• Introducción
  • Órdenes de Construcción
  • Comienzo de la Obra
  • Los Cimientos
  • Arquitecto Autor
  • Desarrollo de la Fábrica
  • Las Dedicaciones
  • Segunda Dedicación
  • Obras Siglo XVII
  • Trabajos Siglo XVIII
  • Fachada y Torres
  • Conclusión de la obra
  • Fecha de término

Introducción1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 17-19.

La primitiva catedral de México no fue edificio construido exprofeso para ese fin. Fue una iglesia levantada por Hernán Cortés en la plaza mayor de México, utilizando para sus cimientos y para las bases de sus pilares, monolitos del antiguo teocali indígena. Esta iglesia, conocida con el nombre de iglesia mayor y edificada de 1524 a 1532, parece haber sido ocupada por los frailes franciscos que llegaron a México en 1523 y 1524.

Se ha discutido, sin llegar a un acuerdo, si la primera catedral de México fue también la primera iglesia de San Francisco. El señor García Icazbalceta se inclina a negar tal especie, pero sus argumentos no alcanzan a convencernos de que no existió alguna relación entre dicha iglesia y los frailes franciscanos.

Se sabe que estos religiosos ocuparon a su llegada una casa de por la calle que hoy llamamos de Guatemala y don Joaquín deduce que en ese lugar se levantaría la primera iglesia franciscana, antes de pasar en l525 a la iglesia nueva de los franciscanos, en tanto que la iglesia mayor edificada en la plata resultaba independiente. Es indudable que los frailes franciscos no tuvieron necesidad de construir iglesia en la casa que habitaron: cualquiera estancia podía servirles para ello si sabían que más tarde se iban a trasladar a otro sitio. Además, en el corto espacio de un año que deben haber habitado allí, niel pudieron construir una iglesia de la cual no conservarnos el menor rastro en nuestra historia. Que ocuparon la iglesia mayor, es evidente, por las citas de los cronistas franciscanos y aun de los que no lo eran. Que se confunden las dos iglesias en una, lo sabemos hasta por el hecho de que al hablar de las honras fúnebres de Hernán Cortés cuando se propaló en México la falsa noticia de su muerte, unos dicen que se hicieron en San Francisco y otros en la iglesia mayor.

Es lógico pensar con Vetancourt y los cronistas que hacen una de ambas iglesias, que la iglesia mayor albergó a los frailes franciscos mientras ellos edificaban su propio convento; que habitarían en la casa que les dio hospedaje en una estancia de la cual improvisarían iglesia para su culto conventual, que administrarían los sacramentos en la iglesia mayor, puesto que no existía todavía ningún obispo y fray Martín de Valencia podía ser considerado el jefe de la religión en aquellos años. El cronista más antiguo de nuestra Catedral, Sariñana, lo afirma con toda certeza diciendo que al consagrar a Dios "este nuevo y suntuoso templo" cuyo sitio ocuparon estos insignes primitivos religiosos y lo cedieron humildes religiosos de la observancia para que en él se edificase la santa iglesia catedral.2

Concluido el convento de San Francisco en 1525, los franciscanos se pasan a él y dejan la vieja iglesia a los clérigos que habitaban en la ciudad, a fin de que ellos la tengan a su cargo. Sea como fuere, debemos reseñar la historia de este edificio.

Entre los cargos que los enemigos de Cortés le hicieron cuando se confabularon con Nuño de Guzmán para residenciarlo, uno de los más graves fue que no había levantado iglesias. El cronista Herrera afirma que el conquistador fue quien edificó la iglesia mayor, poniendo como basas de los pilares las piedras esculpidas del adoratorio indígena.3

Cortés, verdadero hombre del Renacimiento que llegó a proponer que no se destruyesen los templos indígenas para conservar memoria de sus antigüedades,4 puede haber descuidado por el momento la construcción del templo, pero en la repartición de solares demuestra que entre sus proyectos figuraba el de levantar un gran templo para la capital de Nueva España. No sólo trazó el primer templo de la ciudad, sino que lo construyó. Consta que el arquitecto de la obra fue maese Martín de Sepúlveda, que era alarife de la ciudad de México, el 31 de marzo de l530, y que trabajó así en la obra de la Audiencia, como en la del acueducto que se hizo para traer el agua a la ciudad.5 La obra fue terminada por el señor Zumárraga con bastantes dificultades, hacia 1532.6

Todavía en 1534 el obispo pide a la Corona dinero de sus diezmos para poder hacer el coro en su Catedral La solicitud le fue aprobada con fecha 20 de febrero de 1534.7 Poseemos ahora noticia de otro arquitecto: "En 1540 el maestro de cantería, natural de Azpeitia, Francisco de Chávez, se comprometió en Sevilla a marchar a Méjico para hacer trazas y realizar las obras que le ordenase el Obispo Fray Juan de Zumárraga, aunque no se precisa en el contrato si esas obras se referían a la catedral."8

Don Joaquín García Icazbalceta, fundándose únicamente en documentos escritos, determinó el lugar preciso en que estaba situada esta iglesia, o sea en el ángulo noroeste de lo que hoy llamamos atrio de la nueva iglesia; todavía pueden verse allí algunas de las rudas basas de los pilares ochavados con restos de relieves indígenas en la parte baja. Las excavaciones realizadas en la plaza para nivelar el piso permitieron a don Antonio García Cubas verificar por medio de la sonda el sitio exacto en que existen aún los cimientos y reconstruir la planta. Es asombrosa la seguridad de don Joaquín para precisar, simplemente con datos, la ubicación del templo.

La iglesia ofrecía planta basilical, con tres naves separadas por dos danzas de pilares ochavados de orden toscano, con el techo central de dos aguas y los laterales de vigas planas, lo que permitía abrir ventanas para la nave mayor.

Debe considerarse esta iglesia, así en su estructura cuanto en sus detalles, como una supervivencia del arte mudéjar; tales son las iglesias construidas en gran parte de Andalucía hasta el siglo XV y los pilares de sección octogonal revelan la misma ascendencia.9

Esta iglesia fue considerada siempre como pequeña e inadecuada para una ciudad tan opulenta como iba siendo la capital de la Nueva España. Cuando, en 1554, Cervantes de Salazar nos describe cuidadosamente cómo era la ciudad, no puede menos de asombrarse de una catedral tan pobre, tan baja, tan húmeda: las iglesias de los conventos son mucho más suntuosas. Para esas fechas se había expedido ya la cédula que ordena construir una catedral nueva.10

Hemos visto en páginas anteriores que, para la celebración del tercer concilio, el señor arzobispo y virrey don Pedro Moya de Contreras ordenó la restauración de la catedral vieja. Tal medida se ve explicada en la carta que el prelado escribió al rey, cuya parte relativa dice así: "Por ser la Iglesia Vieja de México muy antigua y de ruyn mezcla acudiendo a su reparo como tengo avisado a Vuestra Majestad, forzó su actual edificio a reedificaría de nuevo para escudar alguna gran ruina que visiblemente amenazaua y estando quasi acauada por descuido y ynaduertencia del obrero mayor de no reconocer vn pilar de los viejos sobre que cargaua la tiñera de la naue de en medio de tres que son, se cayó y llenó tras sí otros tres pilares y el edifficio questaua sobre ellos y fue milagro suceder a las doce de la noche por donde no peligró nadie ni se siguió más daño de perderse la hechura; vise haciendo el reparo necesario y actuarse a, la traza que se ha comenzado, en dos meses, que aunque cuesta dineros, es tan necesario lo hecho y tan a gusto del pueblo y ornato de la plaza y ciudad, que aunque en ello se gastase lo que Vuestra Magestad tiene aplicado para la Iglesia nueua de dos y tres años, es muy bien empleado y Dios y Vuestra Magestad son en ello seruidos, y la gozarán los presentes, porque ellos ni sus hijos no verán acauada la gran michina de la Iglesia Nueva que se va haciendo, además de que adelante podrá servir de parrochia de la cathetral que será grandeza necesaria según se va poblando y ampliando esta ciudad."11

Esa reparación constituye un capítulo notable en los anales de la historia nuestro de arte. Figuraron en ella los artífices más notables que existían en el nuevo país y podemos así conocer los nombres de todos los que colaboraron en una obra que para esa época fue muy importante. El jefe de la construcción, que también tenía un cargo importante en la obra nueva, cayó del andamio y el golpe le privó de la vida. Llamábase el capitán Melchor de Ávila; su sobrino Rodrigo de Ávila le sucedió en sus puestos. La noticia, tomada de archivos españoles, la consigna Llaguno y se halla confirmada en los anales indígenas: en el llamado Códice Aubin: "1584 (1 Pedernal)... cuando cayó el mayordomo de la iglesia mayor, Melchior Dávila, era martas, a las 7, del 12 de diciembre de 1584".

La portada principal de la iglesia la llaman de estilo clásico, es decir, de ese estilo purista en que, al lado de las obras platerescas, se edificaron tantas otras iglesias. Fue obra de los oficiales de cantería Alonso Pablo, Juan de Arteaga y Hernán García de Villaverde, auxiliados por el cantero Martín Casillas. Fue tasada por Claudio de Arciniega, maestro mayor de la obra, y Sebastián López, aparejador, en doscientos sesenta y cuatro pesos. A la entrada de la puerta se ve una reja de hierro agrandada por Gaspar de los Reyes y dorada por Cristóbal de Almería. La nave central estaba cubierta con un alfarje fabricado por el carpintero de lo blanco Juan Salcedo de Espinosa, y dorado por Andrés de la Concha y Francisco de Zumaya.

Aparte de la capilla mayor existen la del Bautisterio y la del Sacramento, y, además, la del Santo Crucifijo. Ocupando dos intervalos entre los pilares, a los pies del templo se halla el coro. Su sillería es suntuosísima: goza de cuarenta y ocho asientos para los canónigos y aparte el del arzobispo. Todos están tallados en madera de ayacahuite y fueron obra del ensamblador flamenco Adrián Suster y del escultor Juan Montado. Su estilo debe haber sido renacentista, de coluranillas abalaustradas, y los motivos característicos de esa época.

El retablo mayor fue obra de Andrés de la Concha y ostentaba seis lienzos de pintura debidos a Simón Pereyns. Además de este retablo existían otros dos con cuadros importantes, algunos de los cuales pasaron a la catedral nueva.

En 1601 y 1602 tenemos otra reparación del vetusto templo: nuestros datos no son completos, pero sabemos que en el primero de dichos años fue cambiado de lagar el coro, trasladando la sillería. Los artistas que intervinieron en ello fueron el arquitecto Alonso Arias y el ensamblador Adrián Suster que había sido, como hemos visto, coautor con Juan Montado de dicha sillería. El mismo Suster reparó en el propio año el altar mayor e hiño una serie de barandillas y escaleras, lo que nos hace presumir que la obra consistió en quitar el coro del sitio que ocupaba en la nave mayor, con objeto de dar más capacidad al templo, y trasladarlo al ábside, armonizándolo con el altar mayor. En 1602 Nuño Vázquez trabajó los púlpitos.12

Cuando tratemos del tesoro de la Catedral de México habremos de referirnos a las joyas que ya desde entonces existían en este templo primitivo. Con estas reparaciones la catedral vieja continuó bien que mal prestando sus servicios durante largos años, hasta que en 1626 fue derribada, acaso por creer que así se activaría la obra de la catedral nueva. Tal cosa no tuvo lugar; la construcción marchó con una lentitud acaso mayor y el lugar en que se celebraban los oficios divinos, en improvisada catedral, que era la sacristía del templo nuevo, resultaba, a todas luces, mucho más estrecho e incómodo: la destrucción del viejo monumento había sido no sólo inútil, sino prematura.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 17-19.
2 Sariñana, fol. 35.
3 Herrera, Década III, libro IV, cap. 8.
4 Residencia I,  pág. 232.
5 Así lo dice su viuda María de Guzmán, en las relaciones de los conquistadores y pobladores, núm. 246
6 Sariñana, 3 y 4.
7 Divulgación Histórica, III, pág. 78.
8 Angulo. Las catedrales Mejicanas del siglo XVI, pág. 13.
9 Angulo. “Mudéjar en México”, en Ars Islamica.
10 Hemos procurado reconstruir en lo posible la antigua Iglesia mayor de México  en nuestro libro Paseos Coloniales “La Primitiva Catedral de México”, pág. 13.
11 Carta al rey del Arzobispo de México, Gobernador de nueva España, don Pedro Moya de Contreras, sobre asuntos de Gobierno, México 22 de enero de 1585. Archivo de Indias, Papeles Simancas. Est. Caj. 4. Leg. 1.
12 A. G. N., Tomo Historia. I. Suster firmaba siempre Adriano. Frecuentemente le castellanizan su nombre y así figura en cuentas y contratos como Adrián.


Órdenes para Construir la Nueva Iglesia1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 21-24.

El primer documento en que se habla de la construcción de la Catedral nueva es una cédula expedida por la reina en Valladolid, a 8 de octubre de 1536, en que ordena que vista la solicitud presentada Por el canónico Cristóbal de Campaya en nombre del deán y cabildo de la iglesia de México, se vea lo que es necesario para construir una gran iglesia. El cabildo solicita que sean los indios quienes la hagan, pues ellos edificaban sus adoratorios indígenas. Reproducimos en el apéndice esta cédula, que es el más antiguo documento acerca de nuestra catedral; pero su origen tuvo por causa un pleito iniciado por el cabildo de México contra el Ayuntamiento de la misma ciudad, que había tomado para propios dos solares de los que se habían señalado para la construcción del templo.

El pleito acerca de dichos solares duró mucho tiempo y los documentos originales se conservan en el Archivo de Indias. El Ayuntamiento había labrado una hilera de tiendas en los dos solares que quedaban en el extremo poniente del terreno en que debería construirse la Catedral. Tales tiendas limitaban por este lado la plaza y se encontraban enfrente precisamente de las casas de Cortés, actual Monte de Piedad. Cuando fue trazada por primera vez la iglesia nueva, las tiendas no estorbaron la traza puesto que ésta fue hecha de oriente a poniente, pero cargada hacia el actual palacio; cuando se formó la traza definitiva, de norte a sur, dichas tiendas con sus portales fueron demolidas. Por otra parte, la iglesia se quejaba de que en el sitio, seguramente atrás de las tiendas, se hacía muladar y presentaba sucio aspecto.2

En el fondo existía un interés pecuniario porque las tiendas producían buen dinero, y así vino una transacción en que se permitía que el Ayuntamiento las continuase explotando mediante el pago de mil pesos al año, que la Catedral recibiría como reconocimiento de su derecho de propiedad. Con fecha 27 de diciembre de 1555 se expidió una real cédula ordenando se hiciese justicia a las dos partes, de manera que ninguno recibiere agravio.

