clerecía, y al mediodía, y asimismo la hicieron todas las iglesias de la ciudad, y a esta hora llevaron a todos los penitenciados ante el tribunal, y puestos de rodillas fueron azotados con las varitas por los clérigos y curas de las parroquias, y fueron absueltos por su Ilma., y reconocieron con nuestra santa madre Iglesia católica romana, y acabado este acto repicaron en todas las iglesias, causando en los ánimos ele los fieles notable alegría y júbilo por verlos en aquel estado a los unos, y singular tristeza por considerar en el error que habían muerto los que se estaban quemando: volvéroslos á la inquisición con luces y guarda de soldados y padrinos, y el tribunal se recogió; velaron los soldados y rondaron el tablado todo este día con notable vigilancia.

Rematase la hechura del tablado por voz de pregonero en 7.000 pesos., en la persona que por más bajo precio lo hizo, y acabado, considerando el tribunal su grandeza, divisiones, portillos y pintura, le dio a la persona otros 1.000 psi. De mejoras, y licencia para que armasen tablados en su contorno para alquilar por sí, y se ejecutó. Rematase la vela de brin que cubría todo el tablado y estaba pendiente de muchos morillos, en 3.000 psi. Irísese el tablado y palenque del corregidor y el por donde los trajeron, a costa del tribunal; reparase el brasero del quemadero, que estaba ya casi destruido; a su costa sustentaron todos los que sacaron las estatuas y cargaron sus huesos, todo el tiempo que estuvieron en esta ciudad, hicieron socorros a los ministros para las galas que ese di asistieron  á los ministros para las galas que este día se vistieron.6

A este auto siguieron otros, en el mismo año, pero de escasa importancia, en cuanto a auge fue menor el número de las víctimas. El SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA, a quien hemos visto figurar entre los enemigos del obispo de Puebla, tuvo todavía oportunidad para hacer públicas sus ideas, pidiendo en Diciembre de 1650 al real acuerdo, que mandase quitar las armas nobiliarias que el Sr. Palafox puso en la Catedral de aquella ciudad, como en efecto se mandaron quitar. Además, en cuantas ocasiones se le ofrecieron se condujo con la misma severidad en lo relativo a aquellos ruidosos litigios, habiendo tenido el disgusto de que la Audiencia le negase el auxilio que solicitaba para restituir a los prebendados de aquella Catedral.

Fecundo fue el gobierno pastoral del SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA en sucesos, así por el cambio de virreyes, como por las continuas tramitaciones del litigio que podríamos llamar palafoxiano, y otros asuntos que no creemos necesario referir. Hay una noticia que no debe omitirse, siquiera sea porque se contrae a la honra concedida a un mexicano. El 4 de Setiembre de 1650 consagró el Sr. MAÑOZCA en la capilla de su casa arzobispal al Dr. D. Miguel de Poblete Casasola, chantre que era de la Iglesia de Puebla, que había sido electo arzobispo ele Manila, El mismo Sr. MAÑOZCA puso en las manos del Dr. Poblete el pálido, tres días después de haberle consagrado.

A poco, volviendo a su palacio de una visita al convento de Regina-Coeli sintiese herido de la aguda enfermedad que había de conducirle al sepulcro. Amaneció el 19 de Octubre y se comprendió la gravedad del mal; por lo que desde el 23 comenzaron en los templos a tocar rogativa. Inútiles fueron los esfuerzos de la ciencia: iba a sonar la última hora del duodécimo prelado de nuestra Iglesia, y en efecto sonó a las oraciones del 12 de Diciembre, después de haber gobernado seis años tres meses y veinticinco días.7

Luego que se supo su fallecimiento, acudió la real justicia e hizo el embargo ele sus bienes: doblaron en todos los templos, conventos y hospitales; el cabildo declaró sede vacante y fue puesto preso en un calabozo de la casa arzobispal el Lic. D. Fernando Gaitán, fiscal que era y consejero del SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA.8 Al día siguiente fue embalsamado el cadáver, y el viernes 16 a las cuatro eles la tarde tuvieron lugar los funerales según el ceremonial acostumbrado, terminando con dar sepultura al difunto prelado en la bóveda del altar de los Reyes.

En 15 de enero siguiente hizo la Catedral con toda solemnidad las honras fúnebres. Púsose un túmulo suntuoso; asistió el virrey, Audiencia, y todas las religiones, como asistieron también a la vigilia y misa que el 16 cantó el deán Dr. Nicolás de la Torre, obispo electo de la Habana, predicando el Dr. Poblete, arzobispo de Manila.

Desgraciadamente no hemos podido adquirir ninguno de los elogios fúnebres dichos en las honras del que acabamos de hablar. En ellos habríamos encontrado los rasgos más prominentes del carácter del personaje de quien acabamos de hablar, y con los que estos apuntamientos biográficos serían más completos y satisfarían tal vez al lector. Que el SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA poseía una instrucción sólida y un talento notable, bien lo comprueban dos epigramas latinos que compuso cuando ya su edad era muy avanzada, (1646) y que Beristaín inserta en los apuntamientos biográficos de este prelado.

El mismo bibliógrafo que acabo de citar, dice que el SR. D. JUAN DE MAÑOZCA Y ZAMORA escribió un Memorial al Rey y satisfacción a los 56 cargos sobre la visita de la Audiencia de Quito. Madrid 1640 en folio, y Oración fúnebre en las solemnes exequias que hizo México a la reina de España Doña Isabel de Borbón. México, 1645 en 4°.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 97-103.

2 No comprendemos el motivo que hubo para que el Sr. arzobispo de quien nos ocupamos hubiese llevado preferentemente su apellido materno, como lo había hecho uno de sus antecesores, el Sr. de la Serna.

3 Residiendo en esa ciudad el Sr. Mañozca, descubrió una conjuración que tramaron los portugueses en unión de los holandeses. Es muy probable que a este servicio prestado a la corona, hubiese debido la mitra de México.

4 Betancourt, Tratado de la ciudad de México. Cap. 4

5 Guijo, Diario de sucesos notables, que comprende los años de 1048 a 1604.

6 Guijo, o. cit. páginas 42 a 52.

7 Esta es la verdadera fecha del fallecimiento del Sr. MAÑOZCA, y no la que el pintor puso en la inscripción que está al pie del retrato del prelado objeto de la presente biografía; inscripción que respetamos como las anteriores, por los motivos ya expuestos. En la lápida sepulcral que actualmente sirve de tapa a la bóveda del altar de los Reyes consta esta fecha; también en el Diario de Guijo varias veces citado, y en la Vida del Sr. D. Alonso Cuecas Dédalos, que fue más tarde sucesor del Sr. MAÑOZCA en el arzobispado.

8 Más desgraciada suerte cupo al secretario del Sr. MAÑOZCA, Francisco Olabe, pues amaneció muerto dos días después de sepultado el cadáver del arzobispo.


11. El Ilmo. Sr. D. Marcelo López de Azcona

(1652 - 1653)

  • Presentado: 31 diciembre 1651
  • Confirmado: 29 abril 1652
  • Palio: 13 mayo 1652
  • Posesión por poder: 24 diciembre 16521
  • Muerto: 11 noviembre 16532

1 Al chantre Pedro Barrientos Lomelín, obispo electo de Guadiana.
2 Amaneció muerto, Actas de cabildo, vol. 11, ff. 296 v.-297.

Abad de Roncesvalles; Arzobispo de México en el año de 1653. Hombre docto, y celoso del bien de las almas, con las enfermedades de la navegación del mar, se juntó lo ardiente de su celo, y a pocos meses de llegado esta ciudad falleció. Está sepultado en esta Santa Iglesia.

Sucedió al Sr. Mañozca, de quien acabamos de hablar, el abad de Roncesvalles, para cuya biografía no existen sino datos incompletos. Brevísimo como fue el periodo pastoral del SR. MARCELO LÓPEZ DE AZCONA, se comprende fácilmente que no hubo ocasión de adquirir en México noticias extensas acerca de su vida; pues el conocimiento de las buenas cualidades de un individuo es el que despierta en los demás el deseo de saber cuánto con él se ha relacionado. Tenga el lector en cuenta esta observación, y no extrañará que en tan limitado espacio encerremos la biografía del SR. MARCELO LÓPEZ DE AZCONA, si es que biografía puede llamarse la relación de los últimos días de ese prelado. Sus antecedentes nos son desconocidos. El día 5 de Julio llegó a México un correo de Veracruz anunciando que estaba anclada frente a aquel puerto una flota de once navíos, de que era general D. Diego de Portugal, y almirante D. Juan Castaño, y que en. Ellos venían el duque de Alburquerque por virrey, y el abad de Roncesvalles por arzobispo.

Quince días después llegó este último a la villa de Guadalupe, y el 23 del mismo Julio hizo su entrada en las casas arzobispales para disponer su consagración. Tuvo lugar ésta el 25 en la metropolitana, por mano del obispo ele Honduras D. Juan de Merlo, que vino de Puebla con ese objeto. Asistió el conde de Alva de Lista, virrey saliente, y la real Audiencia; tomaron mitras el deán de la Catedral de México y el obispo de Guadiana D. Pedro de Barrientos, como asistentes del arzobispo, y del consagrante el Sr. Sobre monte, tesorero, y D. Juan de la Cámara, canónigo más antiguo. Sirvió la mitra el racionero Sr. Padilla, y el báculo el Sr. Ordoñez, medio racionero, oficiando como diácono el canónigo Sr. Aguirre y como subdiácono el Sr. de la Barrera, también canónigo.

Al día siguiente recibió el palio el SR. MARCELO LÓPEZ DE AZCONA de manos del mismo prelado que le consagrara, y viendo, al salir de la Catedral, que en aquel momento iba un sacerdote a administrar los sacramentos a un enfermo e n el barrio del Carmen, le acompañó, juntamente con el obispo Merlo y los prebendados. Llegó a la casa del enfermo tan inesperada comitiva y el SR. MARCELO LÓPEZ DE AZCONA confesó a aquel, dióle la comunión y le casó con cierta mujer con quien desde tiempo atrás vivía.

Tal fue el primer acto pastoral del nuevo prelado de la Iglesia mexicana; acto que nos recuerda aquellos que tan comunes fueron en el Sr. Moya de Contreras, y que, entonces, dio la medida, puede decirse, de lo que en el ejercicio de su ministerio habría hecho el Sr. López de Azcona  si la muerte no le hubiese sorprendido a poco. Véanos de qué manera fue recibido.

Recordará el lector por lo que en otros lugares de esta obra hemos dicho, que se acostumbraba recibir solemnemente lo mismo a los virreyes que a los arzobispos, y que aun cuando hubiesen pisado ya sus respectivas casas, siempre su entrada pública daba lugar a ceremonias que brindaban una ocasión a la ciudad para ostentar su grandeza. Describimos la manera con que el Sr. García Guerra fue recibido, y esto nos excusaría de referir cómo lo fue el v; pero habiendo encontrado cierta diversidad entre una y otra recepción, creemos que no será fuera de propósito hacerlo, mucho más cuando tan breve tiene que ser esta biografía por lo limitado del tiempo que ella abraza.

Eran las cuatro de la tarde del domingo 3 de Agosto de 1653, cuando salió de la iglesia de San Diego, a caballo y acompañado de su clerecía y cabildo el arzobispo, dirigiéndose a las calles de San Francisco. Adelantáronse el cabildo y la clerecía, y el nuevo prelado fue recibido por el corregidor, alcaldes ordinarios, regimiento y caballeros principales. Colocóse al SR. MARCELO LÓPEZ DE AZCONA entre el corregidor y más antiguo alcalde, y en esta forma y en Medio de un repique general continuó la procesión.

En la esquina de la Casa Profesa había un arco de colgaduras carmesíes, puesto por la ciudad. Al llegar a él apeóse el arzobispo y fue recibido por todos los clérigos con sobrepellices, el cabildo con Capas y el deán de preste, quien le dio a besar la cruz. Otro arco, suntuoso, puesto por la iglesia, estaba frente a la puerta de la Catedral que mira a que hoy llamamos calle del Empedradillo y entonces se designaba con el nombre de plazuela del Marqués. Un representante apellidado Medina explicó la fábula que se contenía en las figuras del arco y concluida esta explicación entró la comitiva a la Catedral. Una vez en ella, besó el arzobispo la cruz del preste, dióle el hisopo el maestro de ceremonias, asperjase a sí y a todo el pueblo, y entonó la capilla el Te Deum Laudamus; prosiguió hasta el altar mayor, donde habiendo dicho la oración el preste, sentóse el SR. MARCELO LÓPEZ DE AZCONA debajo de un baldaquín, del lado del Evangelio, y allí le besaron la mano en señal de obediencia el cabildo, capilla y sirvientes de su iglesia. En seguida se colocó en medio del altar y dio la bendición, cantada, con lo que terminó aquella solemnidad que fue presidida por el Ayuntamiento, pues aun no hacia su entrada el nuevo virrey duque de Alburquerque.

Después de lo que acabamos de referir, nada hallamos de notable en las noticias que poseemos de aquella época. Redúcense á aquellos actos comunes en el gobierno de la Iglesia, tales como fijar edictos para la provisión de beneficios y para que los clérigos exhibiesen las licencias para confesar. Sin embargo, es preciso hacer notar que el SR. MARCELO LÓPEZ DE AZCONA demostró en los pocos días de que pudo disponer para el gobierno de su Iglesia, grandes rectitud y entereza que le habrían conquistado seguramente fama duradera, si no hubiese tenido la desgracia de enfermar cuando apenas comenzaba a darse a conocer. Prueba de lo que decimos es la conducta que observó en el examen de los sacerdotes.

Nombró examinadores a los padres Simón Esteban, Marcos del Puerto y Juan de Aguirre, canónigos de la Catedral, y al Dr. Diego de Arroyo, médico suyo, clérigo presbítero. Los exámenes duraban tres y cuatro horas y eran rigurosos. "Reprobó, dice un escritor de aquella época, a muchos, y a otros coartó por tiempo limitado las licencias, y luego, a 9 de Septiembre fijó otro edicto suspendiendo todas las licencias que se hubiesen dado por la sede vacante; excepto a los religiosos que estuviesen ocupados en la administración, y a los lectores, y decía que por haberle mandado el consejo de Indias reconociese cómo había procedido la sede vacante, mandaba lo referido."

No habían transcurrido aún dos meses de la llegada del SR. MARCELO LÓPEZ DE AZCONA a la Mueya España cuando se sintió herido de la enfermedad que le condujo al sepulcro. Terminaba el mes de Agosto al sobrevenirle el primer achaque; restableciese en pocos días pero no tardó en volverse obligado a guardar cama. Sus dolencias aumentan y fueron inútiles los esfuerzos que se hicieron para lograr el restablecimiento de su salud. En vano se le hizo mudar de residencia; el día 10 de Noviembre dejó de existir, después de haber sido durante ciento ocho días arzobispo de México

En la tarde del 15 fueron sus funerales, con la pompa acostumbrada en tales casos, y un mes después las honras dispuestas por el cabildo eclesiástico. Mas breve y mas desgraciada no pudo haber sido la administración del decimotercer arzobispo de nuestra Iglesia.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 104-106.


12. El Ilmo. Sr. D. Mateo Sagade Bugueiro

(1656 - 1662)

  • Confirmado: 14 mayo 1655
  • Palio: 31 mayo 1655
  • Posesión por poder: 8 julio 16561
  • Consagración: 25 julio 16562
  • Entrada solemne: 30 julio 1656
  • Volvió a España: 2 abril 16613
  • Promovido a Cádiz: junio 16624

1 Al deán Alonso de Cuevas Dávalos, Actas de cabildo, vol. 13, f. 77 v.
2 Saga de quería consagrarse en Puebla y mandó pedir los pontificales, pero el cabildo le pidió que fuera en México donde podía consagrarlo el ya obispo de Guadiana Pedro Barrientos. Actas de cabildo, vol. 13, ff. 69 v.-87.
3 Sosa, op. cit.
4 Ibídem. El 30 de enero de 1663 se declaró la sede vacante al conocerse la noticia de que Saga de había sido presentado al obispado de Cádiz y haberle llegado cartas de gobierno a Diego Osorio Escobar y Llamas. Actas de cabildo, vol. 15, ff. 21 v.-22.

Natural de Pontevedra en el Reino de Galicia, Canónigo magistral de la Santa Iglesia de Toledo, doctor en Sagrada Teología; Arzobispo de México donde llegó el año de 1656; se consagró el día de Santiago Apóstol. Fue acérrimo defensor de la Jurisdicción Eclesiástica; fue llamado del Consejo Real de Indias. En servicio de su Majestad, paso España el año de 1661. Murió Obispo de Cartagena donde está sepultado.

Pontevedra, ciudad capital de la provincia del mismo nombre en el reino de Galicia, fue cuna del decimocuarto prelado de la Iglesia mexicana. Quiénes hubiesen sido sus padres, y en qué año vio él la luz, noticias son que no cuidaron consignar sus primitivos biógrafos, por lo que solo sabemos, relativamente a su carrera, que fue el SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  colegial en el mayor de Santa Cruz de Valladolid, catedrático de Artes, de Durando, y de Sagrada Escritura en aquella Universidad, canónigo magistral de las iglesias de Astorga y primada de Toledo, y por último, electo arzobispo de México el día 19 de Setiembre de 1655.

Los puestos enunciados, así como el testimonio de un antiguo escritor que llama al Sr. Sagade Bugueiro "doctor en cánones, y en letras celebrado"2 bastan para hacernos comprender que al designarle el soberano español para cubrir la vacante producida por la muerte del Sr. López de Azcona, se hizo una elección acertada. El SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  no vino a México inmediatamente que fue electo arzobispo, sino hasta Junio de 1656, habiendo llegado en la flota en los primeros días de aquel mes. Como sus antecesores, hizo con poca celeridad el viaje, y entró a la capital a las oraciones de la noche del 22 de junio.

Luego que hubo visitado la catedral y hecho oración en ella, pasó el arzobispo a visitar al virrey, que lo era entonces el duque de Alburquerque, D. Francisco Fernández de la Cueva, quien correspondió la visita al día siguiente en que todo el reino felicitó al nuevo prelado.  El 6 de Julio presentó el Sr. Sagade Bugueiro sus bulas y ejecutoriales en el real acuerdo, y dos días después tomó posesión del gobierno del arzobispado, dando al efecto su poder al deán Dr. D. Alonso de las Cuevas Dávalos, que más tarde le sucedió, como veremos en el curso ele esta obra. Fue esta ceremonia más solemne y lucida que otras veces, y por lo mismo el lector no llevará a mal que la describamos.

La Sr. Cuevas Dávalos avisó a la ciudad, corregidor y regimiento de ella, o invitó a la nobleza para que desde su casa le acompañasen a la Catedral. Dadas las diez de la mañana salió el deán con el más noble acompañamiento y lucimiento que se había visto en tal acto y desde su morada hasta el templo, pasó con su comitiva bajo los verdes arcos para entonces prevenidos. Al llegar a la Catedral salió a recibirle toda la clerecía con sobrepellices, y todos los estandartes de las cofradías, y cruces de las parroquias. Llevárosle en procesión al cabildo, y reunido este, con sobrepellices y el deán con manteo, se leyó el poder y cédula real de ejecutoriales. Prestada la obediencia, comenzó el repique en la Catedral, a que correspondieron todas las iglesias y conventos de la ciudad.

De la sala del cabildo salió la procesión que recorrió todo el templo. En seguida ocupóla Sr. Cuevas Dávalos la silla episcopal y pidió al cabildo que diese testimonio de cómo en virtud del poder del Ilmo. SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  y de los ejecutoriales de S. M., tomaba quieta y pacífica posesión del arzobispado sin contradicción alguna.3 Ordenóse al Lic. Diego de Villegas, secretario del cabido, que así lo hiciese, quien intimó la cédula real al corregidor, alcaldes ordinarios y regidores que estaban en cuerpo de ciudad en el sitio acostumbrado. Concluido este acto, entonó la capilla unas chanzonetas y en seguida el Te Deum Laudamus. Derramó el deán dos fuentes de reales, una por su mano y otra por la de u criado suyo, en el coro, sacáronle otra. Vez en procesión hasta la sala de Cabildo, donde le dieron la obediencia, y terminó la ceremonia llevando los canónigos en carrozas al Sr. Cuevas Dávalos a las casas arzobispales.

Cuando el SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  vino al país aún no se había consagrado, por lo que el martes 25 de Julio del año a que estamos refiriéndonos, lo hizo por manos del Dr. D. Pedro de Barrientos, obispo de la Nueva Vizcaya, con asistencia del virrey, Audiencia, ciudad, Universidad, religiones, virreina y nobleza del reino, en medio de numerosísimo concurso. La entrada en público, según el ceremonial que en otro lugar hemos descrito, tuvo lugar el 30 de Julio.

Laboriosas pesquisas hemos hecho por encontrar documentos referentes al periodo pastoral del SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO, con el objeto de citarle á conocer de la misma manera que a otros de sus antecesores; mas nuestros esfuerzos han sido estériles. Perdidos los archivos del arzobispado por causas que indicamos ya; rarísimas como son las publicaciones de aquella época, extraviados los manuscritos que en los conventos existían, limítense las noticias que poseemos a ciertos actos comunes a todos los prelados, y que interesarían muy poco al lector, porque en ellas no hallaría ni rasgos característicos ele nuestro personaje, ni nada de aquello que se busca en un estudio biográfico. Una de las causas determinantes de esta carencia de noticias con respecto al SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO debemos atribuirla a la fiel observancia del precepto del Evangelio Lauda post mortem, que a cada paso recordaban los escritores de aquellos tiempos. No le elogiaron, ni dieron a conocer sus hechos en México mientras vivió aquí, y como la muerte no le hirió sino lejos de nuestra patria y cuando habían pasado varios años de su separación de esta Sede, he ahí a lo que debemos atribuir el mal que lamentamos.

Empero ya que no es posible dar cabal idea del gobierno pastoral del SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO, intentaremos siquiera la tarea de hacer menos áridas estas páginas, refiriendo algunos sucesos, que si no son de importancia histórica, sí revelan el estado social de la colonia en la segunda mitad del siglo XVII.

El decimocuarto arzobispo de México fue, según uno de sus biógrafos "acérrimo defensor de su jurisdicción eclesiástica, por lo que tuvo varias competencias."4 Veamos en qué motivos se fundaron aquellas competencias que el Sr. Lorenzana se abstuvo de historiar desde los días en que ocupaba el virreinato de México el conde de Alva de Lista habíase suscitado entre el cabildo eclesiástico que gobernaba en sede-vacante, y aquel funcionario serias desavenencias sobre la colocación que debían tener los criados o pajes del virrey en las solemnidades de la Iglesia. El duque de Alburquerque, sucesor del de Alva, quiso continuar la costumbre implantada por éste con gran escándalo del reino, que daba una significación importante al lugar ‘en que iba un funcionario y también sus criados. El SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  se propuso no cejar un punto y apenas se presentó una oportunidad, principiando aún su gobierno, se ostentó acérrimo defensor de su jurisdicción, como dice el Sr. Lorenzana.

Tratábase de sacar ele su parroquia a la Virgen de los Remedios, y al organizarse la procesión. El duque pretendió que sus pajes ocupasen un lugar preferente al del cabildo. El arzobispo se detuvo entonces y manifestó que la procesión no se verificaría si el virrey se obstinaba en su propósito. El pueblo iba ya alborotándose y haciendo comprender que la razón estaba de parte del prelado, por cuyo motivo, tal vez, el duque se resignó a aceptar la decisión del  SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO, de que sus pajes fuesen a la izquierda y a la derecha los de aquel funcionario.  Tal fue el principio de las cuestiones entre el arzobispo y el virrey, cuestiones que llegaron a tomar cierta gravedad más tarde, como veremos después. Si para juzgarlas olvidamos el modo de ser de aquella época y pretendemos ajustarías al criterio de la nuestra, no hay duda que calificaremos de fútiles los motivos ele semejantes controversias. Pero qué mucho que a mediados del siglo XVII y en una colonia distante de la metrópoli española se ocupasen los jefes de los poderes eclesiástico y civil en disputar acerca de la colocación de sus pajes, cuando todavía hoy, en pleno siglo XIX y en las cortes más civilizadas, se detienen los diplomáticos en meras fórmulas, y dan importancia hasta al margen de las comunicaciones que reciben, y se ocupan de pequeñeces indignas, no ya decimos del representante de un soberano, sino del particular menos ilustrado? Entonces se necesitaban, puede decirse así, ciertos sucesos que brindasen una oportunidad a los poderes para recordar sus prerrogativas; la sociedad no tenía acontecimientos que comentar si no eran el nacimiento de un príncipe, la muerte de un soberano, o alguna función religiosa con motivo del feliz arribo de una flota; entonces la sociedad entera formaba una sola familia, cuyo miembros pensaban y sentían como sentían y pensaban sus jefes o directores. Ahora, se encuentran los pueblos en circunstancias bien diversas, y sin embargo, se turba la paz en los círculos diplomáticos y la armonía entre las grandes familias por cuestiones que bien pueden ponerse al nivel de la que acabamos ele referir; y hoy, como entonces debieron existir, los hombres superiores sonríen ante el espectáculo que ofrecen aquellos que se entretienen en tales banalidades.

Afortunadamente la paz entre el arzobispo y el virrey se restableció en breve, pues en Un Diario de aquella época encontramos la siguiente noticia que demuestra el deseo que animaba al Sr. Sagade Bugueiro de guardar buena armonía con el duque de Alburquerque. "Lunes 23 de Julio, (1657) dice, desterró el arzobispo á D. Juan de la Cámara, canónigo de esta catedral, por recaudo que le envió el virrey, cerca de no haberle hecho cortesía al virrey encontrándolo en la calle."5

Este destierro, así como la prisión del cura Arraya y del chantre Sobre monte, que refiere. El mismo Diario acabado de citar, nos revelan la energía ele carácter que poseía el arzobispo. Además de enérgico, era activo y constante en el trabajo, pues desde que tomó posesión del arzobispado se entregó con asiduidad al despacho, y en él continuó sin interrupción a pesar de haber nombrado a 26 de Mayo de 1657, provisor, vicario general, juez de testamentos y obras pías, capellanías, gobernador, y provisor de indios a su sobrino D. Benito Focina de Bugueiro, caballero de Santiago, quien vistió el libito clerical para poder regentear aquellos cargos, que le fueron concedidos seguramente más bien de un modo honorífico que no por que entrase a desempeñarlos.6

Que fue celoso en el cumplimiento de sus deberes pastorales lo comprueba la visita que hizo a su archí-diócesis, llegando hasta los obrajes más insignificantes para confirmar a los indios, y comprueba también la frecuencia con que celebraba de pontifical y concurría aun a las fiestas menos solemnes tanto de la Catedral como de otros templos de la ciudad.

