17. El Excmo. e Ilmo. Sr. D. Juan de Ortega y Montañés1

(1700 - 1708)

Fue virrey de la Nueva España, por primera vez, del 27 de febrero al 18 de diciembre de 1696, siendo obispo de Michoacán. La segunda vez, del 4 de noviembre de 1701 al 27 de noviembre de 1702.

  • Trasladado de Michoacán: 1699
  • Posesión por poder: 20 marzo 1700
  • Entró a la Cd. de México: 24 marzo 1700
  • Imposición del palio: 6 enero 17021
  • Entrada solemne: 29 enero 17022
  • Muerto: 16 diciembre 1708

1 Ibíd.
2 Ibíd.

Fiscal Inquisidor Mayor de esta Ciudad de México. Obispo de Durango, de Guadalajara, de Michoacán. Virrey y Capitán General de esta Nueva España, Arzobispo de esta Santa Iglesia Metropolitana del Consejo de su Majestad, año de 1701.

Prosigue la fábrica del Templo de Nuestra Señora de Guadalupe hasta dejarlo en estado de dedicarse, saliendo en persona a pedir limosna para el retablo de Nuestra Señora de Guadalupe.

Si tuvo Fr. Payo digno sucesor en el Sr. Aguiar y Seijas, este a su vez fue reemplazado por otro sacerdote en quien se encontraban reunidas las circunstancias indispensables para el buen gobierno ele la Iglesia mexicana, y que pedía, por lo mismo, ser el feliz continua, donde las nobilísimas acciones de sus antecesores. Su biografía no será, sin embargo, tan extensa como las de los dos prelados que preceden; porque, siguiendo el plan que nos trazamos desde el principio, procuramos sobre todo, revivir la memoria de aquellos que son poco conocidos a pesar de sus grandes méritos. El SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS, no se halla en el mismo caso, porque viven aún algunos de los descendientes de su noble familia, y porque sus hechos como virrey de la entonces Nueva España, están consignados en la historia política de México, pudiendo por lo mismo ocurrirse a otras fuentes en busca de más detalladas noticias.2

El Illmo. y Exmo. SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS, nació en Llanes (principado de Asturias) el día 23 de Junio de 1627, de padres nobles que lo fueron D. Diego Ortega y Montañés, presidente del Real y Supremo Consejo de Castilla, y Doña María Patino.3 Hizo sus estudios en la célebre Universidad de Alcalá, en donde recibió los grados en jurisprudencia. En 1660, es decir, cuando apenas contaba treinta y tres años de edad, fue nombrado fiscal del Santo Oficio ele la Inquisición en México. Dos años después obtuvo el rango ele inquisidor, y en el ejercicio de esas funciones adquirió su espíritu, como dice uno de sus biógrafos, el tinte de severidad y apego a la disciplina eclesiástica que dejó ver en varios hechos que revelan su rigorismo. Trascurridos doce años (1674) fue electo obispo de Guadiana (hoy Durango), y habiendo recibido sus bulas fue consagrado, el 24 de Mayo de 1675 por Fr. Payo Enríquez de Rivera;4 mas antes de que llegase a tomar posesión, fue trasladado en Setiembre del mismo año a la mitra de Guatemala, para cuya diócesis salió de México el 2 de Diciembre del repetido año, y llegó a su capital el 11 de Febrero de 1676. No recibió sus bulas hasta Noviembre y el 27 de Diciembre tomó posesión.5

Indican dos de sus biógrafos, que durante su gobierno en Guatemala tuvo SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS algunas contestaciones desagradables con la Audiencia, agregando que en México llegó a decirse en 1677, que aquel cuerpo le había desterrado cincuenta leguas fuera de su capital. Ninguna noticia que sirva de confirmación a aquella, encontramos en el antiguo' historiador de Guatemala, quien resume en esta frase el elogio del prelado de quien hablarnos: "Fue hombre de tanta entereza, que no emprendió cosa que no llevase hasta el fin."6

Dos fueron los principales actos del SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS en Guatemala, El primero, la fundación que hizo en aquella ciudad (29 de Setiembre de 1677), del convento de Carmelitas descalzas, y el estreno de la Catedral el 6 de Noviembre del mismo año. Promovido al obispado de Michoacán en 1682, no recibió sus bulas hasta el año siguiente, y en el de 1684 llegó a México, el 30 de Mayo, camino de Valladolid (hoy Morelia). En el gobierno de la iglesia de Michoacán, distinguióse el SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS por la promulgación en 1685, de unas Ordenanzas para los curas y jueces eclesiásticos,7 por la generosidad de sus limosnas, por haber dotado a muchas jóvenes de "limpia calidad" para que pudiesen tomar estado, por la construcción del palacio episcopal en el que gastó ochenta mil pesos, y por haber hecho donación a su catedral de un magnífico trono de plata para el altar mayor.

Hacia doce años que el SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS gobernaba la diócesis de Michoacán, cuando fue llamado al gobierno civil de la Nueva España,8 del que se hizo cargo el 27 de Febrero de 1696. De los sucesos acaecidos en el tiempo de su gobierno como virrey, daremos brevísima noticia, por las causas que tenernos expuestas. Pocos días después de su exaltación al poder tuvo lugar en México el tumulto de los estudiantes (27 de Marzo), con el objeto ele quemar la picota que existía en la plaza mayor, y a fines de Abril del mismo año se restableció la paz,9 quedando extirpado el "Baratillo."

La reducción de los californios encomendarla a los jesuitas, fue otro de los negocios despachados por el obispo-virrey, así como la prohibición hecha a los frailes de salir a la calle con frecuencia y solos, y el mandato a los estudiantes para que usasen el cuello y el cabello al estilo de los de Salamanca. En esta misma época, a causa de la escasez de las lluvias, obtuvieron un precio exorbitante las semillas, y él 30 de Octubre de 1696, se pregonó los lutos por la muerte de la reina Doña Mariana de Austria.10

Breve fue el interinato del SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS, pues el 18 de Diciembre del repetido año, entregó el gobierno a su sucesor el conde de Moctezuma y de Tula; regresando a poco (11 de Mayo siguiente) a su diócesis de Michoacán. Mediaba el año de 1699 cuando Carlos II promovió al SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS al arzobispado de México, y como todos le amaban en Michoacán por sus buenas obras, su separación de aquella diócesis fue muy sentida.

Llegó a México la noticia de la elección del nuevo arzobispo el 11 de Octubre del mismo año, y á primero de Noviembre se recibió en esta misma ciudad la carta de su aceptación; mas él no vino hasta el 24 de Marzo del año siguiente, después de haber presentado sus cédulas el deán y sido recibidas el día anterior.11

Removido del virreinato el conde ele Moctezuma por sus propias instancias, pues preveía que por considerársele adicto a la casa de Austria no había de continuar mereciendo los favores de la Corte, hizo entrega del gobierno al mismo de quien cuatro años antes lo había recibido, al SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS, que, como acabamos de ver, se encontraba en México de arzobispo. Recibió este el mando el día 4 de Noviembre de 1701 y al propio tiempo sus bulas de arzobispo y pálido con solemnidad poco usada, según diremos más adelante.

Daremos sumaria noticia de los principales actos del SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS como Virrey. Dispuso las fiestas para celebrar la aclamación de Felipe V; recibió el 17 de Diciembre de 1701 con gran pompa el sello del nuevo rey; persiguió con empeño todos los vicios, y especialmente el de la ociosidad;12 hizo entregar seis mil pesos para las misiones ele los jesuitas en Californias; tomó todas las providencias conducentes a la defensa de nuestras costas amagadas por los ingleses y holandeses; dictó medidas para evitar el contrabando, y procuró que todos los funcionarios cumpliesen con sus obligaciones.13

Sin fundamento acusan algunos al arzobispo virrey de la pérdida de la flota que salió de Veracruz el 12 de Junio de 1702 en que iba el conde de Moctezuma y que llevaba en dinero cincuenta millones de pesos; pues si ordenó la partida de la flota, contra el parecer de la Audiencia, fue en virtud de reales cédulas por él recibidas. Mediaba el mes de Noviembre de ese año (día 17) cuando el SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS dejó el gobierno civil de la N. E. por haber llegado su sucesor el duque de Alburquerque D. Francisco Fernández de la Cueva Enríquez, a quien recibió con la esplendidez que acostumbraba.

Volvamos al gobierno pastoral de nuestro personaje. Distinguióse su administración por la severidad que en ella desplegó en materia de disciplina eclesiástica» Hombre recto por naturaleza, y acostumbrado por su educación y por sus oficios anteriores a ser obedecido sin contradicción alguna, no era, ciertamente, quien pudiese dejar hacer ilusorios sus mandatos. A más de esto, fue notable por el brillo que dio a las funciones religiosas, por la ostentación de grandeza que se palpaba en todos sus actos, y por su dedicación a su ministerio.14

Para que el lector curioso tenga una idea exacta de ciertas ceremonias que hoy no se acostumbran, y de las cuales no nos hemos ocupado en las anteriores biografías, describiremos tres de ellas, valiéndonos al efecto de las noticias de un testigo presencial.

He aquí la manera con que fue recibido en la Catedral el SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS como virrey, el día 13 de Noviembre de 1701.

"Estaban colgados los pilares; en el altar mayor seis candelas y en el presbiterio cuatro cirios: en el cementerio se puso un sitial con una tarima y sobre ella una alfombra; encima un bufete con sobremesa de terciopelo carmesí, un cojín encima y otro al pie. Junto a la puerta próxima al Sagrario se puso por la parte de afuera el palio pequeño ele la cofradía del Santísimo Sacramento, de tela blanca con varas de plata. A las nueve del día se comenzó el repique en señal de que salía  S.E. de su palacio: salió el preste, que fue el señor maestre-escuela y ministros, que fueron el Dr. D. Juan de Narváez y Dr. D. Ignacio de Castoreña, de la sacristía al altar mayor, donde el sacristán le dio la cruz que llevó en las manos el diácono a su mano siniestra: iban delante los dos maestros de ceremonias por la crujía, llegando cerca del coro fueron saliendo de él todos los señores capitulares con sus capas de tela blanca, incorporándose en procesión, que fue por la nave del lado de la Epístola hasta las gradas del cementerio, adonde llegó el subdiácono con la cruz y ciriales: todos los demás llegaron al sitial, y el preste y diácono. Habiendo llegado S.E., se le dio por el prebendado más antiguo que estaba presidiendo en el cabildo, que fue el señor D. Antonio de Villaseñor y Monroy, el hisopo, besándolo y juntamente la mano a S.E., que habiéndolo recibido, se asperjó y a los circunstantes, y vuelto el hisopo, luego se hincó de rodillas en el cojín y se le dio a besar la santa Cruz por el preste, y entonces la capilla entonó él Te Deum Laudamus, y prosiguió hasta el altar mayor, entrando S.E. debajo ele dicho palio, cuyas varas llevaron el corregidor, alcaldes ordinarios y regidores, convidados por el maestro de ceremonias, por tocarles, hasta llegar al asiento S.E., donde se hincó, y estando el preste y ministro junto al altar al lado ele la Epístola con los rostros hacia S.E., se cantaron los versículos y oración que está asignada para tal función; y luego se fueron los prebendados que estaban en el presbiterio por la crujía, y al pasar fueron haciendo la debida reverencia al señor arzobispo; y habiendo llegado al coro salió de él el segundo maestro de ceremonias a hacer el asperjes, y llegando al asiento ele S.E., besando el hisopo y su mano se lo dio, y habiéndose asperjado, lo volvió a dicho maestro, el cual lo recibió besándolo, después de besada la mano, y prosiguió asperjando ele uno en uno a los oidores y contadores, y haciendo venia á S.E. las veces que pasaba por donde estaba: continuó la aspersión por la familia ele S.E., y luego al corregidor y regimiento, a la religión de San Agustín, que asistió por ser ele su orden el predicador, y a los demás que estaban en el lado de Epístola, y lo restante del pueblo; y luego el prebendado semanero cantó en el coro la oración, y luego se comenzó la procesión de nuestra Señora, que haciendo estación en el altar del Perdón, mientras se cantó el motete,- estuvieron el preste y diácono vueltas las espaldas a dicho altar y los rostros hacia S.E., que estaba de rostro a dicho altar y de espaldas a la capilla del Sagrario, y asimismo la real audiencia, cubiertos mientras se cantó dicho motete, y acabado, hecha por el maestro de ceremonias la venia, continuó la procesión por la nave del lado del Evangelio, y acabada con la oración se comenzó la misa solemne, saliendo el preste que fue el Dr. D. Antonio de la Gama y los ministros arriba nombrados, a la grada del altar, y vueltos hacia S. E. haciéndole la venia, puestos al lado de la Epístola hicieron la confesión y lo demás hasta decir: Deus tu conversáis, que se volvieron a poner en dicha grada, estando en Ínterin S.E. en su lugar de rodillas, y acabado el Evangelio, llevado por el subdiácono y besado por el celebrante, que fue incensado por el diácono, el cual luego llevó el misal á S.E. para que besara el Evangelio- Al tiempo ele la Paz la dio el diácono al subdiácono, este a los acólitos para que la llevasen al coro; el diácono tomó de mano ele un acólito un portapaz y lo llevó a S. E. que lo recibió de rodillas. Acabada la misa, pidió la venia el preste para echar la bendición, que echó por el lado donde estaba la ciudad y pueblo, y acabado el último Evangelio, bajaron a la grada, y hecha la reverencia al altar, volvieron los rostros hacia S.E. puestos los bonetes, y le hicieron la venia, y se fueron a la sacristía, y luego salieron los prebendados en forma de cabildo a dejar a S. E. hasta la puerta de la iglesia:"

El viernes 6 ele Enero de 1702 recibió el palio en esta forma: "Viernes 6, día de la Epifanía, fue la recepción del palio de su Illma., de esta manera: al amanecer se repicó en todas las iglesias, y habiéndose cantado la misa mayor a la hora acostumbrada, estando el altar mayor adornado de cera y ramilletes, y en medio de él una vela apagada sobre un blandón de plata muy grande, para encenderla al tiempo de la recepción del palio; los pilares de la iglesia con sus colgaduras ricas; el suelo muy bien alfombrado, en toda la crujía muchos ramilletes de flores, muchos arcos fíesele la grada del cementerio hasta la puerta del Sagrario: salió del coro por preste el señor maestre-escuela Dr. D. José Vidal de Figueroa, y por diáconos los racioneros D. Francisco Jiménez Paniagua y el Dr. D. Diego Franco Velázquez, a la sacristía á aguardar a su Illma., y habiendo venido acompañado del señor deán en la testera del coche, que había ido por su Illma., y habiendo venido acompañado de seis capellanes de coro; fueron también el corregidor, alcaldes y regidores, y vinieron acompañándole, y habiéndose apeado del coche en las gradas del cementerio, en frente de la puerta que está junto al Sagrario y entrado en dicho cementerio, donde estaba tendida en ala toda la compañía de palacio, le rebolearon la bandera como á virrey, y se hizo la salva con los mosquetes: en la puerta referida estaban todos los señores prebendados; y habiendo llegado a ella su Illma., le dio el señor chantre el hisopo y habiéndose asperjado y a los circunstantes, y luego se entró por la puertecita de hierro' y llegó con harto trabajo al altar mayor por la multitud de gente que había; y subido al presbiterio hizo oración, en Ínterin fue el segundo maestro de ceremonias a la sacristía con los acólitos a traer a los dos señores que eran ministros, para que ayudasen a vestir a su Ilma., quien puesto ya en su asiento debajo del dosel, se quitó la muceta, mantelete sortija y pectoral, y le dieron aguamanos los condes de Santiago y de Loja y su caballerizo- y luego se comenzó a vestir, trayéndole desde en medio del altar mayor cada vestidura en una fuente, y sin decir los salmos, se fue poniendo las siguientes: amito, alba, singlo tunicela, estola, dalmática, casulla, anillo, mitra riquísima y manípulo; en el ínterin fue dicho segundo maestro de ceremonias a la sacristía con los acólitos a traer al señor maestre-escuela preste, que llegando al altar mayor, aguardaron un poco a que se acabase de vestir su Illma. y luego acompañado de los dichos ministros, llego a la grada, y hecha la reverencia a su Illma., volvió al lado de la Epístola, y comenzó la misa Deus tu conversus, y vuelto a la grada, prosiguió la misa; y su Illma. Acompañado del señor deán y el señor chantre, que con sobrepellices tomaron capas y mitras; dijo la Confesión e Introito sin mitras- y luego puso su Illma. El incienso, ministrándole la cuchara el señor deán, y llevado por ‘un acólito al preste, hizo la incensación del altar, y a los kiries que se cantaron muy solemnes, se  sentó el preste, cerca de los últimos salieron del coro con capas, seis de los señores prebendados, yendo por delante los acólitos y pertiguero, y llegados cerca del asiento de su Illma., entonaron la Gloria, y luego la cantó el preste en medio del altar, y su Illma., con los señores deán y chantre la prosiguieron rezándola; y acabada, se volvieron al coro los que vinieron a esto en la misma forma, y el preste y ministros se fueron a sus sillas, donde estuvieron hasta que se acabó la gloria en el coro. Al Dominus vobiscvm para la oración, se quitaron las mitras hasta que se cantó la colecta, nombrando en ella primero a su Illma. Que al rey, como se hace en el Canon y en otras ocasiones, y se debe hacer así; y acabada la oración y colecta el subdiácono cantó la Epístola, y habiéndola acabado, fue a besar la mano a su Illma., vino al altar, pasó el misal al lado de Evangelio, y habiéndolo rezado el preste, fue el diácono a besar la mano a su Illma.; volvió al medio del altar, se hincó y dijo inunda cor neum; en ínterin el señor arzobispo con la mitra puesta ministrándole el señor deán la cuchara, pasó el incienso en el incensario y lo bendijo. Tomó el diácono el libro de los Evangelios del medio del altar, y fue acompañado del subdiácono, maestro de ceremonias y ciriales, y puestos de rodillas todos, pidió a su Illma. La bendición, y habiéndola recibido se fue al ambón y cantó el Evangelio, y habiéndolo acabado, llevó el mismo diácono el libro a su Illma. para que lo besase; el preste se puso en medio del altar, vueltas las espaldas al lado de la Epístola y el rostro hacia su Illma.; el subdiácono se puso al lado siniestro del preste, el diácono se puso al lado del Evangelio; vino luego del coro el predicador, que fue el Dr. D. Miguel González, medio racionero, acompañado de cuatro capellanes, y habiendo llegado a las gradas del altar mayor, hizo oración, y pasó a tomar la bendición de su Illma., y la recibió en pio como prebendado, y luego se volvió por la crujía por donde había venido al púlpito: el preste y diácono? estuvieron sentados todos tres iguales en sus sillas aliado de la Epístola, en frente de su Illma. Acabado el sermón, se puso el preste en pie junto al altar, y a su lado siniestro el diácono, hincado de rodillas el subdiácono cantó la Confesión el diácono, hincándose al decir: tibipater y te pater, levantándose luego, y habiéndola acabado, se volvió a hincar, y su Illma., echó la bendición, y luego se cantó el Credo, y su Illma. Lo dijo con los señores mitrados quitadas las mitras, hincándose todos al incarnatus est, y habiéndolo rezado el preste, se vino con los ministros a sus sillas, y se sentaron, y a su tiempo fue el diácono acompañado del segundo maestro de ceremonias a extender los corporales sobre la ara, hincándose en la grada, y vuelto a su Illma., le hizo la venia, y del mismo modo a la vuelta. Acabóse de cantar el Credo en el coro; cantó el preste el Dominus vobiscum, estando su Illma., y mitrados en pie y sin mitras, y luego se sentaron, y al tiempo de bendecir el agua, lo hicieron desde su asiento; puso el incienso en el incensario, ministrándole la cuchara el deán, y habiéndolo llevado un acólito al preste hizo la incensación de la oblata y al altar, y acabada, tomó el incensario el diácono, y habiendo incensado al preste fue a incensar a su Illma. Y a los dos mitrados, y vino luego é incensó al subdiácono, y fueron los acólitos á incensar a los del coro, y habiendo vuelto, incensaron a los dos maestros de ceremonias y a los de la familia de su Illma., eclesiásticos y demás acólitos del altar. Al Prefacio se le quitó la mitra a su Illma., y a los dos mitrados, y estuvieron sin ella hasta consumir, y las veces que estaba en pie su Illma. Tenía el báculo en las manos y también al alzar: acabado el Pater Noster, fue el pertiguero al coro por los señores capitulares que estaban en él, y vinieron con sus capas, y tomaron asiento en el lado de la Epístola, donde estaban puestas sus bancas, detrás de las dos sillas de los ministros de la misa; y de este modo asistieron a la imposición del palio. Al tiempo de la Paz, la recibió el diácono del preste, y la llevó a su Illma. Para el ósculo, y su Illma. La dio a los ministros; luego el diácono la dio al subdiácono; este a los maestros de ceremonias y a los acólitos; y dicho maestro la llevó a los señores de la audiencia, acompañado de dos acólitos, y los acólitos la llevaron a los del coro; y habiendo vuelto de él, la dieron a los dos maestros de ceremonias y demás eclesiásticos de la familia de su Illma., y a los acólitos. Habiendo consumido el preste, pasó el diácono el misal al lado de la Epístola,  y luego fue acompañado ele los dos maestros de ceremonias a la credencia, donde estaba el palio en una fuente sobre un paño de seda blanco, envuelto con las tres espínulas, y la trajo y puso sobre la ara como estaba, y dicha por-el preste la oración y colecta, en que mencionó primero a su Illma. Y después al rey, y cantado por el diácono él Te misa est, vuelto hacia su llana, el preste, le pidió la venia y echó la bendición hacia el lado de la Epístola, y habiendo dicho el último Evangelio se quitó la casulla y manípulo, y se fue al lado siniestro de su Illma., a cuyo lado diestro se puso el señor chantre, y en medio del altar el señor deán, que sentado en su silla con cojín a los pies. Teniendo todos puestas sus mitras, preguntó el señor deán a su Illma. Si tenía letras apostólicas, y habiendo respondido que sí, mandó el señor deán que se leyesen, y las leyó el secretario de su Illma., y habiendo acabado de leerlas, pasó su Illma. Y los dos señores mitrados de sus asientos al altar, donde se sentaron los dos a los lados del señor deán, y su Illma. Se hincó e hizo el juramento sobre el libro de los Evangelios; y el señor deán sentado dijo la oración que dispone el Pontifical, y luego le echó las tres bendiciones al palio y se lo puso a su Illma. con las tres espínulas, la del diamante delante, la del rubí en el hombro izquierdo en lo doblado del palio que cayó en dicho hombro, y la esmeralda a las espaldas, cogiendo solamente la seda de las cruces y no el palio ni la casulla; y acabándoselo de poner, pasó su Illma. Al medio del altar, y vuelto hacia la cruz archiepiscopal, puestos los guantes y sin mitra, publicó el maestro de ceremonias las indulgencias que su Illma. Concedía a los presentes, y luego echó su Illma. La bendición, y acabada, entonó el diácono él Te Deum Laudamus, y prosiguió la capilla, y se ordenó la procesión, en que fueron por delante las hachas ele su Illma., la cruz con el subdiácono, luego la clerecía con sobrepellices, los señores capitulares con sus capas y en medio el diácono, acompañado de los dos señores que sirvieron la mitra y báculo, y los tres señores mitrados juntos acompañando a su Illma. debajo de palio, cuyas varas llevaron el corregidor, alcaldes ordinarios y regidores: seguían se los contadores y señores de la audiencia: iban fuera de la procesión a los lados los soldados de la guardia ele S. E. Illma.; y habiendo llegado de vuelta su Illma., a la gracia del altar mayor, se paró, y habiendo cantado los monacillos los versículos, el señor maestreescuela que había cantado la misa, cantó la oración Pro gratiarum actione, y acabada, subió su Illma., al medio del altar y se quitó el palio y lo dejó sobre él, y el señor chantre lo guardó en su caja quitadas las espínulas, y puestas en sus acericos: mientras su Illma. Recibía el palio, el sacristán encendió una vela que estaba en medio del altar en un candelero muy alto, por demostración y ceremonia ele tener ya esta iglesia esposo, y se comenzó repique general que duró hasta que se acabó la procesión. Su Illma. Se fue a su asiento, y se desnudó, y se vistió el mantelete, muceta y pectoral, y el señor deán su manteo, y salieron todos los señores capitulares acompañando a su Illma. Hasta la puerta de junto al Sagrario, donde lo recibieron, y salido al cementerio su Illma., donde estaba esperando la compañía de palacio, le rehelearon la bandera como cuando vino, y el señor deán, corregidor y alcaldes ordinarios, fueron acompañando a su Illma. Hasta su casa en la forma que lo habían traído, y el señor deán comió con su Illma., Salieron a dejar a la real audiencia cuatro prebendados, que fueron una dignidad, un canónigo, un racionero entero y un medio, hasta la puerta, donde la recibieron al principio. La entrada pública del SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS como arzobispo se verificó el 29 de Enero del mismo año de 1702, así:

