El Sagrario Metropolitano1

Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 247-249.

Todas las catedrales necesitan un Sagrario anexo. El sagrario es la parroquia. También, la oficina en que se administran los sacramentos y se lleva el censo de los feligreses. Desde un principio la Catedral de México tuvo su Sagrario. Es inútil discutir si los primeros párrocos fueron los frailes o los clérigos que venían con los conquistadores. Claro es que podían administrar los sacramentos por facultades concedidas especialmente por la Santa Sede; de ninguna manera podían equipararse a los curas de una parroquia, porque una parroquia depende siempre de un obispo y entonces no existía obispo. Ejercían las funciones parroquiales para administrar los sacramentos a los fieles, pero sin cumplir con las disposiciones canónicas que sólo un párroco nombrado por un obispo puede realizar.

No sabemos dónde estaría instalado el Sagrario en la catedral vieja; probablemente disponía de un altar en el templo y de una oficina anexa donde se encontraban el cuadrante con su notaría y el archivo. Para aquellos tiempos en que la ciudad no alcanzaba su máximo desarrollo, el Sagrario, junto con las otras parroquias como la de la Santa Veracruz y la de Santa Catarina, podía dar servicio a todos los fieles españoles,  ya que, sabido es, los indios poseían su parroquia en la capilla de San José de los Naturales, en el convento de San Francisco.

Cuando la catedral vieja fue derribada en 1624, los curas del Sagrario recibieron para sus oficinas dos capillas: las primeras del lado de la Epístola en la catedral nueva, o sean la de las Angustias y la de San Isidro. La primera sirvió de templo y la segunda de sacristía, pero como las dos capillas eran demasiado estrechas para una oficina tan amplia, se acordó construir fuera del perímetro del templo otra estancia que sirvió de bautisterio. Desde entonces la capilla de San Isidro quedó con una puerta que comunicaba con el bautisterio. Esta fue concluida en 1648 y la capilla de San Isidro se dedicó exclusivamente a sacristía.

Transcurrieron los años, aumentó la población de la capital del virreinato y se vio que era en absoluto imposible que una parroquia tan poblada pudiese subsistir en un local tan reducido. Además, la Catedral crecía en suntuosidad y magnificencia cada vez mayores y el Sagrario parecía un hijo ilegítimo albergado en sitios indecorosos, no porque careciese de suntuosidad, sino por su estrechez y dependencia. Entonces se pensó construir un templo especial para el Sagrario, y más cuando al oriente de la Catedral existía un amplio terreno que se podía aprovechar, porque los cimientos fueron edificados en un rectángulo cuyo eje mayor iba de oriente a poniente y la Catedral fue construida perpendicularmente, es decir, de norte a sur. Para la construcción del Sagrario se buscó al arquitecto más notable de la época, Lorenzo Rodríguez. Este hombre de una habilidad extraordinaria, de un sentido artístico no igualado por ningún otro arquitecto de su tiempo, tomó en cuenta las necesidades del templo que iba a construir, pero también las del gran edificio a cuya vera se iba a levantar el nuevo monumento: tenía el bautisterio de los curas por una parte; tenía la gran sala que la archicofradía del Santísimo había construido fuera del perímetro de la Catedral, anexa a la capilla de Guadalupe. Entonces, con una inspiración verdaderamente genial, traza su templo con un plano en forma de cruz griega. Uno de los brazos de la cruz se adhiere amorosamente al gran templo, a la misma capilla de San Isidro que tenía ya abierta una comunicación. Por este brazo de su cruz, el Sagrario se confiesa hijo de la gran catedral; por él recibe la visita de los fieles y de las dignidades eclesiásticas de la misma. Pero es independiente, puede ejercer su vida, estando íntimamente unido, más sin depender en exclusivo de ella; la puerta de comunicación lo une con la madre, pero también puede aislarla en casos necesarios.

La planta en cruz griega ideada por Lorenzo Rodríguez, es perfecta para un templo parroquial metropolitano: adquiere la suntuosidad de una pequeña catedral en los brazos de su crucero, que se levantan airosamente hacia el cielo en una cúpula central. En los cuatro espacios que quedan repartidos entre los brazos de ese crucero se pueden acomodar admirablemente todas las oficinas que requiere un Sagrario: la capilla del bautisterio; el cuadrante; la notaría con su correspondiente archivo y hasta habitaciones para los señores curas, que deben estar pendientes de su ministerio a toda hora de la noche y del día.

Sobre esa planta Lorenzo Rodríguez edifica un magnífico cuerpo. El Sagrario es acaso la manifestación más perfecta del arte de su época. Fue edificado del 14 de febrero de 1749, en que se puso la primera piedra asistiendo a la ceremonia el virrey conde de Revillagigedo el Primero, hasta el mes de febrero de 1768. La dedicación tuvo lugar el día 8, con solemne procesión desde la Catedral. Durante la construcción, como fue necesario destruir el bautisterio antiguo, el Sagrario se trasladó con sus oficinas a la capilla de las Ánimas que se encuentra en la vieja calle de las Escalerillas, hoy llamada de Guatemala. Los altares del nuevo templo pertenecieron al estilo de su época llamado churrigueresco. Con el tiempo algunos fueron cambiados; el principal, estrenado el año de 1829, se debió a ese gran artista indígena, perjudicado por su época, que se llamó Pedro Patiño Ixtolinque, discípulo del gran Tolsá.