La publicación de la bula de la Santa Cruzada que debía hacerse el 29 de Setiembre de1657, dio motivo a un litigio entre el SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  y el Dr. Nicolás del Puerto comisario general de aquella Cruzada. Negábale al comisario el arzobispo la facultad de resellar las bulas que habían sobrado de la publicación anterior, por haber venido otras de España. El arzobispo reunió una junta de teólogos, cuyo parecer unido al suyo lo remitió al virrey, de donde resultó que la publicación no se verificó. El Dr. Puerto recusó al SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO, fundándose en que él último era parcial del Dr. Simón Esteban Beltrán, canónigo, antecesor del Dr. Puerto en la comisaría de la Cruzada. Pasó a las casas arzobispales el procurador que debía entregar la recusación, y con él el escribano real D. Manuel de Mendoza, y entonces tuvo lugar un escandaloso suceso de que ciertamente no puede acusarse al SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO.

  1. Fernando Gaitán, fiscal del arzobispado, Juan Cuellar, subdiácono compañero suyo, y Antonio de Arteaga, secretario del arzobispo, al entrar el procurador le aprehendieron y quitaron los papeles que llevaba, le maltrataron y le pusieron en un calabozo, en el cual estuvo hasta la madrugada del siguiente día (3 de Octubre), en que un hombre, embozado le quitó del cepo y le guio hasta ponerle en la calle. Apenas se vio libre el procurador se dirigió al palacio virreinal y presentase al duque de Alburquerque y a la Real Audiencia, maltratado y ensangrentado. Despejada la Audiencia y a puerta cerrada, el procurador refirió a los oidores el atentado de que había sido víctima, la causa, y los cómplices.

Apenas tuvo conocimiento el arzobispo de aquel suceso, prendió á Gaitán, á Cuellar y a Arteaga, les encerró en la torre de las casas arzobispales y procedió contra ellos para averiguar el delito. Esta rectitud, a lo que parece, no fue correspondida por los oidores, quienes quisieron actuar contra los reos, invadiendo la jurisdicción eclesiástica del SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO. De aquí se originaron nuevas y más serias desavenencias entre el poder civil y el eclesiástico, hasta el  punto de fijar el arzobispo un edicto en que declaraba incursos en la bula in cena Dominio a los que dentro del término de veinticuatro horas no manifestasen lo que supiesen acerca de los actos de la Audiencia en el asunto en cuestión.

Apresurárnosle á hacer declaraciones algunas personas, y el negocio no tuvo una resolución definitiva hasta los primeros días del siguiente año en que se restableció entre los poderes la turbada armonía, debiéndose este feliz suceso a la prudente conducta del SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO.Esa armonía produjo, como era natural, resultados satisfactorios para la sociedad civil y para la Iglesia.

El arzobispo no había provisto desde su llegada ninguno de los beneficios que se hallaban vacantes, ni los que vacaron después, temiendo que el virrey desechase a las personas puestas en primer lugar, todas beneméritas. Una vez restablecida la paz, presentó las nóminas y fueron electas aquellas personas a quienes el SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO juzgó más aptas. No contento el virrey con aquella demostración, nombró a D. Benito Focina Bugueiro, sobrino del prelado, teniente de maestre de campo, en presencia de todos los capitanes le entrego  el bastón y le dio el mando de su guardia. Siguiendo el curso de nuestras investigaciones, encontramos otros edictos del SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  de que haremos mención, porque por ellos se obtiene un nuevo dato para conocer el carácter de aquella época en que tan íntimamente estaba ligada la Iglesia con el Estado.

El 18 de Noviembre de 1657 (domingo), en la misa mayor, se leyeron en la catedral tres edictos del arzobispo; uno contra los que ocultaban las mercaderías de Castilla y de China con daño del tesoro, almacenándolas; otro contra los que se apoderaban de los pliegos que venían de la Corte, interrumpiendo así el cumplimiento de las órdenes del soberano, y perjudicando a los particulares, y otro contra los que vendían el pulque adulterado. Mas aunque en esos edictos se conminaba a los contraventores con la pena de excomunión mayor latae sentientae, y aunque en ellos se decía que pasado el término se leería la de anatema y quedaría prohibido solemnemente a los confesores, clérigos y frailes, absolver a quienes en aquella culpa habían incurrido, no se apresuraron a hacer declaraciones como en otros casos había sucedido. ¡Como que en esos edictos se trataba de refrenar la inmoderada codicia de ciertos comerciantes! Entonces apeló la Iglesia a una de sus armas más poderosas en aquellos tiempos.

El 9 de Diciembre acudió el SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  a la catedral y tuvo lugar la siguiente ceremonia. Terminada la procesión acostumbrada y dichosa el introito de la misa y oraciones, empezó a tocarse rogación y salieron del templo todos los clérigos con sobrepellices, llevando luces encendidas en las manos. El Dr. Jacinto de la Cenia, cura más antiguo, acompañado de otros dos sacerdotes, de capa, recorrieron, precedidos por la clerecía, la Catedral, cantando las letanías, llevando una cruz cubierta con velo negro, hasta llegar a las gradas del altar mayor. El arzobispo y cabildo estaban en el coro. Subió el Dr. D. José de Cerrillo al púlpito, hizo relación de los edictos expedidos y de la poca obediencia que se tenía a la Iglesia, y leyó el edicto de anatema. Apagáronse en seguida las velas y terminó el acto.

Durante más de veinte días, después de este en que tuvo lugar la ceremonia descrita, estuvo acudiendo gente a hacer declaraciones. Ningún suceso digno de especial mención ocurrió en los tres años siguientes al que nos hemos estado refiriendo. La Inquisición celebró algunos autos, entre ellos aquel, célebre en nuestra historia por haber figurado entre los reos el famosos D. Guillen de Lampart; hubo solemnidades religiosas y grandes fiestas por el nacimiento del príncipe Próspero; consagróse en la catedral por manos del SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  el Dr. D. Alonso de las Cuevas Dávalos, deán, electo obispo de Oaxaca y que sucedió a pocos años en el arzobispado de México al prelado objeto de esta biografía, y tuvieron lugar algunos otros hechos de menor importancia con los que no debemos cansar al lector.

A principios de Mayo de 1660 recibió el SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO  una real cédula en que se le ordenaba pasase a la corte en donde S. M. necesitaba sus servicios, e igual orden recibió,  al mismo tiempo, el virrey duque de Alburquerque. Si la remoción de ambos personajes hubiese sido dispuesta en 1657, se podría atribuir a las disensiones entre ambos habidas, aunque no tuvieron nunca un carácter de gravedad tal que demandase tan enérgica resolución de parte del soberano para poner término a esas disensiones. El lector ha visto ya, el nuevo y amigable giro que tomaron las relaciones entre el duque y el arzobispo desde que  éste le visitó al comenzar el ano de 1658.

Como quiera que hubiese sido, el SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO comenzó a disponer su viaje, sin precipitación, procediendo a hacer las elecciones de preladas, en los conventos de religiosas a él sujetas, y procurando dejar en perfecto arreglo todos los negocios del arzobispado. En esta faena ocupó cerca de un año, y una vez terminada, salió de México, a las seis de la mañana del 2 de Abril de 1661, dejando por su gobernador, juez provisor y vicario general á D. Alonso Ortiz de Orá que era su provisor y secretario, y por segundo gobernador al Dr. D. Jacinto de la Cenia, cura del Sagrario metropolitano.8

Llegado a España el SR. MATEO SAGADE BUGUEIRO le presentó Felipe IV en Junio de 1662 para el obispado de Cádiz, que no llegó a ocupar pues en breve fue nombrado para el de León, que tampoco desempeñó. Por último, promovido en 1663a Cartagena aceptó esa mitra y la gobernó con su acostumbrado celo durante los cortos días que pasaron desde su llegada a Cartagena, a aquel en que falleció.9 Indicadas quedan al principio de esta biografía, las causas que nos han impedido hacer en ella acabado estudio. Téngalas presente el lector y será indulgente al juzgar nuestro trabajo.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 107-112.

2 Betancourt, Tratado de la ciudad de Mítico, cap. IV.

3 Son palabras textuales.

4 Lorenzana, Concilios mexicanos pág. 220.

5 Guijo, Diario de sucesos notables.

6 El arzobispo tenia, a lo que entendemos, en grande estimación a su sobrino, pues consta por el mismo Diario citado en la nota anterior, que el último al desposarse con la nieta del conde de Calimaya recibió de su tío 40,000 pesos, treinta mil en reales, y diez mil en joyas.

7 El Sr. SAGADE BUGUEIRO fue en la Pascua a felicitar al virrey, con quien había estado disgustado, y de esta visita se originó el restablecimiento de sus antiguos buenas relaciones.

8 Todavía no se embarcaba el Sr. SAGADE BUGUEIRO en Veracruz, cuando falleció el segundo gobernador.

9 El Sr. Lorenzana en su obra tantas veces citada asegura que el Sr. SAGADE BUGUEIRO falleció en Setiembre de 1672. En esta fecha hay visiblemente un doble error. Ni fue en ese mes ni en ese año, puesto que en Julio de 1663 trajeron los galeones de España la triste nueva de haber muerto en Cartagena el personaje de quien nos ocupamos.


Ilmo. Sr. D. Diego Osorio de Escobar y Llamas

(1663 presentado)

Fue virrey de la Nueva España del 29 de junio al 15 de octubre de 1664.

  • Posesión por poder del gobierno: 4 febrero 1663
  • Posesión: 27 febrero 16631
  • Término del gobierno: 2 diciembre 1664

Se mandó que los agasajos se le hicieran como arzobispo electo y no como a gobernador del arzobispado, en muestra del aprecio que tuvo el cabildo por la manifiesta intención de Escobar de no aceptar el arzobispado, Actas de cabildo, vol. 15, ff. 44v.-45.

Nació en Coruña, España, en 1608. Fue abogado de los Reales Consejos, Inquisidor y Canónigo de la Iglesia de Toledo. En 1663 fue presentado por el rey Felipe IV para arzobispo de México. El 25 de febrero llegó a la Ciudad de México y se hizo cargo del gobierno religioso, pero empezó a tener problemas con el virrey.

En 1664 el rey nombró a como nuevo virrey a D. Diego. Tan pronto fue nombrado virrey, Don Diego recibió la noticia en la que se designaba como nuevo arzobispo de México a Don Alonso de Cuevas Dávalos, obispo de Oaxaca. Don Diego ejerció el gobierno civil hasta la llegada del nuevo virrey, Antonio Sebastián de Toledo.

Regreso a Puebla y ahí murió el 17 de octubre de 1673. Gobernó la arquidiócesis de México sólo de forma provisional porque, como obispo de Puebla, no quiso abandonar su diócesis ni a sus feligreses.

FELIPE IV, apenas hubo aceptado el Sr. Sagade Bugueiro otra mitra, se apresuró a elegir para la de México al virtuoso e ilustrado sacerdote de quien vamos a ocuparnos, y que a la sazón era obispo de Puebla, previniéndole que aun en el caso de que no quisiese aceptar aquella dignidad tomase en sí el gobierno de la metropolitana mientras llegaba su sucesor, para poner término de esa manera a las cuestiones que se suscitaron en esta vez como en otras, con motivo ele la sede-vacante.

No fue inútil la previsión del soberano, pues el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS, por amor a sus diocesanos de Puebla, prefirió continuar a su lado hasta su muerte, y solo con un carácter provisorio aceptó y gobernó el arzobispado de México.2

Nació este prelado en el puerto de la Coruña del reino de Galicia. Ignoramos en qué día tuvo lugar su nacimiento, como ignoramos el nombre de sus padres y lo referente a su educación literaria; sabiendo únicamente que fue abogado de los reales Consejos, canónigo doctoral de la Iglesia primada de Toledo, inquisidor y vicario general de aquel arzobispado y del consejo de gobernación del Excmo. Sr. cardenal Sandoval. Fácil es, y aún cuerdo, presumir que quien tales puestos desempeñó reunía a una esmerada educación, excelentes dotes que le granjearon la estimación del soberano.

Presentado para obispo de Puebla, tomó posesión del gobierno, a nombre suyo, D. Alonso de Salazar Varaona el día 21 de Junio ele 1656. Entre otras obras que su obispado le debió, cuéntase la construcción de la iglesia del convento de religiosas de la Santísima Trinidad, en que gastó veintidós mil pesos; la dotación de la fiesta titular de San Pedro y varias fundaciones piadosas. El Sr. Osorio de Escobar y Llamas fue el sucesor en Puebla del Sr. Palafox y Mendoza,  según uno de sus biógrafos, fue nombrado para esa mitra por influencias del cardenal Sandoval que deseaba proteger a los jesuitas enviando por obispo a un amigo de ellos.3

Se hallaba gobernando aquella diócesis cuando llegó aviso a México el 21 de Enero de1663, de haber si do presentado por Felipe IV para arzobispo y remitiéndole cedula de gobernador. El virrey lo participo al cabildo eclesiástico y este despacho inmediatamente a dos capellanes de coro, a Puebla, mientras que salían el Dr. Solís y el racionero Ortega a dar el parabién al SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS.

El día 30 del mismo mes y año el cabildo declaró la sede vacante y notificó al gobernador del arzobispado Dr. Alonso Ortiz de Ora que cesase en sus funciones, de donde resultaron ciertas desavenencias, como veremos más adelante. El cabildo no se limitó a esto, sino que repartió los oficios eclesiásticos a la sazón vacantes, cuyos nombramientos aprobó más tarde el nuevo arzobispo luego que hubo tomado posesión del gobierno.1Las competencias promovidas por el Dr. Ortiz cesaron al punto que el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS participó que aceptaba el puesto para que el soberano le  había designado.

En efecto, el día 25 de Febrero llegó a México el prelado y dos días después se hizo cargo del gobierno.4 Luego que el Sr. Osorio Escobar y Llamas se hubieron encargado de la gobernación del archí-diócesis, comenzó a dar pruebas de la rectitud y energía de su carácter. Y en verdad que ambas eran indispensables en el prelado que quisiese poner término a las querellas y demás cuestiones en que se agitaba el alto clero de México apenas se encontraba la Iglesia sin pastor.

El Dr. Ortiz de Orá que con la pérdida del gobierno del arzobispado se encontraba, y lo que es peor todavía, expuesto a reclamaciones por los actos que como gobernador había ejecutado, fue quien primero dio ocasión al SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS para darse a conocer. Fue el caso que, demandado el Dr. Ortiz por cierta cantidad de pesos, respondió que él era gobernador y provisor y que S.M. no pudo proveer el gobierno que le pertenecía legítimamente. El arzobispo consultó con personas graves lo que debía hacer y la consulta dio por resultado que mandase poner guardias en su casa al Dr. Ortiz.

Este ocurrió a la real Audiencia en términos tan fuera de propósito, con proposiciones tan absurdas, que se le declaró reo de lesa majestad, y con respecto al abogado que había firmado aquellas proposiciones contra el soberano, declaró la misma Audiencia que debía imponérsele la pena de muerte. El arzobispo mandó, entonces, prender al Dr. Ortiz, y como este se fingiera enfermo, pasó en persona el primero a su casa, le sacó de la cama en que se había metido, le hizo entrar en una carroza, y le condujo a la torre de las casas arzobispales, en donde le pusieron dos pares de grillos. D. Alonso Ortiz, padre del preso, ocurrió a la Audiencia por vía de agravio, y el abogado que firmó el ocurso fue multado en quinientos pesos, condenado a suspensión de oficio por todos los días de su vida y desterrado por seis años. Mientras tanto el arzobispo continuaba procediendo contra el rebelde Dr. Ortiz de Orá. La sentencia fue pronunciada el día 3 de Setiembre. Por ella se condenaba al ex-gobernador a diez años de destierro de la ciudad de México, doblándosela pena si la quebrantaba; suspenso por seis años en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, declarando nulos y de ningún valor ni efecto todos sus actos acerca de imposiciones, censos etc.; se le condenaba a pagar una multa de cuatro mil pesos, y se ordenaba por último que se diese cuenta al Dr. Ortiz de Orá de las censuras queque había incurrido, para que, si quería, ocurriese á S.S. para su absolución.

Tal fue, resumida en breves palabras, la ruidosa causa del Dr. Ortiz con la que el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS dio á conocer la entereza de su carácter. Bien necesitaba ostentarse enérgico y resuelto quien tenía que vivir en pugna con el Virrey Conde de Baños, cuya altivez insolente, cuyos desmanes sin número, cuya venalidad escandalosa, y, en una palabra, cuya tiránica administración agobiaba a la colonia.5

Demasiado severo parecerá este lenguaje al lector que no hubiese tenido ocasión de saber, hasta hoy, que el conde de Baños se hizo odioso en la entonces Nueva España no solo por su mal gobierno, sino porque a los abusos que cometía, se agregaba la intervención de su esposa e hijos en los negocios públicos, y aun la de su servidumbre. Nuestra narración justificará la manera con que hemos calificado al virrey.

Acababa de llegar el de Baños, cuando su hijo mayor, D. Pedro, tuvo una disputa con el conde de Santiago por haber el primero hablado mal de los hijos del país. El conde de Santiago, a quien herían las palabras de D. Pedro, no las toleró y salió a la defensa de los criollos. Los criados ele ambos personajes estaban presentes, y seguramente no se resignó uno de los del de Santiago a ser pacífico observador, pues consta que recibió la muerte de manos del hijo del virrey. No conforme todavía D. Pedro, desafió al conde de Santiago.6

Llegaron a oídos del SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS tales escándalos y juzgó prudente intervenir para obviar mayores males; pues no se le ocultaban ni el carácter arrebatado de D. Pedro, ni la impunidad en que había ele quedar cualquier crimen que cometiese. El arzobispo puso presos a los contendientes y así no tomaron un carácter más grave sus disputas. Pero el conde de Baños recibió mal la intervención del prelado, y desde entonces, sus relaciones no fueron tan amistosas como era de esperarse atendida la piedad de que el virrey hacía ostentación.

Más tarde, con motivo de los suntuosos funerales hechos al castellano de D. Francisco Castrejón, persona de todos estimada, el virrey dirigió un extrañamiento al arzobispo, que no había sido por cierto quien dispusiera aquellos funerales, fundándolo en que solo a los miembros de la familia real o a sus representantes debía honrarse de aquella manera. El Sr. Osorio de Escobar y Llamas dio la contestación debida, en términos bien moderados; pero conservando la dignidad que el puesto en que se hallaba le imponía. Así fueron, día á día, haciéndose menos cordiales las relaciones entre uno y otro funcionario, hasta que al fin se encontraron en abierta pugna.

El día 19 de Marzo de 1664, el notario del arzobispo leyó en la catedral, con las formalidades de estilo, un edicto de aquel prelado, en que se enumeraban las censuras en que incurrían las personas que interceptaban los pliegos reales en que S. M. promovía al SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS al gobierno del virreinato. Fácil es presumir cuál sería el indio-nación que ese edicto causó al conde de Baños. Sus hijos, más arrebatados que él, dirigirnos á las casas arzobispales e intentaron asesinar al notario, con gran escándalo del reino; mas no lograron satisfacer su venganza en una persona como el notario, que no  había hecho otra cosa sino leer un edicto, en cumplimiento de su deber.

Una vez colocadas las cosas en este punto, el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS comprendió que él mismo se hallaba expuesto a ser víctima de los desmanes del virrey y de sus hijos, y resolvió abandonar la ciudad, como lo hizo el día 3 de Abril del año a que nos referimos (1664). Dirigiese al convento de carmelitas en San Ángel, con el pretexto de consagrar allí los óleos el Jueves Santo que se acercaba; mas no sin dar noticia de su partida al real acuerdo, exponiendo las causas que la motivaban y pidiendo que le asegurasen la vida. _ No valió al arzobispo su prudente reclusión entre los carmelitas. A su retiro fueron a buscarle los agentes del virrey, para causarle nuevas desazones. Véanos por qué._ En tiempo del Sr. Sagade Bugueiro se introdujo la costumbre de que la procesión del Corpus pasase por el palacio, o casas reales como entonces se decía. El Sr. Osorio de Escobar y Llamas prescribió que se volviese a observar la práctica seguida desde a conquista, y esta resolución fue causa de grande alboroto. La ciudad (Ayuntamiento) oído al parecer de algunos letrados, acordó obedecer al arzobispo, mas no así el virrey.

Llegó el Corpus del año de 1664 (Junio 12). El virrey y su mujer pretendieron que continuase la innovación introducida en la época del Sr. Sagade Bugueiro, opusiese enérgicamente su sucesor, y después de varias contestaciones y disputas el arzobispo hizo cumplir sus órdenes. Con motivo de esta cuestión y de acuerdo con la opinión de algunos religiosos que dijeron al conde de Baños que él podía hasta desterrar al prelado, resolvió el conde buscar un pretexto para vengar las ofensas que creía haber recibido del SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS.

Al efecto, notifícale que dentro de cinco días presentase sacerdotes para cubrir la vacante del curato de la catedral, por muerte de D. Cristóbal Medina. El arzobispo contestó Que lo oía y que ocurriría a la real Audiencia. Así lo hizo y ésta acordó que nada se innovase. Mientras tanto el arzobispo continuaba en el convento, y aunque el virrey envió a varias personas a notificarle sus provisiones, el prelado, pena de excomunión, impedía que aquellas cumpliesen su cometido. El 23 de Junio, el virrey, con parecer de los suyos, se resolvió a desterrar al arzobispo.

La Audiencia comprendió que el reino se podía alterar, se juntó en acuerdo, y dispuso enviar recado al SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS pidiéndole que volviese a la ciudad y que dentro de veinte días presentase la terna para la provisión del curato de la Catedral. Disculpase el arzobispo respecto a su vuelta, y ofreció presentar la terna tan luego como terminase el examen de los opositores.

Aunque todas estas cuestiones tenían lugar entre determinado número de personas, el pueblo llegó a vislumbrarlas. La ausencia del prelado en las solemnidades religiosas de la Semana Mayor y de los días posteriores, no pudo pasar inadvertida; ni por más empeño que se hubiese puesto en ocultar la causa del cambio de residencia, se habría logrado calmarla excitación que producía en la sociedad el choque abierto en que se encontraban el jefe de la Iglesia y el del Estado. El SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS, además de la  influencia que ejercía como pastor de un pueblo dominado por las ideas religiosas, contaba con la estimación que se había granjeado con su virtud y con su saber, mientras que el conde de Baños era aborrecido por su mal gobierno y por la conducta de su familia, como hemos indicado ya. Sentados estos precedentes, el lector comprenderá que la Audiencia tuvo razón al suplicar al arzobispo que tornase a la ciudad para que el reino no se alterase. El virrey mismo abrigaba serios temores. Así nos lo hace suponer el hecho que vamos a referir.

Desde el principio de la dominación española, el día de San Juan Bautista (24 de Junio) ha sido celebrado con pompa y entusiasmo en la ciudad de México. Al llegar este día en el año de 1664, los ánimos estaban preocupados con las desavenencias de las dos primeras autoridades del país. Para nadie era ya un misterio la resolución tomada por el virrey de desterrar al arzobispo, y como aquel tampoco ignoraba que éste era querido de toda la sociedad, temía ser víctima de una demostración hostil. El de Baños recordaba seguramente la manera con que se consumó la ruina de uno de sus antecesores, el de Gelves7; pero cegado por la pasión y los malos consejeros que tenía, no abandonaba su intento, a pesar de que su cobardía era tanta que para concurrir él con su familia a la Alameda, hizo salir de palacio las compañías del presidio, y pasó por en medio de escuadrones la carroza que les conducía.

Luchando con sus deseos de anonadar al SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS, y con sus temores a la ira popular, pasó el virrey los tres días siguientes, sin llevar a cabo sus proyectos. El 28 parece que se sintió la de Baños capaz de realizarlos. Juntó al acuerdo con el fin de manifestarle las razones en que se fundaba para proceder contra el arzobispo desterrándole de la Nueva España.

Hallábase el virrey en compañía de los oidores cuando recibió un aviso que destruyó todos sus planes, y al destruirlos libró a la ciudad de México de las graves perturbaciones que pretendía arrastrarla el jefe del poder civil. Lo que este supo, en verdad que habría desconcertarlo aun a otro hombre más audaz que él.

Más de un año hacia que Felipe IV, a cuyos oídos habían llegado los desmanes del virrey, habíale ordenado que entregase el gobierno al arzobispo, y pasase él a España a dar cuenta de su conducta; pero aquel funcionario desobedeció el real mandato, y puso todos los medios para que no llegasen a manos del prelado las cédulas en que el soberano le comunicaba su promoción al virreinato. Seis avisos fueron interceptados, y merced a este recurso el conde de Baños continuaba en el poder. Así se explica la aversión que tenía al arzobispo, con quien estaba en pugna por cuestiones de poco momento en lo ostensible.

Desconcertase el virrey con semejante noticia, y ya no se atrevió a tratar el asunto que al acuerdo le llevara y se retiró a su habitación. Al día siguiente, en las primeras horas de la mañana escribió el arzobispo al virrey, oidores, alcaldes de corte y fiscales, que a las doce del día abriría en su casa arzobispal un pliego de S.M., para cuyo acto les citaba.

Desde el día anterior se había divulgado, con gran contentamiento de todos, la noticia de la destitución del conde de Baños. El regocijo del pueblo fue inmenso: los campos del pueblo de San Ángel se vieron cubiertos de gente, los inquisidores y otras muchas personas de representación salieron a dar el parabién al SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS, y la sociedad entera se preparó a recibirle con entusiasmo y alegría.

El conde de Baños quiso hasta el último momento ocultar la posición en que se hallaba y concurrió a la catedral aquel día, que era domingo, como de costumbre. A las once, entró el arzobispo acompañado de la nobleza á pie, en carrozas y a caballo. Al pasar por la plaza mayor divisárosle los campaneros de la catedral y comenzaron el repique, correspondiendo  las iglesias y conventos, con lo que se alborotó el virrey y se retiró a su palacio. Los oidores en vez de acompañarle se dirigieron a las casas arzobispales. Estas, así como la plaza y calles adyacentes, se hallaban henchidas de numeroso concurso.

Una vez reunidos el arzobispo, oidores, alcaldes de corte y fiscal, el primero exhibió dos cédulas reales en que S. M. le hablaba como á virrey, gobernador y capitán general de la Nueva España, y les preguntó si aquellas cédulas eran título bastante para tomar el gobierno. La apetencia elijo que sí, y tomó los pliegos, retirándose en seguida. Juntáronse los oidores en acuerdo, citando al conde de Baños al efecto para que viese las cédulas reales, y el orgulloso funcionario destituido respondió que  no había de entregar el gobierno si no se le daba el título de virrey. Abrieron el cajón y buscando en él Cartas, hallaron una en que S. M. hablaba con la Audiencia y "refería cómo tenia despachada cédula al SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS, obispo de la Puebla, para que gobernase este reino, y que si fuese muerto o no aceptase el gobierno, lo tomase en  la real audiencia." Siguieron las formalidades de estilo, y apenas se hubo retirado el conde, pasaron los oidores a las casas arzobispales a dar cuenta al nuevo virrey.