La cédula más antigua que ordena la construcción de la catedral nueva data de 1544 y fue dada en Valladolid, a 8 de agosto de dicho año. Esta cédula fue obtenida por la solicitud del canónigo don Francisco Rodríguez Santos, que iba por procurador de la iglesia de México. En esa cédula se ordena al virrey que luego que la reciba mande hacer la "traza del tamaño forma e manera que ello pareciese que conviene que se haga e platiquéis con las personas que os pareciesen de que se podrá hacer con la autoridad que convenga guardando las leyes por su Majestad nuevamente hechas."3

No queda ningún dato que demuestre que dicha cédula fue cumplida, pues ocho años después la Corona de España expidió las famosas cédulas de 1551 y 1552.4 Dice la primera que la Corona ha sido informada que la iglesia de México es muy pequeña; que aunque algunas veces se ha tratado de edificar una nueva y se ha comenzado a traer piedra, no-se ha hecho; que siendo una ciudad tan insigne y cabeza de todas las provincias, es cosa justa y necesaria que el edificio y ornato de la catedral sea conforme a esta dignidad; que su capacidad sea tan amplia que pueda recibir a sus parroquianos y a otros que a ella acudieren y que, tomando en cuenta que la parte de diezmos aplicada por la erección a la fábrica no es bastante, que se tomen fondos de lo que corresponde al arzobispo, sede vacante, hasta que Su Santidad por presentación del rey proveyere dicha dignidad, en dos tercios de lo que montaren, guardando el resto para el sucesor y concluye: "Yo vos encargo y mando que luego que la reciváys se las agáys entregar y proneáys cómo con toda breuedad se entienda en lo que por ella se manda, e que se dé en el edificio de la dicha Iglesia toda la priessa que ser pueda, pues veys cuánto delio Dios Nuestro Señor será seruido: e para que mejor se haga y con más presteza daréys para ello todo el calor y fauor que fuesse necessario, que en ello seremos de vos muy seruidos."5

Con el nombramiento del señor Montúfar para el arzobispado, el efecto de la cédula anterior prácticamente se nulificaba. Además, cualquiera puede darse cuenta de que los arbitrios que dicha cédula ordena se pongan al servicio de la fábrica nueva eran de todo punto insuficientes. Por eso, un año más tarde, el 28 de agosto de 1552, fue expedida en Monzón la famosa cédula que ordena edificar la catedral de México como "convenga para que el culto divino sea en ella honrado y venerado como es razón" y al mismo tiempo dispone que el costo de la catedral en su nueva obra se divida en tres partes entre la Corona, los encomenderos y los indios del arzobispado, en la inteligencia de que el rey debería ser considerado como encomendero por aquellos pueblos que estuviesen en la Corona. También deberían contribuir para la obra los españoles acomodados aunque no tuviesen indios, y lo que ellos dieren debería ser descontado a los encomenderos y a los indios. Una posdata aclara que el moneo de lo que se recogiese en la forma indicada debería ser lo que faltase de lo que se hubiese recogido de la sede vacante conforme a la cédula de 1551 para completar el costo de la nueva iglesia, teniendo en cuenta también lo que por la erección estaba asignado a la fábrica. Es decir, no se recaudaba el costo total, sino se completaba para poder terminar el edificio. Por otra parte, hay que pensar que si no se tenía un presupuesto formado era bien difícil calcular lo que debía colectarse. De hecho, esta colecta continuó durante muchos años, aún después de concluida la fábrica, sobre todo por lo que respecta a los indios.

En cumplimiento de tales órdenes el arzobispo Montúfar, de acuerdo con el virrey, decidió dar principio a la obra: con fecha 1S de diciembre de 1554 el señor Montúfar escribía al Consejo dando cuenta de sus propósitos: "Muy poderoso señor: Con el ayuda de Dios Nuestro Señor el señor visorrey y yo queremos comenzar la iglesia. La traza que se ha elegido de mejor parecer es la de Sevilla porque S. M. por su real cédula manda que se haga muy suntuosa como a ciudad y yglesia metropolitana conviene. Yo envío la traza allá para que V. M. la vea; tengo concertado que se comience por la cabecera un pedazo que se puede hacer en 10 o 12 años, sin tocar a la yglesia que agora tenemos."6 Dice que puesto que la catedral quedará en una isleta que cercan cuatro calles principales y en la tierra no hay fortaleza, pueden levantarse en las esquinas cuatro torres para que d templo quede dentro de su claustro. Se trataba, pues, de un proyecto semejante al del Escorial, aunque sin tantos departamentos que en aquel son necesarios para el monasterio. A causa de esta idea del señor Montalar, ha habido quien supone que la Catedral iba a tener cuatro torres.7 En realidad las torres no iban a estar en los ángulos del edificio, sino de una cerca que limitaría al monumento, a manera de fortaleza.

Es seguro que la primitiva traza de la catedral se hizo de acuerdo con este plan, pues al efectuar las reparaciones recientemente, los arquitectos de la Dirección de Bienes Nacionales encontraron los cimientos desplantados en forma que se levantaban otras dos naves a los lados de las centrales, por lo que la iglesia se asemejaba a la catedral de Sevilla que, como es bien sabido, consta de siete naves.

Tan gran esfuerzo de levantar un templo que había de ser de los mayores del mundo, fracasó. Poco a poco el señor Montúfar se dio cuenta de las dificultades que habla de encontrar y así, cuatro años más tarde, el 18 de septiembre de 1558, se dirige nuevamente al Consejo rectificando su carta anterior con razones muy poderosas: "Como recién venido que no sabía las cosas desea tierra di así mi parecer conformándome con mi cabildo (que la iglesia se hiciese como la de Sevilla) después allá se ha visto que hay grandes inconuenientes para facerse así, lo uno porque la iglesia ha de yr fundada toda en agua a la rodilla, que saben sale (sic, acaso, sobre) el agua de la laguna no puede haber cimiento muy fijo para que suba la obra tanto como la de Seuilla." Con un proyecto tan excesivo, el gasto para la cimentación seria elevadísimo. Con los veinte mil ducados de Castilla a que según el arzobispo debería montar cada ano lo que se recabase de fondos, no se trabajaría en México en un año lo que con mil en Castilla, por la escasez de materiales y herramientas y la inferioridad del peón indígena comparado con el español, y así concluye que una catedral como la de Sevilla tardaría en acabarse cien o doscientos años. El final de la carta dice así: "Por tanto me parece y así lo he consultado con vuestro visorrey que bastará para esta ciudad una Iglesia como la de Segovia o Salamanca que se podrá hacer en veinte o treinta años y son muy bastantes y de harta auctoridad, y assí le paresse a vto. Visorrey, y de esta manera se dará remedio al gasto tan excesivo, que, verdaderamente, si la traza de Seuilla se ha de tomar, para solos los cimientos creo yo y todos no bastan las minas desta tierra y caña de V. M. Si assí parece a V. Al mándenos enviar la traza que fuese servido y algún buen maestro que acá no lo ay. Y mándese a nuestro solicitador y de nuestra Iglesia, Juan Rubio, que lo busque y envíe acá con las trazas que a V. Al pareciere y mandare."8

No parece seguro que la Corte haya accedido a la petición del señor Montúfar, pues la planta de la Catedral, aunque tiene semejanzas con la de las catedrales que propone como modelo, se relaciona más cercanamente con la de Jaén, según observa Angulo.9 En cuanto al arquitecto de la obra está probado que fue Claudio de Arciniega, que desde 1555 se encontraba en México y fue el autor, un año más tarde, del famoso túmulo imperial, como se ve en el libro de Francisco Cervantes de Salazar que lleva igual título.

La parte administrativa de la obra se llevaba a cabo con cierta actividad: el 14 de octubre de 1556 nombró el virrey a Juan de Cuenca para que averiguase cuánto montaban los fondos recolectados. Es posible que haya habido rumores de malversación, pues el 7 de septiembre anterior el Ayuntamiento dispuso "que se tome en cuenta para la fábrica de la santa yglesia de México en especial de lo que rrenta ordinariamente e lo que se dio en limosna e mandas para el edificio della mandaren se pita y se dé cuenta de todo."10 Juan de Cuenca presentó un extenso memorial dando cuenta de la cantidad a que debían montar los fondos, de lo que se había recogido, suma muy inferior a la que la obra debía tener por derecho. Informa a seguidas de los doce mil ducados que se repartieron por tercios en cumplimiento de la cédula real. Este impuesto se comenzó a recoger desde el 1° de septiembre de 1557. Y vienen a continuación los descargos por el dinero gastado, lo que nos permite conocer el estado de la obra; habla en primer lugar de diversas compras: canoas para traer la piedra, herramientas, cal, madera, y después dice: "Y hanse cercado la mayor parte dc los solares de la iglesia como vuestra Señoría Ilustrísima ha visto y en ello al cabo se hace una casa, desviada de donde se han de sacar los arriendos principales, la cual es para que en los bajos estén a recaudo las herramientas y cal, y en los altos vivan los maestros y gente y esclavos de la obra y en todo lo demás, cercado, haya obradores de carpintería y cantería y esté guardada dentro de lo cercado la piedra menuda y... cal y madera..." Hasta la fecha del informe, que es el 21 de septiembre de 1558, se hablan gastado en la obra cuatro mil ciento treinta y cuatro pesos cincuenta y ocho granos de oro común. El informe termina dando cuenta de otra importante providencia para facilitar la obra: se abrió una acequia desde Ixtapalapa a la laguna que comunicaba dicho pueblo con la plaza de México por agua. Así se podía transportar fácilmente la piedra necesaria a menos costo. La paga a los naturales por esta obra se iba a hacer, según allí se dice, en la propia semana en que escribe, en que se acabará del todo dicha acequia.11

Parece que dicha paga no se llevó a cabo, pues los indios de las parcialidades de México y Santiago, que trabajaron durante cuatro meses en la obra de la acequia, se quejaron por ello al visitador Valderrama. Todas las quejas presentadas a este funcionario, justas o injustas, constituyen un documento inapreciable para la historia de esa época; la parte relativa a los indios de México ha sido publicada con el título de Pintura del gobernador y alcaldes de México; el libro se conoce generalmente con el nombre de Códice Osuna, dándola nombre el apellido del poseedor del manuscrito original.12 Puede verse en la parte inferior del folio 7 del Códice Osuna, la representación de la acequia y sus leyendas en mexicano y español. Sentado en una silla de caderas aparece en la parte baja Juan de Cuenca ya veremos qué otras noticias se pueden obtener de tal interesante pieza.

Por disposición de la Corona, eran los virreyes quienes entendían en la construcción de la Catedral y así continuó hasta concluirse la obra. La única pro testa que contra tal disposición conocemos procede de señor Moya de Contreras, que escribía así el 24 de marzo de 1574: "El virrey tiene a cargo la obra de la iglesia mayor por mandado de su majestad y debió ser la causa la mucha vejez y poca salud de nuestro predecesor y aunque en todo el virrey procura servir aventajada miente y en esto hará lo mismo, por sus mucha ocupaciones no lo puede gobernar sino por tercería y relaciones, dando al obrero mayor que ahora es excesivo salario, que se excusaría si el prelado, de quien se puede hacer confianza, tuviese a cargo la obra (que se puede decir de su casa) viéndola y remirándola comí cosa propia que agora no puede pues en nada es parte) encargando la continua asistencia a un prebendado que hará de gracia, y pues los religiosos son asistentes de la obras de sus iglesias, suplico a vuestra señoría ilustra sima que no sea de peor condición el arzobispo, que col todo cuidado acudirá a su obligación de manera que no haga falta el mucho del señor visorrey y esto no lo digo con deseo de mandar sino por descargo de mi conciencia."13

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 21-24.
2 El clero de México durante la dominación española, México, 1907, pág. 119. Tomo XV de los “Documentos inéditos o muy raros para la Historia de México”, publicados por Genaro García.
3 Sandoval-Ordóñez, pág. 117.
4 Están reproducidas en el Cedulario de Puga, segunda edición, tomo II, Págs. 105 y 176.
5 Es verdaderamente curioso que en el libro del señor Ordóñez, no se mencione la cédula de 1551.
6 Tanto esta carta como la que a continuación citamos, proceden del archivo de Indias. Allí las conoció el Padre Cuevas, S. J., y yo las pude utilizar gracias a copia que me facilitó mi estimado amigo el marqués de San Francisco. Puede verse reproducida en el Epistolario de Nueva España. Tomo VII, pág. 307.
7 Sandoval-Ordoñez, pág. 19.
8 Epistolario de la Nueva España, XIII, págs. 32-33.
La semejanza en el plano de la catedral de México y los de las catedrales de Segovia y Nueva Salamanca, fue descubierta y estudiada antes de conocer estos documentos por el ingeniero don Manuel Francisco Álvarez.
9 Las catedrales Mejicanas del Siglo XVI. Pág. 18.
10 Acta de Cabildo del 7 de Septiembre de 1556.
11 “De Juan de Cuenca. Relación relativa de la Iglesia de México a 21 de Septiembre de 1558” Archivo de Indias, 97-2-21. Colección Cuevas, documento proporcionado por el marqués de san Francisco.
12 Pintura del Gobernador y Alcaldes de México. Madrid, 1878. Ha sido reimpreso este libro en 1947 con algunos documentos de la misma época.
13 Epistolario de Nueva España, XI, pág. 142.


El Comienzo de la Obra1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 25.

Todos los autores que han escrito acerca de la historia de la catedral de México sostienen que la primera piedra de nuestro templo metropolitano fue colocada en 1573. Siguen en esto al cronista más autorizado de la obra, el doctor don Isidro Sariñana2,  y es verdaderamente inexplicable que éste no haya podido consultar documentos del archivo de la catedral, pero por otra parte, parece que en los comienzos de la construcción deben considerarse dos períodos: primero, el de los cimientos; segundo, el de la obra digamos externa.