Cosa es increíble que el gran arquitecto colonial Lorenzo Rodríguez no supiera dar a su templo la cimentación necesaria, y cosa más maravillosa aún es que este templo, con un escaso cimiento de cuarenta centímetros, haya subsistido hasta nuestros días. Seguramente Lorenzo Rodríguez juzgó que edificaba su templo sobre la plataforma que se había hecho para sustentar a la Catedral; pero lo que todavía es más grave, sólo una pequeña parte, la contigua al gran templo, descansaba en la plataforma que constituía un verdadero escalón en la base de la nueva estructura. Al pasar de los años el edificio se resintió naturalmente por esta falta de base, y hubiera perecido irremisiblemente si el Gobierno Federal, a instancias de la Dirección de Bienes Nacionales, no hubiese dedicado atención a salvar tan preciada joya de nuestra arquitectura.

La iniciativa para esta obra surgió en el tiempo en que era Presidente de la República el general Abelardo L. Rodríguez y puso gran empeño en ella el Ingeniero Ignacio L. Figueroa, que ocupaba la Dirección de Bienes Nacionales. Como el presupuesto llegaba a la suma de cuatrocientos mil pesos y su proyecto se presentó en los últimos días del gobierno, no se quiso dejar tal cargo al sucesor, y por eso la obra comenzó siendo Presidente el General Lázaro Cárdenas, que no se opuso a la realización de tan magno esfuerzo.

Concienzudos estudios realizados por los arquitectos Manuel Ortiz Monasterio y Manuel Cortina García fueron sometidos a la Comisión Técnica y de Conservación de la Catedral de México, que los aprobó, y se realizaron dirigidos por los dos arquitectos mencionados. Es de justicia recordar los nombres de quienes componían dicha comisión, ya que ella salvó de la ruina una de las joyas más notables de nuestra arquitectura virreinal. La presidía el ingeniero don Roberto Gayol; Ortiz Monasterio representaba a la Sociedad Mexicana de Arquitectura; Cortina García era el arquitecto de la Catedral. La Dirección de Monumentos Coloniales se hallaba representada por el arquitecto Luis McGregor; la Dirección de Bienes Nacionales por los arquitectos Manuel Ituarte y Daniel García; el ingeniero Eduardo Mancebo llevaba la voz por la Asociación de Ingenieros y Arquitectos, y don Alberto María Carreño tenía la representación del señor Arzobispo de México.2 Los trabajos realizados lograron salvar de la ruina al monumento. Complétanse así el espíritu del genial artista del siglo XVIII con la ciencia de nuestra época, hábilmente manejada, para respetar los vestigios de la obra artística no sólo sin mancillar el menor de sus detalles, sino salvándola íntegra para la posteridad.

Para la fecha en que fue construido el edificio, la vida de la Nueva España había cambiado profundamente. Al barroco del siglo XVI, elegante y expresivo del espíritu del virreinato, vino a sustituirlo otro barroco. Este barroco que llamamos por costumbre churrigueresco, pero que designamos también como churrigueresco mexicano, porque es la expresión evidente y loca de nuestro siglo XVIII, y llena con sus creaciones las postrimerías de nuestro arte colonial. Arte decorativo, arte escultórico, arte que sirve para cubrir una estructura preconcebida, pero arte identificado con el pueblo Como ninguno otro lo había sido. Es así el Sagrario famoso en los anales del arte, no ya de México, sino del mundo entero. Sobre la planta de abolengo bizantino, perfectamente equilibrada en sus cuatro costados, con estructuras laterales que en los ángulos sirven para sostener el gran espacio central que se eleva por encima de todas, viene el revestimiento que expresa todo el arte del siglo XVIII. Los ángulos cubiertos de fino tezontle, con graciosas portadas de cantera, con ventanas cuyos marcos son de la misma piedra y se hallan cerradas por finas rejas de hierro, se van elevando en una línea elegantemente quebrada hacia los grandes pórticos, que parecen retablos de piedra encuadrados por enormes pilastrones. Las portadas gemelas, pero distintas, llenas de una espiritualidad que es difícil reducir a palabras escritas, nos enseñan cómo este arte de la Colonia unifica todos sus esfuerzos en un solo fin, que, más que humano, parece pretender a la divinidad. Porque estas grandes portadas que carecen de sentido arquitectónico, pero que tampoco podrían ser calificadas de estructuras decorativas, se dirigen al espíritu más que a los sentidos. Hay un drama de vivos contornos que se desarrolla en el interior del templo, pero tal drama aparece traducido en un lenguaje espiritual en dichas portadas, que nos indican de antemano lo que vamos a encontrar en el interior de la iglesia. Nuestro espíritu se predispone, se prepara a asistir a la ceremonia simbólica que se desarrolla frente a los altares, pero estos altares de piedra desde antes nos han advertido, nos han preparado para lo que vamos a encontrar después. Es así como el barroco mexicano, inconfundible con ninguno otro barroco del mundo, se identifica, primeramente con su propósito que es ensalzar a Dios, y después con los que van a contribuir a desarrollar ese propósito, con los fieles, que deben haber sentido la emoción religiosa desde el momento en que se acercaban al templo y penetraban por sus puertas que eran ya a la vez una plegaria y un cántico.

1 Toussaint, La Catedral de México, Porrúa, México, 1973, págs. 247-249.
2 Datos comunicados por don Alberto María Carreño.