"La santa iglesia estaba adornada, el altar mayor tenía seis velas y seis cirios, había muchas lámparas y mecheros con velas de cera, doce cirios para que si llegase su Illma., de noche alumbrasen los monacillos; los pilares estaban con sus colgaduras el arco en la puerta que mira a las casas del marqués, dispuesto por el Lic. D. Francisco de Ayerra Santa María, rector del colegio Seminario de dicha santa iglesia, y capellán del convento real ele Jesús María: contenía la historia que refiere el texto sagrado del Libro de los Jueces, cap. III, del juez Aod, que era ambidextro, esto es, que peleaba tan bien con la mano siniestra, como con la diestra, aludiendo a las dos potestades que residen en su Illma. Como arzobispo y virrey, y acerca de esto fueron las pinturas del arco, y los versos y loa. El cementerio, plazuela del Empedradillo y bocas calles estuvo lleno de tablados muy bien colgados, las calles colgadas, y desde el dicho arco mucha juncia en el cementerio, y no se puso tablado en él como otras veces se ha puesto, sino arcos de tule por las calles, y la ciudad hizo poner vela desde el arco de la iglesia hasta el que ella puso en la calle de San Francisco junto a la Profesa, adornado de doseles, tafetanes y gallardetes, y en lo alto las armas cíe su Illma.: por ambos lados tenía tres puertas, y por la parte que mira a palacio se pusieron todos los retratos de los virreyes de México, y por la que mira a la Profesa se puso en el medio el retrato del señor arzobispo, y a sus lados, por el derecho los señores D. Fr. García Guerra y D. Alonso de Cuevas Dávalos, y por el lado siniestro los señores- D. Fr. Payo de Rivera y D. Francisco de Aguiar y Seijas, arzobispo; y los dos de ellos, que estaban inmediatos, habían sido también virreyes. En la Iglesia de la Profesa estaba prevenido todo lo necesario (aunque no se puso tablado como en otras ocasiones semejantes se ha puesto) hubo sitial, ornamentos de medio pontifical para su Illma. Y para los señores capitulares diáconos, y capas para los demás y palio. En la parroquia de la Santa Veracruz, de donde había ele salir su Illma. Para la función, se adornó la mitad de la sala de los caballeros, por ser muy grande, con colgaduras muy buenas, y en medio se puso e sitial y a los lados muchas sillas para los señores de ambos cabildos, y por la parte de atrás estaban prevenidos los dulces y aguas de orden de la ciudad: la dicha parroquia estuvo costosamente aderezada.

"A las dos y media de la tarde salió de su palacio el señor arzobispo en silla de manos, yendo por delante el crucero y por detrás su caballerizo a caballo con doce alabarderos y ocho lacayos, y fue por la calle de Tacuba a la dicha parroquia de la Veracruz, donde le salieron a recibir los curas y clérigos de ella en la forma que se acostumbra recibir a los virreyes la primera vez, como al presente lo era está en que iba del segundo vi remato; y entró en la sala arriba dicha de los caballeros, donde aguardó un breve espacio a que llegaran los señores prebendados a hacer su recibimiento, y el regimiento y caballeros el suyo; y en ínterin estuvieron acompañando a su Illma. D. Juan de Cerecedo, y otros caballeros que por ancianos no habían ele salir en el paseo. 'A las tres de la tarde salió de la santa Iglesia catedral su cabildo por la puerta principal de ella a coger sus coches, y fueron por este orden: delante de todos iba el portiguero con su garnacha blanca, en muía con gualdrapa; seguíase el coche del medio racionero más moderno, y luego los demás ele los señores por su antigüedad y dignidad hasta el señor chantre, en que iba con el señor deán, y detrás iba de respeto el del señor deán: fueron también a esta función los dos maestros de ceremonias y el secretario de cabildo. Hizose en coches, debiendo hacerse en muías, como lo ordena el concilio mexicano en los estatutos ele esta iglesia, cap. II. § 7, fol. 12, pág. 2. Habiendo llegado dicho cabildo a la dicha parroquia de la Veracruz, entraron a la sala donde estaba su Illma. A hicieron su recibimiento, y se volvieron a salir, sin habérseles dado dulces y aguas por no haber venido todavía el mayordomo ele la ciudad; y se fueron en la forma que habían venido por la calle de San Francisco a la Profesa, á aguardar allí a su Illma.

En las casas de cabildo de la ciudad se juntó toda la caballería de México para ir, como fueron, acompañando al corregidor y regimiento ele dichas casas, hasta dicha parroquia, que fue en esta forma: iban delante a caballo seis clarineros, seis timbaleros o atabaleros, vestidos todos de lama encarnada, que fue la vestidura que sirvió en la jura de nuestro rey Felipe V; seguíanse los ministros de vara y alguaciles de corte, luego los dos maceros con sus mazas, escribano y mayordomo, luego los caballeros, regidores, alcaldes ordinarios  y corregidor: fueron por la calle de San Francisco, y habiendo llegado a la Veracruz y apeándose de los caballos, entraron e hicieron su recibimiento en la dicha sala, y tomaron dulces y aguas.

A las dos y media de la tarde salieron de sus conventos todas las religiones con sus cruces y ministros, y fueron a la casa Profesa para venir desde allí en la procesión, salvo los carmelitas y los ele San Hipólito, que se excusaron como se dijo arriba el día 26; los de la Compañía tampoco salieron en la procesión, porque salía ele su casa, pero asistieron puestos en orden hasta la esquina de la calle ele la Palma, hasta que pasó por allí su Illma. "La entrada fue en esta forma: desde la Veracruz a la Profesa, volvió la ciudad en la forma que fue como se refirió, y el corregidor al lado izquierdo de su Illma., que venía en muía con gualdrapa de terciopelo morado, toda guarnecida de franjas de oro, y del mismo modo iba la muía de respeto, tapada con telliz de tela morada; seguíanse detrás de su Illma., su secretario, mandatario y capellán, todos en millas con gualdrapas; seguíanse los soldados de a caballo, que estuvieron tendidos junto a dicha parroquia, e hicieron la salva a su Illma. Cuando salió de ella, y prosiguieron yendo atrás hasta dicha iglesia ele la Profesa, y habiendo llegado a ella su Illma., se apeó y le recibieron los señores capitulares y los padres ele la Compañía, pero sin demostración de recibimiento solemne, por no tocarlos sino a dichos señores. Lleváronlo al presbiterio, donde estaba el sitial, y habiendo llegado a él, se quitó la muceta y mantelete, y ayudándole los dos ministros, se fue vistiendo las vestiduras que fueron traídas ele sobre el altar, amito, alba, cíngulo, pectoral o estola, capa blanca, mitra y báculo; y estando vestido, puso incienso en el incensario, ministrándole la naveta el preste asistente, que era el señor maestre-escuela, y luego llegó al altar mayor, donde estaba ele preste el señor chantre con la cruz en la mano, la cual besó su Illma. Hincado, y puesto en pie, el preste asistente que le había ministrado la naveta, le dio el hisopo del agua bendita con que se asperjó y a los Circunstantes, y habiéndole dado el preste asistente el incensario, incensó la cruz y luego el dicho preste asistente incensó a su Illma., y luego la capilla entonó la antífona, y acabada, entonó el diácono él Te Deum Laudamus, y se comenzó la procesión, llegando a la grada del altar el palio, llevando sus varas los regidores y caballeros, alcaldes ordinarios y corregidor: la guarda de los alabarderos iba fuera de la procesión guardando la persona de su Illma. Como virrey, a cuyo lado derecho iba el señor chantre con capa, y al izquierdo el diácono, que fue por no asistir el señor deán a la procesión; y habiendo llegado su Illma. á la puerta del arco de la ciudad, mandó abrir la puerta principal ele en medio, y la abrió el segundo maestro de ceremonias, por no hallarse presente el que la debía abrir, nombrado por la ciudad; y habiendo entrado, prosiguió, y pasando por las casas de Domingo de Larrea, en cuyo balcón estaba el conde de Moctezuma, que acababa de ser virrey, con su esposa y con el presidente de Guatemala, que en esta ocasión se halló en esta ciudad, se paró su Illma. Y se quitó la mitra y les hecho la bendición, no debiendo quitársela para esto. La compañía de palacio estaba tendida en el Empedradillo, y al pasar su Illma. Se le reboleó la bandera y se le hizo salva; la compañía de a caballo vino siguiendo y guardando a su Illma. Hasta que llegó a la santa iglesia; y estando en el cementerio en pie, oyó tocia la loa que echó un comediante muy bien vestido, subido en una mesa alta cubierta con bayeta, y la recitó muy bien con la explicación del arco y sus pinturas; y habiendo entrado en la iglesia, se repitió por la capilla la dicha antífona y versículos por dos monacillos, y el preste dijo la oración; y habiendo llegado su Illma. á las gradas del altar mayor, se paró en medio y estuvo en medio mientras que se cantó la antífona, versículos y oración de nuestra Señora del día de la Asunción, por ser la titular ele dicha santa iglesia; y luego se le puso silla en medio del altar mayor, y habiéndose sentado en ella, llegaron tocios los señores capitulares y curas a besarle la mano, y no llegaron los demás eclesiásticos por no molestar a su Illma.; y acabado lo dicho, se desnudó de las dichas vestiduras pontificales, y se puso su manteo y muceta, y luego pasó a entrar en su silla de manos que estaba próxima a dichas gradas del altar, y en ella se fue a su casa. A los señores oidores salieron a dejar hasta la puerta cuatro señores prebendados en forma de cabildo, que fueron una dignidad, un canónigo, un racionero entero y un medio, y los monacillos salieron alum brando con los cirios que para ello estaban prevenidos, como se dijo(arriba; con lo cual se acabó la función, y se quemaron los fuegos que la santa iglesia tema prevenidos para esta noche, que fueron cuatro árboles y muchos cohetes y teas en la torre y bóvedas; y no se recocieron las compañías de los soldados hasta que dejaron en su palacio arzobispal a su Illma., que estuvo después enfermo de un pie que se le hinchó de resulta de dicha función.15

Dijimos antes que el SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS fue muy severo y que por su carácter y por su educación no permitía que sus mandatos dejasen de ser obedecidos fielmente. Multitud de hechos podríamos citar en comprobación de lo dicho, y cualquiera que hubiese leído el curiosísimo Diario de Robles, tantas veces citado, encontrará plenamente justificada nuestra calificación. En esta obra no podemos referir todos y cada uno de los actos de los prelados en ella comprendidos y por lo mismo nos abstenemos de especificar ciertos hechos.

Empero no dejaremos de apuntar dos noticias que revelan el acierto que presidia a las  disposiciones del SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS, por más que lo inusitado de aquellas medidas en la época en que fueron dictadas hubiese disgustado a los que apegados a las prácticas tradicionales miraban mal cualquiera cosa que significase una reforma, por útil que fuese. Todavía acababa ele hacerse cargo del gobierno de la Iglesia mexicana, cuando se negó a dar licencia para que los cadáveres fuesen llevados a las iglesias, sino que saliesen los entierros de las casas, aun cuando se hallasen a larga distancia del lugar ele la inhumación.

Después, el 24 de Marzo de 1701 mandó que no anduviesen procesiones después del toque de oración y que las iglesias se cerrasen a las nueve de la noche. Fácil es comprender el motivo que impulsó al prelado a dictar ambas medidas. En los documentos de la época, hallamos que el SR. ORTEGA Y MONTAÑÉS cumplió con sus deberes de una manera satisfactoria, mas no consta que hubiese visitado su archí-diócesis como lo había hecho la mayor parte ele sus antecesores. Esta omisión que" podría calificarse como una falta, se explica por la avanzada edad del prelado. Era septuagenario cuando llegó a ocupar la silla arzobispal de México y, por otra parte, su constitución física, a lo que entendemos, no fue ele las más apropiadas para emprender largos y penosos viajes como eran los que tenía que hacer el pastor para visitar los pueblos. Antes de concluir, debemos manifestar que el arzobispo ele quien hablamos puso mucho empeño en que se terminara el santuario ele Nuestra Señora ele Guadalupe saliendo personalmente por las calles a recoger limosnas con ese objeto,16 mas no tuvo el gusto de ver realizados sus deseos, porque la muerte le sorprendió el 16 de Diciembre de 1708. Sus restos descansan en la Catedral de México.

 1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 159-168.

2 D. Ángel Núñez y Ortega, escritor que merece toda estimación, por la severidad de su juicio, por su carácter investigador y por otras buenas cualidades, y uno de los descendientes de D. José Ortega y Montañés, publicó en la Revista universal una biografía del arzobispo D. JUAN, en la que se hallan acopiadas las noticias más importantes acerca del prelado de quien vamos a hablar. Más tarde, el Sr. Rivera, en su obra varias veces citada: Los gobernantes de México, utilizó el trabajo del Sr. Núñez, y le agregó algunos nuevos datos, con los que resulta esa biografía una de los mejores entre las que forman la Galería citada.

3 No están de acuerdo los biógrafos del Sr. ORTEGA Y MONTAÑÉS, ni acerca del lugar ni acerca de la fecha de su nacimiento. Beristaín siguiendo á Juarros, dice que nació en Siles (reino de Murcia), y D. Fernando Ramírez y el Dr. Romero han adoptado esta opinión. El Sr. Lorenzana le dio por patria á Llanes, y creemos, con el Sr. Núñez, que esta es la opinión más acertada. En cuanto a la fecha, diremos que el historiador de Guatemala, Juarros, dice que fue el día 3 de Julio de 1627, y no la que hemos señalado de acuerdo con otros biógrafos que merecen a nuestro juicio entero crédito.

4 El Sr. Núñez dice que en 1673 fue nombrado obispo de Durango el Sr. ORTEGA Y MONTAÑÉS. Preferimos seguir la opinión del Sr. Lorenzana, que en la Serie de los Illmos. Sres. Obispos de la Sta. Iglesia de Durango, asegura que esa elección se verificó el día 24 de Abril de 1674.

5 Juarros, Compendio de la historia de Guatemala, tomo i pág. 285.

6 Juarros loc. Cit.

7 Ordenanzas, preceptos y direcciones con que se previene a los curas beneficiados, doctrineros, y jueces eclesiásticos, su Estado y feligresía, para el cumplimiento de las obligaciones de cada uno. Impresas en México por Juan Rivera, 1685, folio. Tal es el título de esa obra, escrita por el mismo Sr. ORTEGA Y MONTAÑÉS según Beristaín.

8 El obispo de Puebla, Sr. Fernández de Santa Cruz, fue designado para sustituir en el virreinato al conde de Galve; pero no aceptó, y hubo que recurrir al Sr. ORTEGA Y MONTAÑÉS, que era el que la previsión del soberano había nombrado en segundo lugar.

9 La relación del tumulto de los estudiantes puede verse en 1 tomo primero de Los gobernantes de México, páginas 280 y siguientes. En otras obras antiguas se halla referido el suceso; pero como son de más difícil adquisición, preferimos citar la más moderna

10 Los lutos de los hombres debían de ser capas largas y faldas hasta los pies; los de las mujeres, monjiles de bayeta y mantos de añascóte, hasta el día de las honras (24 de Noviembre).

11 Acerca de este retardo dice D. Antonio de Robles en su Diario tantas veces citado: "cuya retardación en su venida ha causado mucho costo a esta santa iglesia." Fácil es comprender a lo que alude Robles en esa frase. En la sede vacante por muerte del Sr. Aguiar y Seijas, hubo tantos pleitos y diferencias como tenían lugar desde que faltaba el prelado, según tenemos dicho ya.

12 Refiere Robles en su Diario que el martes 2 de Mayo de 1702 antes de medio día fue el arzobispo virrey a la visita de cárcel, y habiendo entrado en la sala del crimen, mandó cerrar las puertas y prender a todos cuantos allí había, que eran muchos, "por decir que pues se iban a oír pleitos, no tenían ocupación."

13 En el acuerdo del 10 de Noviembre de 1702 reprendió a los alcaldes de corte, porque no rondaban y sobre la administración de justicia.

14 A propósito de lo que decimos en el texto sobre la ostentación de grandeza que hacia el Sr. ORTEGA Y MONTAÑÉS, creemos que el lector verá con agrado la descripción de un convite suyo, tal como la hace Robles. "Este día, 15 de Enero de 1702, dio el señor arzobispo la comida que había de haber dado el día de la recepción del palio, y por ser viernes la trasfirió; fueron los convidados los señores capitulares y los de la real audiencia, y se sentaron en esta forma: al lado derecho de su Illma. se sentó el oidor más antiguo, como presidente de la sala; al lado izquierdo el señor deán y el señor maestreescuela: el señor chantre se siguió, después de los oidores, después todos los demás señores incorporados; se puso la mesa en el salón grande, y llegó hasta cerca de la puerta del oratorio; la silla de su Illma. estuvo por el otro extremo dé la mesa junto a la puerta de la segunda sala, que es la de su asistencia ordinaria: sirvieron la comida los capellanes de su Illma. y cinco sacerdotes convidados para esto. Se comenzó la comida a las doce en punto, y se acabó a las dos y media de la "tarde; hubo, según dicen algunos treinta platillos, los diez de pescado, diez de carne y diez de dulce; otros dicen que hubo, cincuenta de diversas viandas, así de pescados exquisitos, como de carnes y aves diferentes, con tres antes y cinco géneros de dulces, y entre ellos una cajeta de Michoacán a cada convidado, diversos pasteles y pastelones, varias frutas del tiempo y diversos géneros de vinos y nevados; con el aguamanos fue una toalla mojada en agua de azahar, que sirvió D. Diego de Bustos, secretario de S.E.;. y acabada la comida, se fue cada uno a su casa, besando al despedirse la mano a su Illma., así oidores como prelados, y su Illma. se entró a recoger; y luego los capellanes hicieron quitar las mesas y desembarazar la sala: tuvo la mesa dos pares de manteles, y la carpeta era de palmilla, de una pieza, que cubría toda la mesa.

15 Robles, óp. cit. páginas 365 a 872.

16 Lorenzana, óp. cit. página 224. A lo dicho por este autor tenemos que agregar la siguiente curiosa noticia:

"Largo tiempo anduvo en una silla de manos, acompañado de dos niños pajes, aun por los arrabales más pobres, pidiendo limosnas para la conclusión del templo, exponiéndose, como los mendigos, á sonrojos y oprobios. Refiere esto Cabrera en su Escudo de armas de México, capítulo XVIII página 367 y siguientes, y trae la relación de un hecho que, atendido el carácter del Sr. ORTEGA Y MONTAÑÉS, da la medida de su piedad. Es el caso que habiendo llegado a pedir a las puertas de un pulpero de barrio siquiera fuese medio real para la fábrica del santuario, el descomedido y audaz pulpero le respondió impaciente que sacase para ello no sé qué granos que se decía guardaba más por su curiosidad que por su precio. El prelado, con las lágrimas en los ojos, siguió humildemente su camino, sin replicar a aquel hombre que tan irrespetuoso se mostraba con el jefe de la iglesia, y que aun cuando no hubiese tenido tal carácter, era un anciano digno por sus años de toda consideración. Quien sepa que el Sr. ORTEGA Y MONTAÑÉS, salía, siendo virrey, en una carroza tirada por seis caballos; quien hubiese tenido ocasión de ver las reales cédulas en que se le extrañaba poique al pasar ante una virreina no soltaba la capa en señal de respeto, y por último, el lector, a quien hemos procurado dar una idea de la esplendidez del arzobispo en cuestión, comprenderá cuán grande no sería el sacrificio hecho en aras de la piedad, saliendo a mendigar como acabamos de decir."


18. El Ilmo. y Revmo. Sr. D. Fray José Lanciego y Eguilaz, O.S.B.

(1714 - 1728)

  • Presentado: 1711
  • Posesión por poder: 24 diciembre 1712
  • Consagración: 4 noviembre 1714
  • Imposición del palio: 11 noviembre 1714
  • Entrada solemne: 8 diciembre 1714
  • Muerto: 25 enero 1728

Del orden del Patriarca de los Monjes San Benito, predicador de la Majestad de Felipe V. Calificador de la Suprema, y dignísimo Arzobispo de esta Santa Metropolitana Iglesia de México.

Cuido con vigilancia de las capellanías dotadas en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, y en su tiempo se despachó la Primera Bula y Cédula de su Majestad, para la erección de la Real Insigne Colegiata.

Hijo  de padres nobles el virtuoso prelado de quien vamos a ocuparnos, fundé su gloria no en seguir la carrera a que por su alcurnia podía aspirar en la corte, sino en hacer el bien, probando una vez más, de esa manera, que con la nobleza del alma se conquista mejor la inmortalidad que con la pretendida nobleza de la sangre.

El Illmo. y Rmo. SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ nació en Viana, cabeza del reino de Navarra, el año de 1655. Desde muy joven manifestó inclinación al estado religioso, al grado de que al cumplir quince años abandonó la casa de sus padres, y, a pie, se dirigió de Viana á Nájera, con el objeto de hacerse monje de San Benito en el monasterio de Santa María de la Asunción, uno de los principales y más antiguos de la congregación, y observó la regla con tal exactitud, que mientras fue únicamente monje solo salía a predicar o a confesar, empleando las horas en la oración y en el estudio. Cuánto hubiese sido su aprovechamiento en este último, bien lo indica el habérsele llamado docto desde joven, y considerándosele como maestro insigne.2 Obtuvo el cargo de abad, el empleo de predicador de S. M. en la real capilla, que desempeñó durante catorce años, y fue en Madrid calificador de la Suprema Inquisición.

Presentado por Felipe V en 1711 para arzobispo de México, vino antes de consagrarse. Llegó a Veracruz el 3 de Diciembre de 1712 y a la ciudad de México el 4 de Enero siguiente. Desde luego se hizo cargo del gobierno de su Iglesia, y habiéndole, por fin, llegado sus bulas, se consagró el 4 de Noviembre de 1714 con asistencia de los Ilmos. Sres. Obispos D. Fr. Ángel Maldonado, de Oaxaca; Dr. D. Felipe Ignacio de Trujillo y Guerrero, de Michoacán, y D. Fr. Manuel de Nímbela, de Guadalajara.3 Siete días después le puso el pálido el ya nombrado obispo de Michoacán, acompañándole los doctores D. Rodrigo García Flores y Valdés, y D. Antonio de Villaseñor y Monroy.