La obra de la cimentación fue comenzada mucho tiempo antes y se trabajaron dos cimientos, y la parte externa en 1573. Así pues, Sariñana dice la verdad, pero sólo parte de la verdad, y el error de quienes han copiado a este autor estriba en que creen que en dicho año de 1573 se principió la obra de los cimientos.

¿Cuándo fue comenzada la obra de la primera cimentación? Parece que a principios de 1563 ya se estaba entendiendo en ello, pues en el acta de cabildo, de fecha 19 de febrero de dicho año, se lee: "Que atento que los cimientos que se abren para la obra de la yglesia desta ciudad se abren diferentemente de cómo está trazado y señalado, lo qual es en gran daño y perjuyzio desta cibdad, e conviene se pida para que se provea lo que convenga mandaron quel procurador mayor desta cibdad salga a la cabsa e con parecer de los letrados della pida y alegue ante quien convenga lo que convenga pedir cerca dello e lo fenesca en todas ynstancias".3  Por esta cita se ve que la iglesia habla sido ya trazada y que los cimientos se estaban abriendo en forma distinta, por lo que la ciudad se consideraba atacada en sus intereses.

En el mismo Códice Osuna antes citado, y que lleva fecha de 1564, se ve en el último folio, 30 vto., una lámina que reproduce la obra de dichos cimientos. Como la leyenda dice que no les han pagado desde que se puso la primera piedra de la iglesia, se comprende que se siguió trabajando en la obra de estos cimientos. Es interesante observar en la lámina cómo las piedras se hallan reproducidas no sólo en una forma realista, sino figurando el jeroglífico indígena tépetl, que significa piedra; los instrumentos parecidos a coas, que aún usan para trabajar "el maceado"; las cabezas de las estacas que se han clavado para la consolidación de los cimientos. Así pues, es indudable que el año de 1562 fue trazada la iglesia y comenzada la obra de los cimientos.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 25.
2 Sariñana, fol. 5.
3 Actas de Cabildo, día citado.


Los Cimientos de la Catedral de México1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 27-29.

Como hemos dicho antes, parece que a principios del año 1563 se trabajaba ya en la obra de los cimientos de la catedral. Esta obra, reproducida en el llamado Códice Osuna que lleva fecha de 1564, coproduce el trabajo de los indios para hacer los cimientos del gran templo. En un principio, siguiendo las ideas del arzobispo Montúfar, se pensó edificar una gran iglesia de siete naves semejante a la catedral de Sevilla, como antes hemos visto. Esta iglesia iba a seguir la misma orientación de la catedral vieja, es decir, de oriente a poniente, y así, los cimientos formaban una gran faja en dicha dirección y el templo tendría el ábside hacia el palacio virreinal y las puertas principales hacia el poniente, a la placera del marqués. Es indudable que este cimiento fue terminado, pues aparece en el plano del centro de la ciudad de México, que debe ser fechado entre 1562 y l565, en forma de un rectángulo perfecto que ostenta el rótulo "El cimiento de la iglesia". La muerte de don Luis de Velasco, la llegada del visitador Valderrama, los grava acontecimientos políticos ocasionados por la supuesta rebelión del marqués Jet Valle y además el cambio de ideas en el señor Montúfar, hicieron que la obra se suspendiese del todo. Los cimientos quedaron abandonados.

Así, el doctor Zorita dice en su relación de la Nueva España: " El cimiento que primero se había hecho para ello costó ochenta mil pesos y se dejó por no se poder proseguir por aquella orden a causa del agua, que no se podía agotar aunque a confina andaban trabajando en ello con sus biombos, y se mudó a otra parte y se hace de estacada el cimiento por una orden sutil y de buen ingenio con que se hincan las estacas y todas quedan parejas a raíz del agua y de ahí adelante sobre la haz de la tierra hazen vn plantapié de argamasa que toma todo el edificio de la yglesia, porque con el peso se sumen los edificios de la laguna y quede que se podrá sumir (sic), y también porque no lleguen los cuerpos de los difuntos en las sepulturas al agua".2

La primera obra de los cimientos fue trabajada por indios, los cuales se quejan en el Códice Osuna de que no les han pagado su trabajo. Poseemos dos reales cédulas que nos aclaran, hasta sacarnos completamente de duda, tan oscuro problema. La primera fue dada en el Pardo, el 4 de mayo de 1569,3 y en ella se dice que la Corona se ha enterado de las dificultades para hacer una iglesia tan suntuosa como se había ordenado, a causa de que la cimentación tenía que ir sobre agua y que los temblores son ordinarios en la tierra, por lo que los edificios de bóveda corren riesgo; además, que sería demasiado costosa si se hiciese de siete naves como la de Sevilla; que por tanto se haga en la forma más adecuada y que si es preciso se cubra de madera.

El segundo documento, fechado en la ciudad de México el 15 de febrero de 1570, nos enseña que el virrey don Martín Enríquez convocó a una junta de oidores y autoridades eclesiásticas para tratar lo que convendrá hacer para el edificio de la iglesia, de acuerdo con la cédula anterior. "E porque pareció que en la parte e lugar donde se había comenzado a plantar y sacar cimientos no es tan cómodo como conviene, a causa del perjuicio que podrían recibir las casas reates e calle principal que viene del hospital del Amor de Dios a la plaza mayor de esta ciudad, e por otros inconvenientes muy notorios, se acordó que se plante y edifique en el lugar donde están los portales que llaman de Lerma, tomando (de) la plaza pequeña que está delante de las casas del marqués del Valle, lo que pareciere ser necesario a disposición de su Excelencia de esta Real Audiencia, Norte Sur, poniendo la puerta del Perdón hacia la plaza mayor y el campanario a la cabezada de la dicha iglesia que se hubiere de hacer, e que sea de tres naves claras y a los lados de ellas sus capillas colaterales y que todo se cubra de madera. Y en cuanto a los cimientos que se han de sacar se nombrarán oficiales expertos y hábiles que lo vean y den su parecer para que conforme a lo que de ello resultare, se provea en ello lo que más convenga."4

Este documento nos aclara por completo el origen de nuestro templo: se abrieron en un principio los cimientos en dirección oriente poniente, la que tenía la catedral antigua. En dichos cimientos se desplantó la iglesia de siete naves a semejanza de la de Sevilla, mas como eso era difícil de realizarse y había obstáculos para conservar la primitiva traza, se volvieron a hacer cimientos que seguían una dirección norte sur y sobre ellos se desplantó la actual iglesia con su puerta del Perdón a la plaza, de tres naves con dos colaterales de capillas.

El tercer documento consiste en d dictamen de los maestros arquitectos para la cimentación de la obra. Primero dictamina Alonso Ruiz, maestro de cantería, vecino de la ciudad de los Ángeles; en seguida dan su opinión Miguel Martínez, obrero de las casas reales, Juan Sánchez, Juanes de Ibar y Ginés Talaya. El dictamen del primero tiene fecha de 13 de marzo de 1570 y el de los otros data de dos días después. Sustancialmente están de acuerdo todos y dicen: "Nos parece que el pavimento de todo el edificio comprendiendo vacuas y macizos se saca de una masa y estructura de su mezcla y piedra crecida desde la superficie del agua hasta un estado sobre el suelo de la plaza, estacándolo por debajo con sus estacas gruesas y espesas hasta ponella en lo más fijo y sobre esta dicha cepa se erigirán sus cimientos crecidos de dos varas de medir de alto para los enterramientos y sepulturas que ha de haber en la dicha iglesia y de allí empezará a despedir el edificio fuera de la tierra porque de allí para abajo queda por cepa y carcañal del edificio."5

Es indudable que se aceptó la opinión de los maestros de arquitectura y los cimientos se hicieron conforme a sus indicaciones. Resulta curioso observar que la profundidad que daban a su cimentación debía servir para sepultura y enterramiento, idea que se ha aprovechado en la actualidad para construir las criptas para restos humanos que se están edificando, si bien en otra forma más higiénica, más decorosa y más práctica de como se hacían tales sepulcros en la época colonial.

Sobre aquella plataforma que presentaba ya el sólido aspecto de una nueva tierra, se desplanta el templo y se coloca con toda solemnidad la primera piedra. El virrey de Nueva España, don Martín Enríquez de Almanza, debe haber tomado gran empeño en la obra, pues desde el 12 de septiembre de l571 escribe a la Corte una carta en que se refiere a las obras de la catedral de México:6 el 29 de marzo de 1574 vuelve a dirigirse en otra carta tratando también de las obras de la Catedral de México y lo mismo el 23 de septiembre de 1575 y el 25 de marzo de 1576. Si conociésemos el texto de dichas cartas podríamos apreciar el estado en que se encontraba la obra, por más que lo suponemos, pues levantados los cimientos se seguía trabajando en ella y en año 1580 informa sobre la construcción el conde de Coruña.7 El año siguiente, l581, vuelve a escribir y su carta cuyo texto conocemos8 nos da la siguiente información: "Yo he bisitado la obra nueua de la ilesia catedral que V. M. manda hazer en esta ciudad y están sacados los cimientos poco más de la haz de la tierra, y según va elegido parece que durará hasta acabarse más de quarenta años".

Cuatro años más tarde, en 1585 se trabajaba ya en la obra de las capillas: se habían hecho por lo menos dos encasamentos hacia el lado del oriente, es decir, los nichos que existen en las capillas contiguas a la sacristía, los cuales todavía pueden verse y servían de altares en dichas capillas. Era obrero mayor de la fábrica el capitán Melchor Dávila hasta 1584, en que murió, como hemos dicho, y maestro mayor Claudio de Arciniega. Podemos citar hasta los nombres de los canteros que trabajaban en la obra: las capillas las labraba Juan Arteaga y los encasamentos Hernán García de Villaverde, que además trabajaba en los pilares torales cuyas medias muestras esculpía Martín Casillas.9

El plano de la ciudad de México que nos muestra el centro de la capital en 1596, nos enseña cómo la obra iba ya bastante adelantada para poder ser reproducidos los fustes de las columnas y las jambas de las puertas.

Desde 1581 a 1615 se habían levantado los muros que circunscriben el templo a más de la mitad de su altura, así como los que separan las capillas; faltaban los de la fachada principal. Estaban construidos todos los pilares, algunos hasta los capiteles y otros a su segundo tercio y se habían cerrado ocho bóvedas: dos sobre los vestíbulos de las puertas del lado del norte, dos sobre la sala capitular y cuatro sobre las capillas inmediatas, en cada nave, a la sala capitular y sacristía.10

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 27-29.
2 Zorita, págs. 175-76
3 A. G. N., Reales Cédulas, duplicado, vol. 47, fojas 408-9.
4 A. G. N. Reales Cédulas, duplicado, vol. 47, foja 427 vto.
5 Reproducimos los tres documentos citados, en el Apéndice. El arquitecto Luis G. Anzorena conoció indudablemente el tercer documento de la catedral de México publicado en los anales de la Asociación  de Ingenieros y arquitectos de México. Tomo XX, vol. 1, México, 1913, págs. 68-69, en que reproduce trabajos de los antiguos números de los Anales de 1869.
6 A. G. I., Montero, 6/5249-5267-5273-5277
7 A. G. I., Montero, 6/ 5287.
8 Cartas de Indias, I-341.
9 Noticia tomada del A. G. N., tomo Historia, 112. A. García de Villaverde se le pagaron 500 pesos por su obra el 8 de abril de 1585; a Martín Casillas 390 pesos y a JUAN Arteaga 400 pesos el 21 de noviembre de 1585. Martín Casillas fue con el tiempo el arquitecto de la Catedral de Guadalajara; véase el apéndice.
10 Sariñana, fol. 5.


El Arquitecto Autor de la Catedral de México1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 31-32.

Mucho se ha discutido acerca del nombre de quién debe ser considerado como autor de la Catedral de México. Debemos tener presente el concepto de autor de un edificio. En la época colonial, el primer paso para edificar un monumento estaba radicado en la confección de la traza. La traza es el plano, así se trate de una pequeña capilla como de una ciudad. Es de la traza de lo que depende todo el monumento. La traza determina cómo han de ser los muros, los soportes y, en consecuencia, la techumbre. Pueden ocurrir ciertas variaciones más tarde, pero la traza es lo que da el carácter, la época, el estilo al monumento.

Las discusiones acerca del autor de la catedral de México provienen, por otra parte, del desconocimiento de quienes formaron la traza, y por la otra, del significado de la misma palabra. En la actualidad podemos, afortunadamente, aclarar todo lo relativo a ello.

Es necesario, rompiendo el orden cronológico, adelantarnos un tanto a nuestra historia para dilucidar este punto; en 1612 llegó como virrey a México el marqués de Guadalcázar, con instrucciones terminantes para activar la construcción de la catedral, informando del estado en que se hallaba la obra y remitiendo a la Corte traza y montea de la misma. La montea fue ejecutada por el maestro mayor de la obra, Alonso Pérez de Castañeda. Debe observarse que Pérez de Castañeda no envía un proyecto original para la catedral, sino un dibujo de lo que él creía debía construirse para terminar lo que se había comenzado.

Vistos informe y montea, el rey Felipe III ordenó a su arquitecto Juan Gómez de Mora que dibujase una nueva montea que remitió a México, con orden al virrey para que reuniese personas inteligentes en arquitectura a fin de que decidieran según cuál proyecto debía de continuarse la obra. En la misma cédula ordenaba el rey que se nombrase a un oidor por superintendente, a fin de que vigilase la fábrica y diera cuenta de sus adelantos.

La junta tuvo lugar el 19 de mayo de 1616 y el acta que se levantó con motivo de ella aclara de modo evidente quién fue el autor del plano primitivo de la Catedral, así como el de su alzado.2

Dice en lo fundamental el documento que, verificada la junta que se ordena, a la que concurrieron las autoridades del virreinato, Alonso Martínez López, maestro mayor de la dicha obra y Alonso Pérez de Castañeda, tuvieron muchas conferencias para estudiar "las dificultades que se ofrecieren en la dicha obra para su prosecución, perpetuidad, firmeza y menos Costo y entendimiento que las que había no se podían remediar por haber sido causadas desde su principio en su planta a que tuvieron atención Claudio de Arciniega y todos los demás maestros que han tenido a cargo la dicha obra como quien renta la cosa presente por la flaqueza y debilidad de la tierra y los cimientos no ser firmes por estar fundada sobre agua y visto y tratado todo decidieron los dichos señores visorrey, presidente y oidores de parecer que la dicha obra se vaya prosiguiendo en la forma que está mandada por esta real audiencia, por la traza del dicho Claudio de Arciniega y modelo de Juan Miguel de Agüero, teniendo atención a que muy de ordinario se visite y que no se altere ni haga cosa nueva sin consulta y parecer de esta real audiencia y de maestros alarifes".