Cerca de las dos de la tarde salió éste acompañado de los funcionarios públicos, y diósele posesión en debida forma. Terminado el acto volvió el arzobispo a su casa, en la que se presentó a pocos momentos el conde de Baños acompañado ele sus hijos y de la guardia ele palacio. Al retirarse dejó a su sucesor la guardia, y la plebe al verle solo empezó a dar gritos y a hacer escarnio de él y así mismo si los que ocupaban las ventanas y balcones, según consta en el Diario de Guijo varias veces citado.

El SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS apenas consideró e pie su antecesor se hallaba en palacio, fue á pagarle la visita que acababa de hacerle. Entonces tuvo lugar una demostración popular, no común en aquellos tiempos. El arzobispo-virrey volvió a su casa en medio de las aclamaciones del pueblo que llenaba el tránsito. No terminaron aquí las señales de regocijo de la sociedad mexicana, que se veía libre desde aquel día de la odiosa administración de D. Juan de la Cerda; pues en la noche alegróse el reino y encertizo luminarias, acudió toda la nobleza a darle el parabién (al arzobispo-virrey) y salieron los retraídos, que lo estaban por amenazas de los hijos, criados y allegados del virrey, valiéndonos de las palabras de un escritor, testigo presencial de aquellas demostraciones.8

De esa manera entró a gobernar la Nueva España el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS. Se comprende bien que el pueblo no solo celebraba el ascenso de su prelado cuyos merecimientos eran grandes, sino más aún la caída de una administración aborrecida. ¡El nepotismo en toda época y para todos ha sido odioso! Pocas veces el orgullo humano fue tan bien castigado como en la persona del de Baños y la de sus hijos. El prelado perseguido, el que para salvar la vida tuvo que huir a encerrarse a un claustro de carmelitas, el que debía partir al destierro, es el mismo a quien el soberano designa para poner fin a las arbitrariedades del conde y de los suyos; encomiéndase á la virtud del modesto sacerdote el poner remedio a los males causados a la colonia por sus enemigos.

Desgraciadamente, al mismo tiempo que tan felices sucesos se verificaban en las regiones del poder civil, la Iglesia veía con tristeza aproximarse la partida de aquel prelado que se había hecho amar y respetar de todos. El lector no debe haber olvidado que el obispo renunció la alta dignidad a que le elevara el soberano, y que si se encargó del gobierno del archí-diócesis fue solo provisionalmente y en señal de obediencia. Al recibir el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS los pliegos en que se le nombraba virrey, recibió también la noticia de que el obispo de Oaxaca Dr. D. Alonso de las Cuevas Dávalos, había sido promovido al arzobispado de México. Inmediatamente se lo participó al agraciado, y comenzó a disponer el aliño de las casas arzobispales para la recepción del Sr. Cuevas Dávalos, trasladándose él a palacio, como Virrey que era.9 De sus actos como jefe del poder civil, daremos sumaria idea, primero porque no entra en el plan de esta obra historiar sino lo relativo al Episcopado, y luego porque existen libros consagrados especialmente a ese objeto.10

Grandes dificultades tuvo que vencer el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS para obsequiarlos continuos pedidos que la corte hacía de numerario. Desorganizada como encontró la hacienda pública, no habría logrado reunir una cantidad digna de ser remitida, si su actividad no hubiese sido tanta, ni tan grande su energía para hacer el cobro de multas, alcabalas etc.11 Gastó treinta y dos mil pesos en la reedificación del castillo y ciudad de Santiago de Cuba, destruidos dos años antes por los ingleses, remitiendo de México pólvora y víveres para los albañiles, carpinteros etc. que de esta misma ciudad salieron. Dejó de remitir pólvora a España por ser más cara en México, y suprimió él envió de soldados a Filipinas por el excesivo costo que erogaban; realizó la disposición, tomada anteriormente, de levantar en Campeche una compañía de soldados de caballería; abolió la costumbre de sus antecesores de nombrar alcalde ordinario, e hizo que fuese aquel electo por los regidores; intervino en los pleitos que sostenían los franciscanos de Yucatán con el gobernador de la provincia; puso grande empeño en la continuación de los trabajos en la Catedral de México; volvió a sus puestos a los empleados destituidos por su antecesor; hizo efectivas las multas a que otros habían sido condenados; y en una palabra, restableció la moralidad administrativa.

Corto fue su gobierno, y sin embargo, desplegó tal actividad en él, que sentenció más de

Setenta pleitos; cifra que llamó la atención en aquel tiempo, como la llamó también la honradez que resplandecía en todos sus actos. Una de las acciones más elogiadas al arzobispo virrey fue la de haber hecho entregar a los interesados los pliegos que venían de España. Un escritor después de dar esta noticia dice: "Apuntase esto porque a más de veinte años que los virreyes esconden las cartas y no las dan a sus dueños."

Después de haber conquistado la estimación de la sociedad mexicana, dejó el gobierno el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS el día 27 de Septiembre, habiéndolo regenteado dos meses veintisiete días12 brevísimo periodo en que otro que no hubiese reunido las buenas cualidades que él poseía, no habría logrado hacer otra cosa sino comenzar a enterarse de los negocios cuyo despacho le estaba encargado. Las fatigas del gobierno civil no impidieron que el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS continuase en el de la archí-diócesis por poder de la Sr. Cuevas Dávalos. Este último no vivió  de Oaxaca sino hasta el 10 de Noviembre, ni tomó posesión hasta el día 15 del mismo mes.

Un nuevo testimonio de la estimación que supo conquistar en México el obispo de Puebla, es el que nos ofrece la siguiente efeméride que hallamos en un libro frecuentemente citado en esta obra. "Lunes 15 de Diciembre (de 1664) a las nueve de la mañana salió de esta ciudad para la Puebla de los Ángeles el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS, obispo de ella, virrey que fue de esta ciudad, acompañóle el marqués de Mancera, virrey,' la real audiencia y sala del crimen y todo el reino en carrozas; fue el concurso mayor que se ha visto en esta ciudad. Dejó le el virrey y audiencia en la ermita de nuestra Señora de Guadalupe, y de allí se volvieron a la ciudad, mandando el virrey á los alcaldes de corte le acompañasen hasta San Cristóbal, y á D. Juan Miguel, alcalde de corte, que fuese hasta la Puebla."13

En esa ciudad le recibieron con alegría sus ovejas, con quieras se mostraba apacible pastor y cariñoso padre, valiéndonos de las palabras de uno de nuestros más apreciables cronistas.14 Queda indicado al principio cuales fueron las principales fundaciones y los hechos más notables del SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS en el obispado de Puebla, porque no es en esta obra en donde debe referirse circunstanciadamente lo que a la historia de la archidiócesis mexicana no corresponda; pero creemos que, antes de dar por terminada esta biografía, no estará ele más hacer mención de la residencia que se tomó al SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS en 1666, de sus actos como virrey. El lector verá, seguramente con agrado, cómo el conde de Baños, encarnizado enemigo de su sucesor, pretendió causarle nuevas amarguras y cómo se frustraron sus deseos.

"A 8 de mayo, dice un escritor de aquella época a quien dejaremos narrar este episodio, a 8 de mayo comenzó a correr el término de la residencia del señor obispo de la Puebla, D. Diego Osorio de Escobar y Llamas, del tiempo que fue virrey de esta Nueva-España por término de sesenta días, siendo su juez de residencia el Lic. D. Juan Sezati del Gástelo, oidor de Guadal ajara: pozole algunos capítulos por parte del conde de Baños, su procurador Luis de Seseña Matienzo, ordenados por su abogado el Lic. D. José de Bustos, querellándose de dicho señor obispo de haberle causado de su parte muy grandes injurias, así a la persona como a la autoridad del puesto de virrey que acababa de ejercer, por razón de que el día de San Pedro de 1664, estando el conde de Baños en la iglesia catedral con la audiencia, por ser fiesta de tabla, el dicho obispo vino desde San Ángel, donde estaba retirado, a esta ciudad, a tomar la posesión del virreinato, acompañado de innumerable concurso y repique general, entrando en coche de seis muías con los cocheros descubiertos; ceremonia solo permitida a los señores virreyes actuales, y en la compañía de infantería que estaba en la calle de San Francisco por donde entró el señor obispo, le abatieron la bandera real a quien dio consentimiento debiéndolo estorbar, y pasando por la plaza mayor para las casas arzobispales, con el mismo alboroto repicaron en la catedral estando actualmente en la fiesta; haciéndole cargo del concurso de la gente que a su entrada concurrió, y que de allí pudo resultar alguna novedad contra el conde por ser intempestiva, ponderando el peligro que pudo correr su persona pasando por entre la multitud con la real audiencia para ir a palacio; que debiendo el señor obispo remitir el cajón del pliego al real acuerdo, no lo hizo, sino que lo trajo consigo; que el dicho señor obispo días antes tuvo revenidas personas en la Veracruz y Puebla de los Ángeles para que condujeran dicho cajón, como lo hicieron, trayéndolo desde la Puebla el provisor del dicho señor obispo 1). Diego de San Juan Victoria, con mucho número de guardas, con armas de fuego, al convento de San Ángel, donde estaba su Ilma., que se dejó recibir continuando la turbación e injuria del conde, despojándolo del puesto de virrey sin título aquella misma tarde; que también le hizo injuria en que siendo costumbres que a todos los virreyes que acaban de serlo acompañen la audiencia y tribunales a la ceremonia de salir a dejar el gobierno, no se observó con el conde, ni el señor obispo lo mandó debiéndolo hacer; que habiendo tomado posesión dicho señor obispo, al día siguiente le envió a requerir con su provisor el Dr. Puerto que desembarazase el palacio, con que le obligó a ejecutarlo saliendo luego con la condesa su mujer, sin embargo de estar enferma y sangrada: que cuando llegó el dicho cajón a la ciudad de la Puebla, se hizo en ella una máscara decentísima en que sacaron en estatuas al conde virrey y a la condesa su mujer, en forma de que se hacía justicia de ambos, con pregón de muchas y grandísimas injurias, haciendo paseo por las calles, siendo actualmente virrey, y consiguiente ofendiéndose a S. M., cuya imagen representaba, con tan atroz delito siendo tan público; siendo ya virrey el señor obispo, no lo castigó debiendo hacerlo, y con haberlo tolerado parece haber aprobado el hecho, con otros cargos de quejas; a que respondió por parte del señor obispo su procurador Juan de Escobar satisfaciendo, y desvaneciendo bastantemente dichos cargos; y porque se tenga alguna noticia seda aquí en breve razón de lo obrado por dicho señor obispo. En cuanto a la entrada en que hubo tan grande concurso, se responde que este no lo solicitó el señor obispo, sino por estar tan mal querido el conde virrey, el pueblo teniendo noticia de que le liaban llegado la tarde antes despachos de virrey al señor obispo, por el regocijo de que cesaba el gobierno tiránico del conde, hizo esa demostración; que asimismo el haberle revoleado la bandera al pasar, tampoco fue orden suya, sino de motu propio de la infantería por el amor que le tenían, y esto no lo pudo su Ilma. remediar; que el haberle repicado al pasar, eso ge hizo como arzobispo electo y gobernador! que era, y no como á virrey; que la turbación que se le imputa causó al conde en venir a tomar la posesión del virreinato, esa parece natural en los que dejan los gobiernos, y-;así el señor arzobispo en esto no le hizo ninguna injuria; que en cuanto a la prevención con que se trajo el pliego, tuvo mucha razón el señor obispo, así en esto como en no enviarlo al acuerdo, por la experiencia que tenia de que había ocultado los despachos de otros seis avisos anteriores el dicho conde, entre los cuales había venido la cédula de virrey al señor arzobispo, con tanto extremo que aun los pliegos del santo Oficio los fue a quemar a Santa Fe, causa porque el santo tribunal tenia actualmente preso á D. Diego de Toledo, oficial mayor de gobierno, y más acaeciendo esto al tiempo que dicho conde tenia notificado a dicho señor obispo dos provisiones y despachada tercera para notificarle las temporalidades, y así no era prudencia fiar el pliego de otra mano, para que el conde con la suya poderosa hiciera lo mismo que había hecho con los demás; y en cuanto a haberle requerido que se mudase de palacio, lo hizo por tener morada, atento a que estaba promovido el señor obispo de Oaxaca á este arzobispado, y ser necesario el aliñar el palacio arzobispal por estar maltratado, lo cual había menester tiempo.

Que en cuanto a la máscara de la Puebla, estando su Ilma. en México no pudo estorbar lo que allá sucedía; que el tiempo que gobernó fue poco, y en él tuvo harto que atender como arzobispo y virrey; que el alcalde mayor de la Puebla pudo remediarlo y castigarlo, puesto que su Ilma. No se lo prohibió: á lo demás no se responde por ser de poca sustancia. Otro capítulo se le puso por el suceso de la negra de doña Jerónima de Robles, y fue el caso que dicha negra quiso matar a dicha su ama con un cuchillo, y la dejó por muerta, no estando su amo en casa, y salió a esconderse, y habiéndola cogido, seguido y fulminado causa contra ella por querella de sismos, le sentenciaron á horca, y que antes le cortasen la mano y la clavasen en la puerta de la casa, y el mismo día que se había de ejecutar la sentencia, compadecidos dichos sus amos, llamaron a D. Felipe de Guevara, su abobado, para que hiciese escrito bajándose de la querella, y habiéndolo hecho y firmado, salió, y viendo el mucho concurso, dijo que se fueran, que ya no había ahorcada, porque sus amos la perdonaban y se bajaban de la querella, y pasó dar el escrito al señor obispo virrey, que estaba en el balcón de palacio, a que preguntó su Ilma. Si había ejemplar, y respondiéndole que sí, mandó llamar los oidores á acuerdo, y en ínterin pasando la ajusticiada por la calle del Reloj, la gente la llevó con la bestia en que iba y la metieron en la catedral, y por este caso condenó el juez de residencia a dicho señor obispo en 800 pesos  que después de tiempo el consejo mandó restituírselos, como se hizo."

La lectura de las anteriores noticias, acerca de la residencia del SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS, sugerirá, acaso, al lector como a nosotros, ciertas reflexiones sobre lo útil que es a un país el que se haga efectiva la responsabilidad de los gobernantes o funcionarios. Si cada uno de los nuestros supiera que una vez terminado su periodo había de exigírsele estrecha cuenta de sus actos y que había de resarcir los perjuicios que hubiese causado, menos arbitrariedades se cometerían. Desgraciadamente sucede lo contrario. Vana palabrería nos seduce, confundimos muchas veces la libertad con la licencia, y haciendo alarde siempre, de una generosidad que es hija de la inercia que nos caracteriza, vemos descender uno tras otro a los gobernantes, y por escandalosos que hubiesen sido para violar la ley, por graves atentados que hubiesen cometido, ni se les juzga, ni mucho menos se les castiga

Las residencias que se tomaban durante el gobierno colonial servían muchas veces para aumentar la fama o buen nombre de los virreyes salientes. Depurada su conducta, la sentencia de sus jueces encerraba menciones honrosas y recomendaciones que no desoía el soberano. El pueblo que lo es en nuestros días, tendría así motivos en que fundar sus juicios,

Y no que hoy, con injustificable ligereza, lo mismo se ensalza que se vitupera, pero ni se premia ni se castiga. Es que nos ofuscamos con hermosas teorías que distan mucho de ser una verdad en la práctica. Mas es tiempo de terminar esta biografía. Ya en Puebla el SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS, continuó en el gobierno de su obispado con el fervoroso celo de que tantas pruebas había dado, haciendo fundaciones piadosas y favoreciendo sin cesar a los pobres. Empero nuevas amarguras turbaron la paz de su alma. No conforme el marqués de Mancera con la resolución de su antecesor sobre la colocación de pajes, tuvo con él serias controversias y le desterró al punto más lejano de su diócesis, al pueblo de Tlatlauquitepec, en donde a causa de la humedad excesiva del terreno quebrantóse la salud del obispo.

En agosto de 1666 se le concedió volver a su iglesia, en cuyo gobierno persevero hasta el día de su muerte ocurrida el 17 de Octubre de 1673. Su cadáver fue inhumado en la catedral junto a los de sus antecesores, y después trasladado, en cumplimiento de sus últimas disposiciones, a la iglesia del convento de religiosas trinitarias, fundación del SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS como debe recordar el lector. Siguiendo la costumbre establecida por el venerable Sr. Palafox, de colocar al pie de los retratos de los prelados muertos su elogio, púsose en el del SR. DIEGO OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS, que se conserva en la sala capitular, el siguiente: MITIS, MAGNIFICUS, & JURISPRUDENTISSIMUS.

 1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 113-122.

2 Gobernó poco tiempo, y por el amor de sus ovejas se excusó renunciando, dice Betancourt en su Tratado de la ciudad de México, cap. 4O, refiriéndose al Sr. OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS.

3 Rivera Cambas, Los gobernantes de México, pág. 212.

4 Quien desee más pormenores sobre este punto, los hallará en el Diario de sucesos notables, llevado por el Lic. D. Gregorio Martin de Guijo. 1648—1664.

5 D. Juan de Leiva y de la Cerda, marqués de Leiva y de Ladrada, conde de Baños, fue el XXIII virrey de México'

Tomó posesión el 16 de Setiembre de 1660 y regenteó el gobierno hasta el 30 de Junio de 1604. Hallase su biografía en la obra intitulada Los gobernantes de México, tomo, 1 pág. 205 a 211.

6 Betancourt, en términos bien suaves por cierto, dice que canearon algunas inquietudes las mocedades del Sr. D. Pedro, refiriéndose al hijo mayor del virrey.

7 El marqués de Gelves debió su mina al tumulto ocasionado por los disturbios entre él y el arzobispo Berez de la Serna. Véase las páginas 59 y siguientes de esta obra.

8 El P. Cavo en su Historia civil y 'política de México publicada por B. Carlos María Bustamante bajo el título de "Los tres siglos de México durante el gobierno español," dice en el libro octavo, con referencia al conde de Baños, lo siguiente: "Este virrey, recomendable por su piedad y afabilidad, después de cuatro años de gobierno se volvió a España. Los mexicanos le quisieron mucho; pero su satisfacción no fue cumplida, pues las pesadumbres que su hijo le causó le acibararon la vida,"—Apoya sus asertos el historiador acabado de citar, en el cap. II del Tratado de la ciudad de México, por Betancourt, y en verdad que no sabemos por qué. Betancourt dice en el lugar citado que el conde fue decoro de lo sagrado y apacible en el gobierno, aunque causaron algunas inquietudes las mocedades del Sr. D. Pedro-, más no consigna aquello de que "los mexicanos le quisieron mucho." Que fue mal querido, es cosa que no puede ponerse en duda después de saber las demostraciones de alegría que la ciudad hizo al resignar el mando en el arzobispo de México. El P. Cavo habiendo escrito su Historia civil y política, en el extranjero, no tuvo seguramente ocasión de consultar otro autor más que a Betancourt en lo relativo al gobernante en cuestión, y 110 hallando en aquel sino las frases lacónicas ya mencionadas, agregó lo que a bien tuvo. Si a manos del P. Cavo hubiese llegado el Diario de Guijo en que se hallan minuciosamente descritas las luchas del virrey y el arzobispo y también la manera con que aquel gobernó, a buen seguro que le hubiese calificado de apacible y piadoso. Desgraciadamente inexactitudes como esta que apuntamos, abundan en la obra del P. Cavo, así como otros muchos defectos que no es del caso criticar aquí.

9 Tenemos que refutar un error en que incurrió el Sr. Lorenzana, primero, y más tarde la Sr. Rivera Cambas. En los apuntamientos biográficos del Sr. OSORIO DE ESCOBAR y LLAMAS, insertos en la "Serie de los Vimos. Sres. obispos de la Puebla de los Ángeles, (Concilios provinciales, páginas 269 y siguiente) dice el Sr. Lorenzana: "En el año de 1064 fue virrey de esta Nueva España y sucedió al conde de Baños con quien había tenido grandes competencias; posteriormente fue electo arzobispo de México, por fallecimiento del Sr. D. Alonso de las Cuevas, que murió en el apio de 10(56 y gobernó dicho arzobispado por habérsele prevenido que en el caso que lo renunciase, como sucedió, tomase en sí el gobierno, con lo que cesaron las competencias que se habían suscitado en tiempo de aquella vacante." Imperdonable es este error en el Sr. Lorenzana, quien poco antes (pág. 221 de la misma obra) había dicho que el Sr. OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS aunque renuncio humildemente el arzobispado, lo gobernó hasta la llegada de su venerable sucesor la Sr. Cuevas Dávalos. La Sr. Rivera Cambas asienta la misma especie en su Historia de los gobernantes de México, tomo I pág. 213, seguramente por haber consultado la obra del Sr. Lorenzana.

10 Guijo en su Diario da razón de muchos de I03 actos del arzobispo-virrey. Esos apuntamientos bastan para dar idea de las dotes administrativas que poseía el Sr. OSORIO DE ESCOBAR Y LLAMAS. También puede consultarse la obra varias veces citada Los gobernantes de México.

11 Como hemos visto, se encargó del gobierno el día último de Junio; pues bien, el 10 de Agosto siguiente había ya reunido 450,000 pesos para el socorro de S.M.

12 Sucedió en el mando al arzobispo-virrey, el marqués de Mancera. Hizo este su entrada en México él lo de Octubre de 1664 y fue relevado u fines de 1673. El marqués dejó buenos recuerdos.

13 Guijo, Diario de sucesos notables.

14 Betancourt, Tratado de la ciudad de la Puebla de los Ángeles. Cap. IV.


13. El Ilmo. Sr. Dr. D. Alonso de Cuevas y Dávalos

(1664 - 1665)

  • Trasladado de Oaxaca: 28 abril 1664
  • Palio: 28 abril 1664
  • Posesión: 15 noviembre 1664
  • Muerto: 2 septiembre 1665 1
  • Bulas y palio en México: 7 septiembre 1665

1 “Propuso el señor deán (Juan de Poblete) la muerte de su señoría ilustrísima el Ilmo. Señor doctor don Alonso de Cuevas Dávalos… el sentimiento que su señoría tenía y el que va a tener este cavildo por haberle faltado un prelado tan santo, tan docto, tan hermano y sobre todo criollo en quien su magestad (que Dios guarde) havía puesto los ojos para honra de la Patria…” Actas de cabildo, vol. 16, ff. 225 v.-226.

 

Natural de México, Canónigo Magistral Tesorero y Arcediano de la Santa Iglesia de la Puebla, Arcediano y Deán de ésta; Obispo de Nicaragua que renunció. Consagrado como Obispo de Oaxaca donde pasó. Electo Arzobispo de México, año de 1664. Recibió todas las órdenes en la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, en cuyo altar celebró su Primera Misa, y antes de llegarle el Palio, falleció el día 20 de septiembre de 1665. Está sepultado en esta Santa Iglesia donde fue bautizado. Fue varón de heroicas virtudes.

Noble por su sangre, y más noble todavía por sus acciones, varón insigne por su ciencia y su virtud entre los que aquí nacieron y brillaron durante la dominación española; el primer mexicano que alcanzó la más elevada dignidad en la jerarquía eclesiástica del Nuevo Mundo, fue el Ilmo. SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS, cuya vida vamos a narrar en estas páginas. Siempre es grato rendir homenaje al mérito cualquiera que hubiese sido la cuna de hombre que lo posee; pero lo es más aún cuando la gloria de un individuo refluye sobre su patria que lo es nuestra también. Por eso hoy al trazar la biografía del decimosexto prelado de México, sentimos algo así como cierta complacencia o legítimo orgullo. Otro es nuestro camino, otras nuestras ideas, distintas nuestras aspiraciones, en una palabra, no hay ningún punto de contacto entre el personaje de este estudio y nuestra individualidad, y sin embargo, nos empeñamos en la tarea de desempolvar antiguas crónicas  para revivir y honrar la memoria de aquel que fue timbre glorioso para la Iglesia mexicana. Tan grande es el poder que sobre el ánimo ejerce, tan dominadora la influencia de la virtud, que el transcurso de dos siglos no basta a borrar el recuerdo de quien la practicó sobre la tierra.

Nació el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS en la ciudad de México el día 25 de Noviembre de 1590 de padres que lo fueron D. Alonso de Cuevas Cavalle y doña Ana Dávalos, mexicanos también y de nobilísimas familias ambos.2 Era muy niño cuando comenzó a ejercitarse en actos piadosos con detrimento de su salud, bastante delicada a causa de su débil complexión por lo que sus padres, aunque tenían las mismas prácticas, procuraban atenuar las mortificaciones que él se imponía. Llegado a mayor edad, reveló su amor al estudio y su inclinación a la carrera eclesiástica. Refiere uno de sus biógrafos, que impelido el joven CUEVAS DAVALOS por aquella vocación, se dejó caer del corredor de su casa, el cual daba a la calle, y se dirigió al colegio de San Pedro y San Pablo para dar comienzo a sus estudios en aquel establecimiento. Perseverando en sus propósitos cursó con provecho as materias de asignatura, y llevó una vida ejemplar, comparable solo a la de los fieles de los primeros siglos del cristianismo. La respetabilidad de sus padres, la estimación de que gozaban entre el clero de México, y sus propias buenas cualidades, pusieron en aptitud al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS desde el principio de su carrera literaria, de tener por maestros a varones de ejemplar virtud y de profunda ciencia.

Desarrollado su espíritu en aquel medio, robustecidas sus naturales inclinaciones con el ejemplo, fue día a día haciéndose más firme su vocación religiosa, aunque continuaba vestido de secular. Llegó a la edad en que debía decidirse a fijar la posición social que había de guardar, y no vaciló. Un tío suyo pretendía enlazarle con su hija; pero él, para cortar de raíz todo intento que pudiese apartarle de la senda que se tenía trazada, vistió el hábito de clérigo y recibió los órdenes sagrados hasta el sacerdocio, de mano del Illmo. Sr. D. Juan  Pérez de la Serna en el Santuario de Guadalupe.3

El haberse ordenado de sacerdote no fue un motivo para que el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS, que aún no terminaba sus estudios académicos, los abandonase; antes al contrario, los siguió con más ahínco y con mayor provecho, teniendo por maestro en teología al insigne jesuita Dr. Pedro de Ortigosa. "Aprovechó tanto, dice uno de sus biógrafos, en el ejercicio de las letras, con lo profundo de su ingenio, que más parecía ciencia infusa la suya que adquirida en tan pocos años, y así acudían a su casa muchos estudiantes por adelantar sus estudios con las conferencias que con él tenían, y juntamente por gozar de la dulzura y suavidad de su conversación."4 A más del aserto que acabamos de copiar, ofrece un testimonio irrefutable del saber del joven sacerdote el haber sido nombrado por los jesuitas, entre quienes sabia no pocos de profunda ciencia, para predicar en la casa Profesa, en una de las más concurridas solemnidades de aquellos días.

Al par de su saber estaba su modestia, y tan grande como ésta era su caridad. Retirado por completo de las grandezas que su familia disfrutaba, vivía él humildemente en una habitación situada en el jardín de la casa, para entregarse, durante las horas que no empleaba en el estudio o en el ejercicio de su ministerio, al cultivo de las flores y a la meditación en aquella soledad.

