23. El Excmo. e Ilmo. Sr. D. Francisco Javier de Lizana y Beaumont

(1802 - 1811)

Fue virrey de la Nueva España del 19 de julio de 1809 al 8 de mayo de 1810.

  • Trasladado de Teruel: 3 febrero 18021
  • Posesión por poder: 27 diciembre 1802
  • Llegó a la Cd. de México: 11 enero 1803
  • Posesión: 30 enero 18032
  • Muerto: 26 mayo 1811

1 Gómez Tort, op. cit.
2 Actas de cabildo, vol. 61, ff. 59 v.-60 v.

Natural de la ciudad de Arnedo , en la Rioja, donde vino al mundo el 3 de diciembre de 1750. Arzobispo y Virrey de N. E. Caballero de Gran Cruz de la Orden de San Carlos III.

Nació en Arnedo de Diócesis de Calahorra en 13 de diciembre de 1750 y murió en México en 6 de marzo de 1811.

Acabamos de ver cómo en el siglo diez y ocho la Iglesia mexicana estuvo gobernada por diez y ocho prelados de quienes no hay sino elogios que hacer, o por mejor decir, cuya memoria puede honrarse con solo referir sus nobilísimas acciones. Entramos hoy al siglo decimonono, al siglo en que vivimos, fecundo en grandes acontecimientos que han cambiado, puede decirse, nuestro modo de ser; pues solo en sus dos primeros tercios hemos pasado de hijos de una colonia a miembros de una nacionalidad libre e independiente, hemos ensayado diversas formas de gobierno y se han operado cambios radicales que en otros pueblos han sido el fruto de más prolongadas luchas.

Nuestra tarea desde este punto es aún más difícil que cuando para historiar los siglos anteriores necesitábamos entregarnos a laboriosas investigaciones, a causa de la pérdida de la mayor parte de las obras que podían suministrárnoslos. Entonces nuestro esfuerzo logró, ayudado por personas a quienes tributamos eterna gratitud, vencer en lo posible los tropiezos que a cada paso teníamos que superar; entonces el lector no tuvo motivo seguramente para disentir de nuestras ideas; porque ¿quién va a negar la sublime virtud de los misioneros? quién puede pretender amenguar la gloria de los caritativos prelados mexicanos cuya vida hemos escrito.  Ahora nos encontramos colocados en una senda espinosa; ahora tal vez no baste ni el criterio imparcial que hemos procurado que presida nuestro trabajo, ni  la voluntad decidida que tenemos de no herir con nuestras creencias las creencias de los demás.

Existen personas para quienes no hay delito comparable al de haberse opuesto a la insurrección de 1810 que dio por resultado nuestra emancipación política. Estas personas, poco o nada reflexivas, son incapaces de honrar la memoria del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, ni de sus sucesores los Ilmos. Bergosa y Fonte, por más que se les refieran los hechos gloriosos que en su vida se registran. Uno solo de sus edictos contra los insurgentes basta a su juicio para que deba execrárseles.

Otros hay que encontrarían débiles los más atroces reproches que pudiéramos hacer a la Iglesia porque intentó contrarrestar el poder de los reformadores, y porque está todavía en pugna con el Estado, olvidando estos que, como desde el principio lo manifestamos, nuestra obra no es de controversia, sino meramente histórica o biográfica.

También habrá otros que no puedan explicarse, si no es por los antecedentes políticos del autor, por qué en una obra que por su índole parece meramente de historia eclesiástica, no se encierran amargas censuras en contra del partido político que rompió el lazo de unión que existía entre la Iglesia y el Estado.

A unos y otros pedimos, hoy que entramos a un periodo que ofrece mayores dificultades que las ya vencidas, que nos condenen sino después de haber leído hasta la última página. Entonces serán más indulgentes, y reconocerán, cuando menos, nuestra rectitud.

El Excmo. e Illmo. SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, nació en la ciudad de Arnedo, obispado de Calahorra y provincia de la Rioja, el día 3 de Diciembre de 1750, de padres nobles y piadosos, que lo fueron D. Bernardo de Lizana y Doña Bernarda de Beaumont,2  quienes le dedicaron desde su más tierna edad a la carrera de las letras.

Hizo sus primeros estudios en la ciudad de su nacimiento, yendo después á Calatayud a cursar filosofía, haciéndose admirar por la brevedad con que la aprendió y por el estilo fácil, elegante y propio con que se expresaba en el idioma latino. De Calatayud pasó a la Universidad de Zaragoza a cursar jurisprudencia canónica y civil, mereciendo de aquella ilustre Academia los grados de doctor en ambos derechos (1771) cuando apenas contaba veintiún años de edad, y mereciendo también el amor y la veneración del pueblo zaragozano, por sus adelantos literarios, no menos que por su acendrada virtud.

De la Universidad de Zaragoza trasladase a la de Alcalá, incorporándose en ella en 1772 con la misma aceptación y aplauso con que había sido recibido en la primera como lo comprueba el hecho de habérsele encomendado, casi al mismo tiempo de su llegada, la cátedra de Concilios, en la que formó numerosos y distinguidísimos discípulos;3 sin que las tareas del magisterio fuesen un obstáculo para que desempeñase al propio tiempo los empleos de promotor fiscal de la curia eclesiástica y de vicario foráneo de aquel partido.4 Lejos de eso, tuvo ocasión de dejar imperecedera memoria, fundando en compañía de otros bienhechores el hospital de Nuestra Señora de Antezana en aquella ciudad, velando la puntual observancia de la disciplina eclesiástica y visitando el partido de Alcaraz con infatigable celo, sin dejar pueblo grande ni pequeño á que llegase, y sufriendo en muchas partes todo género de incomodidades por la aspereza de las montañas, la inclemencia de las estaciones y los peligros a que se hallan ocasionados los viajeros.

El SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT hizo después oposición a las canonjías de oficio de Sigüenza, Zamora y Toledo, alcanzando primero una de gracia y más tarde la penitenciaria de Zamora. Allí, como en todas partes, resplandecieron la ilustración y la virtud del joven sacerdote. "No había en toda la ciudad, dice uno de sus biógrafos, quien le consultara, ni negocio grave que el cabildo no le encomendara. Dos veces desempeñó con aplauso universal el empleo de provisor, vicario general y gobernador del obispado en dos vacantes de la Silla Episcopal. El Eminentísimo señor cardenal de Lorenzana, arzobispo de Toledo, como había sido el primero en discernir el espíritu y talentos de aquel insigne eclesiástico, y en proporcionarlo a los sublimes destinos a que llegó en su vida, se complacía al verlo en todas partes mismo atizaba sus deseos de promoverlo al coro de su iglesia y restituirlo al servicio de su sagrada mitra. Lo promovió y restituyó en efecto, y las virtudes del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT que observaba más de cerca y meditaba a sus solas el cauto y circunspecto prelado lo movieron dentro de muy poco tiempo a pedirlo al rey y al Papa p a r a su auxiliar en Toledo, y ambos soberanos a concedérselo con el título de obispo de Taumasia in partibus.5

El 21 de Febrero de 1795, fue consagrado obispo. Con este nuevo carácter, el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT que había alcanzado una serie no interrumpida de triunfos en su carrera eclesiástica, adquirió si cabe, mayor renombre pues tuvo ocasión de ejercitar su celo apostólico no solo en la eran Toledo, sino también en Madrid, cabeza de la monarquía, en cuya corte predicaba frecuentemente, atrayendo inmenso concurso siempre que ocupaba la tribuna sagrada. De aquí su promoción al obispado de Teruel, en cuya ciudad entró el día 2 de Diciembre de 1801.6

Ocho meses no más gobernó su nueva diócesis, y sin embargo, en tan reducido espacio de tiempo visitóla por completo; expidió muchos edictos para su buen gobierno, sabias Cartas pastorales para instrucción y edificación del pueblo; predicó todos los domingos del año restableció la escuela de Cristo; fomentó en el clero y en los hijos todos de Teruel las prácticas piadosas; frecuentó el hospital de la ciudad y cuidó de los enfermos como verdadero padre; hizo presentes a su iglesia; empleó en ella sus rentas, y, para decir o en una sola frase, llenó santamente sus elevadas obligaciones. Grande y justísimo fue, por lo mismo, el dolor de los teruelenses el día 28 de Julio de 1802 en que el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT se separó de su iglesia episcopal en virtud de haber sido promovido a la arzobispal de México.

Comenzaba todavía a gobernar aquella, cuando Carlos IV le designó para reemplazar al Sr. Haro y Peralta que acababa de fallecer. El SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, a pesar de que la jerarquía era mayor, sea porque amaba ya a sus nuevos diocesanos, sea porque su modestia y su humildad le hacían creerse poco a propósito para gobernar una Iglesia tan importante y vasta como la de México, o sea, en fin, porque es natural en el hombre el temor a las consecuencias de un cambio de clima y de costumbres, ello es que renunció tres veces el arzobispado a que se le promovía, y si lo aceptó más tarde fue por obediencia, pues el soberano, a pesar de aquellas renuncias, quiso que viniese a México.

Que Carlos IV tenía especial empeño en que el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT fuese arzobispo de la primera Iglesia  del Nuevo Mundo, lo testifica la siguiente carta del Exilio. Sr. D. José Antonio Caballero, Secretario de Estado y del despacho universal de Gracia y Justicia: "Aranjuez, 3 de Febrero de 1802. Amigo mío: el Rey necesita a vd. Arzobispo de México, y me ha mandado se lo diga, esperando su resolución para el nombramiento. Vd. es deudor a Dios de lo que es, y debe sacrificarse para su servicio: así, pues, lo espero sin réplica y el que mande a su seguro afectísimo amigo José Antonio Caballero. SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, obispo de Teruel." Resignóse el obispo, y, como hemos dicho antes, el día 28 de Julio salió de Teruel, y pasó a Madrid a visitar al soberano para despedirse de él.- El 9 de Octubre se hizo a la vela en el puerto de Cádiz el segundo apóstol Javier, como le llamaba el rey, y después de una travesía feliz aunque prolongada, llegó al de Veracruz el 16 de Diciembre del propio año, cuya fausta nueva fue celebrada en México en la forma de costumbre el día 22.

La primera disposición del arzobispo al desembarcar en Veracruz fue nombrar gobernador de la mitra al Dr. D. Juan Francisco de Campos, deán de la iglesia Metropolitana, quien con las formalidades de estilo tomó posesión el 27 en presencia de un numeroso y distinguido concurso, cantándose en seguida él Te Deum, repitiéndose el repique general y esparciendo una gran cantidad de monedas.

El SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, a quien había precedido su buen nombre, fue objeto de afectuosas demostraciones en todo el camino de Veracruz a México, y llegó a esta última ciudad el día 11 de Enero de 1803. La recepción que se le hizo, minuciosamente descrita en la Gaceta, fue en verdad solemne: "las calles estaban adornadas, se iluminaron por la noche y el gentío y la concurrencia fue en ellas y en la Catedral tan excesivos que se cree no haberse visto jamás mayor en esta Capital."7

Bien hizo el pueblo mexicano en recibir de tan afectuosa manera a su prelado. Más de ocho años empleados día a día en la práctica de las virtudes más hermosas, demostraron después, que por ardiente y entusiasta que hubiese sido la recepción del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, la merecía así, y todavía más espléndida. Le precedieron varones esclarecidos, cuya memoria no podía borrarse, y sin embargo, tan bondadoso y caritativo era, tan exacto en el cumplimiento de sus deberes pastorales, de pureza tan inmaculada sus costumbres, tan constante su voluntad de hacer felices a sus diocesanos todos, tan elocuente como orador sagrado, que no había motivo para echar de menos a ninguno de sus antecesores, sino para bendecir la hora en que fue electo sin que se interrumpiese la serie memorable de arzobispos ilustres que han gobernado la Iglesia de México.

No debemos pasar adelante sin refutar el cargo que un historiador mexicano hizo al SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT en uno de sus poco meditados libros. Dice D. Carlos María Bustamante que cuando llegó al país el nuevo prelado venia altamente prevenido contra los mexicanos, que los creía idiotas y que aquella época de ignorancia y corrupción era tal, que solo era comparable con la del mundo en los días del diluvio; pero que presto se desengañó y vio todo lo contrario de lo que le habían informado, porque luego que manifestó su opinión fue impugnada victoriosamente por un papel que corrió a sombra de tejado porque no había libertad de imprenta. Leyólo este prelado, concluye, y además del desengaño que recibió sobre su error, conoció que había pundonor entre los mexicanos que apreciaban su honor religioso tanto como el civil.8

No se necesita gran esfuerzo para refutar estas aseveraciones. Para darles crédito se necesitaría verlas apoyadas en algún documento, cosa que no procuró el historiador, sobre todo, se necesitaría ignorar que el Sr. Bustamante fue siempre poco o nada discreto al acoger consejas tratándose de algo que pudiese servir a su tenaz intento de probar que los españoles menospreciaban a los mexicanos, y que por eso debían los últimos conquistar su independencia. Pero aún hay más todavía. El Sr. Bustamante, hablando de la llegada del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, y antes de lanzar aquella acusación, dice: "muy luego manifestó su espíritu apostólico y buen celo. ¿Cómo creer entonces que un varón apostólico viniese altamente prevenido contra sus diocesanos? ¿No sabemos acaso que el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, obispo auxiliar de Toledo en la administración del Sr. Lorenzana, trató con intimidad a este prelado que acababa de residir en la Nueva España y había tenido ocasiones sobradas de apreciar y aun de proteger a los literatos nacidos en ella? ¿Puede siquiera suponerse que el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, hombre no solo ilustrado sino verdaderamente docto, tomase informes de otras personas, cuando podía dárselos y muy exactos el cardenal arzobispo que en la formación de sus obras utilizó los trabajos literarios de los mexicanos?

