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Fundación de la Catedral de México1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 5-8.

El Obispado de México fue el segundo que se erigió en el territorio llamado Nueva España. En un principio habíase pensado en una gran diócesis con el título de Charólense o Carolina, establecida desde 1519, pero que no vino a ser erigida canónicamente sino en 1526, en Tlaxcala, por su primer obispo don fray Julián Garcés, de la Orden de Santo Domingo. El obispado de México se fundó por la presentación que hizo Carlos V, el 12 de diciembre de 1527, de don fray Juan de Zumárraga para obispo de una nueva diócesis. Las condiciones políticas que reinaban en Europa impedían que el nuevo obispado adquiriese una forma legal durante mucho tiempo, pues el emperador se encontraba en guerra con la Santa Sede y así no era posible obtener las bulas que legalizaban la existencia de la nueva diócesis.

Pero como la situación de la Nueva España era cada día más confusa, el emperador determinó que el nuevo obispo pasase a su sede aun antes de recibir sus documentos legales. El señor Zumárraga llegó a México en compañía de los oidores de la primera Audiencia. Frente a aquel grupo de hombres desalmados que sólo procuraban medrar para sí mismos, el obispo no oponía más armas que su cargo episcopal, reducido a la categoría de "electo", y el nombramiento de Defensor de los Indios que le diera Carlos V, que aprovechó en una forma verdaderamente heroica, para oponerse a los desmanes de esa camarilla de pícaros que con el titulo de oidores estuvieron a punto de destruir toda la obra edificada por Hernán Cortés y sus colaboradores.

Las paces entre el Papa y el emperador fueron firmadas el 29 de junio de 1529 en Barcelona, y entonces, a petición de Carlos V, Clemente VII expidió la Bula Sacri Apostolatus, de fecha 2 de septiembre de l530, por la cual erigía el obispado de México y al mismo tiempo aquélla en que nombraba primer obispo de la nueva diócesis a don fray Juan de Zumárraga, y las complementarias para instituir la nueva sede como sufragánea del arzobispado de Sevilla.

Como el prelado había hecho el viaje a la Nueva España desde 1528, llegando a Ulúa al mismo tiempo que los oidores de la primera Audiencia, su posición legal ofrece un curioso problema. No podía ser obispo electo puesto que la elección era facultad exclusiva del Papa, pero tenía la seguridad de serlo por la prerrogativa que el mismo Pontífice concediera a los reyes de España. Don fray Juan de Zumárraga usó en todas sus providencias obispales el título de "electo"; en realidad no lo era, ni tampoco podía ser "presentado", porque la anormalidad que reinaba entre la Corte de España y el Papado impedía que Carlos V pudiese hacer una presentación formal. En consecuencia hay que aceptar que, fundándose en las prerrogativas concedidas a priori, se aceptaban un tanto arbitrariamente las consecuencias que iban a obtenerse a posterior.

Sea como fuere, el señor Zumárraga desempeñó su cargo legal o ilegalmente, pero con un espíritu verdaderamente apostólico. Traía entre sus despachos, como hemos dicho, el nombramiento de Protector de los Indios, acaso más importante en aquellos tiempos turbulentos que las bulas episcopales. Y ese cargo fue llevado a término por el prelado en tal forma, que puede decirse que a él se debe que todo el cúmulo de tiranías y crímenes cometidos por esa infausta primera Audiencia, cuyo nombre sólo parece una mácula en el gobierno de Carlos V, fuese corregido, castigado en lo posible y remediado hasta donde se podía con el nombramiento de los integérrimos varones que constituyeron la segunda Audiencia de la Nueva España.

Todo ello se debe a Zumárraga, a su famosa carta del 27 de agosto de l529 que es, sin duda, el documento más notable para la historia de ese período en nuestro país. Los enemigos del obispo no habían estado ociosos; sus acusaciones contra él, presentadas por los buenos valedores que tenían en la corte, hicieron que fuese llamado a España, para donde partió el año de 1532. Su presencia y su actitud, desbarataron todos los cargos y fue entonces cuando su diócesis quedó formalmente establecida. En efecto, fue allí consagrado el 27 de abril de 1533, en la capilla mayor del convento de San Francisco de Valladolid, por el señor obispo de Segovia, don Diego de Rivera. El 2 de agosto del mismo año despachó Carlos V las ejecutoriales u órdenes para cumplir las bulas, dirigidas a la Audiencia de la Nueva España. El 27 de diciembre del mismo año el bachiller Alonso López, que se dice canónigo y provisor, y Bernardino de Santa Clara, vecino prominente de México, presentaron estos documentos que la Audiencia mandó que fuesen obedecidos y, así, el 28 de diciembre del mismo año 1533 tomaron posesión los apoderados del señor Zumárraga en la iglesia mayor de México.2