Hizo su entrada pública el 8 de Diciembre. La ceremonia fue solemne, más no la describiremos porque fue igual a otras de que el lector tiene ya cabal idea. La vida del Sr. Lanciego  durante los quince años que duró su gobierno, fue una no interrumpida serie de actos de virtud. La mansedumbre de su carácter la bondad de su corazón su incansable dedicación al trabajo, su caridad nunca saciada, lucieron que la Iglesia  mexicana gozase paz venturosa, que los desgraciados se viesen socorridos, que no hubiese el menor  entorpecimiento en el despacho de los negocios, que el clero se moralizara y para decirlo en una sola frase, que por donde quiera se luciese sentir la dulce y poderosa influencia de un pastor benéfico, digno de ese nombre. No hubo disturbios, ni controversias, ni nada que pudiese dar ruidosa celebridad al prelado. Si alcanzó renombre, qué porque a pesar de su modestia suma a nadie podían ocultarse m su elocuencia como orador sagrado, ni mucho menos las innumerables buenas obras que hacía. Referiremos las. Principales.

Luego que tomó posesión del gobierno se dedicó con fervoroso celo a hacer observarlas decisiones de los concilios Tridentino y Mexicano por parte del clero, y a aumentar la perfección de la vida monástica en los conventos de religiosas, para cuya dirección escribió una Carta pastoral4. Fundó la casa llamada de la "Misericordia" para recogimiento de mujeres casadas separadas de sus mandos; gastando en ella a más del costo del sitio en que se edificó, doce mil pesos, y siete más en las capellanías o fundaciones para el capellán y rectora del establecimiento. Fabricó una cárcel en la que pudiesen estar con la debida separación los delincuentes.5 En la casa arzobispal aumentó las viviendas para familiares y para las oficinas, en que gastó de sus rentas treinta y siete mil pesos. Para la fábrica del nuevo templo de Regina Coeli dio el SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ veinticinco mil pesos. No menos crecidas limosnas dio para la fábrica del colegio de San Miguel de Belén.6 Con piadosa liberalidad dio mil pesos a cada una de las muchas doncellas nobles que necesitaron completar sus elotes para hacerse religiosas; los viernes daba limosnas a hombres, españoles, los sábados a las mujeres y los domingos a los indios. Fundó nuevas cátedras de teología escolástica y moral en el Seminario y premió a los catedráticos con cantidades considerables para que pudieran borlarse en la Universidad, protegiendo al mismo tiempo a los estudiantes el Seminario y de otros colegios para que pudieran terminar su carrera. "Cada mes se llenaba su palacio de mendigos," dice un testigo ocular, y después agrega: "Pagaba deudas ajenas, ocultando su nombre.7 Para conocer el carácter del SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ no se necesita más sino saber que, en cierta ocasión, siendo el abad del monasterio de Nájera, pasó la reina de España y visitó el convento. El abad, en vez de congratularse con la soberana haciéndole los honores, dio a otros el encargo de asistirla. Este rasgo demuestra cuán ajeno era el abad a las costumbres cortesanas.

Pero lo que sorprenderá verdaderamente al lector, es saber que el SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ no conoció las monedas, es decir, no supo nunca distinguirlas por su valor. El, que a manos llenas hacia buenas obras, que remediaba las necesidades de las huérfanas y las viudas, que jamás desoyó los ruegos de los que a él acudían, ¡no conoció las monedas!

Treinta y seis años habían pasado desde la última visita que hizo el Sr. Aguiar y Seijas á los pueblos más remotos del arzobispado de México, cuando el SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ hizo la suya. Con reducido acompañamiento la emprendió, y no quedó doctrina a que llegase, curato que no viese, distancia que no pasase. Ninguno de sus antecesores llegó como él a Acapulco. Con referencia a esta visita pastoral dice el Dr. Ita y Parra ya citado: "En otras partes con menos términos se forma el círculo de una real corona. Sus despoblados son grandes, sus caminos ásperos, sus montes escabrosos, sus eminencias altísimas, sus despeñaderos fáciles y profundos, sus climas dañosos y varios, sus temperamentos crudos, sus naturales incultos si no bárbaros, sus vientos recios, sus lluvias continuas, sus terrenos húmedos y calientes, sus animales muchos y ponzoñosos, sus parajes a cada paso inaccesibles. Levantándose a las 3 o 4 de la mañana, y a veces a la media noche, iba a los pueblos más pequeños por complacer a los indios, visitaba a los enfermos, confirmando a innumerables, examinándolos en doctrina cristiana, dotando a las doncellas al uso de la tierra si respondían con acierto, y fundando escuelas para que los indios aprendiesen el castellano."

No menos digna de especial recuerdo fue la conducta del SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ, durante el hambre que afligió al pueblo mexicano el año de 1714. La anticipación de las heladas en el año anterior, produjo la pérdida de las cosechas, y con ella la calamidad más lamentable. "La desolación era general en la Nueva España, dice el P. Cavo, por la hambre que se padecía, que fue tanta según nos contaban nuestros mayores, que por las calles no se veían sino enjambres de pobres pidiendo pan." "En esta calamidad, continúa el mismo escritor, el arzobispo D. Fr. José Lanciego  y el duque de Linares se mostraron padres comunes, y sus haberes los gastaron en socorrer a los pobres."8

Al hambre siguió una epidemia originada de los malos alimentos que se proporcionaban los pobres, y con la epidemia se presentó nueva oportunidad al SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ para ejercitar los hermosos sentimientos de que se hallaba adornado; sentimientos que, es un deber decirlo, fueron felizmente imitados por los ricos, cuya caridad fue el consuelo de los infelices, según el testimonio del P. Cavo.

Otro escritor coetáneo, refiere que tan humilde era el SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ, que en esta peste hubo vez que cargase él mismo un  colchón para llevarlo a la casa de un infeliz enfermo que carecía de lo más necesario; nobilísima acción que enaltece al prelado y que puede servir de saludable lección a muchos sacerdotes de nuestros días que no solo no ejercitan la caridad de tan sobresaliente manera, sino que alguna vez se disgustan porque acuden a ellos en las altas horas de la noche para desempeñar las funciones de su ministerio. Con razón Beristaín al hablar del SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ dice: "fue uno de los prelados más dulces, vigilantes y celosos que ha tenido esta iglesia."9

Por fortuna, ni el hambre ni la epidemia fueron duraderos, y al terminar el año habían cesado. Las funciones religiosas adquirieron durante el gobierno pastoral del SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ esplendor y magnificencia tales, que de buen grado describiríamos en este lugar la manera con que se celebraron algunas de ellas; pero no lo hacemos porque gran número de páginas serían necesarias al efecto, y nos restan todavía muchos sucesos importantes que referir en las subsecuentes biografías. Empero no callaremos que el SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ en los quince años de su gobierno, ocupó con frecuencia no común la tribuna sagrada, dando realce a esas funciones con sus elocuentísimas piezas oratorias.10 Así lo testifican escritores de esa época, y sus palabras no pueden tacharse de vanas lisonjas, si se recuerda que el Sr. Lanciego era  un hombre docto, y que desempeñó durante catorce años el empleo de predicador de S. M. en la real Capilla.

Siguiendo el ejemplo de sus antecesores y los impulsos de su misma piedad, cuidó con vigilancia, como dice el Sr. Lorenzana, de las capellanías del Santuario de Guadalupe y obtuvo la primera bula y real cédula para la erección de la iglesia Colegiata, consignándole ocho mil pesos anuales sobre los reales novenos del arzobispado, en calidad de réditos de los setenta mil que fueron aplicados a ese objeto de la testamentaría de D. Andrés Falencia y habían sido remitidos a España para invertirlos en otra obra pía por cuenta del rey. Fueron dotados, un abad, cuatro canónigos, cuatro racioneros, seis capellanes, dos sacristanes, cuatro acólitos, dos mozos y un mayordomo, y formados los estatutos conforme a los de Granada y Antequera, y, admitida la Colegiata bajo la protección real, se le dio el título de INSIGNE, por ser la primera que se fundaba en América. Dichas bula y real cédula datan de 1727.

Exacto en el cumplimiento de sus deberes pastorales, hacía en México, todos los días de fiesta, confirmaciones, sin recibir ofrenda alguna pecuniaria, calculándose en más de medio millón las personas a quienes administró en solo esta ciudad aquel sacramento. Más no era esto lo único que demandaba su atención y a lo que acudía su celo fervoroso. Sabía que los indios perseveraban en sus ritos o ceremonias gentílicas en varias partes del arzobispado, y dictó para extirpar el mal las medidas conducentes. Compruébalo la carta que escribió el 8 de Junio de 1726 y dirigió a los lugares en que más arraigadas estaban aquellas absurdas prácticas.

"Hijos míos, decía, con lágrimas de mi corazón escribo está dando noticia a todos mis Curas beneficiados, Ministros Doctrineros, cómo en esos Partidos de la Sierra alta y baja, y la Huasteca, perseveran de la Gentilidad en esos mis hijos los Indios, la Idolatría y adoración que dan al Demonio con el nombre de "Dios de las Cosechas" cuya abominable celebridad la acostumbran cada año por el Mes de Agosto desde poco después de puesto el Sol hasta el amanecer, en que arman sobre ciertos palos una a modo de Diadema y sobre ella un Tambor, y entre los palos fabricada una camilla y encima una olla de miel virgen, y al rededor chalchihuites, con hongos, incienso, y granos de Maíz tierno, y tortillas de elote, y pintadas varias figuras, y sabandijas; en cuya circunferencia danzan hombres y mujeres, vestidos de blanco, cantando al Demonio, y haciendo otras ceremonias, todo a fin de tener visiones, engaños e invenciones del Demonio, reduciéndose este baile a dar gracias al "Dios de la Cosechas" y esperar la felicidad en sus frutos, y con el ánimo de hacerse hechizaros, brujos, adivinos, médicos, parando todo este baile y su banquete, en una lastimosa embriaguez." En seguida el SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ exhorta a los Curas con vehemencia a que cumplan sus deberes.

No podía ocultarse al ilustrado celo del arzobispo que si los indios perseveraban en la idolatría, y se entregaban con desenfreno a la embriaguez más degradante, era debido únicamente a que no se había cuidado darles educación, a que no se procuró ilustrarles, sino que la conquista espiritual se redujo a cambiar unas ceremonias religiosas por otras. Por eso el SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ quería que las escuelas se multiplicasen, y todavía en sus últimos momentos recomendaba la fundación de ellas y que se tratase a los indios sus hijos, como les decía, con amor y no como á bestias.

Creemos que con lo que llevamos dicho tendrá el lector las noticias que pudiera apetecer para formarse una idea exacta del carácter, virtud e ilustración del Illmo. Y Emmo. SR. MTRO. D. FR. JOSÉ LANCIEGO Y EGUILAZ. Réstanos sólo hablar de su muerte. Es en la hora triste y solemne en que el hombre ve aproximarse el inevitable fin de su existencia, cuando mejor puede juzgarse de la tranquilidad de su espíritu, tranquilidad hija de sus buenas obras. Por eso, cuando en el mes de Enero de 1728 sintiese herido el arzobispo de quien nos ocupamos por la enfermedad que debía conducirle al sepulcro, dictó sus últimas disposiciones sin que su ánimo sufriera la más ligera turbación; por eso, cuando el 17 del mismo mes recibió los últimos sacramentos con la grandeza que se acostumbra en tales actos y según el ceremonial del papa Clemente VIII, no parecía sino que tornaba parte en alguna de aquellas funciones a que imprimió él esplendor y magnificencia. Su agonía fue la del hombre justo. Poco antes de espirar pronunció estas notables palabras:

"¡Qué dulce muerte me ha dado Dios! Dicen que el morir es amargo; para mí bendita sea su bondad; nada me aflige, ni tengo especial dolor que a mi cuerpo lo atormente, ni particular cuidado que a mi alma la perturbe"11

Día de luto y de pesar justísimos fue para la ciudad de México el 25 de Enero de 1728.En él perdió la Iglesia mexicana a uno de sus pastores más eminentes, y la sociedad entera a un bienhechor, a un verdadero padre. El 29, es decir, cuatro días después, y con la pompa acostumbrada, verificáronse los funerales en la Catedral y las honras tuvieron lugar los días 19 y 2 de Marzo siguiente. La oración latina fue encomendada al Dr. D. Miguel de Aldave Rojo de Vera, provisor y vicario general de los naturales, y el sermón o elogio fúnebre al Dr. y Mtro. D. Bartolomé Felipe de Ita y Parra, canónigo magistral de esta Iglesia. Ambas piezas oratorias nos han sido muy útiles para la formación de esta biografía: Bendita sea su bondad; nada me aflige, ni tengo especial dolor que a mi cuerpo lo atormente, ni particular cuidado que a mi alma la perturbe. Día de luto y de pesar justísimos fue para la ciudad de México el 25 de Enero de 1728. En él perdió la Iglesia mexicana a uno de sus pastores más eminentes, y la sociedad entera a un bienhechor, a un verdadero padre.12

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 169-173.

2 Ita y Parra, sermón funeral del Sr. Lanciego.

3 Gaceta de México, correspondiente al mes de Marzo de 1722.

4 La relajación de las costumbres de los religiosos había llegado a un punto tal, que escandaliza leer lo que acerca de este particular dijo el duque de Linares, XXXV virrey de México, en el Informe a su sucesor el marqués de Valero

5 de estas últimas había una reja que daba a la capilla, para que pudiesen oír misa y verificar otras prácticas religiosas. Tenía la cárcel una sala de visita, amplia, adornada de un  sitial muy rico, tres sillas y un dosel en que varias veces, según ordena el Concilio III mexicano, visitaba el prelado a los presos, acompañado de sus provisores, y les hacia una plática.

6 El colegio de Belén fue fundado para niñas pobres.

7 Ita y Parra, loc. Cit.

8 Cavo, tres siglos de México lib. X

9 Beristaín Biblioteca Hispano-americana septentrional. Este autor registra las siguientes obras del Sr. LANCIEGO: Carta pastoral a las religiosas de la filiación ordinaria del arzobispado de México. Imp. en México por Rivera, 1716.-Panegírico  de S. lanado de Loyola. Imp. en México 1720.-Elogio fúnebre de 8. M. el Señor Luis II. Imp. en México por Hogal, 172o.- Representación á S M sobre el asiento del provisor del arzobispado en el coro de la Metropolitana. Imp. en fol., sin fecha.

10 En las primeras Gacetas de México se registran varios elogios de la elocuencia del Sr. LANCIEGO.

11 Ita Parra, sermón funeral ya citado.

12 Once días antes había perdido México al insigne Apeles mexicano Juan Rodríguez Juárez, que murió de 52 años de edad. Creemos oportuno consignar aquí esta noticia porque Rodríguez Juárez fue quien hizo el retrato del Sr. LANCIEGO, cuya copia exacta hemos dado en la lámina que acompaña a esta biografía. El lector, así lo creemos, sabrá con gusto que  posee una copia  de uno de los más ilustres artistas de México.


Manuel José de Hendaya y Haro

(1728 Nombrado)


Juan Antonio Lardizabal y Elorza

(1729)


19.  El Excmo. e Ilmo. Sr. Dr. D. Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta

(1730 - 1747)

Antes que él fueron electos Manuel José de Hendaya y Haro, quien falleció en España, y Juan Antonio de Lardizábal y Elorza, Obispo de Puebla que rehusó el cargo. Sosa, op. cit. Fue virrey de la Nueva España del 17 de marzo de 1734 al 17 de agosto de 1740.

  • Presentado: 13 enero 1730
  • Posesión por poder: 11 diciembre 1730
  • Consagración: 13 de mayo 1731
  • Imposición del palio: 3 febrero 17321
  • Entrada solemne: 23 febrero 17322
  • Muerto: 25 enero 17473

1 Ibíd.
2 Ibíd.
3 Entre las cosas que quedaron pertenecientes a los expolios de este arzobispo, estaban las vidrieras de los palacios arzobispales de México y de Tacubaya, que dejó a su sucesor, y una litera que nadie quiso comprar por estar “pesadísima”. Actas de cabildo, vol. 39, f. 489.

Arcediano de la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarcal de Sevilla; Sumiller de Cortina de Su Majestad. Virrey, Gobernador, Capitán General de esta Nueva España. Dignísimo Arzobispo de esta Santa Metropolitana Iglesia.

Recibió y solemnizó el juramento del Patronato de Nuestra Señora de Guadalupe, y en su tiempo se reedificó más la capilla de la Señora.

Ciento  siete años habían pasado después de aquel en que inundada la ciudad de México, primero, y apestados luego sus habitantes, resplandeció la figura grandiosa de un prelado que agotó en beneficio de los mexicanos el inapreciable tesoro de su caridad evangélica; y durante ese largo periodo, ninguno de los trece sucesores del Sr. Manso y Zúñiga pudo como él, en los días de su gobierno, encontrar una ocasión más adecuada para grabar su nombre con imborrables caracteres en las páginas de nuestra historia, hasta que una calamidad, mayor y con mucho que aquella á que acudió ese pastor, vino en 1737 a aumentar los timbres gloriosos del Illmo. Y Excmo. SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA, vigésimo segundo arzobispo de México, de quien vamos hoy a tratar.2

Nació en la ciudad y puerto de Santa María. Tan escasas noticias tenemos del principio de su carrera, que ni la fecha de su nacimiento, ni ninguno de esos particulares que desean todos saber, se hallarán en este lugar. Sus primitivos biógrafos solo cuidaron decir que hizo sus estudios en el colegio de San Clemente de Roma y que al ser electo arzobispo de México era arcediano titular de la Iglesia Patriarcal y Metropolitana de Sevilla y sumiller de cortina de S. M.3 Ambos empleos indican que el SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA ocupaba un lugar distinguido entre el clero sevillano.

En 1730 a 13 de enero fue electo arzobispo de México. La noticia de su aceptación llegó aquí y fue celebrada el 26 de Marzo de ese año, y el 20 de Diciembre, después de haber sido obsequiado con un gran banquete en la villa de Guadalupe, entró, por la tarde, a México. Recibió sus bulas el 13 ele Abril del año siguiente, y el 13 ele Mayo fue consagrado en su catedral por el Illmo. Sr. obispo de Puebla D. Juan Antonio de Lardizábal y Elorza, con asistencia de los obispos de Yucatán y Caracas que a la sazón se bailaban aquí.4

Fueron sus padrinos, D. José de Padilla y Estrada, marqués de Guardilla y corregidor de la ciudad; D. Francisco de Ursúa Munarris, Caballero cíe la Orden de Santiago, conde del Fresno de la Fuente, regidor decano; D. José Astor Virto de Vera, Caballero mesnadero del rey de Aragón, gentil-hombre de Cámara ele S. M. y su mariscal de campo, marqués y señor de la villa de San Miguel de Aguayo y Santa Eulalia; D. Toribio ele COSÍO, Caballero ele la Orden de Calatrava, Presidente, Gobernador y Capitán general de las Islas Filipinas, y marqués de Torre-Campo; D. Manuel de Agesta, Caballero de la Orden de Santiago, depositario general y regidor ele la ciudad; D. Francisco Fernández Molinillo, Caballero de Santiago y Secretario del Excmo. Sr. Marqués de Casa Fuerte; D. Francisco Valdivieso, gobernador que fue del Estado del Valle, y D. Bernardino Vizarrón, sobrino de Su Illma. La ceremonia fue con tocia pompa, y una vez terminada se sirvieron en el palacio arzobispal amplios y espléndidos banquetes, como dice el cronista, y por la noche abundantes y exquisitos refrescos, y de orden del SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA se distribuyeron cuantiosas limosnas a las pobres y a los presos, y se dijeron muchas misas implorando del Altísimo el acierto en su gobierno.

Tomó posesión de este, con no menor solemnidad, en la tarde del 21 ele Marzo, es decir, ocho días después de consagrado, y el 13 de Enero ele 1732, precisamente a los dos años de haber sido electo arzobispo, recibió el palio. En la forma que conoce ya el lector, púsole dicho palio el día 3 de Febrero el Illmo. Sr. obispo de Yucatán D. Juan Ignacio de Castoreña y Ursúa. La entrada pública se verificó el 23 de Febrero.5

La administración pastoral del SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA en los diez y seis años que duró, fue una de las más tranquilas, si se exceptúa aquel año de triste recordación (1737) en que al mismo tiempo que el pueblo se veía agobiado por el peso de una gran calamidad, palpábase, por decirlo así, la virtud y la abnegación del prelado de quien tratamos. Seguirle en todos y cada uno de sus actos seria tarea difusa y que cansaría al lector. Así, solo señalaremos aquellos sucesos principales que encierran recuerdos históricos, y deslindaremos las noticias referentes al gobierno político o civil de la Nueva España de que estuvo encargado el SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA durante seis años, de las que corresponden a la historia de la Iglesia mexicana.

Al hablar de unas y otras, lo haremos con brevedad, y solo nos detendremos al referir los servicios del SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA durante la peste del Matlazahuatl, porque esa es, a nuestro juicio, la página más gloriosa de su vida. Como arzobispo, llenó tan cumplidamente sus obligaciones que sería prolijo enumerar cuanto hizo En los diez y seis años que duró su administración concurrió a todas las funciones religiosas de su Catedral y a otras muchas que se verificaban en los demás templos, celebró órdenes sagrados con frecuencia; gastó ochenta mil pesos en la fundación de una capellanía para un colegial sobresaliente del Seminario, y para una dote a una educanda de los colegios y conventos de esta capital que quisiese abrazar el estado religioso; reedificó el palacio arzobispal de México, y fabricó el de la entonces villa de Tacubaya, con huerta y jardín para recreo y descanso de sus sucesores, previniendo que en la Sede vacante lo cuidase y usufructuase un prebendado de la Metropolitana; fue tan caritativo, que muchas jóvenes que por falta de recursos podían profesar en los monasterios de la ciudad, fueron por él auxiliadas liberal y eficazmente, sin que fuese un obstáculo para ello la fundación que tenía hecha, y cuya dote se rifaba anualmente; repartía limosnas y hacia cuantas buenas obras estaba en sus manos verificar. He aquí una curiosa noticia cronológica de varios sucesos que merecen especial recordación, y que tuvieron lugar en el periodo que abraza esta biografía.