Ya tendremos ocasión en el curso de esta biografía de ver cómo el Sr. Bustamante incurre en contradicciones tan palmarias, que su criterio de historiador merece poca o ninguna estima; mucho más cuando se revela en casi todos sus escritos que fueron inspirados por un mal entendido patriotismo.

Fue la devoción uno de los rasgos característicos del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT. Su primer edicto, fechado el 30 de Enero de 1803, un día después de haber tomado personalmente posesión de la mitra, fue para convocar al clero a ejercicios espirituales. Decía así entre otras cosas: "La necesidad en que todos estamos de renovar el espíritu de nuestro ministerio, disipado frecuentemente basta entre las mismas funciones más santas, ha sido siempre el objeto principal que ha llamado toda nuestra atención desde que recibimos sobre nuestros hombros la servidumbre honorífica del cargo pastoral: ha sido la solicitud que no nos ha permitido lograr sosiego, hasta que ha llegado, gracias a Dios, la hora de poder convocaros a unos santos Ejercicios, en prueba del amor y cuidado con que miramos, y jamás dejaremos de mirar a nuestros Eclesiásticos, y para que más santificados vosotros por este medio en justicia, santidad y verdad, según nos lo tienen acreditado repetidas experiencias, quede santificado el Pueblo que el Señor ha querido confiarnos, y cuya santificación estriba y apoya sobre la vuestra, espectáculo de Dios, de los Ángeles y de los hombres.9

Quien así se expresaba, ofrecía con sus costumbres el mejor ejemplo que podía presentarse al clero. Era su palacio un lugar de recogimiento y de oración: sus puertas no estaban abiertas sino para asuntos del ministerio pastoral, y por donde quiera se descubría la rigidez de las prácticas de un prelado devotísimo, que empleaba las horas que le dejaba libres el despacho de los negocios, en la oración y en la penitencia, a pesar de que el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT se encontraba siempre extenuado por las enfermedades y por sus hábitos austeros.10

Débil y enfermo como se hallaba, aun postrado en el lecho, ejercía el gobierno con admirable eficacia. Fundó el pueblo de indios de la Concepción de Arnedo, manteniendo en él a sus expensas dos sacerdotes de Querétaro; dividió los curatos de Santiago y San Sebastián de Querétaro el primero en cuatro y el segundo en dos; el de Jonacatepec en tres; el de Huichapam en dos, y el de Tenango también en dos. Para reparar los templos destruidos o deteriorados solicitó y alcanzó del soberano la real orden de 18 de Enero de 1804 en que se destina para este piadoso objeto la tercera parte de la pensión de los curas interinos del arzobispado; celebraba en su palacio una junta semanaria de los curas; en otro día de la semana se tenía una conferencia en las parroquias; procuró la reforma en puntos de liturgia, extinción de abusos y mejora del ministerio sacerdotal; reglamentó los monasterios de religiosas y los tribunales eclesiásticos; imprimió en los ocho años, un mes  veinticuatro días que gobernó, veinticinco Cartas pastorales; expidió sinnúmero de edictos, y visitó su arzobispado.

Verdadero apóstol el Sr. LIZANA, tan pronto iba a las cárceles como a los hospitales, con el objeto de socorrer a presos y enfermos, a explicarles la doctrina cristiana y a confesar a muchos de ellos. En los hospitales probaba la comida, y se las daba a los enfermos por sus propias manos; en las cárceles vestía a los que hallaba desnudo. Auxiliaba a los moribundos y acompañaba en la capilla a los condenados a muerte en sus tres últimos días, siendo para todos inagotable su ternura y su caridad. Alguna vez sucedió que agobiado el Sr. LIZANA por sus males, se le vio caer desmayado sobre las camas de los míseros enfermos  a quienes iba a socorrer.11

Dotado de sentimientos piadosos, desde que se ordenó de presbítero hasta que murió, sentaba a su mesa a dos o más pobres todos los días, y a los que se había de dar precisamente el primer plato, y a quienes vestía una Vez cada año. Daba todos los meses dos o tres mil pesos de limosnas ordinarias, y otras gruesas sumas empleaban en socorrer secretamente a gran número de personas. Tenía, entre otras, la costumbre de ordenar a los curas que saliesen a averiguar las necesidades de sus feligreses para remediarlas él; a las monjas carmelitas les costeaba el pan de todo el año; fundó en el hospital de Pachuca una sala para mujeres; contribuyó con fuertes cantidades para la ampliación del hospital de San Lázaro de México; a la Casa de niños expósitos de esta ciudad, donó por escritura de Setiembre de 1803 todas las alhajas de oro y plata que se hallaran entre sus bienes a la hora de su fallecimiento, reservándose entre tanto el uso de ellas con la calidad de pagar a dicha casa el rédito correspondiente al valor de las mismas alhajas. Al convento de religiosas de Santa Inés, al colegio de San Fernando, a los hospitales de San Juan de Dios y San Hipólito, al Hospicio de pobres, a la referida Casa de niños expósitos, y a otros varios establecimientos de la ciudad, tenía asegurada el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT una buena limosna cada mes.

Dotó con catorce mil pesos los solemnes maitines de toda la octava del Corpus en la Metropolitana, y envió ricos presentes desde México a cada una de las tres parroquias de la ciudad de su nacimiento; y para decirlo de una vez, aquí como en todas las ciudades en que ejerció su ministerio, repartió cuanto había adquirido. Los pocos bienes de que pudo disponer a la hora de la muerte, los dejó en su testamento a los pobres del arzobispado. Súbdito fiel, solo en los tres últimos años de su vida hizo donaciones a la corona por valor de más de ciento treinta mil pesos.

Que el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, a más de ser eminentemente caritativo, dio pruebas de grande ilustración, bien lo demuestra el hecho de haber ocupado con tal frecuencia el púlpito, que a su muerte se hallaron entre sus papeles más de tres raíl sermones, de los cuales muy pocos vieron la luz, porque su excesiva modestia rehusó aquella pública demostración de sus dotes oratorias.12 Interminable se haría este estudio biográfico, si pretendiéramos continuar revelando las virtudes de que se hallaba adornado el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, virtudes que le colocan entre los más fervientes y esclarecidos apóstoles del Cristianismo. Creemos que lo ya dicho basta a nuestro objeto; mucho más cuando aún tenemos que hablar, siquiera sea brevemente, de su gobierno virreinal.

La injerencia del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT en los asuntos públicos o del Estado, fue para él fuente de sinsabores y pesares. Su carácter no era en verdad a propósito para las intrigas y luchas políticas, y solo sabiendo que era un hombre débil a quien arrastraban los que ejercían influencia en su ánimo, se comprende que hubiese tomado parte en los sucesos que motivaron la deposición del virrey Iturriaga. Que cooperó a ella es cosa que no puede ponerse en duda, y que se arrepintió de la participación que tomó, también es evidente.

Fue el año de 1808 fecundo en disturbios para México, y puede decirse que gracias a esos disturbios tomó creces la conspiración de los insurgentes, y que sirvieron por lo mismo para preparar la emancipación de nuestra patria. Muy largos de referir serían los pormenores de esos acontecimientos y por lo mismo nos limitamos a apuntarlos únicamente, mucho más cuando ni seria propio de esta obra tratarlos con extensión, ni faltan libros que consultar sobre la materia.

Dictó oportunas y eficaces providencias para prevenir la escasez de semillas; solicitó dos empréstitos de consideración para las necesidades de España; ejecutó el embargo de los bienes del marqués de Branciforte y del duque de Terranova; confiscó los del duque de Monteleone; compró armas para enviar a la metrópoli, y en una palabra, procuró cumplir con sus deberes de español cooperando activamente al restablecimiento de la paz. Empero como dicho queda, el Sr. LIZANA carecía de las dotes que ha menester un hombre de

Estado, y sus vacilaciones, su timidez, la facilidad con que cambiaba de opinión según las personas que de cerca le rodeaban, hicieron que distase mucho de merecer el renombre que algunos de sus antecesores alcanzaron por haber ejercido ambos mandos el político y el religioso, de la manera que vimos al tratar de Moya y Contreras, de Palafox, de Payo de Rivera, de Ortega Montañés, de Vizarrón y de Haro y Peralta. Mas es preciso ser justos. Tiempos tranquilos, de obediencia ciega en el interior y de paz completa en la Metrópoli, fueron aquellos en que gobernaron el virreinato los personajes que acabamos de citar; mientras que al SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT tocáronle días de lucha por donde quiera, y ya no el que solo aspiraba a cumplir con sus deberes de ministro del altar y de hombre piadoso, otros que parecen nacidos para la intriga política, se desconciertan y yerran al encontrarse a frente de una situación grave, como lo era la que atravesaban España y sus colonias al comenzar el siglo actual.

Por nombramiento de la Junta Central, tomó el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT posesión del virreinato el 19 de Julio de 1809, y ejerció el poder hasta el 8 de Mayo del siguiente año, gratuitamente. En esos nueve meses y algunos días, gobernó el arzobispado, a disgusto de la sociedad mexicana, el inquisidor Sáenz de Alfaro, primo del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT y que ejerció por desgracia sobrada influencia en su ánimo.

En aquel periodo, España se encontraba agitada por la guerra con Francia, y aquellas agitaciones se hacían sentir aun en sus colonias del Nuevo Mundo. México debió a ellas, puede decirse, su independencia; pues fue en esta época en la que el espíritu público tomó mayor vuelo en favor de la libertad, contribuyendo sin duda la publicación de las noticias de la Metrópoli ordenada por el arzobispo-virrey. Este, no solo tenía que estar atento a la política europea y a la interior, sino también a la actitud de los Estados-Unidos del Norte. Durante su administración, México, así como las demás colonias, fue declarado parte integrante de la monarquía, y con derecho por lo mismo a elegir un representante, que lo fue el Sr. D. Miguel Lardizábal y Uribe.

Cometió errores, es verdad; pero a pesar de ellos, puede asegurarse que ni su voluntad qué la de perjudicar a nadie, ni el poder que ejerció debilitó en lo más mínimo la bondad de su carácter, ni la pureza inmaculada de sus costumbres, ni ninguna de aquellas relevantes cualidades de que se hallaba adornado. El que fuese pusilánime no le rebaja a nuestros ojos, ni podemos considerarle pequeño porque no tuvo el don de gobierno.  Fijas sus miradas en el cielo, los intereses mundanos eran para él desconocidos puede decirse, y la rectitud de sus intenciones, su desprendimiento, su humildad, y hasta la alegría que mostró al dejar el mando1 prueban bien claramente que no cabían en su alma noble y generosa aquellas pasiones que dominan por completo a los hombres desde que se inocula en ellos el virus ponzoñoso de la política, Orilláronle á ese abismo acontecimientos que no llegó a prever: abandonó por un momento aquel pacífico retiro en que vivía, y se encontró en otra esfera distinta de la suya; cruzó una senda por él nunca transitada, y vaciló por eso a cada paso, y, apenas le fue dado, volvió a sus antiguos hábitos. ¡Qué mucho que el SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT se hubiese equivocado!

La vida del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT había sido una preparación constante para la muerte. Su in quebrantable fe católica le hacía no ver en la tierra sino un tránsito para otro mundo mejor, cuya posesión solo podía adquirirse por medio de la penitencia y de las buenas obras. Así, cuando descubrió en su última enfermedad las señales de su muerte próxima, creció su fervor, multiplicó sus devotas prácticas, esperó tranquilo la hora por otra temida, y falleció a las cinco y media de la tarde del 6 de Marzo de 1811.

Enterrósele con la magnificencia acostumbrada en México, y su cabildo le consagró honras solemnes en los días 20 y 21 de Julio del siguiente año, diciendo el elogio latino el Sr. Fonte, canónigo doctoral entonces y sucesor del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT como veremos más adelante y el elogio castellano el Dr. D. José María de Alcalá y Orozco, canónigo magistral,  habiéndose estrenado en tan fúnebres ceremonias un magnífico Cenotafio o túmulo debido al insigne D. Manuel Tolsá, arquitecto de quien conserva la ciudad de México grata memoria por los monumentos artísticos que aquí dejó.