Una vez consagrado obispo escribió, con aquel espíritu seráfico que inspiró todos los actos del santo varón, una exhortación latina dirigida a los frailes franciscos y de Santo Domingo, para que en su compañía recogiesen los frutos que les brindaba la cosecha riquísima que se les ofrecía en el nuevo mundo.

Poco más de un año permaneció en España el señor: Zumárraga negociando asuntos de su obispado, y a principios de 1534 redacto la erección de su iglesia, documento importantísimo en el cual se ve cómo estaba organizaba la diócesis de México.

Antes de que demos noticia acerca de esta organización, conviene señalar los territorios que comprendía el obispado de México. Eran ellos los que hoy ocupan el Distrito Federal, los Estados de México, Hidalgo, Querétaro, y Morelos en su totalidad; la Huasteca potosina, es decir, los antiguos partidos de Tancanhuitz, Valles y Tamazunchele, de San Luis Potosí; la Huasteca Veracruzana, o sea, los viejos cantones de Ozuluama y Tantoyuca, en Veracruz; dos distritos según la organización antigua del Estado de Guanajuato: Iturbite, antes Casas Viejas, y Victoria, anteriormente llamado Xichú; y cinco de los antiguos distritos del Estafo de Guerrero: Alarcón, o sea Tasco, Aldama, que era Teloloapam, Bravos o Chilpancingo, Hidalgo, antes Iguala, y Taberes, que corresponde a Acapulco.

La erección de la iglesia de México, inspirada en la de la de Sevilla y que sirvió de modelo a las de muchas otras catedrales, organiza en un todo el servicio eclesiástico; para ello designa desde luego a los miembros que han de formar su Cabildo: al deán, que es la primera dignidad después de la pontifical; al arcediano, a quien corresponde el examen de los ordenandos, la administración de la ciudad y de la diócesis, aparte de la visita de la misma si el prelado se la encargare; un chantre, que debe ser instruido y perito en música, o a lo menos en canto llano, ya que su oficio es cantar en el facistol y enseñar a cantar a los servidores de la iglesia y llevar la administración del coro. Un maestrescuela, que debe enseñar gramática a los clérigos y a los servidores de la iglesia, así como a los fieles de la diócesis que quieran oír sus lecciones. Un tesorero, al que corresponde hacer cerrar y abrir el templo, tocar las campanas, guardar todos los utensilios eclesiásticos, lámparas y candiles, cuidar del incienso, de la cera, del pan y del vino y de las demás cosas para celebrar, y finalmente vigilar los réditos de la fábrica de la iglesia, tanto cuenta de todo al Cabildo para que él dé su acuerdo. Diez cargos de canónigos y prebendas, que deberían ser independientes de las dignidades antes mencionadas. Seis raciones íntegras y seis metías raciones. El número de rectores necesario para el servicio de la Catedral. Seis acólitos. Un sacristán. Un organista. Un pertiguero. Un mayordomo o procurador de la fábrica de la iglesia y hospital, el cual presidirá a los arquitectos, albañiles, carpinteros y otros oficiales que trabajen para edificar las iglesias. Un conciliarlo o notario, y finalmente un perrero que debe echar a los perros de la iglesia y limpiarla todos los sábados y en víspera de cualquiera fiesta que tenga vigilia y cada vez que le sea mandado por el tesorero.

Con un personal tan numeroso en una iglesia nuevamente erigida, era difícil que se obtuviesen los elementos necesarios para sostenerla. Puede decirse que el señor Zumárraga erige su iglesia pensante en el futuro, cuanto la diócesis de México llegue a ocupar la importancia que el nuevo país le reclama. En la actualidad, los frailes ocupan la mayor parte de la administración, por tanto, debe hacerse una limitación provisional en el número de dignidades, canónigos y raciones. Así, en la misma erección, suspende por de pronto la dignidad de tesorero, cinco canónigos y todas las raciones y medias raciones. Y además procura mejorar las retribuciones.