Cuanto a él pertenecía, y cuantos emolumentos alcanzaba, dedicábamos á los pobres. Frecuentaba los hospitales y practicaba la caridad de tan bondadosa manera, que en breve se hizo amar de los desgraciados; que si los seres benéficos son en cualquier pueblo como enviados de la Providencia, vienen a aparecer como la Providencia misma allí en donde solo hay libertad para hacer donaciones al soberano; donde los gobiernos en vez de favorecer esquilman; donde la única participación que las clases trabajadoras tienen en la cosa pública, es la de contribuir con la fuerza de sus brazos al engrandecimiento, a la opulencia de las clases llamadas superiores. Aquel vástago de una familia ilustre, en vez ele seguir las costumbres de los suyos, en vez de explotar al pobre, conságrase á su servicio, enjuga sus lágrimas, le cuida en sus enfermedades, y ahuyenta de su hogar al hambre y a la miseria.

'Es joven todavía y no ambiciona fausto y honores; se encuentra abocado a los primeros puestos de la Iglesia, y no intriga, ni promueve, como otros, disturbios para ascender a más elevada posición. Tiene avanzada la mayor parte de su carrera literaria; pero como quiera que para obtener nuevos grados necesita recursos pecuniarios, prefiere emplear los que posee en hacer el bien, y prescinde del doctorado. De esta manera el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS satisface las aspiraciones nobilísimas de su alma, y parece como que huye de todo lo que los demás ambicionan. Empero no faltaron personas que presintiendo el destino futuro de aquel sacerdote humilde, le instaran a concluir su carrera acudiendo a sus hermanos para que le ayudasen en los gastos que necesitaba hacer. Su carácter complaciente, más bien que cualquier otro móvil, indujo- al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS a acceder a aquellas indicaciones, y después de lucidos actos literarios en que le apadrinó el marqués de Villa Mayor D. Carlos Colon, recibió la borla de doctor en teología por Septiembre de 1624. "Como el graduado estaba, dice el autor ya citado, emparentado con toda la nobleza ele México, fue el paseo de los más numerosos y lucidos caballeros que liaste entonces se había visto, y con tanta ostentación, que afirmó el Secretario de Escuelas, no haber visto otro igual, habiendo servido este oficio treinta y siete años, sin lo que antecedentemente había visto en esta Universidad, añadiendo que no se podía hacer más si se graduara un hijo del Rey nuestro Señor Una vez obtenido el grado académico, siguió el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS el curso de su carrera literaria, ocupándose en regentear cátedras, principalmente la de Prima de teología que sustituyó durante seis años por enfermedad del propietario, Dr. D. Alonso Muñoz, y también sustituyó la de Sagrada Escritura. En ambas conquistó el renombre de maestro docto, sacó discípulos aprovechados, sostuvo muchas conclusiones y presidió actos los más lúcidos de la época, acrecentando así su fama. No era solamente la cátedra, teatro de legítimas glorias para el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS. Orador sagrado, solicitábanle con gran frecuencia, y acudía numeroso concurso a escucharle cada vez que se anunciaba una oración suya; contando entre sus admiradores a los mismos prelados de la Iglesia, entre ellos a D. Juan Pérez de la Serna, quien dijo en cierta ocasión que el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS sabía y explicaba los sagrados textos por iluminación, y el Sr. Manso y Zúñiga que le encargaba designar a los oradores de las fiestas de tabla. Natural nos parece la' admiración de que era objeto el predicador de quien hablamos; pues ni se lo conocía una copiosa biblioteca, ni en aquellos tiempos era fácil a un particular de limitados recursos pecuniarios proporcionarse sino ciertas y determinadas obras, para hallar en ellas fuente abundante de saber y ele inspiración.

Solicitado con insistencia para servir de capellán del convento de religiosas de Santa Teresa, resistió el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS cuanto le fue posible aceptar ese puesto; mas al fin tuvo que hacerlo movido a ello por los - empeños de la superiora o prelada de aquel convento. Entonces se desató una furiosa tempestad contra el virtuoso sacerdote. Aquellos que a pesar de sus años no habían alcanzado tan honrosas distinciones como él que aún era joven, cegados por la más ruin de las pasiones humanas, la envidia, se propusieron  desacreditarle urdiendo groseras calumnias que él no se ocupó en desvanecer, porque fijas Sus miradas en intereses más caros que los del mundo, apenas si se cuidaba de lo que a su Individualidad se refería. Desgraciadamente, aunque movido de laudable celo, el arzobispo Que lo era entonces el Sr. Manso y Zúñiga, dio acceso a las falaces acusaciones que sobre El capellán de Santa Teresa hacía pesar sus émulos, y le sujetó á durísimas pruebas, tomando declaraciones y dando otros pasos extremos, queriendo hasta tomarle residencia, y dando así lugar a que se pusiese en duda la acrisolada virtud del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS.

El silencio de éste dio creces a la calumnia, y el arzobispo le destituyó del puesto que ocupaba. Más tarde, el mismo prelado convenciese de la inocencia de aquel sacerdote injusta y cruelmente perseguido; más todavía, vio el Sr. Manso y Zúñiga por las averiguaciones que practicó y por los libros del convento, que lejos de merecer cargos era acreedor a cumplidos elogios. Entonces. Comprendió que había sido engañado y que víctima de aquel engaño había procedido con ligereza. Para remediar el mal involuntario que había hecho, intentó restituir al capellán al encargo que desempeñado había durante seis años, pero él aceptó aquella reparación, que por otra parte no necesitaba, porque veía limpio el cristal de su conciencia, único juez para él después de su Criador. Increíble parece que ni por un momento hubiesen logrado los gratuitos enemigos del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS, influir en el ánimo del Sr. Manso y Zúñiga hasta lograr de él la destitución de aquel que había sido el mejor de sus colaboradores en la benéfica tarea de aminorar los males provenidos en 1629 de la gran inundación de la ciudad de México. Ya dijimos en su lugar lo que los mexicanos debieron a la caridad evangélica de su prelado en tan aflictivas circunstancias, y oportuno nos parece referir los particulares servicios del capellán de Santa Teresa al pueblo infeliz, en aquellos mismos días.

Compadecido de las calamidades que presenciaba, uniese á otro sacerdote amigo suyo, y emplearon ambos cuánto dinero tenían en comprar alimentos para los pobres. Se embarcaban en una canoa todos los clima se iban a Tacubaya a traer maíz y carne, y luego salían por el barrio de Santiago Tlatelolco en la misma canoa para hacer la distribución. "Al punto que lo descubrían los muchachos, dice el biógrafo a quien seguimos, salían pollas calzadillas gritando: ya lime el doctor Cuevas, ya viene el pan. Y lo llamaban esperando de sus manos el sustento, y así lo experimentaban."

No pasó mucho tiempo sin que el Sr. Manso y Zúñiga tuviese ocasión de tributar al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS el homenaje más cumplido, que envolvía también la satisfacción más completa. Sucedió que hallándose vacante en 1634 la canonjía magistral de la Iglesia de Puebla, impulsado por sus parientes y amigos más que por sus propios deseos, opusiese á ella el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS. Con aplauso de todos y aprobación del obispo, cabildo y ciudad, así como el informe del virrey marqués de Serrallo que en grande aprecio le tenía, se le hizo la merced solicitada y en breve vino de España la noticia. Enviárosle parabienes el obispo y prebendados de Puebla, dándoselos a sí mismos de tener en su iglesia y compañía tal prebendado. Apenas hubo recibido él la cédula de dicha merced, fue á presentarla al arzobispo Sr. Manso y Zúñiga recabando si debía o no aceptar, que tal era su espíritu de obediencia. Entonces el prelado le dijo: eso y mucho más merece Vd.; vaya y tome posesión, que lo que siento es que su Majestad me quite la mejor presea de mi Arzobispado. Estas palabras, en los labios del mismo prelado que algunos años antes había puesto en duela la virtud y merecimientos del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS, fueron para éste, seguramente, más gratos que la noticia del triunfo que había alcanzado al recibir la merced. En 1635, tomó posesión de la canonjía, y comenzó a practicar en la ciudad de Puebla las mismas virtudes que en la de México, y como estaba dotado de esa elocuencia que atrae y cautiva, muy pronto conquistó desde el pulpito el corazón de los angelopolitanos que acudían presurosos á oír de sus labios la doctrina evangélica.

Era a la sazón obispo de Puebla el Illmo. Sr. D. Gutiérrez Bernardo de Quiroz, cuyo elogio condensó en estas tres palabras su célebre sucesor inmediato, D. Juan de Palafox y Mendoza: Mitis, Suavis, Punís. El Sr. Quiroz, cuya avanzada edad le inducía a buscar el descanso, al punto que conoció las excelentes cualidades del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS pretendió encargarle del gobierno de su obispado. Modesto como era el antiguo capellán de Santa Teresa, y tal vez temiendo causar desazones a sus compañeros, se excusó de tan convincente modo que el obispo desistió de su intento, y él continuó dedicado al pulpito y al confesionario, a sus obras piadosas y a la frecuente oración á que se entregaba.

Más tarde (1638) vino cédula al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS de su promoción á la tesorería del cabildo, de que tomó posesión en seguida. Dos años después llegó a Puebla D. Juan de Palafox y Mendoza, sucesor como hemos dicho ya del Sr. Quiroz, muerto en - 1638. Los lazos que unen a las personas superiores cuando llegan a comprenderse, ligaron en breve al nuevo obispo con el tesorero de su Iglesia, y desde aquel momento se identificaron, por decirlo así, corriendo ambos los mismos peligros y defendiendo la propia causa.5

Con motivo de la muerte del deán de Puebla, hisópele merced de aquella plaza al Dr. D. Juan de la Yegua, arcediano, y para sustituirle le dio esta dignidad al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS quien, como habrá observado el lector, ascendía rápidamente sin deber aquellos puestos a la intriga ni al favoritismo Su elevación a mayores dignidades no solo no le distrajo de sus antiguas prácticas, sino como que acrecentó en él aquel espíritu de caridad que es a nuestro juicio el mayor entre sus títulos de gloria, el más imperecedero. Cuando salía de maitines ponía en el coche doscientos o cuatrocientos pesos para repartirlos entre los pobres de la ciudad, sin esperar que le refiriesen las penalidades que sufrían, pues bastábale la apariencia de sus albergues miserables  las huellas que en su semblante había grabado el infortunio. Además, nunca pobre alguno acudió a la casa del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS sin haber obtenido la limosna que solicitara, sucediendo muchas veces que su mayordomo le hacía presente la escasez de recursos en que se hallaba a causa de su largueza, imitando en esto a su ilustre predecesor en el arzobispado de México, el Sr. Moya de Contreras, de inmortal memoria. En los días festivos daba de comer en su propia casa a cierto número de pobres, y terminada la comida dábales en numerario algún socorro.

Ocasión propicia para prodigar los tesoros de su caridad sin límites, le ofreció en 1642 la peste que asoló la ciudad de Puebla. En aquellos días de honda tribulación, el obispo volvió los ojos al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS. Ninguno mejor que él podía ayudarle eficazmente en la magna empresa de atender a todas y cada una de las víctimas de la peste. No bien le hubo comunicado el Sr. Palafox su pensamiento, cuando salió el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS en busca de un edificio amplio cuanto era menester para el establecimiento de un hospital. Oigamos de qué manera refiere este pasaje un testigo ocular de los sucesos de que hablamos."Salió nuestro D. Alonso en busca de una casa, y la halló tal, que (por haber servido ele obraje) tenía capaces galerías para Varones y Mujeres, enfermos; y en brevísimo tiempo limpió y aliñó las salas, dispuso camas, surtió una despensa con el regalo necesario, buscó enfermeros, y trajo enfermos a quienes personalmente asistía, que era cosa digna de admiración ver una Dignidad de una Catedral entre las chimeneas registrando la comida de los enfermos, probando las viandas, y preguntando a cada uno lo que gustaba, siendo para todos y para cada uno pronto al remedio, solícito en su regalo, eficaz a los auxilios, y próvido para lo que pudiera ofrecerse en esta materia; juntándose a esto la liberalidad del Prelado y de su Prebendado con porfía de emulación, la misericordia de entrambos."

Dos enfermedades gravísimas sobrevinieron, una en pos de otra, al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS, a causa tal vez de las fatigas que experimentó en la asistencia del hospital de los apestados. En la última, fue tal la intensidad del mal, que los mismos médicos declararon inútiles los recursos de la ciencia para salvar al ilustre enfermo. Dispúsosele entonces para el funesto trance, cabiéndole la honra de que el Sr. Palafox le llevase el Viático personalmente. C Liando tuvo lugar este acto admiróse el obispo, o por mejor decir, complaciese en extremo al atravesar por en medio de un numeroso concurso de desgraciados que lamentaban con las  lágrimas en los ojos la muerte cercana del mayor de sus bienhechores. Y decimos que Complació  al obispo de Puebla aquel duelo, porque vio en él un testimonio, el más elocuente que pudiera hallar, de lo mucho que era amado el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS por las virtudes que atesoraba.

Motivo fue también de admiración para los circunstantes hallas cubierto de cilicios el cuerpo del virtuoso sacerdote al tiempo de aplicarle la extrema-unción. Nadie hasta entonces había sospechado siquiera que él se mortificaba con tan duras penitencias y nadie lo sospechaba porque estas y otras las hacia lejos de las miradas de todos, aun de los más allegados a él, porque no buscaba la aprobación del mundo si no la satisfacción intima del alma que cree así expiar culpas tal vez imaginarias.7

Afortunadamente los funestos presagios no llegaron a realizarse el más hizo crisis a la hora misma en que se esperaba la muerte del Prebendado8 y entro en bree aún convalecencia llenando se dé contento los que creían haber perdido a su protector. Las desavenencias ruidosísimas entre los jesuitas y el Sr. Palafox sabidas ya del lector, alejaron a aquel prelado de su Iglesia, El SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS quedo entonces como arcediano por presidente de cabildo y gobernador de la Iglesias., Adicto como habíamos dicho era el Sr. Palafox tui que sufrir tosas las contrariedades de esa época de lucha y congojas a pesar de que con prudencia suma. Se rehusó a aceptar el gobierno del obispado que con ruegos e instancias le proponía el mismo Sr, Palafox.

Una flota que vino por septiembre de 1647, trajo entre otras cedulas una de merced del deanato de la catedral de México al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS a quien ocho Días antes se le había hecho la del arcedianato, pero como se le daba el término de dos años para que dentro de ellos tomara posesión,9 todavía tuvo tiempo de continuar haciendo en Puebla sus benéficas limosnas y de cooperar a la conclusión de la suntuosa catedral de aquella ciudad, dedicada solemnemente a fines de abril de 1649. La Sr. Cuevas Dávalos fue el orador sagrado a quien toco recapitular en uno de todos los sermones predicados en los días de la dedicación del templo.

Pocos días después, (6 de Mayo) salió de Puebla para España el Sí. Palafox, y volvió aquedar el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS de presidente del cabildo eclesiástico a pesar de que en la cédula á que liemos hecho referencia se señalaban dos años p « la consagración del obispo de la Habana a quien debía reemplazar el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS verificó así sino a principios de 1651. Entonces, con gran sentimiento de Angelopolitano se dirigió a México el deán, y tomó posesión de su empleo el día 28 de Marzo Solemne en extremo fue la demostración de alegría que lanzó la ciudad de México en ese día No era para ella un hombre de antecedentes ignorados el nuevo deán, sino un urjo esclarecido cuya fama se extendía por tocio el país. Por eso la nobleza y las _ clases tocias de la sociedad se esforzaron en dar el mayor brillo y lucimiento a la ceremonia; por eso la función fue tan notable como hasta entonces no se había visto otra en la ciudad, valiéndonos de las palabras de un testigo presencial.

El SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS se encontraba en más amplio teatro, en esfera superior; pero También en más difícil y más arriesgada situación. Centro de intrigas han sido siempre las capitales de las cortes, como de rencillas y murmuraciones los pueblos pequeños. Esto por una parte y por otra la presencia de los virreyes que, generalmente hablando, abusaban de la fuerza de su poder y de lo ilimitado de sus facultades, hacían que los prelados y en su falta los gobernadores de la Iglesia, encontrasen a cada paso tropiezos que solamente un hombre dotado de prudencia suma podía salvar sin mengua de la dignidad del puesto ni mucho menos de los intereses que le estaban confiados. Y en verdad que nadie podía negar al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS la virtud de la moderación, o bien sea de la templanza.

Vacante como encontró el arzobispado por muerte del Sr. Manso y Zúñiga a él como denle tocaba representar dignamente a la iglesia y defender sus fueros. Pocos meses hacia que había tomado posesión de la catedral de México10 motivado por las pretensiones  del virrey, conde de Alva de lista acerca de la colocación de sus pajes en la procesión de este día (8 de junio de 1651). El SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS defendió con entereza los derechos de su Iglesia pero evitó que aquí el disturbio tomase proporciones alarmantes. De la misma manera se condujo en cuartos negocios graves se presentaron durante la sede vacante, hasta la llegada del arzobispo Sr. López de Azcona en julio de 1653.

Como elector recordara en, sus breves días permaneció el gobierno de la archí- diócesis mexicana el Sr. López de Azcona. En la vacante producida por su muerte volvió a quedar el Sr. Cuevas Dávalos. De presidente del V Cabildo en cuyo puesto se encontraba  cuando tuvieron lugar la solemne dedicación de la catedral de México, que aún no estaba terminada11 y la recepción del Sr. Sagade Bugueiro, ya descrita.

En 1655 D. Pedro de Barrientos cancelario de la ilustre universidad de México renuncio a este cargo por tener que salir para su obispado de Guadiana (hoy Durango). El virrey, que lo era entonces el duque de alberque que  persona que en mucho estimaba al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS en atención a las grandes partes de calidad virtud letras y méritos que en el concurrían, el nombro para sustituir al Dr. Barrientos de cuyo empleo tomo posesión el día 28 de Mayo del mismo año.

Tal había sido la brillante carrera del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS, cuando Felipe IV le elevo a la dignidad episcopal prestándole para la mitra de Oaxaca, por la quiete de D. Fr. Dicho de Evita y Valdez. Sesenta y seis altos contaba encinches la mayor parte de ellos  empleada como hemos visto en el servicio de la Iglesia y de los pobres, El martes 8 de Octubre de 1656 se despidió su cabildo con gran sentimiento de este y el 13 del mimo mes y año fue consagrado por el arzobispo Sagade Bugueiro con gran solemnidad pues asistió no solo numeroso clero sino el virrey, audiencia, ciudad, virreina y nobleza del Reino. El 25 de Noviembre siguiente, salió de México para la ciudad de Antequera (Oaxaca), sin haber permitido que se le formase el lúcido campamiento que le habían preparado.

Al abandonar la ciudad en que viera la luz se entraba  SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS en extremo pobre. Cuanto había ganado en sus prebendad había sido para socorrer a los necesitados. El viaje del obispo e Oaxaca fue una continua ovación, La ciudad de Puebla y los pueblos del tránsito, se esperaron en tributarle cumplidos homenajes. Gran número de páginas llenaríamos si nos propusiéramos referir a uno a uno los actos de Sr. Cuevas Dávalos en su obispado desde el día 22 de Diciembre de 1656 en que tomo posesión de su gobierno. Procuraremos ser concisos para no fatigar al lector.

Quien había desde el principio de su carrera eclesiástica empleados  en practicar el bien concediendo en beneficio de los pobres todas sus rentas, quien en la cátedra, en el pulpito, en el confesionario en los hospitales y en donde quiere había demostrado suficientemente que emprendía como el mejor la sublime misión de la paz de la caridad, y del consuelo, que el sacerdote fiel observante de la doctrina de Jesucristo debe llenar sobre la Tierra , natural era que encontrase revestido con la más alta dignidad, cual es la del episcopado diese nuevas y abundantísimas privas de su celo ferviente por la caridad nunca desmentida. Así el gobierno pastoral del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS en Oaxaca duque una no interrumpida serie de beneficios para el pueblo encomendado a su pastoral solicitud.

Ni lo avanzado de su edad ni lo débil de su constitución física lastimada por el ayuno y la penitencia, fueron un obstáculo para que con infatigable constancia, acudiese al cumplimiento de sus deberes. Prudente como era, y con la experiencia adquirida en los puestos que había desempeñado, trató luego de la reforma de los costumbres, más con el ejemplo que con inútiles prescripciones. Consignó sus rentas al socorro de los pobres, y era prendió la visita de su diócesis, sin fausto alguno, sin exigir emolumentos, antes bien dando recursos a los que los necesitaban. Lo áspero del terreno, la inclemencia del clima, y sus propios achaques, no le arredraban. Fortalecíale el vehemente anhelo de hacer el bien, de enjugar las lágrimas de los desgraciados, de emplear su vida toda en el ejercicio de su elevado ministerio. Era, puede decirse, otro Moya de Contreras, cuyo corazón era una fuente inagotable de virtud y de bondad; era un ser que derramaba el consuelo por donde quiera que iba.

Entre las páginas gloriosas que forman la historia del gobierno pastoral del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS, ocupan un lugar distinguido las que refieren la pacificación de los indios de Tehuantepec, lograda por este venerable sacerdote. Le defraudaríamos uno de los más honrosos títulos con que ante la posteridad se presenta, si no nos detuviéramos a referir aquel suceso. Hay, además, otra razón poderosa que nos mueve a hacerlo. Con frecuencia los partidarios del antiguo régimen niegan que durante la dominación española hubiese sido peor que en la actualidad lo es, la condición de la raza indígena. El siguiente episodio, que no narraremos nosotros, sino un escritor de aquellos tiempos, dará cabal idea de las crueles e inauditas extorsiones de que entonces fueron víctimas los indios. No importa la extensión del pasaje que vamos a trascribir, si con él logramos, primero dar mayor realce a la grandiosa figura del decimosexto prelado mexicano, y después vindicar a nuestra época de los cargos que se le hacen por personas que o no conocen la historia, o maliciosamente ocultan la verdad, prevalidos de la ignorancia de las masas.12

"Hallábase nuestro Obispo, dice el Lic. Robles, con mucho sosiego en el gobierno pacifico de su Obispado, y como en esta vida no puede a ver gozo verdadero, y permanente, sucedió, que los Indios de Tehuantepec, Provincia de aquel Obispado, y muy numerosa de gente, tenían muy aborrecido a su Alcalde mayor por las continuas, y ordinarias molestias, y vejaciones que les hacían, y les hacen ordinariamente los Alcaldes mayores de aquellas Provincias, despojándolos de sus bienes, y de sus pobres chozas, ocupándolos con gran violencia los días, y noches, en los tejidos, y tareas lucrativas, que ha inventado la ansia de aumentar la hacienda con la autoridad, y poder del oficio, reduciendo a rigores, y castigos, de cárceles, y azotes, y a otras ofensas graves, cualesquiera defectos por leves que sean en la obediencia de sus contrataciones, y repartimientos de diferentes géneros á muy excesivos precios, que habían  de satisfacer en géneros de la tierra, á muy viles precios, de que resultaba el verse perdidos por no alcanzarles sus caudales a la satisfacción de los repartimientos, y por su defecto estaban tan oprimidos, que tenían por alivio, el dejar sus casas, mujeres, hijos, y sembrados; pasando a la última desesperación de precipitarse, y despeñarse en los montes, á horacarse, y desear la muerte por librarse de las molestias, y vejaciones tan crueles con que vivían en perpetua esclavitud, y tormento. Y considerándose sin remedio á tantos males se resolvieron a matar a su Alcalde mayor, como lo hicieron el Lunes Santo del año de 1660, sin embargo de haber  salido los Religiosos del Convento de Santo Domingo, que había allí a querer sosegarlos, y librar de sus manos al dicho Alcalde mayor, que no pudieron conseguirlo, y habiéndolo muerto, y a algunos Criados suyos, lo arrastraron por toda la plaza con irritación de su venganza, y no fue poco el conseguir después los Religiosos el cuerpo para sepultarlo. Y luego se retiraron, llevándose las armas, estandarte Real, y los bienes de dicho difunto. Llegó la nueva de este suceso á Oaxaca, y siendo la compasión  del Obispo tan general con todos, bien se puede entender la que tendría por la presente desgracia, y quinto sentiría así la perdición de aquellos Vasallos negados a la obediencia de su Rey, como la lastima del difunto muerto a manos de sus enemigos, sin  recibir los Sacramentos, y sin la prevención necesaria en tan rigoroso trance. Doliese de todo, y de no poder remediarlo, acudiendo a Dios con fervorosas oraciones, para que lo hiciese, y juntamente dio noticia al Excelentísimo Virrey Duque de Alburquerque, el cual (a lo que parece) inspirado de Dios, le escribió luego al Obispo pidiéndolo con todas instancias tomase a su cargo la pacificación de dicha Provincia, y fuese á ella con toda brevedad, porque a ninguno podía mejor encargarse negocio tan grave, y tan del servicio de ambas Majestades, y reconociendo el Obispo ser así, lo aceptó, y aunque conocía, que era grande la dificultad de la empresa, y su poca salud manifiesta, venciendo su celo de la salvación de aquellas almas/y servicio del Rey, estas, y otras dificultades, deseando reducir aquella Gente a la paz, y quietud antigua. "Y prosiguiendo a la ejecución de los medios, que le parecieron necesarios, y eficaces para el sosiego de los Indios, les despachó luego al Licenciado Don Francisco de Xaurigui  Presbítero de su Obispado, para que los suavizara, y morigerara mientras llegaba, y con él les remitió una carta muy pacifica, y amorosa, diciéndoles, que los iba a consolar, como su Padre, que era, y a administrarles el Sacramento de la Confirmación, que fue el pretexto principal de que se valió. "Dispuso pues su viaje con la brevedad, que pedía el negocio, llevando en su compañía al Doctor Don Antonio de Cárdenas, y Salazar, Arcediano de su Iglesia, para que le ayudase en esta pretensión. Salió de la Ciudad sin más prevención, ni armas que las de la o r a c i o n , y confianza en Dios, que son las mejores, atravesando por las Jurisdicciones de Chichicapa, y Nexapa, donde no solo oyó los clamores, que los Naturales daban contra sus Ministros de Justicia, sino que por sus ojos vio los repartimientos, con que los vejaba, de Palmillas, Jerxetillas, Algodón, Cuchillos, Sombreros, Muías, Potros, Bueyes, y otras cosas, eme en grandes cantidades traían a su presencia, representando los agravios, y violencias que para que recibiesen dichos géneros les hacían sus Alcaldes mayores, y de los excesivos precios, en que se les daban, obligándoles con amenazas, azotes, y otras vejaciones, que los retornasen en los frutos de sus Provincias á bajísimos precios (como se ha dicho) de todo lo cual avisó a dicho Virrey, remitiéndole algunas memorias, en que los Indios lo representaban. _ "Caminaron hasta veinte, y cinco leguas, poco más,  menos, que es la mitad del camino, que ay de Oaxaca á Tehuantepec, con las fatigas de lo áspero de él, y del exceso de los calores del tiempo, que juntos con los del temperamento de aquella tierra, se hacían insufribles y a nuestro Obispo muy dificultoso el poder pasar adelante en la jornada, porque sus pocas fuerzas, y muy quebrada salud no lo permitían. Vacilaba en estos pensamientos y hallábase muy combatido de ellos, cuando en medio de tan penosa batalla se le mostró Christa Señor Nuestro en la forma, que estuvo en el Pretorio de Pilatos, coronado de espinas, todo llagado, y corriendo sangre, y mirando con apacible semblante a nuestro Obispo le dio: Alonso, que es lo que pretendes hacer Como quieres dejar a mis Ovejas y tuyas sin consuelo? Qué es lo que padeces en comparación de lo que Yo padecí por tu Júrame cual estoy, y considera que de aquí me ¡toaron al Calvario para Crucificarme y a Ti te premiarán. Desapareció con esto Nuestro Redentor, y se desvanecieron las duelas, que ofuscaban el corazón de nuestro Obispo, quedando con tal visita con mucho ánimo, y esfuerzo para proseguir lo comenzado, como lo ejecutó sin dilación.