El fallecimiento del SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT fue motivo de justo duelo para la sociedad entera, porque había sido "un virrey hombre de bien y justo y un arzobispo austero, celosísimo, dulce para sus ovejas y de un candor angelical, valiéndonos de las mismas palabras de un escritor que le conoció muy de cerca.3 Los mismos que le han censurado por sus desaciertos políticos, confiesan que fue un hombre que atesoró las más hermosas virtudes. Nadie ha puesto en duda su honradez, ni sus buenas intenciones, y los mismos que le depusieron del mando civil de la Nueva España, los oidores, le tributaron un homenaje de respeto en el documento que vamos a reproducir porque no se encuentra en ninguna de las obras en que se le ha juzgado como hombre público. Dice así: "Sr. Queriendo esta real Audiencia recomendar a V. M. el relevante mérito que ha contraído el M. R. arzobispo de esta Iglesia SR. DR. D. FRANCISCO JAVIER DE LIZANA Y BEAUMONT, mientras ha servido este virreinato, advierte, que a pesar de la natural fecundidad del asunto, nada puede decir que no haya dicho ya Y. M. en la misma real orden en que se ha servido relevarlo del mando. Que ha correspondido dignamente a la confianza soberana; que le han sido gratos á V. M, sus buenos, útiles, importantes y señalados servicios menos que el inextinguible amor que ha manifestado al Rey, y a la Patria; que ha dado continuos testimonios de virtud y patriotismo; y que siempre será agradable á Y. M. la memoria de un tan fiel vasallo, que por amor y lealtad a su real persona, y en obsequio del bien público, ha sacrificado con generosidad sus intereses y comodidades.

"Todo esto ha dicho Y. M. describiendo enérgicamente en pocas líneas las sublimes cualidades que adornan a este benemérito prelado, y manifestando el alto concepto que se ha adquirido justamente en el desempeño del gobierno de este rey no. Y pues a un elogio tan completo como exacto, no puede añadir cosa nueva este tribunal; dirá solamente que sus ministros son testigos presenciales de los hechos en que se funda: que como tales aseguran la justicia y exactitud de la calificación: y que a esta les parece consiguiente, que usando V. M. de su real munificencia, con un objeto tan digno de ella como lo es el M. R. arzobispo, se sirva dispensarle alguna gracia correspondiente a su elevado carácter, que premiando su mérito estimule a la imitación de sus virtudes.—Dios guarde á Y. M. muchos años.—México, 29 de Mayo de 1810.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 206-213.

2 El primero era de las familias más antiguas, nobles y distinguidas de Aragón y la Rioja; fue colegial mayor de San Ildefonso de Alcalá y oidor de la Coruña. La segunda descendía de los reyes de Navarra y su familia gozaba de asiento perpetuo en las cortes de aquel reino. Ambos consortes fueron señores de vasallos de Robles y de la Vega.

3 Muchos discípulos del  Sr. LIZANA desempeñaron empleos elevados en las Audiencias y Catedrales de la antigua España. En la Nueva vivían cuando él gobernó, D. Jacobo Villaurrutia. alcalde del crimen"; D. Ambrosio Sagarsurrietn, fiscal de la real Audiencia; 1. José Hincheta. oidor honorario dé Guadalajara; D. Pedro Agustín Estévez y Ugarte, obispó de Yucatán, en donde se conserva de él gratísima memoria; y D. Manuel de la Bodega, oidor de México.

4 Alcalá y Orozco, Elogio fúnebre del Sr. Lizana, pág. 10.

5 Visitando el arzobispado de Toledo, le sorprendió en la mitad de un monte una cuadrilla de ladrones; mas luego que le conocieron se acordaron de los beneficios que habían  recibido de él en la cárcel, y que a dos de ellos les había librado de la pena capital, y no solo no le robaron, sino que le acompañaron para salvarle de otra cuadrilla había librado de la pena capital, y no solo no le robaron, sino que le acompañaron para salvarle de otra cuadrilla que le esperaba.

6 Alcalá y Orozco, op. cit. páginas 12 y 13.

7 Gaceta de México, del viernes 11 de Febrero de 1803

8 Bustamante, en la continuación de la Historia del P. Cavo.

9 Puede leerse este edicto en In Gaceta de 11 de Febrero ya citada.

10 Cuando murió, se encontraron ocultos los instrumentos con que atormentaba su cuerpo el Sr. LIZANA. En las notas del Elogio fúnebre ya citado, hallará el lector muchos pormenores que sería cansado referir aquí.

11 Alcalá y Orozco, op. cit

12 Asegura Beristain en su Biblioteca, que con las Cartas pastorales, Sermones, Edictos y Proclamas del Sr. LIZANA, podrían formarse tres tomos en 4". Adviértase que Beristain solo habla de las piezas que vieron la luz, y que el número de Sermones que señalamos en el texto es el que trae Alcalá y Orozco.


Ilmo. Sr. D.  Antonio Bergosa y Jordán

(1812 – 1814 Nombrado)

Era obispo de Oaxaca cuando la regencia que gobernaba España lo eligió para el arzobispado de México, pero Fernando VII no lo aprobó, por lo que volvió a Oaxaca.

  • Posesión del gobierno: 17 marzo 1813
  • Término del gobierno: 8 abril 1815

Natural de Jaca, Huesca, nace en 21 de febrero de 1748. Realizó sus estudios en España. Se ordenó sacerdote en 1773. El 23 de febrero de 1801 fue elegido obispo de Antequera (Oaxaca) en la Nueva España, fue consagrado el 4 de abril de 1802 y tomó posesión de su diócesis el 2 de mayo del mismo año.

Llegó a ser Arzobispo electo de México pero no tomó posesión de la arquidiócesis. Fue inquisidor, suspendió su cargo cuando en 1813 los diputados de las Cortes de Cádiz abolieron el Santo Oficio. Reanudó sus actividades en julio de 1814 cuando Fernando VII recuperó su trono. Fue depuesto de su mitra por haber apoyado a la Constitución de Cádiz, por tal motivo tuvo que defender su conducta y reafirmar su lealtad al monarca. El 15 de noviembre de 1817 fue nombrado arzobispo de Tarragona. Murió el 18 de julio de 1819.

Dista  mucho de merecer el nombre de biografía lo que acerca del SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN vamos a decir; porque tan escasas son las noticias que de él existen, que apenas nos ha sido posible formar estos brevísimos apuntamientos, sin embargo de haber emprendido laboriosas investigaciones.2

El Illmo. SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN nació en la ciudad de Jaca (Aragón), y fue doctor en cánones y relator de la Suprema Inquisición. Habiendo venido a México fue nombrado inquisidor, cuyo puesto desempeñó desde el 20 de Agosto de 1709 hasta 13 de Octubre de 1800, en que se separó para ir a Oaxaca por haber sido electo obispo de aquella diócesis.

De su gobierno pastoral en Oaxaca, tampoco tenemos noticias bastantes para satisfacer la justa curiosidad del lector. Tan solo sabemos que entró a esa ciudad el 3 de Mayo de 1802 y que el día 14 de Julio ele 1804 bendijo solemnemente la iglesia ele San Agustín de dicha ciudad, maltratada por el terremoto del 5 de Octubre ele 1801. En menos de seis meses llevóse a cabo la reparación ele este templo, gracias al infatigable celo del SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN, quien a pesar ele sus enfermedades arbitró recursos y probó a los que creían imposible la realización ele la obra, que él sabía vencer cuantas dificultades se oponían al logro de sus proyectos. En el mismo año de 1804, a 2 de Setiembre, consagró en la catedral de Puebla al Illmo. Sr. Dr. D. Manuel Ignacio González del Campillo, obispo ele aquella diócesis, con quien llevó estrechas relaciones hasta la muerte de aquel prelado ocurrida nueve años después.

Cuando en 1810 el cura de Dolores dio el grito de libertad, el SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN se distinguió por el ardor con que tomó la defensa de los intereses españoles en América, y no omitió medio alguno para impedir los avances de los insurgentes, por cuyos méritos la regencia que gobernaba por la cautividad ele Fernando VII, al recibir la noticia del fallecimiento del Sr. Lizana designó al SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN para cubrir la vacante. Refiriéndose a este punto dice uno de nuestros más conocidos historiadores: "El obispo de Oaxaca, SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN, fue promovido al arzobispado de México vacante por la muerte del Sr. Lizana, en recompensa de haber levantado en Oaxaca un regimiento compuesto de eclesiásticos cuyo coronel era el mismo obispo, que jamás llegaron a ver la cara al enemigo como debe creerse de tales soldados, y que vieron entrar tranquilamente al Sr. Morelos en la ciudad3, contentándose con repicar las campanas.4 Llegó a México el SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN, para tomar posesión de su nueva iglesia, el día 13 de Marzo de 1813.

Su gobierno se redujo a ayudar con el poder de la Iglesia al virrey Calleja, de odiosa memoria para los mexicanos. Calleja consultó al SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN, entre otros asuntos, que debía hacerse con el clero de Querétaro que se mostraba adicto a los insurgentes, y en oficio de 30 de Mayo de 1813 contestóle el arzobispo que no había méritos para proceder contra los curas sino para instruir una información sumaria, y que ya había dado comisión al P. Bringas del convento de la Cruz para que la instruyese contra el cura de Santiago de dicha ciudad, medida que, dice, había adoptado por no tener plena confianza de ningún eclesiástico de aquella corrompida ciudad.

Este lenguaje, poco a propósito en los labios de un pastor, era dictado por la pasión política que dominaba por completo al SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN, a quien, por otra parte, había dado los peores informes  del clero de Querétaro un P. Toral que mucho figuró en la política de aquellos días de desconcierto y de odios.

Lo que se pretendía del clero queretano no podía, en verdad, ser más absurdo y aun criminoso Para amedrentar a los mexicanos que demostraban tendencias más o menos sostenibles en favor de la libertad, se recurrió a las armas que sobre las conciencias podía esgrimir todo sacerdote adicto a la dominación española. El confesonario mismo se puso a disposición del poder civil para denunciar como reos de traición a la patria a aquellos que cometían la debilidad de decir a los sacerdotes que eran adictos a la causa de la Independencia. Esto pugnaba con la conciencia y las particulares afecciones de la mayor parte del clero queretano, y de aquí las quejas del virrey y las medidas del arzobispo.

No nos extenderemos en este respecto. Lo dicho basta para que se comprenda cuál fue el papel que tocó desempeñar al SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN en los días de su gobierno. Benstam en su obra tantas veces citada asegura que podría formarse un tomo en 4º con las Cartas pastorales, Edictos, Exhortaciones, Pláticas y Sermones que sobre la obediencia a las potestades constituidas, sobre la paz, sobre libros prohibidos, sobre aranceles y otros puntos de disciplina eclesiástica y civil, dio a luz el SR. DR. D. ANTONIO BERGOSA Y JORDÁN.

Cuál hubiese sido su conducta en su nueva diócesis y cuando hubiese fallecido, cosas que no podemos decir  por los motivos expresado al principio.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 214-215.

2 Si más tarde obtuviéramos los datos que a varias personas hemos pedido, los publicaremos en el Apéndice.

3 La entrada del Sr. Morelos en Oaxaca tuvo lugar el 5 de Noviembre de 1812.

4 Zavala. Ensayo histórico, pág. 80.


24. El Ilmo. Sr. Dr. D. Pedro José de Fonte y Hernández de Miravete

(1815 - 1837)

  • Presentado: 7 enero 1815
  • Posesión del gobierno: 17 junio 1815
  • Consagración: 29 junio 18161
  • Posesión canónica: 30 junio 18162
  • Sale de México: 22 febrero 18233
  • Renunció: 28 diciembre 1837

1 Actas de cabildo, vol. 68, ff. 93 v.-96.
2 Actas de cabildo, vol. 68, ff. 96 v.-99 v.
3 Es posible que Fonte haya salido de la ciudad de México a fines de octubre (aún participa en las ceremonias del juramento de la Independencia) o principios de noviembre (cuando el deán aparece como gobernador de la mitra el día 10) de 1821 y haya decidido permanecer en las cercanías para ver qué rumbo tomaban las cosas después de la consumación de la Independencia. En enero de 1822 estaba en la hacienda de Atlacomulco y en junio está en la hacienda de San Nicolás (Lerma), mes en el que se ve ahuyentado por los “sucesos del mes de mayo”, como él mismo dice. El cabildo recibió una carta de Fonte para avisar que “Por consecuencia de los acontecimientos políticos ha llegado el caso de que yo salga de la diócesis…”, fechada en Huehuetlán el 30 de enero de 1823, y después recibió otra misiva fechada en La Habana el 16 de marzo de ese año, por lo que el arzobispo abandonó su arquidiócesis, vía Tampico, en el mes de febrero. Cartas de Fonte transcritas en Actas de cabildo, vol. 70, ff. 32, 161, 219, 227. La fecha exacta de su embarcación en David Branding, El ocaso novohispano. Testimonios documentales, INAH-CONACULTA, México, 1996, p. 282.

Nació en Linares, Diócesis de Zaragoza en 13 de mayo de 1777. Doctor en Cánones por aquella Universidad; Abogado de los Reales Consejos, opositor de las Canongías Doctorales de Zaragoza y Teruel; Fiscal del Tribunal de Visita de la misma metropolitana.

Provisor y Vicario General Interino de Teruel; Inquisidor honorario del Santo Tribunal de México, Capellán de las religiosas de Santa Teresa de la Nueva Fundación, Cura del Sagrario de esta Santa Iglesia Catedral, Provisor Vicario General, Juez de Testamentos y Capellanías de este Arzobispado; primer catedrático de disciplina eclesiástica en esta Real Universidad; Conciliario de la Real Academia de San Carlos de Nueva España y canónigo doctoral de esa Metropolitana.