Por esta acta se aclara de modo indubitable quiénes son los autores de la actual Catedral de México. La traza, o sea el plano, se debió a Claudio de Arciniega; el alzado a Juan Miguel de Agüero, que Labia sido el arquitecto que construyó la catedral de Mérida. Que Arciniega fue el autor del plano de la catedral es evidente, pues fechado en el año de 1567 encontramos este documento en el archivo del templo: "Digo yo el doctor don Sancho Sánchez (de Muñón) maestrescuela de esta iglesia, etc. iten llevo las trazas de la iglesia nueba y bieja con sus declaraciones hechas hechas (sic) por clabdio de arciniega para hazer demostración deltas guando sea necesario y los señores del Consejo de Indias las quisieren..."3 Con el acta descubierta por el padre Cuevas y este pequeño documento se aclara perfectamente quiénes fueron los autores de la traza y del alzado de la Catedral de México. El autor de la traza fue Claudio de Arciniega; la habla hecho desde antes de 1567, puesto que en esa fecha la lleva el doctor Sancho Sánchez de Muñón a España, antes de la famosa primera piedra de 1573. En cuanto al alzado, o se habla perdido el de Claudio de Arciniega o no había parecido bastante bueno; el hecho es que la junta aprueba el de Juan Miguel de Aüero. Como se recordará, el proyecto aprobado en un principio llevaba techos de madera al modo mudéjar para el templo. El que es definitivamente aceptado en la famosa junta de 1616 lleva cubiertas de bóvedas y cúpula en el crucero. Agüero fue el autor de esta importantísima modificación.4

No sabemos cuándo estuvo en la capital del virreinato Agüero para hacer el proyecto de la Catedral, pero seguramente fue después de haber concluido la catedral de Mérida, acaso a la muerte de Claudio de Arciniega, que no pudo terminar el edificio según sus proyectos; entonces seria llamado Agüero a fin de que pudiese dar una idea de cómo debía concluirse. Sobre tales proyectos primitivos la obra se va desarrollando y no es posible ya variarla. Pueden haber cambiado ciertos detalles, así en la construcción como en las formas, pero la idea original se halla trazada ya y debe reverenciarse a estos hombres ignorados hasta hoy, como los autores de tan magnífico templo. Como ha podido verse, el proyecto de Juan Gómez de Mora no influyó en absoluto en la obra de la Catedral. Los autores que, fundándose en el prestigio de un arquitecto del rey creen que él haya sido el autor de nuestra Catedral, se basan más en un espíritu de adulación y vanagloria que en lo que constituye la verdadera gloria, o sea la verdad.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 31-32.
2 Descubrió este documento el Padre Cuevas, S. J., en el archivo General de Indias y lo publicó en su Historia de la Iglesia en México, tomo III, pág. 551. Es de tal importancia para la historia del templo metropolitano, que lo reproducimos integro en el Apéndice, sin hacernos responsables ni de la paleografía, ni de la ortografía con la que esta copiado.
3 A. C. M. Cab., lib. XIV, firmado a 22 de marzo de 1567. Es indudable que se trata del primer proyecto de la catedral. Pero eso no invalida nuestras consideraciones.
4 Puede verse en el apéndice la nómina de los artífices que colaboraron de la construcción de la Catedral de México.


Desarrollo de la Fábrica1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 33-35.

En la misma cédula antes citada se ordenaba que un oidor fuese nombrado superintendente de la fábrica y vigilase de cerca sus progresos. Consecuentemente con ello se siguió laborando, y en 1623 fueron cerradas las dos bóvedas de la sacristía, semejantes en el dibujo de sus nervaduras ojivales a las de la sala capitular. Tal hecho se ve conmemorado en la inscripción del arco que está sobre la puerta de la dicha sacristía: "Siendo comisario el señor Oydor Alonso Vásquez de Cisneros, hizo esta portada y cerró esta sacristía. Año de 1623". En 1624 y 1626 era maestro mayor de la obra Alonso Martínez López.2

El primer virrey que inició la gran actividad en las obras de la Catedral fue el marqués de Cerralvo; hizo demoler la iglesia vieja y que los oficios divinos se verificasen en la sacristía recién terminada de la Catedral; allí se celebraron de 1626 a 1641, con gran incomodidad de los fieles por lo estrecho del lugar y la molestia de la obra que se iba desarrollando. En esa época se cerraron las bóvedas de las dos primeras capillas del lado de la Epístola, la que sirvió de Sagrario, y la de San Isidro (1624-1627), y en su construcción se introdujo la novedad, acaso más importante que haberlas terminado, de construirlas con piedra de tezontle en vez de sillar de cantería que se usaba antes, a la manera gótica.

Debíase ello probablemente a la experiencia de los arquitectos que tuvieron una junta en la que, aunque no todos estuvieron de acuerdo, imperó la opinión de los más audaces o de los más prácticos. Así, cuando la Corte no pudo resolver el asunto y contestó al virrey dándole facultades para hacerlo, como más capacitado, el punto se decidió por el nuevo sistema. Para que no desmereciese la obra de las anteriores bóvedas góticas, se dispuso que las nuevas fuesen adornadas "con lazos, tarjas, y figuras de medio relieve en yezo, con perfiles dorados."3 En 1629 sobrevino una de las inundaciones más terribles que padeció la ciudad de México; en consecuencia se suspendió la obra y aun fue amenazada de muerte, pues que entonces se renovaron "los intentos antiguos, ya imposibles, de mudar la ciudad a lugar más oportuno".4 Es decir, que al trasladarse la ciudad a otro sitio, la obra de la Catedral quedaría como un mudo testigo de la grandeza de la vieja urbe indígena y después española. Pero no: los tiempos cambian y, a pesar de inundaciones que no cesan, la obra continúa.

No poseemos noticia de que se haya reanudado sino en 1635, gobernando el marqués te Cadereyta, que empezó los trabajos con gran entusiasmo, pues en cinco años, hasta el de 1640 en que concluyó su gobierno, se terminaron las dos bóvedas de la capilla de los Reyes y cinco de las naves procesionales. De 1630 a 1643 aparece como maestro mayor de la obra Juan Gómez te Trasmonte, padre del arquitecto de igual apellido que mencionamos después. Este artífice propuso que se desbaratasen los cuatro pilares del crucero, por no ser bastante gruesos para soportar el peso del cimborrio. Para difundir ampliamente su proyecto, mandó imprimir un folleto en que explica sus razones. En el ejemplar que existe en el archivo del templo, en la última página, en blanco, se ve un dibujo a tinta del mismo arquitecto, que muestra la planta del pilar que proponía Gómez de Trasmontc. Abajo del dibujo se lee una nota manuscrita: "No se adoptó este proyecto que hubiera desconcertado la línea de todas las pilastras de la iglesia. En Junio de 1664 se concluyó el Cimborrio y así este impreso es muy anterior a dicho año."

El virrey marqués de Villena, en el corto período de su gobierno, no tuvo tiempo para construir nada en la obra que adelantaba; pero, como si previese que su gobierno había de ser muy corto, hizo algo que, aunque provisional, se considera íntimamente unido a la obra de la catedral: logró techar de madera un gran espacio de la nave mayor, con lo cual y las bóvedas anteriormente concluidas quedaba el templo apto para ser empleado, admitiendo a los fieles en un espacio mucho más amplio que el de la sacristía donde hasta entonces se celebraba el culto divino.

Tampoco el señor don Juan de Palafox y Mendoza pudo hacer nada de notable por la fábrica material del templo, durante los cortos meses que tuvo a su cargo el virreinato de Nueva España. Empero, en su época se comenzó el basamento de la torre del oriente por Juan Lozano y Juan Serrano. Más aquel hombre infatigable no podía dejar sin su huella nada a cuya vera pasase; reorganizó los fondos de la fábrica; hizo efectivos algunos y aseguró otros que corrían peligro de escaparse.5

El conde de Salvatierra logró ver terminadas dos bóvedas: una de la nave procesional que faltaba para completar tres de cada lado del templo y otra sobre una capilla contigua a las dos de la extremidad del sur que estaban techadas, capilla cuya advocación es la de Santa Ana o de la Concepción. Además, techase con una media tijera o "zaquizamí" el espacio de las tres bóvedas de la nave mayor que faltaban por construirse, de manera que quedó cubierta una pequeña catedral, al norte de lo que hoy es el crucero. En ella pudo tener lugar hacia febrero de 164S la consagración del arzobispo de México, don Juan de Mañozca, con tal suntuosidad que el cronista español Gil González Dávila da por concluido el templo en su Theatro Ecelesiástico le las Indias, fundándose en las noticias de la ceremonia que llegaron a sus oídos.

Durante el gobierno del conde de Alba de Liste (1650-1653) se comenzaron a labrar las tres bóvedas principales de la nave mayor que antes habían sido cubiertas con madera;6 para esto se corrió una imposta de cantería desde la capilla de los Reyes al crucero; sobre ella se levantaron seis arcos formeros, con sus correspondientes moros y ventanas, quedando listos todos para recibir sus claves. El arco toral inmediato al crucero quedó concluido. Además, se continuó la construcción de la torre del oriente, pues se acabó su basamento y se construyó el primer cuerpo hasta la mitad de los primeros campaniles. En 1651, con un acierto verdaderamente feliz, designó el virrey a don Fernando Altamirano superintendente y comisario de la obra. Hombre de acrisolada integridad, de energía infatigable, trabajador como pocos y entusiasta como ninguno, Altamirano identifica consigo mismo la obra puesta a su cuidado, vincula su honor con el adelanto del edificio, y así, desde entonces hasta 1664, fecha de su muerte, la rapidez con que progresa la construcción se debe a sus esfuerzos.7 E1 primer virrey que impulsó la construcción en una forma notable fue el duque de Alburquerque, que llegó en 1653. En primer lugar concluyó las tres bóvedas de la nave mayor comenzadas por su antecesor; en seguida trabaja en los brazos del crucero; construye los muros que sostienen los arcos en que descansan las bóvedas; labra los arcos y cierra las cuatro bóvedas que forman dicho crucero. Antes, indudablemente, para contrarrestar el empuje de las bóvedas del crucero, había cerrado las de las capillas que faltaban por cubrirse y dos de las naves procesionales inmediatas a dicho crucero. Edificó el presbiterio y los muros que limitaban el coro, los cuales fueron rematados por una tribuna volada de madera de cedro y tapincerán, "madera preciosísima deste Reyno, que sobre un leonado muy lustroso varió de negro artificiosamente la mesma naturaleza."8 Además, se concluyó el primer cuerpo de la torre del oriente hasta dejarlo cubierto con una bóveda y acabados sus veinte campaniles con otras tantas campanas, ocho que poseía la iglesia y doce que el virrey obtuvo de diversos lugares. Esta gigantesca tarea concluyó en 1660. Cuatro años antes, el 2 de febrero de 1656, el templo fue dedicado solemnemente, como reseñamos en otro capítulo. Entonces era arquitecto mayor de la fábrica el infortunado bibliófilo Melchor Pérez de Soto, cuyo trágico fin se registra en el proceso que le formó la Inquisición por astrólogo.9 Por las declaraciones del arquitecto se sabe que trabajaban además en la obra Hernández de Ulloa y Rodrigo (acaso Rodrigo Díaz de Aguilera, que de 1660 a 1672 aparece como maestro aparejador mayor, según adelante se verá). En una de las audiencias declaró Melchor que había prometido al virrey concluir en dos años las cuatro bóvedas del crucero.

De 1660 a 1664, durante el gobierno del conde de Baños, cerráronse las cuatro bóvedas de las naves procesionales, dos por lado, inmediatas a las que estaban construidas; dos bóvedas de la nave mayor y la cúpula del cimborrio; el anillo en que descansaba la linternilla fue cerrado el 10 de junio de 1664. Los arquitectos de la obra eran desde 1660 Luis Gómez de Trasmonte, con el cargo de maestro mayor, y Rodrigo Díaz de Aguilera con el de aparejador mayor.10

Fue el marqués de Mancera quien concluyó totalmente el interior de la catedral, de 1664 a 1667.11 Como decidimos, el marqués de Mancera concluyó el templo, y así sabemos por el testimonio dado por el escribano don Francisco de Zúñiga que el 22 de junio de 1667 fue cerrada la última bóveda del templo, es decir, la de la nave mayor que cae sobre la portada principal.12

El 15 de diciembre de 1672 los arquitectos de la obra, que seguían siendo los mismos Gómez de Trasmonte y Díaz de Aguilera, rindieron un informe acerca de lo que se había trabajado en la obra desde la llegada del virrey, a don Jerónimo Pardo de Lago.13 El mismo virrey, en la instrucción que dio a su sucesor el duque de Veragua, dice qué fue lo que se labró en su tiempo: "aplicando los medios que juzgué proporcionados, hice fenecer las bóvedas que halle comenzadas, edificar y perfeccionar tres de la nave principal y dos de las procesionales, y reparar y asegurar muy radicalmente la de la capilla de San Miguel que amenazaba ruina..."14