"Recibió respuesta de la carta, que escribió a los Indios en que decían lo esperaban como mucho amor como a su Padre prometiéndole restituir todas las armas, y dar la obediencia a Su Majestad prometiéndose por su medio el perdón de los hierros cometidos por la opresión en que los tenían puestos. "A pocas jornadas se halló en los campos vecinos a Tehuantepec que estaban llenos de Indios a pie, y a Cavallo, con todo género de armas de lanzas, arcubuzes, arcos, y flechas, de suerte que ponían horror a él el verlos y (según refirió después en México) le causaron  gran temor, acercose a ellos mostrándoles mucho amor y acariciándolos con lo que ellos dieron muestra de rendimiento y obediencia hasta la entrada a la Villa de Tehuantepec. Y meditando antes el obispo el medio más eficaz para la veneración y respeto a la dignidad pastoral y conseguir su verdadera reducción y traer la paz, y obediencia de su  majestad al numeroso pueblo, que se hallaba reunido de toda la provincia determino entrar en dicha vida vestido de pontifical para lo cual junto a un río cercano a la Villa se revistió de las vestiduras pontificales. Y subiendo en la mula que llevaba prevenida y aderezada para esto, fue entrando quedando los indios admirados y se rendían por el suelo, llegando a recoger las riendas de la mula para llevarla de diestro y la multitud de indias quitándose de los hombros las cobijas (que es un lienzo grande que les sirve de manto) las tendían en el suelo por todo el camino para que pasase por ellas la mula en que iba su obispo, llenos de lágrimas de alegría de verlo, lo acompañaban muchos Eclesiásticos ya si llego con solemne replique, música de clarines, chirimbas y trompetas a la iglesia de dicha villa donde dios a todos su bendición con fraternal afecto, haciéndoles saber el motivo de su venida, obrando esta demostración de humildad que manifestaron con lágrimas el arrepentimiento que tenían de lo que habían cometido y de dicha Iglesia lo llevaron con toda admiración y respeto a las casas reales donde se hospedó asistiéndole los principales  gobernadores y los caciques y habiendo reconocido los motivos que habían tenido para el alboroto de dicha provincia y el estado en el que al presente se hallaban hizo juntar en la plaza Real a todos los principales gobernadores y alcaldes y demás gente popular  y estando sentado en la silla y sitial que estaba prevenido  y en un platica les hizo saber de las obligaciones a las que tenían que ser fidelísimos de su majestad y la reverencia y humildad con que debían asistir y respetar a los ministros de la real justicia, y la gravedad y el delito que habían cometido en faltar a ella en el caso que se veía haber sucedido en la villa, que le imputaba tanta gravedad y digno de ejemplar castigo, y otras cosas que le parecieron convenientes al intento, exhortándolos a que desistiesen de cualquier novedad  y manifestasen luego todas las armas, banderas y demás instrumentos militares que habían llevado para restituí los en su lugar con la decencia debida, y los bienes del alcalde mayor muerto ¿, desviando de si los recelos que pudieren embarazarles dicha restitución, y que y que si alguien tuviera empeñadas pagaría de sus bienes las cantidades en que estuviesen y que para ello acudiesen a su mayordomo, a quien mando, que luego se hicieran, cualesquiera manifestaciones de los bienes y armas reales . Pagase de los suyos las cantidades que le pidiesen  llamando a los principales con recurso se quitó el pectoral, y las sortijas y por mano de los susodichos las ofreció a la plebe para que las vendiesen o empeñasen provocando con estas acciones, a que hiciesen la dicha manifestación. Causando en ellos tan grande conmoción que poniéndose de rodillas  ante el obispo le ofrecieron las vidas, y cuanto tenían, repitiendo varias veces que eran vasallos fidelísimos a su majestad y pidiéndoles solicitasen perdón de los delitos, que de ellos se presumía, que le ayer que los reconocía era el temor a los castigos que podían  hacerles , que procurarían con toda diligencia buscar las armas y bienes que habían faltado a las casas reales , aclamando al Rey Nuestro señor por su Dueño y Señor natural, y haciendo otras demostraciones leales. Y para que mejor se consiguiese la recaudación de las armas, se la encomendó dicho Arcediano  Don Antonio de cárdenas y Salazar, que la ejecuto con tan  acertada puntualidad que él ,ismo día se consigue la restitución de todas ellas , llevando el Arcediano ele estandarte y el obispo el bastón de las casas reales, donde se pudieron como estaban antes. Y quedando ellos muy consolados con el seguro que les dio el obispo de que su majestad, les perdonaría, apiadándose por los inmensos trabajos y opresiones que padecían de que les había resultado precipitarse.

De todo lo cual dio cuenta a dicho Virrey diciéndoles que no los esclavos de Argel, ni las presiones de los más crueles tiranos, han igualado a los que estos miserables indios estaban padeciendo, y los más de estas Provincias, y que es testigo de vista de que las vegas del rio cercano a la dicha Villa donde antes tenían semillas, y frutos fertilísimos, y copiosos, con que se sustentaban, y hacían  ricos, con ventajas a todos los demás de sus comarcas: estaban al presente secas, incultas, y los Indios, que por ellas eran ricos, se bailaban pobres: los que tenían descanso se hallaban ahora con trabajos; los que estaban sobrados, no solo tienen necesidad, sino que la hambre los mata, y consume, siendo la causa de tan extraña desventura los tequios, imposiciones, repartimientos, y otros tratos, en cuyo trabajo ocupaban a los Indios, é Indias, no solo de día, sino de noche, y no siendo posible acudir, y satisfacer a la ansia, con que los vejaba la codicia, se ejecutaban en ellos extraños rigores, y castigos, sin que estuviesen excepto de ellos los Caciques ancianos, Gobernadores de sus Pueblos de treinta, y cuarenta años de oficio, porque los afrentaban públicamente poniéndolos en la picota desnudos, donde se executiva la sentencia de doscientos azotes, sin mas proceso, que el gusto del juez, y en algunos fueron tan crueles los azotes, que murieron luego ele ellos, y otros después de pocos días, con que llegaba la desesperación del remedio a compelerlos, a que huyeran á los montes como arriba, dejándose morir de hambre, y sed, teniéndolo por menor daño, que el padecer tales opresiones, y rigores, y ahorcándose otros. Y finalmente pide a dicho Virrey el perdón por las causas referidas, y el remedio de estos daños en lo venidero, porque de no hacerse así podría recelarse, que si llegase caso de rompimiento no son conquistables sin milagro, por las circunstancias de su muchedumbre, ser Gente belicosa, y ejercitada en armas."Y dejando en sosiego la dicha Provincia, y en paz, y amistad a los principales Caciques entre quienes se habían  originado algunas discordias, y parcialidades, y con igual unión, y demostraciones de segura, y permanente fidelidad al Rey Nuestro Señor, determinó volverse á Oaxaca, y para mejor ejecutarlo puso en guarda de las dichas armas, y Casas Reales al dicho Licenciado Don Francisco de Xaurigui Pinelo, y a otras Personas con orden de que asistiesen en ellas hasta que llegase nuevo Alcalde mayor, o la Persona que nombrase el Virrey para recibirlas, como con efecto se ejecutó así, y se mantuvo en sosiego la dicha Provincia hasta que llegó el dicho Alcalde mayor, que recibió de los susodichos las dichas armas continuándose el sosiego, y reverencia de que gozaban antes como parece por cartas, que escribieron al Obispo después el mismo Alcalde mayor, y Provincia, estando ya en Oaxaca, desde donde dio cuenta al Virrey de lo que había  conseguido en este negocio, de que le dio muchas gracias dicho Virrey, y habiendo merecido dignamente los aplausos que tuvo generalmente por tan gloriosa empresa, no faltaron émulos que procuraron deslucirle la Persona del Obispo con informes siniestros al Real Acuerdo; diciendo en ellos que usurpaba la Jurisdicción Real, y otras cosas que pudieran dar cuidado, a quien no hubiera procedido con la rectitud, y justificación, que el Obispo, el cual confiado en esto escribiéndole un Amigo de México las noticias que corrían de estos informes para que volviese por sí, respondió que su defensa corría por cuenta de Dios, que él volvería por él, como se experimentó, pues habiendo dado cuenta de si al Real Acuerdo, que envió al Consejo Supremo de las Indias largo informe, así de lo que el Obispo había  obrado en Tehuantepec, como de los informes en que le calumniaban. Vistos unos, y otros, en dicho Consejo, fue la resulta de ellos la merced, que su Majestad hizo al Obispo escribiéndole una carta en que manifiesta la mucha estimación, que de su Persona hace, por lo cual pareció copiarla aquí, y es como se sigue. . "EL REY. —Reverendo SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS, Obispo de la Iglesia Catedral de la Ciudad de Oaxaca de mi Consejo. Hanse recibido las cartas que me escribisteis dando cuenta de las inquietudes, y alteraciones sucedidas en las Provincias de Tehuantepec, y Nexapa, y que para sosegarlos por medios juayes se valió de vos el Duque de Alburquerque siendo mi Virrey en esa Nueva-España, para que interpusiese  vuestra Dignidad, y que fiado en el cariño con que os respectan los Indios de ese Obispado, fuisteis a aquella Provincia, y mediante vuestra disposición dejasteis sosegados, y contentos los Indios, y en lo demás procurasteis mi servicio, y viviéndose visto en mi Consejo Real de las Indias con los demás papeles, que en esta materia vinieron a él, me ha parecido daros gracias, como os las doy por lo que obrasteis en negocio de tanta importancia, y me tengo, y doy por bien servido del celo, y atención con que acudisteis a él, y fio ele vuestra prudencia continuareis la misma demostración en mi servicio en lo que adelante se ofreciere, con el cuidado, y desvelo, que lista aquí, y Yo tendré memoria ele ello para las ocasiones de promoveros a mayores empleos. Madrid a dos de Octubre de 1662. —Yo el Rey. —Por mandado del Rey Nuestro Señor. —D. Pedro de Medrano."13

No fueron vanas promesas las del soberano. La renuncia que del arzobispado de México hizo el Sr. Osorio de Escobar y Llamas, ofreció á Carlos II ocasión de presentar al SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS para esta mitra. En la flota que llegó a Veracruz a fines de Jumo del año ele 1664 vino la cédula de promoción, la que recibió el agraciado el 2 de Julio siguiente. Tan grande como el dolor de los oaxaqueños al perder aun prelado tan benéfico, fue la alegría de los mexicanos, y aún mayor si se reflexiona en que el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS era el primer hijo de esta ciudad que ascendía al más alto puesto a que podía llegar un sacerdote en el Nuevo Mundo. Inútil seria por lo mismo detenerse a describir la suntuosa recepción que se le hizo el Elia 2 de Noviembre, y el acto solemne de la toma de posesión el día15 del mismo mes. El lector entendido comprenderá fácilmente que la sociedad mexicana se vio honrada en la persona del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS y se esforzó por lo mismo en revestir de esplendor y de grandeza aquellos actos. Mas ¡ay! el contento de los mexicanos duró bien poco, porque la ventura es, como dijo el poeta hablando de la vida,… breve día do apenas nace el sol cuando se pone en las tinieblas de la noche fría.

Nueve meses hacía apenas, que el SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS gobernaba el arzobispado de México, respetado y querido de todos, cuando le acometió el día 14 de Agosto de 1665 la enfermedad llamada por los médicos de entonces pseudo parálisis, de que murió a los diez ocho días, es decir, el 2 de Setiembre. Dos días después hiciéronsele los funerales con magnificencia; cual correspondía a su carácter de jefe de la Iglesia, y para pagar así el último tributo a aquel varón esclarecido honra de su patria y legítima presea del clero mexicano.

Del 2-5 de Octubre tuvieron lugar en la catedral con no menor grandeza los honras fúnebres, encargándose el elogio del finado al Dr. D. Francisco ele Siles, canónigo lectoral y catedrático ele Vísperas de Sagrada Teología, quien tomó por texto el verso 5 del Evangelio de San Juan que el dice: Amen dicho vobis, quia venit hora et nunc est, quando mortuiaudient vocem Filis Dei14Toca a su término esta biografía. Tratamos en ella ele un personaje a quien hemos procurado ciar a conocer de la manera más completa que posible nos ha sido, sin traspasar los límites marcados a los estudios anteriores. Empero como podríamos aparecer pródigos en Elogios, y como esto podría atribuirse a la parcialidad con que muchos escritores juzgan a sus compatriotas, séanos permitido manifestar antes de concluir, que cuantos autores se han ocupado de nuestro personaje lo han hecho tributando a su memoria iguales y aún mayores elogios. El sabio Sigüenza, Betancourt, Fr. Baltazar de Medina, Florencia, Eguiara,y otros varios escritores antiguos, y Arróniz entre los contemporáneos, unánimes declaran los merecimientos del SR. DR. D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS. Ante el respetable testimonio de obras que puede consultar el que quiera hacerlo, no tocaba a nosotros sino pagar a nuestra vez un Tributo a la memoria del virtuoso prelado, mucho más cuando nos preciamos de dar a cada uno lo que es suyo, sin que nos mueva ni la pasión política ni las afecciones religiosas; que quien aspira a que en sus obras reconozcan todos la más estricta imparcialidad, la más severa justicia, debe despojarse de sus personales tendencias y juzgar a los hombres y los acontecimientos, a la luz de la razón y de la filosofía. Ni biógrafo ni mucho menos crítico podrá ser quien pretenda ajustar a su modo de ser y de pensar, lo que han hecho o escrito los que creían y obraban de diverso modo, según la época en que florecieron, según las idea que profesaron, o para decirlo en una sola frase, según el medio en que Vivian. Desgraciadamente, Aunque esta verdad a nadie puede ocultarse, la vemos echar en olvido a cada paso aun por hombres eminentes. Tan difícil así es dejar satisfecho el egoísmo humano absteniéndose de subalternar a él lo que a los demás se refiere! Por eso tristeza, que no asombro, nos ha causado oír de los labios de orador elocuente proposiciones tan exclusivistas como esta: "¿Quien quiera inmortalizarse escribiendo en el idioma de Cervantes, esfuerza que profese y vierta las doctrinas de Teresa de Jesús y Luis de León;15 de otra manera sepa que se condena a eterno olvido, y que las generaciones venideras no preferirían  oscuro nombre ni aun para maldecirlo." Esto ha dicho quien en magníficos versos castellanos ha vertido los bucólicos griegos, que en verdad no pudieron profesar las doctrinas de Teresa de Jesús y de Luis ele León.8 Y sin embargo, inmortal será la traducción de los Idilios de Teócrito, de Bion de Esmirna y de Mosco de Siracusa. Si nuestro criterio hubiese sido semejante al del orador académico, y creyésemos que no son las obras las que dan la inmortalidad, ¿habríamos intentado siquiera revivir la memoria del Sr. Moya de Contreras, el fundador de la Inquisición en México? Podemos gloriarnos, permítasenos decirlo, podemos gloriarnos de haber dado cima a una obra como la presente que aunque destituida de mérito literario, es, por las noticias que encierra, un monumento levantado a los prelados de la Iglesia mexicana cuyos nobilísimos hechos iban perdiéndose en el olvido, y únicamente podían ser apreciados por uno que otro investigador diligente de nuestras curiosidades históricas y bibliográficas. Un escritor liberal que tal vez pareció sospechoso a los que están más interesados en las glorias de la Iglesia mexicana, se ha encargado de defender a Zumárraga, de hacer el panegírico de Moya de Contreras y de poner en la balanza ele la razón las acciones de Palafox y Mendoza y de sus contrarios los jesuitas! Tal vez parecerán extemporáneas y aun pretensiosas estas observaciones; pero no nos hemos resignado a omitirlas en estos momentos, en que por la justa celebridad de uno de los miembros más distinguidos del clero de México, se han recibido por muchos, como si de un dogma se tratase, sus palabras que ya copiamos, y que se hallan en un escrito en que solo ha tenido frases de elogio, y de pomposísimo elogio, para los que profesaron en otros días las ideas que él profesa hoy. - Nótese que cuando se lanza un anatema sobre todos los escritores que no son ortodoxos, éstos responden honrando la memoria de los apóstoles del Cristianismo en México y de los Pastores de la misma Iglesia.

 1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs.123-135.

2 El Sr. Cuevas Cavalle fue mayorazgo y su apellido vino del famoso Edon dique de Cantabria y primer fundador de la casa que después se enlazo con la real de Francia. La Señora Dávalos descendía del infante D, Lope de Aragón, hijo del Rey D. Sancho Ramírez, primero de este hombre y segundo Rey de Aragón, D. Alonso fue el único vástago de esta familia, ni aun si quiera el primero, D. Juan Lorenzo D. Gerónimo y D. José le precedieron  y D. Nicolás y Doña. María nacieron después de el 

3 No podemos fijar la fecha de su ordenación, por no constar en ninguna de las obras que para escribir esta biografía hemos tenido a la vista; pero atendiendo a la época en que gobernó el Sr. Pérez de la Sema (1013—1626) y a la edad que para el caso se requiere, podemos deducir que fue de 1G16 á 1G20, confirmándonos más en esta idea la circunstancia de haber recibido el Sr. CUEVAS DÁVALOS los órdenes, antes de terminar sus estudios.

4 Robles, Resguardo contra el olvido. Vida y virtudes del Siervo de Dios D. ALONSO DE CUEVAS DÁVALOS. México, 1757.

5 Andaban juntos frecuentemente el Sr. Palafox y el Sr. CUEVAS DÁVALOS, lo mismo en la ciudad que fuera de ella. Sucedió una vez, que uno de los partidarios de los jesuitas que sostenían, como hemos tenido ocasión de ver, encarnizada lucha con el primero, sucedió decimos que uno de los partidarios de los jesuitas intentó, favorecido por las sombras de la noche, asesinar al obispo. Se acercó á la carroza en que iban el prelado y el tesorero, y sacando una arma que al efecto llevaba iba a consumar el atentado, y en el momento en que se avocó a la carroza; desfalleció su ánimo y se abstuvo de realizar su criminal proyecto. Los admiradores de los dos personajes cuya vida estuvo en peligro, no sabían a cuál de ellos atribuir el portento de haber con su presencia hecho desistir al presunto homicida.

6 El Lic. Pbro. D. Bartolomé Rosales, que desempeñó varios empleos al lado del Sr. CUEVAS DÁVALOS, entre ellos el de Secretario suyo, y que más tarde fue Secretario del V. Cabildo de la Metropolitana.

7 Muy extensa resultaría esta narración si nos propusiéramos enumerar cada una de las penitencia del Sr. Cuevas Dávalos. Desde su primera edad ayunó varios días en la semana; se privó del uso del agua durante tres años continuos, en vez de dulce tomaba acíbar, etc., etc.

8 Fue esta enfermedad un tabardillo, o tifus como se le llama en nuestros días.

9 Este término se le señaló porque era el que se necesitaba para que llegasen las bulas del Dr. D. Nicolás el que era el deán, y a quien Felipe IV había presentado para obispo de la Habana.

10 En el diario de sucesos notables del Lic. Gregorio, puede verse la relación completa de este escándalo. No la insertamos aquí por no hacer más extensa la biografía. 

11 Reservamos para el apéndice la descripción de esta solemnidad y cuanto al suntuoso templo se refiere, para no interrumpir nuestro relato. Creemos que no deben faltar noticias en una obra como la presente.

12 Note el lector que el Lic. D. Antonio de Koblcs escribió la biografía del Sr, CUEVAS DÁVALOS en el año de 1703. Pasados siete obtuvo las licencias necesarias para la publicación. No puede decirse, vistas estas fechas, que el autor aguardó a que muriesen los que podían desmentirle.

13 Robles o. Cit. Págs... 152 a 165

14 Esta oración fúnebre se baila impresa en el mismo volumen de la obra de Robles, aunque con paginación distinta.

15 El Ilmo. Sr. Montes de Oca, en la Oración fúnebre de Alarcón y Mendoza.


14. El Ilmo. Sr. D. Fray Marcos Ramírez de Prado, O.F.M.

(1666 - 1667)

  • Trasladado de Michoacán: 27 junio 1666 1
  • Posesión: 16 noviembre 1666
  • Muerto: 11 mayo 1667 2

1 Esta fecha corresponde a la de las cédulas que presentó fray Marcos al tomar posesión y que me parece más acertada que la que anota Bravo Ugarte. Actas de cabildo, vol. 16, f. 433.
2 Tampoco alcanzó a recibir bulas, por lo que se declaró no ser nueva la sede vacante y en Michoacán se la declaró por su muerte y no por su traslado a México. Bravo Ugarte, op. cit.

Nació en Madrid el 24 de abril de 1592. Fue obispo de Chiapas. Fue trasladado a la Mitra de Michoacán el 17 de marzo de 1666. Nombrado Arzobispo de México el 15 Diciembre 1666. Muere el 11 de mayo de 1667.

Fue la villa y corte de Madrid cuna del ilustre prelado de quien jamos a hablar. Nació un 4 de Abril del año de 1592, y fueron sus padres el Lic. Alonso Ramírez de Prado miembro del consejo real y del dé Hacienda, y la señora María Ovando Velázquez.

Hizo sus estudios en la justamente célebre Universidad de Salamanca, y siendo aún muy joven, en1601, tomó el hábito de religioso en el convento de San Francisco de aquella ciudad siendo si guardián Fr. Fernando de Ocampo, en cuyas manos profeso. En seguida dio principio al estudio de Artes y Teología, conquistando desde luego fama de excelente y aplicado sujeto.

Una vez terminados sus estudios con grande aprovechamiento, eligió le Fr. Francisco Duran, provincial de Santiago, por su secretario pasando después á incorporase provincia de Granada en la que obtuvo dos veces el mismo cargo de Secretario. Que en este empleo demostró FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO grande aptitud para otros mayores, lo indica el haber sido electo guardián del convento de Lucena, a pesar de su juventud; y que supo corresponder a aquella honra, bien lo prueba el hecho de haber reedificado aquel convento con limosnas que al efecto juntó, y más aún el haber sido reelecto al concluirse el trienio cosa no vista en la Orden, pues hubo necesidad de elegirle con el nombre de 1 residente porque la regla no permitía a nadie ser guardián en dos trienios subsecuentes. Obtuvo después los cargos de Vice-comisario de las Indias y Guardián de Granada. En el desempeño de ambos se encontraba, cuando el rey Felipe IV le presento a la lapa Urbano VIII para obispo de Chiapas, el 24 de Setiembre del año de 1632.Consagróle en Madrid D. Fr. Juan de Guzmán, arzobispo de Tarragona, en el convento real de las Descalzas de la princesa Doña Juana, con asistencia de los obispos de Urgento y Soria, y celebró su primera misa de pontifical en el templo de San Ginés de Madrid, en que fue bautizado cuarenta años antes.

El 14 de Diciembre de 1634 tomó posesión del obispado de Chiapas Fr. José de Barahona, franciscano, por poder del Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO, quien entró a su iglesia a 29 de Marzo del año siguiente, pues antes pasó a Granada a despedirse del convento de que, como hemos dicho, era guardián. Además, el arzobispo de aquella ciudad, D. Fernando de Valdés, presidente de Castilla, le comisionó para que celebrase órdenes en su arzobispado, así como también D. Fr. Antonio de Sotomayor, confesor del monarca, y abad de Alcalá, en su abadía. Antes de salir de España dio de limosna para misas en el convento de San francisco de Salamanca, veinte mil reales.

Desde el momento en que pisó el territorio de Chiapas, comenzó a ejercitar los piadosos fines que se había propuesto al aceptar la mitra. Vio que gran número de indios vivían marital mente sin haber obtenido antes la sanción de la Iglesia, y celebró más de diez y setamil matrimonios, sin consentir que se cobrasen derechos, sino antes bien tratándolos con el amor de un verdadero padre; vio que su Catedral estaba pobre y la dotó de cuanto había menester; y vio que igual pobreza aquejaba a otros templos y dióles ornamentos, lámparas y todo lo que podía satisfacer sus necesidades y aumentar el esplendor del culto.

Si nos propusiéramos enumerar todas y cada una de las donaciones que hizo dentro y fuera de su diócesis, presentaríamos una lista grande y curiosa por cierto; nos bastará decir que con mano pródiga las hizo, revelando siempre su afán por que los templos estuvieren abastecidos de lo necesario para que las ceremonias religiosas fuesen dignas de su objeto3 sin desatender por eso la práctica de la más hermosa de las virtudes: la caridad

Así vivía en Chiapas, gozando del amor de sus diocesanos, cuando el mismo Sr. Urbano VIII por bula de 17 de Marzo de 1639, trasladó al Illmo. Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO á Michoacán, para cubrir la vacante de aquella Iglesia producida dos años atrás por la muerte Del Illmo. Sr. D. Fr. Francisco Rivera.

El tesorero de la iglesia de Michoacán Lic. D. Manuel Bravo de Sobre monte, tomo posesión del obispado en nombre del Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO el día 1 9 de Noviembre de 1640, y al día siguiente entró él a su Iglesia, haciendo celebrar con toda solemnidad una misa fúnebre por el alma de sus antecesores.

Cuando comenzó a ejercer sus funciones pastorales, conocía ya todo su obispado, pues de antemano había pedido al Dr. D. Andrés Ortega Valdivia, chantre a la sazón de aquella iglesia, comisario de la Inquisición y subdelegado de la Santa Cruzada, que escribiese una descripción de la provincia según se encontraba entonces, y que Iremos teniendo ocasión de conocer y apreciar debidamente.4

O no existía catedral aquel año (1640) o el templo no llenaba las condiciones requeridas; no lo sabemos, mas es lo cierto que, según el biógrafo primitivo del Sr. Ramírez de Prado5 fue este último quien dio principio al edificio cobrando al efecto veinte mil pesos qué se le estaban debiendo. En una de la. Capillas que hizo construir coloco una imagen de la Virgen, bajo la advocación de la Alegría, que trajo él de Granada y la puso en un tabernáculo de oro y le dio ornamentos en que gastó veinte mil pesos y tres mil más en fundaciones  para rentas reedificó el convento de Santa Catalina de Valladolid (hoy Morelia); formó sus Contestones y Regla, les dio ornamentos y cuanto iba menester. También edifico otro convento con Espacioso claustro e iglesia, en que invirtió más de cinco mil pesos ascendiendo a más de treinta mil lo que gastó en dotaciones y limosnas.6

Increíble parece cómo pudo con sus rentas, realizar el Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO todas las obras piadosas y benéficas que en corto número de años hizo en Michoacán. No hubo convento, iglesia, ni aún menesteroso, que no fuesen socorridos por su ardentísima caridad.