Electo arzobispo en 6 de enero de 1815, se consagró y recibió el Sacro Palio en su Santa Iglesia el día 29 de junio de 1816. Murió en Madrid, el 11 de junio de 1839.

No se encuentran en la vida del prelado objeto del presente estudio, aquellas acciones que sirven para inmortalizar al hombre en la memoria de un pueblo; mas no por eso es menos digno de respeto su nombre en los fastos de nuestra Iglesia. Como mexicanos podemos amarle, sin temor de que nadie se atreva a tacharnos de ingratos; pero si queremos ser imparciales, si deseamos ser justos, debemos despojarnos de nuestras particulares afecciones para examinar fríamente cuáles fueron los móviles que le impulsaron a contrariar con toda la energía de su espíritu los esfuerzos de los héroes a quienes debemos nuestro carácter de miembros de una nacionalidad libre y soberana.

Tocóle al SR. FONTE gobernar en una época de lucha y desconcierto en la que sus rentas se minoraron, por una parte, y por otra fue preciso emplearlas no en obras filantrópicas a la manera de sus antecesores, sino en proporcionar recursos para la conservación del dominio español en esta parte del Nuevo Mundo. Por eso habremos de referir aquellas donaciones benéficas, aquellas cuantiosas limosnas que hacen amable la memoria de la mayor parte ele los personajes ele quienes hasta hoy hemos tratado.

Vio el SR. FONTE, como español que era, y porque, a pesar de ser su pastor, se había identificado con los mexicanos; vio, decimos, en los conatos de los libertadores algo como una traición a la madre patria, algo como un delito nefando que debía ser castigado severa y ejemplarmente. No poseía el espíritu filosófico necesario para comprender que más tarde o más temprano tenían que desprenderse de la corona de Castilla las joyas que formaban sus colonias en América, y empleó toda su energía, toda su actividad, todo su poder eclesiástico en secundar al poder civil que luchaba sin tregua por vencer la insurrección iniciada en el pueblo ele Dolores. Cuando la guerra terminó, después de haber favorecido la victoria a los mexicanos, el SR. FONTE se resignó a permanecer en medio de un pueblo cuyos sentimientos estaban en pugna con los suyos, temiendo acaso ser víctima de los rencores de partido, y antes de ser tratado con hostilidad o menosprecio, abandonó furtiva, mente, puede decirse, nuestro territorio, para no volver a él jamás.

Nosotros creemos que el SR. FONTE, cumpliendo con los que él juzgaba deberes de un español, estuvo en su derecho al contrariar como contrarió la independencia de México. Pero si su conducta en este respecto es justificable, dando por supuesto que un ministro del altar deba ingerirse en negocios meramente políticos, no creemos que sea igualmente justificable la manera poco discreta con que abandonó su archidiócesis.

Por lo mismo que juzgaba que la emancipación política de este país era un mal para sus hijos, de quienes él era pastor, obligación imprescindible era que permaneciese a su lado para evitar, en lo que a la cuestión de principios religiosos se refería, los trastornos que, aunque sin fundamento, podía temen Abandonar su grey en aquellos días de transición fue subalternar sus deberes de prelado a sus afecciones patrias, y esto envuelve una falta gravísima de la que nadie podrá defenderle victoriosamente. El hombre al ponerse al servicio del altar renuncia a todo lo que pertenece meramente a la tierra; fijas sus miradas en el cielo, ni le importa la forma del gobierno, ni le preocupan las personalidades mientras éstas no vulneren los intereses sagrados. ¿Sucedía, acaso, esto último al emanciparse México de su metrópoli? El lector que conozca, siquiera sea superficialmente, la historia de la revolución mexicana iniciada en 1810 y consumada en 1821, podrá responder fácilmente a esta pregunta.

Que faltó a su deber el SR. FONTE abandonando el gobierno de su arzobispado, bien lo demuestra la severa reprensión que le hizo la Santa Sede y el habérsele puesto por ella misma en la disyuntiva de volver a México o renunciar la mitra. Optó por lo último, según veremos en su lugar, y en verdad que así debía haberlo hecho desde el momento en que sus preocupaciones políticas le indujeron a salir del país. Entonces ni habría sido reprendido, ni empañaría el lustre de su nombre esa mancha. Tal es, a nuestro juicio, la principal acusación que la historia puede hacer del último arzobispo de México durante la dominación española; acusación que sentimos consignar, pero de la que no podemos hacer caso omiso, porque de la misma manera que hemos tributado elogios a toda acción digna de ellos, censuramos lo que censura merece.3

Hechas las anteriores reflexiones, tiempo es ya de narrar la vida de nuestro personaje. El ILLMO. SR. DR. D. PEDRO JOSÉ FONTE Y HERNÁNDEZ DE MIRAVETE nació el 1 3 de Mayo de 1777 en la villa de Linares, Provincia de Aragón y Arzobispado de Zaragoza en España, de padres que lo fueron D. Juan Francisco Fonte y Gargollo y Doña María Ramona Hernández de Miravete.4

Cursó gramática latina, retórica, humanidades, dos años de filosofía y otros de economía civil en el Seminario Conciliar de Zaragoza, habiendo obtenido premio en cada uno de los tres últimos años. Estudió otros cuatro de jurisprudencia civil y dos de canónica en la Universidad de la misma ciudad, recibiendo sucesivamente los grados de bachiller, licenciado y doctor. En seguida fue nombrado representante por cinco años para cursantes de leyes públicas y sustituyó después las cátedras del decreto  y sexto en cánones y de código e instituta de leyes.

Su instrucción y sus méritos le granjearon el título de individuo de la real academia jurídica práctica y abogada de los reales consejos desde el 21 de febrero de 1801; fiscal del tribunal de vista en sede vacante por el nombramiento del cabildo metropolitano de Zaragoza y del obispado de Tudel mas tarde.

En 1789 hizo oposición ala canonjía doctoral de Zaragoza repitiendo la oposición al año siguiente  y en julio de 1801 a la de Turel. Algunos meses depuse (23 de noviembre) se opuso a la canonjía penitenciaria  de ese último obispado y la obtuvo y poseyó desde el 26 de dicho mes de noviembre  hasta el 29 de junio del siguiente año en que se separó de ese puesto.

El 14 de febrero de 1802 recibió el orden del diaconado, y siete días más tarde la del presbiterado con licencias generales en las diócesis de Zaragoza y Turel, siendo nombrado fiscal eclesiástico, abogado de cámara, examinador sinodal, provisor y vicario general interino de Turel. Nombrado arzobispo el Sr. Lizana el rey lo nombro catedrático de disciplina eclesiástica  que sin estipendio alguno desempeño hasta que en octubre de 1806 tuvo que renunciar por ser incompatible con otros puestos que desempeñaba entonces. Una real cedula fechada en  13 de diciembre  de 1790  concedía permiso al SR. FONTE para hacer oposición a curatos, y habiendo uso de ella mereció la primera graduación  y fue presentado ara el del Sagrario de México, que sirvió con empeño desde el 2 de mayo de 1804 hasta el 21 de enero de 1810, en que paso a canónigo doctoral como veremos en su lugar. Fue indiviso y consiliario de la congregación de oblatos, a la que asistía frecuentemente, predicando varias veces. También se dedicó al confesionario de religiosas, especialmente con las descalzas de santa Teresa de las que fue capellán mayor.

Que en todos los destino enumerados dio  el SR. FONTE pruebas de inteligencia  y acierto,, lo testifica la manifestación que en 1805 hizo el Sr. Lizana al Rey “de que estaba satisfecho del desempeño que sin embargo a su temprana edad daba el SR. FONTE a sus destinos, no habiendo queja ni reclamo justo en la superioridad contra sus procedimientos”  y lo testifica también el informe que el virrey dio a la corona en 1806  recomendando el mérito y circunstancias del mismo Sr. Fonte y la integridad y acierto en el desempeño de las actividades que se le confiaban. A estas buenas circunstancias debió haber sido nombrado varias veces por ausencias y enfermedad de los propietarios, provisor de indios y juez de capellanías y el gran concepto que de él tenían los virreyes  que le distinguieron con graves e importantes comisiones.

Desde el 13 de marzo de 1807 hasta 1811, asistió al tribunal del santo oficio como ordinario, por los Ilmos. Sres. Arzobispo de México y obispos de Puebla, Oaxaca, Guadalajara, Sonora y cabildo-sede vacante de Michoacán, en cuyo cargo así como en los demás en que tuvo relación con aquel tribunal  se condujo a satisfacción del mismo. Además de la jurisdicción ordinaria, ejerció en esos seis años la castrense  contenciosa no solo en los juicios de primera instancia en México  sino también en los de apelación de los ocho obispados que entonces eran sufragáneos, siéndolo también en el mismo grado  en los que pasaron a su tribunal como metropolitano  de los indicados sufragáneos  y de los jueces de capellanías y hacedores de diezmos.

El 4 de diciembre de 1807  fue condecorado con el nombramiento de  Académico de honor de la real academia de Nobles Artes de San Carlos en México. En 1808 se opuso a la canonjía doctoral de México, y la obtuvo, mas no entró a desempeñarla  hasta el 21 de Enero de 1810 en que se separó del curato del Sagrario, como dijimos hace poco.

Tal es la relación de los servicios del SR. FONTE hasta que fue elevado a la mitra de México en 1815. Su presentación, motivada por la vacante del arzobispado, muerto el Sr. Lizana y desaprobado por las cortes españolas el nombramiento del Sr. Bergosa de quien acabamos de hablar; su presentación, decimos, fue el 4 de Setiembre de ese año. El 21 de Junio siguiente fue consagrado en la catedral por el Sr. Bergosa, con asistencia del Sr. arcediano Dr. Juan Sarria y el maestre-escuelas Dr. D. José Gamboa, como obispos mitrados. Contaba A la sazón el SR. FONTE, 39 años, 3 meses y 16 días de edad.

De su gobierno pastoral, que duró cinco años, solo podemos dar brevísimas noticias, porque durante ese periodo la guerra de independencia absorbía por completo la atención y los escritores que de esa época se han ocupado no hablan sino de lo que a aquella lucha se refiere. Ya en la introducción de esta biografía hemos expresado nuestro sentir acerca de la conducta política del SR. FONTE, cuya hostilidad perjudicó no poco a la causa de la libertad mexicana, y por lo tanto no creemos oportuno insistir en este punto, bastándonos manifestar que cuando vio consumada la independencia (1821), con pretexto de visitar el arzobispado salió de México. Dirigióse á Toluca y después a Cuernavaca, y regresó en seguida a la hacienda de San Nicolás Peralta, donde confirió las últimas órdenes, entre otros al Sr. Madrid que recibió la del subdiaconado y que más tarde fue obispo de Tenagra in partibus.

Después, encaminóse el SR. FONTE á Tampico, en donde se embarcó para España, hacia su residencia en Valencia, donde el 3 de Junio de 1824 obtuvo la administración del arcedianato mayor de aquella metrópoli, beneficio pingüe por demás, que debió seguramente a los buenos servicios prestados a España en México durante los cinco años en que se ostentó enemigo formidable de los libertadores.

Un escritor peninsular5 refiere que el SR. FONTE fue presentado para el primado de Indias; pero no sabemos que hubiese llegado a obtener aquella elevada jerarquía. Antes de continuar diremos que el SR. FONTE consagró en el Oratorio de San Felipe Neri el 4 de Agosto de 1818 al Sr. Castañiza, obispo de Durango, y el 27 de Diciembre de 1817 á Fr. Bernardo Martínez, obispo de Sonora, en la capilla del Señor de Santa Teresa.

Era ya el año de 1838, es decir, diez y siete años después de la salida del SR. FONTE de México y aún no renunciaba este arzobispado, a pesar de que por los mexicanos no tema la menor simpatía y a pesar de que, como vimos no hace mucho, se hallaba disfrutando un beneficio muy pingüe en Valencia. Entonces la Santa Sede, como era natural y debido reprobó al SR. FONTE aquella conducta opuesta a las obligaciones de un buen sacerdote, y le intimó que renunciase la mitra o volviese a encargarse de su gobierno.6 Mal podía avenirse a esto último y optó por lo primero, cuya noticia llegó a México el 11 de Abril de 1838.7

En esa larga vacante gobernaron el arzobispado vanos capitulares, siendo el primero el Sr Dr. D. Antonio Fernández de la Madrid, competidor que fue del SR. FONTE cuando éste se opuso a la canonjía doctoral y que llevó con él muy estrechas relaciones. Al año siguiente de la renuncia del SR. FONTE, falleció en Madrid, el 11 de Junio a las cinco y cuarenta y cuatro minutos de la mañana, a la edad de 66 años, 2 meses y 29 días. Su cadáver fue sepultado en la iglesia del real hospital de Monserrate de la corona de Aragón.

 1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 216-219.

2 Aunque el Sr. FONTE no gobernó más que seis años, pues en 1821 abandonó el país, su renuncia la presentó sino en 1838, y de derecho fue arzobispo de México durante el periodo que abrazan estas dos fechas.

