Miércoles de ceniza: inicio de un tiempo fuerte

Punto de partida

En este mes de febrero el miércoles de Ceniza cae el día 14 y tiene inicio un tiempo fuerte o especial de gracia para la reflexión que habrá de suscitar el deseo de la conversión. Ciertamente este es el planteamiento general en el plano teológico y celebrativo, pero, ¿en verdad resulta para todos los cristianos igualmente importante este evento que marca una etapa de crecimiento espiritual? ¿Es el signo de la ceniza una oportunidad para emprender el camino de vuelta al Padre para decirle “he pecado contra el cielo y contra ti”? ¿Logramos comprender la importancia de alejarnos del pecado y revitalizar la gracia que recibimos el día de nuestro bautismo a través de una celebración litúrgica en la que por la ceniza nos da la oportunidad de conversión?

Son muchas las preguntas que me vienen a la mente mientras recuerdo las varias celebraciones de imposición de ceniza, que a lo largo de mi vida, me ha tocado presenciar. Desafortunadamente la preguntas o aumentan o no tienen respuesta cuando descubro que el signo de la “ceniza” no es comprendido en su sentido más profundo, ya sea porque se le da un valor casi mágico, o bien porque lo que importa, en muchos casos, es que se vea bien la “crucecita” como si se tratara de un adorno. A este propósito en muchos templos se busca dar una breve catequesis dentro o fuera de una celebración, con la única finalidad de favorecer no sólo la participación, sino especialmente, la comprensión del signo.

¿Qué significa la ceniza?

En la mentalidad del Antiguo Testamento, la ceniza está ligada a la penitencia y es usada como signo externo de purificación (Num 19, 17) para contrarrestar el dolor o el duelo profundo causado por el pecado o por las desgracias acaecidas; de modo que se busca con este signo, pedir perdón al Señor con este elemento que se pone en la cabeza o se cubre complatamente (2 Samuel 1, 2; 13, 19; 15, 32; Neh 9, 1; Est 4, 1. 3; Jb 2, 12; Is 58, 5; Jr 6, 26; Lm 2, 10; Ez 27, 30; Jon 3, 6). En nuestra cultura, la ceniza tiene otras aplicaciones muy ricas y variadas que ahora mismo no podemos tratar, pero si reflexionamos sobre el uso de la ceniza como lo refieren los varios textos bíblicos, nos daremos cuenta que se trata de un elemento de significación inmediata, es decir, al colocar ceniza en la cabeza o en el cuerpo y a medida que pasa el tiempo, el calor y el sudor provocan en la piel un escozor insoportable, de modo que no puede uno más que recordar el dolor que provoca el pecado en el alma. Por esta razón su uso, incluso dentro de la celebración litúrgica está indicada en la invitación que el sacerdote hace después de la homilía: “con actitud humilde oremos, hermanos, a Dios nuestro Padre, para que se digne bendecir con su gracia estas cenizas que vamos a imponer en nuestras cabezas en señal de penitencia”.

La liturgia retoma la misma fuerza del signo tal y como se entendía en el Antiguo Testamento, para a lo largo del día seamos conscientes de nuestra limitación y necesidad de pedir perdón. En otras palabras, el lugar donde el sacerdote debería imponernos la ceniza es en la cabeza (coronilla) y no en la frente, ya que la penitencia es una actitud profunda que no necesita ponerse en muestra o exhibirse. De suyo así lo plantea el texto del Evangelio para el miércoles de ceniza (Mt 6, 1-6. 16-18), cuando refiriéndose al ayuno dice que no hay que “poner cara triste”, sino más bien actuar de tal modo que no lo “note la gente”, y añade: “y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará”.

La actitud, que brota de una vida interior profunda, se traduce en fuerza espiritual, ya que el camino de penitencia que inicia con este día, tendrá que llevarnos a demostrar al Señor el deseo de vivir en él y conforme al Evangelio. La oración colecta de este día lo expresa de este modo: “Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma, para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal”. La Iglesia es consciente de que la lucha contra el mal no es cosa fácil. Se requiere el auxilio divino para lograrlo. La oración con la que se bendice a quienes recibirán la ceniza lo plantea con estas palabras: “Oh Dios que te inclinas ante el que se humilla y encuentras agrado en quien expía sus pecados; escucha benignamente nuestras súplicas y derrama la gracia de tu bendición sobre estos siervos tuyos que van a recibir la ceniza, para que, fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de tu Hijo”.

Me parece que el contenido de las oraciones, manifiesta la profunda necesidad que tenemos de la acción de Dios para llegar a la meta de la santidad, que por otro lado, es lo que nos toca hacer. En esta vida estamos llamados a configurarnos con Cristo, a ser como él, a amar como él, a unirnos al Padre como él, para lo cual es necesario que nos demos cuenta que necesitamos de su amor, de su perdón, de su misericordia. Solos no podemos y no debemos confundir el plan de Dios con las propuestas del mundo. Estamos llamados a ser santos como el Padre celestial es santo y por eso que las prácticas cuaresmales que inician en este día, son una bendición y una oportunidad de crecimiento, así lo refiere el prefacio de cuaresma propuesto para este día: “con el ayuno corporal refrenas nuestras pasiones, elevas nuestro espíritu, nos das fuerza y recompensa”.

Agradecidos con el Señor por las muestras de amor con que nos favorece, iniciemos la Cuaresma convencidos de que necesitamos su amor y fortaleza para doblegar el orgullo que es fruto del pecado.

Que la Virgen de Guadalupe, nos lleve de la mano y asistidos por su intercesión crezcamos en la fidelidad y amor a su Hijo Jesucristo. Amén.

 

M.I.S. Cango. Ricardo Valenzuela Pérez