Refiriéndose a esta gran virtud del prelado de quien hablamos, dice con su encantadora sencillez Gil González Dávila: "Y si alguno preguntare dónde hubo para tanto, responderélo que Plinio el segundo en el panegírico de Trajano, que daba más de lo que parecía que tenía este grande emperador, lo atribuye a que era parco y moderado en sus gastos. Son sus palabras: Au tantas vires habeat frugilitas Principie ut tot impensis, tot erogationibuasolo sufficiat? Frugalidad se llama irse a la mano, llevando a la templanza por guía, excusando gastos impertinentes, sin útil y sin medida, y así tuvo para todo."7

El día 6 de Enero de 1642 celebró el Sínodo que consta de veinte y siete constituciones, que fueron impresas, y otros dos años después. Contribuyó el Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO con más de seis mil pesos para los gastos de la canonización de San Fernando, atendiendo al vivo interés que en ella tenía Felipe IV. En 1643 una peste horrible, la más destructora que ha sufrido el país desde la conquista hasta el presente, diezmó la población indígena de la Nueva España, pero cebándose muy particularmente en la entonces provincia de Michoacán. "Fueron tales sus estragos, dice el Sr. Romero, que la ciudad de Tzintzuntzan que tenía veinte mil indios quedó reducida doscientos."

El padre La Rea, testigo ocular de esta devastación, dice: "De seis partes de indios murieron las cinco en esta provincia, reduciéndose su multitud á tan poca gente, que a cada paso se ven las ruinas y cimientos de poblaciones muy grandes que fueron ayer y hoy no son las paredes están caídas, las calles solas y las ciudades asoladas... apenas hay indios que harén los campos, cultiven las cementeras y guarden los ganados si suceden otras dos o tres pestes como cualquiera de las pasadas, hemos de preguntar cómo eran los indios, su color, traje y tratamientos... . "En tan aflictivas circunstancias, continúa el Dr. Romero, desplegó el prelado la fuerza de su genio y todos los recursos de su caridad. Improvisó hospitales, multiplicó los lazaretos, derramó con profesión  sus limosnas y administró personalmente los Sacramentos a los contagiados. Semejante a San Cáelos Borroneo, se puso al frente de su clero, y socorrió a los apestados con tanto amor y constancia, que sus trabajos me parecen muy superiores a los de Belzunce; porque este redujo sus servicios a solo Marsella, cuando el Sr. Ramírez extendió su caridad a 1 millón de feligreses, diseminados en una área de más de seis mil leguas cuadradas."8

"Venerable por su pureza, por su caridad, por su celo apostólico y por su penitencia, mereció después de su muerte verificada el 14 de Agosto de 1698, que los obispos y cabildos eclesiásticos de las diócesis de México y Michoacán solicitasen de la Silla Apostólica su beatificación. Se comenzó el proceso, y las informaciones que se levantaron con aquel objeto se hallan encerradas en una arca en el archivo del Arzobispado."9

Que además de las virtudes enumeradas, poseía el tacto y la prudencia que su elevado puesto demandaban, es cosa que no puede dudarse desde el momento en que se ve que ni en Chiapas ni en Michoacán hubo entre él y los religiosos conflicto alguno, sino antes bien logró que las disposiciones del rey y del consejo de Indias fuesen acatadas por aquellos sin contradicción. El mejor testimonio de lo que acabamos de decir, se encuentra en la siguiente carta del soberano:

"EL REY. —Reverendo en Cristo, Padre D. Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO, Obispo de la Iglesia Catedral de la Ciudad de Valladolid de la Provincia de Michoacán, de mi Consejo. Han se recibido vuestras Cartas ele ocho de Febrero, y veinte de Marzo de este año, en que me decís y dais cuenta de que luego que tomasteis posesión de ese Obispado empezasteis la Visita General del, así de Ministros Regulares como Seculares, Doctrinas, y educaciones de los naturales, las Iglesias y Administración de los Santos Sacramentos, de que resulto hacer Ordenanzas Generales ajustadas al Santo Concilio, y mis Cédulas Reales, con que en poco más de un año ha quedado por vuestra persona Visitado y Reformado ese Obispado y dado cumplimiento a mis Órdenes, y hecho guardar mi Real Patronazgo, venciendo todas las dificultades que se ofrecieron, y opusieron, y celebrasteis Pontificales y las demás cosas tocantes a vuestra Dignidad, y dispusisteis que se tomasen las cuentas de esa Mesia; y mediante vuestro cuidado ha crecido la gruesa y novenos de ella, y habéis reedificado el Convento de Monjas de Santa Catalina de Sena de esa Ciudad, que se iba cayendo, y disteis la orden necesaria para su sustento y buena administración de su hacienda, y empeñasteis vuestras rentas en ocho mil pesos, para comprar trigo y maíz que se repartió en diferentes partes, con que se remedió el hambre y atajó la peste (pie había entre los naturales ele esa Provincia. Remitisteis a mi Caja ele México lo que debíais de mesada, e hicisteis que se me enterasen en mi caja Real la tercia parte que se me debía de la vacante de vuestro antecesor, y otros seis mil pesos de limosna del Santo Rey Don Fernando. Y habiéndose visto en mi Consejo Real de las Indias, con los testimonios que de lo referido habéis remitido ha parecido muy conveniente lo que habéis obrado; y en alguna enmienda, y estimación de los agradables servicios que en ello me habéis hecho, os doy muchas gracias, y quedo con particular memoria delo, para las ocasiones que se ofrecieren de vuestros aumentos y conveniencias; y ahora me hallo, y doy por bien servido ele vuestro piadoso y religioso celo y del cuidado que habéis puesto en las cosas de mi Real patronazgo, y demás tocantes a mi servicio, en que con tanto desvelo os habéis empleado, y espero lo continuareis como fio de vuestras obligaciones y de la confianza que hago de vuestra particular atención a todo lo que toca a vuestra dignidad y ministerio, con ejemplo de esos mis Reinos y Provincias. De Zaragoza 1? de Octubre de 1643.-Yo EL Rey.-Por mandado del Rey nuestro Señor—Juan Bautista Sáenz Navarrete...”

“No fue esta la única vez que Felipe IV escribió al Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO dándole gracias por su celo pastoral; otras muchas cartas le dirigió que sería por demás reproducir en este lugar.

En la reparación de las casas episcopales, gastó más de tres mil pesos, y en donativos a la corona otras muchas considerables sumas. Cuando se relacionaba algo que al soberano afectaba con sus funciones sacerdotales, el Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO ponía todo empeño en dar a aquellos actos toda la esplendidez posible. Así lo demostró al llegar a Michoacán la noticia de la muerte de la Reina Doña Isabel de Borbón, primero, y después la del príncipe D Baltasar Carlos. Por el alma ele aquella mandó decir tres mil misas rezadas y mil cantadas de Requiera. Las honras fueron suntuosas y el obispo ofició en ellas vestido de Además de las fundaciones y dotaciones ya referidas, hizo otras que sería prolijo enumerar, y en las que invirtió gruesas sumas. Nombrado en 1646 visitador del tribunal de la Santa Cruzada, ejerció las funciones de tal desde Michoacán por sí, y por medio de un delegado en México, pues no quena ausentarse de su diócesis por no interrumpir las obras que tema comenzadas. Empero los negocios encomendados á su resolución demandaron su presencia en México y vino a esta ciudad en 1648, llegando á ella el día 8 de Mayo. Una vez terminada su comisión regreso a su diócesis de Michoacán, en donde continuó ejerciendo su cargo pastoral con aquel celo y con aquella piedad que le hicieron digno ele la estimación y del cariño de sus ovejas.

En esa para él gratísima tarea se encontraba ocupado, cuando el nuevo rey de España Carlos II, a cuyos oídos había llegado la fama del obispo de Michoacán, presen o e para el arzobispado de México vacante a la sazón (1666) por el sensible fallecimiento del Sr. Cuevas Dávalos de quien acabamos de hablar.

Amaba a sus diocesanos de Michoacán el Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO lo bastante para no separarse de ellos fácilmente; pero súbdito fiel así del monarca corno del jefe de la Iglesia, no vaciló en aceptar la difícil tarea que se le encomendaba por ellos, aunque su avanzada edad no era por cierto la más propia para mudar de residencia, ni mucho menos para echar sobre sus hombros nueva y más pesada carga. A fines de Setiembre, (día 21) llegó a México el aviso de España y en él la promoción del Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO del obispado de Michoacán al arzobispado de México, y el 17 de Noviembre del mismo año hizo su entrada en la ciudad. Al día siguiente presentó la cédula de gobernador, y vista se le dio posesión.

No habían trascurrido seis meses, después de la llegada a México del Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO, cuando sobrevino su muerte. Anciano como era no pudo resistir el cambio de clima, y en breve cayó enfermo. Trasladase á la casa arzobispal de Tacubaya por orden delos médicos; pero ni aun de este modo logró restablecer su quebrantada salud, y falleció en esa villa (hoy ciudad) el miércoles 11 de Mayo de 1667 a las tres de la mañana. Cinco días después tuvieron lugar con toda pompa, en la catedral, los funerales del Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO, y fue depositado su cadáver en el mismo templo, en tanto que, conforme a su última disposición, se le trasladaba, como luego se hizo, a su antigua iglesia de Michoacán. Allí reposa al lado de sus dignos predecesores, junto a los restos del inmortal D. Vasco de Quiroga.

La muerte del Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO fue muy sensible para la Iglesia mexicana, no solo Porque muchas obras buenas se le habrían debido, atendido su carácter y sus hechos anteriores, sino también porque, al acontecer, se renovaron las antiguas discordias entre el alto clero de México, nacidas de la provisión de empleos durante el gobierno del cabildo por muerte del Sr. Cuevas Dávalos. Al encargarse él del arzobispado, pareció como que esas disensiones desaparecieron, mas apenas hubo fallecido cuando volvieron a encenderse las pasiones, y nuevos litigios, nuevos conflictos, turbaron la paz y distrajeron a los tribunales eclesiásticos de más provechosas tareas.10 Examinando fríamente en nuestros días esas cuestiones, se concluye por comprender que ellas no tenían otro origen, o mejor dicho, no podían dejar de suscitarse mientras existiese la estrecha unión que entonces había entre la Iglesia y Estado. La injerencia de éste en los asuntos de aquella, provenida del derecho de patronato concedido a los reyes de España, daba lugar a miles de recursos, puestos en juego muchas veces por hombres cavilosos que a falta de ocupaciones graves se entretenían en reivindicar derechos más o menos controvertibles. Sabido es de todos, que las regalías de la Iglesia española nulificaban se puede decir el poder de Roma en la península ibérica y en sus colonias del Nuevo Mundo. La misma Iglesia española, sujeta a la potestad civil a quien debía su aparente independencia, resentías de aquella mala organización.

Esto de una parte, y de otra los fueros o privilegios de los ministros del altar, creaban dificultades de que apenas puede tenerse idea en nuestra época, en que consumada la independencia entre la Iglesia y el Estado pueden obrar libre y desembarazadamente tanto la Una como el otro.11 Mas no es en esta obra, de carácter meramente biográfico, en donde se deben tratar este y otros puntos interesantes de la historia eclesiástica de México, y al apuntar incidentalmente esas cuestiones no hemos tenido otra mira sino la de lamentar que la muerte del Sr. FR. MARCOS RAMÍREZ DE PRADO, sensible bajo cualquier respecto, hubiese dado lugar a que hombres que debían a toda costa procurar revestir de majestad y de grandeza su carácter sacerdotal, diesen rienda suelta a sus pasiones mundanas con menoscabo de los grandes intereses de la Iglesia de Jesucristo. Empero es as brevísimas reflexiones acaso servirán para que otro autor, cuyo objeto determinado sea trazar la historia eclesiástica de nuestro país, se eleve a más graves y profundas consideraciones al examinar el periodo que ahora recorremos. Entonces, libre el ánimo del influjo de las pasiones que agitan a los que viven en una época de transición, de lucha entre el antiguo régimen y las tendencias modernas, se verá cómo la Iglesia misma estaba interesada en que se realizase su separación del Estado. Los medios para lograrlo, acaso no fueron los que ella habría deseado, mas no puede ocultarse a nadie que toca a lo imposible realizar una revolución de otra manera. Fruto como son siempre las revoluciones del choque de partidos opuestos radicalmente, atropellan intereses arraigados, hieren profundamente a aquellos cuyas ideas sucumben por la fuerza de las armas, y de aquí proviene que se necesita que algunas generaciones desaparezcan para poder juzgar con imparcialidad los hechos que cambian la faz de los pueblos. Viven todavía muchos de los que combatieron en las filas, así del partido liberal como en las del conservador; en el ejército unos, en la prensa y en la tribuna otros, y aunque parecen debilitados los rencores que dividieron al vencedor y al vencido, ni este perdona las violencias de aquel, ni mucho menos su contrario olvida las injurias que le prodigaron sus enemigos. ¿Puede con tales condiciones escribirse una historia imparcial que satisfaga las exigencias de todos? Tarea ímproba y sobre ímproba inútil, sería la que acometiera un escritor que pretendiese realizar en nuestros días tal empresa. Dejemos pues al tiempo seguir su curso; él se encargará, llegada la hora, ele hacer a cada uno cumplida justicia.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 136-141.

2 El Dr. Romero dice en sus Noticias para la historia del obispado de Michoacán, que el Sr. RAMÍREZ DE PRADO renunció las mitras de Yucatán y Caracas, pero que Felipe IV le comprometió a aceptar la de Chiapas.

3 Dos grandes páginas del Teatro Eclesiástico de Michoacán llena Gil Gonzales con la lista de las obras piadosas del Sr. Ramírez Prado hasta 1648 en que se escribió su biografía  viviendo aun aquel prelado antes de ser electo arzobispo de México.

4 Ocupa esa descripción las páginas 107 y siguientes hasta 110 de la obra  citada no la nota anterior. 

5 Fue este D. Lorenzo Ramírez Prado hermano del arzobispo en quien nos ocupamos, caballero de Santiago, consejo real  público y gran bienhechor de la historias d España  y del nuevo mundo, verdadero amparo de las letras humanas y curiosas como dice Gil Gonzales. 

6 Una lápida de mármol, colocada en 1645 en una de las capillas de ese convento, explicaba circunstanciadamente lo que decimos en el texto.

7 Gil Gonzales Dávila, loco, cit. Pág. 130 y 131 

8 Romero. Op. Cit. Pág. 16

9 Romero Op. Cit. Pág. 17

10 El Lic. D. Antonio de Robles en su Diario de sucesos notables, que comprende los años de 1065 a 1703, da cabal idea de las cuestiones que apuntamos en el texto. Dicho Diario está inserto en el tomo 2o de los "Documentos para la historia de México," impresos por Navarro 1853.

11 D. José Joaquín Pesado en sus escritos de controversia religiosa, publicados en La Cruz, examina y juzga los inconvenientes que traían la Iglesia el patronato de los reyes de España.


 15. El Excmo. e Ilmo. Sr. D. Fray Payo Enríquez de Rivera, O.S.A.

(1668 – 1681)

Fue virrey de la Nueva España del 13 de diciembre de 1673 al 7 de noviembre de 1680.

  • Posesión: 4 julio 16681
  • Imposición del palio: 1 noviembre 16702
  • Entrada solemne: 8 diciembre 16703
  • Dejó la diócesis: 18 junio 16814

1 Era obispo electo de Michoacán, de donde tomó posesión.
2 Sosa, op. cit.
3 Ibíd.
4 Fue presentado para la diócesis de Cuenca, que no aceptó, y renunció la mitra de México, renuncia que le fue aceptada a principios de 1681. El 27 de junio, mediante poder fechado el 18 de junio, dio el gobierno al cabildo. Salió de la Cd. de México el 30 de junio.

(1668 – 1680)

Natural de Sevilla, hijo de los Sres. Duques de Alcalá del orden de San Agustín. Maestro en filosofía y teología. Calificador del Santo Oficio; fue electo Obispo de Guatemala año de 1657 donde hizo obras heroicas en aumento de su Obispado. Muy discreto y gran limosnero. Imprimió un libro de la Concepción de Nuestra Señora.

Fue promovido al Arzobispado de México en 1668; compuso la calzada que conduce al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y casi la reedificó. Fue Virrey de esta Nueva España por muerte del Excmo. Sr. Duque de Veragua, desde el 13 de diciembre de 1676 hasta el de 1680; fue su gobierno pacífico, renuncio al Virreinato y Arzobispado; fue representado Obispo de Cuenca, que no aceptó, pasó a España el año de 1681 y sin llegar a la Corte de esta Ciudad Real pasó al Convento del Risco, donde reducido religioso austero, acabó sus días el 7 de abril de 1684.

Poco tiempo duró la orfandad en que dejara a la Iglesia mexicana el fallecimiento del Sr. Ramírez de Prado, pues apenas hubo recibido el soberano aquella triste nueva, cuando presentó a FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA, obispo de Chiapas y electo de Michoacán, para cubrir la vacante. Y en verdad que no pudo haberse hecho elección más acertada, pues el personaje objeto hoy de nuestro estudio, reunía las buenas circunstancias de ilustración,  virtud, energía de carácter, y práctica en el gobierno, que había menester aquel a quien se encomendara la tarea de regir una archí-diócesis que en el corto espacio de seis años había visto desaparecer a dos de sus prelados, y había estado con frecuencia en sede vacante por la remoción de otros. Esos cambios no eran, a nuestro juicio, prudentes. Indicado queda en otro lugar el desconcierto que se notaba al punto que un prelado fallecía o era trasladado a otra diócesis; las competencias que se entablaban; las intrigas para obtener ciertos beneficios, y las dificultades que se suscitaban para el despacho de los negocios. Además de todo eso, como es fácil presumir, se echaba de menos la presencia de una autoridad superior que velase sobre las costumbres del clero, sobre su instrucción; que pudiese conferir las órdenes sagradas; que visitase los pueblos para procurar el mejor servicio del culto; y escuchando las quejas que se le presentasen, acudiese a extirpar abusos; en una palabra, que por la suma de sus facultades y por el influjo de su poder dirigiese sin tropiezos la administración eclesiástica.

La remoción de ciertos funcionarios traía entonces, como trae al presente, así en la esfera política como en la religiosa, inconvenientes gravísimos que debieron evitarse, mientras no fuese motivada por razones ele gran peso. Tenían lugar aquellos cambios precisamente cuando el que regenteaba alto puesto se había instruido bien en las obligaciones que tenía que llenar; cuando con sus hechos había conquistado el amor de sus diocesanos," y más bien por el influjo moral (pie por los elementos del poder, veía realizados sus propósitos. Es cierto pie muchas veces tales promociones tenían por objeto ascender a mejores destinos a aquellos prelados que se habían hecho dignos del premio y de las consideraciones del soberano; pero si se reflexiona en que alcanzaban esas mercedes casi siempre en el último tercio de su vicia, se palpan la inconveniencia y la inoportunidad de ellas.

 Anciano era y achacoso el Sr. Cuevas y Dávalos cuando se le nombró arzobispo de México; anciano y enfermizo también, el Sr. Ramírez de Prado, que le sustituyó. Antes, por las mismas causas, el Sr. López de Azcona había fallecido casi al ‘tomar posesión de su gobierno. ¿Extrañará nadie que la muerte les hubiese asaltado comenzando ellos todavía á imponerse de los asuntos de su Iglesia? Si se hubiera tratado de la provisión de empleos de menor significación, de escasa trascendencia social, no habría importado; pero téngase presente que sucedía todo lo contrario, y sucedía en una colonia distante dos mil leguas de su metrópoli, y cuando no existía entre esta y aquella, comunicación fácil y frecuente.

Muévenos a hacer las anteriores reflexiones lo que pasara en México desde la partida del Sr. Sagade Bugueiro (1661) hasta la llegada de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA. En el curso de la biografía de este personaje, cuyo gobierno duró por fortuna 12 años, verá el lector plenamente justificadas las anteriores reflexiones.

  1. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA,2hijo de D. Fernando Enríquez de Rivera, duque de Alcalá y virrey de Nápoles, y de Doña Leonor Manrique de Lara, nació en Sevilla en el año de 1612. De trece años ele edad entró en la religión de San Agustín en el real convento de San Felipe de Madrid, y profesó el 9 de Noviembre de 1628 en manos del Rev. Padre Prior Fr. Martin Cornejo. Fue alumno de la célebre Universidad de Salamanca, lector de filosofía y teología en el convento de San Andrés de Burgos, de teología en el colegio de San Gabriel ele. Valladolid; lector ele la misma y regente de estudios en el colegio real de Alcalá de Henares; maestro de su provincia de Castilla, prior del convento de Valladolid, definidor en su religión, calificador del Santo Oficio, y lector en el insigne colegio ele Doña María de Aragón.3Quien tales encargos desempeñó en colegios y Universidades de tan justa Hombradía, era sin duela hombre ele reconocida aptitud y de profunda ciencia. 

Felipe IV, sabedor de las buenas cualidades de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA, le presentó en 1657 para el obispado ele Guatemala por muerte del Illmo. Sr. D. Bartolomé González Soltero, mexicano ilustre. Apremiado de la obediencia admitió la mitra4 y tomó posesión ele ella el 23 de Febrero de 1659, habiéndole consagrado antes en Panamá el Illmo. Sr. D. Fr. Francisco Briceño.5

"Vióse en su gobierno renovado el de los antiguos padres ele la Iglesia, dice el autor acabado de citar; visitó su diócesis aunque vastísima, sin que hubiese lugar en que no estuviera; con su ejemplo reformó uno y otro clero y también el estado secular. Fue tan parco para sí como próvido para con los pobres."6

En las breves palabras que acabamos ele copiar se condensan todos los elogios que pudieran hacerse del obispo ele Guatemala: en ellas se ve que penetrado FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA de sus altos deberes, supo cumplirlos de tan satisfactoria manera que la historia dar de aquellas regiones no necesito esforzarse mucho para hablar del virtuoso e ilustrado obispo.   

Nueve años gobernó FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA la Iglesia guatemalteca y en ellos además de las obras indicadas ya promovió la fundación del hospital de san Pedro para eclesiásticos, bendijo y coloco la primera  piedra del edificio  dio a los hermanos betlemitas el habito y la regla que observaran al principio, y acudió solicito a las necesidades de todos  llegando a grado tal su amor a los podres que dos veces empeño la plata del servicio de su cada episcopal para socorres las necesidades de ellos.

La promoción del Sr. Ramírez de Parado obispo de Michoacán. El arzobispado de México dio lugar a la de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA a quien se designó para sustituir a aquel. Salió de Guatemala con gran pesar de sus diocesanos que como a padre le amaban el día 4 de febrero. De 1668. Hallábase todavía en camino para su nueva diócesis cuando recibió la cedula real en la que se le promovía al arzobispado de México  ya en la ciudad se tenía noticia de la elección de Fr. Payo desde el día 22 de abril. El 27 de junio siguiente llego a la capital de su arzobispado y anqué desde luego entro en posesión del gobierno, según contesta en los documentos de la época no hizo su entrada publica hasta el 8 de Diciembre de 1670 por no haber llegado el palio hasta el 22 de octubre y recibidlo el 1º de noviembre.

Antes de verificarse esta ceremonia fra. Payo tuvo  ye sostener un pleito con el comisario de los franciscanos. Fr. Fernando de la Rúa que pretendía imprimir libros sin licencia ni reconocimiento a la autoridad del ordinario y otro más grave aún con el provincial de san Agustín  Fr Marcelino Solís. Unidos los franciscanos y los agustinos  pretendían que el arzobispo diera colación canónica a diez y seis que presentaba dicho provincial. Este mismo había removido de su propia autoridad a los que empeñaban aquel ministerio. FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA negosé como era natural a las pensiones de los religiosos y ellos recurrieron a la real audiencia a la que el 21 de Diciembre hizo sus notificaciones al arzobispo a favor de los agustinos y franciscanos, pena de temporalidades7.

El arzobispo con toda entereza estaba resuelto a salir desterrado antes que dejar hollar la inmunidad eclesiástica. Pero el reino comenzó a alborotarse, la crecería se preparaba defender a su Jefe, sin que este lo supiera y se notaban todos los síntomas de un gran disturbio próximo a estallar. Llegaron a los oídos del virrey aquellos rumores y como hombre prudente, el marqués de Mancera interpuso la mediación a los inquisidores más respetables cerca de Dr., Payo, no era por cierto el arzobispo quien cegado por el amor propio precipitase a la sociedad al abismo de la discordia a, ni quien diese lugar a otro tumulto semejante a aquel que provocaron  con su inflexibilidad e carácter uno de sus antecesores el Sr. Pérez de Serna. Consideró cual graves perturbaciones habrían de originarse si conservaba su actitud resuelta y cedió protestando únicamente por dejar a salvo a sus derechos. Este rasgo dio la medida de la prudencia y moderación del nuevo prelado y fue, digámoslo así la base de la profunda estimación que le consagraron los mexicanos en lo de adelante. 

Continuando nuestras investigaciones hallamos un nuevo motivo para encomiar el gobierno pastoral de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA. En abril de 1670 hizo publicar un edicto prohibiendo que en todo si arzobispado se hiciesen procesiones públicas por haberse reconocido de lo contrario muchos desordenes y excesos. La importancia o mejor dicho la significación de esta medida a nadie puede ocultarse. No han  pasado muchos años desde aquel en que la autoridad civil prohibió en México los actos externos de culto y por lo mismo es fácil recordar lo que eran las procesiones. Ellas servían a los intereses profanos y escandalizaban a las personas verdaderamente piadosas. Los que supieran por ver derogada la ley que prohibió esos actos deberían reflexionar que si en la segunda mitad del siglo XVII un prelado cuya piedad y cuya ilustración nadie puede poner en eluda; los creyó causa de muchos desordenes y excesos, y esto cuando los sentimientos religiosos no estaban relajados como en nuestros días, ¿qué no podrá decirse hoy en defensa de la ley que suprimió tales actos? Todavía podríamos remontarnos a más lejanos tiempos y sin salir de nuestra propia historia. En 1617, es decir, cincuenta y tres años antes, otro arzobispo de México, el Sr. Pérez de la Serna, crecía que desde el jueves a las doce de la noche hasta el viernes, a la misma hora, en la Semana Mayor, hombres y mujeres con embozos, iban en grupos o bien de dos en dos, a la llamada estación del "Humilladero," librando muchos para aquella hora y día aplazadas tas ferias de sus torpezas.8 ¿Qué mucho, pues, que para evitar esos escándalos la ley hubiese prohibido en nuestros días las procesiones y demás actos públicos del culto? Pero continuemos nuestra narración.