El 13 de septiembre de 1731 fue la dedicación del templo ele Regina Coeli; el 29 del mismo mes la bendición de la iglesia de Santa Cruz; el 8 de Diciembre se estrenó la capilla mayor del Santuario de la Piedad; el 30 de Julio de 1732 se juró solemnemente a San José por patrono de la Nueva España; el 20 de Julio ele 1734 consagró el SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA al obispo auxiliar de Cuba; el 30 de julio se puso la primera piedra de la Casa de recogimiento para doncellas y viudas" en la plaza o tianguis de San Juan, fundación de los hijos de las provincias vascongadas; el 10 de Julio de 1735, consagró al obispo de Chiapas; el 11 de Octubre se puso la primera piedra del nuevo templo de San Fernando; el 24 de Diciembre fue la dedicación del templo betlemítico del colegio de San Pedro y San Pablo; el 2 de Mayo de 1736 consagró al obispo de Durango, y fue la dedicación de la nueva iglesia del imperial convento de Santo Domingo; á 9 ele 'Setiembre, la consagración del obispo de Guatemala; en 1738 a 21 de Setiembre consagró al obispo de Oaxaca; en Mayo 11 de 1739 comenzaron a tomarse las informaciones para solicitar la beatificación del Sr. Aguiar y Seijas; el 5 de Agosto de 1740 se puso la primera piedra del templo anexo al monasterio ele las Brígidas.6

Si fue, como acabamos de ver, fecundo en sucesos notables el gobierno del SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA como arzobispo, no lo fue menos como virrey. En las biografías de los Sres. Moya de Contreras, García Guerra, Palafox, Osorio de Escobar y Llamas, Enríquez de Rivera y Ortega Montañés, hemos dicho y repetido que no corresponde tratar en esta obra lo relativo al gobierno civil o político; que solo por no defraudar a nuestros personajes la gloria que legítimamente les cupo, apuntamos los sucesos principales ele su administración, cuando fueron designados para regentear el virreinato, y que existiendo varias obras que a ese asunto se refieren, poco o nada pierde el lector con que en esta omitamos entrar en pormenores que son bien conocidos. Fundados en esto, seremos concisos al llegar a este punto.

El 18 de Marzo de 1734 tomó posesión del virreinato, por ser él el designado en el pliego ele mortaja abierto con motivo de haber fallecido el día anterior D. Juan de Acuña, marqués de Casa-Fuerte, virrey de México. Mas ele seis años duró su gobierno, pues entregó el mando a su sucesor D. Pedro de Castro y Figueroa, duque de la Conquista y marqués de Gracia Real el 17 de Agosto ele 1740, en cuyos años, según declaró el marepiés de Altamira, su juez de residencia, fue el gobierno del SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA suave, ajustado, prudente, acertado, feliz, y no hizo vejación, agravio ni molestia a la comunidad ni persona alguna.

 Entre sus hechos más notables como virrey, deben citarse el empeño que puso en la conclusión de la Casa de Moneda, y el impulso que dio a sus labores; las enérgicas medidas que dictó para desterrar a los malhechores que con inaudito  cinismo consumaban sus crímenes escudados con la inmunidad de los templos en que se refugiaban;7 la generosa conducta que observó durante la peste llamada Gran Matlazahuatl, de que hablaremos en breve; la supresión del impuesto de medio real que se cobraba a los indios para la fábrica de la Catedral de México y que en cuarenta y tres años había producido medio millón de pesos; la extinción de igual impuesto que habían cubierto los indios ele Puebla para construir la catedral de aquella ciudad; el nombramiento que hizo de Cronista o historiador de la ciudad de México en la persona de D. Juan Francisco Sahagún de Arévalo; el empeño con que procuró la reconstrucción del Coliseo, incendiado poco tiempo antes, y también la eficacia con que cumplió las reales órdenes que durante su gobierno recibió para evitar el contrabando, para dar seguridad a nuestros puertos, y en una palabra, para granjearse la merecida fama de ser uno de los magistrados más íntegros e inteligentes de la que entonces era la Nueva España.8

Una vez que el lector tiene ya las noticias necesarias acerca del SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA para juzgarle en su doble carácter de arzobispo y de virrey, libre y desembarazadamente podemos cumplir nuestra promesa ele referir los inolvidables servicios que prestó durante la calamitosa peste que en la historia ele México se conoce con el nombre de Gran Matlazahuatl.

Parecía como que la muerte iba a consumar la obra de destrucción comenzada dos siglos atrás en la raza indígena. Por donde quiera se veía el espantoso cuadro que presenta un pueblo agobiado por la más terrible de las calamidades, y en medio de tanta pena, de tantas lágrimas, de tan cruel desesperación, destacándose magnífica la personalidad ele un pastor misericordioso que acudía solícito al alivio de los necesitados, a la curación de los enfermos y a la sepultura ele los muertos. ¡Qué grandiosa aparece en la historia la figura del arzobispo-virrey SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA durante los días tristísimos en que el Matlazahuatlconvertía la ciudad de México en lúgubre cementerio!

Hay entre los libros antiguos que tratan la materia de que venimos ocupándonos, uno que encierra su historia completa; pero el autor ele ese libro pagó con exageración tal su tributo al gongorismo que privaba en su época, que es imposible resignarse a leerlo por mero entretenimiento.10 Afortunadamente, un escritor contemporáneo acometió la difícil tarea de extractar ese libro fatigoso y desabrido, como con razón le llama, y redujo a breves páginas lo que Cabrera dijo en abultado volumen. Utilizaremos dicho extracto, anotando a algunos pasajes para mejor inteligencia del lector, y para rectificar algún punto que creemos errado. Dice así: "El año de 1736 había sido notable por la destemplanza de temperatura que en él había reinado. Las lluvias fueron copiosísimas: en principios de septiembre hubo temblores de tierra: después soplaron recios vientos de mediodía, los cuales han sido siempre mortíferos para México. Los contemporáneos además cuidaron de advertir que había aparecido por entonces un cometa; que hubo eclipses de luna en los plenilunios ele agosto y septiembre, y que el sol sufrió uno en el novilunio de marzo del año siguiente. Estos fenómenos influían siniestramente en los ánimos, si no lo hacían en los cuerpos, pues todo el mundo sabe lo que de ellos se pensaba en México ahora un siglo, y también sabe todo el mundo cuanto contribuyen los paternas de ánimo al rápido progreso de las epidemias.

"La de que ahora tratamos, tuvo principio en un obraje del pueblo de Tacuba a fines de agosto de 1786. Después se averiguó que los primeros contagiados habían  sido los que más bebieron de un barril de aguardiente contrahecho, que se dio a los operarios el día del santo del amor, y se quiso encontrar en la calidad de la bebida la causa próxima e inmediata del mal. Lo que no tiene duda, es que este cundió con tal presteza, que en principios de septiembre había ya ganado todo el vecindario de los contornos hasta el pueblo de Atzcapotzalco, y que aun dos cirujanos despachados de México en aquellos días para examinar la enfermedad, se contagiaron de ella al entrar a hacer disecciones ele los cadáveres.

"Desde luego empezaron a llegar a la ciudad los apestados, que por ser casi todos ele la clase indígena se enviaban al Hospital real. Allí observó la epidemia el Dr. José de Escobar y Morales, médico de la casa, y publicó sobre ella un libro en que explica sus síntomas y enseña los remedios que con mejor éxito se habían usado hasta entonces; sin embargo, el mismo Escobar murió del contagio pocos meses después. Cuando la enfermedad se generalizó en México, que fue muy luego, los facultativos empezaron a disputar sobre su naturaleza y carácter, vertiendo opiniones peregrinas en el particular, y entre otras la de que el Matlazaliuatl era el vómito prieto de las costas, que había subido hasta el valle de México.

"Sus síntomas predominantes eran los de una fiebre pestilencial. Los contagiados decían generalmente acometerles la enfermedad sin motivo conocido, u con causa insuficiente a juicio de ellos, como haber bebido agua fría, o expuestos al aire estando calientes, haber sufrido alguna insolación. En el momento ele la invasión, sentían intenso frio en todo el cuerpo, al mismo tiempo que un incendio como de volcán (así se explicaban) les devoraba las entrañas: la respiración se volvía difícil y fatigosa, los ojos se ponían encendidos y rubicundos, un dolor agudísimo atormentaba sus cabezas. A los más sobrevenían copiosos flujos de sangre por las narices, los cuales se prolongaban, sin ser posible restañarlos, por uno y dos días continuos. También era frecuente que se les formasen parótidas que llegaban muchas veces á supurarse. Cuando la enfermedad hacia crisis favorable, era de ordinario quebrando en reumatismo. También sucedía a menudo que sobreviniese ictericia, de la que pocos escapaban. En lo más ágüelo ele la fiebre, al tercero o cuarto día, solían los enfermos entrar en delirio tan violento, que era necesario para hacerles sosegar usar ele ataduras y cepos: se observó que aquellos en quienes se presentaba este síntoma, eran comúnmente los que mejor libraban:-el Dr. Escobar asegura que no vio perecerá ninguno que le hubiese tenido. Finalmente, casi todos recaían una, dos y hasta tres veces, por falta de dieta.

"La epidemia cundía aprisa en la ciudad y sus inmediaciones, y se cebaba especialmente en los indígenas. Los caminos estaban llenos de enfermos que venían a buscar socorro en México; mas aquellos infelices perecían a centenares antes de llegar. "Caía muerto el "marido, dice un testigo presencial, moribunda sobre él su consorte, y ambos cadáveres "eran el lecho en que yacían enfermos los hijos. Muchos hallaron la lástima asidos a los pechos de su difunta madre chupando veneno en vez de leche. En poblaciones no distantes de México fueron tantos los que encontró la caridad desperdigados, que no hallándose "otros padres que sus cadáveres, ni más razón de sí que su llanto, le fue preciso renombrarlos, porque en el estrago había perecido hasta el nombre." A muchísimos exponían sus deudos en los templos, especialmente en el de Santa Teresa la Antigua, y en la capilla del Rosario de Santo Domingo, ele donde cada día se recogían algunos expósitos.

"En los tiempos de grandes calamidades suelen salir voces alarmantes, que no siempre quedan en la gente menuda, y a las que el temor hace que se dé crédito por más inverosímiles que sean. Así sucedió en la ocasión presente, pues empezó a decirse en México que los indios, envidiosos de que a los blancos atacaba la epidemia menos que a ellos, iban infectando las aguas, el pan y otros alimentos con el contacto de los cadáveres y con la sangre de los que morían apestados. Ya en otra epidemia anterior se les había acusado de lo mismo, según atestigua el Illmo. Padilla. Fácil es figurarse cuanto esta voz debía aumentar la confusión y alarma que reinaban en la ciudad.

"El gobierno, las autoridades, las corporaciones religiosas, las personas acaudaladas, cada uno por su parte procuraba acudir a la necesidad pública adoptando los arbitrios que estaban a su alcance. Ampliárnosle las enfermerías en los hospitales antiguos, y se habilitaron otros nuevos distribuidos por varios puntos ele la ciudad, a saber: en Santa Catarina Mártir, San Hipólito, puente de la Teja, San Lázaro y San Pablo. Un jesuita, el padre Juan Martínez, logró plantear dos más en San Sebastián y el Hornillo. El deán D. Alonso Moreno puso uno de convalecientes en San Pablo, y el dueño de la plaza de Gallos dispuso otro en este local. El arzobispo virrey D. Juan Antonio Bizarrón, franqueó auxilios para todos, sin perjuicio de los que daba a los pobres que se curaban en sus propias casas. Una de las primeras providencias que tomó cuando apareció en México la peste, fue la de pagar cuatro médicos que se dedicasen a asistir a los infelices, enviando sus recetas a determinadas boticas; mas como las tales recetas hubiesen llegado en solos cuatro meses al número de 43,661, y como el valor de las medicinas despachadas se hubiese tasado por el Protomedicato en 35,372 pesos, suspendió la providencia en mayo de 37.11 Se asegura que en el año y pico que duró la epidemia, gastó más de cien mil pesos.

"A proporción que se adelantaba el año de 37, la peste se derramaba por todo el reino y tomaba carácter más maligno en México. Los métodos adoptados al principio con entusiasmo y desmentidos luego por la experiencia, caían livianamente en descrédito y eran reemplazados por otros que corrían en breve la misma suerte. La ciudad no presentaba por todas partes otro espectáculo que el de enfermos, convalecientes, entierros que caminaban a los cementerios públicos, los ministros de la Iglesia corriendo aquí y allá a llevar a los moribundos los últimos auxilios de la religión: y el espanto y la palidez pintados en los semblantes de la parte de la población a quien no atacaba todavía la enfermedad. Al mismo tiempo la piedad no dejaba piedra por mover, buscando en otra parte el remedio del mal Plegarias, rogaciones, desagravios, procesiones ele sangre, triduos, novenarios, cuanto género de devociones se estila entre nosotros, de todo se echó mano para aplacarla cólera de los cielos. No quedó Imagen de alguna devoción en templos ni claustros, a quien no se votasen cultos particulares, y a quien no se invocase por tutelar y patrona en aquella aflicción. Aún se pensó traer a México a Nuestra Señora ele Guadalupe, como se había hecho cuando la inundación de 1629; mas no vino en ello el arzobispo virrey. Solo consintió que se la jurase patrona de la ciudad en el mes de mayo.12 Nueve años después, es decir, en 1746, se extendió el patronazgo a todo el remo. _ "La epidemia corrió todo el año de 37, y por fin desapareció completamente de México en el mes de diciembre.

«Ahora si se quiere saber algo sobre el número de víctimas que  costó, daremos los pocos datos que en el particular liemos podido reunir. Los padrones o cuentas de tributos que entonces se formaban, eran ciento cincuenta, según los partidos en que estaba dividido el reino cuatro de dichos partidos quedaron afortunadamente libres del contagio, que fueron Teutila, Yahualica, Guayacocotlan y Nochixtlan; de diez y seis no se pudo recoger noticia en muchos años, en los ciento treinta restantes se encontró que habían perecido ciento noventa y dos mil trescientas y cuatro personas. Debe tenerse presente  que en los padrones de tributos, solo se comprendían los indígenas, que de estos mismos no se empadronaban sino los que pagaban tributo,' que eran los varones desde diez hasta cincuenta años; de suerte que tomando en consideración las mujeres, los niños y los viejos, puede calcularse que quedaba fuera del empadronamiento  más de la mitad de dichas razas o sean familias. Agréguese a esto la población perteneciente a las otras en que estaba dividida la nación. Dentro de la ciudad de México murieron 40,157 personas según los estados de entierros, que son los siguientes:

TEMPLOS.

PARROQUIALES DE ESPAÑOLES.

Catedral………………….2000

San Miguel…………….. .1000

Santa Catarina…………1400

Santa Veracruz………. 5000

DE INDIOS.

San José…………………….…..1684

Santiago Tlatelolco…..…….3730

Santa María…………………….. 860

San Pablo……………………….2755

San Sebastián…………………..670

Santa Cruz Coltzingo………..680

Santa Cruz Acatlán……….….568

Mixtecos

Nuestra Señora de Guadalupe……..450

DE REGULARES.

Santo Domingo…………….2000

La Merced……………………1000

HOSPITALES.

Hospital Real…………………. 2484

Jesús Nazareno……………………61

San Juan de Dios…………….3177

San Hipólito……………………..464

Espíritu Santo……………………426

Nuestra Señora de Belén………2

CAMPOSANTOS Y CEMENTERIOS.

San Juan de Letrán……………576

Candelaria…………………….….500

Xiuhtenco…………………………500

San Antonio Abad…………..1000

San Lázaro……………………..7000

______________________________________

40150

"Debemos advertir que estos estados se tuvieron entonces mismo por diminutos; sin embargo ellos dan un resultado horroroso, especialmente si se comparan con los del Chólera morbus ahora cinco años. El que nos ha franqueado el director de sanidad pública en ese tiempo, supone que esta segunda epidemia costó a México 12,893 personas; es decir, cerca de una tercera parte de las que se llevó el Matlazalmatl, siendo de notar que no es probable que la población de la capital fuese mayor en la primera mitad del siglo pasado que en nuestros días.  En Puebla que se suponía por aquel tiempo tan populosa como México, subió el número de muertos a 54,000. Si para formar idea del estado ele la medicina y de la bondad ele los métodos curativos usados en la epidemia se desean algunas noticias sobre la proporción entre el número ele muertos y el de enfermos, diremos que en los diez y seis meses que duró la peste en México, entraron al Hospital real, 7283 contagiados, de los cuales sanaron 4709; que en San Juan ele Dios fueron asistidos 9402, ele los que salvaron 6575; que en el lazareto de la Teja entraron desde 2 de febrero hasta 7 ele agosto, 2488 enfermos, y sanaron 1979; y que en otro que puso la casa del marqués del Valle en Coyoacán, sobre 636 enfermos que se recibieron en el espacio de seis meses, recobraron la salud 471: de manera, que en el Hospital real salvaron un poco menos de las dos terceras partes, y en los otros un poco más. Respecto ele convalecientes, en Belén fueron asistidos 4502, de los que recayeron muchos allí mismo; pero solo perecieron siete. En el hospital que puso el deán D. Alonso Moreno en el barrio de San Pablo, convalecieron 2056 enfermos, de los cuales murieron 22: así pues en este perecieron más de 10 al millar, y en Belén menos de 2.13

 Diez años después del memorable 1737; años empleados en obras ele virtud y de utilidad social, como consta en  las noticias que anteceden a la relación que acabamos ele trascribir, bajó al sepulcro el SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA, en la noche del 25 de Enero de 1747, precisamente cuando el clamor de las campanas recordaba a los habitantes de México que diez y nueve años antes había fallecido en igual día el Sr. Lanciego su antecesor en la prelacía.

Murió el SR. D. JUAN ANTONIO DE VIZARRÓN Y EGUIARRETA en medio de las lágrimas de todo un pueblo que le amaba y bendecía, y murió dejando un nombre esclarecido lo mismo en las páginas ele la historia de la Iglesia mexicana, que en las ele los gobernantes políticos. Como prelado, escribió gran número de Edictos y Cartas pastorales; como funcionario que fue, publicó: Satisfacción a los cargos de la residencia por el tiempo del virreinato del autor. Impreso en México, 1740, en folio; y Estado del reino de la Nueva España a tiempo de entregar el bastón al duque de la Conquista. Impreso en México, 1740, en folio.14

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 174-181.

2 A la muerte del Sr. Lanciego, fue electo arzobispo de México el Illmo. Sr. D. Manuel José de Endaya y Haro, pero falleció antes de venir. Para reemplazarle fue promovido al arzobispado el Illmo. Sr. Juan Antonio de Lardizábal y Elorza, obispo de Puebla, quien renunció desde luego tan alta dignidad. Las razones que expusimos en la nota primera a la biografía del Sr. Aguiar y Seijas, para justificar la omisión de la del Sr. Fernández de Santa Cruz, deben tenerse presentes ahora que señalamos al Sr. VIZARRÓN como el XXII arzobispo de México. Mas, como en el mismo caso que acabamos de citar, ofrecemos dar en el Apéndice una breve noticia biográfica de los Sres. Endaya y Lardizábal, para que no falten en este libro las vidas de dos sacerdotes a quienes se había designado para gobernar esta archí-diócesis.

3 Sumiller de cortina, era el eclesiástico destinado en palacio para asistir a los reyes cuando iban a la capilla, correr la cortina del camón a tribuna, bendecir la mesa en ausencia del patriarca de las ludias, y otros actos. Este empleo honorífico fue introducido por la casa de Borgoña.

4 Aunque por la determinación del pontífice s. Anacleto, a la consagración de un obispo deben concurrir otros tres, S. Pio V en su bula del 12 de agosto de 1568 concedió que en la Nueva España a falta de obispos. Puedan  asistir dos dignidades mitradas, en atención a las distancias de las diócesis.

5 Todas estas fechas las hemos tomado de la gaceta de México.

6 Estas efemérides las liemos formado en presencia de las Gacetas de México en que se registran los sucesos notables de aquella época. Desgraciadamente ninguna de las bibliotecas públicas de México posee una colección completa de la; Gacetas, y se necesita hacer una verdadera investigación en las bibliotecas particulares para obtener los tomos de que carecen las públicas.

7 Los pesimistas de nuestros días y los partidarios del antiguo régimen, antes de lanzar sus anatemas a los gobernantes y a las leyes, pretendiendo que en época alguna la propiedad y la vida se han visto amenazadas como ahora, deberían estudiar la historia de su país en el siglo diez y ocho. Entonces sabrían que con asombrosa frecuencia se asesinaba a las gentes en el atrio de la Catedral y de los otros templos, aun a la luz del día; que los bandidos podían ser extraídos de los conventos e iglesias en que se refugiaban, y que era doloroso, como dice un historiador, ver los templos convertidos en morada de los forajidos que llevaban allí a sus amigas, tan libres y dueños de sus acciones, que se entregaban con calma a trasformar los objetos robados, seguros de que nadie había de ir a molestarles en las habitaciones que ocupaban. Entonces sabrían que era difícil ejecutar a un facineroso por falta de un lugar profano, y verían cómo incurren en lastimoso error los que atribuyen los males de nuestra época a la forma de gobierno y a las leyes que tenemos.

8 Véase la biografía del Sr. VIZARRÓN en el tomo primero páginas 340 a 350 de la obra intitulada: Los gobernantes de México, allí se encuentran detallados estos y otros muchos sucesos detallados estos y otros muchos sucesos.

9 "Los mexicanos, dice el P. Cavo, llamaron a esta enfermedad Matlazahuatl, que es como si dijeran sarna en el redaño, a lo que dio ocasión que disecando algún cadáver le hallaron pústulas en aquella parte."

10 Este libro es el Escudo de armas de México por Cabrera Quintero. Bastara al lector la copia de su portada que fielmente trasladaremos en el índice bibliográfico que tenemos ofrecido, para conocer el estilo del autor y también para comprender que dicha obra encierra datos que no en cualquiera otra pueden hallarse.

11 No fue consecuencia de lo exorbitante del gasto  hecho, por lo que el arzobispo virrey suspendió la providencia en mayo de 1737, sino porque l apeste iba minorando y por haberse considerado que su continuación  servía de retraente para no concurrir a mas enfermos a los hospitales abiertos.

12 El edicto del arzobispo publicado el patronato y declarando la festividad de precepto del 12 de Diciembre, está fechado el 24 de mayo de 1737.

13 Diccionario universal de Historia y Geografía, tomo 9, artículo Matlazahuatl.

14 Beristaín. Biblioteca hispano americana septentrional. No puede darse entero crédito a Beristaín con respecto a estos títulos de obras, porque es un hecho comprobado que lo cambiaba cuando quería, y por lo mismo se hace difícil hallar una obra guiándose únicamente por las noticias bibliográficas de Beristaín.


20. El Ilmo. Sr. Dr. D. Manuel José Rubio y Salinas

(1749 - 1765)

  • Presentado: 3 febrero 1748
  • Consagración: 24 agosto 17491
  • Posesión por poder: 1 septiembre 17492
  • Entró en la Cd. de México: 10 septiembre 1749
  • Posesión: 29 octubre 17493
  • Muerto: 2 julio 17654

1 En el camino a Puebla, Rubio y Salinas dirigió una carta al cabildo pidiéndole consentimiento para consagrarse en esa ciudad por las enfermedades de su familia, la muerte de cuatro de ellos y su propio pesar, que le causaba quebranto a su salud. El cabildo lo permitió. Actas de cabildo, vol. 39, f. 484.
2 Al día siguiente envió el cabildo, como regalo para la catedral, un ornamento de exquisito bordado de Nápoles que le había costado 5,000 pesos en Cádiz
3 Actas de Cabildo, vol. 40, ff. 11-12 v.
4 Rubio y Salinas se distinguió por caritativo y cortés; su muerte originó grandes demostraciones de pensar y las ceremonias se guardaron en una memoria impresa cuya segunda parte consta en el vol. 47 de Actas de cabildo, así como el grabado del túmulo funerario que ejecutó el pintor Miguel Cabrera.

Visitador General del Obispado de Oviedo, Vicario General de la Abadía de Alcalá Real del Consejo de su Majestad, su Capellán de honor. Fiscal de su Real Capilla, Casa y Corte, Juez de sus reales jornadas; Abad perpetuo, y bendito del Real Convento de Canónigos Reglares de San Ildefonso de León, y dignísimo Arzobispo de esta Santa Metropolitana Iglesia de México.