Las bóvedas comenzadas a que se refiere el virrey, eran dos de las naves procesionales; por eso Sariñana dice que el número de las terminadas en dichas naves fue de cuatro.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 33-35.
2 A. G. N., Historia, 94. Catedral, Expediente 7: “Que el maestro mayor de la obra de la santa Iglesia catedral, Alonso Martínez López derribe las paredes de la cerca que ha hacho del patio y lugar del atrio  y que quite el jardín que allí tiene plantado”. Bachiller Sebastián Bermejo y Vaylen.
3 Sariñana, 7 vto.
4 Sariñana, fol. 8.
5 Marroquí III, págs. 11y 12.
6 Dice Guijo en su Diario, pág. 198: “viernes 13 de octubre (de 1631) se remataron en almoneda  real las tres bóvedas  de la nave de en medio de la catedral  de esta ciudad, que al presente están de tijera de madera, en 60,000 ps. En Juan serrano, obrero mayor, y se obligó a dar las acabadas dentro de un año, y ha de empezar la obra dentro de dos meses.”
7 Sariñana, fol. 11
8 Sariñana, fol. 13 vto.
9 Véase el interesante folleto del señor Manuel Romero de terreros: un bibliófilo  en el santo oficio, México, sobre lo que se había hecho después de la dedicación del templo en 2 de febrero de 1656 y el estado en el que quedaron las obras.
10 Con fecha 11 de enero de 1663, el conde de Baños escribió a Su Majestad dando cuenta del estado en el que se hallaban las obras de la Catedral.
11 La documentación del Archivo de Indias, a partir, de esta fecha, es copiosísima. El Virrey escribe a la Corte en 30 de septiembre de 1665, 11 de abril de 1667 y 17 de abril del mismo año. El 21 de marzo de 1667  se redacta un testimonio de los autos hechos en México para saber si el maestro mayor de la obra  y fábrica de la Iglesia Catedral, Juan Serrano, había cumplido hasta el presente con las condiciones  del asiento que con él se tomó  para la construcción de las tres bóvedas de la nave mayor. El 25 de marzo del propio año el mayordomo tesorero y pagador de la obra, que era don Jerónimo Pardo de Lago, informa al Virrey sobre lo que se había hecho y el estado en el que quedaban las obras y el 6 de abril se tira  un testimonio de varios testimonios que nos enseña que se  habían terminado. El 17 de enero de 1665  el arco formado para la bóveda del coro, el 21 de marzo del propio año la bóveda que esta sobre el coro por la parte del altar del perdón, el 17 de julio el arco que había de cargar la bóveda de la capilla de san Miguel, el 17 de noviembre de 1965 esa bóveda; el 25 de febrero de 1666 el ultimo arco de la nave mayor que sigue a los del coro, el 8 de abril de 1966 haberse descubierto de las maderas y paredes donde estriban cuatro bóvedas, el cimborrio el 8 de junio de 1666 y haberse cerrado el 11 de octubre del mismo año la bóveda del altar del Perdón que cae detrás del coro sobre el mismo altar.
12 Con fecha 9 de julio escribió el Virrey dando cuenta de este hecho.
13 A. G. N., tomo Historia, 94.
14 Instrucción del marqués de Mancera al duque de Veragua, el 22 de  octubre de 1963. Instrucciones de los virreyes a sus sucesores, México 1867, pág. 288.


Las Dedicaciones de la Catedral de México1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 43-45.

La primera dedicación del templo metropolitano tuvo lugar el 2 de febrero de 1656 y la ceremonia revistió la solemnidad necesaria. Puede leerse una reseña muy detallada de esta fiesta en el libro de Marroqui.2 Comenzó el virrey ordenando que los indios de la parcialidad de San Juan, con sus coas, palas y huacales sacasen la tierra, madera y escombros que se encontraban en el templo. El minucioso Guijo describe así la maniobra: "Lunes 17 de enero (de 1656), entraron a la catedral doscientos indios de la parte de San Juan, con sus coas, palas y huacales a sacar toda la tierra de las naves, barrer y regar la iglesia y echar fuera toda la madera y duró hasta el miércoles 19 de él, y su trabajo lo pagó el virrey de su caudal; asistieron los ministros de San Juan y el padre Fr. Pedro Camacho, Temastián de San Francisco, a darles prisa por dedicar la iglesia la víspera de la Candelaria."3

El domingo 30 del mismo mes de enero, a las cinco de la tarde, hubo una reunión del deán y cabildo en el templo, a la que asistieron el virrey, su esposa, su hija y sus criados, y a puerta cerraba hizo una alocución en que manifestó los grandes deseos que siempre había abrigado para concluir la obra; el placer que sentía al entregársela en estado ya de servir para siempre y concluyó por dar en nombre del rey las llaves del templo al deán, para que usara de él y le tuviese como cosa propia.

En el mismo momento se soltó un repique a Melo y el virrey se dirigió al presbiterio, se hincó, besó el primer peldaño, subió con la virreina y su hija, se quitó la capa y la espada, ellas cubrieron sus peinados con unos lienzos y todos tres barrieron dicho presbiterio con sus propias manos, limpiaron los altares y barandas y recogieron la basura. Después, sacudiéndose el polvo que les cubría, salieron de la iglesia y tomaron su coche para ir a Palacio a lavarse y asearse.4

Desde fines del mes de enero se había publicado un bando que hacía conocer a los habitantes de la ciudad la resolución tomada por el virrey, que señalaba las calles por donde pasaría la procesión; por tanto, se prohibía teste el día 30 de enero anterior el tránsito de coches y caballos por ese recorrido, con objeto de dar tiempo y lugar a las religiones para que instalasen sus altares en los sitios que quince días antes se les habían designado. Los altares fueron once y estaban repartidos así: en la bocacalle del arzobispado, a los alcaldes de corte; en la de Santa Teresa, a los mercedarios; en la de Monte Alegre, a los de San Agustín; en la de San Ildefonso, al pie de la torre de su iglesia, a las monjas catalinas; a las de la Encarnación, en la puerta de su iglesia; a los padres de Santo Domingo, en la esquina de su plazuela; a los de San Diego, en la calle de los Donceles; en la bocacalle de Tacuba, a los jesuitas; en el Empedradillo, a los carmelitas frente a la puerta occidental de la Catedral; a los franciscanos, en el mismo Empedradillo, frente a la línea que pasa por la fachada principal del templo, y, por último, los juaninos colocaron su altar en la misma línea en que estaba el anterior, ya en el cementerio de la Catedral.

Todos los altares eran ricos y lujosos; presidía cada uno el santo patrón de su corporación, con una leyenda que expresaba un pensamiento. Fueron armados desde luego y su adorno se colocó en los últimos días. Como se había prohibido el tránsito por la carretera que había de seguir la procesión se formó allí un paseo, pero era tal la muchedumbre de gente que lo recorría, que los canónigos, los oidores y año el propio virrey tenían que caminarlo a pie.

E1 31 de enero se anunció al público que la dedicación de la Catedral se celebraría el 19 de febrero siguiente, en la tarde, con una solemne procesión que saldría a las tres. El templo estaba cerrado; desde las dos comenzaron a llegar las religiones, con sus cruces y ciriales; las hermanas, archicofradías y cofradías, con sus estandartes e insignias, y todas las personas convidadas, que se reunieron en el espacio que se abre frente al templo del lado del oriente; la procesión se organizó en un principio por las cofradías, según su orden de antigüedad; seguían las religiones, la de San Juan de Dios, la de San Hipólito, los jesuitas, los mercedarios, los carmelitas, los agustinos, los franciscanos, los dieguinos y los dominicanos. Después la clerecía, formada acaso por más de ochocientos sacerdotes; precedida por la cruz alta de la catedral, cerca de la cual ocupaba su sitio de costumbre la archicofradía del Santísimo Sacramento. Los congregantes de San Pedro, con estolas encarnabas encima de los sobrepellices, llevaban las andas con la imagen de su patrón y la de la Asunción de la Virgen, titular de la catedral. Tras estas imágenes iba el Cabildo de la iglesia y, entre sus miembros, treinta caballeros de las órdenes militares que, según real cédula, podían ocupar dicho puesto cuando concurrían con manto a actos semejantes. A seguidas iba el Santísimo Sacramento en manos del deán, que lo era el doctor don Alonso de Cuevas Dávalos, y a continuación la Universidad, el Ayuntamiento con sus alcaldes y corregidor, los tribunales reales y, al último, el virrey con su cortejo. Todos los concurrentes llevaban los mejores atavías posibles.

Naturalmente las calles que iba a recorrer la procesión se encontraban atestadas de gente; los balcones y las azoteas rebosaban muchedumbre. La virreina, con su hija y las familias de los oidores, se encontraba en los balcones de palacio, y en el principal, con una rica colgadura y bajo un baldaquino de brocado, se veía el retrato de Felipe IV. La ciudad costeó cuatro vistosas danzas de gigantes que acompañaron la procesión y recorrieron diversas calles y plazas en los siguientes días.

Tres horas largas tardó en recorrer la procesión su camino y durante todo ese tiempo la iglesia permaneció cerraba, pero al llegar el deán con la custodia a la principal de las puertas, se abrieron instantáneamente todas las siete. Depositado el Sacramento en el altar con la solemnidad requerida, siguió la función, que concluyó a las siete de la noche.

Después de ella se quemaron castillos de fuego y durante esta noche y las nueve siguientes estuvieron iluminadas las bóvedas de la Catedral y lo que estaba construido de su torre, y muchas casas cuyos vecinos las adornaron e iluminaron. El día siguiente, 2 de febrero, fue la gran función que todo el manto esperaba. Desde bien temprano acudió el pueblo, ávido de contemplar su templo y encontró abiertas totales sus puertas. Ninguna misa se celebró entonces. A las diez de la mañana llegó el virrey, a pie, acompañado de la Audiencia, de los Tribunales y del Cabildo; además, la Universidad y otras personas. El ceremonial tuvo que ser variado, por ser Ala de tabla, y se verificó en forma siguiente: en la puerta principal se puso un sitial en donde esperó el deán la comitiva, con cruz alta y ciriales; al Llegar ésta se echó un repique a vuelo y al entrar al templo el coro entonó el De Deum laudamos. Llegado el virrey a la crujía, sin admitir tapete ni cojín, se hincó talante del presbiterio y oyó de rodillas lo que faltaba del himno y la oración final y, luego que concluyó el canto, se postró en tierra, besó la primera grada y se fue a su asiento. La virreina y su hija ocupaban una tribuna que se estrenó en tal día. Antes de celebrar la función bendijo el deán las velas, pues estaban en la fiesta de la Candelaria, y las repartió entre el virrey, convidados y asistentes, en lo que, por ser muchos, se gastó bastante tiempo. A seguidas se ordenó la procesión, que rodeó la iglesia y entró por el Sagrario. Después empezaron las misas; se celebraron en ese día cuatro simultáneamente, una en cada uno de los cuatro altares que forman el mayor, por las dignidades mayores de la iglesia.5

El sermón estuvo a cargo del canónigo magistral, que era el doctor don Esteban Beltrán y Alzate. Su sermón, dedicado a Felipe IV, fue impreso en México en el mismo año. La función concluyó a las tres de la tarde.

Los nueve días siguientes fueron de fiestas, todas lucidísimas, desempeñadas por las religiones, pero no se les permitió usar el alear porque es de privilegio exclusivo del Cabildo; se les dejó el púlpito y el coro. Durante los días de la novena se celebró la fiesta de San Felipe de Jesús el día 5 de febrero, en la misma catedral, con asistencia del virrey, tribunales y ciudad.

Ya terminadas las fiestas de la dedicación, puede decirse que se prolongaron con la que la virreina consagró al Señor Sacramentado el domingo siguiente, 13 de febrero, con misa y sermón predicado por el doctor Diego de Arraya, cura del Sagrario y médico de la virreina, y procesión por la iglesia.

Marroqui, de quien tomamos todas las anteriores noticias, consigna hasta lo que se gastó de cera en cada una de las funciones, la cual pasó de seis arrobas y fue costeada por la archicofradía del Santísimo, aunque el virrey contribuyó con dos mil pesos.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 43-45.
2 Marroqui, III, pág. 248.
3 Guijo, Diario, i pág. 338.
4 Marroqui, III. Pág. 248. Equivoca la fecha poniendo esto en 30 de diciembre anterior. Véase la descripción exacta en Guijo, I. págs. 338-343.
5 Así los cronistas a quienes sigue Marroqui; hay que observar que en esta fecha no existía el altar mayor que fue levantado más tarde, como ha podido verse. Acaso las misas se dijeron en un altar provisional.


Segunda Dedicación de 16671

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 47-50.

Tocó al virrey marqués de Mancera hacer la Última dedicación del templo. La crónica de esta fiesta encierra a la vez, como ya hemos dicho, la mejor historia de la construcción del edificio.2

Es natural que el marqués de Mancera haya deseado una nueva dedicación, pues la anterior se habla verificado sin que el templo estuviese realmente concluido; así, comunicó su resolución al deán y Cabildo sede vacante, para que se preparasen para la solemnidad con todos los menesteres necesarios y lo mismo hizo con las religiones, hermandades, cofradías y otras corporaciones para que asistiesen a la ceremonia y señaló a algunas de ellas los sitios donde hablan de poner sus altares, para que sirviesen de adorno a la calle y de descanso a la procesión. Comisionado especial para el acto fue el licenciado don Francisco Calderón y Romero, oidor más antiguo de la Audiencia, quien quedó investido de plenas facultades.

La fecha señalada para la dedicación fue el día 22 de diciembre de 1667, porque en ese día era el cumpleaños de la reina Mariana de Austria. Determinóse que la procesión saliese del templo por la puerta que mira al poniente y tomase frente a las casas del marqués del Valle hasta la esquina de San Francisco; de allí, dando vuelta a la izquierda, seguirla por la plaza mayor hasta llegar a Palacio, donde volvería a torcer a la izquierda para caminar por la calle del Reloj y penetrar a la iglesia por la puerta que mira al oriente.

Las religiones cumplieron desde luego su cometido, construyendo tablados para sus altares y levantando resplandores a la altura necesaria para cada monumento.

El adorno de la puerta por donde había de salir la procesión, teniendo en cuenta que todavía no existía la portada, se encargó a la congregación de San Pedro, que vistió con una exquisita colgadura de damasco de China azul claro con cenefas de terciopelo oscuro bordadas de oro y sedas de colores, toda la estructura. Así, dice Sariñana, "era nueva y vistosa arquitectura de su fachada”. Sobre la cornisa, bajo un dosel de la misma tela, se veía la estatua de San Pedro.

Dentro del cementerio del mismo templo se levantaba el altar de la congregación de San Felipe Neri; su mesa estaba adornada con tres frontales de plata de martillo y sobre ella se colocó otro de la misma materia, de manera que el todo formaba una especie de media pirámide; el tercer cuerpo era un cuadrado de espejos que servía de peana a la imagen de San Felipe, que llevaba en la diestra un corazón de plata y en la otra mano una azucena de perlas.