3 Hay todavía otra acusación grave que hacer al Sr. Fonte. Debió su elevación, no solo a sus propios méritos, sino al eficaz apoyo del Sr. Lizana desde que éste era obispo de Teruel; y a pesar de que por gratitud debió serle consecuente fue uno de sus enemigos, uno de los que hicieron coa sus informes que fuese despojado el arzobispo del mando del virreinato. El Dr. Mier, Bustamante, Alamán y cuantos historiadores han tratado del gobierno colonial, consignan esta ingratitud del Sr. Fonte, y nadie se ha atrevido a vindicarle ante la posteridad.

4 Debemos las noticias que se contienen en esta biografía a la bondad del Sr. Pbro. D. Vicente de Paul Andrade, quien las sacó de la relación de méritos que presentó el Sr. Fonte cuando se opuso a la canonjía doctoral de México, y de otras fuentes de toda confianza Sm la cooperación de este ilustrado sacerdote, casi ninguna fecha habríamos podido consignar, porque el señor arce deán actual Dr. Primo de Rivera, no se dignó franquearnos los archivos de la Catedral cuando a él ocurrimos con el objeto de adquirir noticias relativas al Sr. Fonte. Refractario el Sr. Primo de Rivera a todo lo que con las bellas letras se relaciona, nos recibió con visible desdén, con acritud puede decirse, y ya nos resignábamos á no ofrecer al lector sino los brevísimos apuntamientos que poseíamos, cuando el Sr. Pbro. Andrade nos facilitó datos apreciables; por los que le tributamos nuestra gratitud en este lugar, de la misma manera franca con que decimos que el Dr. Primo de Rivera no pertenece al número de sacerdotes ilustrados que han honrado a las letras mexicanas o ayudadas cuando menos a los cultivadores de ellas.

5 D. Vicente de la Fuente en su Historia eclesiástica de España.

6 EL Sr. Pérez obispo de Oaxaca, abandono su diócesis por las mismas causas que el Sr. Fonte y como él fue compelido a volver a ella o renuncias como lo hizo, imitando también en esto al arzobispo.

7 En un manuscrito del campamento de  Catedral que posee nuestro amigo el Sr. Agreda se lee lo siguiente “el miércoles santo de este año (1838) que cayó en once de abril, llego aquí la cedula de renuncia de nuestro dignísimo  arzobispo D. Pedro Fonte. Por lo que interinamente nombraron de gobernador  de la mitra al Señor Canónigo Posada, por lo que acabada la votación se dio repique de campanas durante media hora y esquilas a mano y pie. de las 11 a las 12, lo que llaman repique de deanato o besamanos.


 25. El Ilmo. Sr. Dr. D. Manuel Posada y Garduño

(1840 - 1846)

  • Electo: 17 junio 18391
  • Preconizado en consistorio: 23 diciembre 1839
  • Posesión por poder: 12 mayo 1840
  • Consagración: 31 mayo 1840
  • Imposición del palio: 11 diciembre 1840
  • Muerto: 30 abril 1846

1 Por ley del 24 de mayo de 1839, este arzobispo fue electo de una terna por el presidente interino Antonio López de Santa Anna, que le presentó el cabildo. También intervinieron con sus votos los gobernadores de los departamentos de México y Querétaro. Actas de cabildo, vol. 75, f. 198 v.

Natural de San Felipe del Obraje, colegial beca de honor, catedrático de latinidad y de Cánones en este Santuario. Diputado de Hacienda y Juez Superintendente del mismo, Doctor en Cánones, Licenciado en Leyes y catedrático de instituta de esta Universidad, Cura del Sagrario de Puebla, promotor Fiscal defensor y Juez de Testamentos y obras pías; Provisor, Vicario General y Gobernador de aquella Mitra; Senador del Congreso Nacional, Cura del Sagrario Metropolitano, Canónigo Doctoral, dignidad maestre-escuela y Vicario, Capitular de esta Santa Iglesia Metropolitana; Primer Arzobispo de México independiente. Nació en 27 de septiembre de 1780. Se consagró el día 31 de mayo de 1840 y falleció en 30 de mayo de 1846.

Más de ciento cincuenta años habían trascurrido después de la muerte del decimosexto arzobispo de México D. Alonso de Cuevas Dávalos, que fue el primer hijo del país que obtuvo esta mitra, cuando alcanzó igual honra el que es objeto de la presente biografía. Durante la dominación española un solo arzobispo mexicano se registra en los fastos de nuestra Iglesia, aunque pudiéramos citar a varios criollos, como entonces se llamaba a los hijos de familias castellanas nacidos en las colonias, que rigieron las archí-diócesis de Manila, Santo Domingo y alguna otra que no recordamos. Lejos de nosotros la idea de atribuir este hecho, como no ha faltado quien lo haga, a un desdén inmotivado, Inicia los sacerdotes mexicanos que florecieron en aquel largo periodo; por el contrario, creemos que al obrar así los reyes de España procedieron con cordura, y evitaron emulaciones que habrían sido perjudiciales al clero mismo y a la sociedad entera.

Cupo, pues, al Sr. Cuevas Dávalos la gloria de ser el primer mexicano que gobernó la Iglesia patria, como cupo al SR. DR. D. MANUEL POSADA Y GARDUÑO de quien vamos a hablar, la honra de ser el primero, después de conquistada la independencia.

El SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO, nació en el pueblo de San Felipe el Grande, llamado también del Obraje, en el Estado de México, el día 27 de Setiembre de 1780.  Después de hacer sus estudios primarios en el pueblo natal, fue trasladado a esta ciudad y aquí cursó la gramática latina, parte con un profesor privado y parte en el Colegio Seminario de Porta coeli.

Fortuna y muy grande fue para el SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO encontrar entre los seminaristas al Sr. Dr. Campos, primo suyo, de mayor edad que él, quien veló desde aquel momento sobre su suerte y lo alentó en su carrera. Hizo en ésta los mayores progresos, la terminó con aplauso y recibió los más distinguidos honores; siendo de notar, como dice uno de los biógrafos de nuestro arzobispo, que este colegio, fecundo en recompensas, tenía con que remunerar ampliamente a sus hijos, confiriéndoles becas, capellanías, premios, cátedras, y dotaciones pecuniarias para licenciaturas.2

El Señor Posada una vez concluidos sus estudios pagó con usura al seminario la instrucción que le debía, desempeñando en él varias cátedras y especialmente la del derecho canónico de la que fue un profesor distinguidísimo durante muchos años. Tan decides era su vocación para la enseñanza  que a ella había consagrado el resto de sus días si el vivo empeño de los Sres. Puchet y Monteagudo no le hubiera hecho pasar el en 1818 a Puebla a servir las plazas de promotor fiscal y defensor en aquella curia.

Una vez en México ascendió a mayores destinos. A poco tiempo de haber llegado nombrósele cura interno del sagrario metropolitano, y en propiedad desde el 9 de julio de 1825 hasta el 17 de mayo de 1832 en que paso a canónigo doctoral.

Al año siguiente siendo ya dignidad maestre- escuelas el SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO fue comprendido en un decreto de expulsión a causa de los disturbios políticos que acosaban al país. Recibió la noticia con serenidad, dice el biógrafo ya citado, dispuso su salida con quietud, hablo de ella con calma, no hizo esfuerzos para evitar su desgracia, y lo que es más notable no se le oyó ni una queja de los que le arrojaban de su patria. Retiróse el Sr. Posadas a los estados del Norte de Estados unidos y allí espero a que pasase la tempestad política; despejado ya el horizonte volvió a este suelo3 a resumir sus ocupaciones ordinarias, sin que se le hubiese oído jamás lamentarse de las molestias y privaciones que forzosamente tenía que sufrir en un tierra extraña.4

Obligado el Sr. Fonte en 1939 por Gregorio XVI a renunciar a la mitra de México, según lo hemos visto en la biografía de aquel prelado, el cabildo metropolitano formo con arreglo a ley una terna de individuos, en la que fueron puestos el SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO vicario capitular a la sazón, el Dr. Campos y el Dr. Santiago, prebendando entonces y después canónigo recayó la elección de Roma en el primero y este fue preconizado arzobispo de México en el consistorio de 23 de diciembre de 1839. Llegaron a esta ciudad las bulas pontificias el 15 de abril de 1840 y una vez dado el pase se dispuso la consagración del nuevo prelado, la que se verifico el 31 de mayo en su misma catedral, siendo su consagrante el Illmo. Sr. Belaunzaran antiguo obispo de Linares, y asistentes el Illmo. Sr. Morales, antiguo obispo de Sonora, Prelado domestico de Su Santidad, asistente al solio pontificio y el Illmo. Sr. Madrid. Apadrinaron al Sr. Posada el Excmo. Sr. Presidente de la República, general de división, D. Anastasio Bustamante, y el cabildo metropolitano.

La administración pastoral del SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO fue, por desgracia muy breve, fácil es concebir que en este corto periodo no le fue dado hacer todo el bien que anhelaba, ni conseguir por grande que fuese su consagración al trabajo, como en efecto lo era. Llevar a cabo todas las obras que de su saber esperaba la sociedad, y que el mismo quería realizar. Después de una vacante de diez y ocho años y en una época en la que había cambiado el modo de ser de nuestra patria, sin que se consolidase todavía un buen gobierno, era en verdad ruda la tarea del prelado, y es justo decir que supo desempeñarla con prudencia y acierto.

Tenía por norma en todas sus acciones el cumplimiento exacto de su deber. Trabajaba sin descanso á pesar de que los médicos, atendida su complexión, le indicaban que diese treguas á sus diarias labores; a todos recibía y trataba con dulzura y finos modales; repartía por conducto de su Secretario de Cámara más de trescientos pesos mensuales en limosnas, fuera de las que él hacia personalmente, y se conquistó, como dice un escritor, entre el clero la fama de prelado benigno, entre los literatos la de protector celoso, entre los afligidos la de pastor compasivo y entre todos sus diocesanos la de un padre.

De los actos de su gobierno que merecen citarse son la secularización de las misiones de la ciudad de Valles, para las que nombró curas eclesiásticos; el establecimiento del jubileo llamado Circular o de Cuarenta horas en todos los curatos; las reglas que dio para que a ellas se ajustasen los que quisiesen ordenarse, procurando su instrucción y buenas costumbres; la solicitud que dispensó al Seminario fundando en él nuevas cátedras y arreglando las antiguas; el empeño que puso en la reedificación del templo del Señor de Santa Teresa, arruinado por el terremoto de 1 de Abril de 1845, y por último, la puntualidad con que semanariamente hacia confirmaciones.

La situación política del país impidió al SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO visitar el arzobispado, como deseaba, y solo pudo ir á San Juan Teotihuacán y Cuernavaca, en cuyas dos poblaciones confirmó a quince mil personas.

Distinguióse como prelado por su acierto en tocias sus disposiciones, y en lo particular, por la inteligencia superior que demostraba poseer, por sus vastos conocimientos y por su felicísima memoria. "Fue útil en todas las épocas de su-vida, dice uno de sus biógrafos, con sus luces y con sus servicios personales y pecuniarios. Siendo arzobispo no solo alivió las urgencias del erario con cuantiosas sumas que suministró de la Iglesia, sin embargo de la decadencia de sus rentas, sino que le franqueó igualmente gruesas cantidades de su  peculio privado. En su trato familiar era dulce y afable; su conversación era amena y se manifestaban en ella luego sus conocimientos literarios, mezclando a menudo sentencias morales que demostraban su corazón puro."5

No es menos satisfactorio lo que sobre: el mismo punto asienta el Sr. Arróniz ya citado: “Su conversación, dice, lejos de ser austera, muchas ocasiones y con la mayor complacencia versaba sobre las letras humanas y la bellas artes. Su carácter apacible hacia ameno su trato; sus modales, ájenos a toda afección, convidaban desde luego a la amistad; era preciso o no tratarlo del todo, o hacerlo con franqueza, pues con un sujeto tan ingenuo o solo sería el fingimiento una perfidia, sino aun el disimulo una traición. Su humildad se manifestaba en el poco aprecio que hacía de sí mismo; su prudencia se dejó ver en el tino con que dirigió los negocios; su buena fe estaba pintada en su semblante”.6

Iban a cumplirse todavía seis años del gobierno pastoral del SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO, cuando en la madrugada del 81 de Marzo de 1846 sufrió un fuerte ataque de congestión. Alivióse, gracias a los esfuerzos de los facultativos que le asistían, pero el 21 de Abril repitió el ataque de la enfermedad con mayor fuerza, hasta ocasionarle la muerte el día último de ese mes, dos minutos antes de la media noche. Su funeral fue magnífico; cual correspondía a su elevado carácter y a la profunda estimación, al amor y al respeto que la sociedad mexicana le tributaba por su ciencia, su virtud y su edad.

Algo así como una legítima satisfacción nos causa haber podido narrar la vida del SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO, sin tener motivo sino para juzgarle como dignísimo sucesor de los prelados que durante la dominación española tuvo la Iglesia mexicana; y esta satisfacción nace de que el ilustre sacerdote de quien acabamos de hablar nació y se educó en México, y debió su elevación al pontificado á sus compatriotas. Triste cosa habría sido para nosotros, no encontrar en las páginas de nuestra historia fundamentos sólidos para asegurar que si los prelados venidos de España fueron grandes por su saber y por sus acciones, lo fue y no menos el que primero alcanzó tan elevada jerarquía después de consumada la independencia.