Erigió con autoridad apostólica, la Insigne y Real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe. Obtuvo de la Santa Sede la confirmación del Patronato Universal a la América septentrional, oficio propio con octava y misa de la Gran Señora; solemnizándola toda con magnificentísimos cultos. (Publicó manda forzosa, en los testamentos para el culto del Santuario).

Rara felicidad ha sido, por cierto, la de la Iglesia mexicana desde su fundación hasta nuestros días panegíricos, más bien que biografías, parecen los estudios que hemos ofrecido al lector en las páginas que llevamos escritas, porque a cada paso encontramos motivo  de justísimo elogio, en presencia de la virtud, del saber y de la bondad de los prelados que ha tenido esta archí-diócesis. De ello dará nuevo y elocuente testimonio la narración  de la vida del Illmo. SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS que vamos a hacer.

Nació en Colmenar-viejo, villa situada en la provincia de Madrid a 35 kilómetros de esa capital, el 29 de Junio de 1703, hijo de padres nobles que lo fueron D. Juan Tomás Rubio y Anento, y Doña María Ignacia Salinas Ros de Medrano.2 Hizo sus estudios en la célebre Universidad de Alcalá de Henares, en la que se distinguió por la viveza de su ingenio, y por su penetración, llegando a ser un consumado canonista y recibiendo la licenciatura en aquella facultad.

Aún no había abrazado la carrera ele la Iglesia, cuando le admitió como familiar suyo el Illmo. Sr. D. Manuel de Endaya y Haro, obispo de Oviedo.3 Grande fue el aprecio que este prelado hizo del joven SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS que, más tarde, había de ser su sucesor en el arzobispado ele México. Cuándo hubiese recibido los órdenes sagrados, es cosa que no sabemos; mas es lícito conjeturar  que fue poco tiempo después de haber entrado como familiar, pues consta que el ya nombrado obispo de Oviedo le encargara un negocio tan interesante y tan grave  como era la visita de su diócesis, conociendo ya que le joven Rubio y Salinas  se había anticipado la madures de juicio a sus pocos años de edad.4

En 1929 falleció el obispo de Oviedo este proceso parece que podía haber influido de manera desfavorable a la suerte del señor Rubio y Salinas, mas no fue así, sino que, por el contrario lo coloco alado de otro personaje ilustre  y de más elevada jerarquía a cuya sombra  protectora Asencio rápidamente a mayores empleos  fue este el Emmo. Sr. Cardenal D. Carlos de Borja, patriarca de las indias a quien pude ver muy bien llamarse el mecenas del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS y el principal autor de su fortuna  admitióle en sus familia y en muy breve el sacerdote joven, ilustrado y de noble presencia, de sentimientos levantados que con dulzura  de trato sabía hacerse dueño de las voluntades lo fue de la del cardenal que lo estimo sobre todos, sin embargo de verse rodeado de  personas que también eran de distinción, de mérito y de virtud.

No satisfecho el patriarca de las Indias hizo nombrar al SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS capellán de honor de S.M. y sucesivamente fiscal de la real capilla, casa y corte  juez de las reales jornadas y vicario del Alcalá que era dignidad anexa a la del Patriarca.

No se crea que aquella rápida elevación del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS en los puestos que tenía en la corte de Felipe V, alteraron en alguna manera su carácter, haciendo nacer en su corazón el orgullo y aquellas vanidades cortesanas. Lejos de eso él supo distinguir con gran cordura la verdad de la lisonja, la fineza del engaño, la humildad de la bajeza  la condescendencia de la integridad, en una palabra, a verdadera de la falsa política. Logrando conservar así un hombre digno y sin mancha, a pesar de los riesgos a los que se encontraba ocasionado por sus empleos y gozando en consecuencia de la estimación del soberano y la íntima amistad de los personajes más distinguidos, que reconocían en él a un hombre de conducta prudente de generoso espíritu, de trato urbano ya mena conversación,  y que sabía dar esplendor a los puestos que ocupaba, sin que por eso pudiera decirse que por eso traspasar a los límites que su carácter sacerdotal imponía.

El cardenal dio otra prueba  al SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS de su profunda consideración nombrándolo en sus últimas disposiciones su primer albacea y legatario especifico de varias alhajas, entre ellas una rica y preciosa mitra con que había sido consagrado obispo de Trebizonda, prenda que conservo nuestro arzobispo hasta la muerte. Hizo más el cardenal. Habiendo él sufragado entre los conclavistas para la elección de Benedicto XV, obtuvo entre otras gracias pontificias la facultad de pasar a otro después de sus días las pensiones eclesiásticas que gozaba, y efectivamente nombro para una de ellas, que era cuantiosa al SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS. El consejo de castilla recibió mal esa disposición que correspondía a los reyes, y el mismo Felipe V,  a pesar de lo mucho que apreciaba a su capellán , oyó con displicencia la noticia; susceptibilidades que nos parecen frívolas a los que nos estamos acostumbrado a ver vindicar prerrogativas en ninguna esfera de la sociedad pero muy comunes en las monarquías.

No era por cierto el SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS quien por apego a intereses mezquinos disputase el complimiento de la gracia hecha a su protector por Benedicto XV. Supo lo que pasaba e inmediatamente se presentó al rey renunciando a cualquier derecho que pudiese tener a la indicada prensión para que S. M, dispusiera de ella a su arbitrio.

Era rasgo de noble dignidad, unido a sus anteriores servicios, le realzó ente Felipe V, quien para premiarle, le presento para la abadía de San Isidro de León, codiciada por otros, por la respetabilidad del puesto, por sus grandes rentas y por su jurisdicción espiritual y temporal. ¡No siempre ha de alcanzarse en una monarquía el favor del soberano por medio de la adulación servil y de la lisonja!

La muerte de Felipe V ocurrida inesperadamente el 9 de Julio de 1746, no fue para el abad de San Isidro causa de cambio de fortuna. Fernando VI, heredero de la corona, le amaba desde niño, y, al decir de un antiguo escritor, "pasando de los términos de la sola benevolencia, parece que tocaba en la ternura." Acababa de subir al trono cuando recibió la noticia de la muerte del arzobispo de México D. Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, de quien acabamos de hablar. Cubrir la vacante era negocio arduo, por la importancia del empleo, por la grandeza del último que lo había desempeñado, y, más que todo, por las dificultades que se pulsaban en aquellos momentos para cohonestar los deseos del soberano y de sus ministros, que tenían a su cargo, puede decirse, el gobierno. Afortunadamente, un sacerdote sabio y profundo político, el P. Francisco Rábago, era a la sazón confesor de Fernando VI. Conocía y estimaba al abad de San Isidro y creyó que ninguno mejor que él podía reemplazar dignamente al Sr. Vizarrón. Propúsolo á los ministros, y aplaudieron la elección, se la indicó al rey y expresó éste su condescendencia diciendo: Muy bueno es; pero yo no lo quisiera tan lejos. Vale, Señor, replicó el jesuita, vale que es mozo, y haciendo este viaje podrá volver a donde quiera V. M.5

Preconizado el SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS en el consistorio público de 3 de Febrero de 1748, el papa Benedicto XIV le expidió las bulas correspondientes. Cuarenta y cinco años nada más contaba el SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS al ser electo arzobispo de México. La noticia causóle verdadera sorpresa, y vaciló antes de aceptar, por lo remoto del país a que se le destinaba, por la diversidad del clima y por alguna otra circunstancia. Empero el P. Rábago que, confidencialmente, le había participado aquel suceso, le animó, y recordando él que es la obediencia virtud indispensable en los ministros del altar, se dirigió a Madrid a dar las gracias al monarca por la honra que le hacía, y a manifestarle que estaba dispuesto a partir a su destino. Si las palabras de Fernando VI al indicarle su confesor la elección del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS para arzobispo de México, tan honoríficas fueron para este, las que le dirigió al recibirle demuestran no solo el sumo aprecio que de él hacía, sino el alto concepto que aquel soberano tenia de la Iglesia mexicana. Vais al Toledo de las ludias, le dijo, aunque está muy lejos; y como si no bastasen esas demostraciones, le hizo en aquellos mismos días miembro de una Junta compuesta de sus primeros ministros, de su confesor, y de otras personas de elevada posición, a cuyo saber y a cuyo tacto se habían encomendado varias resoluciones sobre asuntos de grande importancia. En esa Junta nuestro arzobispo tomó activa parte, y concluidos los trabajos, encaminase a la Nueva España.

Antes de salir de Madrid, declaró el día 6 de Marzo de 1749 la formal erección de la insigne y real Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, en cumplimiento de la bula de Benedicto XIV de 15 de Julio de 1746 y de las reales cédulas expedidas al intento. El 10 de Setiembre ele 1749 llegó a México, después de haber sido consagrado en Puebla el 24 de Agosto.6

¡Cuán grande extensión tendríamos que dar a esta biografía, si pretendiéramos narrar circunstanciadamente los actos del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS durante los diez y seis años que duró su gobierno! Entonces le veríamos entregado con infatigable celo y prodigiosa actividad al despacho de los negocios, aun en los últimos días ele su vida; asistiríamos a los sínodos convocados y presididos por él para la provisión ele curatos; le veríamos ordenar a millares ele sujetos; concurrir a todas las funciones religiosas de su Catedral y a muchas de los otros templos;7 expedir multitud de Edictos, de Cartas pastorales, de Reglamentos, de Aranceles para los tribunales y parroquias; procurar la observancia de la disciplina eclesiástica; erigir nuevas parroquias8 para la cómoda administración de los sacramentos y bien ele las feligresías; fomentar las misiones o a muchas partes del Arzobispado; establecer y pagar de sus propias rentas catedráticos de lenguas mexicana y otomí; fomentar los estudios; premiar a los hombres beneméritos, y promover por cuantos medios podía el lustre de su clero.

A él, manso, afable por naturaleza, le veríamos revestirse de energía cuando se trataba de eludir sus mandatos;9 a él, que ningún apego tenia á vanas exterioridades, le veríamos en ciertas ocasiones, y solo por conservar el esplenderlo de la dignidad episcopal, presentarse en público con magnificencia, con aparato de gran tren, familia y equipajes de un príncipe; a él, sobrio, le veríamos obsequiar con espléndidos banquetes en las casas arzobispales de México y Tacubaya, a sus huéspedes ilustres; a él, amante del retiro, le acompañaríamos a presenciar una cacería en el bosque de Chapultepec.10

En punto a obras de beneficencia sábese que daba cien pesos mensuales a la Casa Profesa de la Compañía de Jesús; otros tantos a las religiosas de la Enseñanza; cuarenta a las MM. Capuchinas de México; treinta a las de Querétaro; ciento veinte a las niñas del Colegio de Belén; treinta para la fábrica de la iglesia de la Santísima Trinidad, y otras muchas que por no ser prolijos no enumeramos. Baste decir que el mayordomo del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS distribuía infaliblemente el día primero de cada mes, tres mil pesos de asignaciones; que ascendían, además, a doce mil pesos anuales las que él repartía por su propia mano, y que en estas partidas no se cuentan las crecidas cantidades que empleó en las epidemias que hubo durante su gobierno pastoral, ni el valor de los ornamentos y vasos sagrados con que enriqueció los templos y santuarios de esta ciudad y de otros lugares de su arzobispado. "No había, dice el Dr. Torres varias veces citado, no había necesidad privada ni pública, grande ni pequeña, donde no se extendiese el ardor de su excesiva caridad." "Era el asilo de todos, agrega más adelante, y su misericordia el seguro puerto donde se acogían los infelices para ponerse al abrigo de la tempestad y evitar en e l mar de sus infortunios un seguro naufragio. Bien podían decirle todos los afligidos que movían las manos y los pies, porque su misericordia les servía de báculo."

La infeliz raza conquistada era objeto de su cuidado y protección. Nada había que irritase tanto al SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS como el saber que se había hecho alguna vejación a un indio, y por eso cuando los desmanes de los encomenderos o las exigencias de los religiosos llegaban a sus oídos, constitúyase él en defensor ardiente de aquellos desgraciados, que eran todavía en aquella época los más infelices y se veían en la triste situación de ser d común oprobio aun de la misma plebe, si hemos de dar crédito a los escritores del siglo pasado. Y la protección que el prelado les impartía, no se limitaba a ampararles y defenderles, sino que, como que partía de un hombre ilustrado, tendía a evitar en lo futuro aquellos males, desarraigando la ignorancia en que yacían y que anhelaban perpetuar los dominadores. Secundado el arzobispo por el provisor de los naturales el Dr. D. Francisco Jiménez Caro, se ordenó a todas las jurisdicciones del arzobispado que los curas seculares y regulares de él en las cabeceras y pueblos de sus doctrinas estableciesen precisa y puntualmente escuelas en donde se enseñase a niños y niñas la doctrina cristiana, y a leer y escribir, pues aunque en repetidas reales cédulas así estaba prevenido, había habido grande omisión en el cumplimiento de ellas, y solo en algunos pueblos se observaban. Que las medidas dictadas por el ordinario fueron eficaces, bien lo demuestra el hecho de que a principios de Abril de 1754 se habían planteado ya ciento noventa y siete escuelas a las que se suministraba lo necesario para que pudiesen subsistir; teniendo los curas la obligación de dar cuenta anualmente del número de niños que a ellas concurrían.

Si no tuviera otros títulos el SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS a nuestra estimación, bastaría para realzarle ante nuestros ojos lo que acabamos dé decir. Trasládese el lector por un momento a la época a que venimos refiriéndonos, y comprenderá que ciento noventa y siete escuelas entonces, significaban mucho más que lo que puede significar hoy, multiplicada por diez, aquella cifra.

Cada vez que de la dominación española se trata, ponderan los escritores de nuestros días el ningún empeño que entonces se puso en la instrucción pública. En parte son justas esas censuras; pero es un deber confesar que si la autoridad civil se cuidó poco de materia tan esencial e importante, en cambio la Iglesia hizo cuanto en la esfera de sus recursos cabía. Si la instrucción que dio fue principalmente teológica, si obró por propia conveniencia, y sus conatos todos se dirigían a aumentar su poder, cosas son esas muy naturales, y pretender lo contrario sería un absurdo. Impone todo partido dominante sus ideas y procura formar las nuevas generaciones conforme a esas ideas. Así ha sucedido siempre, y seguirá sucediendo, porque el Interés es la base de las acciones humanas. Además, debe tenerse presente que cada época tiene tendencias especiales que la caracterizan y es impertinente pretender que obedezcan todas al espíritu de aquella en que viven los que juzgan ciertos periodos históricos. Inspíranos estas reflexiones la idea de que el lector al ver cómo elogiamos la fundación de escuelas durante el periodo pastoral del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS, pudiera decir que ellas no produjeron fruto alguno, puesto que no imprimieron una nueva faz a la entonces Nueva España. Nosotros, sin pretender enaltecer el pasado concediéndole más que lo que realmente merece, creemos que es un deber del historiador meditar mucho antes de lanzar una acusación como las que a cada paso escuchamos de los que por llamarse progresistas deturpan todo lo antiguo y todo lo que no ha influido en provecho de sus propias ideas.

En cuanto a su vida íntima, no podía ser ésta más ajustada a la piedad y a la devoción propias de un sujeto que no había abrazado la carrera de la Iglesia por obtener puestos lucrativos, sino que una fe ardiente, una vocación verdadera le condujeron al altar. En todas las cuaresmas asistía a los ejercicios nocturnos del Oratorio de San Felipe Neri; algunas veces a los del Tercer Orden de Penitencia de San Francisco; en los días correspondientes, a la Escuela de Cristo fundada en el colegio de San Pedro, y también a otra Escuela de Cristo, de la parroquia de San Sebastián, dando en todos esos lugares pruebas evidentes de su fervor y de su humildad cristiana. Viósele en la cuaresma del año último de su vida desempeñar todas sus funciones pontificales, ir a los sermones y a las explicaciones de la doctrina cristiana; confirmar en su oratorio, y, en una palabra, cumplir con sus deberes de pastor y de hombre piadoso, a pesar de que se encontraba ya, puede decirse, herido de muerte, pues a pocos días bajó al sepulcro. Fue necesario que llegase a postrarle en el lecho la última enfermedad para que se supiese que durante su vida había mortificado su cuerpo de una manera crudelísima.11

Las multiplicadas tareas del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS en la capital, no fueron un obstáculo para que visitase su arzobispado. Anualmente salía de México, y permanecía fuera algunos meses, llevando cada vez distinta dirección, para no dejar ámbito alguno a que no llegase. La falta de documentos nos priva de dar una noticia exacta de sus visitas; solo podemos afirmar que de 1752 a 1758, es decir, en el corto espacio de seis años, hizo cinco, en las fechas que vamos a apuntar 1ª. de 8 de Noviembre de 1752 a 14 de Marzo de 1753; 2ª. de 2 de Enero de 1753 a 18 de Marzo de 1754; 3ª de 29 de Diciembre de 1754 a 22 de Marzo de 1755; 4ª de 20 de Noviembre de 1756 a 5 de Marzo de 1757; 5ª de 1º de Diciembre de 1757 a 10 de Febrero de 1758.12 No es necesario decir que en esas visitas, y en las demás que seguramente hizo, prodigó el SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS los tesoros de su caridad, y los beneficios que resultan a los pueblos de la presencia de un pastor ilustrado y virtuoso.

Hablar de todos y cada uno de sus edictos, seria fatigar al lector. No lo haremos, pues, sino que habremos de limitarnos a indicar algunos que contribuirán sin duela a dar a conocer la índole y carácter de nuestro personaje. Bajo pena de excomunión ordenó el 30 de Marzo de 1754 que todos los clérigos que se hallaban en México, fuera de sus partidos o jurisdicciones, volviesen a ellas. El 3 de Agosto de 1755 expidió otro edicto notable sobre varios puntos de disciplina eclesiástica y ordenando que los curas estableciesen escuelas. El 19 de Septiembre de 1756, hizo saber por medio de un edicto que había sido confirmado por la Santa Sede el patronato general de la Virgen de Guadalupe, y convocó para las fiestas que con tal motivo debían celebrarse; fiestas de que haríamos gustosos una descripción. El 20 de Marzo de 1757 se publicó otro edicto, sobre la policía en los templos, prohibiendo entre otras cosas que en el interior de dichos templos se pidiesen limosnas, ni aun para el culto.

Después de todo lo que llevamos referido, parece como que no resta nada que decir; mas no es así. En la prelacía del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS tuvieron lugar no pocos sucesos dignos de ser consignados en esta obra, y tenemos por lo mismo que demandar todavía la atención del lector. Interesa a la historia de la Iglesia mexicana que queden recogidas en esta obra muchas noticias diseminadas en libros que van siendo cada día más raros, y que, a juzgar por lo que ha pasado ya, desaparecerán en breve de nuestra patria para ir a enriquecer las bibliotecas extranjeras.

Prodigioso era el número de religiosos que existía a mediados del siglo XVII así en la Antigua’ como en la Nueva España, y sus costumbres no eran por ciertos irreprensibles. Ambas circunstancias dieron origen a la separación de franciscanos, dominicos y agustinos de los curatos, como hemos visto ya, y obligaron a Fernando VI a dictar las severas disposiciones contenidas en la siguiente papeleta fechada en Madrid el 20 de Julio de 1754, cuyo cumplimiento veló nuestro arzobispo. Dice así:

"Habiendo considerado la piedad del rey el grande desorden que se ha experimentado en admitir tan crecido número de individuos en las religiones, con descrédito y menosprecio de sus santos institutos, con que se ha conmovido su real ánimo a que se tomase el más suave y oportuno remedio; y que los religiosos como columnas de la Iglesia se mantuviesen en su mayor perfección para que con su ejemplo y santa emulación, al paso que se auméntenlas virtudes se disminuyan los vicios, cediendo todo en gloria de Dios por tanto S.M. en acuerdo de la Santa Sede, está resuelto a que por espacio de diez años no se admita individuo alguno en ninguna religión, por ningún pretexto; y pasando dicho tiempo se representará a S.M. la necesidad de la provincia y convento de ella para que se admitan los que se hallaren convenientes.

“Así mismo, habiéndose experimentado los continuos excesos de muchos individuos en las religiones y el crecido número de apóstatas, y que todo esto ha resultado de haber entrado en estas de la menor edad, y que cuando se han hallado en la más avanzada se han visto precisados a las instituciones de tan santo instituto, y llevados de sus pasiones han prorrumpido en tan feos y semejantes procederes: en adelante no se admita a ninguno que no tenga veintiún años, so pena que se procederá contra el delincuente”.

“Respecto de los crecidos números de bienes de algunos religiosos y de la cortedad de otros, ha resuelto S.M. que a todos se considere anualmente el sustento y decencia, sin que falte lo necesario para el culto divino, regulando el número de individuos de cada convento, para que de este modo vivan con más quietud, sin molestar a los fieles, y que el vasallo viva también más aliviado”.

“Habiendo llegado varios recursos a S.M, de últimas voluntades y testamentos, obras pías de algunos que mal aconsejados por los individuos de algunas religiones, con prejuicio de sus legítimos y forzados herederos los han inducido a que dejasen sus bienes a su religión con conocido daño de sus conciencias y salvación de su alma; ha resuelto S.M. que ningún religioso se mezcle en semejantes testamentos y últimas voluntades del que sano o enfermo dispusiere su testamento”.

“Confiando por la experiencia la grande familiaridad de muchos religiosos a la entrada de muchas casas, interesándose en la disposición de ellas, y que ele esto ha resultado perjudiciales inquietudes con descrédito de ambas partes, manda S.M. á todos los superiores tengan mucho cuidado y vigilancia en que se observe la clausura con el mayor rigor, porque de este modo resplandezca el estado religioso, sin que la emulación tenga que tildarse en la menor cosa”.13

Era difícil que en cerca de diez y seis años que duró la administración pastoral del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS, dejase de ofrecérsele una oportunidad, como varios de sus antecesores la tuvieron, para desplegar su caritativo celo en los aciagos días de una peste. Tan común así era entonces la aparición de esas calamidades que asolan a los pueblos. No una sino dos, afligieron entonces a México.

Las viruelas, enfermedad importada siempre de Europa, como dice muy bien el P. Cavo, y que hacía más de quince años que no se padecía en México, apestó la ciudad desde principios de 1762, cebándose en los niños y los jóvenes, haciendo en los diez meses que duró otros tantos miles de víctimas; y cuando, como dice el mismo P. Cavo acabado de citar, aún no habían enjugado las familias de los mexicanos las lágrimas por sus difuntos hijos, volvió el terrible Matlazahuatl a sembrar la tristeza y la desolación. Oigamos al historiador:

"Esta enfermedad en poco tiempo contagió a la ciudad, y tanto, que no cabiendo los enfermos en los hospitales, fue preciso que las personas piadosas concurrieran para formar otros. Entre los demás se señaló el P. Agustín Márquez, ministro de la Casa Profesa de jesuitas, varón apostólico, que en pocos días levantó uno tan grande, que abarcó a cuantos enfermos acudieron y a cuantos los jesuitas empleados en la asistencia de los apestados hallaron que no tenían proporción para curarse. Esto se debía a los ricos mexicanos que pusieron en manos de aquel hombre ejemplar cuantiosas limosnas, exhortándolo a que no perdonara gastos con tal que los enfermos estuvieran bien asistidos. El arzobispo de México SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS mostró en esta calamidad entrañas de padre común, no solo con los socorros que abundantemente hacia dar a los pobres, sino también a los jesuitas que lo iban a va' por motivo de alguna confesión, a quienes después de alabar su celo los proveía de dinero para que socorrieran a los enfermos.