Enfrente de este altar, pero todavía dentro del cementerio, estaba el de la congregación de San Francisco Javier. Su altar descansaba en un tablado de tres varas de alto con un espaldar que subía otras quince, todo él adornado con láminas y pluma y, a los extremos, dos columnas doradas con la inscripción Plus ultra y coronadas por ángeles de plata de tres cuartas, con mantos y tunicelas de tela blanca, abiertas y guarnecidas de bejuquillos de oro, jazmines y joyas de gran precio. En el sitio del ara lucía una estatua del Niño Jesús cuyo vestido se veía tachonado de piedras preciosas: zafiros, rubíes, brillantes y perlas.

Seguían los altares de las religiones en la siguiente forma: el primero, frente a las casas del marqués del Valle, era el de Saneo Domingo. Medía diez varas de ancho y diecinueve de alto. Estaba hecho de tela blanca y de oro, con un nicho en el centro de uno a manera de retablo; en medio se veía la imagen de Nuestra Señora del Rosario "sobre un trono de quatro gradas con viso y concha de plata." Su vestido era tan rico, que sólo la corona que se le puso para este día estaba apreciada en veinte mil pesos. En la primera grada se alzaba una imagen de Santo Domingo, de más de vara de alto, cincelada en plata maciza, y más arriba se extendía una lámina ochavada, de media vara, en que, sobre plancha de oro, se admiraba una imagen de la Purísima, de medio relieve, hecha de coral, con todos sus atributos de la misma materia. Se juzgó por una de las más preciadas alhajas que se disfrutaron en tal día. A ambos lados, en sendas cátedras y vestidos de damasco carmesí, peroraban Santo Tomás de Aquino y el Beato Padre Alano de Rupe.

Los franciscanos colocaron su altar en la esquina de la calle de San Francisco, dando frente a la plazuela del marqués del Valle. Medía veinte varas de alto y doce de ancho y estaba compuesto de tres paños en forma esquifada. Todo él estaba formado de terciopelo blanco y encarnado con galones de oro en las junturas. En la parte más alta, bajo un baldaquino carmesí, aparecía la Santísima Trinidad en tres esculturas, sobre tres nubes blancas y azules, salpicadas de oro y plata; en el centro se erguía un trono adornado de plumas, en que reinaba la imagen de la Asunción, obra maestra de escultura. Alrededor de ella aparecían muchos ángeles y abajo, ofreciendo como peana su cabeza, yacía San Francisco sobre tres gradas de espejos, con un sayal que había trocado su pobreza por lo más rico que produce la América: oro, plata y perlas, y a sus pies aparecía derribado el ídolo de Quetzalcóatl.

Los agustinos edificaron su altar en la plaza mayor, a la mitad del tránsito que va desde la esquina de San Francisco al real palacio. Constaba de un tablado de diez varas de largo, ocho de ancho y una y cuarta de alto, con su respaldo que alcanzaba catorce varas de altura. Todo el tablado se hallaba limitado por una balaustrada curiosamente trabajaba, con remates piramidales en los ángulos, y sobre el tablado se imitó un monte con sus aguas, peñas y riscos; grutas oscuras como habitación de fieras; diversos árboles y plantas. Corría a ambos lados un muro dividiéndose en el centro, donde se levantó una puerta flanqueada por dos columnas revestidas de pámpano y coronadas con su entablamiento completo. En el claro de la puerta, sobre un altar de tres cuerpos, se veía la estatua de San Agustín, pintada al temple pero con apariencia de escultura. Veíasele vestido de religioso, con alas de ángel y encendido el rostro en un fulgor de rayos. En una mano tenía el escandallo y en la otra un cordel con su plomada, símbolos de la arquitectura. En lo más eminente del monte, a mano izquierda, se alzaba "un templo con aparatos de ciudad" o una ciudad en forma de templo, labrada curiosamente, coloreadas de cantería las paredes de sus edificios, dorada la arquitectura de sus portadas, en que se simbolizó la aplicación del suntuosísimo templo mexicano. A la mano derecha del monte, el retrato del marqués de Mancera, pintado al temple, y en otro lugar del mismo, los del rey Carlos II y la reina doña Mariana de Austria.

Los carmelitas construyeron su altar apoyado en la pared de Palacio con la fachada a la calle del Reloj. Hay que notar que la obra de Palacio no abarcaba hasta el sitio que en la actualidad llega: faltaba todo lo que conocemos con el nombre de puerta Mariana y patio Arista. Componíase dicho altar de tres gradas con tres frontales de brocado y seda; sobre la mesa del altar se levantaban otras tres gradas, sobre las cuales descansaban seis ricos relicarios que coronaba un águila caudal y una imagen de San José; en la parte alta calzaban doce espejos; en cada rayo del resplandor lucia un Agnus Dei y en la parte más alta, obra magnífica de escultura, un Santo Cristo. Estaba adornado el monumento con sesenta y cuatro faroles y dieciocho blandones. Al pie del altar, un Niño Jesús precioso.3

Los mercedarios construyeron su altar en un carro que lo pescó por las principales calles y plazas de la ciudad, hasta el sitio que le estaba señalado, o sea la bocacalle de la esquina del Reloj y casas arzobispales. Las cuatro ruedas estaban ocultas con tapetes que colgaban de los costados y parecían un zócalo del monumento. Arriba se extendía un piso de siete varas en cuadro y una y media de alto, cubierto con una alfombra morisca que también Ocultaba tres gradas de media vara de huella y una cuarta de alto, en las que estaban distribuidos perfumadores y jarras de plata con ramilletes de flores hechas de seda, tan bien imitadas que engañaban a quienquiera. Arriba de las gradas se alzaba el pavimento del altar que ofrecía por delante un frontal de plata de martillo, a los lados cubierto con brocado. En los ángulos y a la mitad de este segundo pavimento se levantaban doce columnas vestidas de carmesí con fajas de oro, con su entablamiento completo que imitaba la arquitectura de un templo. Sobre la mesa del altar se veían tres gradas de ébano sobre las cuales se elevaba una nube que formaba trono a una bellísima imagen de la Asunción de la Virgen; el espaldar estaba cubierto con una rica colgadura de damasco azul y oro, orlada de plumeros. Al lado derecho, sobre dos almohadas de terciopelo carmesí, el escudo de las armas reales de Castilla y León y, del otro lado, las de la religión mercedaria y de Aragón. En el ángulo derecho del primer plano, la estatua de San Pedro Nolasco, con su estandarte en una mano y en la otra un curiosísimo navío de plata, vestido de raso blanco bordado de oro. Haciéndole pareja del otro lado, San Ramón Nonato, y en el centro, en pie, con sitial y almohadas delante, una escultura del rey don Carlos II que miraba reverente a la imagen de Nuestra Señora.

La Compañía de Jesús levantó su altar a la mitad del tránsito que va de la calle del Reloj a la puerta oriental de la catedral. Sobre un tablado que tenía un respaldo de doce varas de alto y ocho de ancho colgado de damasco amarillo y nácar, edificó "un monte de plata en la rica curiosidad de su altar". Componíase de tres cuerpos que se formaron con trece frontales de plata; en el cuerpo de en medio se alzó un trono de cinco gradas con su espaldar, guardapolvo y cubierta, todo de plata, en que se colocó una devota imagen de Nuestra Señora de la Asunción. En los ángulos exteriores del trono, que era semiexagonal, se colocaron relicarios de ébano con cantoneras, guarniciones y remates dorados. En el interior, contiguo al respaldo, pirámides de plata, y en lo más alto, sobre la cubierta del solio, una águila de plata que coronaba todo el cuerpo central; a ambos lados lucían estructuras terminadas en medias naranjas de plata que remataban baldaquinos también de plata, en que triunfaban los dos grandes personajes de la Compañía de Jesús: San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier vestidos de sacerdotes "con ornamentos recamados de relevantes fruteros y azafatas de flores de oro." En las mesas de los altares se colocaron siete imágenes del Niño Jesús en sus diferentes trajes y una de ellas vestida con el hábito de la Compañía. Estaba alumbrado el altar con cien blandones imperiales de plata y le remataba un toldo de juncias que hacía agradable el lugar.

El altar de los religiosos juaninos fue erigido entre los de Santo Domingo y San Francisco y representaba la visión que tuvo San Juan de Dios cuando, entrando al templo y deseando conocer el mejor camino, la Virgen le clavó una corona de espinas.

Los Hipólitos, benemérita religión hospitalaria fundada en la Nueva España por el venerable Bernardino Álvarez, levantaron su altar entre los de San Agustín y el Carmen. En él aparecía su patrono con un estandarte en la mano derecha, que lucía las armas de Castilla y León y, en la última grada de su trono, sobre un nopal, el águila de México coronada con un copilli cubierto de fingimos diamantes y en la grada inmediata inferior la laguna de México fingida en un cristal tan grande, que permitió imitar sus carrizos, su muchedumbre de aves, sus canoas, todo en forma muy natural. Al lado del altar aparecía un retrato de Cortés, simbolizando que él había dominado al nuevo país.

La portada oriental del templo catedralicio, por donde debía entrar la procesión, estaba adornada por cuidado de los párrocos de la ciudad. Idearon dos vistosos montes con sus riscos, campiñas, quiebras, collados y paisajes de montería. Sobre la cornisa, ende grandes lienzos, se representó en trajes e instrumentos de caza, la casa de Austria.

Finalmente, los vecinos del tránsito de la procesión, y los comerciantes de los cajones de la plaza, adornaron sus casas y tiendas en la mejor forma que pudieron. El altar mayor de la iglesia estaba ornamentado a todo lujo con las riquezas del tesoro del templo.

La ceremonia se desarrolló en la forma que a continuación detallamos: El día 21 de diciembre se cantaron solemnemente las vísperas "cuya noche no llegó, dice Sariñana, porque toda la civdad en luminarias, hachas, faroles y varios artificios de fuego, no dio lugar a sus sombras. Y aunque no se permitieron éstos en las calles adornadas, obviando la prudencia peligros, no menos al adorno que al concurso, halló modo la industria con que impedidos los riesgos luciese el fervor en artificiosos incendios, reduciéndolos todos a la torre de la santa iglesia que por sus quatro aspectos se artilló desde el banco a la cúpula cuyo estremo esparció al aire su lucido penacho de centellas en numerosos cohetes que, naciendo de tan alto principio y buscando al impulso de su fogosidad mayor altura, exausta en la región la materia de sus llamas escusaron al temor todos los sustos del riesgo."4  El día 22 de diciembre, a la hora convenida, salió de palacio el virrey acompañado de la Real Audiencia, Tribunales y ciudad en sus respectivos coches; a la puerta de la iglesia catedral le recibió el Cabildo eclesiástico con las ceremonias acostumbradas y pasaron a ocupar sus asientos. Ya se encontraba la marquesa de Mancera en la tribuna dispuesta para la virreina, al lado del Evangelio del altar. La misa fue cantada por el deán doctor Juan de Poblete ayudado como diácono por el doctor Juan de la Puerta Cortés y como subdiácono por el licenciado Luis Francisco moreno. Oficiaban con ornamentos de tela blanca y oro bordados de realce. El sermón fue predicado por el doctor don Isidro Sariñana y corre publicado en el libro de donde tomamos todas estas noticias.

La solemne procesión tuvo lugar en la tarde; se formaron vallas a ambos lados del recorrido, a fin de que el tránsito se viese desembarazado. Salió a las cuatro de la tarde; la encabezaban las cofradías con sus estandartes, las comunidades de las religiones con sus cruces, ministros y prestes; después seguiría la cruz de la Santa Iglesia con el subdiácono, continuaba el clero de la ciudad, después el Cabildo eclesiástico que sacó en hombros hasta la puerta la imagen de oro de la Asunción; seguía el Cabildo secular; los jueces y oficiales reales; el Tribunal Mayor de Cuentas; la Real Audiencia y, al último, el virrey. La imagen de oro de la Asunción fue llevada en hombros por cada una de las religiones en el trayecto que separaba sus altares. Mientras la procesión recorría su tránsito sonaba música que suavemente alegraba el paso, y se movían danzas agradables, entre ellas algunas de indios. Regresada la imagen a su altar, después de haber recorrido las calles indicadas, se cantó solemnísimamente la salve y con eso terminó la ceremonia.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 47-50.
2 Noticia breve de la solemne deseada, última dedicación  del templo metropolitano de México… celebrada el 22 de diciembre de 1667… y sermón que predicó el doctor Isidro Sariñana, cura propietario de la parroquia de la Vera cruz de México… México 1668.
3 Tales son las noticias que hemos podido obtener  acerca de este altar. Del romance que publica Sariñana. Como se comprende es bien difícil traducir en vulgar prosa las retóricas expresiones de un poeta culterano.
4 Sariñana. Fol. 47.


Las Obras de la Catedral Durante el Resto del Siglo XVII1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 59.

La Catedral había quedado concluida interiormente, pero aún era necesario trabajar en su exterior y se continuó en forma tan activa casi como en años anteriores. Durante el gobierno del marqués de Mancera pudieron concluirse dos partes de la obra: la parte central de la fachada principal del templo quedó concluida en su cuerpo bajo. La portada ostenta una inscripción fechada en 1672.

Durante lo que resta del siglo XVII se construye el primer cuerpo de la torre del oriente, obra de los arquitectos Juan Lozano y Juan Serrano. La portada principal del edificio y las del lado del oriente fueron construidas en 1688 y la del poniente en 1689. Se concluyeron los seis contrafuertes que sostienen la estructura por el lado de su fachada principal y los botareles que apoyan las bóvedas de la nave mayor.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 59.


Trabajos Durante el Siglo XVIII1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 61.

Durante el siglo XVIII poco se hizo para adelantar en el término de la construcción de la Catedral. Es indudable que, ya concluida en su interior y útil para todas las ceremonias que se ofrecían, no se presentaba la necesidad ingente de continuar trabajando en lo que faltaba, y así la Catedral inconclusa viene a ser testigo mudo de toda aquella batahola que reinaba en la plaza mayor de México durante el siglo XVIII, centro de toda picaresca, asiento de toda inmundicia, amparadora de riñas, madre del clásico lépero que hallaba a su vera hospitalidad en las noches lluviosas, campo para sus fechorías y sitio propicio donde ocultar los objetos hurtados para convertirlos en relucientes reales.