Así se distribuían tales monumentos:

Al deán, ciento cincuenta libras "llamadas vulgarmente en aquellas regiones pesos"; al arcediano, ciento treinta pesos; a cada uno de los canónigos, cien pesos; a los racioneros, setenta pesos; a los medio racioneros, treinta y cinco; a los capellanes, veinte; a cada acólito, doce; al organista y al notario, dieciséis; lo mismo al pertiguero; al mayordomo, cincuenta, y al perrero, doce.3

Viene en seguida la distribución de los diezmos, la organización de las parroquias y una disposición especialmente valiosa para la historia de la Catedral: el apartado 31 de la erección, que en su parte final dice: "Aplicamos también perpetuamente con la misma autoridad a la fábrica de la iglesia catedral de María Santísima de nuestra diócesis dicha, todos y cada uno de los diezmos de un parroquiano de la misma iglesia, y de todas las otras iglesias de toda la ciudad y diócesis; con tal de que el tal parroquiano no sea el mayor o el más rico de dicha nuestra iglesia catedral y de las otras iglesias de nuestra referida diócesis, sino el segundo después del primero".4 Es decir, que aparte de lo que de los fondos de fábrica estaba destinado para la obra de la iglesia, se dedican los diezmos de un feligrés, de los más ricos, no el primero, sino el que le seguía.

La advocación de la santa iglesia Catedral debía ser la de la Asunción de la Virgen María, y agrega: "Asignamos por parroquianos de la dicha iglesia las casas, habitantes y moradores y vecinos, tanto los que dentro de la ciudad, como los que en los suburbios de ella habitan y moran de presente, y en lo futuro habitasen y morasen, hasta que en dicha ciudad se haga por Nos y por nuestros sucesores cómoda división de parroquias, a la cual también tengan obligación de pagar derechos de iglesia parroquial, diezmos, primicias y hacer oblaciones..."5

El último apartado de la erección prescribe para el obispo y sus sucesores la facultad de establecer en lo sucesivo aquellas cosas que convinieron y termina con los párrafos necesarios para ratificar en todas sus partes la erección. La fecha dice: "Dada en Toledo en el año de la Natividad del Señor de 1534. "Regresó don fray Juan a México a continuar su misión apostólica ayudado, ahora sí, por los funcionarios de la segunda Audiencia. La vida colonial seguía su marcha, sin más contratiempos que discusiones ociosas en aquellos tiempos en que la necesidad imponía prácticas que tenían por fuerza que apartarse de las costumbres aceptadas. Tal aconteció con la discusión acerca del bautismo de los indios, que, claramente se comprende, no podía constar de todas las ceremonias prescritas por la iglesia, puesto que muchas veces tenía que hacerse en forma colectiva. La discusión llegó a tal punto que hubo que acudir a una autoridad superior, y así se organizó una junta con la Audiencia, obispos y prelados de las Órdenes, que tampoco llegó a ningún acuerdo. Turnado el asunto a España, el Consejo de Indias y el arzobispo de Sevilla determinaron que se continuase en la forma que se había hecho, hasta consultar con Su Santidad. El Papa Paulo III expidió el primero de junio de 1537 la bula Altitudo divini consilii, que resolvía claramente este problema y otros muchos que se habían suscitado.

Con el transcurso del tiempo se fundaron nuevas diócesis en la Nueva España, de manera que la situación eclesiástica de México requería otra organización: era necesario que existiese una Metropolitana de la cual dependieran todas estas diócesis en calidad de sufragáneas, en vez de tener que depender de la catedral de Sevilla, mucho más lejana. "Por eso, en consistorio secreto de 11 de febrero de 1546, y a instancias del emperador, separó el señor Paulo III la iglesia de México erigiéndola en Metropolitana, y dándole por sufragáneas las de Oaxaca, Michoacán, Tlaxcala, Guatemala y Ciudad Real de Chiapas. Nombró por primer arzobispo al mismo señor Zumárraga y el 8 de julio de 1547 le envió la bula del Palio, que no llegó a recibir."6