Esta nobilísima conducta vino a sellar, por decirlo así, la reputación del esclarecido sacerdote de quien hablamos; a robustecer el amor que todos le profesaban. Próximo a su ocaso emite el sol sus más vivos resplandores; próximo a desaparecer de la faz de la tierra el SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS, grababa su nombre en el corazón de los mexicanos con imperecederos caracteres. Pero no es tiempo todavía de hablar de su muerte. Nos falta apuntar, como hemos hecho en las anteriores biografías, algunas fechas relativas a los templos de México, así como otros sucesos que no está por demás consignar en esta obra, siquiera sea porque con nimia escrupulosidad hemos procurado no incurrir en los errores cronológicos de que se encuentran plagados casi todos los libros modernos en que se dan estas mismas noticias.

El 25 de Octubre de 1751 dio posesión SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS al abad y canónigos nombrados para la Colegiata de Guadalupe, después de haberse fallado en contra de ellos el pleito que promovieron sobre no querer estar sujetos al ordinario. En Mayo de 1753 quedó terminada la suntuosa casa y colegio ele San Ignacio para recoger viudas y jóvenes nobles.14 En Julio se comenzaron los trabajos del nuevo templo de los Betlemitas y terminó el arzobispo las "Constituciones de la insigne y real Colegiata de Guadalupe." El 5 de Agosto puso el mismo prelado la primera piedra del Oratorio de San Felipe Neri; el 30 llegaron a México las religiosas fundadoras del convento de la Enseñanza. El 12 de Diciembre se terminó el Colegio de San Ignacio para doncellas indias. El 16 de Marzo de 1754 fue la bendición de la iglesia de Santa Ana; en Junio celebró, la Universidad actos literarios de tal importancia que se conserva hasta el día su recuerdo.15 El 20 de Junio consagró el SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS en la iglesia de San José ele Tacubaya a los Ilmos. Señores obispos ele Oaxaca y Nueva Cáceres, Dr. D. Ventura Blanco, y D. Fr. Matos de la Concepción. En este mismo mes quedaron terminadas las obras del convento de la Enseñanza cuya iglesia fue dedicada a pocos días. El 23 de Enero de 1755 fue la solemne consagración de la hermosa iglesia del convento imperial de Santo Domingo. El 5 de Abril se incendió el convento de religiosas de Santa Clara, a quienes socorrió con gran liberalidad el arzobispo. El 19 del mismo mes bendijo el nuevo templo de San Fernando. En Enero de 1756 nombró a las religiosas fundadoras de los conventos de Lagos y San Miguel el Grande, quienes fueron inmediatamente a su destino.

El 28 de Marzo, expidió el SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS una Carta exhortando a su clero y diocesanos al mejoramiento de las costumbres. El 13 de Abril hizo a la Catedral un rico presente.16 En Mayo quedó concluida la fábrica del Hospital de Terceros de San Francisco. El 12 de Setiembre se estrenó la iglesia de MM. Capuchinas. El 9 de Noviembre, con pompa nunca vista, celebróse en México el patronato de la Virgen de Guadalupe. En 1757 las obras de la Sagrario metropolitana recibieron grande impulso, y tuvieron lugar otras fiestas de que no haremos mención, porque carecen de Interés histórico, y también porque tenemos que dar fin a este estudio.

Acababa de desempeñar sus funciones pastorales con aquel fervor y con aquel celo que le caracterizaban, durante la cuaresma de 1765, cuando sus antiguas enfermedades se exacerbaron, notándose un decaimiento y postración tales que se creyó necesario administrarle los últimos sacramentos el día 5 de Mayo.17 Siete días duró la ansiedad de los habitantes de México. Pasado ese término un aparente alivió los llenó de júbilo, para hacer a poco mayor su pena. El SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS fue el único que no se equivocó, y preparase a morir, sin abandonar por eso sus tareas, antes al contrario procurando con mayor empeño cuanto a su ministerio correspondía, y con el trabajo volvieron a agravarse sus dolencias. En vano agotó la ciencia sus recursos, en vano se alzaron plegarias por donde quiera, en vano llevaron al ilustre enfermo a la casa arzobispal de Tacubaya; todo fue inútil, y en la tarde del 3 de Julio de 1765 expiró a los sesenta y dos años y cinco días de su edad.

Tratándose de un prelado a quien la sociedad entera amaba por sus virtudes, inútil es decir que al anunciarse la funesta nueva, se llenó de duelo y se consternó la ciudad, desde el funcionario de más alta categoría hasta el infeliz indio de los arrabales.

El entierro se verificó cuatro días después con tan extraordinaria pompa, que su descripción llenarla Larguísimas páginas, como llenó las del libro que por encargo del Deán y Cabildo Sede Vacante escribió el -entonces Br. D. Juan Becerra y Moreno, y se publicó a principios del año de 1766.18 Para que el lector se forme idea de lo que fue el entierro del arzobispo, le diremos (pie solamente para el clero, comunidades religiosas y funcionarios públicos se emplearon 3907 velas de cera, y que no hubo señora ni caballero que no vistiese luto aquel día. "No hay memoria de que en México se hayan visto Exequias tan magníficas en la muerte de sus antecedentes arzobispos," dice el escritor coetáneo.

Razón y muy sobrada tuvo la ciudad de México para tributar aquellos últimos homenajes al vigésimo tercer pastor de esta Iglesia, porque fue él en la virtud otro Zumárraga; en la ciencia del gobierno otro Montúfar; en la disciplina eclesiástica otro Moya de Contreras; en la entereza otro Manso y Zúñiga; en la sabiduría de los Cánones otro Vega; en la penitencia otro Cuevas Dávalos; en la cordura y prudencia otro Ramírez del Prado; en lo ardiente de su caridad otro Aguiar y Seijas; en la vigilancia y solicitud pastoral otro Lanciego, y en el esplendor y magnificencia otro Vizarrón, valiéndonos de las mismas frases que con admirable acierto pronunció uno de sus panegiristas.

También las honras fúnebres o exequias del Sr. Rubio y Salinas  merecen detenida relación, que no nos es dado hacer por los motivos expuestos, y tenemos que limitarnos a decir que se verificaron en los días 10 y 11 de Octubre de 1765 con positiva grandeza; que dijo la oración latina el P. Dr. D. Pedro José Rodríguez y Arizpe, prepósito de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, y el Elogio fúnebre el Dr. y Mtro. D. Cayetano de Torres, siendo ambas piezas notables en los fastos de la elocuencia mexicana. El hermoso túmulo que sirvió para esas funciones fue obra del inmortal pintor, gloria del arte patrio, D. Miguel Cabrera, y las inscripciones latinas y castellanas, del ilustre jesuita D. Francisco Javier Alegre. Para honrar la memoria de este sacerdote y terminar dignamente esta biografía, damos a continuación el Epitafio puesto en el túmulo. Dice así:

IIOC ILLE JACET IN TÚMULO

QUO DIGNUS NON EEAT MUNDUS.

MEXICANiE URBIS PRCEESUL, & PATEE,

METROPOLITANA ECCLESIA DELITIUM, AC DECUS

ILLMUS D. D. D. EMMANDEL RUBIO ET SALINAS,

CUI PER TRIA AMPLIUS LUSTRA

PRCEFUIT MUÑERE, PR(EFUIT CONSILIO.

LUCERNA QUIPPE FUIT,

DIVINA CHAIIITATE FLAGRANS,

SANCTISSIMiE VIT/E FULGENS EXEMPLO,

SIBI ARDENS, PR.ELUCENS CCETERIS,

FORMA FACTUS GREGIS EXANIMO,

OMNIBUS OMNI A, OMNIBUS UNUS.

CHARISSIMA SPONSiE SQUALLORI,

VLDUAURUM, ATQUE ORPHANORUM FLETIBUS,

EGENORUM LACIIIUMIS:

JUNGE LACHRIMAS, V1ATOR, & ABI.19

He aquí una versión de este Epitafio; versión que, como notará el lector, es libre, pero conserva el estilo epigráfico del original latino:

GUARDA ESTE SEPULCRO

LOS RESTOS DE AQUEL VARON QUE EL MUNDO NO MERECIA:

EL ILLMO. SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS

ARZOBISPO Y PADRE DE LA CIUDAD DE MÉXICO,

GLORIA Y DELICIA DE SU METROPOLITANA IGLESIA

QUE POR MÁS DE TRES LUSTROS

GOZÓ DE SU GOBIERNO COMO PRELADO, DE SUS LUCES COMO SABIO.

LÁMPARA ARDIENTE DE CARIDAD DIVINA

QUE Á SÍ PROPIO ABRASÓ, É ILUMINÓ Á OTROS;

SIENDO UNO PARA TANTOS,

EL INTENSO AMOR A SU GREY LE HIZO TODO PARA TODOS.

AL DUELO DE SU CARÍSIMA ESPOSA,

A LOS GEMIDOS DE LA VIUDA Y DEL HUÉRFANO,

AL LLANTO DE LOS POBRES,

JUNTA TUS LÁGRIMAS, PASAJERO.

Tratándose de honrar la memoria del SR. DR. D. MANUEL RUBIO Y SALINAS, y de conservar un Epitafio debido al no menos ilustre P. Alegre, creemos que al lector no habrán desagradado aquí estas dos versiones; mucho más cuando hasta ahora nadie se había ocupado de hacerlas para que estuviesen al alcance de todos.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 182-191.

2 El Sr. Rubio, padre de nuestro arzobispo, fue oidor de Mallorca, varón esclarecido por su integridad y virtud, de ilustres progenitores que desempeñaron honoríficos empleos en la antigua ciudad de Daroca, de que fueron Justicias mayores. También fueron sus parientes D. Diego Liñan y Rubio, regente de Mallorca y después del consejo de Aragón; D. Ramiro Sebastián, célebre arzobispo de Palermo, y el Excmo. Sr. D. Melchor de Navarra, duque de la Palata, virrey que fue del Perú. La señora Salinas de Rubio, fue de no menos ilustre alcurnia. Su abuelo y su padre desempeñaron en Guadalajara de España y en Alcalá de Henares varios empleos privativos de personas de aventajada nobleza. Era prima de D. Francisco Ros de Medrano, caballero del hábito de Alcántara, gentil-hombre de Boca de S. M. También era de su

familia el Excmo. é Illmo. Sr. D. Diego Ros de Medrano, obispo de Orense, virrey y capitán general de Galicia, catedrático de teología y varón tan célebre por su virtud, que Felipe Y  Doña Isabel Farnesio, solicitaron de la Silla Apostólica la canonización de tan ejemplar ministro. Todas estas noticias las hemos tomado de la dedicatoria que precede a una obra que publicó en México en 1755 el M. R. P. Fr. Juan José de la Cruz y Moya, y de la que daremos completa noticia en el índice bibliográfico de este libro.

3 La biografía del Sr. Endaya figurará en el Apéndice, según tenemos ofrecido.

4 Torres, elogio fúnebre del Sr. Salinas. El Dr. Y Mtro. D. Cayetano Torres, a quien acabamos de citar fue uno de los  oradores sagrados más notables de la época á que venimos refiriéndonos, y uno de los que más  se distinguieron  en el IV Concilio mexicano. Falleció en 1787.

5 Torres. Loc. Cit. 

6 Era entonces obispo de Puebla D. Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu.

7 "Se puede creer prudencialmente, dice el Dr. Torres en una nota al Elogio fúnebre ya citado, que no ha habido arzobispo de México que haya ordenado tantos sujetos, ni que haya hecho tantos sínodos de curatos, ni que haya asistido más al Coro y procesiones y cosas semejantes, pertenecientes a su ministerio."

8 Sobre la indulgencia plenaria de la Bula "Pia Mater." Impresa en México 1754. Las noticias llegaron de España, del terremoto de 1755. Imp. en México 1756.-A los Guras y jueces eclesiásticos del Arzobispado sobre diligencias matrimoniales y dispensas. Imp. en México 1755.-Arancel de derechos para los Curatos de la ciudad de México conforme, a las instancias del Excmo. Ayuntamiento. Imp. en México 1757 - A los Curas sobre residencia de sus parroquias. Imp. en México 1762 -Edicto pastoral sobre jubileos. Imp. en México 1760.-Edicto pastoral sobre diezmos. Imp: en México 1763.

9 Vióse esto cuando en 1754 separó a los religiosos de los curatos del arzobispado en virtud de reales órdenes comunicadas al virreinato.

10 Castro Santa Ana. Diario de sucesos notables. Muchas fiestas a que concurso el arzobispo o que dio el mismo., se hallan descritas en este curioso Diario.

11 "Traía continuamente sobre su pecho, dice el Dr. Torres, una cruz de fierro armada de puntas muy agudas, que era lo que le causaba aquella anhelante y dificultosa respiración que tenían los médicos por síntoma de su enfermedad, y lo era de su vida penitente. Ocultó su modestia este prolongado tormento, hasta que privado de su juicio en la última enfermedad no fue dueño de sí. Entonces se le reconoció y fue preciso quitársela por los daños que le ocasionaba y pura los fines de la curación."

12 Hizo otras, mas no podemos, por falta de documentos, señalar las fechas como en las cinco que aparecen en el texto.

13 Esta papeleta, como la llama Castro Santa Ana en su Diario, de donde la hemos tomado, no es sino el extracto de una Pragmática, que no fue por cierto la primera ni la última de los reyes de España sobre materia tan importante cuanto delicada.

14 Este es el colegio llamado de las Vizcaínas todavía, a pesar de que la ley lo designa por de la Paz.

15 En estos actos ostentó su prodigioso talento un joven jalisciense de 22 años de edad, D. Antonio Lorenzo López Portillo y Galindo, que brilló más tarde en Europa y ascendió a los puestos más elevados.

16 Consistió este en un riquísimo cáliz, vinajeras, campanilla y plato de oro de toda ley; guarnecido el cáliz con 312 esmeraldas de todo color, en un cajoncillo de ébano forrado por dentro en terciopelo carmesí que todo tuvo de costo $4,642.

17 El Sr. RUBIO Y SALINAS adoleció durante muchos años de la enfermedad llamada gota.

18 La Relación escrita por este sacerdote 110 deja nada que desear, y encierra noticias que en cualquiera época serán curiosas y útiles. La citaremos en nuestro índice bibliográfico, no sin decir desde ahora que es un volumen en 4° de más de 150 páginas, en las que están comprendidas las que ocupan la oración latina y el elogio fúnebre de que hemos hecho mención varias veces.

19 La traducción literal es la siguiente: En este túmulo yace aquel de quien no era digno el mundo: el Illmo. Sr. Dr. D. Manuel Rubio y Salinas, arzobispo y padre de la ciudad de México; delicia y ornamento de la Iglesia Metropolitana que gobernó por más de tres lustros, y a la muy santa: se abrazaba a sí mismo, y abrasaba a los demás. Por el encendido amor a su rebaño se hizo todo para todos, siendo uno solo para todos. Pasajero, al duelo de su muy cara esposa, al llanto de las viudas y de las huérfanas y a las lágrimas de los necesitados junta las tuyas y sigue tu camino.


 21. El Ilmo. Sr. Dr. D. Francisco Antonio de Lorenzana y Butrón

(1766 - 1771)

  • Trasladado de Plasencia: 14 abril 1766
  • Posesión: 22 agosto 17661
  • Imposición del palio: 8 septiembre 1766
  • Promovido a Toledo: 27 enero 17712
  • Volvió a España: 7 marzo 17723

1 Se lo puso Francisco Fabián y Fuero, obispo de Puebla, que era su amigo.
2 La noticia le llegó en agosto de 1771, pero aplazó su salida por estar en marcha los trabajos del IV Concilio Provincial Mexicano, Actas de cabildo, vol. 51, ff. 80-83 v.
3 Nombró a Dionisio de la Rocha, canónigo como gobernador con facultades ordinarias y apostólicas y dio instrucciones para proseguir la causa de beatificación y canonización de Francisco Aguiar y Seijas. El tesorero dio cuenta de las cosas que recogió e inventarió de la sacristía del oratorio del palacio arzobispado y “sólo hace falta un azafate” que se dio por perdido, y “le pidió (al tesorero) el arzobispo (Lorenzana) la mitra que fue del Ilmo. Y Venerable Siervo de Dios (Francisco Aguiar y Seijas), la que se llevó”. Actas de cabildo, vol. 51, ff. 172-173 v.

Cardenal de Lorenzana, natural de la Ciudad de León, Colegial en el mayor de San Salvador de Oviedo en la Universidad de Salamanca, Canónigo Doctor de la Santa Iglesia de Sigüenza, Canónigo Doctoral y Vicario General de Toledo, Abad de San Vicente, dignidad de la misma Santa Iglesia; Sr. de la Villa de Xarayzéjo; Obispo de Palencia y Arzobispo de esta Santa Iglesia Metropolitana de México, dignísimo Presidente del IV Concilio Provincial Mexicano.

Arzobispo de la Santa Iglesia de Toledo primada de las Españas, Canciller Mayor de Castilla del Consejo de Estado de Su Majestad, Inquisidor General y Caballero Gran Cruz de la Real y distinguida Orden de San Carlos III. Llego a esta capital de Nueva España en 7 de agosto de 1766, tomó posesión de este Palacio Arzobispal el 22 de diciembre de dicho año y recibió el sacro palio en 8 de septiembre del mismo. Convocó para dicho Concilio, el que abrió solemnemente el 12 de enero y se concluyó el 26 de octubre de 1771. Salió de ésta a la de Toledo en marzo 1772.

Por su  amor a las letras, por las fundaciones benéficas que hizo, por los puestos elevados que ocupó y por otras circunstancias que habrán de apuntarse en esta biografía, el Eminentísimo SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN debe ser reputado como uno de los prelados más esclarecidos de la Iglesia mexicana. Si su gobierno duro breves años, en cambio hizo en ellos lo bastante para dejar imperecedera memoria.

Nació en la ciudad de León (España) el día 22 de Septiembre de 1722, e hizo sus estudios en el Colegio mayor de San Salvador de Oviedo en la renombrada Universidad de Salamanca. De su carrera eclesiástica no tenemos noticias hasta que le vemos nombrado canónico doctoral de la Iglesia de Sigüenza. Sucesivamente, fue canónigo y vicario general de la primada de Toledo, abad de San Vicente, dignidad de la ya nombrada iglesia de Toledo, y consejero de S.M. En 1765, es decir, cuando contaba cuarenta y tres años, fue elevado a obispo de Plasencia, y el 14 de Abril del año siguiente promovido al arzobispado de México, del que tomó posesión el 22 de Agosto, recibiendo a pocos días (8 de Setiembre) el sacro pálido de manos del Illmo. Sr. Obispo de Puebla D. Francisco Fabián y Fuero.

Márcase en nuestra historia la administración pastoral del SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN, por la fundación de la Casa de niños expósitos, por la celebración del IV Concilio mexicano, y por la publicación de varias obras de incuestionable importancia. La primera nos ofrece el más elocuente testimonio de que el arzobispo objeto de la presente biografía era por su caridad dignísimo sucesor de los magnánimos prelados que hasta entonces había tenido la Iglesia mexicana; por la segunda, se descubre el empeño que puso en la instrucción y moralidad del clero y en el bien de los indios; y, por último, en las obras que publicó se revela un hombre verdaderamente ilustrado que supo dar a las letras el impulso que habían menester, concediendo a los estudios históricos la preferencia, por sus incuestionables importancia utilidad, como veremos más adelante.

Acababa de llegar a México el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN cuando palpó la necesidad que había de un establecimiento en que fuesen recogidos los niños a quienes sus padres abandonan. Los prelados anteriores a él habían hecho que por donde quiera el indigente fuese socorrido; pero los niños que al nacer se hallaban expuestos a morir o pasar una vida miserable, porque sus padres querían ocultar una falta, o bien eludir sus obligaciones, esos no habían sido hasta entonces amparados por aquellos ilustres fundadores. El SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN para llenar ese vacío, compró con sus rentas un edificio a propósito el 11 de Enero de 1767, y fundó y organizó la Casa de niños expósitos, vulgarmente La Cuna, y la sostuvo hasta el año de 1771 en que fue promovido al arzobispado de Toledo.

El solo nombre del benéfico asilo de que hablamos hace el mayor elogio que pudiera apetecerse para honrar la memoria de su insigne fundador. No necesitamos por lo mismo ocupar la atención del lector para demostrarle cuán grande y cuán eterna debe ser la gratitud de la ciudad de México hacia el vigésimo cuarto de sus arzobispos.

Dos cédulas reales expedidas el 28 de Agosto de 1769, la primera ordenando que todos los obispos de América e islas Filipinas asistieran a la celebración del IV Concilio provincial mexicano, y la segunda que se llamó el Tomo real, en que se especificaban hasta veinte puntos que debían tratarse en aquel Concilio, fueron las primeras disposiciones dictadas para llevarlo a cabo. El 13 de Enero de 1770, citó a cabildo el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN para dar cuenta de las cédulas recibidas, y el 21 del propio mes se anunció al pueblo en la misa solemne que se estaba celebrando, que la apertura del Concilio sería el 13 de Enero del siguiente año. Terminaba el de 1770 cuando se suscitaron algunas diferencias entre el arzobispo y su cabildo; todavía en la semana anterior a la apertura tuvieron lugar nuevas discusiones que no fueron, sin embargo, un obstáculo para que el 11 de Enero de 1771 hicieran ante el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN el juramento debido los consultores teólogos y canonistas.

El día fijado (13 de Enero) comenzó el Concilio, por la función religiosa y la procesión prescritas por el ceremonial. Parte de esta primera sesión se verificó en el templo y parte en la sala capitular, que era la destinada a las juntas conciliares. A la misa y procesión asistieron los tribunales reales sin el virrey, mas éste sí se halló en la sala capitular y bajo dosel, una vez terminadas las ceremonias religiosas. Dicho virrey, que lo era a la sazón D. Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, hizo al Concilio una breve exhortación, y leídos después en su presencia la cédula real o tomo real y el auto del arzobispo en que hacia relación de todo lo actuado hasta aquel momento y de los sujetos nombrados para los oficios y empleos, se retiró. Continuaron las sesiones hasta el 26 de Octubre, en que con las ceremonias del caso se dio por terminado el Concilio; siguiendo después las solemnidades religiosas en acción de gracias.

Al IV Concilio provincial mexicano, cuya historia sucinta acabamos de hacer, convocado y presidido por el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN, concurrieron los Ilmos. Sres.  D. Miguel Álvarez de Abren, obispo de Oaxaca; D. Fr. Antonio Alcalde, de Yucatán; D. Francisco Fabián y Fuero, de Puebla, y D. José Díaz Bravo, de Durango. D. Pedro Sánchez de Tagle obispo de Michoacán, no asistió personalmente por hallarse enfermo; pero lo hizo con su poder y con voto decisivo el Dr. Vicente de los Ríos, canónigo doctoral de aquella iglesia. Vacante la mitra de Guadalajara, representó a su cabildo, con voto decisivo, el canónigo doctoral D. Mateo Arteaga. Concurrieron también los Sres. D. Antonio de Rivadeneira, oidor de la Audiencia de México, como asistente, y el fiscal del mismo D. José Areche.