Aunque la obra hubiese sido suspendida de hecho, algo continuaba trabajándose, sobre todo en su interior; sabemos así que hacia 1737 era maestro mayor don Domingo de Arrieta. El hizo, en compañía de José Eduardo de Herrera, maestro de arquitectura, las tribunas que rodean el coro. En 1742 Manuel de Álvarez, maestro de arquitectura, dictaminó con el mismo Herrera acerca del proyecto de presbiterio que presentó Jerónimo de Balbás. Este escultor había trabajado de 1718 a 1737 en la obra extraordinaria del altar de los Reyes, como veremos más tarde, así como en el altar mayor.

En 1752, el 17 de septiembre, "se colocó en la coronilla del cimborrio de esta Santa Iglesia Catedral una hermosísima cruz de fierro, de más de tres varas, con su veleta, grabada en uno y otro lado la oración del Sanctus Deus, y en medio de ella un óvalo de a cuarta, en que se puso por un lado una bellísima cera de Agnus con su vidriera y en el otro lado una lámina en que se esculpió a Señora Santa Prisca, abogada de los rayos. La espiga de dicha cruz es de dos varas y todo su peso de catorce arrobas; clavóse en una hermosa peana de cantería."

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 61.


La Fachada Principal y las Torres1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 63-67.

Para terminar el edificio de la Catedral de México, se convocó a un concurso al que concurrieron varios arquitectos. No sabemos cuál fue la causa que motivó tal concurso: ¿se habían perdido los planos originales o existía el deseo de que la iglesia fuese terminada según la moda reinante? Conocemos tres proyectos para la conclusión del templo. Dos se conservan en el archivo de la Catedral y se sabe que sus autores fueron remunerados por sus dibujos; el tercero existe en el archivo de la biblioteca de la Academia de San Carlos, lo cual nos indica que no fue tomate en consideración por el Cabildo de la Catedral. El autor de este último proyecto fue Isidoro Vicente de Balbás, a quien suponemos hijo de Jerónimo de Balbás,2 que había trabajado fecundamente para la Catedral en el primer tercio del siglo XVIII, y que, por su parte, también había dictaminado acerca del altar mayor o ciprés que hiciera su padre. El proyecto de Balbás es muestra elocuente de un arquitecto churrigueresco. Respeta lo que estaba construido del templo, o sea las tres portadas principales, los basamentos de las torres, los seis contrafuertes y el primer cuerpo de la torre del oriente. Con esos elementos construye un modelo doble: son dos proyectos, pero ambos sostienen el mismo criterio audaz y loco del arte churrigueresco.

El cuerpo central está rematado por dos grandes columnas que sostienen un frontón curvilíneo y que flanquean un escudo español: el escudo carolino sostenido por el águila austríaca. Sobre el frontón hay dos figuras de ángel totalmente fuera de escala, puesto que parecen mayores que las puertas laterales. El cuerpo central de la fachada desaparece entre curvas y contracurvas que destruyen por completo la sensación arquitectónica del edificio. Para las torres da dos soluciones diversas: una presenta un segundo cuerpo que copia el inferior y sobre él un remate que se aleja por completo del clásico cupulín colonial y presenta cuatro fajas que dan una superficie cóncava de la que surgen lucernas. El proyecto de la otra torre resulta más audaz, pues propiamente es un remate en vez de un segundo cuerpo. Dicho remate se halla constituido por grandes campaniles, tan fuera de escala que resultan mayores que las portadas del templo. Esos campaniles ostentan balcones salientes y sobre ellos un remate que viene a ser una especie de linternilla colocada sobre estructuras variadas de pleno gusto churrigueresco.

Se puede apreciar desde luego que este proyecto no es obra de un arquitecto, sino de un escultor, de un entallador de retablos, como sabemos de hecho lo fue su autor, ya que consta que él talló los incomparables retablos de la iglesia de Santa Prisca en Taxco.

El segundo proyecto se debió al arquitecto José Joaquín García de Torres y se conserva, como hemos dicho, en el archivo de la Catedral. El proyecto de Torres es más mesurado; recurre a ciertos elementos clásicos como las pirámides, pero no olvida el arte de su época: la curva que une el basamento de la torre con d cuerpo central, está inspirada en los muros apiñonados del Sagrario. La torre se ve rematada en una forma verdaderamente infeliz: sobre el primer cuerpo existente levanta un ático perfectamente inútil, pero que repite la estructura que se ve en la parte baja de la misma torre, oculta hoy por las ménsulas invertidas y el cubo que debía llevar el reloj. Sobre este ático se desplanta un segundo cuerpo, copia del primero, de orden jónico al parecer y de planta ochavada, roas con el mismo criterio sustituyendo pilastras por columnas adosadas y, sobre este segundo cuerpo, otro pequeño ático con ojos de buey y óvalos que sostienen el remate de la torre en forma de casquete por gajos, con fajas salientes que los acusan y rematado por una linterna pequeña. Las portadas laterales de esta fachada están rematadas por frontones rotos con un medallón al centro y esculturas recostadas sobre las cornisas del frontón. Los contrafuertes que rematan la portada central se prolongan un tramo más hacia arriba y se hallan coronados por estatuas y el cuerpo central de la fachada, que corresponde a la portada central, presenta un frontón curvilíneo, roto, con un gran medallón al centro, coronado por una estatua de la Fe. Este proyecto hubiera dado fin decoroso al templo, pero lo decoroso que no sale de lo ordinario pertenece a la mediocridad: habría sido una iglesia como cualquiera otra; su fachada, sin ninguna relación con el interior, hubiese podido parecerse a la de cualquiera catedral de provincia, sin personalidad, sin vigor, sin audacia.

Cordura insospechada demostraron los señores canónigos al rechazar el citado proyecto y aprobar el más sobrio y moderado que presentó don José Damián Ortiz de Castro. Ciertamente, en el proyecto de Ortiz de Castro la Catedral se ve mucho más pesada y un tanto sin gracia, pero su criterio responde indudablemente a los principios de la obra y esos defectos fueron afortunadamente corregidos más tarde. El proyecto de Ortiz de Castro se conserva en el archivo del templo y nos muestra un conjunto apegado en lo posible a las reglas clásicas. Respeta íntegramente lo que está construido. Agrega seis ménsulas invertidas para relacionar los contrafuertes con la estructura del monumento; sobre los dos basamentos de las torres pone sendos relojes en cubos flanqueados por guirnaldas. El cuerpo central de la fachada se prolonga hacia arriba en un ático rematado por un tímido frontón curvilíneo que remata la estatua de la Fe. Las portadas laterales presentan medallones con tiaras, palmas al exterior y macetones. La cúpula parece seguir los mismos lineamientos de la vieja cúpula del siglo XVII y apenas agrega sobre el entablamiento del tambor algunas molduras que rompen la pesadez de la media naranja. Pero, donde la originalidad de Ortiz de Castro se revela en forma admirable, es en el remate de sus torres: sobre el cuerpo ya construido desplanta un segundo a la misma anchura aparentemente, pero que está formado por cuatro pilastrones angulares, en tanto que la verdadera estructura del cuerpo es octagonal, formada por pilastras, arcos, ventanas, todo esto embebido dentro de los cuatro pilastrones exteriores, de manera que la torre en su segundo cuerpo parece calada. Sobre este segundo cuerpo se desplanta el remate en forma de campana ornamentada con cartelas y guirnaldas de gusto muy Luis XVI y rematadas por una gran esfera que sostiene una cruz. Varias iglesias del país, por ese espíritu de imitación inevitable, construyeron sus torres en la forma de las de la Catedral, y de las iglesias españolas que hayan podido influir en nuestro arquitecto, sólo conocemos la catedral de Pamplona.

El minucioso Sedano nos dice lo siguiente acerca de estas torres:3 "En el mes de enero de 1787 se comenzó la obra de las dos torres a dirección del maestro de arquitectura don Damián Ortiz, americano. La del lado del Empedradillo se acabó de hacer en 18 de Abril de 1791 y la del lado del Sagrario se finalizó el 16 de mayo del mismo año. Las cruces de piedra del remate tienen tres varas de alto cada una y los globos de piedra en que están afianzadas tienen vara y siete ochavos de diámetro y cinco varas y media de circunferencia. Dentro de cada globo, en una caja de madera forrada de plomo se colocaron Lignum Crucis, relicarios, monedas de la proclamación del señor don Carlos IV, oraciones devotas, y testimonio autorizado por el secretario de Cabildo de la santa iglesia, para memoria en lo futuro. Cada torre tiene de alto, desde el suelo hasta la punta o remate de la cruz, setenta y dos varas, dos tercias. En las dichas torres, cementerio y empedrado con lo demás sobrado hasta septiembre de 1793 se gastaron 190,000 pesos, que se sacaron de las cajas reales de su Majestad, donde se depositó el medio real de fábrica de la santa Iglesia que se cobró de cada indio tributario, hasta el año de 1740 que mandó su Majestad cesara esta contribución, y habiéndose continuado se le dio el nombre de indebida e importó 30,000 pesos, mandó su Majestad que se aplicara al mismo fin y que cesara del todo, y todo lo contribuido importó la dicha cantidad de 190,000 pesos. Esta relación la supe de persona que intervino en la fábrica de las torres y que llevó las cuentas del gasto."

Se conserva en el archivo del templo metropolitano un luminoso informe debido a los arquitectos Joseph Ortiz, director de la obra, maestro mayor de la Catedral y académico de mérito de la Academia de San Carlos; tan Ignacio Estera, maestro mayor de la ciudad y real desagüe, y don José Delgadillo, arquitecto. Dicho informe fue realizado en el año de 1787, cuando Ortiz de Castro empezó la obra de las torres y de la fachada. El informe comienza con el avalúo y puede leerse íntegro en d Apéndice de este libro. Tomamos aquí únicamente los datos importantes para la historia del arte. Así, al referirse a las cruces que rematan las torres y de las cuales hemos hablado ya antes dice lo siguiente.

"En el avalúo se comprendieron cruces simples de fierro para las veletas. Se retuvo la insignia; pero no la materia, ya por precaver en aquella altura la electricidad, y ya también por la forma más grandiosa y uniforme que presentan los globos y cruces de piedra, obra admirable, de valiente arquitectura para los ojos inteligentes, especialmente en los collarines de cuatro pulgadas de grueso sobre el que descansa el inconsiderable peso de los globos de dos varas de diámetro y de las cruces que descubren dos y media varas, por media vara y una tercia de encaje. No tienen éstas taladro ni perno alguno de fierro, pero desde el centro de los globos baja un perno de 15 a 16 varas de largo hasta la cruceta o aspas formadas de planchas de cedro en el interior de las torres, en el arranque de los remates. Uno solo de estos pernos compensa el fierro que entraría en las cruces.

"Se ha dicho obra de valiente arquitectura; mas debe añadirse obra que asustó y puso en secreto movimiento al celo de una junta, que quedó sin él, y desimpresionada de sus recelos. Los comisionados, a quienes privativamente tocaba precaver cualesquiera riesgos, cuando procedieron a colocar dichas cruces y globos estaban satisfechos del ningún peligro por los vientos o terremotos como se ha visto. Obra también propia del ingenio y númen arquitecto del director de la fábrica don José Damián Ortiz, digno de los mayores elogios por su puntual asistencia y desinterés, y por los sobresalientes y distinguidos conocimientos que poseía en su noble profesión. Lo reconoció así la Real Academia de San Carlos y le expidió el título de su Académico de Mérito años antes de hacerse cargo de esta obra.

"Acreditó en ella los informes que dio a los comisionados el Director Perpetuo de la Real Academia, don Jerónimo Gil, y las dificultades con que a cada paso se tropezaba en la obra, que sería muy prolijo el referir, y las maniobras que en ella se ofrecieron, nada comunes, y que en un siglo no suelen ocurrir, dieron bien a conocer los talentos y méritos de Ortiz. Fue el inventor de unos ligerísimos carros para manejar con pocas manos dentro de la obra piedras grandes labradas con toda comodidad. Lo fue de otro gran carro compuesto de tres bastidores y cuatro ruedas en que se condujo en una tarde desde las lomas o canteras de los Remedios una gran piedra de 300 quintales. Sobre el mismo carro se trajo desde Tacubaya la campana mayor, Santa María de Guadalupe, también de 300 quintales, y después otra de l50, nombrada los Santos Ángeles y colocó una y otra en la torre nueva o del lado del Poniente. Pero lo que admiró más y sorprendió a esta capital fue la potencia y resistencia de este carro cuando se le echó encima y comenzó a rodar con el enorme y formidable peso de la gran mole de la piedra de la antigüedad que el mismo Ortiz puso en un sotabanco al pie de la torre, y hasta allí condujo el carro desde el pasaje de donde se excavó frente de los cajoncitos que llaman de Señor San Joseph que últimamente se derribaron, y estaban como 25 o 30 varas delante del Portal de las Flores.4 La invención de la gran máquina con que se subió la referida campana mayor, sin aplicar más potencia que la de ocho hombres, gobernando él la maniobra sin estrépito ni ruido y su colocación en el centro del segundo cuerpo, suspendida en unos tirantes de fierro, puestos con simetría y con la mayor seguridad, son documentos que están acreditando a su autor, no menos que la conclusión de las torres y fachada. Apenas dio fin a estas obras, cuando lo dio a su vida en 6 de mayo de 1793, de edad de 41 años, en el pueblo de Tacubaya, habiendo nacido en el pueblo de Coatepeque, Obispado de Puebla. Su cadáver está depositado en la iglesia parroquial de Tacubaya y se ha de traer a la iglesia catedral al sepulcro labrado de cantería que le dedicó el Ilustre y Venerable Cabildo en la capilla de los Santos Ángeles, debajo de la torre nueva en demostración de su aprecio."

Al finalizar el informe de donde tomamos estos datos se lee este párrafo, en cuya brevedad no podía caber mayor grandeza: "Las torres se fabricaron sin que uno solo sacrificara su vida." Es decir, que en una obra tan extraordinaria no hubo un solo sacrificio humano y bien sabemos que cualquiera obra que se levanta en esta ciudad, si ella es un poco audaz, cuesta bastantes vidas, ya por descuido de los directores o de los mismos operarios.

Podemos agregar algunos datos que completan la historia de esta parte de nuestro monumento y corrigen algunas opiniones equivocadas que corren como verdades indiscutibles. El insigne artífice José Luis Rodríguez Alconedo labró los trofeos, coronas y collares de la orden del Toisón de Oro, para el escudo real del frente del templo y las coronas y llaves de las tiaras para las portadas laterales del mismo frente, ornatos que, entre paréntesis, han desaparecido en la actualidad. Eran de bronce dorado a fuego con oro de veinticuatro quilates. Hizo también las tiaras que guarnecían el escudo real y sus cuarteles. Todas estas obras importaron seis mil doscientos ochenta y dos pesos, tres reales, y el recibo del ilustre artífice está firmado en México el 2 de febrero de 1794 y no en 1813, como han afirmado algunos autores.