El señor :Zumárraga se encontraba en el pueblo de Ocuituco, que se le había dado en encomienda para sostener con sus tributos el Hospital del Amor de Dios, cuando recibió la noticia que lo sobresaltó en forma inexplicable, porque se juzgaba indigno de ser obispo y más ano del arzobispado. Regresó a México y fue a consultar el caso con su íntimo amigo fray Domingo de Betanzos, que se encontraba en su convento de Tepetlaóztoc; hizo el viaje secretamente, en un asno, y tanto la preocupación que le agobiaba como la fatiga que le causó haber confirmado a catorce mil quinientos indios, le agravaron sus males y tuvo que regresar a México, acompañado por el padre Betanzos, en donde, a pocos días, murió el 3 de junio de 1548.7

De este modo cambió la organización del obispado, pasando el de Nueva España a la calidad de Metropolitano y los demás a la de sufragáneas. Más tarde la Provincia Mexicana se subdividió en diversos arzobispados, haciendo que fueran sufragáneos de cada uno de ellos los nuevos obispados que se iban fundando en el transcurso del tiempo; así, la Iglesia mexicana consta en la actualidad de una metropolitana que a la vez es provincia y tiene por sufragáneas a las diócesis de Veracruz, Tulancingo, Chilapa y Cuernavaca. La Provincia de Oaxaca, con Tehuantepec y Chiapas por sufragáneas. La Provincia de Guadalajara, con Zacatecas, Tepic y Colima. La de Linares (Monterrey), con San Luis Potosí, Saltillo y Tamaulipas. La de Michoacán, con Zamora, León, Querétaro, Tacámbaro. La de Durango, con Sinaloa, Sonora y la vicaría apostólica de Baja California. La de Puebla, con Huajuapan de León. Y la de Yucatán, con Campeche y Tabasco. Consta la Iglesia mexicana en la actualidad de treinta y un obispados, la vicaría apostólica de la Baja California y la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, que tiene abad mitrado y cabildo y puede considerarse, en consecuencia, como otra catedral.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 5-8.
2 Icazbalceta, Zumárraga, pág. 82.
3 El Señor Marroqui supone erróneamente que estas asignaciones eran mensuales. En realidad eran anuales. Muy Pronto surgió el pleito, porque tanto dignidades como canónigos, consideraron muy corta la retribución.
4 Arrillaga, concilio III, Erección de la Iglesia de México, pág. XXXV.
5 Arrillaga, 39.
6 Icazbalceta, Zumárraga, Pág. 193.
7 Refiere todos esos detalles el Padre Mendieta, lib. V, parte primera, cap. 29.


Concilios Provinciales Mexicanos1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 8-11.

La llegada a México de la bula de que antes hemos hablado, originó una junta de los señores obispos que a la sazón existían, junta ordenada por el emperador y hecha efectiva por el primer virrey don Antonio de Mendoza, la cual ha sido considerada como el Primer Concilio efectuado en Nueva España.

Antes, en 1524, los frailes franciscanos que habían llegado a México, los clérigos que existían y tres o cuatro letrados seculares se reunieron para estudiar los problemas relacionados con la propagación de la fe. Las resoluciones adoptadas fueron las siguientes: que se administrara el bautismo dos veces por semana: domingos en la mañana y martas en La tarde; en esos días debía imponerse el Crisma a los que habían sido bautizados sin él; que los enfermos crónicos pudieran confesarse dos veces al año y que para los neófitos sanos el cumplimiento del precepto eclesiástico comenzase en la dominica de septuagésima; que ninguno pudiera casarse sin haber sido antes examinado de la doctrina cristiana y haber ejecutado la confesión.2

La junta de l539 casi puede considerarse como un Concilio. Asistieron a ella, además del señor Zumárraga, don Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán; don Juan López de Zárate, obispo de Oaxaca; fray Juan de Granada, comisario general de la orden de San Francisco; fray Pedro Delgado, provincial de la orden de Santo Domingo; fray Antonio de Ciudad Rodrigo, provincial de la orden de San Francisco; fray Jerónimo Jiménez, vicario y provincial de la orden de San Agustín; fray Jorge (¿de Ávila?), prior de la dicha orden; fray Francisco de Soto, guardián; fray Cristóbal de Zamora, franciscano; fray Domingo de la Cruz, prior de Santo Domingo; fray Nicolás de Agreda, de la orden de San Agustín y otros letrados religiosos de las tres órdenes. Pueden leerse en los apéndices de la biografía del señor Zumárraga, escrita por don Joaquín García Icazbalceta, las conclusiones a que llegaron estos venerables varones.