Los diputados de las Catedrales fueron: Por la de México, el Dr. D. Juan Ignacio de la Rocha chantre entonces, y después obispo de Michoacán, y el maestre-escuelas Dr. D. Cayetano Torres. Por la de Puebla los Dres. D. Manuel Gorospe, doctoral, y D. Juan Francisco Campos, magistral. Por la de Oaxaca el arcediano Dr. D. Pedro Quintana. Polla de Michoacán el maestre-escuelas Dr. D. Ricardo Gutiérrez. Por la de Yucatán, el arcediano Dr. D Pedro Mora. Por la de Durango, el doctoral D. N. Soto y el canónigo Dr. D. Francisco Roldan. Por la Colegiata los canónigos Dres. D. Antonio Folgar .y Manuel Bel le Ciperos.

Los prelados religiosos fueron: los M. RR. PP. Fr. José de la Peña, general del Orden hospitalario de San Hipólito; Fr. Francisco de Santa Teresa, general del Orden de Betlemitas; Fr. Pedro Garrido, provincial de Santo Domingo; Fr. Manuel Nájera, provincial de San Francisco; Fr. Domingo Garay, provincial de los franciscanos descalzos; Fr. Francisco Veíanle, provincial de San Agustín; Fr. Mateo Rivero, provincial de los Carmelitas descalzos; Fr. José Huelas, provincial de la Merced; y el P. Diego Marín, comisario de los clérigos regulares de San Camilo.

Los consultores teólogos: Dr. D. Diego Omaña, canónigo magistral de México y después obispo de Oaxaca; Dr. D. Agustín Rio de la Loza; Fr. Gerónimo Campos, dominico; el lector jubilado Fr. Manuel Rodríguez, franciscano; y el Mtro. Fr. Gregorio Bonza, agustino.

Los canonistas: Dres. D. José Barrera y D. Luis Torres, canónigos de México; D, Ñuño Nuñez de Villavicencio, catedrático de Prima de Leyes; D. Miguel Primo de Rivera, D. Mariano Navarro, y el P. D. Pedro Arizpe, del Oratorio de San Felipe Neri.

Secretario del Concilio el Dr. D. Andrés Martínez Capillo, prebendado que era de la Metropolitana; Promotor, el Dr. D. Francisco Aguiriano, que después fue obispo de Calahorra;' Maestro de ceremonias D. Miguel Rosado, prebendado de México; Notario, el Lic. D. Lino Nepomuceno Gómez Gal van; Nuncios los Pbro. D. Pedro Martínez y D. José Jáuregui. También concurrieron y tomaron asiento, después de los diputados de las iglesias, los de la ciudad de México, D. José Ángel de Aguirre y D. José Gorraez.

El 10 de Noviembre del año a que venimos contrayéndonos (1771) salió de México el juez de obras pías del arzobispado Lic. D. Gabino Valladares, comisionado para llevar a España las Actas del Concilio con el objeto de recabar su aprobación. Esta no se obtuvo, porque el fiscal D. Pedro de Pina y Mazo hizo muchas observaciones en contra, fundándose principalmente en las quejas elevadas por las personas querellosas del SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN.2

No habiendo obtenido la sanción real ni la pontificia, las Actas permanecen inéditas. Existe de ellas una copia auténtica en el archivo arzobispal de México. El MS. Está forrado en terciopelo azul, y tiene este título: CONCILIO IV PROVINCIAL MEXICANO, CELEBRADO EN 1771. Contiene 5 libros. El primero con 13 títulos; el segundo con 16; el tercero con 24; el cuarto con 2; y el quinto con 12. Cada título tiene crecido número de Decretos y Ordenanzas sobre reforma y disciplina eclesiásticas.

Además, compuso el Concilio las obras siguientes:

  1. Catecismo mayor para uso de los párrocos. —II. Catecismo de la doctrina cristiana para uso de los niños. —III. Representación al rey sobre la inmunidad local eclesiástica. — IV. Representación sobre las órdenes religiosas de la Nueva España. —V. Representación sobre la vida común de las religiosas. —VI. Ad S. Pontificem adversus Jesuitarum Institutum. — VII. Epístola al mismo sobre la beatificación de D. Juan de Palafox. —VIII. Manual de Párrocos. —IX. Instrucción para el gobierno de los hospitales que están a cargo de los religiosos de San Juan de Dios. —X. Instrucción sobre la manera de exponer el Santísimo Sacramento. —XI. Instrucción para los maestros de primeras letras. —XII. Instrucción para los pintores de imágenes sagradas. —XIII. Métodos que deben observar los párrocos y predicadores en la explicación de la doctrina cristiana sobre los Evangelios de festividades. — XIV. Estado de las religiones de la Nueva España.3
  2. Carlos María Bustamante, con la ligereza con que acostumbraba hablar de cualquier materia, dice en una de sus obras,4 que el IV Concilio mexicano fue una farsa solemne encaminada a amedrentar a los mexicanos, y a prosternarse ante el monarca español. Basta leer el sumario que acabamos de presentar del contenido de los cinco libros de que se componen las actas de ese Concilio, para comprender que no deben tomarse en cuenta las aseveraciones del Sr. Bustamante. Por lo mismo, no nos detendremos en este punto, que hemos tocado únicamente porque como son más populares los escritos del Sr. Bustamante que las noticias referentes al IV Concilio mexicano, podría alguien dar asenso á tan injustificada opinión. Que no pretendía degradar, sino por el contrallo ennoblecer a los mexicanos, lo indica la paternal solicitud que dispensaba a los indios. Para probar esto oigamos cómo se expresa en sus Avisos para la acertada administración de un párroco en América.

"Amé mucho a los Indios y toleré con paciencia sus impertinencias, considerando que una tilma nos cubre, su sudor nos mantiene, con su trabajo nos edifican iglesias y casas en que vivir; que son propiamente naturales del país, nuestros Benjamines amados, y que por la propagación de la Fe, e instruirles en ella, estamos nombrados Ministros de la Iglesia y no para comodidades temporales. A los Gobernadores de Indios y sus Justicias traten con estimación, pues agradecen mucho los naturales a quien los honra y aun hasta el día de hoy viven reconocidos a la memoria del V. Sr. Palafox y de los Prelados más acreditados en virtud y letras, que todos sin distinción han amado entrañablemente a los Indios y mirado con compasión." En otro lugar, procurando que los indios fuesen felices, recomendaba con verdadera ternura lo que debía hacerse para conseguirlo.

“Cuidarán los padres de familia, decía, que sus camitas o tapestles para dormir ellos, y lo mismo los de sus hijos, estén limpios y en alto, porque contraen muchas y muy graves enfermedades por acostarse en partes húmedas, y en el mismo suelo; que haya separación en sus xacales; que los casados duerman separados de sus hijos, y que estos no se junten los hombres con las mujeres, especialmente pasando de diez años, pues aunque sean pequeñas sus casitas pueden poner una división de cañas o de un petate”.

“No permitan los Gobernadores que Indio alguno de más de veinticinco años deje de tener oficio en el pueblo, sea de labrador o jornalero, y que luego que se casen fabriquen su casa o xacal; procurando en esto ayudarse unos a otros, y así les costará muy poco: como también cuidarán de que los xacales se hagan como para racionales y no para bestias”.

Trascribiríamos todos los Avisos del SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN, encaminados a procurar la ilustración, el bienestar, la salud, y cuanto a los indios se refería, si no creyésemos bastante a nuestro objeto lo que llevamos apuntado. Indicamos al principio que en las obras que publicó el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN se revela un hombre verdaderamente ilustrado que supo dar impulso a las letras, concediendo la preferencia a los estudios históricos, y en comprobación de nuestro aserto vamos a hablar aquí de dichas obras. En 1679 publicó la segunda edición de los Concilios provinciales  el primero y segundo, considerablemente aumentada como veremos en seguida.5

Precede a las Constituciones de estos Concilios, la Carta pastoral del editor, en que relata brevemente el objeto de los concilios y hace la historia de los celebrados en México. En seguida aparecen las diversas resoluciones de la primera Junta apostólica después una curiosa información  tomada en Puebla a Juan Juárez y Gamboa, capitán, el 22 de Febrero de 1649 sobre la venida de los primeros clérigos a la Nueva España; luego una carta latina de Fr Julián Garcés, primer obispo de Tlaxcala, á Paulo III en favor de los indios documentó preciosísimo, y en pos de este la célebre de  1537 en que se declara racionalidad de la raza indígena. Ocupan estos documentos hasta a página 34. De esta a la 208 se hallan las citadas las constituciones. Terminada su inserción  se encuentra la serie de los Ilmos. Señores Arzobispos de México citada por nosotros tantas veces, y a la  que precede una breve introducción escrita por el Sr. Lorenzana. Termina la serie en la página 226. Signen las bulas de erección de la iglesia de Tlaxcala (después Puebla) en latín; luego la Serie de los libios, señores obispos de Puebla, Guatemala, Oaxaca, Michoacán, Guadalajara, Yucatán y Durango. Después una carta del Ulmo. Sr. D. Francisco Blanco sobre los deberes de los prelados. Avisos para la acertada conducta de un párroco en América, por el mismo SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN, avisos para que los naturales de estos reinos sean felices en lo espiritual y temporal, por el repetido SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN, y un valioso Apéndice, con los siguientes documentos:

  1. Carta original de los Ilmos. Sres. obispos de México. Guatemala y Oaxaca, sobre la ida al Concilio General, y piden sobre distintos puntos, así de diezmos como de otros, para la buena Planta, y permanencia de la dé en este Nuevo Mundo.
  2. Copia de un original intitulado: "Junta de los primeros prelados de esta Nueva España." El SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN, refiere al principio de este Apéndice el hallazgo de los documentos, encarece su importancia, y da otras noticias curiosas y útiles para la historia eclesiástica de México, y para la mejor inteligencia del primer documento lo acompañó de trece notas.

Aunque en las Series enumeradas no se encuentra sino un extracto brevísimo de las biografías de los Sres. Arzobispos y Obispos, a pesar de que en ellas se contienen errores de fechas que hemos tenido que rectificar muchas veces, la obra compilada del SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN será siempre de inestimable precio para los que se dediquen al estudio de la historia eclesiástica de México, pues ella les servirá de base a sus trabajos.

Con respecto a la Historia de la Nueva España, publicada en 1770 por el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN,6 creemos que el lector no llevará a mal que trascribamos la descripción que de ella hace el erudito Sr. García Icazbalceta: "Comprende este volumen las cartas segunda, tercera y cuarta con notas del editor. Ignoro si sirvieron de original para esta edición las cartas góticas, o la reimpresión de Bárcia; pero de todos modos es digna de aprecio por las adiciones del editor, que son las siguientes:

  1. Mapa de la Nueva España, por D. José Antonio Álzate. (1769.)
  2. Viaje de Hernán Cortés desde la Antigua Vera Cruz a México, para la inteligencia de los pueblos que expresa en sus Cartas y se ponen en el Mapa.
  3. Una lámina del templo mayor de México.
  4. Advertencias para la inteligencia de las Cartas de Hernán Cortés. (Noticias de Historia antigua con la serie de los emperadores mexicanos.)
  5. Los meses del año mexicano. (Lámina.)
  6. Gobierno de la Nueva España. (Catálogo de virreyes desde Hernán Cortés hasta el marqués de Croix.) Sigue la segunda carta de Cortés.
  7. Fragmentos de un mapa de tributos. (La colección de Mendoza) o Cordillera de Pueblos que lo pagaban, en qué género, en qué cantidad y en qué tiempo, al emperador Moctezuma en su gentilidad. (31 láminas con una advertencia preliminar.) Sigue la tercera Carta de Hernán Cortés.
  8. Viaje de Hernán Cortés a la península de Californias, y noticias de todas las expediciones que a ella se han hecho hasta el presente año de 1769, para la mejor inteligencia de la cuarta carta de Cortés y sus designios.
  9. Un curioso mapa de la costa del Mar del Sur, hecho en México por Domingo del Castillo en 1541.

"La Colección del SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN fue reimpresa en Nueva York en 1828, un tomo en 8°, con la nota de revisada y adaptada a la ortografía moderna, por D. Manuel del Mar." Uno de los malos resultados de esta revisión fue el cambio de la x por j en los nombres mexicanos, y no hay paciencia que baste para leer a cada paso Temijtitán. Se omitieron en esta edición los números 1 a 5, 7 y 9 de la anterior y se añadió una noticia histórica de Cortés, con algunas malas estampas tomadas de Clavijero.7

Con relación a los fragmentos del mapa de los tributos, dice el sabio arqueólogo D. Manuel Orozco y Berra, lo siguiente que el lector tendrá gusto en saber a no dudarlo, por ser tan competente el Sr. Orozco y Berra en la materia:

"La Matrícula de los tributos corre en el libro ele Lorenzana entre las páginas 170-177; comprende la introducción tres fojas, sigue otra de portada y luego 31 láminas grabadas sobre cobre, correspondientes a las 16 fojas del original pintadas por ambos lados. Comparando el fragmento con la parte relativa en la colección del Lord Kingsborough, encontramos: que la lámina de aquel es la última en la tercera parte de éste, no perteneciendo por consiguiente a la matrícula, la cual propiamente comienza en la segunda estampa de Lorenzana. El número 3 de la edición mexicana contiene los 2 y 3 de la inglesa; así como el 4 de aquella, los 4 y 5 de ésta, y el 5 y 6 de la una, los 6, 7, 8 y 9 de la otra.  El 7 de Lorenzana corresponde al 10 de Kingsborough, y faltan los números 11 y 12. Siguen correlativas la 8^ ele Lorenzana con la 13 de Kingsborough, y así sucesivamente hasta la 23 con la 28. Faltan al libro mexicano las estampas 20 y 30, continuando la relación entre el 24 del arzobispo con la 31 del lord, hasta el 30 con el 37. Vuelve a faltar otro número, el 38, por lo que el 31 ele Lorenzana concuerda con el 39 y último ele Kingsborough. Así pues, faltan a nuestro libro cinco láminas, en que sale por más rica la edición inglesa.

"Si de este cotejo pasamos a comparar los dibujos, no encontraremos frases bastantes para lamentar el descuido con que procedió el grabador: casi al antojo trasformó los jeroglíficos, dejándoles muchas veces incognoscibles; corrigió los perfiles, sustituyó figuras, en suma, lo echó a perder: No fueron más afortunados los interpretadores. En la lámina II traducen Tlatilulcatl por hogar u horno; escribieron junto a uno de los chimalli (escudo, rodela) con su adorno de plumas, vestido que sirve del cuello abajo, y junto al chimalli inmediato, sin parar mientes en ser un objeto idéntico al anterior, escribieron vestido de plumas para de medio cuerpo abajo. En la lámina VII, refiriéndose a los signos numéricos aztecas veinte y cuatrocientos, traducen estas plumas y las banderas eran señal de tributo real encima de los tercios o petacas. No proseguiremos amontonando cargos, doliéndonos que los grandes gastos y empeño del señor arzobispo Lorenzana, por circunstancias fuera de su voluntad, no hubieran sido más fructuosos para la ciencia.8

Además de estos escritos débanse al SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN diversas Cartas pastorales impresas en México, y "que respiran bondad y sana piedad," y Missale Gothicum secundum regulam B. Isidori in usum Mozarabum, Rome 1804, in fol.

Hallábase el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN gobernando su iglesia en perfecta armonía con la Potestad civil y amado ele todos por su ilustración, por su virtud y por sus sentimientos filantrópicos cuando recibió la noticia ele haber sido promovido al arzobispado de Toledo el 27 de Enero de 1771 con motivo del fallecimiento del cardenal Córdova que regenteaba aquella elevada jerarquía. Acató el mandato real y se dirigió a España.

El lector no debe ignorar que la Iglesia de Toledo, primada de España, produce no solo grande honra por la posición que su arzobispo guarda en la corte sino también por sus pingües emolumentos. El nuevo prelado, cuyo levantado carácter hemos dado a conocer aprovecho esa posición y esos recuentos en   hacer el bien, continuando o así su brillante carrera.9

El 30 de Marzo de 1789, Pio VI le hizo cardenal. Aquí es oportuno rectificar el error en que el Sr. Bustamante y algunos otros escritores que le han seguido incurrieron, al dedique el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN debió el capelo cardenalicio a sus trabajos en el IV Concilio mexicano. Olvidó el Sr. Bustamante que esa jerarquía la han disfrutado siempre los arzobispos de Toledo, o voluntariamente hizo caso omiso de tal circunstancia con el objeto de confirmar lo que poco antes había dicho sobre los móviles que, a su juicio, impulsaron al SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN a convocar el repetido Concilio. Cuando la revolución francesa arrojó a España a gran número de sacerdotes que se vieron obligados a abandonar su país, el arzobispo de Toledo fue entre todos los prelados españoles el que les procuró mayores seguridades, compitiendo en este punto con el obispo de Orense, cuyas liberalidades le conquistaron merecido renombre en aquellas aciagas circunstancias.10

En 1797 fue enviado a Roma el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN por Carlos IV para proporcionar algunos consuelos á Pio VI, acompañándole en esta comisión los arzobispos de Silecia y Sevilla, Despuig y Musquiz. Estos dos últimos regresaron a España pocos meses después, mientras que el de Toledo permaneció constantemente al lado del Papa, a quien acompañó a Florencia. Desterrado de esta ciudad el pontífice, el 27 de Marzo de 1799, le acompañó a Parma el SR. DR. D. FRANCISCO ANTONIO LORENZANA Y BUTRÓN. Mas como uno de los objetos que le tenían cerca del venerable perseguido era proporcionarle recursos pecuniarios, los franceses le retiraron sus pasaportes y se vio obligado a separarse del ilustre cautivo, a quien no había de volver a ver. Empero abandonó la Italia, y se encontró, según uno de sus biógrafos, en el cónclave celebrado en Venecia.

Firme en su resolución de permanecer en Italia, presentó en 1800 su dimisión del arzobispado de Toledo, y se estableció en Roma, en cuya ciudad murió el 17 de Abril de 1804. Su cuerpo fue expuesto en la iglesia de los Santos Apóstoles, que era la de su título de cardenal, y fue enterrado en la de la Santa Cruz de Jerusalén.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 192-198.

2 Bustamante. Continuación de los Tres siglos de México.

3 Beristain. Biblioteca hispano-americana septentrional.

4 Bustamante, op. cit.

5 Concilios provinciales primero y segundo celebrados en la muy noble y muy leal ciudad de México. Presidiendo el Illmo. Y Rmo. Sr. D. Alonso de Montufar, en los años de 1555 y 1565.

6 Historia de Nueva España, escrita por su esclarecido conquistador Hernán Cortés, aumentada con otros documentos, y notas, por el Ulmo. Sr. D. Francisco Antonio Lorenzana, Arzobispo de México. —Una viñeta. —Con las licencias necesarias. — En México en la Imprenta del Superior Gobierno, del Br. D. Josep Antonio de Hogal, en la calle de Tiburcio. Año de 1770. —32 láminas.

7 Colección de Documentos para la historia e México publicada por Joaquín Garda Icazbalceta tomo 1 México librería de J. M. portal de agustinos.

8 Anafes del Museo Nacional de México, tomo 1° pagina 183 y siguiente.

9 Michaud. Biographic universelle.

10 Michaud, op. cit.


22. El Excmo. e Ilmo. Sr. Dr. D. Alonso Núñez de Haro y Peralta

(1771 -1800)

Fue virrey de la Nueva España del 8 de mayo al 16 de agosto de 1787.

  • Posesión por poder: 10 septiembre 1772
  • Consagración: 13 septiembre 17721
  • Posesión: 15 octubre 17722
  • Muerto: 26 mayo 1800

1 En Puebla.
2 Actas de cabildo, vol. 51, ff. 262-263.

Caballero Gran Cruz de la Real Orden de San Carlos III. Nació en Villa García, Obispado de Cuenca al 1 de noviembre de 1729, fue colegial en el Mayor de Bolonia, y catedrático de escritura en su Universidad; de las lenguas orientales y europeas, proseyó las oportunas a una perfecta escritura y diestro político; en la edad de 23 años, se regresó a España aplaudido y recomendado, y siendo canónigo de Toledo fue presentado el 30 de diciembre de 1771 para esta Mitra, donde hizo servir a las empresas pastorales a una política más bien comprendida.

Infatigable y generoso conmovedor del bien público, reformó el Seminario de esta ciudad, con aumento considerable en rentas, estudios, alumnos y disposiciones para el nuevo Edificio. Erigió y dotó el de Tepotzotlán, modelo y conservación del clero. Fundó y enriqueció el hospital de San Andrés, dio establecimiento, constituciones y rentas a la casa de Niños Expósitos. Reedificó en la mayor parte y reformó en todas el Colegio de Niñas de San Miguel de Bethlém, promovió y ayudo a la fundación del Convento de Capuchinas de Nuestra Señora de Guadalupe; desempeñó muchas y muy delicadas comisiones con éxito feliz en todas.

Virrey interino de esta Nueva España con aprobación de todas sus probidades, visitó repetidamente su diócesis con el dulce consuelo de verse tiernamente amado y respetuosamente obedecido su gobierno, aunque fue activo, fue siempre pacífico, sin embargo de los tiempos difíciles que vivió.

El siglo diez y ocho fue para la Iglesia mexicana siglo de dicha y bienestar. Vióse en él gobernada de una manera, prudente y sabia por sujetos en quienes habrá reconocido el lector aquellas dotes sin las que no es fácil sobrevivir en la memoria de los pueblos. Seis prelados como los Ilmos. Sres. Ortega Montañés, Lanciego y Eguilaz, Vizarrón y Eguiarreta, Rubio y Salinas, Lorenzana y Butrón, y, por último, SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA de quien vamos hoy a hablar, fueron los que con nobilísimas acciones lograron hacer de ese siglo uno de los más brillantes y de más duradera recordación en la historia de nuestra patria, no solo en aquella parte que a la Iglesia se refiere, sino también en la política, pues tres de ellos ejercieron el mando civil de la entonces Nueva España. Todos ellos han merecido nuestros elogios desapasionados. A llamarles grandes no nos han inducido ni las afecciones religiosas, ni mucho menos la lisonja vana. No las primeras, porque nos preciamos de saber valuar la  grandeza de los hombres por sus hechos y no por sus creencias; no la segunda, porque de lisonjero solo puede acusarse al que hace el panegírico de un personaje, viviendo este. Habla, pues, la historia imparcial y justiciera por nuestra boca, y al honrar la memoria ele esos seis prelados refiriendo sus virtudes, no hacemos otra cosa sino pagar una deuda que el pueblo mexicano contrajo por los beneficios recibidos entonces. Termina el periodo a que venimos refiriéndonos con el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA, varón digno de inmortal recuerdo, no menos que sus antecesores, cómo va el lector a ver en seguida.

El Excmo. é Illmo. SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA nació en Villa García, de la diócesis ele Cuenca, en la noche del 31 de Octubre de 1729. Sus nobles y virtuosos padres procuraron darle desde el principio una educación conveniente; educación que mejoró al lado de su tío el Illmo. Sr. D. Andrés Núñez canónigo de Toledo, obispo de Maxuléa y auxiliar del arzobispado. Estudio primero filosofía y teología con los dominicos ele San Pedro Mártir y en la Real Universidad, sobresaliendo no s o l o por su aplicación y por su talento, en esas materias, sino también en el conocimiento de las lenguas hebrea, caldea, griega y latina, de las que hizo uso en varios actos literarios, y en la italiana y francesa que poseyó con tal perfección que las hablaba como si fuesen nativas. Cuán grande fue su consagración al estudio, lo demuestra el hecho de haber recibido la borla de doctor a los diez y ocho años de edad.