Por donde quiera hallamos testimonios del saber, de la bondad y de la virtud del SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO. Personas que le trataron nos hablan de sus conocimientos literarios, de la dulzura de su carácter, de la amenidad de su conversación, y de su amor a los pobres, cuyas necesidades procuraba remediar tan pronto como llegaba a su noticia. Otros nos hablan del pesar que su muerte causó a la sociedad entera, de su funeral en que los habitantes de México demostraron lo mucho que habían amado al bondadoso y dulce pastor que acababan de perder; y para decirlo de una vez, cuantas opiniones hemos consultado antes de trazar esta biografía, están conformes en que el SR. DR. D. MANUEL  POSADA Y GARDUÑO, como abogado honraba al foro mexicano, y como sacerdote fue un fiel observante de la doctrina evangélica. Mejor elogio no podemos, pues, hacer de él, que reproducir el juicio imparcial de los que muy de cerca le conoció.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 220-223.

2 Arróniz. Manual de biografía mexicana, pág., 267.

3 El Sr. Posada volvió al país al año siguiente 1834. 

4 Arróniz, op. Cit. Pág. 270 y siguiente.

5 Este pasaje de halla en la Necrología que publico a la muerte del Sr. Posada el periódico titulado  “el católico” tomo. 2 

6 Arróniz. Op. Cit.


26. El Ilmo. Sr. Dr. D. Lázaro de la Garza y Ballesteros

(1850 - 1862)

  • Electo: 22 junio 18501
  • Trasladado de Sonora: 20 septiembre 1850
  • Llegada del palio: 13 enero 18512
  • Posesión: 11 febrero 1851
  • Decreto de expulsión: 17 enero 1860
  • Muerto en Barcelona: 11 marzo 1862

1 Este arzobispo fue elegido de ente una quinterna por el presidente José Joaquín de Herrera. Actas de cabildo, vol. 83, ff. 61-62 v., 66 v.
2 Actas de cabildo, vol. 83, f. 141.

Natural de Pilón en el Obispado de Monterrey, Catedrático de filosofía y sagrados cánones y Vice Rector en el Seminario Conciliar de este Arzobispado; Doctor en Cánones de la Pontificia y nacional Universidad de México; Catedrático de Clementinas y de Instituta en ella; abogado de los Tribunales por la antigua Audiencia de la misma Capital.

Conciliario y examinador del colegio de Abogados. Examinador Sinodal de este Arzobispado y promotor Fiscal de su curia. Varón celosísimo del culto divino en el que empleó siempre todas las rentas de sus beneficios simples y curados, especialmente de los pueblos de Tepotzotlán y Tecozautla de que fue Cura antes de serlo de la Secretaría Metropolitana, propuesto con todos los puntos por el venerable Cabildo Metropolitano para Obispo de Sonora y Sinaloa; electo por la Santidad del Sr. Gregorio XVI se consagró el 8 de octubre de 1837; fundó en su diócesis el Seminario y lo mantuvo a sus expensas hasta que el 3 de octubre de 1850; fue promovido por nuestro Santo Padre Pío IX a este Arzobispado que gobernó hasta 1860 del que fue desterrado por defensa vigorosa de los derechos de la Iglesia y murió en Barcelona a 11 de marzo de 1862.

Vive todavía la generación a que perteneció el prelado de quien vamos a hablar; de los que con él lucharon existen muchos, como existen otros de los que a su lado combatieron, y aunque el tiempo ha ejercido sobre las pasiones de unos y otros su benéfico influjo, es, en verdad, la época actual á propósito para que el historiador cumpla á satisfacción de todos su elevada y trascendental misión. Por grande que fuese nuestro esfuerzo, no alcanzaríamos imprimir a estas páginas el carácter que quisiéramos darles para que no se viese en ellas sino el severo juicio que con ánimo sereno presenta el biógrafo cuando su personaje lleva largos años de haber desaparecido de la escena del mundo.

Estas consideraciones liemos hecho antes de trazar la biografía del ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS, y en ellas nos fundamos para entrar a hacer un detenido estudio de los acontecimientos políticos modernos con los que se encuentra enlazada estrechamente la vida del trigésimo arzobispo de México. No faltará aquí empero, la necesaria indicación ele esos sucesos, ni menos nuestro modo de juzgar la conducta del mimo prelado. El ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS, nació en el pueblo del Pilón, de la entonces provincia y hoy Estado de Nuevo León, el día 17 de Diciembre de 1785.

Contaba trece años cuando ingresó al Seminario ele Monterey, en el que manifestó desde luego grandes aplicación y talento en los estudios de gramática latina y filosofía, en cuyo curso mereció el supra lecum. En seguida vino a México a continuar sus estudios en el Seminario Tridentino, que no tardó en ser para él teatro de espléndidos triunfos, pues no solo obtuvo el primer lugar, sino que en Agosto de 1805 defendió un acto de competencia en el derecho canónico.

En 1810 se recibió de abogado,2 y aunque desde aquel momento pudo alcanzar los primeros puestos públicos, siguiendo su vocación ordenóse de sacerdote en 1815. Sucesivamente desempeñó los cargos de vice-rector del Seminario, cura de Tepotzotlán. Catedrático  de cánones, secretario del cabildo metropolitano, cura de la Palma, cura y vicario foráneo de Tecozautla, promotor de la curia, cura interino del Sagrario Metropolitano, y en propiedad desde el 17 de Marzo de 1832, hasta el 31 de Octubre de 1837 en que pasó a obispo de Sonora, como veremos en su lugar. Estos empleos no impidieron que el ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS ejerciese durante más de veinte años el magisterio en el Seminario y en la Universidad, sacando numerosos y aprovechados discípulos.

Grandes eran los merecimientos del ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS para obtener más elevados puestos, y en esta virtud fue presentado para obispo de Sonora, y preconizado en Roma el 19 de Marzo de 1837. Otros habían rehusado aceptar aquella mitra por distintos motivos;3 mas él no procedió de igual suerte, porque vio en ello no una honra sino un deber, y deber sagrado. Consagróle en el Sagrario el Illmo. Sr. Morales el día 8 de Octubre del mismo año, apadrinándole el nacional Colegio de abogados que se honraba contándole entre sus miembros.

Al llegar a este punto no podemos resistir al deseo de trasladar aquí lo que uno de los biógrafos del ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS dice relativamente a su gobierno pastoral en Sonora. "Inmediatamente, dice, haciéndosele siglos las horas a la actividad de su celo emprendió el dilatado viaje a su diócesis. A ésta encontró en un estado verdaderamente informe: su larga orfandad, lo reciente de su erección, la extensión y despoblado de su territorio, la suma escasez de su clero, sin cabildo, sin seminario; y más que todo, la penuria de sus recursos, pues solo estaba sostenido el obispo por la pensión asignada por el gobierno, pagada incompleta y con retardo, eran otros tantos obstáculos que la hacían muy difícil de administrar, y que a otro hombre que no hubiera tenido el genio creador del ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS, le hubiera arredrado. Mas en él era como innata la facultad de ejecutar grandes obras con pequeños recursos, y de disponer, digamos así, de los abundantes de la Providencia,  con solo poner en ella su confianza. En los distintos curatos que sirvió, había ensayado esta preciosa facultad. Ya en Tepoztlán había erigido un magnífico panteón. Pero en Sonora había de llegar a su complemento, pues que allí había de tener menores medios y mayores necesidades que satisfacer; de luego á luego emprendió la erección del Seminario, como que había de ser el plantel de su clero, que era la primera y más apremiante necesidad de su iglesia; pues sin operarios no podría recogerse la mies del Divino Agricultor. Por de pronto abrió el colegio en una casa particular que le prestaron y con los profesores que había llevado del Seminario mexicano. Emprendió en seguida la edificación de un edificio propio, para la que él mismo, según se expresaban los redactores de la "Voz de la Religión," había trazado el plan y dirigido la obra hasta su conclusión, haciendo los oficios de arquitecto, albañil, cantero y carpintero. Por premio de sus afanes lo vio concluido a satisfacción; y en la parte literaria, no menos brillante con la doctrina de sus cátedras de gramática, filosofía, teología escolástica y moral, cánones, leyes, liturgia y religión, manteniéndose en él a la fecha de la separación del Sr. Garza, más de cincuenta alumnos internos casi la mitad dotados por la caridad y munificencia del prelado. Para la biblioteca se le remitieron de México más de cien fardos de libros, con lo que quedó abundante y escogida.

"No atendía menos el obispo a la salud de las almas que le eran encomendadas: erigió un panteón, proveyendo con los productos de él a una casa de ejercicios anexa a un seminario distinto del anterior, para eclesiásticos, cuyas constituciones dejó formadas antes de venir a la diócesis metropolitana. Dejó igualmente trazada la obra de su Iglesia Catedral, bajo la advocación de San Juan Bautista, por el plan del Sagrario de México, habiendo reunido abundantes materiales y fondos para terminarla.

"No menos dedicado al culto, enriqueció muchas iglesias de vasos sagrados, paramentos y otros adornos, entre ellos ocho excelentes imágenes de escultura, ejecutadas en México, sin que en medio de tan graves y extensas tareas abandonase en lo más mínimo el ministerio pastoral; él personalmente por la escasez de coadjutores, no solo ejercía las funciones de su elevado orden, sino hasta las más pequeñas del sacerdotal, confesando, celebrando públicamente la misa para satisfacción del precepto eclesiástico de los fieles, y demás actos de los simples párrocos. Todos los domingos predicaba mañana y tarde a sus pueblos, y del o establecidos los ejercicios vespertinos en toda su diócesis, que después los estableció en México, como lo vimos. Emprendió la reforma de su clero, a punto de ser ese un modelo de virtud y aplicación al trabajo, estableció conferencias para su instrucción, y procuró por todos los medios posibles hacerlo útil a la sociedad. El solo también desempeñó el gobierno de su vasta diócesis, pues casi siempre estaba sin provisor, sin promotor y hasta sin notario y escribiente; el único secretario que tuvo, poco podía ayudarlo, pues que a su imitación, era a la vez rector, catedrático y aun mayordomo del colegio. Ejecutó igualmente la visita de su diócesis varias veces, llegando en la de 1848 hasta Ures, que dista doscientas leguas de su capital, todo en medio de mil penalidades físicas y morales. Siendo digno de mencionarse que en la visita á que aludimos, enfermó gravemente y él procuró disimular sus dolores hasta su regreso á Culiacán."4

La fama del obispo de Sonora llegó a México, y cuando en Julio de 1850 se trató de cubrir la vacante del Sr. Posada y Garduño, el cabildo metropolitano puso al ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS en el primer lugar de los cinco sacerdotes que presentó al gobierno. Era a la sazón presidente de la República D. José Joaquín de Herrera, y ministro de justicia y negocios eclesiásticos el Lic. D. Marcelino Castañeda. La elección recayó en el ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS, quien por decreto fechado en Roma el 30 de Setiembre de aquel año (1850) fue trasladado a la archi-diócesis de México.

El 1º de Enero del año siguiente, salió de Sonora el ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS en medio del pesar y las bendiciones de sus diocesanos, y emprendió el viaje á México. Ni su edad, ni sus achaques, fueron un obstáculo para que el nuevo arzobispo se detuviese; todo lo venció su admirable decisión, su anhelo de llenar sus obligaciones, y llegó á esta ciudad el 5 de Febrero.5 El 11 de Febrero, es decir, seis días después de su llegada, tomó posesión del gobierno, y al día siguiente recibió el palio arzobispal de manos del Illmo. Sr. Madrid.