Todas ellas se refieren casi a hechos materiales del culto, a organización eclesiástica y a impedir en lo posible que, so color de hacer más suntuosas las ceremonias, los indios no incurriesen en sus prácticas de idolatría, en sus bailes o areytos de que tanto gustaban. Sea como fuere, los veinticinco capítulos de que constan las resoluciones de esta junta deben ser considerados como la primera disposición tomada colectivamente por los prelados y los dirigentes de las órdenes religiosas que existían en México a la sazón.3 Otras dos juntas se verificaron en México en 1532 y en 1544, pero en ellas, más que de asuntos religiosos, se trató de asuntos de índole social, sobre todo en la de 1544, convocada por el visitador Sandoval y que tuvo por objeto discutir el arduo problema que originó la promulgación de las Nuevas Leyes.4

Vamos a tratar ahora de las reuniones más importantes para la historia de la Iglesia en México, convocadas por la autoridad máxima de ella, el arzobispo de México. Cinco son los concilios que se han efectuado en México; su importancia no puede negarse, no sólo por lo que afane a la organización eclesiástica, sino a la conducta general que debían seguir los habitantes de Nueva España. La importancia de los concilios - no ha sido bien apreciada por los historiadores de la Colonia, pero algunos de aquellos, por ejemplo el tercero en que colaboraron los hombres más sabios y distinguí dos que existían en la Nueva España, es indispensable para conocer íntegramente la organización del país en la época. Todo se halla reglamentado, todo está perfectamente resuelto. Los primero concilios fueron obra del segundo arzobispo de México, don fray Alonso de Montúfar. El tercero revela la energía y actividad de don Pedro Moya de Contreras. El cuarto fue obra de aquel distinguidísimo arzobispo que se llamó el señor Lorenzana y el quinto se efectuó bajo la dirección de don Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera.

El primer concilio se efectuó en 1555; sus resoluciones fueron publicadas por el célebre Juan Pablos, primer impresor de México. El segundo tuvo lugar en l565 para la aceptación y cumplimiento del Concilio de Trento. El tercero se celebró en l585, siendo arzobispo y virrey el señor Moya de Contreras, que indudablemente aprovechó el hecho de reunir en su mano los dos mayores poderes de la Nueva España para efectuarlo. No fue publicado sino en 1622. El cuarto concilio se reunió en 1771. No fue aprobado por la Santa Sede, quizás por no haberse solicitado dicha aprobación; pero que llenó todos los requisitos necesarios para un concilio lo demuestra el hecho de que el último concilio celebrado en México se designa como V. El decreto de promulgación del V concilio fue expedido en México, el 12 de octubre de 1898.

Aunque resulta un poco fuera de lugar, y además el autor carece de autoridad y criterio necesarios para estudiar estos temas, consideramos que la historia de la Iglesia de México resultaría incompleta en su parte canónica si no se hiciesen algunas consideraciones acerca de tan importantes documentos. Debe notarse que hablamos desde el simple punto de vista del historiador, sin que llevados de la audacia lleguemos a criticar o juzgar de las labores de esos beneméritos varones. Además, muchas veces los concilios se relacionan directamente con la historia del arte; por eso es necesario tenerlos en cuenta, para que así el trabajo resulte lo más completo posible.

El Primer Concilio tuvo lugar, como ya dijimos, en 1555. Comenzó el día de San Pedro y San Pablo, o sea el 29 de junio; lo presidía don fray Alonso de Montúfar y asistieron don Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán; don fray Martín de Hoja Castro, obispo de Tlaxcala (después llamado de Puebla), don fray Tomás Casillas, obispo de Chiapas; don Juan de Zárate, obispo de Oaxaca que murió durante la celebración del concilio, y don fray Francisco Marroquín, obispo de Guatemala, enviando como representante suyo con poder competente al arcediano de su catedral; asistieron también representantes de los cabildos eclesiásticos de México, Puebla, cuya catedral tenía el título oficial de Tlaxcala, Guadalajara y Yucatán. Los prelados de las religiones y todas las personas que tenían derecho a figurar en esa junta.