Los franciscanos que ya no eran, en verdad, aquellos varones apostólicos del siglo XVI a quienes se debió la conquista de México, según tenemos demostrado al principié de esta obra, sino que se entretenían en promover competencias y provocar conflictos, movieron nuevo pleito á FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA en Septiembre de 1670 , por medio del comisario del Orden, pretendiendo que todos los religiosos doctrineros fuesen al mismo tiempo jueces eclesiásticos, conociesen de las causas y diligencias judiciales, y de los que por derecho y costumbre inveterada debían preceder a la celebración del matrimonio. La real Audiencia, a quien tocó conocer este negocio, declaró en auto de fecha 12 del mismo mes, que estaba el ordinario en su derecho al negarse a aquellas pretensiones; que se abstuviesen, por lo mismo, los religiosos del conocimiento de las susodichas causas, y mandó que para este efecto se librasen reales provisiones y se recogiesen las patentes dadas por el comisario y provinciales, para remitir los autos al consejo de Indias. Esta resolución no impidió que el comisario Rúa, Hombre díscolo según parece, provocara otras muchas competencias.9

Mientras tanto, FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA "en extremo celador de la disciplina eclesiástica"10 se ocupaba afanosamente en la reforma de las costumbres del clero, no solo con las sabias disposiciones que dictaba, sino con el ejemplo de su virtud nunca desmentida. Celebraba con esplendor las fiestas de la Iglesia; ponía vivo empeño en la reparación de los templos antiguos y en la construcción de otros. Nuevos; llevaba una vida sumamente modesta, y hacia gráneles y frecuentes limosnas, invirtiendo en ellas las rentas todas de su archí-diócesis. Durante su gobierno pastoral bendijo la iglesia de Balvanera (21 de Noviembre de 1671); la de San Cosme el 29 de Agosto de 1672, dedicándola más tarde, el 13 de Enero de 1675; celebró la beatificación de Santa llosa de Lima el 12 de Marzo de 1671; la de San Fernando el 15 de Julio de 1673; hizo la solemne dedicación de la iglesia de Capuchinas el 10 de Junio de ese mismo año; el 15 de Agosto siguiente dedicó el sagrario del altar mayor de la Catedral; consagró al obispo de Guadiana (hoy Durango) Dr. D. Juan de Ortega Montañés el 24 de Marzo de 1675; al obispo de Guadalajara D. Manuel Fernández de Santa Cruz el 24 de Agosto del mismo año; al de China Fr. Juan Antonio Duran, el 13 de Abril de 1681; puso la primera piedra de la iglesia de Santa Teresa el día 8 de Diciembre de 1678; ocupó con frecuencia el púlpito; concurrió a las principales fiestas de la metropolitana y de los demás templos; celebró anualmente órdenes y visitó dos veces su arzobispado. Todo esto, sin contar otros muchos sucesos notables que entonces se verificaron, en los que tomó participación más o menos directa, y que no mencionaremos por no parecer prolijos. ¡Tanto así era su apostólico afán; tanta su actividad; tan fecundo su gobierno en hechos que le inmortalizaron!

Terminaba el año de 1673 cuando el duque de Veraguas, vigésimo sexto virrey de México falleció a los seis días de haber tomado posesión del gobierno. Como el duque era va anciano y achacoso, la reina gobernadora previo sin muerte y designó para sustituirle en aquel caso, al arzobispo FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA. Tomó este el mando el 13de Diciembre de aquel año, y lo regenteó hasta el 30 de Noviembre de 1680 en que le sustituyó el conde de Paredes a quien se nombró en virtud de las reiteradas renuncias de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA.11 

Referir todos los actos administrativos del arzobispo-virrey durante esos siete años será tarea larga por demás, y ajena hasta cierto punto de esta obra. Así, a grandes rasgos daremos idea del gobierno de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA.  No hubo un solo ramo de los encomendados a su dirección que no fuese atendido con aquella solicitud, con aquel esmero y con aquel tacto que resplandecían en todas sus obras. La moralidad administrativa alcanzó en aquel periodo el más alto grado; las vías públicas fueron reparadas y atendidas; las rentas aumentadas por la pureza del manejo de los empleado ;el palacio virreinal fue renovado, acabado y embellecido; se construyeron puentes y calzadas; se introdujo el agua a la Villa de Guadalupe que carecía de ella; se mejoraron los acueductos de la ciudad; se reedificó suntuosamente el templo de San Agustín destruido por un incendio; se activaron grandemente las obras del desagüe; se dictaron providencias para mejorar la condición de los indios; se mejoró el despacho en los tribunales; se hicieron aprestos para lanzar a los ingleses de Guatzacualco y de la Laguna de Términos; se enviaron socorros a Puerto Rico y a las islas Marianas; hizo notables progresos la Casa de Moneda; se cobraron las multas que hasta entonces se habían hecho ilusorias; se evitó el contrabando, y fueron atendidos los presidios.12

El lector comprenderá que quien daba tan repetidos y elocuentes testimonios de poseerlas cualidades más relevantes para gobernar un pueblo; quien adunaba a la modestia y a la bondad de carácter la firmeza y la rectitud; que quien más que arzobispo y virrey, padre amantísimo de todos, fue querido y respetado y vivía rodeado de universales consideraciones.

Así era en efecto, y Carlos II, a cuyos oídos llegó el renombre de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA, quiso que permaneciera en el gobierno civil y religioso de la Nueva España durante los años de su vida. Empero él, a quien el esplendor del mando no ofrecía el atractivo que para todos tiene; él, que solo por obedecer a superiores mandatos había abandonado la soledad del claustro; él, que anhelaba verse libre de fatigas para poder elevar su espíritu a más altas esferas, entregándose a la meditación que solo es posible en un retiro, renunció, ya no solo el gobierno del virreinato sino también el del arzobispado.

El historiador Cavo, al llegar a este punto de la renuncia que FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA hizo de sus empleos, dice: "Al paso que los vecinos de México se gloriaban de tener por virrey á D. Fr, Payo y ofrecían a Dios continuos votos por su conservación, solo él se hallaba disgustado con el peso del arzobispado y virreinato. Los hombres santos a quienes sus virtudes elevan a los primeros cargos, por lo común viven en ellos disgustados y no desean otra cosa que dejarlos. Conocen los peligros que los rodean, y la facilidad con que se puede faltar a sus obligaciones. Este pensamiento era un torcedor para aquel arzobispo, que lo obligó a escribir al Sumo Pontífice y al rey, pidiéndoles por merced que lo descargaran de aquellos puestos. Edificado Carlos II de aquel acto de humildad, sintió mucho aquella demanda, y así, procuró que continuara en ambos empleos para que sirviera de ejemplo a los demás ministros de la Nueva España. Para esto, le respondió a su carta con términos respetuosos, poniéndole delante de los ojos el gran servicio que hacía a Dios y a la corona en gobernar con tanto acierto, de lo cual se complacía Dios y sacaba su gloria: que se sacrificara posponiendo su quietud y devoción al bien de tan gran reino. Esta respuesta acongojó á D. FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA por considerar que se frustraban sus esperanzas por entonces; con todo, volvió a instar seguro de que conseguiría lo que deseaba; a más de esto, interesó al mismo rey para que le alcanzara del Papa lo que le tenía pedido.""No dudo que a la precedente carta del arzobispo, continúa el P. Cavo, se juntarían otras de personas de cuenta de la ciudad que aseguraban al rey que si al arzobispo no concedía su dimisión peligraba su salud. Esto a mi ver, influyó mucho para que tuviera el consuelo que deseaba. Pero queriendo Carlos II conservar en el gobierno de las Indias á prelado tan edificativo, determinó hacerlo presidente de aquel consejo y nombrarlo obispo de Cuenca. Acaso se imaginó que D. FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA estaba disgustado de vivir en México  y que deseando volver a su patria, tomaba por medio la dimisión de ambos puestos; pero esta conjetura cuán errada haya sido, se conoció después."13

Más antes de referir la partida del ilustre religioso, retrocedamos algunos años, ya que por deslindar los actos de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA como arzobispo de los del mismo como virrey, no hablamos en otro lugar ele una de las fundaciones debidas a nuestro personaje. Omitir esta página gloriosa seria defraudarle uno de sus más hermosos títulos. Dijimos al principio, que siendo obispo de Guatemala dio FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA a los hermanos betlemitas el hábito y la regla que observaron.14 Pues bien, débase á él el establecimiento en México del Orden americano de religiosos betlemitas. Por el año de 1673, siendo arzobispo-virrey, puso todo empeño en que esa religión, fundada en Guatemala por el P. Betancourt, tuviese casa en México, y al efecto hizo venir a varios hermanos, que lo fueron Fr. Francisco de la Misericordia, Fr. Gabriel de Santa Cruz, Fr. Juan Gilbó, y Fr. Francisco del Rosario, a quien dio el cargo de Superior. Recibió les con especial cariño, y uniendo sus esfuerzos a los del conde de Santiago quedó establecido el Hospital de convalecientes.

Cuantas comodidades pudieran apetecer para el mejor servicio de los pobres, cuantos auxilios necesitaran, todo fue pronto y eficazmente proporcionado por FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA. Una sala fue destinada para los indios, otra para negros y mulatos, otra para españoles, y otra para sacerdotes. FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA tomó por su cuenta la asistencia de los enfermos en el primer día de cada mes, señalando una suma de sus rentas para cubrir los gastos, y, siguiendo tan piadoso ejemplo, eligieron cada uno de los títulos, oidores, prebendados, canónigos, y caballeros de la ciudad, su día, y así muy pronto quedaron cubiertos los días todos del ano. El entusiasmo por una obra tan benéfica, fue tomando creces, y aun los más pobres se esforzaban en contribución lo que sus recursos les permitían.

El Hospital progresaba cada día, y al par el fervoroso celo de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA, que con liberal mano protegió al establecimiento hasta que partió para España. Al verificarse este triste suceso, FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA donó mil pesos en plata y todas sus carrozas de limosna para los convalecientes de su amado Hospital, y fue tan bien secundado por su sucesor el virrey marqués de la Lacuna, sobrino suyo, que tomó éste a su cargo los doce primeros días de cada mes15.

Tal es brevísimamente relatada, la historia de la fundación de los betlemitas en México. Quien desee más extensas noticias las hallará en la obra que acabamos de citar. Reanudemos nuestra narración. . . . Vimos ya que terminando el mes de Noviembre de 1680 hizo su entrada en México el marqués de la Laguna, sucesor de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA en el gobierno civil de la Nueva España a principios del año siguiente recibió, el segundo, noticia auténtica de la aceptación de su renuncia del arzobispado, nueva que, valiéndonos de las palabras del historiador varías veces citado, "le colmó de tanto gusto cuanto experimentan los hombres ambiciosos en la posesión de algún cargo a que aspiraban."

  1. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA había invertido sus pingües rentas en obras de pública utilidad y en limosnas a los pobres, así es que al disponer su viaje poco tenía que repartir; sin embargo, distribuyó los bienes que le restaban entre los templos y los menesterosos, legó su librería a los padres del Oratorio de San Felipe Neri, y con modestia suma emprendió el viaje ¡i Veracruz  acompañado de unos cuantos criados, y procurando que la sociedad no se apercibiese de su partida, para evitar las demostraciones que sin duda habría ella hecho. Inútil seria detenerse a pintar el dolor de los mexicanos el día 30 de Junio de 1681, al ausentarse el pastor más bondadoso y el gobernante más recto que hasta entonces habían tenido. 

Llegó a España FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA, y huyendo del fausto de la corte y de las señales de respeto que se le habrían tributado por el soberano mismo, escribió a éste dándole las gracias por los nuevos puestos a que le destinaba y excusándose de no ir personalmente a hacerlo. Una vez cumplido este deber, se retiró, acompañado de un solo criado, al convento de agustinos descalzos, llamado de Nuestra Señora del Risco, en el obispado de Ávila, para entregarse a aquella vida que desde hacía tanto tiempo anhelaba. A su retiro fueron a buscarle los honores y distinciones de que huía. El Papa le concedió el privilegio de poder entrar con capa arzobispal a cualquiera de las iglesias de España, como si fuese prelado de ellas, 1y Carlos II, que le estimaba profundamente por su virtud y por los servicios que había prestado a la corona, le asignó una pensión de cuatro mil ducados anuales, que debía pagarse de las Cajas de la Nueva España, según consta en la real cédula respectiva. 

Breves años disfrutó FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA la dulce tranquilidad del monasterio del Risco. Allí le sorprendió la muerte el día 8 de Abril de 1684, y al llegar a México tan funesta noticia, el 7 de Julio siguiente, fue universal la pena que causó. Tres días después a las cuatro de la tarde, dieron cien campanadas en la Catedral y doblaron todas las iglesias y conventos. El día 11 recibió el pésame el virrey, quien vestía luto por la muerte de su ilustre antecesor; demostraciones de duelo que no se habían hecho hasta entonces y de que era, en verdad, muy digna la memoria de uno de los funcionarios que han dejado más gratos é imperecederos recuerdos en nuestra patria.

Necesita ser verdaderamente grande y verdaderamente bueno el hombre, para que al descender a la tumba después de haber gobernado a un pueblo pasen sin contradicción los elogios que le tributaran sus admiradores. De otra manera nunca faltará una voz que se levante en medio del aplauso para desvirtuarlo. Tiene el poder tantos escollos, las pasiones humanas tantas exigencias, que lo que a unos complace, hiere a otros, y por lo mismo, lo que aquellos ensalzan lo censuran o vituperan éstos. Según el particular criterio del que juzga a un hombre público, hay en éste rectitud o crueldad; es manso o débil; se le llama ser superior o se le relega al común de las gentes. Por eso la historia, y muy especialmente la biografía que es una ele sus ramas principales, no pueden ser escritas con entera imparcialidad sino por los pósteres. Estos, oyendo lo mismo los panegíricos que las diatribas acerca de un personaje a quien sus contemporáneos apreciaron de diversos modos, y consultando documentos fehacientes, aquilatan la verdad y colocan con ánimo tranquilo, exentos de amor y el odio, a cada uno en el lugar que legítimamente le corresponde. ¡Qué raro es el hombre a quien propios y extraños, contemporáneos y pósteres, presentan, sin contradicción, adornado de cualidades excelentes, sin sombra alguna que empañe su gloria, y digno por lo tanto, ele la más pura inmortalidad!

Del número de esas excepciones rarísimas, y por lo mismo más honrosas, es FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA cuya biografía acabamos de trazar. Registrad cuantas obras se han escrito con relación al gobierno colonial, y si encontráis el nombre del arzobispo-virrey Fr. PAYO, le veréis reheleado de esplendente aureola de gloria. Prelado de la primera iglesia del Nuevo Mundo, conserva su grandeza, a pesar de que le vemos al lado ele los primeros apóstoles del Cristianismo, y junto a los Zumárraga y los Moya de Contreras.

Muchos son, en verdad, los títulos con que ante la posteridad se presenta a FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA como uno de los más esclarecidos personajes venidos a estas regiones durante la dominación española; pero ninguno ele esos títulos es más hermoso, ninguno tiene mayores excelencias que el que conquistó con su caridad sin límites. Basta considerar la enorme suma a que ascendieron sus rentas como arzobispo durante doce años, y más de siete como virrey, suma empleada, toda, en beneficio de la sociedad y en aliviar la suerte de los desvalidos, para comprender cuán inagotable seria la bondad de su corazón, cuán ilimitado su desprendimiento de las grandezas terrenas, y cuán profunda su vocación a hacer felices a los demás olvidándose de sí mismo.

El lustre de su cuna le ponía en situación de llegar a los primeros puestos del Estado sin luchas ni sacrificios, y desdeñó la vida de los palacios y abrazó la carrera ele la Iglesia en monasterio humilde. Sácale ele allí el soberano, y ciñe a su frente una mitra, y él, por obediencia, no la rechaza; parte a Guatemala y reparte entre los pobres sus rentas. Elévenle sus merecimientos a más altos destinos y en vez de dar cabida en su corazón al orgullo, trabaja incesantemente por cumplir con sus deberes en su doble carácter de arzobispo y virrey; toma creces su caridad ardentísima al encontrarse disfrutando de tan pingües rentas, y cuando cree que ha dado ya suficientes pruebas ele abnegación contrariando sus deseos, hace renuncia de sus investiduras y va tranquilo a esperar la muerte en un convento humilde, y observa en los últimos años ele su vida la que desde su tierna edad ambicionaba, edificando a todos con sus costumbres, semejantes a las de los más fervorosos creyentes de los primeros siglos del Cristianismo. Si á minuciosos detalles hubiéramos descendiólo, le habríamos visto practicar el bien sin ostentación, la piedad sin hipocresía, y habríamos visto al sabio sin vanidad, y al más humilde de los poderosos.

Con razón la memoria de FR. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA es venerada por cuantos conocen la historia civil y religiosa de México; pues es verdaderamente difícil, ya que no imposible, hallar gloría más pura y más legítima que la del décimo octavo prelado  de la Iglesia mexicana.

 1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 142-149.

2 D. Manuel Rivera Cambas en su obra intitulada Los gobernantes de México, tomo Ío pág. 241, al llegar al XXVII virrey, que lo fue Fr. PAYO ENRIQUEZ DE RIVERA, XVIII arzobispo de México, le nombra Fr. Payo de Rivera Enríquez y no como nosotros lo hemos hecho siguiendo a todos sus biógrafos anteriores. Ignoramos con qué fundamento hizo este cambio el Sr. Rivera Cambas, como ignoramos también la fuente de dónele tomó la noticia que da de que el personaje en cuestión fue hijo natural de D. Afán de Rivera Enríquez en Doña Leonor Manrique de Lara, y no de D. Fernando como consta en gran número de autores, algunos de los cuales tendremos .ocasión de citar; autores que por otra parte, no hacen mí. rito de la circunstancia de haber sido Fr. PAYO hijo natural. Aunque esta divergencia de opiniones entre el biógrafo de los gobernantes de México, y nosotros que seguimos á Juarros, Betancourt y Lorenzana, sea de poca entidad, hemos creído conveniente prevenir al lector, para que sepa en qué autoridades nos apoyamos para dar al décimo octavo arzobispo de México, otro nombre y origen que los que le da a la Sr. Rivera Cambas en su obra citada. Si el repetido escritor hubiese cuidado de apoyar sus asertos con la indicación de las obras por él consultadas, tal vez, acudiendo a ellas, inquiriendo la verdad, habríamos adoptado sus afirmaciones.

3 Hallamos esta lista de los empleos de Fr. PAYO en el libro intitulado Debido recuerdo de agradecimiento leal, escrito por el Br. Joseph López de Avilés é impreso en México en el año de 1684. Rara y curiosísima obra en verso castellano y con profusión de notas latina? y castellanas es esta de que hablamos, y en la que se contienen los más si no todos los hechos de Fr. PAYO.

4 Juarros. Compendio de la historia de Guatemala, ton. Ío pág. 234,

5 Ibid. loc. cit,

6 Ibid. Ibid.

7 Temporalidades eran los frutos a cualquiera otra cosa que los hechos percibían de sus beneficios a prebenda. Privar de esos emolumentos á Fr. PAYO era lo que la real Audiencia intentaba.

8 "Véanse la página 57 de esta obra, y la nota primera de la misma página

9 Largo es el capítulo de los disturbios promovidos por el comisario Rúa, a quien vino carta del comisario general de Indias, residente en Madrid, reprendiéndole severamente por su conducta abusiva en extremo, y por su carácter turbulento,

10 Lorenza. Serie de los últimos Arzobispos de México, en la página 222 de los “Concilios mexicanos”.

11 D. Tomas Antonio de la Cerda y Aragón, conde de Paredes y marqués de la Laguna, estaba casado con Doña  Marialuisa Manrique de Lara, sobrina del arzobispo Fr. PAYO.

12 Relativamente al gobierno civil de Fr. PAYO da el Sr. Rivera, en su obra varias veces citada, abundantes y curiosas noticias. Véase por lo mismo la biografía del personaje de quien nos ocupamos, inserta en el tomo de páginas 241 a 251.

13 Cavo,  Los tres siglos de México lib. 8 pág. 105

14 Los religiosos betlemitas llegaron a tener en México seis conventos, uno en la capital y los demás en Puebla, Guanajuato, Oaxaca, Veracruz y Tlalmananco. El habito que usaban se asemeja mucho al de los capuchinos la capucha no era tan puntiaguda era burda y de color pardo oscuro y llevaban rosario al cuello, cinto de san Agustín y capa o manto corto con escudo en el lado derecho que representaba el nacimiento del Salvador, era el escudo una estrella de plata iluminado con tres coronas de oro sobre campo azul haciendo alusión a la visita de los reyes magos, Los betlemitas usaban barba larga y poblada, verse además puede verse además de la crónica de la orden la obra intitulada Relación descriptivita y fundación etc. etc. de las iglesias y conventos de México. Por D. Luis Alfaro y Piña México 1863, y también Memoria para el plano de la ciudad de México por D, Manuel Orozco y berra pág. 132.

15 García de la Concepción. Historia betlemítica. Lib. 11, cap. XX1IL páginas 109 a 11,5 

  1. Manuel Fernández de Santa Cruz y Sahagún (1681)

16. El Ilmo. Sr. Dr. D. Francisco de Aguiar y Seijas

(1681 - 1698)

  • Trasladado de Michoacán: Principios de 1681
  • Posesión con bulas: 23 noviembre 1682
  • Imposición del palio: 29 junio 1683
  • Entrada solemne: 4 octubre 16831
  • Muerto: 14 agosto 1698

1 Sosa, op. cit.

Natural de Betanzos en Galicia, Colegial de Cuenca en Salamanca y Canónigo de Santiago de Galicia. Obispo de Michoacán y Arzobispo por la renuncia del Excmo. Sr. D. Fray Payo a la Silla de México, donde entró año de 1681.

Hizo la visita de todo su Arzobispado y puso la primera piedra para el nuevo suntuoso Templo de Nuestra Señora de Guadalupe, el 25 de marzo del año de 1695; confirmo innumerables almas, cuya caridad se extiende a cualquier hora, aunque fuese solo uno.

Predicó la Palabra de Dios con gran celo, y provecho de sus ovejas sin cesar. Grandísimo limosnero, muy pacífico devoto, vigilante y evangélico pobre. Falleció con fama de santidad el 14 de agosto de 1698. Fue sepultado en esta Santa Iglesia con grandísimo sentimiento y llanto común.

Era, en verdad, difícil sustituir dignamente al varón esclarecido de quien acabamos de hablar, y sin embargo, cúpole á Carlos II la gloria de haber hecho una elección acertada.

Ninguno mejor que el Ulmo. Y Rmo. SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS, virtuoso, caritativo, humilde; en una palabra, verdadero pastor de la Iglesia católica; ninguno mejor que él podía, ya que no borrar el recuerdo del anterior prelado, sí atenuar la pena que causara su separación, continuando aquella serie de obras buenas encaminadas a dar paz a la Iglesia, lustre al culto, y consuelo a los desgraciados. La compendiada historia de su vida, y muy especialmente la narración de sus actos durante su largo pontificado, justificarán al lector lo que acabamos de decir.

Nació el Ilmo. SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS en la antigua y nobilísima ciudad de Betanzos, de padres que lo fueron D. Alonso Vázquez de Aguiar y Lobera, regidor perpetuo y más antiguo de esa ciudad, y Doña Mariana de Ulloa Hizo sus primeros estudios en Betanzos y luego fue llevado a la ciudad de Santiago de Compostela con motivo de que en aquellos días falleció su padre, y el arzobispo D. Fernando de Andrade pidió a la viuda de Aguiar que le enviase a uno de sus hijos para tenerle a su lado y educarle, y para que le sirviese de paje, como en efecto le sirvió el joven FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS.

El arzobispo, en cuya casa aprendió Artes y Teología el paje, al ver la tenacidad con que estudiaba este último, auguró el porvenir brillante que le estaba reservado, y le dio un beneficio simple para que pudiese continuar sus estudios. Protegido así, entró a la Universidad de Fonseca, en la que más tarde, fue catedrático de filosofía, y obtuvo en ella otros varios puestos, así como en la de Santiago, Ordenado de sacerdote hizo rápidos progresos en la carrera eclesiástica, ascendiendo a canónigo penitenciario de la iglesia arzobispal de Santiago, cuyo cargo desempeñó durante doce años, y a canónigo magistral de Astorga.

Carlos II le presentó en 1678 para obispo de Michoacán. Movió al monarca a hacer esta elección la fama que el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS había adquirido así en las cátedras como en el ejercicio de sus canonicatos, empleando sus rentas todas en socorrer a los pobres. Después de haber sufrido horrorosas borrascas en el mar llegó a Veracruz en la flota, a mediados de Octubre. Consagróle en Puebla el Illmo. Sr. D. Manuel Fernández ele Santa Cruz, y el 26 de Noviembre hizo su entrada en México. El arzobispo, que lo era entonces Fr. Payo Enríquez de Rivera, le recibió cordialmente y le aposentó en la casa del Conde de Santiago. A pocos días se dirigió a su diócesis.

Tan pronto como se hizo cargo del gobierno, comenzó a hacerse amar, por su bondadoso carácter, por su virtud intachable, y por su dedicación a las tareas ele su ministerio episcopal. Modesto en extremo observaba una vida humildísima; desinteresado como pocos, rehusó siempre las dádivas que se le hacían, y aún dejó de cobrar lo que legítimamente le Correspondía. Ni la aspereza del terreno, ni la inclemencia ele las estaciones, fueron un Obstáculo para que el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS dejase ele visitar aun los pueblos más miserables del obispado de Michoacán. Verdaderamente edificantes son los pormenores que acerca de las visitas pastorales del SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS refiere su biógrafo el P. Lezamis, persona que vino con él de España, que fue su confesor, y que le acompañó hasta su muerte.3

Testimonio irrecusable de que el obispo de Michoacán fue modelo de prelados, nos ofrece la bula a carta que el Papa Inocencio XI le dirigió con fecha 18 de Febrero de 1680. En ella declara la opinión que tenia del obispo, de su celo, de su piedad y desinterés, y le da, por los términos en que está concebida, las pruebas más evidentes de la gran estimación que le profesaba4. Se le tributó, poco tiempo después, el general de los Jesuitas. Iguales elogio Promovido al arzobispado de México en 1681 en virtud de la renuncia de FR. Payo Enríquez de Rivera, aceptó con dificultad, a instancias de los suyos y muy particularmente de su amigo y confesor el P. Lezamis ya nombrado. El 19 de Julio del mismo año, escribió al V. Cabildo de la Metropolitana participándole que vendría a tomar posesión una vez pasada la estación de las lluvias, Que tenían intransitables los caminos.

Detúvose en Querétaro en unas misiones, y llegó a la villa de Guadalupe el 29 de Diciembre, y al día siguiente entró en México, a las cuatro de la tarde, en una de las carrozas del virrey conde ele Paredes. El día 2 de Enero de 1682 tomó posesión del gobierno; mas no hizo su entrada pública sino el 4 de Octubre del año siguiente, a causa de que sus bulas y palio no llegaron hasta el 7 de Setiembre del propio año.