Reseñaremos los hechos más notables del ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS durante su administración pastoral. Luego que tomó posesión, se dedicó a la reforma del clero; proveyó las vacantes con acierto é imparcialidad; continuó predicando todos los domingos en el Sagrario, y practicando el ejercicio vespertino por él y con sus propias rentas fundado. Reformó el Seminario en la parte material, gastando más de sesenta mil pesos, y en lo moral llevó a cabo mejoras importantes, y mantuvo por su cuenta más de cincuenta alumnos; estableció un fondo de beneficencia para los estudiantes pobres; dio gruesas sumas para la reedificación del hospital de San Pedro, para el pavimento de la iglesia de Santa María, y para otras parroquias pobres. Recuperó el templo del Espíritu Santo, dando por él $ 3000 (le indemnización a los adjudicatarios franceses; solemnizó con gran pompa y en parte a su costa la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción de María6 e hizo innumerables obras ya para el fomento del culto, ya para la educación de la juventud o ya en fin para el socorro de los pobres. "En esto, dice uno de sus biógrafos, agotó su patrimonio y todos los emolumentos de sus empleos y dignidades, calculándose en más de doscientos mil pesos lo invertido en obras de caridad. Era patente a todo el mundo cuán estrechamente vivía el caritativo prelado: ni una alhaja ni un mueble de algún valor usó en su casa o persona: su comida muy sencilla, su servidumbre menos que escasa, y todo su porte igual, no tememos asegurarlo, al de los santos obispos que son objeto de la veneración pública. Como Santo Tomás de Villanueva, juzgaba que la más pequeña cantidad que sobrase a un obispo era una sustracción hecha a los pobres."7

Tiempos difíciles por demás tocaron al ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS, y en los que se necesitaba prudencia suma para no comprometer los intereses de la Iglesia y no hacerse prosélito de uno de los dos partidos en que la nación mexicana se hallaba radicalmente dividida entonces. ¿Tuvo el arzobispo la prudencia indispensable, para, a un tiempo mismo, cumplir con sus deberes de jefe de la Iglesia y evitar un choque violento entre su autoridad y la potestad civil? Para resolver esta cuestión sería necesario consagrar muchas páginas a su estudio, y heriríamos tal vez susceptibilidades y afecciones, y removeríamos odios que por fortuna se han ido apagando con el curso del tiempo. Es un deber, sin embargo, decir que aun los enemigos de la causa que defendía el ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS confiesan la honradez de sus intenciones, y confiesan también que en la posición en que él se encontraba, no podía obrar de otra manera que lo hizo. "Defendía acérrimamente la propiedad eclesiástica, dice un escritor, de la que él juzgaba en conciencia no poder disponer, y esto no por espíritu de avaricia o de interés mundano, pues siempre aseguró que si el Papa consentía en ello, voluntaria y gustosamente la entregaría. En situación tan comprometida, continúa el mismo escritor, es difícil que la crítica señale algunas equivocaciones de entendimiento; pero nunca se acusará de falta de rectitud en la intención, o menos afecto a la religión que a la patria."

El ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS, esto no deben olvidarlo aquellos que quieran juzgar la conducta del prelado en la lucha de la reforma, el ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS, por sus hábitos, por su carácter natural, no poseía aquella flexibilidad, permítasenos la frase, que había menester para zanjar dificultades por medios suaves y haciendo concesiones hasta donde el deber lo permitiese. No estaba penetrado del espíritu de la época, ni era amable por naturaleza. Para llegar al fin que se proponía no consultaba sino a su conciencia, y de aquí nació el espíritu que le animaba en todos sus actos. Con mejor tacto, con mayor prudencia, habría obtenido sin duda resultados más satisfactorios; pero no es dado al hombre tener acierto en todas sus acciones, y es de lamentarse que un varón como el ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS, que tan útiles servicios prestara a la instrucción pública y de tan excelentes virtudes como se hallaba adornado, hubiese tenido que sufrir en los años postreros de su existencia las amarguras que él sufrió.

Terminada la lucha con el triunfo del partido constitucional, el gobierno extrañó al ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS en compañía de otros prelados fuera de la República, por su orden de 17 de Enero de 1860. Obedeció sin réplica y salió de México tres días después, dirigiéndose a Veracruz para embarcarse, como lo hizo. Llegó a la Habana, y su amor al retiro le llevó a la aldea llamada Guanabacoa, en donde fijó su residencia en unión del Sr. Zedillo, presa de la nostalgia más profunda.

Llamado por el Sr. Pio IX, a pesar de sus enfermedades y tristezas encaminase á Roma; mas no pudo pasar de Barcelona, porque sus males se agravaron. El obispo de aquella ciudad le hospedó en su propio palacio y le prodigó todo género de auxilios y de consuelos más había sonado la hora última de aquella existencia tan rudamente combatida por las aflicciones morales, y a las diez de la noche del 11 de Marzo de 1862, espiró el virtuoso prelado.

El escritor varias veces citado, refiere así los funerales hechos en Barcelona al cadáver Del ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS: "Dios, que se complace en ensalzar a los humildes, movió al señor obispo, al capitán general y a todas las autoridades eclesiásticas y civiles de Barcelona, para que dispusiesen un suntuoso funeral, igual en todo al del diocesano, exponiendo el cadáver ricamente vestido de pontifical en la capilla del Palacio Episcopal, donde el cabildo eclesiástico y las parroquias entonaron las plegarias de costumbre, y al día siguiente, 13, fue paseado por la carrera de la octava del Corpus, con acompañamiento de las corporaciones tocias, eclesiásticas, civiles, municipales y literarias, llevando las borlas del ataúd dos señores concejales y dos eclesiásticos, que era uno catedrático de la Universidad y el otro fiscal del tribunal eclesiástico. En la Catedral se le cantó solemnemente la vigilia y misa, composición de un célebre maestro español, y a las siete y media de la noche fue inhumado en el panteón de los obispos forasteros, donde recibió el último adiós del ilustre obispo su huésped y de sus leales amigos los Sres. Covarrubias y Zedillo. La ciudad y la Iglesia de Barcelona son acreedoras a un voto de gracias que los mexicanos les elevamos por la generosa hospitalidad y honores fúnebres que hicieron a nuestro prelado, cuya memoria vivirá perpetuamente en los fastos de la Iglesia católica."

El ILLMO. SR. DR. D. LÁZARO DE LA GARZA Y BALLESTEROS fue agraciado por el General Santa-Ana con la Gran Cruz de la Orden Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe, y cuando en 1853 fue restablecida esta misma Orden, se le nombró Gran Canciller de ella. Consagró a los Ilmos. Sres. Loza, y Verea y Domínguez, al primero en la iglesia de San Fernando, y al segundo en la Colegiata de Guadalupe.

 1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 224-228.

2 Su recepción de abogado por el colegio y audiencia, fue, como acabamos de decir, en 1810; pero no conforme con aquel título alcanzó los grados de licenciado y doctor en cánones por la Universidad en 1819, y de licenciado en leyes, por la misma, en 1830.

3 Catorce años hacia que por muerte del Illmo. Sr. D. Fr. Bernardo del Espíritu Santo, carmelita descalzo de la Provincia de San Alberto, se hallaba vacante la diócesis de Sonora. A varios sujetos se les propuso y no aceptaron.

El canónigo de Morelia D. Ángel Mariano Morales fue preconizado,-pero después de su consagración renunció la mitra.

4 J. M. G. Biografía del Sr. Garza, inserta en el tomo 2o de la 2a época del Boletín de la Sociedad mexicana de Geografía y Estadística, páginas 428 y siguiente.

5 En una muía pasó las 300 leguas que separan a Ures de Guadalajara, y de esta ciudad a la capital, en la diligencia ordinaria que solo emplea seis días en este viaje.

6 Los gastos fueron hechos por el arzobispo y el cabildo metropolitano, por mitad cada uno de ellos.

7 J. M. G. loe. cit.


27. El Ilmo. Sr. Dr. D. Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos

(1863 - 1891)

  • Trasladado de Puebla: 19 marzo 1863
  • Imposición del palio: 20 marzo 1863
  • Posesión por poder: 6 julio 18631
  • Llega a la Cd. de México: 11 octubre 1863
  • Sale de México: 5 febrero 1867
  • Vuelve a México: 19 mayo 1871
  • Muerto: 4 febrero 18912

1 Al maestrescuela Bernardo de Gárate, obispo electo de Querétaro y vicario capitular. Actas de cabildo, vol. 87, p. 150.
2 En Oacalco, Morelos
.

Antiguo Obispo de Puebla y actual Arzobispo de México, prelado de Doméstico de su Santidad y asistente al Sacro Solio Pontificio, Regente que fue del Imperio Caballero Gran Cruz de la Imperial y Distinguida Orden de Guadalupe de México, y de la Insignia del Santo Sepulcro de Jerusalén, antes de ser promovido a la dignidad Episcopal, fue catedrático de latinidad, filosofía y jurisprudencia en el Seminario Conciliar de Morelia, Vice Rector y Rector del mismo, Promotor Fiscal Canónico, Juez de Testamentos, Vicario de Monjas, Provisor, Vicario General y Gobernador de aquella Sagrada Mitra. Fue trasladado de la Iglesia de Puebla a esta Metropolitana de México en 19 de marzo de 1863.

Gil González Dávila, Betancourt y el Sr. Lorenzana, que sucesivamente fueron los biógrafos de los prelados de la Iglesia mexicana, formaron sus respectivas series sin exceptuar al que gobernaba cuando ellos escribían, cuidando sí no decir del último sino aquello que ni podía atribuirse á lisonja, ni mucho menos á la intención de prejuzgar lo que a los pósteros está reservado. A nuestra vez vamos a dar cima a este trabajo, ofreciendo al lector las noticias que por ningún motivo deben echarse de menos en una obra como la presente, acerca del jefe actual de la Iglesia de México.

Las razones en que se han fundado siempre los escritores que reservan para después de la muerte de los hombres notables el elogio de sus buenas cualidades o la censura de sus defectos, son tan conocidas y obvias, que no necesitamos repetirlas. Téngalas presentes el lector para no atribuir á causas extrañas la brevedad de estos apuntamientos biográficos. Aquel que más tarde sea el continuador de la tarea que hoy suspendemos, utilizará las noticias aquí contenidas y podrá, con un éxito que nosotros no obtendríamos hoy, escribir la verdadera biografía del ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS, que, como orador sagrado, como personaje cuya vida pública se halla enlazada con los más graves sucesos de nuestra historia contemporánea, y como dignísimo pastor de la Iglesia mexicana, proporcionará materia suficiente no ya, decimos, para un estudio de las dimensiones que hemos dado a las anteriores biografías, sino para abultado y muy interesante volumen. En él podrá decirse que en las producciones literarias del ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS se descubre la instrucción profunda, la elocuencia y la unción de los buenos oradores sagrados; que su estilo es sobrio, ajeno á toda afectación; que su conocimiento del corazón humano le puso en aptitud de conmoverlo y de herir sus fibras más delicadas; que el ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS recibió y trató siempre con la dulzura y la bondad del verdadero discípulo de Jesucristo a cuantos a él acudieron; que antes de usar de las armas de su poder empleaba la persuasión suave y cariñosa; que hizo cuantas limosnas pudo, atendida la cortedad de sus rentas; y se dirá también que otro pastor de espíritu menos ilustrado, menos conocedor de las tendencias modernas y de carácter intransigente, habría provocado conflictos sin número a la autoridad civil, conflictos que, cualquiera que fuese la solución de ellos, habrían turbado la paz de la República y envuelto a la sociedad en luchas y desórdenes que la habrían empobrecido y lastimado de una manera desastrosa.

Todo eso y mucho más, en justísimo elogio de la ilustración, de la prudencia y de la virtud del ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS, dirá el historiador imparcial de su vida cuando ésta se apague, cuando deban revelarse hechos que a nosotros no nos es lícito referir, por más que podamos comprobarlos con documentos irrefutables. Lo único que sí afirmaremos en este lugar es, que nos ha llenado de complacencia cerrar este libro con el nombre de un prelado digno por mil títulos de llamarse sucesor de los esclarecidos sacerdotes cuyas biografías se encierran en esta obra.

Nació el ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS, en la villa, hoy ciudad, de Zamora, (Michoacán) el 21 de Marzo de 1816, de padres que lo fueron el Sr. D. Manuel Luciano de Labastida, y la Sra., María Luisa Dávalos y Ochoa.

En 1825 comenzó sus estudios bajo la dirección de un tío suyo, el Sr. D. José Antonio de Labastida, cura de Ixtlán, y cuatro años después pasó á cursar gramática latina en el colegio del distinguido profesor D. Francisco Díaz, de cuyo establecimiento salió en 1831 para emprender el estudio de la filosofía en el Seminario Tridentino de Morelia en la cátedra del Br. D. Joaquín Ladrón de Guevara, conquistando por su talento y aplicación, no menos que por la bondad de su carácter, un lugar distinguido entre los seminaristas. Terminado el año escolar, el joven LABASTIDA fue designado para sustentar un acto público de lógica y metafísica que el colegio dedicó al Illmo. Sr. Dr. D. Juan Cayetano Gómez Portugal que acababa de ser consagrado obispo de aquella diócesis. Sus adelantos literarios fueron más notables en el segundo año del curso de filosofía, por su asidua aplicación al estudio de las matemáticas y de la física, mereciendo en el tercero sustentar el acto de estatuto de toda la facultad. Que el éxito de esa función literaria fue brillante, lo prueba el hecho de habérsele concedido al actuante, en premio, una de las becas de gracia con la autorización de estudiar el derecho, a pesar de haber sido fundada solo para los que se dedicaban a la teología.

Inclinado al estudio del derecho cursó cánones y leyes con el profesor D. Ignacio Barrera sostuvo un acto mayor de la primera de estas facultades, y se recibió de abogado en 1839, es decir, a la edad de 23 años, siendo ya subdiácono, cuya orden le fue conferida el 18 de Julio del año anterior.

Era por aquella época rector del Seminario de Morelia el Sr. Lic. D. Mariano Rivas, sincero apreciador de los méritos del Sr. LABASTIDA, y simultáneamente le nombró catedrático de gramática castellana y de bella literatura, así como de filosofía, por haber rehusado servir este último encargo D. Clemente de Jesús Munguía, obispo que fue, más tarde, y primer arzobispo de Michoacán.