Las conclusiones de ese primer concilio constan noventa y tres capítulos, a través de los cuales puede se ve el celo apostólico que inspiraba a aquellos prelados Algunos capítulos se refieren directamente a la Listos del arte, por ejemplo el XXIII, que ordena que no se ve, dan sepulturas ni enterramientos; el XXIV, que prohíbe que en las iglesias se hagan sepulcros altos ni tumbas en lo cual debe verse la causa de la escasez de la escultura funeraria en la Nueva España; el XXXIV, que ordena terminantemente: "Sancto aprobante Concilio estatuas mas y mandamos que ningún español ni indio pintaran imágenes ni retablos en ninguna iglesia de nuestro arzobispado y provincia ni venda imágenes sin que primero el tal pintor sea examinado y se le dé licencia por Nos o por nuestros provisores para que pueda pió lar..."5 el XXXV, que ordena "que ninguno edifique iglesia, monasterio ni ermita sin licencia"; y el LXI, en que prescribe cómo deben ser los manaste ríos. Todo el gobierno eclesiástica' está reglamentad' en este concilio: las fiestas que se deben guardar; e arancel a que deben sujetarse los honorarios de los párrocos; los requisitos que deben llenar los que quiera ordenarse; todo aquello, en fin, que convenía saber y seguir para el buen gobierno de la iglesia.

El Segundo Concilio, efectuado, como hemos dicho, en l565, no tiene la importancia que el primero porque se trataba simplemente de recibir y jurar Concilio de Trento. Asistieron a él, además del seña Montúfar que lo presidió, don fray Tomás Casilla. Obispo de Chiapas; don Fernando de Villagómez, obispo de Tlaxcala con residencia en Puebla; don fray Francisco Toral, obispo de Yucatán; don fray Pedro de Ayala, obispo de Nueva Galicia; don fray Bernardo de Alburquerque, obispo de Oaxaca; el procurador de obispo de Michoacán, los prelados de las órdenes religiosas, el visitador general de la Nueva España, la miembros de la Real Audiencia y los personajes que tenían derecho a asistir a él.

No fue publicado en su época y se conoce por I edición que hizo en 1769 el señor Lorenzana. Consta de veintiocho capítulos, en que se adapta a la Nueva España la parte fundamental de las disposiciones arde nadas en el Concilio de Trento. Así, el primer capítulo ordena que los prelados guarden y manden guarda lo ordenado y mandado por dicho Santo Concilio. La demás disposiciones vienen a ser un complemento y adaptación, como hemos dicho.

El Tercer Concilio fue convocado el 10 de febrero de 1584, por el señor arzobispo y virrey don Pedro Moya de Contreras. Se abrió con una procesión solemne el 20 de Enero de 1585 y concluyó el 14 de septiembre del propio año. Asistieron a él, además del señor Moya, don fray Gómez Fernández de Córdoba, obispo de Guatemala; don fray Juan de Medina Rincón, obispo de Michoacán; don fray Diego Romano, obispo de Tlaxcala; don fray Gregorio Montalvo, obispo de Yucatán; don fray Domingo Arzola, obispo de Nueva Galicia, y don fray Bartolomé de Ledesma, que lo era de Oaxaca. El prelado de Chiapas, en su camino para México cayó de la mula en que cabalgaba y se rompió una pierna; por tanto, tuvo que enviar a un procurador. El obispo de Comayagua se excusó porque tenía necesidad de ir a España, y el primer obispo de Manila, que no pudo asistir en persona a causa de la distancia y por estar entendiendo en asuntos de su diócesis, nombró igualmente procurador.

Para la celebración del concilio fue renovada casi en su integridad la catedral vieja, a pesar de que ya la nueva iba bastante adelantada en su construcción. Las cuentas de esta reparación, que se conservan en el Archivo General junto con algunas de la nueva obra,  aportan preciosas informaciones para la historia de ambos monumentos, las cuales, como se verá a su debido tiempo, procuramos aprovechar.

El Tercer Concilio Mexicano ha sido considerado por todos los autores como el más notable que se verificó en la Nueva España. Toda la vida religiosa y social está reglamentada en sus disposiciones. Los mismos términos en que comienza son edificantes: "El Santo Concilio Provincial Mexicano, recta y canónicamente congregado en México, Metrópoli de la Nueva España de las Indias Occidentales del Mar Océano; para guardar y cumplir los estatutos de los sagrados cánones, y principalmente los decretos del Concilio General Tridentino: para la propagación de la fe católica y el aumento del culto divino, para la reforma del clero y del pueblo y, finalmente, para la común utilidad en lo espiritual y temporal de la Provincia Mexicana poco ha engendrada en el Evangelio y acabada de nacer en Cristo Señor Nuestro."  El editor del Concilio, el ilustrado padre Basilio Arrillaga, S. J., en su prólogo a la edición mexicana se expresa en los siguientes términos: "Observará el reflexivo lector que este Concilio es una obra maestra que, lejos de divagarse en síntesis y discursos que mirasen solamente a lo especulativo se ordenó y dirigió a lo práctico, con tanto acierto, que no sólo contribuyó a lo que de primeras bases y fundamentos pudiera necesitar una iglesia de pocos años, sino que aun dio reglas de mucha perfección cuales pudiera aparecer en su mayor aprovechamiento; de manera que si fue útil y conveniente para su fundación, lo fe; igualmente para su reforma. Sus cánones respiran moral más pura, el celo más acendrado, la prudencia más circunspecta."  Este Concilio fue aprobado "con la más alta recomendación" por Sixto V en 1589, el 2 de octubre.