Mucho habríamos de extendernos si quisiéramos enumerar todos y cada uno de los actos del SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS durante los diez y seis años de su pontificado. Para no ser prolijos señalaremos aquellos que merecen especial recuerdo, y apuntaremos algunos rasgos característicos del arzobispo de quien hablamos. Como en Michoacán, lo primero que hizo en México fue visitar los pueblos todos de su jurisdicción sin que le arredrasen ni los malos caminos, ni las penalidades que tenía que sufrir vadeando ríos y pasando por tierras incultas. Todo lo arrostraba por acudir con solicitud paternal a las necesidades de los pobres, a la reforma de las costumbres y al mejoramiento del servicio de los templos. La primera visita la comenzó el 3 de Noviembre de 1683 dejando por gobernador del arzobispado al Dr. D. Diego de la Sierra, y llevando por visitador al Dr. D. Ignacio de la Barrera, Salió a la segunda visita el 21 de Noviembre de 1684 y regresó el 18 de Junio siguiente. A la tercera, salió el 9 de Noviembre del mismo año de 1685, y tornó el 19 de Abril de 1686.

Hasta a carecer de alimentos; ni acostumbraba llevar provisiones, ni permitía por ningún

Motivo que erogasen gastos los pueblos por donde pasaba, conformándose con lo que buenamente podía comprar, y no contento con tan humilde manera de viajar, despojábase muchas veces de su ropa interior para cubrir la desnudez de algunos desgraciados.

Enemigo de las corridas de toros, de las lides de gallos y muy particularmente de los juegos de azar, predicaba con frecuencia en contra de aquellas arraigadas prácticas, las prohibía en cuantos lugares llegaba de su arzobispado, fijando edictos, y en los autos que dejaba en las parroquias declaraba que en lo sucesivo no se había de pasar en cuenta a los mayordomos de las cofradías los gastos que hiciesen en semejantes funciones, y, además, que serían gravemente castigados los contraventores.

"Una vez, dice, sucedió un caso gracioso con un Doctrinero que tenía juntos muchos gallos para presentar a un caballero de México que era muy aficionado a este juego. Súpolo el Sr. Arzobispo y mandó a su Secretario que se los truxese todos: el ministro que era muy viejo, viendo que le llevaban sus gallos, vino muy afligido a su Illma. Pidiéndole con mucho encarecimiento que 110 le matase sus gallos por que los había criado y los quería mucho. El Sr. Arzobispo viéndole tan apurado y apasionado por sus gallos, procuraba consolar al buen viejo, que decía que no los mandaría a México; que se los dejasen vivos para las gallinas; y su Illma. Pereciendo de risa le decía que quedaría uno para las gallinas y los demás quedarían muertos; que se podría regalar con ellos por estar viejo y enfermo; que cocidos eran muy buena comida, y, en fin, no hubo remedio, y se les torcieron las cabezas con arto sentimiento del buen Doctrinero."5

La anécdota anterior, da idea de la tenacidad de carácter del arzobispo, y los rasgos que tenemos todavía que presentar, ofrecerán al lector, ya que no un retrato acabado del SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS, al menos sí que se aproxima bastante al original. Aversión decidida era la del arzobispo de quien nos ocupamos, hacia las mujeres; tan exagerada, que podría calificarse de verdadera manía. Consta que desde sus primeros años evitó su trato y proximidad, y no hay por qué extrañar que, ya sacerdote, ni aun el rostro hubiese querido mirarlas. En su servidumbre jamás permitió mujer alguna; en sus frecuentes pláticas doctrinales atacó con vehemencia cuantos defectos creía hallar en la mujer; se avanzó hasta reprenderla desde el pulpito mismo personalizando sus razonamientos; por su propia mano cubrió la cabeza a una que se hallaba sin tocas en el templo siendo arzobispo se resistía a visitar a los virreyes por no tratar a sus consortes, y lo que es más notable todavía, prohibió, pena de excomunión, que mujer alguna traspasara los dinteles de su palacio arzobispal. Gran número de lances curiosos podríamos referir a este respecto; más estamos escribiendo una historia anecdótica, y debemos evitar el ser prolijos.

Dicho queda que el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS predicaba con frecuencia. Así nos lo dicen los escritores de aquella época, y así lo vemos en un Diario que abraza los años de su gobierno pastoral. En todas las grandes solemnidades de su iglesia lo hacía, ya revestido de pontifical, sentado en el presbiterio, a bien en el púlpito. Predicaba asimismo en los demás templos, y cuando no tenía que hacer concurría cuando menos a escuchar al orador a quien se encomendaba aquella tarea; lo cual sirvió para que, durante su gobierno, los oradores estudiasen sus discursos y se esmerasen en ellos, seguros como estaban de ser oídos por el prelado. Cuando este se hallaba- en las visitas de su archí-diócesis, predicaba casi todos los días. A nuestras manos no ha llegado uno solo de esos sermones; pero ateniéndonos a la opinión del biógrafo varias veces citado, el estilo del SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS era llano, claro, y al mismo tiempo grave; acostumbraba confirmar las ideas que exponía con ejemplos, para hacerse comprender aún de los más ignorantes, y eran las postrimerías el tema ordinario de sus discursos, a bien ponderaba la utilidad de la oración.6

Tenía nuestro personaje tacto especial para tratar a aquellos que habían incurrido en alguna falta, y lograba por lo mismo, con la suavidad de su carácter mucho más que lo que otro habría alcanzado valiéndose de la severidad y del enojo. "Cuando sabia, dice a este respecto el P. Lezamis, algún pecado escandaloso, el remedio más ordinario que usaba era el de llamar al que se hallaba metido en tales pecados, y hacerle mucha honra, y tratarle con mucha cortesía; que aunque su Illma. Era muy cortes con todos, pero con especialidad se mostraba con quienes quería ganar para Dios, y después de tratarles con mucho amor y cortesía, les advertía su peligro y trataba del remedio. Y de esta manera no había corazón por rebelde que fuese que se rindiese; saltándole luego en su presencia muchas lágrimas de arrepentimiento, y enmendando sus vidas, sin necesitar para esto, las más veces, de diligencias judiciales, y sin que nadie supiese, ni aun su Secretario semejantes edictos; haciéndose con su buen modo dueño de los corazones de todos, cumpliéndose la sentencia de Cristo que promete á los mansos que serán poseedores y Señores de la tierra.7

Durante el gobierno pastoral del SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS tuvieron lugar numerosas funciones religiosas, de las cuales es preciso señalar aquí las que encierran interés histórico, por referirse a los templos de la ciudad de México, y porque en casi todas esas funciones tomó participación el prelado, celoso como era del aumento y esplendor del culto el día 7 de Setiembre de 1684 fue la bendición de la Iglesia de Santa Teresa. El 24 de Junio de 1685 el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS la primera piedra ele la iglesia de San Bernardo. El 10 de septiembre de 1687, bendijo el Oratorio de San Felipe Neri. El 25 de Julio de 1689 dedico la iglesia de san Andrés, antes llamada de Santa Ana. El 28 de Enero de 1690 abrió la capilla del Rosario en la iglesia de Santo Domingo, y la dedico al día siguiente. - El 18 de Junio del mismo año bendijo la iglesia de San Bernardo y la dedicó el 29 del mismo mes El 10 de Setiembre de 1692 tuvo lugar la dedicación de la iglesia y convento del Hospicio de San Nicolás. El 10 de Diciembre del propio año fue la bendición de la nueva iglesia de San Agustín y cuatro días después fue dedicada. El 20 de Noviembre de 1693 la dedicación de la capilla mayor de la iglesia de Santa Catarina mártir. El 18 de Junio de 1694 fueron colocados en la Catedral los cuerpos de San Primitivo y de Santa Hilaria El 6 de Febrero de 1695 puso la primera piedra del templo de San Juan de la Penitencia. El 25 de Marzo de 1695 colocó la primera piedra de la suntuosa colegiata de Guadalupe.8 Además, debemos decir que consagró el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS en la Catedral al obispo de Guadiana (Durango) D. García de Legaspi, el 7 de Noviembre de 1692, y que celebró órdenes en México, en Marzo ele 1682, en Mayo del mismo año; en Septiembre de 1689- en Mayo de 1691; en Diciembre del mismo año, y en Abril ele 1694. También debemos consignar que el 17 de Abril de 1697, siendo arzobispo el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS murió la insigne monja de San Gerónimo Sor Juana Inés de la Cruz, célebre poetisa, honra de las letras mexicanas, y a quien el Cabildo eclesiástico tributó cumplido homenaje concurriendo a sus funerales.

Llegamos a un punto en que, como el lector habrá observado, nos hemos detenido más que en cualquiera otro, en el curso de esta obra. Hablamos de la práctica de la más hermosa de las virtudes: la caridad. Ejemplar era la del SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS, y hoy que tratamos de revivir y honrar su memoria, nada más natural que dar a conocer su inagotable bondad para con los pobres. El arzobispo de quien hablamos, tomó por modelo a Santo Tomás de Villanueva, varón caritativo por excelencia, cuya vida repasaba un día y otro.

Desde el tiempo en que fue obispo de Michoacán, se hizo notar por su amor a los pobres. Tan pronto como se encargó de aquella diócesis, se informó acerca de si sería mejor distribuir semillas a dinero a los menesterosos, y hubo de resolverse a darlas primeras. Después, sólo en Valladolid, (hoy Morelia) repartía mensualmente cuando menos seiscientos pesos de limosnas ordinarias, sin contar con otras mayores que hacia; y comprendiendo que para remediar las necesidades de una familia es menester dar con cierta largueza, según el caso, entregábale hasta diez pesos a cada una. Todavía más tarde, separado de la iglesia de Michoacán, continuó aquellas limosnas durante más de un año, remitiendo al efecto desde aquí las sumas necesarias. Ya en México, aumentadas sus rentas, tomó creces su caridad, y llegó a distribuir entre los pobres doscientos pesos semanarios, y esto, sin contar las mensualidades a pensiones que tenía asignadas a los vergonzantes; ascendiendo así las limosnas que repartía a un mil pesos al mes, y aun a mayor cantidad en los últimos años de su vida, como queriendo, al ver próximo su fin, agotar sus bienes en favor de los que los necesitaban.

No podemos resistir al deseo de copiar aquí la relación que el P. Lezamis hace de algunas de las buenas obras del SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS, porque ellas forman su mayor elogio. "En el Hospital ele la convalecencia de los Padres Betlemitas, que ay en esta Ciudad de México, desde el año de ochenta y dos hasta el pasado de noventa y ocho convalecieron según dicen, más de veinte y cinco mil enfermos; y a todos estos les dio el Señor Arzobispo a tres, a cuatro, y a cinco pesos; sin otras muchas cantidades que dio a los forasteros, para que volviesen a sus lugares. Mantuvo en este Hospital a su costa seis camas más ele las ordinarias, algunos años que hubo epidemia en esta Ciudad: y después sustentó cuatro hasta el día ele su muerte: más daba quince pesos cada mes a los Padres de este Hospital, para que los repartiesen entre los pobres, que llegaban a su portería: y cuatro

Pesos también "cada mes para plumas, y papel, conque escribiesen los niños ele su escuela. En el Hospital del Espíritu Santo daba todos los días por lo menos treinta pesos;9 y en menos de ellos años dio en este Hospital diez y ocho mil y trescientos pesos; mucha cantidad de frezadas, camisas, piezas ele Rúan de china, y cotense para sabanas, y colchones, maíz chocolate, y azúcar para el sustento, y regalo de más de ciento y cuarenta enfermos; que se sustentaban en este Hospital en el tiempo de la epidemia por quinta de su Illma. á los cuales iba a visitar los más de los días: y aun cuando estaba enfermo, y no salía a otra parte- era el divertimiento del Señor Arzobispo, ir a este su Hospital del Espíritu Santo con la cabeza amarrada con un paño roto, y sucio; que parecía uno de los pobres del Hospital En el tiempo de la hambre, y epidemia que hubo en esta Ciudad, no es ponderable lo que repartió de limosna ele pan, y maíz, y reales; pagaba en las Boticas las medicinas que servía para los enfermos pobres, que le llevaban las recetas que eran para ellos y las firmaba su Illma. A su limosnero; y con eso lo daba el Boticario: y al cabo del año traían la quinta de lo que montaba, y pagaba su Illma. Muy considerables cantidades, eme importaban las recetas. También dio orden a los Curas para que le avisasen de todos los pobres que sacramentasen, y con un papelito que enviaba el Cura a su Vicario, en que deja- en tal calle, y en tal casa se sacramentó fulano pobre, le enviaba su Illma. Tres o cuatro pesos: y con esto se nos aumentaba el trabajo ele la administración; porque muchos por coger la limosna, se sacramentaban ellos, u tres veces en una enfermedad, mudando aposentos, y nombres, para que pensasen que eran diferentes.

"En los años de la carestía muchos Indios desampararon sus pueblos, y se vinieron a México- v a todos los recogió el Señor Arzobispo, y dos veces al día se les daba en as Arzobispales tortillas, y atole, que es el sustento de los Indios: y luego dio orden su Illma. Que se recogiesen en los barrios de Santiago, y San Juan: y allí se les daba de comer ponente de su Illma. Dispuso en el Barrio de Belén una escuela para la enseñanza de los niños pobres, y la conservó siempre, pagando al Maestro ocho pesos de salario cada mes, sin otros socorros extraordinarios que le hacía: y en las más de las escuelas de esta Ciudad, que son muchas, ciaba a los Maestros cuatro pesos cada mes, para que enseñasen de baldea los niños pobres de aquellas calles. Algunas veces pagó lo que debían los pobres en las tiendas, haciéndoles volver las prendas que tenían empeñadas: muchas veces pagó el tributo que debían los Indios, por el cual estaban presos; y de esta manera soltó a muchos de ellos de la cárcel, especialmente cuando paseábamos por México á Mechonean. Sustentaba también su Illma. Una casa de mujeres locas: ayudaba cada mes con mucha parte de lo que era necesario para el sustento ele otras dos casas de recogimiento de malas mujeres, que llaman de la Misericordia, y otra de la Magdalena, que se fundó por diligencias de su Illma. En las casas que llaman de Hormigos en donde daba veinte pesos cada mes, sin lo que daba al Capellán. Otra casa de recogimiento se hizo en Belén por orden también del Señor Arzobispo, para doncellas pobres, donde se recogen más de ciento y veinte mujeres; y en este recogimiento, que era de especial afecto de su Illma. Y obra muy especial suya, gastó grande cantidad de dinero; porque demás de lo que dio para la fábrica material de la casa, que toda se hizo en tiempo del Señor Arzobispo, y lo más por quinta de su Illma. Daba por lo menos cien pesos cada semana para el sustento de dichas mujeres.  En fin es tanto lo que dio de limosna el Señor D. Francisco de Aguiar, que es muy difícil el numerarlo. El Señor Virrey tuvo curiosidad de mandar a algunos Contadores, que ajustasen la quinta quinto montaba lo que el Señor Arzobispo había dado de  limosna en diez y seis años que había sido Arzobispo de México; y hallaron que pasaban de dos millones, que corresponden a cada día en los diez y seis años, trescientos y cuarenta y tres pesos: y esta cuenta se hizo sin entrar en ella muchas limosnas extraordinarias, y ocultas, que su Illma., hacia inmediatamente por si, y por medio de otras personas; sin lo que dio para varias obras de Iglesia, y de Conventos, y sin lo que gastó en las visitas: y cuando no sea más que la mitad de lo que dicen, lo que su Illma. Ha dado, bien se echa de ver, cuán grande bendición de Dios es el que haya dado tanto al Señor Arzobispo, y gracia para que su Illma. Lo diese todo a sus pobres."10

¡Hermoso cuadro el que ofrece la relación anterior, y ante el cual no podrá sino sentirse conmovido el hombre que se halle animado de iguales sentimientos! Entre los innumerables episodios que la historia del SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS encierra, ha uno que no podemos dejar en olvido era el 25 de Marzo de 1695. Cuanto de noble y grande existía a la sazón en México, se encontraba en la villa de Guadalupe para presenciar la colocación de la primera piedra del suntuoso templo que aun hoy existe. Terminadas las ceremonias que la Iglesia acostumbra en tales casos, el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS comenzó a recoger entre los presentes, principiando por el virrey, las monedas que debían depositarse en los cimientos del edificio, encerradas en un cofrecillo. La esplendidez de los funcionarios públicos y la piedad ele otros, hizo que se reuniese gran número de monedas de oro. El arzobispo, viendo, como dice un escritor antiguo, la copia de monedas que iban a sepultarse, "quiso y emprendió extraerlas, echando con santa sencillez dos reales de plata, y diciendo que serían mejor para los pobres." "Contradijo sele la acción, ya que no el mérito, continúa el mismo escritor, por el señor Virrey principalmente. Y como altercase todavía su piedad, se vio compelida la magnanimidad de aquel Príncipe a decirle abría para todo, y redimir de las blandas prisiones de sus siempre extendidas manos aquella suma, contribuyendo otra igual para que distribuyese a los pobres, y costeándole al doble todos los que habían sufragado al culto de Nuestra Señora de Guadalupe."11

El SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS llevó su caridad más allá de la del mismo San Martin, a quien la iglesia venera en sus altares. Este dividió su capa con un mendigo, y aquel, veces hubo en que se despojó de su manteo y de sus camisas y demás ropas interiores para cubrir la desnudez de los pobres.12

No será fuera de propósito decir en este lugar que el sapientísimo mexicano D. Carlos de Sigüenza y Góngora, el más ilustre, a no dudarlo, entre cuántos hijos de nuestra patria florecieron durante la dominación española, fue empleado por el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS como capellán del hospital del Amor de Dios y como uno de los limosneros del arzobispo.13 Continuando nuestra tarea de referir los hechos más notables del prelado decimonono de la Iglesia mexicana, vamos a señalar dos que le honran sobremanera. Nos referimos la fundación del hospital para mujeres dementes, y a la del Colegio Seminario. Compendiaremos la historia de ambos establecimientos. El primero fue fundado por un carpintero llamado José Sayago, quien en compañía de su mujer, se dedicó a amparar a las locas que vagaban por la ciudad y las recogía y alimentaba en su propia casa, frente a la iglesia de Jesús María. El SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS supo la generosa decisión de Sayago, y le ayudó sustentando con sus rentas a aquellas desgraciadas mujeres y pagó casa más amplia para que habitasen, frente al colegio de san Gregorio, en donde permanecieron hasta el año 1698 en que falleció el arzobispo, liste había formado una congregación, llamada del Divino Salvador, previendo el porvenir-La congregación compró dos años después la casa en que existe desde entonces ese benéfico asilo, que ha sufrido las vicisitudes del tiempo; pero subsiste afortunadamente.14

Con respecto a la erección del Seminario, diremos que fue el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS quien intervino en todo lo relativo al cumplimiento de la cédula real Que mando hacer dicha erección: él fue quien escogió el sitio y quien activó la obra que vino a terminarse en 169115 pudiendo decirse que sin él se habría retardado tal vez indefinidamente la fundación un plantel que ha producido tantos hombres ilustres como se registran en sus tastos.

Una de las imágenes cuyo culto está más extendido en la sociedad mexicana, es ya conocida con el nombre del Señor de Santa Teresa. Pues bien, fue el Sr. Aguiar y Seijas quien lo  puso fin a los autos relativos a la renovación ele la imagen el 8 de Marzo de 1689. El tumulto del día de Corpus de 1692 (8 de Junio) es el segundo suceso de los que hemos prometido recordar. Fue ocasionado por la avaricia de los que comerciaban las semillas de que se alimenta nuestro pueblo, y causó grande alarma en la sociedad entera.  Mucho influyó el arzobispo con su prudencia y tacto, para poner término al tumulto que de otra manera habría dado origen a mayores desgracias y a más funestas consecuencias.  Restablecida la paz, el SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS dicto varias providencias encaminadas a destruir todo pretexto para un nuevo alzamiento popular, llegando hasta a leerse el edicto de anatema en la Catedral y en todas las iglesias contra los regatones de maíz y de trigo.

Luego fue el gobierno pastoral del SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS y fecundo en obras de beneficiada y en otros sucesos además de los ya referidos. Se necesitaría por lo mismo ocupar mucho tiempo la atención del lector para dar noticia de cuanto a este periodo se refiere creemos que lo expuesto es bastante para poder colocar al pelado de quien tratemos entre los mal piadosos de los pastores ele la Iglesia mexicana Le hemos considerado ya como  orador sagrado; le hemos visto procurar el esplendor del culto; le hemos seguido en sus visitas pastorales; hemos dicho cómo perseguía los vicios y cómo refrenaba las costumbres hemos admirado su vida humilde, su caridad inagotable, su tacto y su prudencia v no es preciso que le sigamos al penetrar a los conventos y restablecer la disciplina de ellos ni será oportuno dar razón de cada uno de sus edictos y de sus numerosos autos a que terminaremos este estudio biográfico, señalando la fecha del fallecimiento del arzobispo aduciendo nuevas autoridades en apoyo de nuestros asertos.

Tuvo lugar la muerte del Ilmo. SR. DR. D. FRANCISCO DE AGUIAR Y SEIJAS el jueves 14 de Octubre de 1698 después ele la una del día. El 18 a las cuatro de la tarde fue el entierro con gran solemnidad, y el cadáver fue depositado en el presbiterio ele la Catedral del lado del Evangelio.16 Más tarde, el 19 de Setiembre, dijo la oración fúnebre el Dr. D. Pedro del Castillo, cura de la Santa Veracruz, y el día 2 se hicieron las honras: predicando el racionero Dr. D. Juan Narváez.

Hasta inútil parece decir que en todas esas ceremonias, últimos homenajes tributados 4 varón tan esclarecido por su virtud, fueron unánimes y patéticas las demostraciones del duelo de los mexicanos. El Eminentísimo cardenal D. Fr. Joeepl Sáenz de Aguirre obispo de Murcia, tributó al Sr. Aguiar y Seijas  viviendo todavía este prelado, los más cumplidos elogios en el tomo 4° de su obra sobre los «Concilios de España;" y nuestro cronista Betancourt que escribió su Teatro Mexicano también en vida del arzobispo, dice de él lo simiente- "Prelado piadoso y vigilante que, como Eleazar en la división de la tierra de promisión de parte que le cupo en suerte que no midiese i palmos; así este" príncipe no ha dejado con que su persona no visite, arriesgando la vida por su ovejas por altas erras, por berras destempladas, por montes y quebradas; confirmando innumerable al más, con tanta candad, que aunque sea cualquier hora y uno solo, lo confirma con voluntad apacible: predicando la doctrina evangélica sin cesar, gobierna hoy; con los pobres limosnero, en la iglesia devoto, vigilante en la reformación de las costumbre suave para todos y solo para sí severo y rigoroso; que con su misma vida predicando enseña y obra efectos prodigiosos en utilidad de su rebaño"17

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 150-158.

2 En la mayor parte de las listas cronológicas de los Ilmos. señores Arzobispos de México aparece en el XIX lugar D. Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla, que antes lo había sido de Guadalajara, y a quien Carlos I  había designado para reemplazar a Fr. Payo Enríquez de Rivera; pero cuya jerarquía renunció, como renunció más tarde el gobierno del virreinato. Nosotros creemos que el Sr. Fernández de Santa Cruz no debe figurar en esta obra, como no figura su retrato en la Galería de la Catedral de México. Podría objetársenos que tampoco se baila en esa Galería el del Sr. Oso rio de Escobar y Llamas, y sin embargo, tomándolo de otra parte, vemos subsanado esa omisión y colocándole en nuestra serie. Fácil es, para prevenir una objeción de esa especie, decir que el Sr. Osorio gobernó el arzobispado, mientras que el Sr. Fernández de Santa Cruz no lo hizo ni por poder. Sin embargo, para que no se eche de menos en este libro la biografía de un sacerdote a quien se había nombrado pastor de la Iglesia mexicana, le daremos cabida, compendiándola, en el Apéndice.

3 El P. Lezamis era un sacerdote nacido en Vizcaya y que estudió en Galicia. Cuando el Sr. Dr. D. Francisco de Aguiar y Seijas vino a nuestro país le trajo en su compañía y le nombró su confesor, como en efecto lo fue hasta el fallecimiento del prelado. Durante quince años fue cura del Sagrario metropolitano. Murió en 170S. Escribió la "Vida del apóstol Santiago," y  ella incluyó la del Sr. Dr. D. Francisco de Aguiar y Seijas, tomando por pretexto la acendrad  devoción del arzobispo a aquel Santo. Más tarde publicó en México la biografía del Sr. AGUIAR Y SEIJAS, con el título de Brete relación de la vida y muerte del Illmo. Emmo. Sr. Dr. D. Francisco de Aguiar y Seijas. (Año de 1699). Desgraciadamente, aunque ninguno mejor que el P. Lezamis podía haber escrito una buena biografía del prelado en cuestión, puesto que tantos años vivió con él, la obra que citarnos carece de método y se hace verdaderamente insoportable su lectura. Sin embargo, contiene datos apreciables, aunque ninguna fecha, y hemos procurado utilizar este trabajo.

4 La carta de Inocencio XI dice así: "Venerabili fratri Francisco Episcopo Michoacanensi Innocensius Papa XI. —

5 Lezamis op. Cit.

6 Ibíd. 

7 Ibíd. 

8 Quién desee conocer la historia de los templos citados, así como la de los demás que han existido en México, puede  hallarla, sin necesidad de entregarse a investigaciones laboriosas, en la utilísima obra intitulada Memoria para el plano de la ciudad de México formada por orden del ministerio de Fomento por el ingeniero topógrafo MANUEL Orozco. México. Imprenta de Santiago White. Callejón de Santa Clara núm. 9. —1867.

9 Mayores sumas señala Robles. Dice en su diario.

10 Lezamis op. Cit.

11 Cabrera, Escudo de armas de México, lib. III cap. XIX páginas 37o y siguiente.

12 Refieren testigos oculares que el Sr. Dr. D. Francisco de Aguiar y Seijas no podía escuchar los ruegos de un infeliz sin remediar al punto sus necesidades. Cuando no tenía dinero, dábale sus propias ropas como decimos en el texto.

13 En el Diario de, sucesos  notables de Robles, tantas veces citado, hallamos la siguiente noticia. "Pleito Sábado 11, (Octubre de 1692) estando D. Carlos de Sigüenza, clérigo sacerdote, con el señor arzobispo, sobre algunas razones, le dijo dicho D. Carlos al Señor arzobispo que viera su Illma. que hablaba con él, sobre que su Illma. con una muleta que traía, le quebró los anteojos  y baño en sangre a dicho D. Carlos.

14 Pueden verse los cambios que ha sufrido en la obra titulada relación descriptiva del Sr. Alfaro y Piña.

15 Importantes noticias sobre el seminario contiene la relación descriptiva del Sr. Alfaro y Piña pero el artículo referente está plagado de errores de fechas.

16 Los Restos del Sr. Aguiar Seijas yacen en la Iglesia de Jesús a donde se le traslado conforme a su última voluntad.

17 Betancourt, teatro mexicano cap. IV