Antes de proseguir haremos notar, ya que hemos nombrado al Sr. Munguía, que estos dos personajes, notables en nuestro país, y tan conocidos en el extranjero, estuvieron ligados por los vínculos del paisanaje y de una amistad más que íntima, fraternal; amistad que fue estrechándose más y más, por haber recorrido a la par la escala de los empleos y de los honores eclesiásticos. En un mismo día comenzaron la carrera literaria; pasaron juntos de las cátedras de gramática á las de filosofía y jurisprudencia; obtuvieron el título de abogados con una corta diferencia y recibieron las órdenes del mismo modo. Sirvieron a un tiempo las cátedras de gramáticas castellana y latina, en el Seminario de Morelia: sucesivamente la de bella literatura, y á la vez el Sr. Munguía las de derecho civil y derecho público, y el Sr. LABASTIDA las de derecho natural y de gentes y derecho canónico. Los dos fueron promotores fiscales de la curia eclesiástica de Michoacán; el primero provisor, y el segundo juez de testamentos y capellanías y obras pías; los dos entraron juntamente al cabildo eclesiástico en calidad de prebendados; después de cinco años fueron ascendidos á canónigos, y ambos fueron propuestos al Gobierno nacional para aquella mitra vacante por la muerte del Sr. Portugal. El primero fue presentado por el presidente General D. José Joaquín Herrera, y el segundo después de haber figurado en dos ternas, una del Sr. Garza y otra del Sr. Espinosa, para el nuevo obispado ele San Luis Potosí, fue propuesto por el cabildo eclesiástico de Puebla para sucesor del Sr. Becerra obispo de aquella diócesis.

Presentado por el general presidente D. Antonio López de Santa-Anna, fue preconizado obispo de Puebla el ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS en el consistorio celebrado el 23 de Marzo de 1855. Habiendo recibido sus bulas el 12 de Mayo del mismo año, prestó el juramento constitucional ante el presidente de la República, y dirigiéndose a Puebla fue consagrado en su catedral por el Ilmo. Sr. Munguía, el día 8 de Julio siguiente, aniversario de su ordenación. Inmediatamente entró al gobierno de la diócesis, y se dedicó a la reforma de las Constituciones del Seminario, y a procurar el establecimiento, en el colegio llamado de los Gozos de las Hermanas del Corazón de Jesús, tan conocidas y estimadas en los Estados Unidos por su dedicación a la enseñanza de las jóvenes. A los dos meses de su consagración emprendió la visita pastoral del territorio de Tlaxcala, cuyas necesidades espirituales eran apremiantes; visita que interrumpió a causa de los sucesos políticos a que dio principio la ley de desafuero eclesiástico.

Aquí comienza el periodo histórico en que el ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS se vio obligado por su ministerio Pastoral á contrariar, con las armas de la Iglesia, al poder civil. Las exposiciones que dirigió al gobierno sobre la indicada ley, así como todos sus actos episcopales, se registran en las publicaciones de la época. No seremos nosotros, en verdad, los que pretendamos juzgar la conducta del obispo de Puebla, viviendo éste y siendo como es la materia ocasionada a errores y a provocar discusiones sin objeto o fin práctico en nuestros días. Toca a la historia imparcial y justiciera tarea de suyo tan espinosa y difícil; a ella reservamos este punto, porque, como dijo el sabio Dr. Sierra refiriéndose a un mexicano ilustre, la generación presente no puede juzgar con imparcialidad sobre el carácter y vida pública de este personaje, cuyo nombre está enlazado con las grandes épocas del pueblo. Su carrera distinguida le ha proporcionado un lugar eminente en los fastos nacionales, granjeándole una reputación semi-europea. Esto ha debido traerle admiradores y enemigos."

En aquellas aciagas circunstancias, en aquella época de prueba para un pastor, el de Puebla hizo cuanto creyó de su deber. Refiriéndose a estos sucesos dice un escritor: “ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS sufrió dentro de la capital de su diócesis todos los furores de la guerra, y principalmente los del asedio de 1856, dando las más relevantes pruebas de su caridad y celo pastoral, en los diez meses que permaneció en Puebla: entonces conocieron bastante sus ovejas las eminentes cualidades de su prelado; integridad de costumbres, rectitud y sensibilidad de corazón; justicia en los planes, prudencia en la ejecución, asiduidad en el trabajo y vigilancia paternal: tuvieron conocimiento de su valor en los peligros; de su abnegación, de su paciencia, de su fortaleza y de su generosidad en medio de las persecuciones."

El 12 de Mayo de 1856, aniversario de la recepción de sus bulas, salió el ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS de la República, por circunstancias políticas. Desembarcó en la Habana el 5 de Junio y permaneció allí hasta que obtuvo de la Santa Sede el permiso de pasar a Roma, en donde fijó su residencia, empleando especialmente la estación del verano en viajar por la Palestina, el Egipto y la India, y las principales ciudades de Europa.

Habiendo cesado las causas que le tenían lejos de la patria, volvió a ésta el 11 de Octubre de 1863, ya con el carácter de arzobispo de México, a cuya jerarquía fue promovido el 19 de Marzo anterior. Si para no detallar los actos del ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS ni juzgarlos, en lo que se refiere a la guerra de reforma, hemos tenido presentes muchas consideraciones cuya importancia a nadie puede ocultarse, mayores fundamentos tenemos para omitir lo que se relaciona con la participación que tomó en los asuntos públicos al volver al país. Empero séanos permitido, en obsequio de la verdad histórica, y como un apuntamiento que más tarde podrá utilizar aquel que pueda ser el verdadero biógrafo del actual prelado de la Iglesia mexicana militó, un título de respeto y consideración, y un motivo para no deshonrarle con el epíteto de enemigo de su patria.

Cuando el Sr. LABASTIDA vio que los soldados franceses, hiriendo el sentimiento nacional, pretendían imponer a México un gobierno extraño y conforme únicamente á la voluntad de Napoleón III, negóse á prestar su concurso a aquel proyecto y protestó contra aquélla violencia. Ni las amenazas del mariscal Bazaiue, ni ninguno de los recursos puestos en acción para torcer los patrióticos propósitos del ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS, fueron bastantes para que mudase de parecer, y separóse del elevado puesto que en el gobierno tenía, antes que secundar las miras de los franceses. Este hecho, que algún día será comentado por algún historiador que no se halle dominado por afecciones políticas de ningún género, y comprobado suficientemente por documentos irrecusables, probará á la posteridad que si el Sr. LABASTIDA cometió un error al prestar sus importantes servicios á la Intervención, no merece sin embargo que se le atribuya la fea nota de enemigo de su patria.

Hecha esta aclaración histórica, debemos continuar nuestro relato. Desembarazado de las ocupaciones que el cargo público que desempeñara le impusieran, obligándole a permanecer en la capital, salió de ésta el ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS a la visita de su diócesis el 27 de Setiembre de 1865, y la continuó el 8 de Enero de 1866, por la Tierra Caliente, (Sur de México) y en el verano del mismo año por todas las parroquias del valle de Toluca.

Invitado por un llamamiento especial del Pontífice reinante para asistir al centenario de San Pedro y A la canonización de algunos santos, se dirigió a Roma por segunda vez el. Sr. LABASTIDA el 5 de Febrero de 1867. Detúvose en la capital del orbe católico hasta concurrir al Concilio Vaticano, en que fue nombrado para formar parte de la comisión encargada de la disciplina eclesiástica, cuyos trabajos no vieron la luz pública por la interrupción del Concilio.

En Marzo de 1871 salió el ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS de Roma para volver a su arzobispado. Llegó á Veracruz el 12 de Mayo y a la capital el 19 de los mismos mes y año, continuando desde ese día sus tareas episcopales. Entre estas debe citarse, ya que por los motivos expuestos no es oportuno detenerse a narrar todos y cada uno de sus hechos, la visita general de la diócesis, que terminó felizmente el día 10 de Febrero de 1878. La triste nueva del fallecimiento del Sr. Pio IX le obligó á regresar a la capital para ocuparse en los últimos honores que debían tributarse al inolvidable Pontífice, y en los que el mismo ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS tomó parte muy principal pronunciando la oración fúnebre que todos conocen. Ni de esta notable pieza oratoria, ni de los demás escritos del actual arzobispo de México habremos de hablar, porque, lo repetimos, cuando un personaje vive, su elogio o su censura debe reservarse a la posteridad.

Para terminar, y como noticia útil para aquel que más tarde sea el biógrafo del ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS, diremos que, a pesar de la injerencia que tuvo en los negocios públicos en años no remotos, disfruta de la estimación y del respeto que le consagran aun los más exaltados enemigos de los principios políticos y religiosos que él profesa. Esto, que es una verdad innegable, patentiza que atesora el actual arzobispo de México virtudes que nadie puede dejar de amar, y hace de él, por lo mismo, el más cumplido elogio.

Nosotros, que no hacemos un misterio de las ideas liberales que profesamos y que no hemos pagado en esta obra tributo alguno sino a la verdad y a la justicia, nos complacemos en reconocer y proclamar al ILLMO. SR. DR. D. PELAGIO A. DE LABASTIDA Y DÁVALOS como uno de los más distinguidos prelados de México.

1 Sosa, Francisco. El Episcopado Mexicano, Editorial Innovación, México, 1978 (original de 1877), págs. 229-232.


28. El Ilmo. Sr. D. Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera

(1892 - 1908)

  • Preconizado en consistorio: 17 diciembre 1891
  • Posesión: 25 enero 1892
  • Consagración: 7 febrero 1892
  • Imposición del palio: 8 febrero 1892
  • Muerto: 30 marzo 1908

Doctor en Sagrada Teología, catedrático y Vice Rector en el Seminario Conciliar. Fue electo prebendado de esta Santa Iglesia Metropolitana en octubre de 1864, y Deán en diciembre de 1885; Vicario General, Gobernador del Arzobispado y Vicario Capitular.

Propuesto a la Santa Sede para arzobispo de México por el V Cabildo Metropolitano, el soberano Pontífice León XIII le preconizó en el consistorio de diciembre de 1891; recibió la consagración Episcopal el 7 de febrero de 1892 en esta Santa Iglesia Catedral, y al día siguiente le fue impuesto el Santo Palio; murió el 29 de marzo de 1908.

Nació en Lerma, el 29 de julio de 1825. Ordenado presbítero en 1855, fue Cura de Santa Ana Querétaro, Canónigo de la Colegiata de Guadalupe, Prebendado del Cabildo Metropolitano y Vicario Capitular a la muerte de Labastida. Consagrado obispo el 7 de febrero de 1892. Convocó la celebración del V Concilio Provincial Mexicano en 1896, participó en el Concilio Plenario Latinoamericano celebrado en Roma en 1899, efectúo la coronación de la Virgen de Guadalupe en 1895, y que la Colegiata de Guadalupe se elevara a rango de Basílica Menor 1904.

Sus padres fueron Don Francisco Alarcón y Doña Magdalena Sánchez de la Barquera, ambos originarios de Querétaro. A temprana edad, el futuro arzobispo quedó huérfano de padre, pero fue acogido, junto con su madre, en la casa de un tío político, Juan Lechuga. Poco tiempo después, falleció Don Juan y tuvo que hacerse cargo de la familia Don Guillermo Sánchez de la Barquera, cura de Querétaro.

Don Próspero inició sus estudios eclesiásticos en el Seminario Conciliar de México por iniciativa de su tío. Consiguió el título de Licenciado en Filosofía en 1846 y el de Doctor en Teología en 1856. Celebró su primera Misa el 19 de marzo de 1855 en la Parroquia de San José de la Ciudad de México. En 1855 el Arzobispo Lázaro de la Garza y Ballesteros nombró a Don Próspero cura de la Parroquia de Santa Ana en Querétaro. A partir de 1864 y hasta 1891 trabajó en la Catedral de México ejerciendo diferentes cargos.

León XIII nombró a Próspero María Alarcón arzobispo de México el 17 de diciembre de 1891, casi un año después de la muerte de Mons. Pelagio Antonio de Labastida. Fue consagrado en la Catedral el 7 de febrero de 1892 por Ignacio Montes de Oca, obispo de San Luis Potosí. Desde los primeros años de su gobierno, el arzobispo se dedicó a organizar y hacer mejoras al Seminario: aumentó el sueldo de los profesores, otorgó becas a estudiantes de escasos recursos y contrató a los más sabios sacerdotes para que dieran las cátedras.

Durante los años siguientes restauró conventos, abrió escuelas primarias, instituyó un nuevo seminario en Valle de Bravo, ayudó a mejorar el funcionamiento de las parroquias y sacó al gobierno eclesiástico de la bancarrota que había dejado Mons. Labastida. En 1895 el arzobispo de México convocó al V Concilio Provincial Mexicano que se llevó a cabo del 23 de agosto al 1 de noviembre y en 1898 asistió al Concilio Plenario que convocó el Papa León XIII para los obispo de América Latina, en Roma.

Mons. Alarcón continuó con las obras de restauración de la antigua Basílica y tuvo la dicha de coronar a la Virgen de Guadalupe el 12 de octubre de 1895, en presencia del episcopado mexicano, de prelados extranjeros y de cientos de fieles.

El Arzobispo de México falleció el 29 de marzo de 1908 después de una larga enfermedad en las vías respiratorias. Está sepultado, por deseo suyo, en la Villa (Basílica de Guadalupe).

1 Sin información de fuente.