Enviado después a Italia, terminó su brillante carrera literaria en el colegio mayor de San Clemente de Bolonia, en cuya célebre Universidad incorporó el grado que en su patria había obtenido; fue rector del expresado colegio y catedrático de Sagradas Escrituras. Habiendo pasado a Roma con especial recomendación del Eminentísimo cardenal Legado, examinóle personalmente Benedicto XIV, pontífice que, como el lector sabe, era un verdadero sabio, y quedó agradablemente sorprendido de los profundos conocimientos y de la erudición del SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA que era muy joven. Prendado de él Benedicto XIV, le recomendó con encarecimiento al arzobispo de Toledo que lo era entonces el Serenísimo infante cardenal D. Luis de Borbón, y al Cabildo de aquella Iglesia primada, con motivo de que regresaba a España a hacer oposición a la canonjía lectoral de la misma Iglesia. Veintitrés años contaba a la sazón el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA, y fueron tan lucidos los actos literarios que sostuvo, que dejaron una memoria permanente en la ciudad.

Con no menor buen éxito hizo después oposición a la canonjía magistral de Cuenca. Fernando VI, a cuyos oídos había llegado el renombre de aquel joven y sabio sacerdote, le quiso honrar, y le nombró su Bibliotecario mayor, cargo que no llegó a desempeñar, y por no haber entonces en las catedrales ele la Península más prebenda vacante de una canonjía en la de Segovia, se la confirió en 1756. La desempeñó cuatro años; presidió los concursos a los curatos de la diócesis y fue en seguida (1761) trasladado a otro canonicato de Toledo.

Mientras tanto, el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA había adquirido ya gran reputación de orador sagrado en Segovia, en Toledo y en Madrid. Reuníanse en él las circunstancias que tan difícil tarea demanda: instrucción no común, gallarda presencia, voz sonora, acción mesurada, sin dejar de ser viva, despejo natural, y modestia no estudiada, tales eran las prendas que desde luego se descubrían en él y que, como dice uno de sus biógrafos, "daban tal realce a sus enérgicos discursos, que todos quedaban admirados, convencidos, y convertidos muchos de ellos.”2 Todavía tendremos ocasión de volver a hablar de su mérito como orador sagrado.

Los servicios que el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA prestó como Visitador general del arzobispado de Toledo, y administrador perpetuo de la "Casa de niños expósitos," aumentaron la fama de que disfrutaba, y sabedor Carlos III de ella, creyó, y no se equivocó en verdad, que ninguno mejor que aquel sabio y virtuoso eclesiástico podía reemplazar dignamente al Sr. Lorenzana. Presentóle en efecto en 1771 para arzobispo de México, y le obligó a aceptar la mitra.3

Gozaba en la corte romana distinguida reputación como literato el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA. Había mantenido correspondencia epistolar con los cardenales Castelli y Antonelli; y el Papa, que como hemos dicho le había examinados personalmente, le estimaba en mucho. Así, su presentación no pudo ser recibida más satisfactoriamente. Clemente XIV al mandar que se le expidiesen sus bulas le concedió más amplias facultades, indulgencias y gracias que a todos sus predecesores, y la congregación de Propaganda fide le confió desde luego una comisión delicada.4

Llegó a Veracruz el 12 de Setiembre de 1772; fue consagrado por el obispo de Puebla en la iglesia de San Miguel del Milagro, ele aquella ciudad, el 13 de Septiembre, y el 22 del propio mes comenzó a gobernar la archí-diócesis.

Era el nuevo arzobispo de México uno de aquellos hombres cuya presencia basta para prevenir en su favor, y que con la dulzura de su trato y la bondad de sus acciones acaban por ser amados de todos. Largo fue su pontificado y en él desempeñó comisiones arduas, y sin embargo de ellas y de haber ejercido el mando político, nadie tuvo inculpaciones que hacerle.

Nombrado por el soberano para que practicase la visita y reforma de las casas de PP. agonizantes y de San Antonio Abad, llenó el encargo con suma prudencia, mereciendo los más expresivos elogios del rey y de su consejo, como los mereció por las sabias Constituciones que formó para el gobierno de la "Casa ele niños expósitos que su ilustre antecesor no pudo concluir, y por sus activas y eficaces providencias, no menos que por la pensión mensual de doscientos pesos que señaló a dicha casa.

Erigió con licencia y aprobación de Carlos III, en el edificio del antiguo noviciado de los jesuitas en Tepotzotlán, un Colegio Seminario de instrucción, retiro voluntario, y corrección del clero; estableció en él cátedras de Sagrada Escritura, Teología y lengua mexicana; le donó su abundante y escogida biblioteca; dotó en él para después de su muerte la fiesta de San Ildefonso, y un aniversario perpetuo; le proveyó de abundantes recursos, y para decirlo de una vez, hizo de él un establecimiento como ni España misma lo tenía.5

Cuando en 1779 la asoladora epidemia de las viruelas ocasionó en México estragos imponderables, el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA, secundados eficazmente por el virrey D. Martin Mayorga, utilizó el antiguo colegio de San Andrés, de los jesuitas, convirtiéndolo en hospital. Hizo poner en él más de cuatrocientas camas; le proporcionó todos los muebles y útiles necesarios; señaló competente número de sacerdotes, médicos, cirujanos y demás dependientes precisos para la mejor asistencia de los enfermos, y le dispensó tan decidida protección que durante un año y cuatro meses que duró la epidemia, lo sostuvo a su costa. Al cesar aquella calamidad, no pudo resignarse el arzobispo a que se clausurase el hospital, y puso todos los medios para perpetuarlo, como afortunadamente lo logró; siendo de advertir que desde el día 26 de Setiembre de 1784 hasta el 10 de Febrero de 1790, invirtió en él más de cuatrocientos cincuenta y nueve mil quinientos ochenta y seis pesos fuertes, sin haber pedido a nadie cosa alguna.6 No es esta la ocasión de hacer la historia del hospital de San Andrés, ni podríamos, sin cansar al lector, decir todo lo que al SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA se debió. Empero séanos permitido honrar la memoria del ilustre fundador de ese benéfico asilo, diciendo que cuando el arzobispo murió constaba el hospital de 39 salas en las que cabían cómodamente más de mil enfermos. ¡Con razón Carlos III dio tan palpables testimonios de la alta consideración, mejor dicho, de la gratitud que tributaba al SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA!7

En 1797 la misma epidemia de las viruelas hizo sentir su poder destructor en México y el arzobispo, que era en aquel tiempo presidente de la Junta principal de Caridad, volvió a demostrar sil ardiente caridad, consignando catorce mil pesos para socorrer a los enfermos que no pudiesen ir a los hospitales, dando otros doce mil para aumentar las salas del de San Andrés, concediendo amplias facultades y gracias a los sacerdotes empleados en el alivio de los enfermos y fomentando con órdenes eficaces la propagación de la vacuna. Infatigable como era el prelado tratándose de hacer el bien, debióse á su actividad y piadoso Celo la fábrica del convento nuevo de las MM. Capuchinas en la villa ele Guadalupe, con iglesia, casa para los capellanes, colegio para los niños del coro de la Colegiata y habitación para sus maestros. En poco más ele cinco años terminóse esta obra, habiendo contribuido el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA con más de cuarenta y seis mil pesos fuertes, pudiendo considerársele sólo como protector sino como fundador del nuevo convento, al que socorrió con largueza hasta el día de su muerte.8

Sucedió que terminando el mes de Agosto de 1785 hubo casi en todo el país fuertes y extemporáneas heladas que causaron, como fácilmente se comprende, gravísimos perjuicios. El SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA, que no podía mirar con indiferencia ningún infortunio, acudió solícito al remedio de este, y de acuerdo con el virrey conde de Gálvez, logró poner a disposición de los curas de Tierra caliente, la Huasteca y la Siena, la suma de noventa y seis mil quinientos cincuenta y ocho pesos fuertes que, con calidad de reintegro, tomó de los concursos y depósitos eclesiásticos, y otras muchas cantidades que facilitaron sin rédito alguno varios capitalistas por sugestiones del arzobispo. Distribuyéronse aquellas sumas entre los labradores por medio de cuarenta y nueve curas, y los resultados fueron tan satisfactorios que el mal se remedió; mereciendo el prelado no solo la gratitud del pueblo sino las más expresivas gracias del soberano.9

Este, que no tenía sino motivos para estimar el celo del SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA, que en multitud de comisiones que le confiara había dado repetidas pruebas de patriotismo y de fidelidad a la corona, comprendió en 1787 que nadie mejor que él podía reemplazar al virrey conde de Gálvez que había fallecido casi repentinamente el 30 de Noviembre del año anterior. Cuando menos se le esperaba, un correo marítimo trajo la real cédula de 25 de Febrero de 1787 por la cual se nombraba al arzobispo, virrey, gobernador y capitán general de la Nueva España, presidente de su real Audiencia y Chancillería, y se le mandaba que desde luego tomase posesión de esos empleos con el carácter ele interino y por vía ele comisión.

No tuvo Carlos III que arrepentirse de esta elección. El SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA, sin desatender en lo más mínimo las obligaciones de su ministerio pastoral, llenó sus nuevos deberes con tacto y rectitud, resaltando por la distinguida educación y finos modales que le adornaban, y porque como gobernante creyó siempre que aquel que cumplía consigo y con sus semejantes los preceptos de la justicia, era el que más se acercaba al espíritu de la ley divina, valiéndonos de las mismas palabras de uno de sus biógrafos.10

Tomó posesión el día 8 de Mayo y dejó el gobierno el 16 de Agosto del mismo año. En este brevísimo periodo despachó todos los expedientes que encontró atrasados, y los que entonces ocurrieron; llevó adelante el proyecto del Dr. Sessé de establecer un Jardín Botánico, y merced a sus esfuerzos la comisión de naturalistas presidida por el mismo Sessé y encargada de recorrer las provincias, realizó sus trabajos. Terminó el arzobispo-virrey el dificilísimo negocio del establecimiento de las intendencias para mejorar la condición de la raza indígena; situó en la Habana y la Guaira grandes cantidades para la compra de negros a los ingleses; dio pruebas de entereza en todos sus actos, y renunció los sueldos que le correspondían. El rey y su Consejo le hicieron presente después la satisfacción que les había causado su eficacia y rectitud, resolviendo que se le continuasen los honores de Capitán general y el tratamiento de Excelencia sin hacer novedad en la práctica que se había seguido de poner Exilio, é Illmo. Señor en la antefirma, y que la guardia del virrey continuase haciéndole durante su vida los honores que le hacía cuando estaba encargado del mando, sin embargo de lo representado por su sucesor; y como si todas esas demostraciones no bastaran, se le condecoró con la Gran Cruz de la Real Orden Española de Carlos III y se le nombró prelado de la misma Orden.

Hombre ilustrado como era el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA, vio con predilección desde su llegada al país, el Seminario Tridentino. Aumentó sus rentas de 17,581 pesos a 45 mil; las becas de 101 a 300; estableció las cátedras que se echaban de menos como las de Historia y Disciplina eclesiásticas; remuneró debidamente a los catedráticos; estimuló a los seminaristas con premios que personalmente repartía, y mejoró con acierto el plan o método ele estudios. No contento con esto, tenía meditada y resuelta la construcción de un nuevo y magnífico Seminario más espacioso; a cuyo efecto encargó los planos de la obra al insigne arquitecto D. Manuel Tolsá, de imborrable memoria en México, y si no llegó a realizarse el proyecto fue porque la muerte del prelado vino a impedirlo.

Igual esmero puso en dictar oportunas y eficaces disposiciones, a fin de que en los conventos de religiosas de su filiación se restableciesen las rentas, y hubiese cuanto había menester. Pero el establecimiento a que dispensó protección más decidiera, el que era verdaderamente objeto ele sus desvelos fue el Colegio de niñas de San Miguel de Belén, que siempre estuvo a cargo de los arzobispos. Renovó a sus expensas la mayor parte de tan vasto edificio; su iglesia, coros y casa de capellanes, y proporcionó a la misma iglesia ornamentos y vasos sagrados, invirtiendo en ello más de cien mil pesos. Para que el lector se penetre del espíritu eminentemente filantrópico e ilustrado del arzobispo, liaremos notar que el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA no se limitó a la instrucción, sino que estableció en este .colegio la enseñanza de varias artes o manufacturas propias del bello sexo, para que las colegialas que se casasen tuviesen con que proveer a sus necesidades y a las de sus familias, y para que las que abrazasen el estado religioso llevasen al claustro el espíritu ele la laboriosidad y de la industria. Impuso en el Tribunal del Consulado cien mil pesos para que los cinco mil de la renta se empleasen tres en una plaza o beca para una niña, y los dos restantes en reparaciones del edificio, gastos del culto y dotes ele las que mereciesen premio por su laboriosidad, cualquiera que fuese el estado que eligiesen. Además, hizo edificar a su costa dos grandes casas, fundando sobre sus rentas otra capellanía de mil pesos a fin de que siendo tres los capellanes del Colegio estuviese éste mejor atendido.

Después de lo que llevamos dicho pensará el lector que poco o nada nos resta agregar al extenso catálogo ele las buenas acciones del SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA; mas no es así.  Hoy que tratamos de revivir su memoria no debemos omitir la relación de otros hechos que no deben olvidarse nunca. Hablemos, pues, de las gruesas sumas que empleó en donativos a la corona y en otras obras de pública utilidad.

Para la construcción del astillero del rio Alvarado dio ochenta mil pesos; para ayuda de gastos en la guerra con Francia, cien mil; para la guerra con Inglaterra, noventa -mil; para la impresión de la utilísima obra: "Flora americana dos mil; para la fundación ele la estatua ecuestre de Carlos IV, seis mil11 para los premios a los seminaristas seis mil; para la dotación de la fiesta anual de San Ildefonso, seis mil; para un aniversario, seis mil; para la capilla del Señor de Santa Teresa, tres mil; para la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles mil, además de cuatro mil quinientos de una obra pía que aplicó al mismo objeto; para reparación del Sagrario metropolitano que se incendió, dos mil; para las misiones de Tunquin en Asia dos mil para vestir a niños pobres, mil para el convento de la enseñanza doscientos pesos mensuales cientos pesos mensuales; treinta y siete mí pesos para ampliar  el palacio episcopal y veinticuatro mil empleados en socorrer a los variolosos en la epidemia de 1797. Y advierten al  lector que no figuran en esas partidas las cantidades que gastó en las limosnas anuales y mensuales que hacía, ni los ricos presentes a su Catedral, ni el costo de gran porción de medallas de oro y plata mandadas acunar por él y remitidas a España con motivo de la exaltación del trono.

Ahora si de sus funciones  pastorales quiere tenerse noticia, diremos que visitó diez y seis veces el arzobispado, dejando por donde quiera grata memoria que confirmo  en los curatos foráneos a cerca de setecientas mil personas; y que ordeno a  once mil sujetos de los cuales 6958 fueron seculares y 4239 regulares de diversos institutos.12 En diversas comisiones que desempeño ya de real orden, ya como subdelegado apostólico y real, juez privativo, visitador y reformador de varias comunidades, dio pruebas de su tacto y de su profundo conocimiento del corazón humano, mereciendo siempre la aprobación del soberano.

Todavía tiene otro título el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA, para que le consideremos como uno de los más distinguidos prelados de la Iglesia mexicana. Sus escritos nos le presentan adornado de excelentes cualidades literarias. Allí están, en comprobación de lo que decimos, los tres tomos de sus obras, de que daremos breve idea.13

Contiene el primero diez y ocho Sermones morales en que resplandece la pureza de doctrina, la acertada elección de los asuntos, la unción y la vehemencia propias del orador sagrado; el estilo elegante, castizo y claro, digno de un literato tan distinguido; sermones que hemos leído para poder dar razón de ellos y que, a pesar de no ser este ramo del saber  humano el que más atención nos pide, hemos realizado sin fatiga y sí con agrado su lectura Llenan el segundo tomo once Sermones panegíricos y trece Pláticas espirituales, que en nada desdicen de las piezas contenidas en el primero. El último lo ocupan una carta pastoral, notable por su doctrina, por el vigor con que está escrita, por poder considerársele como un excelente tratado de Teología moral, dogmática y eclesiástica, y porque también puede tenerse como un compendio o manual de oratoria sagrada, pues tal es la suma de oportunos y útiles consejos a los predicadores; las Constituciones que en 1775 formó el SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA para el régimen y gobierno interior del colegio de Tepotzotlán de que ya hablamos; y otra Carta pastoral no menos notable que la primera.

Resumamos. El SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA fue como sacerdote, virtuosísimo; como prelado, eminente; como orador sagrado ilustre; activo y justiciero como gobernante político; inolvidable como protector de las letras; digno de amor por su caridad ardiente, y noble, generoso en todo. Uno de sus panegiristas ha dicho las siguientes notables palabras: "Será inmortal su nombre en los siglos futuros. Cuando llegue el feliz tiempo (que alguna vez debemos esperar que llegue) en que historiados los fastos de las Iglesias de la América Septentrional, pasen ele mano en mano hasta las últimas generaciones, ¡qué clara será en ellos su fama! ¡Qué dulce y agradable su memoria! Y tú, a quien está reservada la gloriosa  empresa, me perdonarás que por no traspasar más las reglas de la brevedad, a que ya veo que he faltado, no me haya detenido muy por menor en lo mucho que aún me resta y tu desearas que hubiera dicho; pero sírvame ele compensación la sinceridad y verdad de lo que he referido. Transcríbelo con mano segura, que ni la lisonja, ni el interés, ni ningún respeto humano ha dirigido mi lengua.14

No menores elogios encierra la oración latina dicha por el Sr. Dr. y Mtro. D. José María del Barrio, prebendado de la Catedral de México, en las solemnes exequias celebradas el 23 de Noviembre.15

Cerca de veintiocho años duró el pontificado del SR. DR. D. ALONSO NÚÑEZ DE HARO Y PERALTA, y fueron tales el acierto y prudencia que en tan dilatado periodo manifestó, que llegan a ciento diez las reales ordenes, cédulas, oficios y cartas del Ministerio y del Consejo en que no solo fueron aprobadas cuantas disposiciones dictó, sino que se le prodigan las frases más halagadoras y se le dan las gracias por su vigilancia pastoral, ardiente celo, circunspección y consumada prudencia, tino singular para la dirección y manejo ele tocia clase de negocios, y acreditada lealtad; siendo verdaderamente digno de llamar la atención que en el despacho ele los negocios más arduos se condujo con tal destreza, sagacidad y fina política, que siempre guardo buena inteligencia y constante armonía con los virreyes, tribunales y comunidades eclesiásticas y seculares.

Después de más de un año de penosa enfermedad, bajó al sepulcro el día 26 de Mayo de 1800 a los setenta y medio cumplidos ele su edad, cuando más se había acrecentado el amor que todos les profesaban. Que este acontecimiento llenó de pesar profundo a la sociedad mexicana, bien lo comprenderá el lector después de haber leído esta biografía. Extraordinarias fueron las demostraciones de duelo que en aquellos días se hicieron; magnífico y ostentoso el funeral, y solemnes, imponentes las honras fúnebres celebradas después.16 Homenajes fueron esos á que supo hacerse acreedor el vigésimo quinto arzobispo de México, a quien sin reserva tributamos a nuestra vez merecido elogio, en la compendiada historia de su pontificado que acabamos de hacer.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 199-205.

2 Flores. Resumen histórico de la vida, conducta pastoral y política del Excmo. E Illmo... Sr. Dr. D. Alonso Núñez de Haro y Peralta Debemos manifestar que la mayor parte de las noticias contenidas en la presente biografía, las hemos tomado de este Resumen

3 Tan elevado concepto tenia Carlos III de nuestro arzobispo, que, antes de conocerle personalmente, ocurrió el siguiente lance. Dirigíase el Sr. HARO Y PERALTA a la corte, y encontró al rey en él, camino; viole el soberano y dijo en la mesa, momentos después: "Esta mañana cuando salí d caza, alcancé vi ser d un clérigo que seguramente es el que he nombrado para Arzobispo de México; y me ha gustado mucho por su aspecto y modestia." Cuando se le presentó por primera vez, le reconoció y le prodigó las mayores distinciones.

4 Esa Congregación, satisfecha de la exactitud y acierto con que el arzobispo desempeñó la comisión. le manifestó su agradecimiento enviándole de regalo dos famosos cuadros que representaban a San Pedro y San Pablo, tejidos a imitación de tapicería, notables por el primor y esmero del artífice.

5 Así lo confiesa Flores en la obra ya citada.

6 Flores, op. Cit.

7 En las reales cédulas y orden de 18 y 27 de Marzo de 1780, se relevó al arzobispo y a sus sucesores de la obligación de rendir cuentas; dándosele las gracias por sus servicios en frases que encierran todo un panegírico.

8 Flores op. Cit.

9 Real orden de 19 de Mayo de 1786. En ella se dice que "se llenó de gozo y complacencia el benéfico corazón del rey, viendo socorridos liberal y abundantemente aquellos sus amados vasallos, y comprobando S. M. el acierto en la elección de S. E. para el ministerio que tan dignamente ejercía, manifestándoselo así en el Real nombre y dándole las más expresivas gracias."

10 Rivera Cambas, Los gobernantes de México, tomo primero pág. 40.1. Antes, D. Carlos María Bustamante a quien nadie tachará de entusiasta por la gloria de los personajes que florecieron en México durante la dominación española, hizo cumplida justicia al Sr. Haro Y PERALTA en la continuación de la obra del P. Cayo.

11 Tratándose de uno de los monumentos artísticos más notables no solo de México sino del Nuevo Mundo, creemos oportuno consignar en esta nota algunas noticias históricas acerca de este monumento, mucho más cuando en el texto decimos que el Sr. HARO Y PERALTA contribuyó con seis mil pesos a la obra, noticia que ignoraban o quisieron callar los que han escrito acerca de la estatua en cuestión. Acordó erigirla el marqués de Branciforte, 53° virrey de México, y mientras se fundía, hizo. colocar una provisional que se alzó el 9 de Diciembre de 1796. Encargóse la obra a D. Manuel Tolsá, quien trazó el diseño y formó el molde, encomendando la fundición á D. Salvador de la Vega, mexicano. El metal pesaba 600 quintales; tardó en liquidarse dos días, y la fusión en-el molde lo minutos. La altura total de jinete y caballo.es de. cinco varas veinticuatro pulgadas: en el vientre del caballo cupieron 25 hombres que entraron por una puerta que-a propósito se dejó en la parte superior del anca. Colocada primero en la plaza mayor, fue trasladada después al patio de la Universidad y de allí al lugar en que hoy se encuentra

12 D. Carlos María Bustamante refiere una anécdota encaminada a censurar la poca afición del Sr. HARO Y PERALTA a hacer confirmaciones. Será a no cierta, pero podemos asegurar que en documentos fehacientes consta lo que decimos  el texto, debiendo advertirse que no hacemos mención allí de un millón y doscientas mil personas confirmadas en la capí a durante veintiocho años por el mismo arzobispo, según el testimonio de Flores.

13 Estas obras, que no son por ciertas todas las que el Sr. HARO Y PERALTA escribió, fueron impresas en Madrid, como se verá en nuestro índice bibliográfico.

14 González de Cándano. Sermón de honras, pág. XLV

15 Del Barrio Panegírico oratio &c. En el índice bibliográfico se hallará la copia de la portada de esta oración.

16 La extensa y muy curiosa relación de la muerte, funerales y exequias de nuestro arzobispo fue escrita por un sacerdote que calló su nombre.