Largos años transcurrieron sin que volviese a celebrarse en México nuevo concilio: parecía que las disposiciones emanadas y reconocidas universalmente el de 1585 hacían innecesario uno nuevo. Sin embargo en 1771 se celebró el cuarto concilio. Fue convocar por don Francisco Antonio Lorenzana, arzobispo de México, el 10 de enero de 1770 y sus labores comenzaron el 13 de enero del siguiente año, para ser clausuras el 26 de octubre; su promulgación tuvo lugar en Catedral de México los días 5, 6, 7, 8 y 9 de noviembre Asistieron a él, aparte del señor Lorenzana, don Miga Álvarez Abren, obispo de Oaxaca; don fray Antonio Alcalde, de Yucatán; don Francisco Fabián y Fuero de Puebla; don fray José Díaz de Bravo, de Durango don Pedro Sánchez de Tagle, de Michoacán, representado por el doctor don Vicente de los Ríos, docto' de su iglesia. La sede vacante de Nueva Galicia estad representada por el doctor don José Mateo de Arteaga su doctoral.

"Este Concilio no fue aprobado por la Santa Sede y se ha dicho que debido a las ideas jansenistas del Ilustrísimo señor Lorenzana, pero es inexacta la especie pues de hecho fue que las actas nunca fueron siquiera remitidas a Roma, sino se quedaron archivadas en pana. Para explicar esto se ha dicho también que f debido a que en dicho Concilio no campeaba todo regalismo que los miembros del Consejo de Indias hubieran querido, pero creo que también esto es inexacto y que el hecho de haberse quedado archivadas las otras fue debido no más que a las circunstancias de tiempos. En efecto ocupada por entonces la Corte España en el escandalosísimo negocio de la expulsión de los jesuitas y extinción de la Compañía; traslada el señor Lorenzana a la Sede Primada de Toledo, elevado a la púrpura cardenalicia y mandado después a Rol en honroso destierro, primero no tuvo tiempo y después no tuvo humor de agitar este negocio, y pasada, c el transcurso de los años, la oportunidad, no había para qué ocuparse en la revisión de unos decretos que en parte al menos, deberían estar anticuados."

Los asuntos tratados en el Cuarto Concilio Provincial Mexicano pueden conocerse gracias a los extractos que publica el señor Vera, en su libro acerca de los concilios.  Aunque en la portada sólo menciona el tercer concilio, en su texto de la página 9 a la 76 estudia con bastante detalle el cuarto concilio. Comienza por resellar Regio, como se llamó el volumen que contenía las resoluciones de dicho concilio: "La colección del Concilio IV Mexicano está formada del » Tomo Regio» expedido en San Ildefonso el 21 de agosto de 1769, el cual contiene veinte capítulos, y de los documentos que refiere el fiscal don Pedro de Pifia y Lazo en su respuesta fiscal sobre la aprobación del Cuarto Concilio Provincial Mexicano."

Aparte de los prelados, asistieron al concilio representantes de todas las organizaciones civiles y eclesiásticas del país y es indudable que ellos, considerándose ya como miembros de una nueva nacionalidad, estatuyeron disposiciones más apegadas a la realidad mexicana de lo que fuera conveniente para el gobierno español.

Se dio principio al concilio el 13 de enero de 1771, cantando misa de pontifical y predicando el señor Lorenzana. En seguida el virrey marqués de Croix arengó "oportuna y respetuosamente" a los señores obispos. Le contestó el señor Lorenzana, recordando la asistencia del rey Recaredo al concilio de Toledo. Las sesiones tuvieron lugar desde el 14 de enero hasta el 23 de octubre, en que clausuró la asamblea el virrey Bucareli. Del 5 al 9 de noviembre se celebraron cinco funciones solemnes con misa de pontifical y sermón y en ellas se leyeron al público las actas de las sesiones. Al día siguiente, 10, salió de México comisionado para llevar a España dichas actas el licenciado don Gabino Balladares, juez de obras pías que murió siendo obispo de Barcelona.