Las estatuas que decoran las torres fueron obra, las de la torre nueva de José Zacarías Cora, que fue traído especialmente de Puebla para tal trabajo. Su recibo, que puede verse en el Apéndice, lo dice expresamente, y las ocho estatuas de piedra blanda de a tres varas representan a los santos que a continuación mencionarnos: San Gregorio Papa, San Agustín, San Leandro, San Fulgencio, San Casiano, San Francisco Javier y Santa Bárbara, por las cuales cobró trescientos pesos por cada una "en atención haber venido de mi patria la ciudad de Puebla de los Ángeles con sólo este destino y tenido que estar en la cantera con mis oficiales y trabajar en ella desde el mes de febrero de 1791 hasta en aseado de venirlas solo a pulir en el cementerio." San Primitivo no quería estar en la corre, pues "estando ya concluida la estatua en la cantera, sin faltarle más que pulirla, se le vino encima una piedra y la hizo pedazos dejándola inservible." El artista tuvo que rehacerla y cobró por su trabajo doscientos setenta y cinco pesos. Pero San Primitivo no quería estar en la torre, pues en el camino, al traerla a México, se le rompió la cabeza y hubo que rehacerla, por lo cual el artista cobró ciento treinta y siete pesos, cuatro reales. Además, el mismo Zacarías Cora hizo para la torre vieja dos estatuas de la misma medida y de la propia piedra, que representan a San Emigdio y a Santa Rosa de Santa María, a trescientos pesos. Las otras seis estatuas que decoran la torre vieja, o sea la del oriente, fueron obra del escultor Santiago Cristóbal Sandoval. Representan a San Ambrosio, San Jerónimo, San Felipe de Jesús, San Hipólito, San Casiano y San Isidoro. Como Sandoval no había venido desde Puebla, sólo cobró doscientos pesos por cada estatua. Además, el pobre hombre no tenía suerte, pues de su cuenca que importaba mil doscientos cincuenta pesos tuvo que rebajar cuatrocientos sesenta porque sus oficiales echaron a perder una piedra en que el insigne artista don Manuel Tolsá, director de escultura de la Real Academia de San Carlos, iba a tallar la estatua de la Fe y el pobre de Sandoval se ve obligado a reponerla para que Tolsá pueda trabajar a sus anchas. Se compromete a entregar la referida piedra en el cementerio según convenio con don José Montes de Oca, vecino del pueblo de San Bartolomé Naucalpan, para traer una piedra grande, chiluca, buena, limpia y sin venteaduras, del tamaño que pide don Manuel Tolsá. Para cumplir su compromiso el infortunado hipoteca todos sus bienes, especial y señaladamente una casa eneresolada que poseía como suya propia en la calle de la puerca falsa de San Andrés, número cuatro. Sandoval gozó de una pequeña venganza, pues al subir las estatuas a las torres se rompieron muchas y tuvo que componerlas. Su recibo del diez de agosto de 1793 nos enseña que cobra dieciocho pesos "Por quince pedazos de dedos que le eché a San Isidoro por habérsele roto varias ocasiones y una mano nueva por habérsela roto enteramente los dedos y por la compostura de otra mano y la pluma de San Gerónimo y varios remiendos de los ropajes de los otros cinco santos." El culpable de estos deterioros sacrílegos fue Toribio Sánchez, que cobró novecientos pesos por subir hasta colocarlas en los pedestales para afianzarlas y empernarlas las ocho estrenas de piedra de la torre vieja, en que se incluía el trabajo de poner y quitar las dos grúas, la andamiada, garruchas y demás artefactos necesarios y volver a quitar todo. No debe de haber sido muy cuidadoso el gañán en su obra cuando no lo había sido con su espíritu, pues no sabía escribir para firmar su recibo.

El maestro mayor de la obra, Ortiz de Castro, cobraba por su trabajo mil pesos al año. En el archivo del templo se conservan sus recibos, y el de 1792 firmado el 29 de diciembre importa la cantidad de mil dos pesos, cinco reales y diez granos, en atención a que tal año fue bisiesto. Murió Ortiz de Castro y cobró el saldo que se le debía de ciento veintisiete días del año de 1793 su hermano Francisco, cuyo recibo corre en el expediente de Fachada y Torres y se reproduce en el Apéndice. Parece que el Francisco entendía algo en arquitectura, pues sigue cobrando poco tiempo después.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 63-67.
2 Se encuentra el dibujo original en la biblioteca de la Escuela de Artes Plásticas, donde fue descubierto por los señores arquitectos Carlos Lazo y Luis García, en 1915.En el propia años fue publicado por el arquitecto Federico E. Mariscal en su libro La Patria y la arquitectura.
3 Noticias de México, págs. 188-189.
4 Se reproduce el grabado que representa uno de esos carros.


Conclusión de la Obra1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 69.

El artista que dio fin a la obra de la Catedral de México fue el ilustre escultor y arquitecto don Manuel Tolsá. Había llegado a Nueva España en 1791, como director de escultura de la Real Academia de San Carlos, y así, no es extraño que pronto se haya hecho cargo de la obra de la Catedral. Tolsá, puede decirse toma por su cuenta armonizar el edificio que presentaba tantos aspectos diversos. Desde el punto de vista de la arquitectura su mayor creación fue la cúpula. El cimborrio antiguo, un pesado cimborrio bien característico de nuestro siglo XVII, no podía armonizar con el conjunto de la obra ya terminada sus torres: resultaba demasiado bajo, demasiado pobre, demasiado insignificante. El ilustre valenciano derribó la pesada linternilla del siglo XVII y, utilizando el casquete de la cúpula, le abre un anillo mayor sobre el que edifica una plataforma circular, y sobre esa plataforma levanta una linternilla mucho más alta, desproporcionada con relación a la cúpula, pero en armonía perfecta con el templo. Es indudable que Tolsá tuvo presentes las cúpulas francesas, acaso la misma de los Inválidos de París, para ornamentar la suya.

Los claros del viejo tambor son sustituidos por elegantes ventanas de tipo absolutamente francés, con sus frontones curvilíneos rematados por escudos pontificios, en tanto que dos flameros los flanquean; uno semejante corona el cupulín de la linterna.

Para homogeneizar en lo posible el estilo exterior del templo, el arquitecto recurre a una serie de balaustradas que lo armonizan en el exterior. Dichas balaustradas se encuentran en todos los sitios donde podían ponerse, así en el tambor de la cúpula como en el anillo de la linterna, al igual que en las estructuras angulares que cubren las pechinas, en las cornisas de las tres naves a cada lado, en los cuerpos de las torres, cerrando los campaniles y en el cuerpo central de la fachada.

Aunque de estilo diverso al que se usó en un principio, pues todavía parecen afiliarse al Luis XVI, nadie negará que armonizan perfectamente en el edificio y que le dan un aspecto de elegancia inusitada.

Otro problema para el arquitecto lo constituía la fachada principal de la iglesia: tal como fue concluida, presentaba simplemente un bajo frontón curvilíneo sobre un ático que coronaba la portada central. Tolsá encuentra ésta demasiado baja: sobre el ático primitivo levanta otro cuerpo que abarca sólo el ancho de la nave central, levantando así el frontón y dándole mayor peralte. Sobre el frontón construye una estructura cúbica para el reloj; esa estructura se ve coronada por tres obras maestras de escultura del mismo artífice: la Fe, la Esperanza y la Caridad. Con este cuerpo central obtiene una gran armonía de proporciones, pues trazando líneas del arranque de cada torre hacia la cúspide de la otra, el cuerpo central alcanza perfectamente la intersección de ambas líneas. Después de eso sólo faltaban detalles: las torres se ven ricamente ornamentadas por grandes estatuas, ocho en cada una, hechas por los discípulos del maestro según dibujos realizados por él. Así quedó la Catedral para cuando México alcanzó su independencia. Cuando hagamos la crítica artística te nuestro magno templo, daremos más detalles de los artistas que desarrollaron tales trabajos.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 69.


Fecha de término de la construcción del edificio de Catedral1

(ACCMM) ARCHIVO DEL CABILDO DE LA CATEDRAL METROPOLITANO DE MÉXICO. SALVADOR ADÁN HERNÁNDEZ PECH, ENCARGADO DEL ARCHIVOJUNIO 2013

En los últimos meses se han acercado varios investigadores al archivo preguntando sobre si en el acervo documental y bibliográfico del recinto se pueda encontrar datos que permitan dilucidar la fecha de culminación del edificio de Catedral, dato de relevancia si tomamos en cuenta que, de acuerdo a la información consignada en varias fuentes bibliográficas, en 2013 se cumplen doscientos años de su terminación.

Es por lo anterior que se ha procedido a la revisión de los materiales que se tienen en el acervo, empezando por el acerbo bibliográfico. Así, en el libro de Manuel Toussaint La Catedral de México, México: Porrua, 1973 , no se puede obtener una fecha concreta, se consignan las fechas de las dedicaciones de la iglesia, la primera en 1656 y la segunda en 1667; en un apartado que se intitula como trabajos de culminación, hace referencia al momento en que le es asignado al arquitecto Manuel Tolsá la continuación de las obras de la cúpula, las torres de campanarios, y la fachada principal, mismos que habías quedando incompletos y con daños ocasionados por los temblores que habían afectado a la ciudad por esos años, sin embargo no da fecha alguna sobre el termino de la obra.

En el libro de Cómo vemos la catedral metropolitana de México y su Sagrario en el siglo XXI, México: Litho Passion, 2009 [2ª ed.], obra colectiva, se hace referencia al año 1813 como dato genérico para la fecha de conclusión del edificio.

El libro del Pbro. Pablo de Jesús Sandoval,  La Catedral Metropolitana de México, México: Ediciones Victoria, 1938, se tiene consignada la fecha del 17 de junio de 1817, aunque se ha considerado como una error de tipografía por algunos de los investigadores que han colaborado en estos trabajos. El libro del Rev. M- Gómez Catedral of Mexico,  México: El Cromo, [19—?], deja como fecha el 17 de junio de 1813.

Ahora bien, estas fuentes hacen referencia a otros materiales, o se citan entre ellos, por lo que se ha procedido a la revisión de las fuentes primarias del acervo documental para esclarecer el asunto. En principio se procedió a la revisión de las actas de cabildo que abarcaban desde 1813 hasta 1817 (Libros 66 al 68), buscando en las diferentes sesiones que se consignan algún dato relevante. La búsqueda fue infructífera, pues ni en junio de 1813, o de 1817, hay alguna cita del evento de culminación del edificio.

Como siguiente material a revisar, y entendiendo que el Archivo del Cabildo de Catedral conserva materiales de índole histórico, pero centrándose en datos económico-administrativos, se procedió a la búsqueda de los recibos y cuentas de trabajos en catedral, así, en la serie de Clavería, se encontraron varios libros que hacen referencia a los pagos realizados a Tolsá desde 1813 hasta 1816, sin embargo, en el libro 86, folio 035v, en el pago que se consigna el día 22 de diciembre de 1813, a la letra aparece:

Al S. Dn. Man[ue]l Tolsa 1.131 p[esos], 2 r[eales],
3 g[ramos] por ultimo resto en las com-
postura q[ue] se han hecho en esta S[anta]
Igl[esia] en tofo el prese[n]te añop de 1813

Aun cuando aparecen otros pagos en años posteriores, durante la revisión de las actas de cabildo se identificó que uno de los pagos que se realizan en 1816 son por trabajos que se hacen en la casa de la calle de Charrería, por lo que se deduce que los pagos después de 1813 a Tolsá no son sólo por los trabajos que se realizaron en el edificio de Catedral, sino por otras encomendadas el él.

Por ultimo, en los libros 14 y 15 de la serie de Fábrica material se consignan las cuentas de los trabajos de construcción de las torres y la fachada de catedral. Así, en el Libro 14, folios 419 al 421v., se consignan la ultima cuenta en 1813, que a la letra dice:
Ex[elentisi]mo S[eñ]or.

Ultima cuenta presentada en 1813-
resento a V[uestra] E[xcelencia] la cuenta de los ocho mil tres-
cientos treinta y buebe p[eso]s tres r[eale]s de mi cargo,
por ultimo resto de los caudales de la Obra
de la Fachada y torres de Catedral, y supli-
co á V[uestra] E[xcelencia] se sirva mandar q[ue] s[ea] reconocida, y
aprobada que sea, se me de el finiquito de
ella y de la anterior del año de noventa y
quatro que se revisó y glosó el Real Fral. De
cuentas desde el de mil setecientos noventa
y siete.

Dios qu[id]e á V[uestra] E[xcelencia] ms. as.
México 20 de Enero de 1813 = Exc[elentisi]mo. S[eñ]or=
Juan José de Gamboa.

Asimismo, se encuentran agrupados en el libro 15 de los recibos de Fábrica en donde se pagan las piedras con que se elaboran las imágenes de la Fe, la Caridad y la Esperanza el 10 de diciembre de 1812, con los que se puede suponer que Tolsá culmino estas estatuas entre 1812 y 1813.

Partiendo de esto podemos determinar que el año en que se concluyen los trabajos de la construcción de la Catedral, por Manuel Tolsá es el de 1813, sin que se haya podido concretar una fecha exacta para ello, aun cuando la mayor parte de la bibliografía indica que es el 17 de junio del año en cuestión, está pendiente encontrar algún documento, ya sea una crónica, alguna nota periodística, gaceta o panfleto que respalde la fecha antes mencionada. Es evidente que pueden existir varias fuentes secundarias de información que pueden aportar datos a la investigación, sin embargo estos datos han sido tomados de fuentes primarias, por lo que no sólo aportan los datos, sino hacen referencia a los hechos, no son las referencias a otros documentos, lo que en ocasiones es más confuso si pensamos que hay referencias o datos incompletos de las obras consultadas. El valor de este tipo de investigaciones recae en la labor de búsqueda e identificación de las informaciones.

1 Fecha de término de la construcción del edificio de Catedral, datos encontrados en los materiales del ACCMM