No habiendo recibido la aprobación de la Santa Sede, el Concilio no fue impreso sino muchos años después por el señor obispo de Querétaro don Rafael Sabás Camacho.

Después de la independencia de México el Primer Concilio celebrado tuvo lugar en Oaxaca y fue convocado y presidido por el señor arzobispo Gillow y en él tomaron parte sus sufragáneas, o sean los señores obispos de Yucatán, Chiapas, Tabasco y Tehuantepec, el último por procurador. Celebrase del 8 de diciembre de 1892 al 12 de marzo de 1893.

La Catedral de México, como cabeza de una provincia, celebró un Concilio que ha sido aceptado como el quinto concilio mexicano, que adoptó en su edición y cánones el dictado de quinto a pesar de que, como hemos dicho, el cuarto no fue aprobado por la Santa Sede. Convocó a este quinto concilio el señor arzobispo Alarcón y sus trabajos tuvieron lugar del 23 de agosto de 1896 al 19 de noviembre del mismo año...Fue promulgado en México el 12 de octubre de 1898 y la aprobación y revisión de las correcciones necesarias hechas por la Santa Sede llevan fecha de 19 de agosto de 1899.

El Quinto Concilio Provincial Mexicano se adapta en su estructura a sus antecesores, sobre todo al tercer concilio de l585, como el más notable que se había verificado en México. Consta de cinco partes: la primera trata de la administración del magisterio eclesiástico; la segunda, de la administración del gobierno eclesiástico; la tercera, de la administración del culto divino y de los sacramentos; la cuarta, de los bienes eclesiásticos y de su administración, y la quinta, de los juicios y de las penas. Un último apartado, que se refiere a los decretos del concilio, declara que son nulos y sin ningún valor los estatutos del tercer concilio que no estén aprobados expresamente en el quinto concilio.

Tal es, a grandes rasgos descrita, la historia de los concilios efectuados en México. La Catedral Metropolitana, como madre amorosa no sólo de sus sufragáneas sino de todos los fieles, acogía benévolamente a sus prelados que, llenos de un amor verdaderamente apostólico, propugnaban el mejoramiento de la salud espiritual y social de los fieles.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 8-11.
2 García Gutiérrez, pág. 58.
3 Icazbalceta, Zumárraga, documentos, núm. 26.
4 Icazbalceta, Zumárraga, pág. 186, trae las conclusiones de esta junta.
5 Lorenzana; Concilios, págs. 91-92.


Congresos Eucarísticos1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 11-12.

Desde el siglo XIX surgió la idea de celebrar congresos católicos. El congreso es una reunión a la que asisten delegados representativos de ciertas actividades, que discuten los problemas que se refieren a esas actividades y determinan, por medio de ponencias que son aprobadas o rechazadas, las mejores medidas que deben tomarse para el éxito de sus actividades.

Se dice que el señor Labastida dio los pasos para celebrar el Primer Congreso Católico, pero que la muerte impidió que se realizasen sus deseos2.  En 1900 el señor Ramón Ibarra y González propuso la celebración de un congreso católico en su obispado de Chilapa, pero tampoco pudo realizarse. El primero que se celebró en la República se debió a los esfuerzos del mismo reconocidamente famoso y activo señor Ibarra, ya obispo de Puebla, y tuvo lugar del 20 de febrero al 1° de marzo de 1902.

Después surgió la idea de celebrar congresos eucarísticos; en ellos se trata del fomento de la fe, del mejoramiento de las costumbres y de todo aquello que atañe la religión, ensalzando y propagando el Misterio y práctica de la Eucaristía. El primer Congreso Eucarístico celebrado en México tuvo lugar en nuestra Catedral, que fue especialmente arreglada para ello el año de 1924. La asamblea constituyó un hecho de resonancia nacional, así por el número de asistentes como por la calidad de los congresistas. El ejemplo dado en México ha servido para que en diversos lugares de la República se hayan celebrado asambleas semejantes.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 11-12.
2 García Gutiérrez, pág. 125.